del Abad Abraham

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¿Qué privación podrá entristecer hondamente a aquel que reconoce que todo lo que los otros pueden arrebatarle no le pertenece y protesta con valentía: “Nada trajimos al mundo y nada podemos llevarnos de él?

¿Que indigencia podrá abatir la fuerza de un hombre que no quiere llevar alforja para el camino, ni dinero en su cinto, ni túnica que le proteja de la intemperie, sino que con el Apóstol se gloría en ayunos frecuentes, en hambre y sed, en frío y desnudez?

¿Que trabajo, que orden, por ardua que sea, de su anciano; podrá turbar la tranquilidad del corazón  de quién, no teniendo voluntad propia, va adelante en todo cuanto se le ha mandado no solo con paciencia, sino inundado de alegría; que a ejemplo de Nuestro Salvador, no busca hacer su voluntad, sino la del Padre; diciéndole él mismo: “No se haga como yo quiero, sino como quieres tu?”.

…Y entonces por una sin razón luchamos contra el consejo que dice: “Si quieres ser perfecto, ve, vende -o abandona- cuanto, y ven y sígueme”.  Es decir, que queremos conservar los bienes de la tierra. De ahí las innumerables cadenas conque el demonio nos tiene presos.

…nos torturará sin cesar con el azote de los cuidados terrenos, tomando de nosotros mismos ocasión de lacerarnos…Y Salomón atestigua asimismo: “Por donde uno peca, por ahí es atormentado”. Los mismos placeres que amamos constituyen en sí mismos nuestro tormento.

…”si proceden por la senda recta, hallarán suaves los caminos de la justicia”. Somos nosotros repito, los que volvemos ásperos con los guijarros de nuestros deseos, los rectos y fáciles senderos del Señor.

Extraído de Colaciones II de Juan Casiano, XXIV –
“Conf. del Abad Abraham, de la mortificación”.
Pags. 467/8 NEBLI – Madrid – 1961

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Sobriedad e impasibilidad

Sobriedad

(Nepsis)

Es una especie de ayuno espiritual que consiste en cuidar el intelecto, la mente y el corazón no alterados ni excitados por las pasiones y las distracciones, para permitir al hombre que permanezca en la oración. (1 P 4,7)

Es la actitud propia del cristiano que siempre tiene que “permanecer en Cristo”     (Jn 15, 4 y ss.) con todas sus facultades, y constituye  por si mismo todo el programa de la vida monástica. En la tradición bizantina, los santos monjes maestros de oración son llamados precisamente (Nípticos)

Impasibilidad

(àpáteia)

Estado de reintegración del alma en su pureza y libertad originales. Para ciertos autores tiende a indicar una verdadera liberación de las pasiones, para otros, es mas bien un regreso al buen uso de las pasiones que Dios originariamente creó orientadas hacia el bien. El término, de todos modos, no debe entenderse con ese matiz negativo de” indiferencia” que tiene en el uso común; dicha liberación es, al contrario, asimilable a la pureza del corazón, y se dirige a la caridad.

(Extraídos de glosario de términos, en Filocalia, tomo 3, Argentina 2005, ed. Lumen)

Jesús muere en la Cruz
Jesús muere en la Cruz

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Fuerza de Dios

 

Grafía de San Romualdo

Según lo acordado, seguiré al Superior adonde vaya, permaneciendo en silencio dialogaré con él en los momentos que me indique. Tengo libertad para tomar notas.

Luego del aguacero, llegamos a su celda. Después de orar un rato ante “La Crucifixión”, comienza a trabajar sobre un icono que estaba cubierto en la mesita lateral. Aunque está apenas esbozado, me parece reconocer las líneas de “La Resurrección”.

Su trabajo, me queda claro ahora, es liturgia. La precisión de los movimientos, la reverencia en la mirada, los labios que se mueven apenas perceptibles; sobre todo la lentitud, esa manifiesta parsimonia que evidencian todos ellos, hace cúspide en el Superior.

Aquí no hay apuro porque no hay ansiedad, ellos están “en casa” y no van a ningún lado, han llegado ya.

El manejo de los óxidos, el arreglo de los pequeñísimos pinceles, el preparado de la madera…todo se reviste de sacralidad, reforzada por las asiduas genuflexiones que realiza el monje. Observo que no tiene ante sí modelo alguno; interrogado luego sobre esto me dijo:

“Antes de comenzar un icono, este debe estar impreso en uno. Esa imagen ha de ser una internalización y no solo una memorización. Si uno va a buscar la salvación mediante este oficio santo, debe crear un espacio interior de silencio, donde la morfología sagrada pueda vivir”.

Yo rezaba un poco, tomaba notas, leía y observaba. El monje alternaba oraciones con iconografía. Luego de varias horas tuve oportunidad de preguntarle algunas cosas mas en extenso. Le interrogué acerca de cómo era posible llevar semejante tipo de vida. Le explicaba que, según mi entender, a la gente le parecería insufrible una vida con tan poca “diversión”, tan austera y retirada.

Me dijo que los que estaban allí lo hacían guiados por un particular gusto. Que la vocación se manifiesta como una atracción, como un anhelo y un creciente amor por eso a lo que uno es llamado. El llamado al desierto es un impulso muy específico y una de las características es que devora el ser del hombre. Comentó que los llamados al yermo no descansan hasta encontrarse en el y lo describía como un apremio gozoso.

Me impactó especialmente lo que dijo luego respecto de la necesidad que cada eremita tenía de recibir el Espíritu Santo para perseverar en el trabajo ascético planteado. Me comentó partes de su regla, realmente severa y dijo que sin la presencia del Espíritu Santo no era posible respetarla como es debido.

Le pregunté como se manifestaba el Espíritu Santo en su experiencia personal y me dijo:

“Supongo que depende de las personas, sin embargo entre nosotros hay una experiencia similar. El Espíritu empieza a percibirse como un cambio en el tono corporal, como una sensación diferente en el cuerpo todo, aunque suele empezar siendo mas intensa en la frente y las manos, en el rostro también.

Es como una vibración muy suave a la vez que intensa, es como si el cuerpo ardiera sin dolor, como una fuerza que a uno lo atraviesa. Esto se acompaña de una gran tranquilidad del corazón y de una alegría profunda que se va por la mirada hacia todo lo que uno ve.

Esta presencia del Espíritu se hace mas fuerte y notable y hasta mas gozosa mientras mas quieto se esté; la agitación no hace que El Señor se vaya pero si que uno lo sienta menos. También hay un silencio en la mente, como si no hubiera pensamiento, una disposición benévola para todo lo que pueda venir…”

Yo tomé notas textuales de lo que dijo aprovechando que lo decía despacio para ayudarme en la tarea. Me comentó después, que por esa razón, por ese gozo, que aunque mas o menos intenso era permanente, el yugo era suave y la carga ligera. Que ninguno de los que allí estaban padecía la forma de vida, que no estaban allí sufriendo en forma alguna sino todo lo contrario.

Se hizo la hora de Vísperas y salimos hacia la gruta. Estaba casi oscuro pero la luna, aunque baja todavía, ayudaba.

¡Grande eres Señor…fuente de toda inmensidad!

© Derechos reservados

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

Aproximación a una Regla de Vida

 

 

 

Imitatio Christi

Junto a la cruz

 Extractos:

¡Oh, Dios, que eres la Verdad! Hazme permanecer para siempre unido a ti en el amor…en ti está todo lo que quiero y deseo.

Toda la perfección de esta vida tiene consigo cierta imperfección; y toda nuestra especulación no carece de alguna oscuridad.

Mientras mas humilde y mas sujeto a Dios sea uno, tanto mas sabio y sosegado será en todo…cuando el hombre desea desordenadamente alguna cosa, pierde el sosiego. El soberbio y el avaro nunca están tranquilos; el pobre y el humilde de espíritu viven en mucha paz.

Pero si alcanza lo que desea, siente luego pesadumbre por el remordimiento de la conciencia; porque siguió su apetito, el cual nada aprovecha para alcanzar la paz que busca. En resistir las pasiones, pues, se halla la verdadera paz del corazón, y no en seguirlas. No hay paz en el corazón del hombre carnal, ni del que se entrega a lo exterior, sino en el que es fervoroso y espiritual.

Cierra tu puerta sobre ti y llama a tu amado Jesús; permanece con Él en tu aposento, que no hallarás en otro lugar tanta paz.

(de “La Imitación de Cristo” de Tomás de Kempis)

Texto Completo

 Imagen extraída de:

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kempis

La Oración del Corazón

de Nicéforo, el monje


Extracto de La Filocalía: (1)(2)

PREGUNTA (a Nicéforos)(3): Hemos aprendido de las anteriores evidencias que el trabajo practicado por los santos padres resultaba grato a Dios; y que existe un cierto trabajo que rápidamente libera al alma de las pasiones y que por amor la une a Dios. Práctica que es indispensable a cualquiera que conmuevan estas cosas. Todas nuestras dudas están ahora despejadas y nos sentimos firmemente convencidos de ésto. Pero te rogamos nos enseñes qué es la atención de la mente y cómo capacitarse para adquirirla, porque tal trabajo nos es absolutamente desconocido.

RESPUESTA (de Nicéforos): En el nombre de nuestro Señor Jesucristo Quien dijo: “sin mí vosotros no podéis hacer nada” (Juan, XV, 5). Habiéndolo invocado para que me ayude, trataré en la medida que me sea posible, mostraros qué es la atención y cómo, Si Dios lo permite, se puede tener éxito en adquirirla.

Algunos de los santos han llamado atención a la preservación de la mente, otros, a la protección del corazón y aún otros, despertar la han llamado y así muchos nombres semejantes.

Pero todos estos nombres significan la misma cosa. Exactamente como de un pan uno puede decir: una rebanada, un trozo, o un pedazo, así debéis entender todas estas expresiones. Respecto de la atención misma y sus rasgos característicos, lo estudiaremos a continuación.

Atención es una señal de sincero arrepentimiento.

La atención es la imagen o apariencia que el alma puede tener de sí misma, rechazando al mundo y ascendiendo hacia Dios.

La atención es el renunciamiento del pecado y la adquisición de la virtud.

La atención es la indudable certeza del perdón de los pecados.

La atención es el comienzo de la contemplación o, más bien, su condición necesaria: porque por medio de ella, Dios se aproxima y se revela a la mente.

Atención es la serenidad de la mente o, dicho de otro modo, es mantenerse imperturbable, sin divagaciones en el don de la misericordia divina.

Atención significa detener los pensamientos, es la morada del recuerdo de Dios y la casa del tesoro donde yace el poder de resistir todo lo que pueda venir.

Por consiguiente, la atención es también el origen de la fe, la esperanza y el amor; porque aquél que carece de fe no puede resistir todas las aflicciones provenientes del mundo y aquél que no las sufre voluntariamente, tampoco puede decir: “El es mi refugio y mi fortaleza” (Salmos, X, VI, 2), y aquél que no tiene al Todopoderoso como su refugio, no puede ser verdaderamente sincero en su amor por El.

Este trabajo, el mayor de todos los grandes trabajos, puede ser realizado por muchos y aún por todos, si son debidamente entrenados. Pocos hombres reciben este don directamente de Dios, sin necesidad de enseñanza y trabajan por compulsión interior y al calor de su fe. Pero lo que es excepción no es la ley.

De manera que es necesario buscar un maestro que no esté él mismo en error, seguir sus instrucciones y así aprender a distinguir, en materia de atención, defectos y excesos de la derecha y de la izquierda, los que surgen por medio de sugerencias diabólicas.

De su propia experiencia acerca de las tentaciones, él nos explicará qué es lo necesario hacer y nos mostrará correctamente la senda mental que deberemos entonces seguir con menos impedimentos.

Si no estuviere tal maestro a vuestro alcance, se debe buscarlo, sin reparar en esfuerzos. Pero si, a pesar de tal búsqueda, no es encontrado, entonces, con espíritu contrito, invocando a Dios y orándole asiduamente y con humildad, trabajad según explicaré.

Vosotros sabéis que nuestra respiración es la inhalación y exhalación del aire. El órgano que sirve para ésto son los pulmones que rodean al corazón, de manera que el aire que circula por ellos envuelve de paso al corazón.

Esta respiración es, por consiguiente, el camino natural hacia el corazón. Por lo que, habiendo reunido vuestras mentes dentro de vosotros mismos (lo que también es atención), conducidla hacia el canal respiratorio a través del cual el aire llega al corazón y, junto al aire inhalado, forzad la mente a descender dentro del corazón y mantenedla allí.

Acostumbraos a ello, hermanos, no salgáis del corazón demasiado pronto, aunque al comienzo experimentéis gran soledad en tal aislamiento y reclusión. Pero cuando os acostumbréis a ello, empezaréis, al contrario, a disgustaros del sinsentido del girar exterior, por lo que no se hará desagradable ni tedioso permanecer adentro.

Exactamente como un hombre que ha estado alejado de su hogar al regresar es invadido de alegría al ver a sus niños y esposa, y los abraza y todo lo que les diga será poco, del mismo modo, el unirse al propio corazón, es experimentado con inexpresable alegría y deleite.

Entonces uno ve que el reino de los cielos está verdaderamente dentro de nosotros; y viéndolo ahora en sí mismo, uno lucha y se esfuerza con oración pura a mantenerlo y fortalecerlo allí, comprendiendo que todo lo externo no es importante e inatractivo por completo.

Cuando vosotros entréis así al lugar del corazón, según he indicado, dad gracias a Dios y, solicitando su misericordia, conservad siempre este trabajo y el os enseñará cosas que por ningún otro medio podríais jamás aprender. Más aún, vosotros deberíais saber que a medida que la mente se establezca firmemente en el corazón, no debe dejársela allí en silencio y ociosidad, sino repetir constantemente la oración: “Señor, Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí” y no cesar de hacerlo. Pues esta práctica, alejando los sueños de la mente, la torna evasiva e impenetrable a las sugestiones enemigas y la conduce cada día más y más a amar y desear vehementemente a Dios.

Si, sin embargo, y a pesar de todos vuestros esfuerzos no lográis entrar en el reino del corazón según he descrito, haced lo que os diré ahora y, con la ayuda de Dios, encontraréis lo que buscáis.

Vosotros sabéis que en todo ser humano el hablarse internamente depende del pecho. Así, pese a estar nuestros labios silenciosos, es en el pecho donde conversamos y hablamos a nosotros mismos, rezamos, cantamos salmos y hacemos muchas otras cosas de mayor inconveniencia. Entonces, habiendo ahuyentado todo pensamiento de este conversar interno (lo que puede hacerse si se lo desea), dadle al pecho la siguiente corta oración: “Señor, Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí” – y forzadla, a pesar de cualquier otro pensamiento, para tener solamente este sonido adentro.

Si vosotros trabajáis de esta manera con permanencia con toda atención, entonces con el tiempo ésto abrirá el camino hacia el corazón que ya he descrito. No es posible dudar de ésto, pues lo hemos comprobado en nosotros mismos por experiencia.

Si vosotros trabajáis de esta manera con un fuerte deseo y con gran atención, llenos de dulzura, una completa gama de virtudes vendrá: amor, alegría, paz y otras, por medio de las cuales, toda petición que hagáis será respondida en el nombre de Jesús Cristo, nuestro Señor, a Quien, con el Padre y el Espíritu Santo, sea dada honor y gloria, poder y adoración ahora y siempre y por siempre jamás. Amén.

Notas:

1.(Traducción directa del Ruso) “Philokalia”
2.Estoy digitalizando una versión basada en la traducción del francés de Editorial Lumen, algo mas extensa y con varias palabras diferentes. Pronto la tendrán disponible.

3. Nota biográfica:

Nuestro Santo padre Nicéforos vivió una vida de intenso trabajo espiritual en el sagrado Monte Athos, muriendo poco después del año 1340. Fue maestro y guía de Gregorio de Salónica (Palamas), en el estudio del método de entrenamiento para la obtención de la más alta sabiduría según testimonio de su propio discípulo.

En silencioso recogimiento no perturbado por problemas mundanos y manteniendo su atención puesta exclusivamente en sí mismo, alcanzó la indescriptible unión interna con el Dios Eterno, recibiendo en su corazón la bendita iluminación de la Gracia Divina. Exaltado por este divino don es como un padre guiándonos con sus escritos a través del mismo camino. Seleccionó de los libros y vidas de los Santos Padres, pasajes relativos a la sobriedad, a la atención y oración, agregando finalmente consejos derivados de su propia experiencia e invitándonos a todos a elevarnos hacia la más perfecta comunión con el Señor por medio de la oración de la mente y del corazón.

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Icono de Simeón el estilita

San Charbel Makluf

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Vida de San Charbel

Niñez:

San Chárbel nació en el Líbano en Biqa´ Kafra (pueblo situado a 140 Kms de Beirut) el 8 de mayo de 1828; fue el quinto hijo de los Antonio Majlúf y Brígida Chidiac, piadoso matrimonio católico de rito Maronita que se dedicaban al campo.

A los ocho días de nacido, el 16 de mayo de 1828 recibió el bautismo y la confirmación en la parroquia de su pueblo natal. Su nombre fue el de “José” (Youssef, en árabe), en honor del santo Patriarca y castísimo esposo de la inmaculada Virgen María.

Su temprana infancia transcurrió en paz y tranquilidad, rodeado de su familia y sobre todo de la insigne devoción de su madre, quien toda su vida practicó de palabra y de obra su fe católica, dando con ello un bello ejemplo a sus hijos que se vieron bendecidos por el don del santo temor de Dios.

Lamentablemente, esta paz terminó cuando él, todavía muy pequeño y contando con tres años de edad, quedó huérfano de padre al morir en guerra, pues había sido requerido por el ejército turco para enfrentarse contra las tropas egipcias. Era el año 1931.

Su madre, ante la necesidad de sacar adelante a sus cinco pequeños vuelve a contraer matrimonio con un ejemplar hombre que, años más tarde, fuera también ordenado sacerdote.

Su primaria la curso en la Escuela Parroquial, ubicada a un costado de la Iglesia. En sus ratos no académico ayudaba a su padrastro y hermanos en las faenas del campo. A los 14 años se le empieza a manifestar externamente su inclinación hacia las cosas religiosas. Solía ir a cuidar un rebaño de ovejas y, de repente, “desaparecía” a veces por espacio de una hora. Se había ido a “hacer oración”. Tanto su padrastro como sus dos tíos paternos (que eran ermitaños de la Orden Libanesa Maronita) le daban consejo y animaban a acrecentar su amor a Dios., con esas prácticas de piedad.

Llamamiento:

A partir de los 20 años comienza a plantearse en serio su vocación sacerdotal. Sin embargo, le hacen muchas sugerencias sus familiares, por su personalidad tan definida, de que busque una buena mujer para contraer matrimonio. En concreto hay una estupenda y guapa jovencita a quien no le es indiferente. Podrían hacer bonita pareja. Él, sin decir nada, iba rumiando todo en su corazón a través de su cálida oración diaria.

Es entonces cuando, a los 23 de año edad toma una radical actitud: sin avisarle a nadie deja su casa materna y se dirige al monasterio de nuestra Señora de Mayfuk para ingresar de monje. Es así como en 1851 diera su primer paso hacia la vida religiosa. Una vez hecha su consagración, como todo monje, cambió su nombre por el Chárbel, en honor de un mártir del siglo IV. Se convertía así en monje de la Orden Libanesa Maronita, fundado por San Antonio Abad.

Seminario:

Su noviciado lo realizó en el monasterio de San Marón, en Annaya. Fue ahí donde profesó los votos perpetuos como monje. En 1853, después de sus votos, se traslado al convento de san Cipriano, en Kfifen, donde cursó el quinquenio de formación filosófica y teológica. Desde entonces resaltó por su observancia a la Regla de la orden.

Sacerdote:

El 23 de julio de 1859 a los 31 años de edad, recibió la ordenación

sacerdotal en la residencia patriarcal de Bkerke con la imposición de manos de: S.E.R. Mons. José Al-Marid, durante el patriarcado de Su Beatitud Paul Pierre Massad.

Al poco tiempo de ser ordenado sacerdote sus superiores lo asignaron nuevamente al Monasterio de San Marón en Annaya.

Aquí pasó largos años de vida sacerdotal hasta que el 13 de febrero de 1875 solicitó permiso para ingresar a una ermita.

El permiso le vino dado luego de que probadas sus virtudes humanas tuviera lugar un incidente “milagroso” conocido como el “milagro de la lámpara”. Un par de hermanos le intentaron hacer un broma y llenaron su lámpara de aceite con agua. La sorpresa fue mayúscula cuando ésta ardió.

Ermitaño:

Vivió heroicamente su compromiso de eremita, celebrando la Divina Liturgia diariamente (ordinariamente lo hacía a las 11:00 a.m), practicando el ayuno y la mortificación, con largas jornadas de oración, incluso por las noches y atendiendo cálidamente a cuantos pasaban por su ermita a recibir algún consejo o ayuda espiritual.

Una mañana del 16 de diciembre de 1898 mientras celebraba la Santa Misa a las 11:00 a.m. se sintió mal antes del ofertorio. Luego de un breve descanso prosigio la celebración. Pero al llegar a la fracción del Pan sufrió un desmayo y no pudo continuar más. Un sacerdote acompañante terminó la Misa y el Padre Chárbel fue llevado a su celda mientras llega la ayuda médica: había sufrido una embolia. Duró paralizado durante nueve días y, en la víspera del 25 de diciembre, la gran solemnidad de Navidad, murió en olor de santidad. Era el 24 de diciembre de 1898 a las 11:00 p.m. Sus últimas palabras se dirigieron a Jesús, José y María.

Elevado a los Altares:

Andando el tiempo, y en vista de los milagros que hacía y del culto de que era objeto, el P. Superior General Ignacio Daher se dirigió a Roma en 1925 para solicitar de Su Santidad el Papa Pío XI la apertura del proceso de beatificación del ermitaño P. Chárbel. Pero no fue hasta que Su Beatitud Paul Pierre Meouchi, patriarca de Antioquia y de todo el oriente, impulsó enérgicamente todo el proceso cuando por fin, durante la clausura del Concilio Vaticano II (Diciembre de 1965), Su Santidad el Papa Pablo IV, lo beatificó, con las siguientes palabras: “un ermitaño de la montaña libanesa está inscrito en el número de los Bienaventurados… un nuevo miembro de santidad monástica enriquece con su ejemplo y con su intercesión a todo el pueblo cristiano. El puede hacernos entender en un mundo fascinado por el confort y la riqueza, el gran valor de la pobreza, de la penitencia y del ascetismo, para liberar el alma en su ascensión a Dios”.

Era la primera vez en la Iglesia Católica desde el siglo X que un sacerdote oriental era elevado a los altares. El cardenal Meouchi, incansable defensor de las Iglesia Católica Oriental veía así coronada una de sus múltiples tareas como Patriarca en una difícil época en que la Iglesia Católica Latina comenzaba a redescubrir al oriente cristiano. San Chárbel fue, ha sido y sigue siendo un gran apóstol en la iglesia de occidente, pues su vida santa es un anuncio, en sí misma, del rico patrimonio espiritual del oriente.

El 9 de octubre de 1977 durante el Sínodo de los Obispos, el mismo Papa Pablo VI canonizó al beato Chárbel, elevándolo a los altares con la siguiente formula: “en honor de la Santa e Individua Trinidad para exaltación de la fe católica y promoción de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y nuestra, después de madura deliberación y tras implorar intensamente la ayuda divina… decretamos y definimos que el beato Chárbel Majlúf es “santo” y lo inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que sea venerado como santo con piadosa devoción en toda la iglesia. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo”.

Texto extraído de:

San Charbel


Toufic, eremita actual (desierto Sirio)

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De origen alauí, se bautizó a los 20 años tras experimentar una fuerte llamada a la vida contemplativa. Vive en una cabaña construida por él mismo y se alimenta de frutos salvajes.

DAMASCO- Un sendero estrecho y pedregoso serpentea colina arriba, entre arbustos y zarzales . El silencio es casi absoluto, roto apenas por el canto de los grillos y las cigarras. De pronto, en lo alto de una colina surge una gran cruz de madera y un poco más abajo se levanta un tugurio de piedra y barro. Aquí, en lo alto del monte Oronte, al norte de Siria, vive Toufic, el último ermitaño.
Antes incluso de preguntarme quién soy y de dónde vengo, me invita a sentarme y me ofrece un sorbo de agua en una lata. De barba descuidada y mirada profunda, lleva colgado de un sayo raído un pesado rosario con las cuentas desgastadas. Toufic se ha retirado a estas montañas hace más de cuatro años, tras una vida de búsqueda en lugares de Siria y de Líbano.

En la tierra que durante siglos ha dado a la Iglesia santos, anacoretas y monjes (las ruinas del monasterio de San Simeón Estilita, no lejos de Alepo, dan testimonio todavía hoy de esas páginas luminosas de la historia del cristianismo), Toufic es el último superviviente. Una vocación poco comprendida, e incluso en algunos momentos obstaculizada. «Toufic es un personaje que puede parecer extravagante, difícil de comprender», nos confía el párroco del pueblo vecino. «Y sin embargo, constato una gran rectitud de vida, un empeño ascético digno de los grandes santos del pasado. Quizá a través de él el Señor, también aquí, nos quiere llamar a una vida de más sencillez, oración y contemplación», sostiene.

Fue una iluminación
Nacido en 1959, en una aldea de la costa, Toufic proviene de una familia alauí, una secta del islam chiita muy presente y potente en Siria. «Desde que era pequeño», cuenta el eremita, «notaba una poderosa llamada a la vida contemplativa y a la soledad. Pero nadie me había hablado nunca de Jesucristo y de la Virgen. Por las noches soñaba a menudo con una mujer con un vestido del color del cielo, que me llamaba, pero ni siquiera imaginaba quién podría ser. Fue durante el servicio militar, en Líbano, cuando descubrí la identidad de la Señora. Conocía a algunos sacerdotes maronitas, y en una iglesia vi la imagen con la que había soñado durante años. Fue una iluminación», reconoce.

A los 18 años, Toufic se convierte e inicia el camino del catecumenado. Dos años después, recibe el bautismo. Durante unos años permaneció como laico en un monasterio maronita, pero su vocación volvió a llamar con insistencia. «Los superiores intentaban ayudarme, mandarme a conventos más solitarios, pero al final encontraba demasiado mundana la vida en el monasterio», sostiene.

Toufic decidió dejar Líbano y volvió a su patria. Vivió de la caridad de la gente, como un monje mendicante. Más tarde se aisló en algunas de las grutas que tiempo atrás habitaron los ermitaños de los primeros siglos del cristianismo.

Un día, recorriendo los viejos caminos que también Pablo y los primeros apóstoles pisaron para llegar a Antioquía, Toufic llegó a estas latitudes. Decidió construirse una cabaña de madera y pieles y se alimentó de bayas y frutos salvajes. Sólo tras una furiosa nevada, hace dos inviernos, se resignó a construirse un refugio más sólido. Su vida se rige por el ritmo de vigilias y ayunos, pero también por una simple y espontánea oración de intercesión por todos aquellos -tanto cristianos como musulmanes- que se dirigen a él para recibir consejo o ayuda. «Hace unas semanas llegó hasta aquí un hombre muy bien vestido, propietario de un hotel. Me pidió llorando que le ayudara a liberarse de los espíritus que le atormentaban cada noche. Yo no tengo recetas ni exorcismos que ofrecer. Sólo la cruz de Jesucristo tiene el poder de expulsar los demonios, así que le dije que se dirigiera a Cristo y a la Virgen, y que yo rezaría por él. Ayer volvió aquí, sonriente, como renacido. Vivir de Jesús le ha sanado definitivamente», reconoce, feliz.

G. Cafulli 2007-01-24

Texto e imagen extraídos de:

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