San Serafín de Sarov

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El Hombre

El 19 de julio de 1759, un niño nació en la familia del mercader Isidoro Mochnine, en Kursk, y recibió el nombre de Prokhore.

Kursk era una ciudad de provincia como había muchas en Rusia, con las casas bajas flanqueadas por empalizadas que bordeaban calles mal pavimentadas, pero a menudo sombreadas por bellos árboles.

Isabel, hija de Pedro el Grande, reinaba entonces sobre un país que se recuperaba lentamente de las sacudidas terribles que le había infligido, a principios de siglo, su padre, implacable revolucionario imperial. En la corte se bailaba mucho. Pero en Moscú, se fundaba la Academia de Ciencias así como la de Bellas Artes. Los pabellones de caza, las “ermitas” románticas, los palacios con muros verde manzana, con pilares blancos y cornisas doradas, debidos a la imaginación desbordante del arquitecto italiano Rastrelli, salían de la tierra por orden de la gozosa Emperatriz. En sus horas de arrepentimiento – ya que las tenía – la devota soberana reclamaba iglesias y conventos.

Fue, entonces, una iglesia, cuyo plano fue diseñado por el célebre Rastrelli, lo que la ciudad de Kursk decidió ofrecer. Los trabajos se confiaron a Isidoro Mochnine, padre del pequeño Prokhore, quien poseía una fábrica de ladrillos y tenía reputación de ser un empresario de la construcción, integro y consciente. Joven aún, murió antes de terminar su obra. Su viuda se encargó de ello.

¿Qué se sabe de esta mujer a la que Prokhore (él no tenia más de tres años a la muerte de su padre) deberá lo mejor de sí mismo? Careciendo de su retrato, uno se la imagina como una de esas matronas rusas, ligeramente obesa, los rasgos regulares, la frente serena, firme con dulzura, inteligente sin ostentación, trabajadora sin ruido y sin descanso. No sólo encontraba el tiempo de administrar su comercio y su casa, de enseñar a sus dos hijos, Alexis y Prokhore, de vigilar la construcción de la iglesia, sino que además gozaba con llevar a su casa, instruir, dotar y casar convenientemente a las huérfanas cuya suerte, en esos tiempos, era muy triste.

Probablemente él heredó de su madre su amor por el trabajo bien realizado, su horror por la pereza y sus ojos de un azul muy puro.

Prokhore tenía siete años cuando, por primera vez, lo “sobrenatural” lo toca en esta calma existencia provinciana. Durante una visita, en compañía de su madre, a la iglesia en construcción, cayó de lo alto del andamiaje que rodeaba el campanario y se levantó indemne.

A los diez años – ya iba a la escuela – una enfermedad cuya naturaleza se ignora, amenazaba con llevarlo. Agata estaba preocupada por la vida de su hijo cuando éste la hizo partícipe de un hermoso sueño que acababa de tener: la Santa Virgen se le había aparecido para anunciarle que ella vendría a curarlo en persona. Ahora bien, algunos días más tarde, un icono de Nuestra Señora de Kursk, estimado como milagroso, fue llevado en procesión por las calles de la ciudad. Cuando se aproximaba a la casa de los Mochnine, estalló una tormenta, acompañada de una lluvia diluviana. Para proteger al icono, se la entra en el patio. Agata le lleva su hijo y el enfermo se cura. ¿Diversos hechos como se lee a veces en los periódicos? ¿Pequeños “milagros” anodinos con los que los creyentes son gratificados al menos una vez en su existencia? Pero había más.

“Eres feliz, viuda, dijo un día a la valiente Agata un “loco en Cristo” que tenía reputación, como muchos de ellos de conocer el porvenir, “eres feliz de tener un hijo que se tornará un poderoso intercesor delante de la Santa Trinidad, un hombre de oración para el mundo entero.” Se sintió ella impresionada por su predicción. ¿Su hijo era un “niño predestinado”? El carácter de Prokhore se afirmaba. El pertenecía a una raza viril. La ciudad de Kursk está situada en la frontera de las estepas. Desde siempre, sus habitantes fueron llamados a luchar contra los invasores.

Avido de heroísmo, sin embargo, no se entusiasmaba con las hazañas de los guerreros el joven Prokhore Mochnine. El soñaba con otras luchas. Lo atraían combates más peligrosos: las hazañas ascéticas de los santos oponiéndose a las fuerzas del demonio.

¿Se sorprendió Agata cuando él pide su bendición para ir, en compañía de otros cinco, en peregrinaje a Kiev, para orar en el monasterio de las Grutas a fin de conocer la voluntad de Dios sobre su porvenir? Probablemente no. ¿Sabía ella que aquel loco en Cristo del que su hijo se había hecho amigo, ejercía sobre él una influencia siempre creciente? Una cosa era clara: el comercio familiar del que se ocupaba el mayor de los Mochnine, no interesaba al menor. Kiev era una ciudad santa, “la madre de las ciudades rusas,” donde, en 989, el Príncipe Vladimir bautizó a su pueblo en el Dnieper; donde un dependiente del Monte Athos fundó el célebre “Monasterio de las Grutas,” matriz de la cultura cristiana de todo el país. Allí encontró Prokhore la respuesta que buscaba; se la dio un anciano “staretz” llamado Dositeo; quien aprobó su deseo de entrar en religión y lo orientó hacia un monasterio del que el joven había escuchado hablar ya: el “Desierto de Sarov.”

“Ve sin temor, habría dicho Dositeo, y permaneced. Allí es donde salvarás tu alma y terminarás tu peregrinaje terrenal. Familiarízate con el recuerdo constante de Dios. Apela a su Santo Nombre, y el Espíritu Santo vendrá a habitar en ti y guiará tu vida con toda santidad.”

Prokhore estaba gozoso. Precisamente se sentía atraído hacia el Desierto de Sarov. Muchos de sus conciudadanos se encontraban ya allí. Pero la separación de su madre fue dolorosa. El se arrojó a sus pies. Llorando ella le dio a besar los iconos familiares y pasó por su cuello una cruz de cobre de forma octogonal sobre la que estaba representado el Señor crucificado. Jamás dejó esta cruz el hijo de Agata. La llevo hasta su muerte sobre el pecho y pidió que después de ésta, la pusieran en su ataúd. Luego, el bastón de viajero en la mano, en compañía de dos de los cinco amigos con que había hecho el peregrinaje a Kiev, emprendió la ruta. Alrededor de seiscientos kilómetros separaban Sarov de Kursk.

El Desierto

La palabra “desierto” en hebreo significa algo o alguien abandonado – a la naturaleza a las bestias – una “tierra que no está sembrada” (Jr. 2:2). En ruso, “pustynia”: desierto, viene de “pusto,” “pustota”: lo vacío. El sentido profundo de los dos términos es idéntico. En el desierto, se puede estar abandonado por Dios, o abandonar todo para Dios. En el vacío de todo, y particularmente de sí mismo, uno se aproxima a Dios después de haber rechazado las tentaciones propuestas por el Adversario.

En este sentido, el desierto no es obligatoriamente una extensión de arena como el Sahara. El bosque de Sarov, situado al norte de la Gobernación de Tambov y al sur de aquel de Nizhni-Novgorod, en el centro de Rusia, poseía todo lo que se requiere para servir de “desierto.” El bosque se cierra sobre sí mismo, sirviendo de protección a los ladrones y a los fuera de la ley. Sólo en el siglo XVII un monje de nombre Teodosio osó levantar una cabaña sobre el terraplén del viejo campamento. Asolado por malhechores, debió partir. Otro, Gerósimo, tomó su lugar. Fue un tercero, Isaac, quien, a principios del reinado de Pedro el Grande, fundó un monasterio, al que dotó con una severa regla. El permiso de construir una iglesia lo dio el último Patriarca de Moscú. Entusiasmados, los monjes lo erigieron en cincuenta días. Se cuenta que durante su consagración, alegres repiques sacudieron el bosque. ¿De donde venían? Ni en el nuevo monasterio, ni en los alrededores, había una sola campana.

El Novicio

Una fría tarde de noviembre, – el 20 de noviembre de 1778 -, Prokhore y sus compañeros percibieron finalmente, a través de los grandes abetos negros, los muros blancos del monasterio. En la iglesia, se cantaban las vísperas. En la dulce penumbra, los cirios se quemaban frente a los iconos.

Al día siguiente, día de la Presentación en el Templo, el joven se presenta al higúmeno. Tenía diecinueve años y era hermoso: alto, ancho de hombros, la tez clara, los pómulos ligeramente salientes, la nariz afilada, los ojos muy azules. Todo su ser presentaba algo de sano, de virginal y de fuerte. Originario como él de la ciudad de Kursk, el Padre lo recibió con bondad. Seducido por la franqueza del joven, por la claridad de su mirada, le tomó afecto desde el principio.

Como novicio, Prokhore fue nombrado, en primer lugar, sirviente de la celda del Padre ecónomo. Luego, fue asignado a diferentes trabajos, a los que, en los monasterios de Oriente, se llama “obediencias.” Alternativamente fue panadero, carpintero y sacristán. Como san Sergio, prefería el oficio de carpintero, el de Cristo en Nazaret. Por su habilidad se lo apodó “Prokhore el Carpintero.” Artesano de alma, como muchos rusos, fabricaba con amor pequeñas cruces de madera de ciprés que los peregrinos compraban gustosamente. Dotado de una fuerza física poco común, ayudaba a los monjes en la tala y transporte de los abetos por el río. “El trabajo físico y el estudio de las Santas Escrituras contribuyen a guardar la pureza,” decía, siguiendo a san Isaac el Sirio, uno de sus autores preferidos.

Se lo amaba en el monasterio por su entusiasmo y su buen humor. “¡Entonces yo era alegre!.. dirá más tarde a una religiosa. La alegría no es un pecado, Madrecita, al contrario, Ella aleja la fatiga; y ya que de la fatiga proviene el desaliento, ¡nada peor que ella para el alma!”

“Cuando yo entré en el monasterio, cantaba en el coro. Sucedía, a veces, que los hermanos estaban muy fatigados, entonces el canto se resentía. Algunos ni siquiera acudían. En cuanto a mí, mi goce, como estaba siempre tan alegre, cuando ellos se reunían, yo les decía algo gracioso, y ellos olvidaban su cansancio. En la casa de Dios, es desagradable hablar o hacer algo inconveniente, no es correcto, pero una palabra afable, divertida, animosa, no es un pecado, Madrecita. Ayuda al espíritu del hombre a mantenerse en el goce delante del rostro de Dios.”

Estas descripciones nos muestran una reproducción casi fiel del futuro Padre Serafín: su hablar tan característico, intencionalmente popular; su hábito de tutear a sus interlocutores llamándolos “mi alegría,” (lo que en ruso suena bien), horror por el desaliento y el pesimismo.

No se debe creer que el noviciado de este joven desbordante de vida, amante del canto, sensible a la belleza, se desarrollaba sin choques. “Hasta los treinta y cinco años, es decir hasta la mitad de nuestra vida terrenal, confesará más tarde, grande es el esfuerzo que se necesita realizar para defenderse, del mal. Muchos no lo logran y se alejan del camino recto para seguir sus propias inclinaciones.” Qué hacer para perseverar? Una serie de consejos prodigados a un postulante, arrojan cierta luz sobre los años jóvenes de Prokhore el Carpintero. Helos aquí:

“Sea cual fuera la manera por la que has entrado a este monasterio, no pierdas valor: Dios está aquí. La vida monástica no es fácil. A la primer decepción, es necesario no desear dejar el monasterio. El novicio debe tener la voluntad de perseverar.

“Viviendo en esta santa casa, haz esto: permanece atento en la iglesia, familiarízate con los oficios, vísperas, completas, vigilias nocturnas, maitines, lecturas de las horas. Durante la Liturgia, permanece de pie, los ojos fijos sobre un icono o un cirio. Que la hediondez de tus distracciones no se mezcle con el incienso de la salmodia. En tu celda, aplícate a la lectura, sobre todo del Salterio. Relee cada versículo muchas veces, a fin de grabarlo en tu memoria. Si tienes trabajo, hazlo. Si se te llama para una obediencia, ve. Trabajando, repite continuamente la plegaria:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios,

ten piedad de mí, pecador.”

Orando, escúchate a ti mismo, es decir, une tu espíritu al corazón. Al principio, un día o dos, o más, ora con tu razón, pronunciando separadamente cada palabra. Luego, cuando el Señor haya reconfortado tu corazón, por su gracia, en unión con el Espíritu, tu plegaria fluirá sin interrupción y estará siempre contigo, regocijándote y alimentándote. Cuando obtengas este alimento espiritual, es decir el diálogo con el mismo Señor, ¿para qué ir a las celdas de los hermanos aun cuando te inviten? En verdad os digo: el amor por la charlatanería es también el amor de la pereza. Si no te comprendes a ti mismo, ¿dé qué puedes discutir con los otros? ¿qué puedes aprender de ellos? Calla. Calla todo el tiempo, recuerda siempre la presencia de Dios y de su Nombre. No entres en conversación con nadie, cuídate de criticar a los burlones y a los parlanchines. Sé sordo y mudo.

“En el refectorio, no mires lo que comen los demás y no juzgues, presta, en cambio, atención a ti mismo, alimentando tu alma con la plegaria. Al mediodía, come según tu apetito. A la noche, abstenete. La glotonería no es para el monje. Miércoles y viernes, si es posible, no tomes más que una sola comida, y el Angel del Señor se acercará a ti. Es necesario, sin embargo, alimentarse lo suficiente para que el cuerpo, reconfortado, sea un auxiliar para el hombre en el cumplimiento de su deber. De lo contrario, puede pasar que, estando debilitado el cuerpo, el alma flaquee. El ayuno no consiste solamente en comer raramente, sino en comer poco. No es razonable ayunar para quien, habiendo esperado con impaciencia la hora de la comida, se vuelca con voracidad – corporal y mental – al consumo del alimento. El verdadero ayuno, por otra parte no consiste sólo en domar el propio cuerpo, sino en privarse, a fin de dar pan a quien no lo tiene.”

“Todas las noches no duermas menos de cuatro horas: la décima, la undécima, la duodécima y una hora después de medianoche. Si te sientes fatigado, puedes, después del mediodía, hacer una siesta… Es lo que hice desde mi juventud. Conduciéndote así, no estarás triste sino en buena salud y alegre. Y permanecerás en el monasterio hasta el fin de tus días.”

“La primera virtud del novicio será la obediencia; ella es el mejor remedio para el enojo, enfermedad peligrosa y difícil de evitar si no se siguen estrictamente las disposiciones del superior. Al mismo tiempo que la obediencia, el joven monje ha de practicar la paciencia. Sin murmurar, debe soportar vejaciones e injurias.”

“El hábito monástico es la aceptación de las ofensas y las calumnias. Un monje debe ser semejante a una vieja chancleta, utilizada hasta la cuerda.”

“Sin pruebas, no hay salvación. No se convierte uno en monje sin la plegaria y la paciencia, como no se va a la guerra sin llevar armas.”

Un escollo: las mujeres.

“Huye como del fuego de estas cornejas pintadas. Con frecuencia, ellas transforman a un guerrero del rey en esclavo de Satanás. Las virtuosas deben evitarse tanto como las otras.”

El corazón del monje se debilita siempre por el trato con el sexo femenino.

“Desde la entrada al monasterio, y hasta su muerte, la vida del monje no es más que una lucha terrible contra lo mundano, la carne y el diablo. No es monje aquel que en tiempo de guerra cae a tierra y se rinde sin combatir.”

Estos consejos son los de un hombre maduro. Pero reflejan los problemas de los jóvenes religiosos de todos los tiempos.

Viniendo del fondo de las edades, una voz parece responder: “Es monje aquel que guarda su corazón y aspira a amoldar lo Incorporal en una morada de carne.” Quien habla es san Juan Clímaco, higúmeno del siglo VII del monasterio de Santa Catalina en el Sinaí. Los años no cambiaron en nada los preceptos de la ascesis, al menos en la ortodoxia.

La Herencia del Hesicasmo

Trabajando, repite continuamente la plegaria: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador…” “Acuérdate siempre de la presencia de Dios y de su santo Nombre.” En Kiev, el “Anciano” Dositeo, ¿no había pronunciado las mismas palabras?

El recuerdo constante de la presencia divina y la invocación del santo Nombre de Dios remonta a la más alta antigüedad bíblica. En la oración enseñada por Cristo a sus discípulos, la primera invocación es: “Que tu Nombre sea santificado.” Los Apóstoles, desde el principio de su predicación, habían puesto el acento sobre el nombre de Jesús, a1 que invocaban para curar a los enfermos y representaba tanto una fuerza como una fuente de salvación.

Al Nombre de Jesús, expresando su gloria, pertenece una fuerza salvadora y vivificante, de allí la difusión progresiva entre los monjes, luego entre todos los cristianos, de la “oración de Jesús.”

El Nombre de Jesús implica su presencia. “Entre el Nombre y aquel que el Nombre invoca no se podría introducir una navaja de afeitar” dijo un teólogo ruso contemporáneo.

Ella tiene dos cimas. Una se alcanza cuando la plegaria convertida en parte integrante del hombre deja de ser algo que el hombre dice, para transformarse en algo que se dice en él. Cuando el Espíritu establece su morada en el hombre, este no puede dejar de orar, ya que el Espíritu no cesa de orar en él… En lo sucesivo, él no domina la plegaria durante períodos de tiempo determinados, sino en todo tiempo. Incluso cuando descansa, la plegaria está en él secretamente, ya que “El silencio de la impasibilidad es plegaria” dijo Isaac el Sirio. “Sus pensamientos son mociones divinas, los movimientos del intelecto purificado, son voces mudas que cantan en el secreto esta salmodia a lo invisible.” Pero el Sirio se apresura a agregar: “Difícilmente se encontraría en toda una generación un hombre que se haya aproximado a este conocimiento de la gloria de Dios.”

La segunda cima está inundada por una luz que la ortodoxia califica como no creada. Pese a la prohibición que se les hizo de “meditar” sobre algunos episodios de la vida de Cristo, de tomarse imágenes en sus espíritus, los adeptos a la “oración de Jesús,” se beneficiaban, a veces, con visiones luminosas que no eran, ni efecto de su imaginación, ni el efecto de una luz meteorológica simbólicamente interpretada, sino una teofania – una revelación divina – tan real como la del Monte Tabor prefigurando la gloria del Resucitado, tal como la luz sin fin que iluminará a la Jerusalén Celestial y cuya luminaria será el Cordero (Ap. 2:23).

¿Estaban los monjes de Sarov al corriente de la doctrina y las prácticas hesicastas? De acuerdo con los consejos prodigados al postulante, y que acabamos de citar, la respuesta es afirmativa. Desde principios del siglo XIV, los escritos sobre el hesicasmo se propagaron a través de los países eslavos y ganaron Rusia. San Sergio de Radonez tenía conocimientos de ellos. La experiencia de luz no creada no le era extraña. En el siglo XV, un Nil de la Sora, eremita de la “Tebaida del Norte” allende el Volga, erudito que hablaba corrientemente el griego, habiendo permanecido largo tiempo en el Monte Athos, dejó a sus descendientes espirituales una Regla inspirada por los grandes maestros de la doctrina hesicasta: Juan Clímaco, Isaac de Nínive, Simeón el Nuevo Teólogo. Los textos que restan “constituyen a la vez un ejemplo importante de fidelidad absoluta a la tradición hesicasta bizantina y de una remarcable simplicidad espiritual que caracterizaba a la persona misma de Nil y que constituirá el rasgo más destacado de los santos rusos posteriores.” Esto se debe recordar. Los santos rusos restando interés a la especulación teológica, contribuyeron con frecuencia, por un cierto lirismo cósmico, a humanizar la mística hesicasta; ellos acentuaron, mucho más que los griegos, las implicaciones sociales del monaquismo eremita.

Las dificultades, y las persecuciones que la Iglesia rusa conoció en el curso del siglo XVIII, no lograron vaciar el alma rusa de su deseo de Dios. Más numerosos que nunca, los peregrinos surcaron el imperio a la búsqueda de esta Verdad-Justicia que la vida sobre la tierra parecía negar. Y he aquí, que algunos de entre ellos se dedicaron a traer de Moldavia excelentes noticias: había allí, en los confines de Rumania, un monje ruso, un verdadero “staretz,” Paissy Velitchkovsky, alrededor del cual la vida monástica, conforme a las más auténticas tradiciones, se reorganizó. Millares de monjes se habían reunido ya en su monasterio. En cuanto a Paissy mismo, hablando muchas lenguas, él traducía incansablemente del griego las obras de la literatura patrística y sobre todo, las obras de los santos hesicastas con los cuales se había familiarizado durante una prolongada permanencia en el Monte Athos. El único retrato que se tiene de él lo representa frágil bajo los amplios pliegues de un manto monacal, su dulce rostro absorbido por un par de ojos enormes. Se decía que con frecuencia estaba enfermo. Encogido sobre su lecho como un niño, pero rodeado de diccionarios, él dictaba a numerosos secretarios sus traducciones. Su influencia en Rusia fue enorme. Por todas partes a fines del siglo XVIII, a principios del XIV, se encuentran a sus discípulos, o los discípulos de estos últimos. Dositeo de Kiev, quien orientó a Prokhore Mochnine hacia el Desierto de Sarov, fue uno. Pero nada de lo que Paissy tradujo tuvo un éxito comparable al de la Filocalia – en griego “amor a lo Bello” en ruso “Dobrotolubiye”; “Amor al Bien” – recopilación de adagios patrísticos, publicada en 1782 en Venecia por un obispo griego en estado de rebelión contra las autoridades otomanas de su diócesis, Macario de Corinto (1731-1805), en colaboración con un monje de la Montaña Santa, Nicodemo el Hagiorita (1749-1809). Sin preocuparse por las repeticiones, esta recopilación reunía una entidad de textos cuyos autores fueron los grandes contemplativos. Comenzaba por los Padres del Desierto del silgo IV y llegaba hasta los restauradores del siglo 14 una larga cadena de autores. La traducción rusa apareció en San Petersburgo en 1793, a fines del reinado de Catalina II, gracias a los esfuerzos del eminente metropolitano Gabriel. Pero se sabe que dieciséis años antes de su aparición oficial, Dositeo de Kiev estaba ya familiarizado con el espíritu de su contenido.

La oración hesicasta que el eremita de Sarov practicaba incansablemente se convierte, en, “una llave que abre el mundo, un instrumento de ofrenda secreta, una aplicación del sello divino sobre todo lo que existe.” “La invocación del Nombre de Jesús es un método de transfiguración del universo.” Aquel que ora sin cesar adquiere el conocimiento del lenguaje de la creación. El escucha la alabanza de las criaturas y comprende cómo es posible conversar con ellas.

La Enfermedad

Hesicasta consciente o no, el celo que Prokhore el Carpintero desplegó en el Desierto de Sarov casi termina por conducirlo a la tumba. Se piensa que su enfermedad era una hidropesía; la sufre durante tres años y ella termina por postrarlo en cama. El recurrir a la medicina no existe en la tradición monástica. No hay doctores en el Monte Athos. Pero desesperado por la vida de su preferido, el Padre Abad que no dejaba nunca su celda, estaba dispuesto a enviar por un médico, cuando, ante el asombro de todos, el enfermo curó. ¿Qué habrá pasado? Se supo mucho más tarde.

La Santa Virgen que en Kursk había llegado bajo el aspecto de un icono, para salvar al niño enfermo, regresaba, esta vez en Persona para salvar al joven novicio del Desierto de Sarov. Llegó en compañía de los Apóstoles Pedro y Juan. Volviéndose hacia ellos, ella pronunció extrañas palabras: “El es de nuestra raza” dijo, refiriéndose al moribundo. Cosas así no se inventan. ¿Cómo habrían llegado el espíritu de un aspirante a la humildad? “Ella posó sobre mi frente su mano derecha, contaba en su vejez; en su mano izquierda llevaba un cetro con el cual, tocó al pobre Serafín. En este jugar – sobre mi cadera derecha – se formó un hueco. Por allí corrió el agua. Y es así como la Reina del Cielo salvó al humilde Serafín.” Una profunda cicatriz en la cadera testimoniaba el milagro.

Monje-Sacerdote

Serafín… Ocho años después de su entrada al Desierto de Sarov, Prokhore, de veintisiete años de edad, considerado digno de llevar el hábito monástico, fue recibido el 13 de agosto de 1786 en la comunidad del Desierto. Sin pedir su aprobación se le impuso el nombre de Serafín que, en hebreo, quiere decir: “Reluciente.” Muy tempranamente sería ordenado diácono. Pero, antes, tenia que pagar una deuda de gratitud: con la bendición de sus superiores partió a recaudar fondos para construir una pequeña iglesia, testimonio de sus sufrimientos, en el lugar donde fue visitado y curado.

Demás está decir que en el curso de este fatigante viaje a través del país, había ido hasta Kursk, abrazado una última vez a su madre y predicho a su hermano Alexis que lo seguiría de cerca a la tumba, lo que, pasado el tiempo, sucedió. Pero no se pensó jamás en la impresión que esta larga caminata a través de la tierra rusa pudo dejar en un hombre joven marcado por el sufrimiento, y, de hecho, particularmente receptivo.

Más tarde fue ordenado diácono. Nuevamente, desplegó su celo; demasiado, pensaban algunos monjes. No se había visto jamás a un diácono prepararse para la Liturgia dominical orando toda la noche en la iglesia. Terminado el oficio, aún dudaba en partir. ¿Habría amado, como un puro de espíritu, servir continuamente al Señor olvidándose de comer y beber? Mientras cantaba el coro, le sucedía, decía, ver pasar a los ángeles; vestidos con ropas blancas, brillantes como relámpagos, ellos atravesaban la iglesia cantando mejor que los monjes. En verdad, pensaban estos últimos, los ángeles toman parte en la celebración de la eucaristía. Durante la Gran Cuaresma, en las liturgias de los presantificados, ¿no se proclama: “Hoy las fuerzas celestiales concelebran invisiblemente con nosotros”? Pero el Padre Serafín ¿no exageraba pretendiendo verlos? Este hombre calmo, sólido, equilibrado, este buen obrero que había sido Prokhore el Carpintero, ¿se transformaba en uno de esos “místicos” de los que desconfía, como de la peste, la severa sobriedad tradicional del monaquismo oriental?

Un día, durante la solemne liturgia del Jueves Santo, después de haber bendecido a la asistencia y pronunciado las palabras: “y por los siglos de los siglos,” en lugar de retirarse, como lo exigía el desarrollo del oficio, el Padre Serafín permaneció fijo en su lugar, inmóvil, ausente de todo. Comprendiendo que le había pasado algo insólito, dos jerodiáconos lo tomaron de los brazos y lo condujeron detrás del altar. Su inmovilidad duró tres horas. “Estaba deslumbrado como por un rayo de sol, explicó a su confesor y al Padre Pacomio. Volviendo los ojos hacia esa luz vi a Nuestro Señor y Dios, Jesucristo, con el aspecto del Hijo del Hombre en su Gloria, brillando con una luz inefable y rodeado por los ejércitos celestiales: ángeles, arcángeles, querubines y serafines. Viniendo de la puerta oeste, caminando en los aires, El bendijo a los celebrantes y a los asistentes. Luego, entrando en su icono cerca de la puerta real, El cambió de aspecto, siempre rodeado por las órdenes celestiales que con su brillo iluminaban toda la iglesia. En cuanto a mí, tierra y ceniza, fui objeto de una bendición especial.” Los viejos monjes escuchaban atentamente. Después, sabios y experimentados como eran, lo pusieron severamente en guardia contra las visiones en general y las tentaciones del orgullo en particular. Pero el Padre Serafín ya no era un novicio. El sabía que la humildad es el cimiento que sostiene el edificio de la perfección espiritual. Pero sabía también que una vez comprometido en el camino de la unión con Dios, el hombre no puede detenerse más.

El Padre Serafín había entrado en ese mundo invisible al que pocos hombres tienen acceso. Pero él no decía: soy rico. Al contrario, su sed de contemplación no hacía más que crecer. Ordenado sacerdote, no se sentía menos atraído por la gran soledad del desierto verdadero. La contemplación de un anacoreta es más preciosa de “lo que fue jamás el sacerdocio, según la orden de Melquisedec.” Allí hay un misterio.

El higúmeno Pacomio murió. Su enfermedad retuvo al Padre Serafín en el monasterio. Una vez desaparecido el anciano al que había cuidado como a un hijo, pidió a su sucesor, el Padre Isaías, permiso para retirarse al bosque y dejó el monasterio con una dispensa oficial. Se conoce la fecha de su partida: el 20 de noviembre de 1794, vísperas de la Presentación en el Templo de la Santa Virgen, exactamente dieciséis años después de su entrada. Tenía treinta y cinco años, etapa importante, según sus propias palabras, en la vida de un hombre.

El Eremita

Existe una carta escrita a un amigo por el staretz Paissy Velichkovsky con respecto a la vida eremítica de la que dijo: “Debes saber, amigo muy querido, que el Espíritu Santo dividió la vida monástica en tres categorías: la vida eremítica; la vida en compañía de dos o tres hermanos en un skit y la vida cenobítica. La vida eremítica debe comprenderse como una existencia lejos de los hombres, en el desierto. El eremita se remite sólo a Dios, a El le concierne la salvación de su alma, el alimento, la vestimenta, y toda necesidad terrenal. El no espera más que en El en todos los combates del alma y del cuerpo, sólo El es su ayuda y su esperanza en este mundo. Pero esta existencia es posible para los maduros espiritualmente, los que viven en paz consigo mismos. En cuanto a los novicios que no se comprometen: si 1o hacen frívolamente, cuidado con ellos, si caen en la apatía, la distracción o la duda; ningún hombre se encontrará cerca de ellos para levantarlos.” El Padre Serafín hizo la experiencia.

“Los que viven en los monasterios, dirá, luchan con los enemigos del género humano como si lo hicieran con palomas; los anacoretas – como si lo hicieran con leones y leopardos.”

Pero ¿quiénes son estos “enemigos del género humano”? ¿Contra quién se entabla esta lucha en el vacío? El hombre del siglo XX sabe todavía que su destino, en gran parte, depende de ella. En la opinión de los antiguos, el Universo estaba administrado por espíritus que gobernaban los astros y residían “en los cielos” o “en los aires.” Ellos coincidían en parte con lo que San Pablo llamó “los rudimentos del mundo” (Gá. 4:3). Infieles a Dios, quisieron – y lo lograron – sojuzgar al hombre en el Pecado. Pero Cristo vino a liberar a la humanidad de su esclavitud, a arrancarla del imperio de las tinieblas. “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:15-20).

En consecuencia he aquí el trabajo para un místico, para un anacoreta. La salvación del mundo depende de él. Volviéndose sobre sí mismo, él se encerrará en la “celda interior” de su corazón, para encontrar allí, “más profundamente que el pecado,” el comienzo de un ascenso en el curso del cual, el universo se le aparecerá más y más unido, más y más coherente, impregnado por fuerzas espirituales, tomando un todo en la mano de Dios.

El “Desierto Lejano”

El bosque que sirvió de “desierto” al Padre Serafín era inmenso y sombrío. Los abetos se levantaban como mástiles de navíos. Algunos tenían muchos metros de circunferencia. En una modesta “isba” situada sobre una orilla escarpada del río Sarovca, a seis kilómetros aproximadamente del monasterio, tenía lugar su eremita. Un icono en un rincón, una sartén en el otro, un pedazo de tronco a manera de silla – era todo. ¿Un lecho? Inútil. El bautizó el conjunto “Monte Athos.”

Un eremita, para preservarse del tedio, tiene necesidad de un estricto empleo del tiempo. La jornada del Padre Serafín comenzaba a medianoche; seguía la regla de San Pacomio el Grande, en vigor entre los Padres del Desierto. Para comenzar, recitaba el Oficio, los maitines y las alabanzas. A las nueve, era el momento del tercio, la sexta y la novena. Finalmente, después del mediodía, cantaba las vísperas y las completas. A la caída de la noche, recitaba las oraciones preludiando el sueño, acompañadas de numerosas prosternaciones como habitualmente hacen los monjes orientales. En cl intermedio, la oración del corazón, ininterrumpida, rimaba sus actividades. En su inmenso deseo de vincular todo a Jesús, él había dado a los alrededores nombres bíblicos. En “Nazaret,” cantaba los himnos “akathistes” a la Virgen; recitaba la sexta y la novena en el “Gólgota”; leía el evangelio de la Transfiguración en el “Monte Tabor, y entonaba en “Belén” la “Gloria a Dios en lo más alto de los cielos.”

El Padre Serafín cultivaba una huerta. Como abono, utilizaba el musgo húmedo que, con el torso desnudo, iba a buscar a los pantanos, ofreciendo “la carne rebelde” a las picaduras de los tábanos y los mosquitos. Así pasaba el invierno y llegaba la primavera, con el aire tibio trayendo el olor de la nieve que se funde, de 1a savia que sube. Era la primavera – la Resurrección – Pascuas: Abandonando su ermita, el Padre Serafín pasaba la primer semana de Gran Cuaresma en el monasterio, privándose completamente de alimento, repitiendo con sus hermanos la plegaria de penitencia de San Efrén el Sirio.

“La plegaria y el ayuno, la soledad y la abstinencia, forman el cuarteto que conduce al alma hacia el Reino de Dios” decía el habitante del “Pequeño Desierto Lejano.” La lectura era una de las ocupaciones favoritas de este hombre de aire libre. El Evangelio que llevaba en un bolso, detrás de su espalda, lo acompañaba a todas partes. Cada día leía algunos capítulos, “aprovisionando” de este modo su alma. Ya que el alma debe alimentarse con la palabra de Dios.” “Es necesario habituar al espíritu a que se sumerja en la ley de Dios,” enseñará. Su conversación, en efecto, no será a menudo más que una serie de paráfrasis de textos bíblicos libremente aplicados a situaciones dadas.

La soledad de un ermita llama y facilita la llegada del Espíritu. “Para el descenso del Espíritu, dirá Serafín de Sarov, conviene estar escuchando el absoluto silencio. Como la lectura se toma superflua, una vez que el Espíritu se posesionó del hombre, la plegaria no necesita más de palabras.” ¿Había llegado al estado señalado por Isaac el Sino, donde “el silencio de la impasibilidad es plegaria”?

Las Bestias

“A medianoche, cuenta el Padre José, un testigo ocular, los osos, los lobos, las liebres y los zorros, los lagartos y los reptiles de todo tipo, rodeaban la ermita. Habiendo terminado sus plegarias, el asceta salía de su celda y se dedicaba a alimentarlas.” Otro testigo, el Padre Alejandro, intrigado, había preguntado una vez cómo el poco pan seco contenido en su bolsa podía ser suficiente al Padre Serafín para satisfacer a tal cantidad de animales. “Hay siempre bastante” fue la tranquila respuesta. Un gran oso, en particular, gozaba de la intimidad del santo hombre. Los relatos referidos a su encuentro, a primera vista poco tranquilizante, con este habitante de los bosques, fueron dejados por el Padre Alejandro así como por otras personas. Lo que los asombraba sobre todo, era el goce, que el Padre Serafín irradiaba entonces. Sonriendo, enviaba al oso con un encargo, y el animal regresaba, caminando sobre sus patas traseras, portador de un panal de miel que el anacoreta ofrecía amablemente a sus visitantes. Entre las representaciones póstumas de Serafín de Sarov, las más populares fueron aquellas en las que se lo ve sentado bajo un abeto, dando un pedazo de pan a un oso.

“¿Qué es un corazón caritativo? se preguntó san Isaac el Sirio. Es un corazón que se inflama de caridad por la creación entera, por los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por todas las criaturas. Es por eso que tal hombre no cesa de orar, tanto por los animales y los enemigos de la Verdad, como por quienes le hacen mal, a fin de que sean conservados y purificados. Incluso ora por los reptiles, movido por esa piedad que se despierta en el corazón de los que se asimilan a Dios.”

Después de Macario de Egipto, de san Francisco de Asís, de Sergio de Radonez, Serafín de Sarov actualizaba este magnífico texto.

La Oración

Cuando era tentado por el demonio él ayunaba y oraba sin cesar durante mil días y mil noches, de pie o arrodillado sobre una gruesa piedra plana, o en una cueva cavada bajo su isba, Serafín de Sarov exclamó, como el publicano del Evangelio: “¡Señor Jesús, ten piedad de mí, pecador!” Nadie sabrá jamás a qué imágenes horribles, a qué tentaciones, tan sutiles como atroces, respondía ese grito de alarma. Pero Cristo estaba allí. “¿Quién nos separará del amor de Cristo? exclamó san Pablo, ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?.. Por la cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los príncipes, ni potestades, ni el presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8-35-38).

El Recluso

“La obediencia, para el monje, es más importante que el ayuno y la plegaria.” El Padre Serafín lo había afirmado y actuaba en consecuencia. Por obediencia, este hombre que había pasado los cincuenta años, asceta brioso, dejaba su retiro forestal donde durante dieciséis años se había complacido en alabar a su Señor y su Dios. Sin embargo, el período de silencio que el Espíritu le había impuesto no había terminado todavía. ¿Cómo perseverar en un monasterio en plena actividad, ruidoso, lleno de visitantes y peregrinos? El pidió al higúmeno la bendición para enclaustrarse en su antigua celda y recibir allí los sacramentos.

Así pasaron cinco años. Un día, el recluso abrió su puerta, sin salir de su celda. Los que querían verlo podían entrar. Siempre mudo, se ocupaba en sus actividades cotidianas. Cinco años después comenzó a responder preguntas, a dar consejos. Al principio, sólo los monjes lo visitaban. Rápidamente fueron seguidos por los laicos. La Virgen misma había dado la orden al recluso de recibirlos. Su carisma no se agotaba más. Pero él, no dejaba su sombrío reducto. La falta de aire y de ejercicio le causaba dolores de cabeza insoportables. El salía a la noche, ocultamente. Una o dos veces se lo vio así, cerca del cementerio, transportando algo pesado y murmurando la plegaria de Jesús. “Soy yo, soy yo, el pobre Serafín… ¡Cállate, mi goce!” decía. Sintiendo que sus fuerzas se debilitaban, él pidió a Dios el permiso para terminar su reclusión. Y el permiso llegó. La noche del 25 de noviembre, fecha que conmemora a los Santos Clemente de Roma y Pedro de Alejandría, la Virgen María se le apareció mientras dormía y lo autorizó a dirigirse a su ermita. Habiendo obtenido la bendición del higúmeno, el recluso, después de dieciséis años de prisión voluntaria, salió y se dirigió hacia el bosque.

A Plena Luz

“Viene tanta gente a ver al Padre Serafín” decía, no sin humor, el higúmeno Nifonte, “que no se cierran las puertas del monasterio, antes de medianoche.”

A partir del momento en que Serafín de Sarov dividió su tiempo entre el bosque y su celda monástica dejó de pertenecerse. De ahora en adelante pertenecía a las multitudes. Tenía sesenta y seis años. Los primeros dieciséis años de su vida religiosa los había pasado en el monasterio. El hombre maduro -a partir de los treinta y cinco años – se había ocultado en el bosque, había elegido enclaustrarse durante dieciséis años en su celda monacal. Un medio siglo casi de preparación para un ministerio que debía durar ocho años. ¿Había vivido fuera del tiempo ese medio siglo? Nada indica, en las pocas informaciones que se posee al respecto, la menor influencia de los acontecimientos contemporáneos sobre la formación espiritual de Serafín de Sarov.

Era 1825, año en el que Serafín de Sarov daba fin a su reclusión. Un monje que, más tarde, debía contar la historia a un oficial de marina que ingresó en la religión en el Desierto de Sarov, vio, cierta vez, que al caer la tarde, una “troica” se detenía frente a la escalinata. Llegando a su encuentro, el staretz saludó, inclinándose, al oficial que descendió del carruaje. Los dos se retiraron luego a la celda del Padre y permanecieron allí encerrados durante casi tres horas. Era de noche cuando el desconocido salió para retomar su lugar en el carruaje. El staretz que lo acompañaba pronunció, desde lo alto de la escalinata, a manera de adiós, estas misteriosas palabras: “Recuerda, Señor, lo que te dije, y hazlo.” El monje que, intrigado, se habría ocultado para escuchar: vio que se trataba del Emperador.

El “humilde” Serafín, en posesión de la paz de Cristo, había prodigado sus consejos y dado su bendición al soberano, dueño de una sexta parte del globo; desde la cima de su gloria ¿habría visto el abismo de todas las vanidades?

El Staretz

“Staretz” – así se llamaría en lo sucesivo al eremita de Sarov. Literalmente, “staretz” quiere decir “anciano,” “gerontes” en griego. Tomado en sentido monástico es un padre espiritual, un Maestro. En los monasterios orientales, los “ancianos” dirigían a los novicios. Grandes santos fueron formados por los “staretz.” Simeón el Nuevo Teólogo proclamaba deber todo a su staretz, Simeón el Piadoso. Pero en Rusia, el “starchestvo” – el ministerio del staretz – puesto en vigor nuevamente por Paissy Velichkovsky a fines del siglo XVIII, se convirtió en una verdadera institución que jugó en la historia del país un papel considerable. Serafín de Sarov fue el primero, el más grande de estos hombres de Dios. Después de su muerte, el carisma del “starchestvo” – bajo cuya forma “la santidad de los tiempos pasados regresó a la vida en la santidad moderna de manera tan tradicional, y a la vez tan sorprendente por su novedad” – pasó al “Desierto” de Optina donde, convertida en “hereditaria,” se manifestó en muchas generaciones de “startzi” que se sucedieron hasta la Revolución. Como se sabe, Tolstoi y Dostoievsky fueron a Optina a buscar la sabiduría. Y, convertido por su mujer, el filósofo Kireyevsky escribió: “Todos los libros, todas las obras del espíritu no valen a mis ojos tanto como el ejemplo de un santo staretz.”

El ejemplo, sí. Ya que es por el ejemplo que predicaban estos elegidos del Espíritu. Ellos mismos debían haber hecho sus experiencias y así demostrar dignamente los dones logrados. Un guía inexperto es peligroso. “El Señor no bendice a los que se limitan a enseñar, sino más bien a los que por la práctica interior de los mandamientos merecieron ver y contemplar en sí mismos la luz brillante y rutilante del Espíritu y que, en esta visión, en este conocimiento y este influjo, conocieron por el Espíritu lo que deben decir y lo que deben enseñar a los otros,” escribió Simeón el Nuevo Teólogo.

Con su bondad acostumbrada, muy rusa, Serafín de Sarov confirmaba las palabras del gran bizantino. “Ejecutar lo que se enseña es tan difícil como subir piedras a la cima del campanario. Tal es la diferencia entre la enseñanza y la práctica.”

Como la reputación del staretz Serafín crecía día a día, las multitudes invadían el Desierto de Sarov. ¿Por qué viajaban allí? Buscaban un auténtico staretz, un Maestro espiritual.

Un pequeño viejo, todo blanco, todo encogido, todo seco con los ojos azules y una sonrisa incomprensiblemente radiante. Su acogida para todos, en la misma. “¡Buenos días, mi alegría!” y también: “¡Cristo resucitó!” – Saludo pascual, dado a sus compatriotas.

Resueltamente optimista decía: “No seguimos el camino del desaliento – proclamaba golpeando alegremente el piso – Cristo todo lo vence. El resucitó a Adán. Restauró a Eva en su dignidad. ¡El dio muerte a la muerte!”

El Objetivo de la Ascesis

La coronación de las hazañas ascéticas es el amor.

Encerrado en el silencio perfecto, el recluso intercede con su plegaria por el mundo entero. “Pero aquél, dijo Isaac el Sirio, que entra en relación con los hombres e ignora sus miserias, creyendo ser más fiel de este modo a las austeridades de su regla, no es misericordioso, sino cruel. Quien no visita a un enfermo no verá la luz. Quien aleje su rostro de un afligido, verá entenebrecerse su jornada. Y los hijos que no escuchan la voz del sufrimiento irán, ciegos, tanteando, a buscar sus moradas… Llega para cada existencia su hora, su lugar y su particularidad.”

Hubo un tiempo en que el Padre Serafín hacía barricadas con troncos de árboles en el camino del Pequeño Desierto lejano, rehusaba hablar con sus semejantes y velaba su rostro delante de ellos. Ahora, había llegado a un estado de participación, de ofrenda y de renuncia a sí mismo.

– Admitamos, decía, que yo cierre la puerta de mi celda. Los que vendrán, esperarán una palabra de aliento, me implorarán, en nombre de Dios, que abra. Al no recibir respuesta, ellos se irán tristes. ¿Qué excusa podría darle a Dios, el día de su Terrible Juicio?

Su paciencia era inagotable. Escuchaba a cada uno con atención y dulzura. Pero no abría a todos por igual los tesoros de sus carismas. – No se debe, decía, abrir sin necesidad el corazón a otros. Entre mil habrá tal vez uno sólo, capaz de entrar en su misterio. Con un hombre natural, se debe hablar de cosas humanas. Pero con aquel que tiene la inteligencia abierta a lo sobrenatural, se debe hablar de cosas celestiales.

La Clarividencia

“¡Yo sé!” decía el staretz. Pero, ¿cómo lo sabia? Uno de sus amigos, el Padre Antonio, higúmeno del monasterio de Visokogorsk y asiduo visitante de Sarov, fue un día testigo de la conversación entre el santo hombre y un negociante de Vladimir. Lo veía por primera vez, pero leía su alma como en un libro abierto. El Padre Antonio le preguntó a continuación cómo lograba penetrar en lo más íntimo de cada conciencia sin preguntas, sin esperar confidencias.

La respuesta del staretz nos abre los ojos. “El venta hacia mí, respondió, refiriéndose al mercader, viendo en mí a un servidor de Dios; y como yo, indigno Serafín, me considero un pobre siervo de Dios, lo que Dios ordena a su servidor, yo lo transmito. El primer pensamiento que me llega, estimo que es Dios quien lo envía, y hablo sin saber lo que pasa en el alma de mi interlocutor, pero creyendo que es la voluntad de Dios y que e para su bien. A veces, confiándome en mi propia razón, yo respondía, pensando que era fácil. En ese caso, se producían errores. Como el hierro se da al yunque, yo doy mi voluntad a Dios. Actúo como El quiere. No tengo voluntad propia.” “Pero el Padre Antonio afirmó entonces que el staretz, veía el alma de un hombre, como un rostro en un espejo, a causa de la pureza de su espíritu. El Padre Serafín puso su mano derecha sobre la boca del higúmeno.” “No, mi goce, no se debe hablar así. El corazón humano no está abierto más que para Dios. Si el hombre se acerca, El ve cuán profundo es el corazón del otro” El staretz no iba del hombre a Dios, sino de Dios al hombre. El no hacía psicoanálisis, sino que escuchaba la voz del Espíritu.

Consejos

Entre los visitantes que recibía, había, naturalmente, muchos monjes y clérigos. Uno de ellos, nuestro higúmeno de Visokogork, Antonio, el que había planteado al staretz preguntas concernientes a su clarividencia, corrió un día a hacerlo participe de la angustia que lo inquietaba. Creyendo próxima su muerte, él se despedía de todos en su monasterio. “Tú no entiendes como debieras, mi goce, le dijo afectuosamente el staretz. Tú dejarás tu monasterio, pero no morirás. Serás ubicado a la cabeza de otro gran Monasterio.” La predicción no tardó en realizarse. El Padre Antonio fue designado por el Metropolit Filaret de Moscú para representarlo como vicario en la abadía de La Trinidad de San Sergio. Las recomendaciones que le hizo el Padre Serafín en esa ocasión, fueron sobre el comportamiento de los superiores: “Sé, para tus monjes, una madre antes que un padre. Todo superior debe ser – y permanecer – para sus ovejas como una madre razonable. Una madre amante no vive para ella, sino para sus hijos, sufre sus enfermedades con amor; ella purifica a los que están mancillados, los lava dulcemente, apaciblemente, los viste con ropas limpias y nuevas; los calza, los conforta, los alimenta, los consuela. Y trata de cuidarlos de manera de no escuchar jamás la menor queja de su parte. Tales niños están ligados a su madre. Así, cada superior debe vivir no para él, sino para sus ovejas. Debe ser indulgente con sus debilidades; soportar con amor sus enfermedades; recubrir los males de los pecadores con emplastos de misericordia; levantar con dulzura a los que caen; purificar a los que están mancillados por el vicio, imponiéndoles una penitencia suplementaria de oración y ayuno; vestirlos con la virtud por la enseñanza y el ejemplo; ocuparse constantemente de ellos y salvaguardar su paz interior para no escuchar jamás de su parte ni grito, ni queja. Entonces, ellos harán lo posible para procurar al superior la tranquilidad y la paz.” Las recomendaciones hechas por San Francisco de Asís a los Superiores de sus fundaciones son extrañamente similares. El también empleó el término de “madre.”

Las Mujeres

En esta celda tan frecuentemente visitada, Serafín recibía también muchas mujeres. ¿No había dicho un día que era necesario desconfiar, como de la peste, de “estas cornejas pintadas”? Envejecido, lleno como estaba de fuerza espiritual, su actitud hacia ellas había cambiado. Primero entre los santos rusos, él debía ocuparse de su muerte, prever el papel, que, en el futuro, les estaba reservado.

“No olvidaré jamás, mientras una de ellas, que, habiendo él orado conmigo delante del icono de la Madre de Dios, puso sobre mi cabeza sus manos calientes; yo sentí de pronto una fuerza vivificante expandirse a través de mi cuerpo entero. Levanté los ojos sobre el Padre y vi que lloraba. Una de sus lágrimas cayó sobre mi frente. ¿Lloraba por mí? No osé preguntarle…

¿Lloraba por la suerte de tantas mujeres, esclavas de dueños inhumanos, de maridos cuya brutalidad asesinaba sus almas y sus cuerpos, de los huérfanos sin dote y sin sostén de los que se ocupaba su madre, Agata Mochnine, de santa memoria? Es lo más probable.

Hablando a las personas casadas, el staretz no entraba en los detalles de 1a vida conyugal. Se contentaba con pedir a los esposos la fidelidad recíproca y el amor que aseguran a la familia la estabilidad y la paz.

El Taumaturgo

El Padre Serafín discernía los espíritus, predecía el futuro, mantenía relaciones telepáticas con los ermitaños que vivían a millares de kilómetros de distancia, respondía las cartas sin abrirlas jamás. Tenía el don de la levitación y de la bilocación y he aquí que se le acordó el don de hacer milagros y curar a los enfermos. ¿Se regocijó por ello?

“Los verdaderos santos no solamente no desean hacer milagros, sino que, cuando este don les es conferido, lo rehusan. No es sólo delante de los hombres que no quieren este don, sino en lo secreto de su corazón. Si algunos aceptaban este don, era por necesidad… otros por orden del Espíritu Santo que actuaba en ellos, ninguno por azar, sin necesidad.”

El primero tocado por el milagro se llamaba Miguel Mansurov. Propietario territorial del poblado de Noutch en la provincia de Nizhni-Novgorod, joven, alegre, de un físico agradable, la vida le sonreía cuando una extraña enfermedad lo postró. Perdió el uso de sus piernas, pedazos de huesos caían de sus pies. Desalentado por tratamientos médicos ineficaces, se hizo transportar a Sarov y, con lágrimas en los ojos, suplicó al staretz que lo curara.

“¿Crees en Dios?” preguntó por tres veces el santo hombre. “Si tú crees, mi goce, todo es posible a aquel que cree.”

Habiendo obtenido una respuesta afirmativa, entró en celda, y regresó portando un poco de aceite proveniente de la lámpara que quemaba delante del icono de la Virgen. Con este aceite, friccionó los pies y las piernas del enfermo repitiendo: “Por la gracia recibida de Dios, yo te curo.” A continuación, colocó en los pies de Mansurov medias de tela; trajo de su celda una cantidad de pequeños trozos de pan seco, llenó con ellos los bolsillos de la levita del joven hombre, y le ordenó entrar a pie en la hostería.

Mansurov no se sentía seguro. Por largo tiempo había perdido el uso de sus piernas. Pero una vez puesto de pie, sintió que tenía fuerzas para mantenerse. Lleno de gozo, se prosternó delante del staretz Serafín. Este lo levantó y, severamente, le dijo que no era a él, sino a Dios a quien debía agradecer.

Feliz, Mansurov regresó a su casa, hacia su joven mujer alemana que había desposado durante su servicio militar en las Provincias Bálticas. Pero al poco tiempo él se puso a reflexionar: ¿Agradecer a Dios? ¿Cómo? Regresó a Sarov y le planteó su inquietud al staretz Serafín. El “anciano” lo miraba con amor infinito. Pero la respuesta que dio llenó a Mansurov de consternación.

-He aquí, mi goce, dijo alegremente, tú darás todo lo que posees a Dios y guardarás para ti la mendicidad voluntaria.

¿Era aquella “la terrible dulzura del Evangelio”? Miguel pensó en su joven mujer, habituada a una vida fácil, amante del lujo. El precio exigido por su cura, ¿no era excesivo?

-No tengas miedo, agregaba el staretz. El Señor no te abandonará jamás, ni en esta vida, ni en la otra. Ora. Reflexiona. Y regresa a verme.

Contrariamente al joven hombre rico del Evangelio, Miguel Mansurov aceptó.

Habiéndose propagado la cura del joven propietario territorial, los enfermos afluyeron a Sarov, tanto más cuanto la misma Santa Virgen parecía bendecir e impulsar esta nueva actividad de su elegido. El día en que abandonó su prisión voluntaria para dirigirse al bosque, Ella le apareció en el camino acompañada por San Juan, golpeó el suelo con su cetro y “una fuente de agua clara brotó.” El agua de esta fuente sería más curativa que la de la piscina de Bethesda, dijo Ella. El Padre Serafín cercó esta fuente con un muro, e hizo allí un pozo. Más tarde, se construyó encima de este pozo, una capilla y se canalizó el agua en dos pabellones diferentes, uno para uso de los hombres y otro para las mujeres. La semejanza con Lourdes (donde la Virgen apareció veintitrés años más tarde) es sorprendente. El agua de Sarov tenía todas las propiedades del agua de Lourdes, pero era aun más fría, su temperatura no pasaba de los 4 grados. Sin embargo, como en Lourdes, no se registró jamás un caso de enfriamiento, y los bañistas, al salir, proclamaban experimentar un bienestar extraordinario.

El higúmeno Nifonte

“Nadie es profeta en su tierra,” dice la Biblia. Cuando más se abría al mundo el Padre Serafín, más milagros hacía; pero los monjes del Desierto de Sarov lo miraban con suspicacia y animosidad. El Padre Abad, sobre todos, desaprobaba a este Anciano no-conformista, cuya presencia modificaba la marcha normal de la vida monástica. Una “instantánea,” cuyo autor es el Padre Antonio, higúmeno del monasterio de Visokogorsk, asiduo visitante del Desierto, es reveladora en este sentido.

“Llegué una vez a Sarov, comenta, a visitar al higúmeno Nifonte al que se consideraba seriamente enfermo. Grande fue mi asombro, cuando lo encontré con perfecta salud. Viendo mi sorpresa, me hizo el siguiente relato : El Padre Serafín vino a buscarme y trajo con él un pedazo de pan negro que me tendió diciendo: “Tú estás enfermo, Padre. Ordena que te preparen una sopa de pescado y bébela comiendo este pan; esto te dará fuerzas y, con la ayuda de Dios, te curarás” – ¡Que dices, staretz! Hace ya bastante tiempo que no como nada, que no puedo comer nada, y el pan negro me fue prohibido por los doctores.- “Tus doctores no leen el salterio. Y en el salterio está escrito: el pan fortificará el corazón del hombre. Entonces come un poco de este pan.” E insistió de tal modo que no pude rehusar. Se procuró un poco de pescado y se hizo una sopa con él. Yo comencé a sorberla comiendo el pan que trajo el Padre Serafín; él vigilaba para que comiera todo. Cuando hube terminado, dijo: “Ahora está bien, con la ayuda de Dios, recobrarás tu salud.” Apenas hubo partido, sentí un fuerte deseo de dormir, y yo, que desde hacía tiempo estaba privado del sueño, dormí profundamente. Cuando desperté, estaba bañado en sudor. La enfermedad había desaparecido. Ahora, me siento bien.

– Qué piensas, Padre Antonio, concluyó el higúmeno de Sarov ¿ será realmente un taumaturgo nuestro Padre Serafín?

Diveyevo

Pero nada de lo que hizo o dijo el staretz exasperó tanto a los monjes del Desierto de Sarov, como la fundación de un convento de mujeres. Sin embargo, él ¡lo había actuado por su propia voluntad!. “En Diveyevo, dirá, no di un paso, ni clavé un clavo sin la voluntad de la Madre de Dios, la muy Santa Virgen María.”

Todo comenzó cuando aun era Diácono. Dirigiéndose una vez al entierro de un rico benefactor del monasterio, junto con el Padre Pacomio, éste último se detuvo en Diveyevo procurando noticias de una enferma, la piadosa viuda Agata Melgunov quien, durante años, había vivido en ese pobre poblado, convirtiéndose en su benefactora. Ella había construido una iglesia para sus habitantes y, con la bendición del higúmeno de Sarov, había fundado allí una pequeña comunidad. Sintiendo la proximidad de su muerte, Agata pidió la extrema unción y envió al Superior del Desierto tres pequeños bolsos – uno lleno de oro, otro de plata, y el tercero con monedas de cobre – todo lo que quedaba de su fortuna. Confiándole su pequeño peculio, la moribunda suplicó al Padre Pacomio no abandonar a sus “huerfanitas,” las hermanas de su joven comunidad.

“Madre mía, habría respondido el viejo hombre, yo no pido más que hacer tu voluntad… Pero soy viejo y sólo Dios sabe cuánto tiempo me resta para vivir. En tanto que el jerodiácono Serafín, que está aquí, es joven y vivirá el tiempo necesario para ver crecer y desarrollarse tu comunidad. A él debes confiarla. La misma Santa Virgen lo instruirá y le mostrará lo que se debe hacer.”

Pasando por Diveyevo dos días más tarde, los Padres encontraron a la santa mujer en su ataúd. Era el 13 de junio de 1789. Llovía muchísimo. Pero antes de compartir, después del entierro, una comida con las mujeres, el joven jerodiácono Serafín, aún misógino, partió bajo el chaparrón para recorrer a pie los doce kilómetros que separaban Diveyevo de Sarov, y, sin preocuparse, aparentemente por las monjas se retiró al bosque y se enclaustró.

Pero he aquí que un día – era en 1823 – el Padre Serafín, de sesenta y cuatro años, envió a buscar a Miguel Mansurov que acababa de curarse. Miguel había vendido todos sus bienes y, dejando de lado el dinero como lo deseaba el staretz, se instaló, en compañía de su mujer alemana, en una casita comprada en Diveyevo, soportando pacientemente las burlas de sus amigos y el mal humor de su esposa.

Habiéndose presentado el joven hombre, el staretz, tomó una pequeña estaca, hizo el signo de la cruz, bajó la estaca y pidió a Mansurov que hiciera lo mismo. Luego saludó y dijo: “Ve, batiushka, a Diveyevo. Al llegar, te pondrás frente a la ventana del ábside central de la iglesia de Nuestra Señora de Kazán (construida por la Madre Agata). Luego darás 10 pasos (el número exacto fue olvidado), te encontrarás en un sendero-límite; de allí, contarás 10 pasos y 1legarás a un campo; darás aún 10 pasos y te encontrarás en un prado; allí, en el centro – bien en el centro – plantarás esta estaca. He aquí, batiushka, lo que te pido que hagas.”

Mansurov partió y, llegado a Diveyevo, se sorprendió al encontrar, todo exactamente como el staretz le indicó. Plantó la estaca y regresó a Sarov, donde el Padre Serafín lo recibió exultante de gozo.

Pasó un año. Como el staretz, no hablaba de la pequeña estaca, Miguel Mansurov concluyó que la había olvidado. Pero un hermoso día el Padre Serafín lo llamó y, esta vez, le confió cuatro pequeñas estacas.

– Acércate, batiushka. “Ve de nuevo a Diveyevo y allí, alrededor de la pequeña estaca plantada el último año, clava, a igual distancia, estas cuatro estacas. Y para mayor seguridad – a fin de que quede bien marcado el emplazamiento – reúne piedras y rodea cada estaca con un montón de ellas.”

Cuando Mansurov regresó, el staretz, sin una palabra, lo saludó. Nuevamente, la extraordinaria luminosidad de su rostro asombró al joven hombre.

¿Qué significaba esta extraña pantomima? ¿Cómo el Padre Serafín, que no había puesto los pies en Diveyevo desde el entierro de la Madre Agata en 1789, podía conocer, treinta y cuatro años más tarde, la distancia exacta entre los campos y los prados detrás de la iglesia? En todo caso, es a partir de este momento que comenzó todo.

Nació una nueva comunidad. La “Comunidad Molinera” (llamada a causa del molino “alimentador de las huérfana,” que se construyó sobre el emplazamiento marcado por las pequeñas estacas), debía diferenciarse netamente de la antigua comunidad de la Madre Agata. Sólo las vírgenes podrían formar parte de ella, y la Misma Virgen María sería la Superiora.

Las reclutas del Padre Serafín no estaban tan entusiasmadas. Las penurias de la comunidad donde estarían llamadas a vivir atemorizaban su buen sentido campesino. ¿A qué aventura las empujaba el staretz?

– ¡No, Batiushka, no! ¡Yo no quiero, no puedo! exclamaba Xenia Poutkov, hija de cultivadores ricos, comprometida con un joven al que amaba, y a la que el staretz pedía que tomara el velo.

– Escucha, mi alegría. Yo te diré un secreto. Por el momento, no lo reveles a nadie: es la misma Madre de Dios la que eligió el lugar para esta comunidad. Todo lo que Ella quiera darnos, lo tendremos: un molino, luego una iglesia…

-Y, en su vejez contaba Xenia, convertida en Madre Capitolina, que al poco tiempo llegó una señorita – Elena Mansurov, la hermana de Miguel. Niña mimada de grandes ojos negros – alegre, viva, agradable – prometida a los diecisiete años, que había roto sin razón su compromiso. Al regreso del entierro de su abuelo, una visión aterrorizante la orientó hacia la vida religiosa: le pareció ver un enorme dragón negro arrojarse sobre ella, escupiendo llamas. Es verdad que estaba bajo la impresión de su primer contacto con la muerte, presa de una fuerte fiebre. Sin embargo, tomó la visión seriamente, abandonó su vida mundana, se sumergió en lecturas piadosas y no soñó más que en tomar el velo y la vida monástica. Pero el Padre Serafín, al que fue a consultar, la recibió haciéndole bromas:

-Eh, Matushka, ¿que son esas historias? Entrar al convento ¿de dónde sacas esa idea? ¡Tú debes casarte, mi alegría!

Elena lloró, oró a la Santa Virgen y su deseo de entrar al convento no hizo más que crecer. Después de haberla puesto a prueba, el staretz la envió, finalmente, a Diveyevo y la nombró “superiora terrenal” de la comunidad virginal.

Las Iglesias

Sólo faltaba a la Comunidad Molinera una iglesia. Nuevamente, el staretz hizo venir a Miguel Mansurov. “Mí alegría, dijo, nuestra pobre pequeña comunidad no tiene iglesia,” las hermanas están obligadas a frecuentar la iglesia parroquial donde se celebran matrimonios y bautismos. La Reina de los Cielos desea que tengan una iglesia para ellas. Entonces, mi alegría, construyamos, para mis huerfanitas, una iglesia en honor de la Natividad del Hijo de la Virgen.

– Bendecidnos, Batiushka, respondió alegremente Miguel, siempre presto para ejecutar la voluntad de su bienamado staretz; era feliz sabiendo que el dinero que había dejado de lado después de la venta de sus bienes, serviría para la construcción de una casa de Dios. Muchas personas habían propuesto al Padre Serafín ayudarlo a construir una iglesia en Diveyevo – pero él siempre se había negado.

-Recuerda, una vez por todas, le decía a Xenia que venía a comunicarle un ofrecimiento, que no todo dinero es agradable al Señor y a su Santa Madre. No todo lo que se quiere donar entrará en mi convento, Matushka. La Reina del Cielo no acepta todo lo que se le ofrece; hay dinero y dinero. A menudo él es el fruto de la violencia, de las lágrimas y de la sangre. No tenemos nada que hacer con ese dinero. No debemos aceptarlo.

La iglesia se terminó en 1829 y se consagró, como lo quería expresamente el staretz, el 6 de agosto, fiesta de Transfiguración del Señor. Una cripta, dedicada a al Santa Madre de Dios, se agregó y consagró el año siguiente, en la fiesta de la Natividad de la Virgen.

Pero, ¿Para qué, se podría preguntar, tantas iglesias? Es que ellas son los centros, no geográficos sino cósmicos, de un universo destinado a hacer eucaristía. Partiendo de la iglesia, la bendición del aceite, del pan, del vino y del trigo, consagra los elementos de toda la superficie del planeta.

– La tierra bajo nuestros pies es santa, decía el staretz. Todos los que viven aquí se salvarán. ¿Sabíais que el enemigo eligió por domicilio este lugar y sus alrededores? Pero el Señor misericordioso me permitió expulsar a esa tropa de Satán.

Después que Elena Mansurov pronunció sus votos ante el jeromonje Hilarión de Sarov, el staretz la nombró sacristana, con Xenia Poutkov como adjunta. En presencia del cura, Padre Basilio les dio instrucciones precisas concernientes a los oficios y el mantenimiento interior. Dos monjes de Sarov debían ayudar al Padre Basilio a enseñar a las hermanas las rúbricas y el canto litúrgico. Si bien jamás iba él mismo a Diveyevo, el staretz, de lejos, vigilaba todo; deseaba que todo fuera impecable. El quería un cirio encendido, noche y día, delante del icono del Salvador, y que una lamparilla permaneciera eternamente iluminando 1a cripta, delante del icono de la Madre del Verbo. El simbolismo de estas pequeñas luces que él decía le era agradable a Dios y que hacía remontar a Moisés, le era muy querido. Mientras él vivió, contaba Xenia, no sabíamos qué era comprar cirios. Se le llevaban muchos y él, nuestro Batiushka, los guardaba todos para Diveyevo.

La Regla de la Comunidad

La regla con la que la Soberana del Cielo dotó a la joven comunidad era de las más simples: la oración de Jesús y la obediencia eran sus fundamentos. Tres “Padre Nuestros,” tres “Yo os saludo, María” y el recitado del Credo eran suficientes, mañana, mediodía y tarde, para la práctica cotidiana de estas campesinas que, para alimentarse, continuaban trabajando en sus campos, acompañando sin embargo – y esto era lo más difícil – sus actividades cotidianas con la ininterrumpida oración del corazón. Hesicasta convencido, el Padre Serafín no había dudado, pese a las críticas, en hacer de esta conversación a solas con el Señor, la base misma del nuevo edificio. La lectura ininterrumpida del Salterio en la iglesia, por doce hermanas especialmente asignadas a esta tarea, era sin embargo obligatoria, así como el canto al Paráclito, el Espíritu Santo, un oficio a la Virgen – el domingo antes de la liturgia.

Las múltiples obediencias que él imponía a las hermanas de la Comunión Molinera, tocaban a menudo el absurdo. Así, apenas llegadas a Diveyevo, provenientes de Sarov donde habían trabajado toda la jornada, él las hacía regresar al “Desierto,” obligándolas a recorrer muchos kilómetros a pie, sin haber tenido tiempo de descansar ni de comer. A veces, caminando toda la noche, ellas llegaban al alba delante de la celda del staretz cuya puerta estaba cerrada.

Pero sucedía también que las jóvenes monjas, sacudiéndose bajo el yugo, decidían dejar la Comunidad Molinera. Siempre misteriosamente llamadas en el mismo momento en que se aprestaban a partir, iban a arrojarse a los pies del Padre al que no era necesario confesar su tentación, él la conocía.

A la obediencia ciega – acto de fe – respondía el milagro. Así, durante la epidemia de cólera que atacó en 1830, el staretz predijo que nadie caería enfermo ni en el convento, ni en el exterior, a condición de no salir sin bendición. La vida cotidiana de las hermanas estaba tejida de pequeños milagros que terminaron por aceptar como formando parte de su existencia bajo la conducción de su Batiustka. Ya se tratase de un caballo, pesadamente cargado, incapaz de trepar una pendiente; de una cosecha de papas; del molino que, en un día de fuerte viento giraba peligrosamente rápido – el milagro intervenía siempre.

La Muerte

El Gólgota ya proyectaba su sombra sobre esta obra. Rusia estaba en guerra con Polonia. Mientras marchaba en pos de los ejércitos, el General Kuiprianov se detuvo en Sarov, conoció a Miguel Mansurov y, encantado por su personalidad abierta y agradable, impresionado por el sentido práctico y el desinterés con que se ocupaba de los asuntos del staretz, pensó que sería un intendente ideal para administrar sus dominios mientras él guerreaba en el Oeste. El staretz, por razones diferentes, fue de la misma opinión.

-Si quiere arrebatarte, mi goce, dijo a su fiel “Mishenka” -¿qué hacer? Me has servido bien. Ve ahora a servir a otra parte. Los campesinos del general son pobres, desamparados, su vida es dura. Es necesario no abandonarlos. Ocúpate de ellos, mi goce. Se bueno y trátalos con dulzura. Ellos te amarán, te escucharán y regresarán a Cristo. Es por eso, sobre todo, que te envío. Lleva a tu mujer contigo; y volviéndose hacia Ana Mansurov le dijo:

– Sé para él una mujer sabia; no le permitas encolerizarse, es necesario que te escuche. Y partieron contentos.

Sin embargo, la tragedia los aguardaba en la región hacia la cual se dirigían. Una epidemia asolaba el lugar. Era la malaria que, siendo esa zona pantanosa, alcanzaba allí estado endémico.

Al cabo de dos años también Miguel cayó enfermo. Entonces, escribió a su hermana rogándole pedir la ayuda del staretz. Ella, acompañada de Xenia, se dirigió a Sarov.

-Tú siempre me obedeciste, le dijo el “Anciano.” Y he aquí , mi goce, que debo darte una orden para que obedezcas.

– Os escucho , Batiushka.

– Tu hermano Miguel está muy enfermo. El debe morir. Pero aun tengo necesidad de él para el convento, para las huerfanitas. Entonces, lo que debo pedirte es lo siguiente: muérete, en su lugar.

-Bendecidnos, Batiushka, respondió Elena, muy calma.

El la miró largo tiempo, hablándole de la vida eterna. Ella escuchaba sin decir palabra.

– ¡Batiushka! gritó ella. ¡Tengo temor de la muerte!

Al grito desesperado de Elena: “¡Batiushka! Tengo miedo de morir” él respondió dulcemente: “No es para nosotros sentir temor, mi goce. Para ti y para mí, esto será la felicidad.” Ella pidió permiso para retirarse, pero, apenas franqueado el umbral de la puerta, cayó desvanecida. El staretz la acostó, la mojó con agua bendita y le dio de beber.

Habiendo regresado a Diveyevo, Elena guardó cama. “No me levantaré más” dijo. Impresionable como era, no es sorprendente que el shock que acababa de sufrir precipitara su deceso. Ella partió con buen aspecto, munida de los sacramentos de la Iglesia, rodeada de visiones celestiales. Era la víspera de Pentecostés. Se contaba que, al día siguiente, en tanto se cantaba en la liturgia el Himno de los Querubines, Elena, a la vista de toda la asistencia, habría sonreído tres veces, el rostro radiante, en su ataúd descubierto.

-¿Por qué llorar? No seáis necias, mis goces – decía el staretz a Xenia y a las hermanas, inconsolables por la pérdida de su “superiora terrenal” – debierais haberla visto volar hacia el Reino de Dios.

Tristes Presentimientos

Grande es el poder del hombre, del hombre guiado por el Espíritu. Ya lo dijo Jesús: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Jn. 14:12). Serafín de Sarov había penetrado varias veces en el “otro mundo,” desde donde a éste se lo ve diferente, desde donde se lo juzga de otro modo, donde uno se regocija, en tanto que aquí se llora, y donde desaparecen, para el común de los mortales, las almas de los difuntos. El oraba mucho por los muertos. A veces sucedía, según sus propias palabras, que arrancaba del furor de los demonios, a las almas a las que ellos impedían subir hacia las esferas celestiales.

Su propia muerte se aproximaba. El staretz lo había advertido. Se sentía envejecer. Las multitudes, que en número siempre creciente invadían el Desierto y lo perseguían en el bosque, lo cansaban. Penosa también era la animosidad del higúmeno Nifonte y de la mayoría de los monjes hacia su obra preferida – el convento de Diveyevo. Pero, lo peor de todo era la actitud falsa y melosa de quien habría de mostrarse como el enemigo número uno de la bienamada fundación: Iván Tijonovich Tolstosheyev.

Pequeño burgués de la ciudad de Tambov, Tolstosheyev, dotado para la pintura, poseedor de una bella voz, no estaba desprovisto ni de cualidades, ni de encanto. Se lo llamaba “el pintor.” ¿Se había equivocado, por una vez, el staretz? ¿Había hecho del joven su confidente? Los recuerdos que, más tarde, este último publicó, podrían dejarlo creer. Clarividente, ¿el Padre Serafim se habría retractado luego, dejando el corazón de Iván presa de una especie de amor-odio? Inteligente y ambicioso, él resolvió hacer carrera presentándose, después de la muerte del staretz, como su discípulo preferido y su sucesor en Diveyevo.

“Cuando iba a Sarov, se lee en las declaraciones de Miguel Mansurov, hecha después de la muerte del staretz y contadas en la Crónica de Diveyevo, no veía nada reprensible en Iván Tijonovich. Lo encontraba poco simpático pero, sin embargo, entraba a su casa, invitado por él, a beber una taza de té. Un día, Batiushka me preguntó de donde venía. “De beber té en lo del pintor de Tambov,” respondí. “Ay, mi goce, ¡no vayas jamás allí!” Eso te será perjudicial. No es de buen corazón que te invita, sino para espiar. “Después de esto, yo suspendí mis visitas.” Es extraordinario como Batiushka sabía las cosas de antemano y cómo nos protegía de todo mal.

También a las hermanas las prevenía:

– Mi alegría, decía a la Madre Eudoxia, yo os puse en el mundo espiritualmente y no os abandonaré. El padre Iván pide que después de mi muerte os entregue a él. Pero, no, ¡yo no os cederé! Su corazón, y los corazones de los que son como él serán fríos hacia vosotras. El dijo: “¡Tú estás viejo, Batiushka, dame tus jóvenes!” y lo pidió con un corazón frío. Tú le responderás, Matushka, en mi nombre, que no sois su problema.”

“Un corazón frío” repetía el staretz con angustia. Iván Tijonovich tendría el corazón frío. ¿Por qué este temor del anciano delante de la frialdad del falso discípulo? Porque el demonio, padre de la mentira, es frío.

En estas horas difíciles, precedentes a su muerte, cuando el staretz sufría con el pensamiento de los perjuicios que, iba a causar al feudo de su Soberana ese hombre falso y sin escrúpulos, la Reina del Cielo acudía a reconfortar a aquél, a quien llamaba “Liubemtz mío” – palabras de ternura popular, algo entre “mi muy amado” o “mi preferido.”

“Una vez, contó en sus memorias el Padre Basilio Sadovsky, tres días después de la fiesta de la Asunción de la Virgen, yo iba a ver al Padre Serafín a Sarov y lo encontré solo en su celda. El me recibió muy graciosamente y me hablo de la vida de los santos agradables a Dios, dignos de diversos carismas, de visiones maravillosas, e incluso de visitas de la Reina del Cielo en persona. Después de conversar largo tiempo de este modo, me preguntó: ¿Tienes un pañuelo, Batiushka?” Yo respondí afirmativamente. “Dámelo.” Yo se lo di. El lo desplegó y, sacando de una cazuela, puñados de pequeños bizcochos, blancos como no los había visto jamás, llenó con ellos mi pañuelo. “Yo también fui visitado por una reina” decía, “esto es lo que resta de su paso.” Mientras pronunciaba estas palabras, su rostro estaba tan alegre tan brillante, que es imposible describirlo. Anudó fuertemente el pañuelo, y dijo: “Ve, Batiushka, a tu casa, come estos bizcochos y ofrécele a tu “amiga” (así llamaba siempre a mi mujer); luego ve a la comunidad y coloca tres bizcochos en la boca de cada una de tus hijas espirituales.”

Yo era joven aún, continuó el Padre Basilio. No comprendí que la Reina de los Cielos lo había visitado. Pensé simplemente que una reina terrenal había ido a verlo de incógnito, y no osaba preguntarle cuál. Más tarde el hombre de Dios me explico de que se trataba. “La Reina del Cielo – la misma Reina del Cielo, Batiushka, visitó al pobre Serafín. ¡Qué goce para nosotros, Batiushka! La Madre de Dios recubrió con su gracia inefable al pobre Serafín. ¡Que goce para nosotros, Batiushka. “Liubimetz mío,” – mi preferido – se digno decir la bendita Soberana, pídeme lo que quieras.” ¿Comprendes, Batiushka? ¡Qué gracia! Pronunciando estas palabras, el hombre de Dios, lleno de alegría, se volvía enteramente luminoso. “Y el pobre, el miserable Serafín pidió a la Madre de Dios por sus huerfanitas, rogando que todas ellas se salven. Y la Madre de Dios prometió al pobre Serafín ese goce inefable.”

Un año y nueve meses antes de su muerte, el staretz tuvo la dicha de recibir una última visita, la duodécima, de la Celestial Visitante. Era en el alba del 25 de marzo de 1831, día de la Anunciación. La Madre Eudoxia fue testigo de esta visión, como antes el monje Miguel, en la Abadía de la Santa Trinidad, lo había sido de la última aparición de la Muy Pura a San Sergio.

Después de haber orado, dijo el staretz a la religiosa: “No tengas miedo. Acércate a mí.” En ese momento, se oyó un ruido semejante al del viento en el bosque. Brilló una luz celestial, se escucharon cantos y la celda se llenó de perfumes. El staretz cayó de rodillas y, con los brazos alzados al cielo exclamó: “¡Oh Virgen bendita! ¡Soberana Toda Pura, Madre de Dios.” Y aparecieron dos ángeles, portadores de palmas.

Después Ella hizo su entrada, precedida por el Precursor y por San Juan el Evangelista, a quien Ella había tomado como hijo al pie de la Cruz y que siempre la acompañaba. La seguían doce vírgenes, con sus cabellos de oro, sueltos sobre sus hombros, brillantes de piedras preciosas. Incapaz de soportar su visión, la religiosa cayó a tierra y perdió el conocimiento. La Virgen María la tomó de la mano y la levantó.

La Madre Eudoxia vio entonces que el staretz no estaba ya de rodillas delante de su Soberana Celestial, sino de pie, conversando con Ella de igual a igual, con toda simplicidad. En cuanto a la Reina del Ciclo, ella le hablaba familiarmente, como a un pariente próximo. La conversación duró largo tiempo, pero la Madre Eudoxia no comprendió más que las últimas palabras:

“Mi Preferido, Liubimetz mío, – dijo la Muy Pura, pronto estarás con nosotros.”

Y la deslumbrante visión se desvaneció.

Semejante intimidad con la Virgen María puede parecer extraña, incluso chocante, hasta el punto de invalidar el testimonio de la Madre Eudoxia. Sin embargo, un hombre Como San Simeón, e1 Nuevo Teólogo, afirma la posibilidad de tal intercambio. “Aquél que se enriqueció con la riqueza Celestial, quiero decir con la presencia de Aquel que dijo: ‘Yo y mi Padre, vendremos y haremos en él nuestra morada,’ ese se mantiene cerca de Dios, conversando con El como un amigo con otro amigo, confiado en presencia de Aquel que habita en la luz inaccesible.”


Nota: Se habla con alguien que está presente. Hablar a Dios es Orar. “Orad sin cesar,” dijo san Pablo. Felizmente, “Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8:26). No se puede separar a Jesús y al Espíritu Santo. Pero, ¿el Espíritu haría Su morada en un ser de pensamientos dispersos, con vestimentas mancilladas por el pecado? Seguramente no. Para comenzar, es necesario arrepentirse. A continuación, poner en guardia al corazón para defenderlo del ataque de las tentaciones, de los pensamientos perjudiciales, y de esa loca de la casa, la imaginación, de la que se sirve el enemigo para engañar a los inexpertos con visiones seudo-celestiales. Es por eso que los consejos dados al postulante dicen: “Orando, escúchate a ti mismo, es decir une tu espíritu a tu corazón” (la unión de la inteligencia al corazón, considerado como centro, es indispensable). “Luego, cuando el Señor haya avivado tu corazón con su gracia, en unión con el Espíritu, tu plegaria fluirá sin cesar…” Este modo de plegaria nacido en el desierto, elaborado en los monasterios de Oriente a través de los siglos, convertido en una verdadera doctrina aprobada por la Iglesia, recibe el nombre de Hesicasmo, del griego, paz interior, calma, tranquilidad, quietud, silencio.

El texto ha sido extraído de

fatheralexander

La imagen fue extraída de

oriente-cristiano.blogspot

Texto interesante sobre la actualidad de su mensaje en:

actualidad del mensaje de San Serafín

El primer monje

Icono de San Pablo de Rublev

(viene de “El Monje Interior”)

Sabes que se ha dicho y más de una vez, que Adán fue el primer monje. ¿Y como no? Está muy bien dicho, porque el primer hombre vivía en una naturaleza esencial, en plena inocencia; esto es sin malicia, sin doblez, sin fines egoístas y desde ese estado escuchaba los pasos del Señor, convivía con Él. (Cuando novicios, nos reíamos con un amigo, diciendo que el hombre fue hecho seglar y que luego de probar el fruto del conocimiento del bien y del mal, se hizo monje)

Pero muy bien, eso dice la Sagrada Escritura y son muchas las enseñanzas que de ella pueden extraerse, incluso en esta primera parte del Génesis. Pero yo voy a contarte la historia del primer monje después de la caída, luego del pecado original, en un tiempo en que los hombres no vivían ya el vínculo sagrado con la naturaleza, en donde esta les pesaba, tanto en su cuerpo como fuera de el, se le hizo difícil vivir al hombre, el sufrimiento empezó a ser parte de su vida porque se había desconectado de su origen, dejó de ser auténticamente hombre.

Esta breve historia para ilustrar, dice que estaba un hombre primitivo, un cavernícola haciendo lo que hacía todo cavernícola, es decir que estaba cazando o comiendo o durmiendo o procreando y luego de vuelta cazando o comiendo… y lo demás. Y de repente un día, este primitivo vivió la experiencia interior del asombro. Vivió la inimitable e incomparable experiencia del maravillarse.

Iba caminando un día por ahí, en busca de presa y cansado, se sentó a la sombra. Y junto al árbol, apoyada levemente en la base de su tronco, vio una flor. Y sin desearlo y sin saber porqué, se dio cuenta que moraba en ella increíble geometría. No miró la flor sino que la contempló. La observó con asombro, maravillándose, quedó pasmado.

Un sentimiento nuevo estaba sintiendo junto a la sorpresa y al asombro, algo que miles de años después definirían los estudiosos como… reverencia. Este cavernícola sintió reverencia.

Y quedó trastornado, distinto, en su tribu empezaron a notarlo raro. Para colmo, este hombre antiguo no sabía explicar las cosas como hacemos ahora, que empezamos a clasificar y a categorizar y todo eso que nos tranquiliza ante lo nuevo, aunque nos aleja de la pureza de corazón.

Así que esta historia continúa unos días después, con este antepasado nuestro que volvía a vivir algo inusitado, siempre iniciándose con el asombro, con la maravilla como puerta de ingreso a la vivencia extraordinaria.

Era de noche y había perdido el rumbo, no acertaba a volver al desfiladero que lo introducía en la senda de regreso a su hogar… y levantó la vista y vio las estrellas, por primera vez. Y, como con la flor, siempre las había visto, pero lo habitual le mutaba en extraordinario y no sabía porque ni se lo preguntaba, le sucedía y lo conmocionaba.

Quedó tieso, shockeado por las estrellas, pero mas que por ellas por el espacio. Lo golpeó la percepción del espacio y no como categoría sino como inmensidad de la existencia inconcebible. Quedó deslumbrado por la inmensidad y al mismo tiempo por su propia presencia minúscula en medio de el.

Como te imaginarás, se sintió mucho mas extraño todavía entre los suyos, tenía la mirada ida y empezó a perder eficacia e interés en las actividades del grupo. Al poco tiempo, ya no era buen cazador, ni buen procreador y hasta comía menos y dormía solo de a ratos. Porque le siguieron pasando estas cosas inauditas.

A veces se ponía a respirar voluntariamente y se sorprendía de ese entrar y salir de esa sustancia invisible en su cuerpo;  y otra vez, junto al arroyo, escuchó el ruido del agua y la sintió muy bella y fue como música para él.

Fenómeno tras fenómeno, de maravilla en maravilla, fue creciendo en él como cultivado por invisible mano, una profunda y genuina extrañeza. Así fue que se quedó aislado del grupo un día, mientras permanecía distraídamente absorto en las hormigas y su discurrir. Este hombre primitivo, perplejo y confuso se quedó solo.

Fue entonces cuando colmado de paradojal ignorancia se postró en tierra balbuceando una alabanza. No sabía lo que era alabar ni a quién iba dirigida, no tenía en su mente los nombres y las formas que hoy tenemos, pero tenía la mas pura y honda reverencia.

Y ya no encontró otra actitud que mas le conviniera a su sentir y así fue en él restablecido el Edén, cuando ya no quiso sino alabar.

Porque le cesó todo yugo y al desear solo enaltecer ese sentimiento, encontró que en realidad estaba todo dispuesto para el hombre. Porque entonces pudo comer con muy poco y todo lo hallaba al alcance de sus manos y bebía de salutíferos manantiales y dormía en cuevas abrigadas con hierba.

Este primitivo hizo de la quietud su divisa y de la forma en que miraba oración. De a poco todo se le transformó en elemento de adoración y todos sus gestos fueron traspasados de amor. Este hombre fue el primer monje…

Algo interesante de esta historia, redactada con cándida simplicidad, es que podría recrearse en nosotros cada día. Estamos rodeados de maravillas y cada una es un gesto de Dios. Todo esta rebosando del Señor. Esta en la tierra que pisamos y en el cielo que miramos y en el aire que respiramos y en nuestro corazón latiendo y en el perro aquel y en los ojos de todo hermano. No hay hierba que no esté llena de Dios.

Yo sé que a quién no ha vivido el nacimiento de esta particular reverencia en su corazón se le dificulta compartir la vivencia, porque las cosas que describo le resultan comunes, sin demasiada gracia, porque sus apetencias están en otras cosas y estos deseos dificultan alcanzar el estado de percepción necesario. Lo entiendo.

Por eso, quiero responder a tu amigo; como llevar al corazón cotidiano a esta vivencia de la Presencia del Señor. Como ver en todo a Jesucristo, como advertir su corazón manso en medio del tumulto y la competencia y el desenfreno y la voracidad.

Yo no soy quién, pero te voy a dar lo que me parece un método adecuado para aquél que sintiéndose llamado a vida de oración y a vida de recogimiento, se encuentre en medio del mar de la vida y no sepa como profundizar esa experiencia. Y hay muchos caminos y métodos y esta muy bueno, porque esta diversidad sirve a gente diversa.

(Continua en Reverencia y Sagrada presencia)

Desde la ermita


Vivir centrado en Dios

 

Jesucristo cura a un hombre ciego

La vida exterior que tienes es el reflejo de tu vida interior.

Pero, debes tener en cuenta, que esto se da con un cierto retardo. Mas precisamente, la vida que tienes en lo exterior, es el reflejo de la vida interior que tenías, hace un tiempo.

Si cambias en tu interior, si se produce en ti la metanoia; esto llevará a que cambie tu vida exterior, toda tu exterioridad, mas temprano que tarde.

Pero muchas veces buscamos el cambio fuera para que repercuta dentro y eso no es muy eficaz, porque la propia interioridad termina tiñendo o contaminando el nuevo medio con las viejas miradas.

Es cierto, no lo niego, que lo que pasa fuera de nosotros nos influye, pero solo en la periferia de nuestro Ser, no nos determina.

Lo mas importante es crear el Monje interior, porque si este nace y se fortalece terminará generándose la exterioridad adecuada, la vida que necesitas, el medio favorable al desarrollo de este hombre nuevo.

Y ¿qué es el Monje interior? Es la unificación de los deseos.

¿Quieres vivir centrado en Dios? ¿quieres permanecer en Su Presencia? ¿te gustaría que tu vida se pareciese al Edén y pudieran escucharse Sus pasos?

Entonces debes querer eso, solo desear eso y no aquella otra cuestión por más justificada que se halle. No es ese libro que quieres comprar el que te iluminará, ni ese viaje, ni esa entrevista o encuentro el que te lo permitirá… ni ese trabajo mas tranquilo, ni esa nueva casa o aquél monasterio o que te encarguen otra función.

No hace falta ninguna condición previa para encontrarle, solo es preciso unificar los deseos.

Dios no se esconde, es más, esta a la vista, a toda hora y en cada lugar. Pero nosotros atendemos a otras cosas. No abandonamos los intereses que nos alejan de Él. Siempre tenemos requisitos o pre requisitos o problemas que solucionar antes.

Me estoy refiriendo antes que nada a una cuestión de la atención. No de la conducta, que cambiará por si sola o luego del cambio atencional. ¿A que cosas le prestas atención? Eso es lo importante.

Esta muy bien que cada quién atienda a lo que le parezca, pero si quieres ser monje, monje interior antes que nada. Y ¿Por qué quieres ser monje? Porque sientes un movimiento interno que te impulsa, que te lleva hacia eso. Eso es un llamado, una tendencia del corazón.

Ser monje es Ser Uno como la palabra lo indica y esa unificación nos lleva a Su presencia permanente.

Negarse a si mismo, es dejar de lado tus apetencias particulares.

Cuando centras tu deseo en Él empieza a serte manifiesto; se nota Su presencia, Su acción, Su providencia inestimable.

Pero debes pedir esta gracia y no esas cuarenta y cinco otras cuestiones. Se vive en un constante ruido interior, un parloteo incesante, un divagar continuo…se mira sin mirar, se habla sin hablar, no hay autentica vida porque estamos rumiando apetencias dentro.

El Señor es la fuente de todas las delicias y de esas que no terminan, no tiene dones efímeros. Quererlo solo a Él esa es la clave para unificarse.

Te contaré la historia del primer monje, eso te servirá y le servirá a tu nuevo amigo que pregunta. El primero de los primeros, no si el de Siria o el de Sinaí, o si en Egipto en realidad o si en India o Persia. Te contaré la historia del monje primitivo, de quién fue monje sin saberlo.

© Derechos reservados

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

Continúa en El primer monje

La Nube del No saber

Tal es el proceder de todo verdadero amor.

El amante se despojará plenamente

de todo, aun de su mismo ser, por aquel a quien ama.

No puede consentir vestirse con algo si no es del pensamiento de su amado.

Y no es un capricho pasajero.

No, desea siempre y para siempre permanecer desnudo

en un olvido total y definitivo de si mismo.

Así, pues, para mantenerte firme y evitar las trampas,

mantente en la senda en que estás.

Deja que tu incesante deseo golpee en La Nube del No Saber

que se interpone entre ti y tu Dios.

Penetra esa nube con el agudo dardo de tu amor,

rechaza el pensamiento de todo lo que sea inferior a Dios

y no dejes esta actividad por nada.

La misma obra contemplativa del amor por

si misma llegará a curarte de todas las raíces del pecado.

Por ello te apremio a que deseches todo pensamiento sabio o sutil por

santo o valioso que sea. Cúbrelo con la espesa nube del olvido porque en

esta vida solo el amor puede alcanzar a Dios, tal cual es en sí mismo,

nunca el conocimiento.

Mientras vivimos en estos cuerpos mortales, la agudeza

de nuestro entendimiento permanece embotada por limitaciones materiales

siempre que trata con las realidades espirituales y más especialmente con

Dios. Nuestro razonamiento, pues, no es jamás puro pensamiento,

y sin la asistencia de la misericordia divina nos llevaría muy pronto al error.

Así, pues, has de rechazar toda conceptualización clara tan pronto como

surja, ya que surgirá inevitablemente, durante la actividad ciega del amor

contemplativo.

Si no las vences, ellas ciertamente te dominarán a ti.

Pues cuando más desees estar solo con Dios, más se deslizarán a tu mente con

tal cautela que solo una constante vigilancia las podrá detectar.

Puedes estar seguro de que si estás ocupado con algo inferior a Dios,

lo colocas por encima de ti mientras piensas en ello y creas una barrera entre ti y Dios.

Has de rechazar, por tanto, con firmeza todas las ideas claras por piadosas

o placenteras que sean.

Créeme lo que te digo: un amoroso y ciego deseo hacia Dios solo

es más valioso en si mismo, más grato a Dios y a los santos,

más provechoso a tu crecimiento y de más ayuda a tus amigos, tanto vivos

como difuntos, que cualquier otra cosa que pudieras hacer.

Y resulta mayor bendición para ti experimentar el movimiento interior de este amor

dentro de la oscuridad de la nube del no-saber que contemplar

a los  ángeles y santos u oír el regocijo y la melodía de su fiesta en el cielo.

(Extractos de“La Nube del No saber, anónimo inglés del siglo XIV)

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Icono de la Anunciación

Extraído de Marianistas

Santa Catalina de Siena

 

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Vida de Santa Catalina de Siena 

 

Primera parte

Capítulo I

 

De los padres de Catalina y su condición social 

Vivía en la ciudad de Siena, en Toscana, un hombre llamado Jácomo, descendiente de la familia de los Benencasa, un hombre sencillo, leal, temeroso de Dios y cuya alma no estaba contaminada por ningún vicio. Después de haber perdido a sus padres casó con una aldeana llamada Lapa, mujer que no tenía ninguno de esos defectos tan comunes en la actualidad. Era trabajadora, prudente y conocedora de las cosas del hogar; como todavía vive, aquellos que la conocen pueden dar testimonio de sus cualidades. El matrimonio vivió en paz y aunque de clase humilde, gozó de cierta posición entre sus conciudadanos, disfrutando, además, de bienes de fortuna superiores a su categoría social. Dios lo bendijo con numerosa descendencia que ambos cónyuges se encargaron de guiar por los caminos de la virtud.

Como Jácomo -tenemos muchas razones para creerlo -se encuentra gozando de la bienaventuranza, bien puedo yo aquí hacer su elogio. Lapa me ha asegurado que era de condición tan pacífica y tan moderado en sus palabras, que jamás lo vio enojado a pesar de haber sido muchas las ocasiones en que pudo haberlo estado; y cuando algún miembro de su familia daba muestras de estar dominado por la pasión de la ira y se expresaba con palabras violentas, él siempre trataba de calmar a esa persona diciéndole alegremente: «Vamos, vamos; no digas nada malo, y así podrá Dios darte su bendición».

Habíale en cierta ocasión un conciudadano suyo injuriado gravemente reclamándole una suma de dinero que él no le debía, y, empleado la influencia de sus amigos para arruinarle. A pesar de esto jamás quiso que en presencia suya se hablase mal de aquel hombre y, como Lapa manifestase en una oportunidad que eso no era una falta, él le reprochó dulcemente: «-Déjale, querida, en las manos de Dios; el Señor le hará comprender su error y acudirá en nuestra defensa». Pronto tuvieron realización estas palabras; la verdad se descubrió de una manera casi milagrosa; el culpable fue condenado y se reconoció la injusticia de sus acusaciones.

El testimonio de Lapa está por encima de toda sospecha; todos cuantos la conocen la creen incapaz de una mentira por leve que sea esta. Actualmente tiene ochenta años y es tan sencilla y de conciencia tan recta, que aunque quisiera mentir, no podría hacerlo. Los amigos de Jácomo pueden también dar testimonio de su sencillez, de su rectitud y de sus virtudes. Era tan medida en sus palabras, que en su familia, particularmente la parte femenina de ella, no podía tolerar la más ligera incorrección en el lenguaje. Una de sus hijas, de nombre Buenaventura, casó con un joven de Siena, llamado Nicolás. Este joven recibía en su casa a amigos de su edad, cuya conversación era a veces un tanto libertina. Esta fue la causa de que la esposa empezase a sentirse tan deprimida que lentamente empezó a resentirse su estado de salud. Inquirió Nicolás la causa de este profundo malestar, a lo que ella contestó: «-Jamás he oído en la casa de mi padre lenguaje parecido al que se emplea en esta; mi educación ha sido muy distinta, y te aseguro que si las cosas continúan así, pronto acabarán con mi vida».

Tal respuesta inspiró al esposo un gran respeto hacia ella y hacia su familia; prohibió a sus amigos que pronunciasen delante de la joven palabras que pudieran ofender sus oídos. Obedecieron ellos y de esta manera la corrección que reinaba en el hogar de Jácomo sirvió para suprimir la licencia de lenguaje que inficionaba la de su yerno.

La ocupación de Jácomo era preparar los tintes usados para el teñido de lanas, de donde provino su sobrenombre de Tintorero. La hija de este virtuoso artesano estaba destinada a ser esposa del Rey de los Cielos.

Lo relatado anteriormente ha llegado a mis oídos de boca de la misma Catalina, o bien de religiosos o seglares que fueron vecinos, amigos o parientes de Jácomo.

 

Capítulo II

Nacimiento de Catalina. Su infancia. Circunstancias maravillosas 

Lapa dio a luz de un solo parto a dos delicadas criaturas del sexo femenino (1347), y no pudiendo criar a ambas, se vio en la necesidad de confiar una de ellas a manos extrañas. Púsoles los nombres de Catalina y Juana. La segunda no tardó en volver al cielo con la gracia bautismal, y Catalina, que fue la elegida por la madre para criarla a sus pechos, vivió lo suficiente para ser una gran santa y salvar muchas almas con el ejemplo de sus virtudes. Lapa se consoló pronto de la muerte de la otra hija, consagrando a la superviviente sus más tiernos cuidados. Más de una vez reconoció la buena mujer que amaba a esta más tiernamente que a los demás hijos, sin duda, porque fue la única, entre los veinticinco que tuvo, a quien pudo dedicar sus atenciones maternales.

Catalina fue criada como algo que pertenece a Dios desde el instante de su nacimiento. Tan pronto como pudo caminar por sí misma, se la disputaron parientes, amigos y convecinos para llevarla a sus casas, pues cuantos la veían, instantáneamente sentían despertarse en ellos intenso cariño hacia la niña, y querían tenerla a su lado para disfrutar de su discreta conversación y de las gracias infantiles que la adornaban. Encontraban tanto placer en su compañía, que no la llamaban Catalina sino Eufrosina, palabra que significa alegría, satisfacción. Es muy probable que aquellas gentes ignorasen este significado y, por otra parte, ignoraban lo que yo supe más tarde, y es que Catalina había resuelto imitar a Santa Eufrosina, y puede haber ocurrido también que en su media lengua infantil hubiese proferido alguna palabra parecida a Eufrosina, y los que la oyeron, empezaron a llamarla con este nombre.

En su adolescencia se realizó cuanto prometía su infancia. Sus palabras poseían un extraño poder para inclinar las almas hacia Dios. Tan pronto como alguien conversaba con ella, sentía que el corazón se despojaba de tristezas, que olvidaba las penas y los sinsabores de la existencia y una paz inenarrable se apoderaba de su espíritu, algo así como debió ocurrirles a los apóstoles en el monte Tabor cuando uno de ellos exclamó: «Es bueno que permanezcamos aquí». (Bonum est nos hic esse.)

Apenas había cumplido los cinco años recitaba un «Ave María», arrodillándose en cada peldaño de la escalera de su casa, siempre que subía o bajaba por la misma. Desde entonces, según ella misma me manifestó, empezó a elevar el pensamiento de las cosas visibles a las invisibles. Dios se dignó recompensar sus piadosos sentimientos y alentarla para perseverar en ellos, enviándole una maravillosa visión.

Tenía Catalina seis años de edad cuando su madre la envió juntamente con su hermanito Esteban, a la casa de la hermana de ambos, Buenaventura, para llevar a esta un recado. Cumplida la comisión, los niños regresaban a su casa por un lugar conocido por el nombre de Valle Piatta, cuando Catalina, levantando los ojos al cielo, vio frente a ella, en dirección a la iglesia de los frailes predicadores, un espléndido trono ocupado por nuestro Señor Jesucristo, vestido con ropas pontificales y adornada la sagrada frente con una tiara. A su lado estaban San Pedro, San Pablo y San Juan Evangelista. La niña permaneció rígida, extasiada en la contemplación de Aquel, que así se manifestaba a ella para cautivar de una manera más completa su devoto corazón. El Salvador le dirigió una mirada llena de serena majestad, le sonrió con benigna ternura y tendiendo la mano, le echó la bendición en la forma que lo hacen los obispos.

Mientras ella estaba contemplando así a Nuestro Señor, su hermanito Esteban continuó su camino creyendo que Catalina le acompañaba. Al notar que ella se había quedado atrás, volvió la cabeza y vio que la niña permanecía ensimismada mirando al cielo. La llamó entonces y al no obtener contestación, volvió sobre sus pasos y tomándola de una mano, le dijo: «-Vamos. ¿Qué estás haciendo ahí?». Catalina pareció despertar entonces de un profundo sueño, miró a su hermano un instante y le dijo: «-Si hubieses visto lo que acabo de ver yo, no me habrías sacado de tan dulce contemplación». Sus ojos volviéronse de nuevo hacia el cielo, pero todo se había desvanecido con gran sentimiento de Catalina, que empezó a llorar, reprochándose haber bajado la mirada.

A partir de este instante Catalina ya no pareció ser una criatura; sus virtudes, su manera de ser, sus pensamientos fueron superiores a cuanto podía esperarse de su edad. El fuego del amor divino inflamaba su corazón e iluminaba su inteligencia y todas sus acciones estaban de acuerdo con las normas del Evangelio. Según ella misma me manifestó, el Espíritu Santo sin ayuda alguna humana, le reveló la vida que siguieron los Padres del Desierto y le propuso imitase a algunos santos, especialmente a Santo Domingo. Y fue tan grande el deseo que experimentó de seguir su ejemplo, que no podía pensar en otra cosa que no fuese esto, y con asombro de todos, buscaba lugares retirados donde poder castigar su frágil cuerpecito con unas pequeñas disciplinas. Permanecía en constante oración y para ello abandonaba los juegos propios de su edad, sus palabras eran cada día más escasas y acortaba su ración de comida. El ejemplo de Catalina influía sobre otras niñitas de su edad que se reunían para oír sus piadosos razonamientos e imitaban en cuanto les era posible, sus devotas prácticas. Se reunían en una habitación apartada de la casa, practicaban austeridades corporales con ella y rezaban el «Padre Nuestro» y el «Ave María» tantas veces como Catalina les decía. Esto era un preludio de lo que había de suceder después.

Nuestro Señor se dignaba alentar estos actos de virtud por medio de manifiestas gracias. Su madre me dijo, y ella me lo confirmó después, que muchas veces cuando se disponía a subir la escalera de su casa, se sentía trasportada por manos invisibles sin tocar el suelo con los pies y con tanta rapidez, que la buena Lapa temblaba por temor de que fuese a caer. Así llegaba a lo alto de la escalera; este prodigio ocurrió no solamente en presencia de la madre, sino a la vista de otras personas que estaban allí de visita.

El conocimiento de la vida de los Padres del Desierto, que de manera milagrosa le fuera revelado, la indujo a consagrarse a la vida solitaria; pero ignoraba la manera de llevar a cabo este proyecto. Y Dios que la destinaba a llevar otro género de vida, no le facilitó los medios de realizarlo, dejándola con los sueños de su imaginación. Pero consecuente en su propósito, una mañana se puso en camino en busca del desierto y, habiéndose provisto prudentemente de un pan, dirigió sus pasos hacia la casa de su hermana Buenaventura, que vivía cerca de una de las puertas de la ciudad. Salió por fin de esta por primera vez en su vida y tan pronto como alcanzó a ver el valle y notó que las viviendas raleaban, creyó encontrarse cerca del desierto. Siguió andando hasta encontrar una especie de gruta y entró en ella convencida de que había cumplido su deseo. Se arrodilló y oró fervorosamente; pero Dios que aceptaba los piadosos deseos de su esposa, aunque tenía otros designios con respecto a ella; quiso dar muestra de lo gratas que le habían sido sus intenciones. Apenas había empezado su fervorosa oración, fue levantándose lentamente del suelo hasta tocar con la cabeza la bóveda de la gruta, y así permaneció hasta la hora de Nona.

Por fin a la hora en que el Salvador terminó sus sufrimientos en la Cruz, descendió nuevamente a tierra, y el Señor le reveló entonces que el momento de su sacrificio no era llegado aún y que debía retornar a la casa de sus padres. Al abandonar la gruta sintiose perpleja con respecto al camino que debía seguir para volver a casa, temiendo, por otra parte, que su ausencia tan larga hubiese alarmado a su familia. Entonces se encomendó a Dios y en un abrir y cerrar de ojos la santa niña fue transportada hasta las puertas de Siena, desde donde volvió rápidamente al hogar. Nunca manifestó a nadie este episodio de su vida, a no ser a sus confesores, entre los cuales el autor de este libro se considera el más indigno.

Capítulo III

Que trata del voto de virginidad hecho por Catalina y de un acontecimiento ocurrido

en sus primeros años 

La aparición de Nuestro Señor ejerció tan poderosa influencia sobre el corazón de Catalina, que en él quedaron destruidos los gérmenes del amor propio, el que fue sustituido por el de Jesús y el de su santa madre la Virgen María. Todo lo que no fuese esto parecíale miseria y corrupción, y su deseo supremo fue unirse más y más con su Salvador. El Espíritu Santo le otorgó la gracia de hacerla comprender el grado de pureza de cuerpo y alma necesario para agradar al Creador y ella deseó ardientemente poder consagrarle el tesoro de su virginidad. Pidió a la Reina de los Ángeles y de las Vírgenes que intercediese ante Dios para que Este le diese la luz necesaria a fin de poder comprender lo que fuese más conveniente para la salvación de su alma, expresando al mismo tiempo sus deseos de practicar en la tierra un modo de vida propio de los espíritus angélicos. Repitió fervorosamente sus oraciones en este sentido durante largo tiempo hasta que un día, inspirada sin duda por el espíritu de Dios, invocó a la Virgen María y terminó su plegaria en la siguiente forma: «Prometo a tu Hijo y te prometo a Ti no aceptar jamás otro esposo y conservarme con todas las fuerzas de mi alma pura y sin mancha».

De esta manera quedó Catalina unida a su divino esposo por el voto de virginidad y la bienaventurada Madre de Jesús llevó a cabo la ceremonia nupcial, que se realizó de una manera milagrosa, según veremos en el transcurso de nuestra narración.

Después de este voto perpetuo, Catalina avanzó rápidamente en el camino de la santidad; por imitación a Cristo crucificó su inocente cuerpo y resolvió abstenerse en cuanto le fuese posible de toda clase de alimentos nutritivos. Cuando le servían carne, se la daba secretamente a su hermano Esteban o la ponía, sin que la viesen, en un lugar retirado. Continuó mortificando su cuerpo con las disciplinas, bien sola, bien en compañía de amiguitas de su misma edad. Sentía un celo ardiente por la salvación de las almas y una especial devoción hacia los santos, particularmente hacia Santo Domingo, cuya caridad apostólica le había hecho conocer el Señor.

La niña avanzaba en edad, pero su fe, su esperanza y su caridad eran muy superiores a lo que podría suponerse dados sus tiernos años; su manera de conducirse inspiraba el respeto y la admiración de las personas mayores. He aquí una anécdota que Lapa me ha relatado muchas veces:

«Apenas contaba Catalina diez años de edad cuando Lapa, que deseaba que se dijese una misa en honor de San Antonio, la envió al cura de la parroquia para comunicarle sus deseos y le llevase al mismo tiempo unas velas y el estipendio correspondiente. La piadosa niña cumplió el encargo de su madre y dejándose llevar por su devoción, quedó para asistir al santo sacrificio, no volviendo a casa hasta que este estuvo terminado. La madre, cuya intención era que regresase una vez que hubiese hablado con el sacerdote, juzgó que su ausencia se había prolongado demasiado, y la reprendió con alguna aspereza y hasta echó una maldición contra las personas que, a su entender, pudieron haberla entretenido en el camino. La niña escuchó la reprimenda sin replicar, pero momentos después llamó a su madre aparte y con humildad no exenta de cierta gravedad, le dijo: -Querida madre, cuando cometa una falta o ejecute mal tus órdenes, castígame si es tu voluntad y oblígame a hacer mejor las cosas; pero te ruego encarecidamente que no maldigas a nadie por culpa mía, porque eso es impropio de tus años y a mí me causa mucha pena.

»La madre quedó muy sorprendida por la lección que acababa de darle la criatura y más edificada aún que sorprendida cuando supo que Catalina había tardado por asistir a la santa misa y no jugando por el camino como ella había creído».

Capítulo IV

Del relajamiento en el fervor de Catalina, que Dios permitió para aumentar su gracia y de su gran paciencia para sufrir persecuciones por el amor de Cristo 

La Sabiduría increada, que gobierna todas las cosas, permite a veces la caída de sus santos, de manera que puedan estos levantarse de nuevo y servirle con mayor fervor, avanzar con renovada prudencia en el camino de la perfección y conseguir más espléndidas victorias contra el enemigo de su salvación.

Cuando Catalina, que había consagrado a Dios su virginidad, llegó a la edad de doce años, nunca salía sola de casa, de acuerdo con las normas establecidas con respecto a las mujeres solteras. Tanto sus padres como sus hermanos, que ignoraban la solemne promesa de la niña, pensaron en encontrarle un compañero digno de sus méritos, y procuraron, la madre sobre todo, que su aspecto exterior estuviese de acuerdo con tal propósito. Por consiguiente la obligó a peinarse el cabello de una manera adecuada, le compró vestidos propios de una adolescente que desea hallar al hombre con quien ha de unirse en matrimonio y la instó a que tanto el rostro como el cuello y los brazos estuviesen adornados como para agradar al supuesto pretendiente. Catalina, cuyos propósitos eran muy otros, se los ocultó a sus padres por temor a desagradarles, sometiéndose a las exigencias maternas aunque contra su voluntad. Lapa, que no dejó de notar la repugnancia con que se prestaba Catalina a sus exigencias, sintiose disgustada y llamó en su ayuda a su hija Buenaventura, a quien pidió tratase de convencer a la jovencita de que debía vestir y adornarse de acuerdo con su edad. Conocía muy bien el cariño de Catalina hacia su hermana y por consiguiente confiaba en la influencia que esta podía ejercer sobre aquella.

No se engañó Lapa en sus presunciones, pues tanto con la palabra como con el ejemplo influyó Buenaventura de tal manera en el ánimo de su hermana, que esta empezó a dedicarse al cuidado de su «toilette», sin que por esto renunciara al voto formulado. Posteriormente  se acusó de esta falta con tantas lágrimas y sollozos, que cualquiera hubiese creído que había cometido un gran crimen. Y ahora que esta flor preciosa ha sido trasplantada a los jardines celestiales, puedo revelar algunos secretos que redundarán en la mayor gloria de Dios y decir lo que pasó entre nosotros a este respecto.

Esto ocurría siempre que hacía confesión general, en la que ella siempre daba señales de la más fervorosa contrición. Yo sabía muy bien que todas las almas santas descubren faltas donde en realidad no las hay y que exageran mucho las imperfecciones que cometen. Pero como Catalina daba muestras de creer que había merecido la condenación eterna, yo pensé que era mi deber preguntarle si al obrar en aquella forma había renunciado a su voto de virginidad. Ella me contestó que no y que ni siquiera se le había ocurrido semejante pensamiento. Entonces insistí preguntándole si, sin desear quebrantar su voto de virginidad, había tenido la intención de agradar a los hombres en general o a alguno en particular, a lo que ella me contestó que nada había tan penoso para su espíritu como la vista de los hombres o el encontrarse entre ellos. Cuando los aprendices de su padre, que vivían en la misma casa de estos, iban adonde estaba ella, con gran asombro de todos huía como si se hubiese encontrado con una serpiente. Tampoco se sentaba a la puerta de la calle o se asomaba a las ventanas para ver a los que pasaban. Pues, entonces -le pregunté yo- ¿cómo puedes creer que el cuidado que ponías en tu arreglo personal te haya hecho merecedora del infierno? Catalina me contestó que ella había amado excesivamente a su hermana al querer dar gusto a esta antes que cumplir la voluntad del Señor, y entonces volvían a comenzar sus lágrimas. Y cuando le dije, por fin, que podría haber una imperfección pero no el quebrantamiento de un precepto, ella exclamó: «-¡Señor…, mi padre espiritual está disculpando mis pecados!». Un ser que sin merecerlas ha recibido tantas gracias de su Criador ¿puede ser tan vil y despreciable que haya perdido su tiempo en adornar su cuerpo miserable para agradar a una mera criatura?

Esta conversación prueba que aquella hermosa alma estuvo siempre libre de pecado mortal, que conservó siempre la virginidad de cuerpo y de alma y que jamás manchó su pureza ni de hecho ni de palabra. En todas sus confesiones generales y lo mismo en las particulares, no encontré más faltas que las que acabo de relatar. Todo su tiempo estaba consagrado a la oración, a la meditación y a la edificación de sus vecinos. No se concedía más que un cuarto de hora de sueño por día. Durante sus comidas (si es que merece este nombre la pequeña cantidad de alimento que tomaba) oraba y meditaba en lo que Dios le había enseñado. Sé, y de ello puedo dar testimonio ante la Iglesia, que durante el tiempo que duró mi conocimiento con ella, le era más penoso el acto de tomar algún alimento que lo es para el que está hambriento el verse privado de él.

Es inconcebible que cometiese algún pecado ser que tan continuamente estaba ocupado con Dios; sin embargo se acusaba con tanto dolor y conseguía encontrarse tantas imperfecciones, que un confesor que no conociese a fondo su vida, podría haberse engañado y encontrar pecados donde realmente no existían. Me he detenido tanto en esta falta, de Catalina para poner de manifiesto hasta qué grado de perfección había llegado su alma.

Buenaventura, que había conseguido que su santa hermana dedicase algún tiempo a los cuidados de su «toilette», no logró inspirarle el deseo de complacer al mundo, ni que disminuyese el fervor de sus plegarias y meditaciones. Por otra parte, Nuestro Señor no quiso permitir que su dilecta esposa fuese alejada de su corazón y destruyó el obstáculo que se oponía a esta santa unión. Buenaventura, que inducía a su hermana a iniciarse en el camino de la vanidad, murió de parto en la flor de su edad. Su muerte contribuyó a que Catalina comprendiese más hondamente la vanidad de las cosas de este mundo y se consagró con renovado fervor al servicio de su divino esposo. De esta época data su devoción a Santa Magdalena, a quien pidió la gracia de una contrición semejante a la suya, y como esta devoción fuese en aumento, Nuestro Señor y la Virgen María le dieron a esta Santa en calidad de madre y maestra, como más adelante se verá.

El enemigo de la salvación, comprendiendo que sus estratagemas habían sido descubiertas y que aquella a quien deseaba perder, había buscado refugio con mayor ardor que antes en el seno de su divino esposo, resolvió buscarle obstáculos en su misma casa y atraerla hacia el mundo por la violencia de sus persecuciones. Consecuente con su propósito inspiró a sus parientes la determinación de obligarla a contraer enlace para llenar el hueco que había dejado en la familia la muerte de Buenaventura. Catalina, iluminada por la luz de lo alto, intensificó sus plegarias, sus meditaciones y sus austeridades, esquivando la compañía de los hombres y mostrando de todas las maneras a su alcance la inflexibilidad de su resolución de no entregar a un simple mortal el corazón que fuera ya aceptado por el Rey de los Reyes.

Sus padres no perdonaron medio para vencer la resistencia de Catalina y se pusieron en relación con un fraile predicador a quien confiaron, como amigo de la familia, la tarea de conseguir el consentimiento de la joven. Prometió él emplear sus buenos servicios para este fin, pero cuando hubo conversado con ella y la encontró tan firme, su conciencia le obligó a ponerse de parte de Catalina y en lugar de seguir adelante con la misión que le fuera encomendada, le dijo: «-Puesto que has resuelto consagrarte a Dios y los que te rodean se oponen a tu propósito, demuestra que tu vocación es irrevocable. Córtate el cabello por completo; acaso así te dejarán tranquila».

Catalina recibió el consejo como venido del cielo; tomó unas tijeras y se cortó sus hermosas trenzas, que ahora le eran odiosas, pues suponía que habían sido la causa de aquella falta que tanto la afligía. Cuando Lapa la vio con el velo que se puso para cubrir la ausencia de las trenzas, le preguntó el porqué de aquella novedad. Catalina, que no se atrevía ni a decir una mentira ni a confesar lo que había hecho, contestó con un tono de voz que su madre no entendió lo que decía. Entonces tiró del velo y vio que la cabeza de su hija estaba despojada de sus hermosas trenzas. «-¡Ah hija, qué has hecho!» -gritó la mujer indignada. Catalina volvió a ponerse el velo y se retiró en silencio. A los gritos de la madre acudió toda la familia, y cuando se enteraron de lo que había ocurrido, todos dieron rienda suelta a una violenta indignación.

Esto fue la causa de una nueva persecución contra Catalina, más terrible aún que la anterior; pero ella triunfó de todos con la ayuda del cielo, sirviéndole para unirse más a Él. La abrumaron con palabras injuriosas y malos tratamientos; le dijeron que tenía que dejarse crecer nuevamente el cabello y que no disfrutaría de un sólo instante de paz hasta tanto que no consintiese en obedecer sus determinaciones. También resolvió la familia que en lo sucesivo desempeñaría las funciones más humildes de la casa; despidieron a la ayudanta de la cocinera y la sustituyeron con ella. Diariamente la llenaban de afrentas, aun de aquellas que son más sensibles para los corazones femeninos y al mismo tiempo le proponían que aceptase contraer enlace con una persona de elevada posición, no escatimando medios para obligar a Catalina a aceptar. Pero ella, en vez de ceder, cada día se sentía más fuerte con la ayuda de la divina gracia. El Espíritu Santo le había enseñado la manera de concentrarse en lo más hondo de su alma y desafiar desde este retiro cualquier impulso que la inclinase a ceder en sus propósitos. Cuando fue obligada a dejar la habitación que ocupaba en la casa de sus padres, nadie, ni nada, pudo sacarla de este refugio interior, cumpliéndose aquella sentencia del Evangelio que dice: «El reino de Dios está dentro de nosotros mismos». Regnum Dei intra nos est. (LUC. XVII, 21.) Por otra parte, ya había dicho el Profeta: «Toda la gloria de la hija del rey está en su interior». Omnis gloria filias regis ab intus. (PS. XLIV, 14).

El Espíritu Santo inspiró también a Catalina los medios para soportar las afrentas y mantener en medio de sus tribulaciones la paz de su alma. Se imaginaba que su padre representaba al Salvador y su madre a la Santísima Virgen; sus hermanos y parientes eran para ella los apóstoles y los discípulos del Señor. De aquí que sirviese a todos ellos con tanta devoción y placer que los asombraba. De esta manera tenía gusto en complacer a su divino esposo; la cocina se convirtió para ella en un santuario y, cuando se sentaba a la mesa, alimentaba su espíritu con la presencia, visible para ella sola, del Salvador. ¡Oh riqueza de la Sabiduría Eterna!, ¡cuán numerosas y admirables son tus maneras de ayudar a quienes tienen depositada su esperanza en Ti! Tú puedes sacarlos en salvo de cualquier peligro y conducirlos a puerto seguro en medio de las más grandes tempestades.

Catalina meditaba en la recompensa que el Señor le había prometido y sufría todas estas pruebas no sólo con paciencia sino con alegría y su espíritu rebosaba en los más dulces consuelos mientras desempeñaba sus obligaciones. Como no se le permitía tomar una habitación para ella sola, sino que tenía que compartir la de otra persona de la familia, eligió la de su hermano Esteban, que estaba soltero; además podía aprovechar la ausencia de este durante todo el día, así como de su profundo sueño por la noche para entregarse a sus oraciones. Imploraba en ellas a Dios que se dignase proteger su virginidad, repitiendo como Santa Cecilia aquel verso del salmista: Fiat, Domine, cor meum et corpus meum inmaculatum (PS. CXVIII, 80). Su devoción le comunicó tales energías, que a medida que aumentaban las persecuciones crecía su goce espiritual y sus hermanos que la observaban constantemente no podían por menos que decirse unos a otros: «Estamos vencidos». El padre que era mejor que los demás observaba en silencio su manera de conducirse y cada día se fue convenciendo más de que la santa jovencita seguía la inspiración de Dios y no las fantasías de una muchacha obstinada y caprichosa.

Un día, mientras la sierva del Señor oraba fervorosamente en el cuarto de su hermano, con la puerta abierta pues le había prohibido que la cerrase, su padre entró para tomar algo que necesitaba en la ausencia del muchacho. Al pasear la mirada en torno, vio a su hija arrodillada en un rincón con una paloma, blanca como la nieve, posada sobre la cabeza y que, al acercarse él, voló dándole la sensación de que había desaparecido a través de la madera de la ventana. Preguntó a Catalina con respecto a la paloma y ella contestó que no la había visto ni sabía que hubiese en el cuarto pájaros de ninguna clase. Esto la llenó de asombro y despertó en su espíritu serias reflexiones.

Catalina sentía fervientes deseos de realizar el proyecto que había acariciado desde la infancia, o sea, vestir el hábito de la orden fundada por Santo Domingo, con la esperanza de que así podría cumplir más fácilmente su voto de virginidad. Consecuente con este deseo, oraba continuamente a Dios por la intercesión de aquel santo, que tanto celo había desplegado por la salvación de las almas y nuestro Señor la alentó con la siguiente visión. Durante el sueño le pareció ver a los fundadores de las distintas órdenes religiosas entre los cuales estaba Santo Domingo, a quien reconoció por un lirio de deslumbrante blancura que tenía en la mano y que ardía sin consumirse. Todos ellos y cada uno en particular, la invitaron a elegir una orden donde servir a Dios más perfectamente. Catalina se volvió hacia Santo Domingo, a quien vio avanzar hacia ella y ofrecerle un hábito de las «Hermanas de la Penitencia», que son muy numerosas en Siena. El santo le dirigió entonces las siguientes consoladoras palabras: «-Hija, ten valor, no te desalientes, no temas obstáculo alguno, porque pronto llegará el día en que vistas el piadoso hábito que deseas». Esta promesa llenó su corazón de alegría; dio las gracias al gran Santo Domingo y de sus ojos brotaron abundantes lágrimas que la despertaron volviéndole el uso de los sentidos.

Esta visión la confortó dándole tantos ánimos que ese mismo día reunió a sus padres y hermanos y con gran firmeza les dijo: «Hace mucho tiempo que habéis resuelto que yo debo casarme y habéis hecho fuerza para que lo haga. Sabéis muy bien que miro con horror ese proyecto y mi conducta debe haberos convencido de ello. Sin embargo, hasta ahora no he tenido una explicación con vosotros por el respeto que debo a mis padres, pero mi deber me obliga a no seguir callando. Debo hablaros con sinceridad, haceros saber el compromiso que he adquirido y que no data de ahora sino desde mi más tierna infancia. Sabed por consiguiente que he hecho voto de virginidad, y no con ligereza, sino deliberadamente y con perfecto conocimiento de lo que hacía. Ahora que tengo más edad y un conocimiento más perfecto de la  naturaleza de mis actos, insisto con la gracia de Dios en mi resolución, y será más fácil pulverizar una roca que hacerme desistir de mi propósito. Renunciad, pues, a vuestros proyectos con respecto a mi enlace; me es imposible satisfaceros con respecto a esto, porque antes se ha de obedecer a Dios que a los hombres. Si queréis retenerme en esta casa en calidad de sirvienta, desempeñaré las tareas que queráis imponerme y estén a mi alcance; si por el contrario, queréis echarme de ella, eso no me hará cambiar mi resolución. Mi esposo es dueño de todas las riquezas del cielo y de la tierra y su poder me protegerá y proveerá abundantemente todas mis necesidades».

Al oír estas palabras, todos los presentes se fundieron en lágrimas en forma tal que ninguno acertó a contestar. La hasta entonces temerosa y callada jovencita acababa de manifestar con calma y firmeza su resolución irrevocable: estaba dispuesta a dejar la casa de sus padres juntamente con todo lo que esto suponía, antes que renunciar a ella.

Cuando la emoción de los presentes se hubo calmado, el padre, que amaba tiernamente a Catalina y temía aún más a Dios, recordó el misterioso incidente de la paloma juntamente con otros detalles no menos significativos que observara en la vida de su santa hija, y dio la siguiente respuesta: «-El Señor nos guarde de oponernos más a la resolución que Él te ha inspirado; la experiencia nos demuestra y ahora lo vemos con toda claridad, que no has procedido con ligereza sino movida por la gracia divina. Cumple pues el voto que has formulado; haz todo lo que el Espíritu del Señor te inspire, pues en lo sucesivo nadie se opondrá a ello. Persevera en tus piadosas prácticas y pide a Dios por nosotros para que seamos dignos de las promesas del esposo que te ha elegido en tan tierna edad». Y volviéndose a su esposa e hijos, agregó: «Que ninguno de los presentes contradiga a mi hija querida o intente desviarla de su piadosa resolución; que sirva al Señor como ella quiere. Jamás podríamos pretender para ella una alianza mejor, pues no es un mortal a quien recibimos en nuestra familia sino al hombre-Dios, que nunca muere». Tras estas palabras, un poco de llanto, sobre todo de parte de la madre, que tan tiernamente amaba a su hija. Por su parte, Catalina se regocijó en el Señor, a quien dio gracias por la victoria que acababa de obtener. También agradeció humildemente a sus padres la libertad que acababan de otorgarle y se dispuso a hacer uso de ella de la mejor manera que le fuese posible.

Capítulo V

Que trata de las austeras penitencias de la santa y de las persecuciones de su madre 

Tan pronto como Catalina tuvo libertad para servir a Dios de acuerdo con sus fervientes deseos, se dedicó al cumplimiento de sus propósitos de la manera más admirable, procurándose una habitación independiente donde le fue posible la soledad y el aislamiento necesarios para dar rienda suelta a su deseo de atormentar su inocente cuerpo. Sería imposible describir las austeridades que practicó y el ardor con que buscó la presencia de su divino esposo.

Desde la infancia, Catalina apenas había probado la carne; ahora se la prohibió de la manera más absoluta y tanto se habituó a la privación de este alimento que terminó por no poder soportar el olor de él sin que su estómago se resintiese. Un día la encontré en estado de extrema debilidad, porque no había probado alimento alguno. Entonces hice que pusiesen un poco de azúcar en el agua que estaba a punto de beber. Al notarlo ella, me dijo: «Veo que usted está deseoso de extinguir lo poco de vida que todavía me queda». Al preguntarle por qué me decía eso, me contestó que se había acostumbrado en tal forma a los alimentos desabridos, que cualquier cosa dulce, la enfermaba. Lo mismo le ocurría con cualquier alimento de origen animal. En cuanto al vino, lo tomaba tan mezclado con agua, que no conservaba ni el sabor ni el olor característicos y apenas se veía en él algo que recordase la rica coloración de los vinos del país. A la edad de quince años renunció por completo a él y bebía únicamente agua pura. Y restringiendo día por día la cantidad de los alimentos llegó a no comer más que un pedacito de pan y algunos vegetales sin cocer.

Su cuerpo estaba desfallecido a consecuencia de la debilidad y sometido a insoportables indisposiciones; el estómago era incapaz de desempeñar sus funciones y sin embargo la falta de alimento no disminuía su resistencia física. Su existencia era un milagro, y los médicos que la reconocieron me manifestaron que el caso no tenía explicación científica. Durante todo el tiempo que tuve el privilegio de ser testigo de su vida no tomó alimento ni ingirió bebida en cantidad suficiente para sostenerla y sin embargo lo soportaba con alegría aunque a costa de grandes sufrimientos y extraordinaria fatiga.

Guardémonos de suponer que esto era consecuencia natural de una dieta determinada y una abstinencia metódica y gradual. Para mí es evidente que su resistencia estaba mantenida por el ardor de su espíritu, porque cuando este sobreabunda y se sacia con el alimento celestial, el cuerpo soporta fácilmente el tormento del hambre.

Su lecho estaba formado por unas tablas sin cobertura de ninguna clase. Sobre ellas se sentaba para meditar o se arrodillaba para orar y por fin se tendía para dormir sin despojarse de ninguna parte de su vestido, hecho de lana en su totalidad. Usaba también en calidad de camisa un género tejido con crin, que después cambió por una cadena de hierro tan ceñida en torno del cuerpo que le penetraba en la carne. Esto, lo supe por sus compañeras, que algunas veces se veían en la necesidad de sacársela a causa de la gran fatiga que le producía y que en algunos casos hasta llegaba a producirle desmayos. Cuando ya en el ocaso de su vida aumentó su debilidad de una manera alarmante, la obligué, en virtud de la santa obediencia, a quitarse esta cadena que tan gran dolor le ocasionaba.

Al principio prolongaba sus oraciones hasta la hora de maitines; más adelante, consiguió dominar el sueño en tal forma que sólo dormía media hora día por medio, no permitiéndose ni siquiera este breve reposo sino cuando la extrema debilidad de su cuerpo la obligaba a tomárselo. Según me confesó en cierta ocasión, ninguna victoria sobre sí misma le costó tanto, ni ninguna fue tan difícil de conseguir como la referente al sueño.

Si hubiese encontrado personas capaces de comprenderla, habría pasado los días enteros con sus noches hablando de Dios; sus discursos, en vez de debilitarla, parecían fortalecerla, pues cuando hablaba de las cosas santas parecía recobrar el vigor de la juventud y al terminar de hablar, caía en la languidez y la abandonaba la energía de que acababa de dar muestra en forma maravillosa. Algunas veces me hablaba de los profundos misterios de Dios y, como ella no se cansaba nunca y yo no poseía la sublime elevación de su espíritu, me dormía. Ella, absorta en Dios, no se daba cuenta y seguía hablando. Cuando se percataba de que yo me había dormido, me despertaba elevando el tono de voz, recordándome que estaba perdiendo preciosas verdades y consideraciones al dejarla que hablase a las paredes.

Léanse las vidas de los «padres del desierto», recórranse las páginas de las Sagradas Escrituras…; en vano tratará de encontrarse un caso parecido. En esos relatos leemos que Pablo el Ermitaño vivió durante largos años en la soledad, pero milagrosamente un cuervo le llevaba todos los días medio pan para que se alimentase. El famoso San Antonio practicó asombrosas austeridades, pero le animaba en su penitencia el ejemplo de otros ermitaños que le visitaban en su retiro, pues según refiere San Jerónimo que el santo eremita Hilarión fue, durante su juventud, a verlo y enseñarle los secretos de la vida solitaria así como los medios de vencer al enemigo común de las almas. Los dos santos Macario y Arsenio y muchos otros tuvieron maestros que les enseñaren los caminos del Señor. Todos ellos vivieron en la paz que les proporcionaba su retiro bajo la sombra protectora del mismo monasterio, mientras que Catalina vivió no en un convento ni en la soledad sino en el seno de su familia, sin dirección espiritual y rodeada por obstáculos de todas clases, consiguiendo, a pesar de todo, un grado tal de obediencia jamás alcanzado por ningún otro santo. Es cierto que Moisés ayunó dos veces durante un período de cuarenta días; Elías también repitió ese largo ayuno y el Evangelio nos cuenta que El Salvador quiso darnos ejemplo haciendo lo propio. Pero estos largos períodos de abstinencia fueron hechos aislados. Cuando Juan el Bautista fue llevado por el espíritu de Dios al desierto, su alimento consistió en miel y langostas, pero esto no era un ayuno absoluto. Se cuenta de Santa Magdalena que ayunó durante treinta y tres días, habiéndose retirado para este fin a una cueva cavada en cierta roca que aún se muestra a los fieles.

Los ejemplos que acabo de citar nos dan a entender con cuanta magnificencia y con qué inextinguible bondad enriquece Dios a sus santos al conducirlos por el camino de la perfección. Demuestran también las admirables virtudes de Catalina y que la Iglesia bien puede decir de ella sin desmedro ni injuria para los otros santos: «¡Ninguna se encuentra semejante a ella!». Non est inventus similis illi. El infinito poder de Dios, que santifica a las almas, puede otorgarles, cuando lo cree conveniente, una gloria particular.

Un hecho más servirá de broche a todo lo que he dicho de Catalina con respecto a este punto y hará comprender a mis lectores hasta qué extremo había debilitado su cuerpo y sometido su entendimiento. Según me informó su propia madre, antes de iniciar sus penitencias poseía una resistencia física tan extraordinaria que fácilmente podía cargar sobre sus hombros un peso suficiente para un caballo y subir con él rápidamente los dos pisos que tenía la casa. Su cuerpo era dos veces más fuerte y tenía el doble de peso que a los dieciocho años. Sin embargo llegó a estar tan débil que sólo un milagro podía sostenerla. Cuando yo la conocí el espíritu había agotado en tal forma sus energías físicas, que al verla cualquiera diría que su fin estaba muy próximo. Sin embargo poseía admirables energías, sobre todo cuando se trataba de la salvación de las almas. Entonces olvidaba todas sus dolencias y, siguiendo el ejemplo de su patrona Santa Magdalena, sufría en el cuerpo y oraba con el espíritu, el que comunicaba a sus miembros exhaustos la superabundancia de sus energías.

La antigua serpiente a quien ella había vencido no cesó sin embargo en sus esfuerzos por atormentarla. Esta vez se dirigió a Lapa, a quien conocía y consideraba como verdadera hija de Eva y consiguió, valiéndose del cariño de madre que la mujer profesaba a su hija, inmiscuirse en las penitencias de la santa. Cuando Lapa descubrió que Catalina dormía sobre unas tablas desnudas la obligó por la fuerza a ir a su habitación y la acostó en su propio lecho. Entonces Catalina, dócil a las lecciones de la sabiduría, cayó de rodillas a los pies de su madre y con palabras llenas de humildad y de dulzura le pidió que no se enojase, prometiéndole que reposaría a su lado según su voluntad. Acostó en un extremo del lecho y cuando comprendió que su madre estaba dormida, se levantó furtivamente y volvió a sus devotos ejercicios. Esto no duró mucho, porque Satanás, irritado por la constancia de la santa, despertó a Lapa. En vista de esto, Catalina buscó el medio de dejar tranquila a su madre y al mismo tiempo satisfacer sus deseos de penitencia. Colocó debajo de la sábana, en el lugar que ella debía ocupar, una o dos tablas; pero no pasaron muchos días antes de que la madre se diese cuenta, y entonces, viendo que todos sus esfuerzos resultaban inútiles, terminó por decir a Catalina: «-Veo que nada consigo; por consiguiente, haz lo que te dé la gana, pero al menos no me lo ocultes». Así pudo la santa seguir la inspiración divina.

Capítulo VI

Donde se trata de la prueba de las termas y de cómo consiguió tomar el hábito

del glorioso Santo Domingo 

Catalina reanudó sus piadosos ejercicios y hablaba continuamente a sus padres de los grandes deseos que tenía de entregarse más por completo a su divino esposo. También solicitó a las «Hermanas de la Penitencia», que seguían la regla de Santo Domingo, que accediesen a recibirla entre ellas y le permitiesen vestir su hábito. Su madre, afligida por sus continuas solicitudes y no atreviéndose, sin embargo, a oponerse directamente a sus deseos, trató de distraerla un poco de sus austeridades y sin darse cuenta de ello, se convirtió en cómplice de Satanás al proyectar tomar unos baños calientes y que Catalina la acompañase. Pero la esposa del Señor combatió con armas invencibles y todos los ataques del espíritu del mal redundaron en beneficio de ella y en acrecimiento de su santidad. En las termas encontró un medio de torturar su cuerpo, pues con el pretexto de bañarse mejor, se acercaba a los canales por donde penetraban en los baños las aguas sulfurosas y recibía en sus delicadas carnes un calor tal que la hacía sufrir más aún que la cadena de hierro que permanentemente llevaba ceñida al cuerpo. Cuando Lapa me refirió este episodio de la vida de Catalina, esta me manifestó que había solicitado la permitieran bañarse cuando ya se habían ido las demás bañistas, pues estaba segura de que no le permitirían hacer lo que tenía pensado. Y al preguntarle cómo había podido soportar semejante tortura sin morir, me contestó con una simplicidad de paloma que me dejó pasmado: «-Mientras estaba allí, pensaba en las penas del infierno y del purgatorio y pedía a mi Criador, a quien tantas veces he ofendido, que se dignase aceptar a cambio de los tormentos que tengo merecidos, los que yo sufría entonces voluntariamente, y el pensamiento de que me hacía la merced de consentirlo, me llenaba de tal consolación celestial que me sentía feliz en medio de mi dolor». 

Al regreso intentó vanamente Lapa conseguir de Catalina que disminuyese sus penitencias; pero la santa hizo oídos sordos a las solicitudes de su madre y le pidió en cambio que insistiese ante las «Hermanas de Penitencia» para que no continuasen rehusándole el hábito que tan ardientemente deseaba. Lapa, vencida por tales ruegos, que se repetían diariamente, renovó su petición, contestándole las hermanas que no era costumbre dar el hábito a jóvenes doncellas sino a viudas de edad madura que se habían consagrado a Dios. Estas religiosas no vivían en clausura, sino que cada una de ellas vivía en su propio domicilio. Lapa regresó a casa con esta respuesta, que indudablemente fue menos penosa para ella que para su piadosa hija.

La esposa de Cristo no se intranquilizó por la negativa; confiaba en la promesa que había recibido del Cielo y solicitó de nuevo su admisión. Dijo a su madre que no estaba desanimada y le pidió que hablase otra vez con las hermanas. Lapa accedió al fin a los ruegos de su hija, pero sin conseguir mejor resultado.

Mientras tanto, Catalina había contraído una enfermedad que en aquel tiempo era muy frecuente entre las personas jóvenes de la región. La Providencia tenía sus designios. Lapa quería tiernamente a todos sus hijos, pero de una manera particular a Catalina. Por consiguiente, la pobre madre permaneció sentada al lado del lecho de la enferma suministrándole todas las medicinas imaginables y buscando la manera de consolarla. Pero Catalina, que en medio de sus sufrimientos perseguía con renovado ardor el objeto de sus deseos, aprovechó la oportunidad que se le ofrecía al ver a su madre tan solícita y dispuesta a otorgarle lo que le pidiese. «-Madre -le dijo dulcemente-, si quieres que recobre la salud, trata de conseguirme el hábito de las «Hermanas de Penitencia». Estoy convencida de que Dios y Santo Domingo, que me inspiran ese camino, me llevaran a ellos y por consiguiente, tú no volverás a verme en esta vida si no sigo el camino que me han indicado».

Lapa dio rienda suelta a las lágrimas al oír estas palabras de su hija, y como temía perderla, fue nuevamente a ver a las hermanas a quienes habló de una manera tan insistente y persuasiva, que por fin consiguió que rectificasen su anterior resolución. «Si no es de una belleza extraordinaria, la recibiremos en atención a usted -le contestaron-, pero si es demasiado linda, no podremos hacerlo, pues es nuestra obligación evitar los inconvenientes que pudieran sobrevenir de la malicia de los hombres, sobre todo en los tiempos que corremos».

Lapa las invitó a que fuesen a su casa y juzgasen por sí mismas. Entonces, tres o cuatro hermanas elegidas entre las más prudentes y de inteligencia superior la acompañaron para ver a Catalina y juzgar acerca de su vocación. Por cierto que no pudieron formar juicio con respecto a su apariencia física, pues tenía todo el cuerpo cubierto por una erupción -consecuencia de la enfermedad- que la desfiguraba por completo. Además su belleza no era excesiva aun estando en perfecto estado de salud. Pero si no pudieron juzgar su aspecto con los ojos, la oyeron hablar con tan gran fervor y notaron en ella una sabiduría tan profunda que quedaron encantadas, comprendiendo que la madurez de su mente no estaba de acuerdo con su edad, ya que muy pocas personas entradas en años podrían compararse con ella en virtudes.

Se retiraron pues las hermanas llenas de piadosa alegría y espiritual edificación y dieron cuenta de su visita a sus compañeras, quienes, después de consultado el caso con los frailes de la Orden, celebraron capítulo y admitieron a Catalina por unanimidad, hecho lo cual anunciaron a la madre que en cuanto la aspirante se encontrase restablecida de su dolencia podía ir a la iglesia de los Frailes Predicadores para recibir el hábito de Santo Domingo con las acostumbradas ceremonias, en presencia de los hermanos y hermanas de la orden.

Al recibir tan grata nueva, Catalina derramó lágrimas de alegría y dio fervorosas gracias a su Divino Esposo y a Santo Domingo, quien al fin cumplía su promesa. Le imploró también para que le devolviese la salud, no para librarse de los sufrimientos que la enfermedad le ocasionaba, sino para cumplir más prontamente el primero y más intenso deseo de su corazón. Sus ruegos fueron oídos, pues al cabo de pocos días se encontró completamente bien. Dios no podía dejar de escucharla al pedirle que removiese un obstáculo que se interponía en el camino de su mayor gloria y que redundaría en bien de un alma que le amaba tan tiernamente.

La madre buscó ahora pretextos para retardar el feliz día de la recepción del santo hábito; pero todo fue en vano, pues tanto insistió Catalina que el día señalado no tuvo más remedio que acompañarla a la iglesia, donde en presencia de muchos hermanos y hermanas de la orden, así como de los frailes predicadores, que dirigían la congregación, le fue impuesto el hábito, cuyos colores blanco y negro representan la humildad y la inocencia. Tengo para mí que ningún otro hábito habría sido tan adecuado para ella; todo blanco o del todo negro habría tenido un significado incompleto: el color gris, proveniente de la mezcla de ambos, habría representado   -31-   sus mortificaciones, pero no la brillante inocencia de su pureza virginal. Catalina fue la primera virgen recibida en Siena entre las hermanas de penitencia; muchas la siguieron después, por lo cual bien pueden aplicarse las palabras del rey David:Adducentur regi virgines post eam. (PS. LIV, 15.) En seguimiento de ella las vírgenes fueron presentadas al Señor. Si las hermanas hubieran reflexionado más seriamente, presumo que no habrían tardado tanto en acceder a sus solicitudes, pues Catalina era más merecedora que ellas de llevar un hábito que simboliza la inocencia y la humildad, ya que la inocencia de la virginidad es superior a la castidad de la edad madura.

Capítulo VII

Origen y fundación de las «Hermanas de Penitencia» de Santo Domingo y su modo de vida 

Los siguientes datos los he sacado de manuscritos que consulté en Italia, de informes suministrados por personas ancianas de la orden y de la historia de nuestro bendito fundador Santo Domingo. Este glorioso defensor de la fe católica y valiente soldado de Cristo combatió tan victoriosamente las herejías surgidas en el sur de Francia y en Italia que, por su mediación y la de sus discípulos, según se demostró luego con motivo de su canonización, fueron convertidos, en Lombardía sólo, más de cien mil herejes.

Pero el veneno del error había corrompido los entendimientos hasta tal extremo que los beneficios eclesiásticos estaban usurpados por legos que los transmitían en herencia como si se tratase de bienes comunes. Los obispos se veían obligados a mendigar su propia subsistencia y por lo tanto carecían de autoridad para impedir semejantes abusos y se veían privados por carencia de medios materiales de ayudar a los pobres. Santo Domingo, que había elegido la pobreza como su propia porción, no quiso ver a la Iglesia en tal estado de indigencia y resolvió poner cuanto estuviese a su alcance para devolverle su antigua opulencia. Consecuente con este santo propósito reunió a varios seglares, a quienes sabía animados por el espíritu del Señor, y organizó con ellos una piadosa milicia, cuyo fin era recuperar las riquezas de la Iglesia y defenderlas oponiéndose a la injusticia de los herejes. Aquellos que se enrolaron, juraron hacer cuanto estuviese a su alcance para conseguir los fines propuestos, llegando, si fuese necesario, hasta el sacrificio de su fortuna y aun el de su propia vida. Pero como las esposas de estas personas podrían a veces ofrecer obstáculos a los fines de la congregación, Santo Domingo las indujo a prometer solemnemente que no se opondrían a los propósitos de sus maridos, sino que, por el contrario, les prestarían su decidida ayuda. Los asociados tomaron la denominación de Hermanos de la Milicia de Jesucristo. Deseando el santo fundador distinguirlos de los demás seglares por algún signo exterior y señalarles algunas obligaciones particulares, dispuso que los colores de sus vestidos, cualquiera forma que tuviesen, fuesen los del hábito que llevaban los religiosos de su orden, o sea, el blanco y el negro, símbolos de la inocencia y la humildad. Les impuso además la obligación de recitar cierto número de padrenuestros y avemarías, para suplir con ellos las horas canónicas, cuando no podían asistir a los oficios divinos.

Más tarde, cuando nuestro bendito padre Santo Domingo había dejado la tierra para dirigirse a las moradas celestiales, y sus numerosos milagros decidieron a la Iglesia a incluir su nombre en el catálogo de los santos, los hermanos y hermanas de la Milicia de Jesucristo resolvieron honrar el nombre de su fundador tomando el título de Hermanos de Penitencia de Santo Domingo. Por otra parte, los merecimientos del santo y el trabajo apostólico de su orden habían extirpado casi por completo la herejía; los combates exteriores no eran ya necesarios, pero quedaba por vencer aún mediante la penitencia el enemigo interior de las almas y de aquí que la nueva denominación fuese más adecuada que la anterior.

Cuando el número de los frailes predicadores hubo aumentado y Pedro (virgen y mártir) se manifestó entre ellos como una radiante estrella al triunfar sobre sus enemigos, más con su muerte que durante su vida, la manada de lobos que desolaba la viña del Señor fue aniquilada y Dios devolvió la paz a su Iglesia. Las razones que promovieron la fundación de la Milicia de Jesucristo no existían ya y la asociación perdió por consiguiente su carácter militar.

Cuando los hombres que formaron parte de ella murieron, sus viudas, habituadas a la vida religiosa que habían llevado, renunciaron a un nuevo matrimonio y perseveraron en sus prácticas piadosas hasta la muerte. Otras viudas que no habían contraído los mismos compromisos, pero que no querían casarse nuevamente, imitaron a las Hermanas de Penitencia y adoptaron su regla para purificarse de pasadas faltas. Gradualmente fue creciendo su número en las diversas ciudades de Italia y los frailes predicadores fueron sus directores espirituales de acuerdo con el espíritu de Santo Domingo. Pero, como no había nada establecido con respecto a esta dirección, un fraile español llamado Munio, religioso de santa memoria que había gobernado a toda la orden, escribió la regla que aún subsiste. Esta regla no es en realidad lo que corresponde a una orden religiosa, pues no exige los tres votos, que son la base de toda orden propiamente tal.

Como las Hermanas de Penitencia fuesen aumentando en número y santidad, el soberano Pontífice Honorio IV, en consideración a sus méritos, les concedió mediante una bula permiso para oír los oficios divinos en las iglesias de los frailes predicadores, aun en tiempo de entredicho. Juan XXII, después de haber promulgado la bula Clementina, los begardos y begüinos, declaró formalmente que sus prohibiciones no alcanzaban a las Hermanas de Penitencia de Santo Domingo, existentes en Italia y cuya regla no necesitaba ninguna innovación.

Capítulo VIII

De los admirables progresos de Catalina en los caminos del Señor y

de algunas gracias particulares que recibió 

Catalina no pronunció los tres votos de religión al tomar el hábito de Santo Domingo, pero tomó la resolución de cumplirlos fielmente. Con respecto al de castidad no podía haber sido de otra manera, puesto que ya había formulado el de virginidad perpetua. Prometió pues obedecer al Padre Maestro de las Hermanas de Penitencia en todo cuanto le ordenase y lo mismo con respecto a la superiora. Durante toda su vida fue tan fiel a esta promesa que en el lecho de muerte pudo declarar a su confesor que no recordaba haber faltado una sola vez a ella.

También observó de una manera perfecta el voto de pobreza. Cuando vivía en la casa de sus padres y reinaba en ella la abundancia, jamás tomó algo para sí misma, únicamente para dar limosna a los pobres, pues su padre le había dado amplias facultades con respecto a este punto. Amaba tanto la pobreza que, según confesó, nada podía consolarla de que esta no existiese también en su familia y pedía a Dios ardientemente que se dignase hacer pobres a sus padres. «-Señor -solía decir-, ¿no es mejor que te pida para mis padres y hermanos los bienes de la eternidad? Yo sé que los de la tierra van acompañados de peligros y enfermedades; por eso quiero que los míos no estén expuestos a ellos».

Dios escuchó sus ruegos; circunstancias extraordinarias redujeron a sus padres a una extrema pobreza sin culpa de ellos, como puede probarse con el testimonio de personas que los conocieron.

Una vez establecidos estos cimientos, Catalina comenzó a construir el edificio de su perfección, aprovechando a la manera de industriosa abeja cualquier ocasión que se le presentase para avanzar en él, y adoptando todos los medios posibles para hacer una vida más retirada y más unida a su divino esposo.

Con el fin de mantenerse incontaminada por el mundo se propuso observar el más riguroso silencio y no hablar más que cuando tenía que hacerlo con su confesor en el sacramento de la Penitencia. El confesor de Catalina que me precedió declaró por escrito que la santa observó esta resolución durante tres años. Permanecía constantemente en su celda a no ser cuando iba a la iglesia, y no saliendo de ella ni aun para tomar su alimento, que, como ya se ha dicho, era tan escaso, y que jamás dejaba de derramar lágrimas al tomarlo ofreciendo a Dios el tributo de su corazón ansioso de penitencia. ¡Quién podría hacer un recuento de sus vigilias, sus plegarias, sus meditaciones y sus suspiros en la soledad de que ella supo rodearse en su misma casa en medio del bullicio de la ciudad! Había ordenado su tiempo en tal forma que velaba mientras los frailes dominicos, a quienes ella llamaba sus hermanos, estaban entregados al sueño, y cuando oía el segundo toque de maitines, decía a su divino esposo: «-Señor, mis hermanos, que te sirven, han estado durmiendo hasta ahora y yo estuve velando por ellos en tu presencia pidiéndote que los preserves de las acechanzas del enemigo. Ahora que ellos se levantan para ofrecerte sus plegarias, protégelos y permíteme que tome un corto reposo». Entonces se tendía sobre sus tablas, usando como almohada un pedazo de madera.

Aquel a quien ella amaba recreábase con su fervor y la alentaba con nuevas gracias. No queriendo que su fiel cordero careciese de pastor y que un discípulo tan deseoso de adelantar estuviese sin un buen maestro, él mismo se aparecía en la pequeña celda de Catalina y le enseñaba las cosas más convenientes para su adelanto espiritual. «-Tened la seguridad, padre -me dijo en una oportunidad- que nada de lo que sé concerniente a los caminos de la salvación me ha sido enseñado por un mero hombre. Fue mi señor y maestro, el amado esposo de mi alma, Nuestro Señor Jesucristo, quien me lo reveló mediante sus inspiraciones y sus apariciones. Él me ha hablado lo mismo que yo os hablo ahora». Esto me lo dijo al comienzo de sus visiones, cuando las percibió mediante los sentidos externos y temía ser engañada por Satanás. Pero Nuestro Señor, lejos de ofenderse por este temor, ensalzó su prudencia. «-El viajero -le dijo- debe estar siempre en guardia, porque está escrito: Bendecido sea el hombre que vive en el temor (PROV. XXVIII, 14). Si tú lo deseas, te enseñaré a distinguir mis visiones de las del enemigo». Y como Catalina se lo pidiese ardientemente, Nuestro Señor continuó: «-Sería fácil iluminar tu espíritu directamente y mostrarte la manera de distinguir desde el principio cuál es el origen de tus visiones; pero para utilidad y beneficio de los demás, te diré lo que enseñan los doctores a quienes he dado a conocer mi verdad. Mis visiones comienzan con el terror y terminan con paz; su llegada o su presentación es esperada con cierto amargor que poco a poco se va convirtiendo en dulzura. Lo contrario ocurre con las visiones del espíritu malo: comienzan siempre con cierto goce espiritual, pero siempre terminan sumergiendo al alma en la intranquilidad. Y esto es así porque nuestros caminos son diferentes. El camino de la penitencia y de los mandamientos aparece al principio áspero y penoso, pero a medida que avanza por él el espíritu se va haciendo fácil y agradable. El camino del malo, por el contrario, es halagador en sus comienzos, pero no tardan en aparecer la turbación y el peligro. Te daré una señal más que es infalible. Mis visiones hacen humilde al alma que las recibe pues le hacen comprender lo indigna que es de ellas. Pero como el demonio es el padre de la falsedad y el príncipe del orgullo, solamente puede dar aquello que posee y sus visiones siempre engendran en el alma cierta estimación de sí misma que la excita a la vanidad. Examínate por consiguiente con minuciosidad y ve si tus visiones proceden de la verdad o del extremo opuesto: la verdad excita a la humildad; la falsedad crea el orgullo».

A partir de este momento sus visiones celestiales y sus comunicaciones con Nuestro Señor se multiplicaron en forma tal que la más animada conversación entre dos amigos entrañables no bastaría para dar una idea del intercambio de pensamientos entre Catalina y su divino esposo. Sus oraciones, sus meditaciones y su lectura espiritual, sus vigilias y su corto reposo, todos estos actos estaban bendecidos por la divina presencia. Estas relaciones sobrenaturales son la causa y origen de su abstinencia, de su admirable doctrina y de los milagros obrados por su intercesión y de los cuales Dios se dignó hacernos testigos durante su vida.

En el principio de mi relación con ella, había oído tantas cosas maravillosas referentes a su vida, que vacilé bastante antes de creerlas; Dios permitió que así fuese para mayor bien. Intenté de todas las maneras posibles descubrir los medios de asegurarme de si los fenómenos extraordinarios que se operaban en ella provenían de Dios o de cualquiera otra causa, es decir, si eran verdaderos o falsos. He encontrado, especialmente entre las mujeres, a muchas personas de fantasía desbordada, cabezas que se trastornan con facilidad y que por consiguiente están más expuestas que otras a las seducciones de Satanás. Ciertos detalles me llenaban de turbación y sentí el deseo de verme asegurado por Aquel que no  puede engañarnos ni engañarse. Pensando en esto se me ocurrió de pronto la idea de que si podía obtener de Dios por la intercesión de Catalina una contrición por mis pecados superior a la que sentía habitualmente, esto sería un signo indudable de que todo lo que ocurría era proveniente del Espíritu Santo, pues nadie puede tener una verdadera contrición si Dios no se la inspira, y aunque ignoramos si somos dignos de odio o de amor, la contrición de corazón es señal y prueba de que estamos en la gracia del Señor.

No dije a nadie una sola palabra acerca de los pensamientos que me preocupaban y pedí directamente a Catalina que se dignase obtener de Dios la remisión de mis pecados. Ella me contestó con alegría llena de caridad que cumpliría mi encargo y entonces yo agregué: que para quedar tranquilo y saber que mis deseos habían quedado satisfechos quería tener una prueba, a saber, una contrición extraordinaria de mis pecados. Ella me aseguró que la conseguiría, y al día siguiente, mientras estaba conversando conmigo, su mente se volvió insensiblemente hacia Dios y empezó a hablar de la ingratitud de que damos muestras cuando ofendemos a Nuestro Señor. Mientras hablaba, yo tuve una clara y distinta visión de mis pecados: me vi, despojado de todas las cosas, en la presencia de mi Juez y sentí que merecía la muerte como la merecen los malhechores cuando son juzgados por la justicia de los hombres. Vi también la bondad de mi Juez quien por su divina gracia me había llamado a su servicio y reemplazado la muerte por la vida, el temor por la esperanza, la tristeza por la alegría, la vergüenza por la gloria. Estas visiones mentales triunfaron en tal forma sobre mi dureza de corazón que comencé a derramar torrentes de lágrimas por mis pecados, llegando a hacerse tan profundo mi dolor que pensé iba a morir a consecuencia de él.

Catalina, cuyos ruegos habían sido escuchados, guardó silencio dejándome entregado a mis lágrimas y sollozos. Momentos después y cuando aún me duraba la sorpresa por aquella disposición de ánimo que acababa de sentir de una manera tan intensa, recordé mi pedido y la promesa que ella me había hecho la víspera, y volviéndome hacia la esposa del Señor, le dije: «-Esto no es la gracia que pedí ayer. -Es lo mismo -contestó ella y agregó-: No olvide el don que acaba de hacerle el Señor». Mi compañera y yo quedamos llenos de gozo y de edificación, pero yo exclamé como el incrédulo Santo Tomás: «-¡Mi Señor y mi Dios!» Dominus meas et Deus meus. (SAN JUAN XX, 28.) 

Otra prueba recibí de la santidad de Catalina, prueba que redunda en honor de ella y confusión mía. Estaba postrada en cama a consecuencia de sus sufrimientos y me hizo saber que deseaba hablar conmigo con respecto a una revelación. Fui y me acerqué a su camastro y ella, a pesar de la fiebre que la consumía, empezó a hablarme de Dios y de las cosas que le habían sido reveladas durante el día. Eran estas tan extraordinarias que, olvidando lo que acababa de ocurrirme a mí mismo, me pregunté: «-¿Deberé dar crédito a, lo que me está diciendo?» Mientras yo la miraba en un estado de perplejidad, la expresión de su rostro cambió adquiriendo la apariencia del de un hombre de carácter duro que me estuviese mirando con fijeza y que me llenó de terror. Su rostro ovalado indicaba la plenitud de la vida y todo su aspecto daba una impresión tal de majestad que revelaba bien a las claras la santa presencia de Dios. Imposible concebir una expresión tan dominadora y majestuosa como la que en este momento tenía el rostro de ordinario tan apacible y manso de Catalina. Yo quedé completamente aterrorizado y exclamé levantando ambas manos: «-¡Oh! ¿Quién me mira de esa manera?» Catalina contestó: «-Es el que es». La visión desapareció y nuevamente vi el rostro de Catalina, que instantes antes no podía reconocer. Mi inteligencia fue iluminada entonces con tan abundante luz, sobre todo con respecto a lo que estábamos tratando, que entonces comprendí aquellas palabras del Señor, cuando prometió la llegada del Espíritu Santo: «Et quae ventura sunt annunciabit vobis». (SAN JUAN XVI, 13.)

Capítulo IX

De la admirable doctrina que le enseñó Nuestro Señor y de cómo ella la adoptó por norma de su vida 

Examinemos ahora el edificio espiritual de la perfección de Catalina con la gracia de Aquel que fue la piedra fundamental de la construcción, y así como las almas fieles encuentran vida y fortaleza en la palabra del Señor, aprovechemos las lecciones que ella recibió directamente de la boca del amado Maestro.

Según manifestó Catalina a sus confesores, en el comienzo de sus visiones Nuestro Señor se le aparecía mientras ella estaba meditando, y le decía: «-Comprende, hija mía, qué eres tú y quién soy Yo. Si aprendes estas dos cosas, recibirás las bendiciones de lo alto. Tú eres lo que no es; Yo soy el que es por excelencia. Si tu espíritu se penetra profundamente de esta verdad, el enemigo no podrá engañarte y evitarás todas sus acechanzas; nunca consentirás en hacer algo que sea contra mis mandamientos y adquirirás sin dificultad la gracia, la verdad y la paz».

En estas breves y sencillas palabras, ¿no encontramos la «longitud, anchura y profundidad» de que habla San Pablo a los cristianos de Éfeso? Nuestro Señor le dijo también en otra aparición: «-Hija, piensa en Mí y yo pensaré continuamente en ti». Catalina interpretó estas palabras en el sentido de que Dios le ordenaba mediante ellas desterrar del corazón todos los pensamientos propios y no pensar en otra cosa sino en Él, sin estar preocupada por ella misma ni por su salvación de manera que ninguna distracción pudiese penetrar en su espíritu, pues Dios lo sabe todo y provee a las necesidades de los que piensan en Él y ponen en este pensamiento la suprema felicidad. De aquí que cuando nosotros expresábamos alguna ansiedad o temor por nosotros o por nuestros hermanos, ella solía decirnos: «-¿A qué os preocupáis? Dejad todo en manos de la Providencia. En medio de los mayores peligros Dios vela por vosotros y siempre os protegerá». Esta virtud de la esperanza se la infundió su Divino Esposo cuando le dijo: «-Yo pensaré continuamente en ti». 

Recuerdo que estando a bordo de un barco con ella y otras muchas personas, el viento amainó en tal forma a eso de medianoche, que el piloto llegó a alarmarse. Estábamos en un canal peligroso y si el viento nos tomaba de costado, estábamos en peligro de ser arrojados contra la costa. Yo puse en conocimiento de Catalina la situación en que nos encontrábamos y ella me contestó con la misma entonación con que me hablaba siempre: «-¿Por qué se preocupa usted por estas cosas o permite que su espíritu se distraiga por tales pequeñeces?». Yo guardé silencio, pues las palabras de Catalina me habían devuelto la calma; pero el viento empezó poco después a soplar en la dirección temida por el piloto y entonces yo lo puse en conocimiento de Catalina. «Que cambie de rumbo en el nombre de Dios y se deje llevar en la dirección del viento que el Cielo le enviará». El piloto obedeció y retrocedimos, pero ella oró con la cabeza inclinada hacia adelante y apenas habríamos recorrido una distancia equivalente a un tiro de arco, cuando cambió el viento en forma favorable. Así pudimos llegar a puerto a la hora de maitines.

Esta anécdota de la vida de Catalina no debía figurar aquí pues interrumpe el orden cronológico, pero la relato porque sirve para el fin que me propongo. Efectivamente, cualquiera que reflexione verá que la segunda verdad fluye como consecuencia de la primera. Si un alma reconoce que en sí misma no es nada, y que existe solamente por Dios, no confiará en sí misma para cualquier clase de acción, sino en la intervención divina tan sólo. Esa alma pondrá toda su confianza en el Señor y «colocará todos sus pensamientos en Él» según la frase del salmista. Esto no le impedirá el hacer por ella misma todo cuanto le sea posible, porque esta santa confianza proviene del amor y el amor produce en el espíritu el deseo del objeto amado, deseo que excita al alma a la realización de todos los actos capaces de satisfacerlo. La actividad está en relación con el amor, pero aquella no le impide poner su confianza en Dios y rechazar cualquier clase de seguridad en las propias fuerzas, puesto que el conocimiento que ha adquirido de su propia pequeñez y de la grandeza del Creador así se lo enseña.

Me habló con frecuencia del estado en que se encuentra un alma que ama a su criador y solía decirme que «el espíritu termina por no darse cuenta de sí mismo y por olvidarse no sólo de sí sino de todos los demás seres». Y como le pidiese una aclaración de esto, me dijo: «El alma que comprende su pequeñez y que se convence de que todo lo bueno que posee proviene de su Creador se resigna tan perfectamente y se sumerge de una manera tan total en Dios que todas sus actividades se dirigen hacia Él y se ejercitan en Él. Ese alma no quiere salirse del centro en el cual ha encontrado la perfección de la felicidad y esta unión de amor aumenta diariamente en ella y la transforma, por así decirlo, en Dios, de manera que es incapaz de tener otros pensamientos, otros deseos u otro amor que no sea el de Él. Este es un amor que no puede desviarse de su objeto porque el alma sigue necesariamente a la voluntad divina y no hace nada ni desea nada fuera de la voluntad de Dios».

En esta unión del alma con Dios Catalina encontró otra verdad que ella enseñó de una manera constante a aquellas personas a quienes dirigía. El alma unida a Dios -decía- le ama en la misma proporción con que detesta la parte sensitiva de su propio ser. El amor de Dios engendra necesariamente el odio al pecado, y cuando el alma descubre que el germen del pecado se encuentra en sus propios sentidos y que es en ellos donde tiene sus raíces, no puede por menos que aborrecer a sus propios sentidos y tratar, no de destruirlos, por supuesto, sino de aniquilar el vicio que hay en ellos, cosa que no puede conseguir sin grandes y continuos esfuerzos. Esta raíz del pecado existirá eternamente, pues según San Juan, «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros» (San Juan, Ep. primera, 1, 8).

«Oh, eterna bondad de Dios -exclamaba Catalina- ¿qué has hecho? De las faltas sacas virtud, de las ofensas, perdón, y en lo vil y despreciable haces brotar los pimpollos del amor. Hijos míos, procurad tener un santo odio de vosotros mismos; este os hará humildes; os dará paciencia en las tribulaciones, moderación en la prosperidad, cautela en la manera de conduciros, y así os haréis gratos a Dios y a los hombres». Y agregaba: «-¡Ay! ¡Ay de aquella alma que no posee este santo odio, pues donde no existe este, reinará el amor hacia sí mismo, y el amor hacia sí mismo es la causa de todos los pecados y la raíz de todos los vicios!».

Esta misma doctrina se encuentra en las palabras que el Apóstol oyó en el cielo, cuando pidió al Señor que le librase de la tentación. «La fortaleza se perfecciona en la debilidad» y agrega: «Yo me glorío de mi debilidad para que el poder de Cristo pueda habitar en mí».

Por consiguiente podemos sacar en conclusión que las enseñanzas de Catalina tuvieron como fundamento la firme roca de la virtud, que es Jesucristo.

Capítulo X

De las admirables victorias que obtuvo sobre las tentaciones y de

su extraordinaria intimidad con Nuestro Señor 

El rey pacífico erigió la fortaleza del Líbano con el fin de defender a Jerusalén contra Damasco. El altanero príncipe de Babilonia, enemigo de la paz, montó en cólera, reunió sus ejércitos contra ella y ansió destruirla. Pero aquel que da y conserva la paz rodeó la fortaleza con magníficas e inexpugnables defensas y no sólo las flechas del enemigo resultaron impotentes sino que se volvieron contra los mismos que las lanzaban, y les dieron la muerte. De una manera análoga, cuando la antigua serpiente vio a Catalina, tan joven, subir a tan alto grado de perfección, se enfureció no tanto por ella misma sino por la gran cantidad de almas que por su intermedio habrían de salvarse, y por el gran beneficio que habrían de aportar a la Iglesia sus virtudes y sus enseñanzas. Por consiguiente buscó en su infernal malicia la manera de seducirla. Pero el Dios de misericordia que permitía tales ataques para aumento de la gloria de su esposa, dio a esta tan excelentes armas de combate que la guerra resultó más beneficiosa para su espíritu que la misma paz. Primero le inspiró el pensamiento de pedir a Dios el don de la fortaleza. Así lo hizo ella insistentemente durante algunos días y Dios en recompensa a sus plegarias, le dio las instrucciones siguientes:

«Hija, si quieres adquirir la fortaleza debes imitarme. Yo podía con mi divino poder haber frustrado los esfuerzos de Satanás y tomado otras medidas para anularlos, pero quiero instruirte mediante mis ejemplos y enseñarte a vencerle por medio de la cruz. Si quieres tener poder sobre tus enemigos, toma la cruz como salvaguardia. ¿No te han enseñado mis apóstoles que yo corrí con alegría hacia una muerte tan ignominiosa como la del Calvario? (Hebr. XII, 2). Acepta por consiguiente las pruebas y las aflicciones; súfrelas no sólo con paciencia sino con placer; son tesoros duraderos, pues cuanto más sufras por mí, más te parecerás a mí y, de acuerdo con las enseñanzas del Apóstol, cuanto más te parezcas a mí en los sufrimientos, más cerca estarás de mí en la gracia y en la gloria. Considera, por consiguiente, mi amada hija, en atención a mí las cosas amargas como si fuesen dulces y ten la seguridad de que tu fortaleza acrecerá siempre».

Catalina sacó tanto provecho de esta lección que posteriormente a ella sufrió las más duras pruebas con tanta alegría que, según me confesó, nada le servía de tanto consuelo como las penas y las aflicciones. Sufría cuando estaba privada de ellas, porque estaba segura de que eran las gemas preciosas que habían de enriquecer su corona celestial.

Cuando el Dios de los Cielos y de la tierra hubo provisto de tales armas a la que estaba predestinada a defender su causa, permitió que el enemigo avanzase y asaltase la fortaleza. El demonio la atacó por todas partes e hizo esfuerzos terribles por derribarla. Comenzó por las tentaciones más humillantes y las presentó delante de su imaginación no sólo durante el sueño sino por medio de excitantes fantasmas que desfilaban ante sus ojos y oídos atormentándola de mil distintas maneras. Estos combates son horribles de describir, pero la victoria que les siguió debe ser una fuente de alegría para las almas puras. Catalina combatió valerosamente contra sí misma mortificando su carne con una cadena de hierro que le hacía derramar sangre en abundancia. También aumentó sus vigilias hasta el extremo de privarse prácticamente del sueño.

Sus enemigos se negaron a retirarse, tomando la apariencia de personas que la compadecían y aconsejaban: «-¡Pobre criatura! -le decían-. ¿Por qué te torturas tan inútilmente? ¿Por qué pones en práctica semejantes mortificaciones? En el caso de que puedas seguir practicando esa vida, ¿no comprendes que estás destruyendo tu cuerpo y haciéndote, por consiguiente culpable del pecado de suicidio? Es necesario que renuncies a esas locuras; de lo contrario serás una víctima de ellas. Todavía puedes disfrutar del mundo; eres joven y estás todavía a tiempo para que tu cuerpo recupere las energías perdidas. Tú deseas agradar a Dios, pero recuerda que hubo muchas santas casadas, como Sara, Rebeca, Lía y Raquel. ¿No es una imprudencia el que hayas elegido un género de vida en el cual no puedes perseverar?».

A todos estos razonamientos Catalina opuso la oración y con respecto a la perseverancia, se limitaba a contestar: «-Confío en el poder del Señor; no en el mío». El demonio no pudo conseguir más. Con respecto a esta clase de tentaciones, ella dio una regla que es: Con el enemigo no debe discutirse nunca, porque él tiene gran confianza en vencernos con la sutileza de sus razonamientos.

Viéndose vencido, Satanás dejó a un lado los argumentos y adoptó un nuevo método de ataque, que consistía en perseguirla con sus aullidos e invitarla a tomar parte en sus abominaciones. En vano cerraba ella ojos y oídos; no le era posible apartar de sí esos horribles espectros y, para colmo de su aflicción, su divino esposo, que continuamente la visitaba para confortarla, parecía haberla abandonado dejándola sin ayuda visible ni invisible. De aquí que su espíritu estuviese sumido en profunda melancolía, aunque esto no era óbice para que cesase en sus austeridades ni en la práctica de la oración mental. A propósito de esto dio la siguiente regla a las almas a quienes servía de guía espiritual: Cuando el espíritu cristiano se da cuenta de que disminuye su fervor a consecuencia de alguna falta o de alguna tentación permitida por la Providencia, debe continuar sus ejercicios espirituales y multiplicarlos en lugar de dejarlos o acortar su intensidad.

Catalina, fiel a la inspiración del Señor, alentó un santo odio contra sí misma. «-¡Oh, tú, la más vil de las criaturas! -se decía-, ¿eres acaso digna de recibir consuelo de alguna clase? Trae a la memoria tus pecados; esto te hará un gran bien si quieres evitar la eterna condenación sufriendo durante el corto transcurso de tu vida estos dolores y esta obscuridad. ¿Por qué, entonces, te afliges? Si consigues escapar al infierno, Jesucristo te consolará durante toda la eternidad. No es la presente alegría el motivo que te ha inducido a servirle, sino la esperanza de poseerle eternamente en el Cielo. Yérguete; no abandones ninguna de tus piadosas prácticas y canta como mayor aliento las alabanzas de tu Criador». Así, con su humildad confundió al príncipe de las tinieblas y sacó fuerzas de los principios de la Sabiduría. Y como la habitación donde vivía parecía estar infestada por aquellos espíritus impuros, la dejó para permanecer todo el tiempo que le era posible en la iglesia, porque aquellas infernales obsesiones la atormentaban menos aquí.

Esta prueba continuó durante varios días hasta que estando entregada a la oración de vuelta de la iglesia, un rayo de luz proveniente del Espíritu Santo iluminó su alma trayendo a su memoria que poco tiempo antes había pedido al Señor el don de la fortaleza y Dios le había indicado la manera de conseguirla. Instantáneamente comprendió entonces cuál era la causa de sus terribles tentaciones y resolvió hacer frente a ellas con valor hasta que fuese voluntad de su divino esposo. En aquel momento un espíritu maligno, más malicioso que los otros, le dijo: «Pobre alma miserable, ¿qué es lo que vas a tomar sobre tus hombros? Comprende que no puedes pasarte toda la vida en este estado, porque nosotros te atormentaremos hasta el momento de tu muerte si no nos obedeces». Catalina, recordando el aviso que había recibido, le contestó: «He elegido el sufrimiento para consuelo mío y no sólo no me resultará penoso sufrir tales aflicciones y aun mayores por el amor de Jesús y durante el tiempo que a Él le plazca».

Apenas pronunciadas estas palabras, los demonios huyeron avergonzados por la derrota y una gran luz descendió del cielo llenando la habitación con un resplandor enceguecedor. En medio de aquella luz apareció Nuestro Señor Jesucristo tal como estuvo en la cruz cuando abrió las puertas del Cielo con el derramamiento de su sangre divina. «-Catalina, hija mía -le dijo- considera lo que he sufrido por ti y nunca te resultará penoso el sufrir por mí». Dicho esto, asumió una forma menos dolorosa con el fin de confortar a Catalina y le habló acerca de la victoria que ella acababa de conseguir. Ella, como lo hiciera San Antonio, le dijo: «-¿Señor, dónde estabas tú cuando mi corazón era tan atormentado? -Yo estaba en el medio de tu corazón -repuso el Señor. -Ah, Señor -replicó Catalina-, Tú eras la eterna verdad y yo me inclino humildemente ante tu majestad, pero ¿cómo puedo creer que estabas en mi corazón cuando este estaba lleno de tan detestables pensamientos? -¿Te dieron esos pensamientos agrado o dolor? -Una tristeza y pena excesivas. -Estuviste apenada y sufriste porque yo estaba oculto dentro de tu corazón. Si yo no hubiese estado allí, esos pensamientos habrían penetrado dentro de tu corazón y te habrían llenado de alegría, pero mi presencia te los hizo insoportables; tuviste la voluntad de rechazarlos porque estaban allí a pesar tuyo y precisamente porque no conseguías rechazarlos se te llenaba el alma de tristeza. Yo obré sobre tu alma y te defendí contra tu enemigo. Yo estaba dentro de ti y permití esos ataques porque podían resultarte útiles para tu salvación. Cuando hubo pasado el tiempo que yo había fijado para la prueba, te envié mi luz y las sombras del infierno se disiparon, porque el demonio no puede resistir la luz. ¿No fui yo quien te hizo comprender que esa prueba era conveniente para que adquirieses la virtud de la fortaleza y que era tu deber sufrirla con paciencia, pues haciéndolo así me darías placer? Porque tú la aceptaste de corazón, te libré al fin de ella con mi presencia. Lo que me agrada no  es la aflicción en sí misma sino la voluntad con que se soporta. Yo te creé a mi imagen y semejanza y después me asemejé a ti tomando tu naturaleza. Y nunca cesaré de hacerte cada día más parecida a mí mientras tú no me ofrezcas algún obstáculo; lo que hice durante mi vida mortal, continuaré haciéndolo en tu alma mientras dure tu existencia. Por consiguiente, mi hija amada, no es virtud tuya sino mía el que hayas combatido tan generosamente y merecido tan abundante gracia. En adelante te visitaré más frecuentemente y de una manera más familiar que antes».

La visión desapareció y Catalina quedó sumida en un gozo y una dulzura tales que no pueden expresarse con palabras; especialmente su corazón estaba embriagado de alegría por la manera como el Señor le había dicho: «Catalina, hija mía». Cuando contó a su confesor lo que sintió entonces, le pidió que se dirigiese a ella con las mismas palabras con el fin de renovar en su alma su inefable dulzura.

A partir de este momento su esposo celestial la visitó de una manera tan familiar que parecería increíble para quien no estuviese enterado de lo que había precedido. Pero el alma que conoce por experiencia que la bondad del Señor es superior a todo cuanto puede imaginarse, verá en lo que sigue cosas muy posibles y muy probables también.

El Señor se le aparecía con frecuencia y estaba largo tiempo en su compañía llevando consigo algunas veces a su Santa Madre, otras a Santo Domingo o a ambos juntos, a Santa María Magdalena, a San Juan Evangelista, a San Pablo y a otros santos, bien juntos, bien separados. Pero por lo general se aparecía solo y conversaba con ella como un amigo con otro en términos de la mayor intimidad. Me confesó ruborizada que Nuestro Señor recitaba salmos juntamente con ella mientras ambos paseaban por la habitación, como lo suelen hacer dos religiosos cuando recitan el oficio divino en parejas. La infinita benevolencia de Dios varía sus dones en cada uno de sus santos, de manera que su magnificencia se ponga de manifiesto tanto en los detalles como en la combinación de los mismos.

Una vez que he mencionado la recitación de los salmos, debo informar a mis lectores que Catalina sabía leer sin que nadie se lo hubiese enseñado. Ella misma me contó que habiendo resuelto aprender a leer con el fin de poder recitar las Horas Canónicas y seguir los oficios divinos, estudió el abecedario con una de sus compañeras. Pero después de haber dedicado inútilmente algunas semanas a este trabajo, le vino el pensamiento de conseguir del Cielo esta para no perder el tiempo que le ocuparía el aprendizaje. Una mañana, mientras estaba en oración, le dijo al Señor: «-Señor, si te es grato que yo aprenda a leer con el fin de poder recitar los oficios y cantar tus alabanzas, ten la bondad de enseñarme lo que yo no puedo aprender sola. En caso contrario, hágase tu voluntad; permaneceré en mi ignorancia y emplearé en la meditación el tiempo que Tú me permitas». Antes de que hubiese terminado esta plegaria, el Señor le enseñó tan bien que cuando se levantó del suelo donde estaba arrodillada leía cualquier manuscrito tan rápidamente y con tanta perfección como la persona más culta. Y lo que más asombro me causó fue que leía de corrido pero sin deletrear las palabras, pues apenas conocía las letras.

Catalina se hizo inmediatamente con un libro de horas canónicas y en él leía los salmos y todo lo que integra la composición de los oficios divinos. Era particularmente afecta a aquella frase tan frecuente en los mismos: Deus in adjutorium meum intende. La traducía y la repetía continuamente. Pero pronto hizo tales progresos en la meditación que gradualmente fue omitiendo las oraciones vocales y sus éxtasis se hicieron tan frecuentes que apenas podía recitar el Padrenuestro sin ser arrancada de sus sentidos exteriores para sumirse en la contemplación interna de las cosas celestiales.

Capítulo XI

De sus desposorios con Nuestro Señor y del milagroso anillo que recibió 

El alma de Catalina se enriquecía cada día más con la gracia del Salvador. Más que andar, volaba por los caminos de la virtud cuando concibió el santo deseo de llegar a un grado tan perfecto de fe, que nada pudiese en adelante separarla de su divino esposo, el único a quien su corazón ansiaba complacer. En consecuencia pidió a Dios que aumentase su fe haciéndola tan fuerte que pudiese resistir cualquier ataque del enemigo. Nuestro Señor le contestó: «-Yo te desposaré conmigo en la fe». Y cada vez que renovaba su petición recibía idéntica respuesta.

Un día, cuando se aproximaba el tiempo de cuaresma, en la época en que los cristianos celebran el Carnaval, dando un loco adiós a la carne que la Iglesia está en vísperas de prohibir, Catalina se retiró a su celda para gozar allí más íntimamente de su esposo mediante el ayuno y la oración. Entonces reiteró su ruego con más fervor que nunca y Nuestro Señor le contestó: «-Porque has renunciado al mundo, te has vedado el placer y me tienes a mí como el único deseo de tu corazón, tengo la intención de que mientras tu familia se está regocijando en fiestas profanas, se celebren los esponsales que te han de unir más y más a mi corazón. Voy, de acuerdo con mi promesa, a desposarme contigo en la fe». Estaba hablando nuestro Señor Jesucristo cuando la Santa Virgen apareció y con la gloriosa Madre de Dios, San Juan Evangelista, el apóstol San Pablo, Santo Domingo, el fundador de la orden y el santo profeta David tocando su arpa, de la que brotaban notas de celestial dulzura. La Virgen María tomó con su santa mano la derecha de Catalina y se la presentó a su divino hijo pidiéndole que se dignase desposarse con ella en la fe. El Salvador consintió con gran amor y le ofreció un anillo de oro adornado con cuatro piedras preciosas y en cuyo centro brillaba un magnífico diamante. Luego Él mismo lo colocó en el dedo de Catalina diciéndole: «-Yo tu criador y redentor me desposo contigo en la fe y tú permanecerás pura hasta que celebremos juntos en el Cielo las nupcias eternas del Cordero. Hija, ahora condúcete valerosamente; cumple sin temor las obras que mi Providencia ha de confiarte; tú estás armada con la fe y triunfarás de todos tus enemigos». La visión desapareció pero el anillo quedó en el dedo de Catalina. Ella le veía aunque era invisible para los demás. Ella me lo confesó ruborizándose y agregó que siempre lo tenía consigo y que nunca se cansaba de admirarlo. Hubo anteriormente una Catalina, reina y mártir, quien después de haber recibido el bautismo se desposó con Nuestro Señor. Aquí tenemos a una segunda, quien después de muchas victorias ganadas sobre la carne y el demonio, celebró también sus bodas con Jesucristo.

Admiremos las bellezas de este anillo y meditemos sobre su misterioso significado. ¿Qué cosa hay más fuerte que el diamante? Esta piedra resiste a todo por su gran dureza y penetra en el interior de la mayoría de los cuerpos sólidos. Nada como la sangre del cordero puede hacerla brillar tanto. De una manera análoga el corazón fiel triunfa sobre todas las dificultades por la fortaleza y solamente se rinde a la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Las cuatro piedras preciosas simbolizan las cuatro clases de pureza practicadas por Catalina: pureza de intención, pureza de pensamiento, pureza de palabra y pureza de obra. Estos esponsales me parecen a mí una confirmación de la divina gracia y el anillo fue una prenda de la misma para ella; no para los otros. Entre las tempestades del mar de la vida, estaba destinada a salvar un gran número de almas sin peligro para ella misma de perecer en el naufragio o en la tormenta. Los santos doctores explican por qué Dios frecuentemente revela por especial favor a sus predestinados que han de perseverar en su amor y su gracia. La razón es porque quiere colocarlos en medio de un mundo corrompido para gloria de su nombre y para la salvación de las almas. El día de Pentecostés recibieron los apóstoles una prueba evidente de su misión; también se le dijo a San Pablo: «Te basta mi gracia». Sufficit tibi gratia mea. (2 COR., XII, 9.) Catalina, aunque mujer, estaba destinada a ser un apóstol en el mundo y a convertir muchas almas y por consiguiente recibió una señal sensible de la gracia con el fin de que cumpliese con mayor fervor la divina misión que se le había confiado.

Lo más sorprendente en el caso de Catalina fue esta prueba, transitoria para otros, fue permanente y hasta visible para ella. Yo creo que Dios quiso que fuese así a causa de la debilidad propia de su sexo, la novedad de su misión y la perversidad de los tiempos   presentes donde las dificultades son mayores que en cualquier otro y que esto fue necesario para que ella pudiese mantenerse permanentemente en su santo acuerdo con el Señor.

Con esta primera parte de su historia termina su vida silenciosa y retirada. En la segunda veremos lo que hizo cuando le tocó actuar entre los hombres para gloria de Dios y la salvación de las almas. Su guía fue siempre Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Fin de la primera parte

 

Segunda parte

Capítulo I

Nuestro Señor ordena a Catalina que se dedique al bien del prójimo

Nuestro Señor había derramado a manos llenas sobre su esposa favorita las dulzuras de su gracia. Había ejercitado su espíritu en el combate y en la victoria; le había impartido sus admirables instrucciones y enriquecido con virtudes superiores. Un alma que brillaba con luz tan esplendorosa no podía permanecer oculta. La esposa estaba ya en condiciones de devolver con intereses los talentos que el Señor le había confiado. «-Abre para mí -se le dijo- las puertas de las almas de modo que yo pueda entrar en ellas. Abre el camino por donde mis ovejas irán en busca de alimento, del celestial tesoro de la verdad y de la gracia. Ábrelo para mí, hermana mía, por analogía de naturaleza; amiga mía, por la caridad interior; paloma mía, por la sencillez del espíritu; inmaculada mía, por la pureza de alma y cuerpo». Y Catalina respondió a este llamado, si bien muchas veces me confesó que, cuando el Señor le ordenaba dejar su celda y conversar con los hombres, experimentaba un dolor tan grande que le parecía estar a punto de rompérsele el corazón.

Después de la alianza mística que Nuestro Señor se dignó contraer con Catalina, la fue introduciendo gradualmente en la vida activa. No la privó, sin embargo, de sus comunicaciones celestiales sino que, por el contrario, las aumentó para ir conduciéndola lentamente a un más alto grado de perfección. Con frecuencia, en sus apariciones, después de haberle hablado de él y de su reino y de revelarle alguno de sus secretos, después de haber recitado los salmos con ella, le decía: «-Vete; es la hora de la comida; tus parientes van a ocupar su lugar en torno de la mesa. Ve a estar con ellos y luego volverás conmigo». Al oír estas palabras Catalina solía estallar en sollozos. «-Si he ofendido a tu majestad -decía-, aquí está mi cuerpo miserable; castígame inmediatamente; yo lo sufriré todo, pero no me hagas estar separada de Ti un solo instante. ¡Oh amado mío! ¿Qué tengo yo que hacer en la mesa? Tú sabes muy bien que yo me alimento con una comida, que esos con quienes me ordenas tomar asiento no conocen. ¿Es solamente en el pan donde el hombre encuentra su alimento? Las palabras que salen de tu boca ¿no comunican mayor vigor y más grandes energías al alma del peregrino? Tú sabes mejor que yo que he huido de la compañía de las criaturas para refugiarme en ti, mi Dios y mi Señor. Y ahora que he conseguido tu gracia a pesar de lo indigna que soy de ella, ¿debo abandonar este inestimable tesoro para mezclarme de nuevo en los asuntos del mundo, para caer otra vez en mi antigua ignorancia, acaso para hacerme indigna de ti? ¡Oh, no!, tu infinita bondad jamás me ordenará nada que pueda separar mi alma de ti». Y los sollozos la interrumpían, arrojándose entonces a los pies del Salvador con la esperanza de que él consintiese en que se quedase. Al llegar a este punto el Señor le hablaba si no con estas mismas palabras, al menos con su significado: «-Cálmate, mi amada hija; ten presente que tú debes cumplir toda justicia y hacer que mi gracia fructifique en los demás. Muy lejos de querer que te separes de mí, lo que deseo es unirme más y más a ti por medio de la caridad para con tu prójimo. Tú sabes que mi amor tiene dos mandamientos: amarme a mí y amar a tu prójimo. Pues yo quiero que cumplas con estos dos preceptos. No olvides que en tu juventud el celo por la salvación de las almas, que yo coloqué y fomenté en tu corazón, te llevó hasta acariciar la idea de disfrazarte de fraile predicador con el fin de trabajar así por la salvación de las almas. ¿Por qué, entonces, te admiras y te quejas de que yo te conduzca hacia donde deseabas ir y que fue la causa de que tomases el hábito de Santo Domingo, el celoso fundador de una orden, que tiene como finalidad la salvación de las almas?». Entonces Catalina decía: «-Señor, no se haga mi voluntad sino la tuya; yo no soy más que tinieblas y tú eres la luz; yo soy nada y tú eres; yo soy ignorancia y tú eres la sabiduría del Padre. Pero, permíteme que te pregunte cómo debo ejecutar tu mandato; mi sexo presenta un obstáculo: las mujeres no tenemos autoridad sobre los hombres y el decoro exige que no mantengamos relaciones frecuentes con ellos». Y Nuestro Señor le contestaba, como el arcángel San Gabriel, que todas las cosas son posibles para Dios: «-¿No soy yo el que hizo a la mujer y al hombre? Mi espíritu les da la vida a ambos; para mí no hay diferencia entre sexos y condiciones y tan fácil es para mí el crear un ángel como el más insignificante de los insectos, un gusano de la tierra como un nuevo firmamento. De mí se ha escrito (SAL. CXIII, 3) que yo hago lo que quiero y nada de cuanto la mente puede concebir es imposible para mí. Yo sé que es humildad y no espíritu de desobediencia lo que te mueve a hablar de esa manera y ahora quiero de ti que sepas que en estos tiempos el orgullo de los hombres se ha hecho tan grande especialmente de aquellos que se creen sabios y discretos, que mi justicia no puede ya resistirlos y está a punto de confundirlos mediante un justo juicio. Pero como la misericordia está en mí siempre al lado de la justicia, quiero antes darles un aviso saludable para que se reconozcan y se humillen como hicieron los judíos y los gentiles cuando yo envié a ellos a personas ignorantes, pero a quienes antes había llenado con mi divina sabiduría. Sí; yo les enviaré mujeres, ignorantes y débiles por naturaleza pero prudentes y poderosas con el auxilio de mi gracia para confundir su arrogancia. Si reconocen el estado de locura en que se encuentran, si se humillan, si se aprovechan de las instrucciones que les enviaré por medio de esos mensajeros débiles, pero fortalecidos por mis dones, tendré misericordia de ellos. Pero si menosprecian estos saludables avisos, les enviaré tantas humillaciones que se convertirán en el ludibrio de todos. Este es el justo castigo que yo administro a los orgullosos: cuanto más se han elevado, más grande será la caída. En cuanto a ti, no tardes en obedecerme; quiero que aparezcas en público. Yo te acompañaré en todas las ocasiones; continuaré visitándote y te diré lo que tienes que hacer».

Oídas estas palabras, Catalina se postró a los pies del divino Salvador e inmediatamente salió de su celda para dirigirse a la habitación donde estaba reunida su familia.

Catalina estaba corporalmente con las criaturas, pero en espíritu jamás dejaba de permanecer con el Criador. Todo cuanto había visto y oído era un peso para ella. La fuerza de su amor le hacía largas como años las horas que pasaba entre los hombres y retornaba a su celda tan pronto como le era posible, con el fin de encontrarse allí con Aquel por quien suspiraba su corazón. Animada por el deseo de unirse cada día más íntimamente con el objeto de su amor, tomó la resolución de recibirlo lo más a menudo que le fuese posible en la sagrada comunión, y Dios la preparaba diariamente para la misión que le había destinado en favor de la salvación de las almas. Una vez que hubo retornado al seno de la familia, resolvió no estarse sin hacer nada, y se dedico de nuevo a los trabajos de la casa.

Capítulo II

Que trata de algunas cosas maravillosas que ocurrieron al comienzo de las relaciones de Catalina con el mundo, de su trabajo por socorrer las necesidades de los pobres 

Catalina resolvió de conformidad con la voluntad de su divino esposo vivir de manera que pudiese ser útil al prójimo y capaz de inducirlo a la práctica de las virtudes. Por consiguiente se dedicó a la práctica de la humildad y gradualmente se consagró a las obras de caridad, sin permitir, por supuesto, que nada de esto fuese obstáculo para sus fervientes oraciones y extraordinarias penitencias. Al mismo tiempo realizaba los menesteres más humildes de la casa como barrer, lavar platos y demás trabajos de cocina. Cuando la criada estaba enferma, ella la suplía por completo en su trabajo y hasta encontraba el medio de atender a la misma sirvienta en su enfermedad. Sin embargo estas múltiples ocupaciones no hicieron que Catalina abandonase a su divino esposo. Estaba tan íntimamente unida a él que ningún acto externo, ninguna fatiga corporal eran capaces de distraerla de sus deliciosas conversaciones interiores. Sus éxtasis se hicieron más frecuentes. Tan pronto como el pensamiento de Jesús penetraba en su mente, el espíritu parecía retirarse de la porción sensitiva; sus extremidades se enfriaban, se contraían y quedaban insensibles. Durante estos éxtasis, frecuentemente se elevaba del suelo como si el cuerpo fuese persiguiendo al alma y demostrando el poder del espíritu sobre la materia al ser arrastrada esta por aquel.

Sabiendo que la mejor manera de agradar al divino esposo es ser caritativo con el prójimo, el corazón de Catalina ardía en deseos de socorrer todas sus necesidades. Pero habiendo prometido observar los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, no podía disponer de lo que pertenecía a otros sin su consentimiento. Por consiguiente pidió a su padre que le permitiese usar en beneficio de los necesitados de una parte de las riquezas que había otorgado Dios a su familia, a lo que el padre accedió de muy buen grado porque veía con toda claridad que su hija estaba avanzando por el camino de la perfección. Y no sólo le dio el permiso, sino que anunció a todos los de la casa, la concesión que había hecho a su hija: «Que nadie impida a mi querida hija dar limosnas; le doy completa libertad y si ella quiere, puede dar todo lo que hay en esta casa».

Catalina usó en forma casi literal el permiso que había recibido. Sin embargo, tenía el don del discernimiento y daba solamente a aquellos que sabía se encontraban en verdadera necesidad, y cuando encontraba a uno de estos no esperaba que se pidiese, sino que ella se le adelantaba. Estaba en relación con algunas familias pobres que vivían cerca de su casa y que tenían vergüenza de pedir limosna a pesar de la gran necesidad en que se encontraban. Ella, imitando a San Nicolás, se levantaba por la mañana muy temprano y les llevaba pan, vino, aceite y cualquier otra cosa que necesitaban. Como no avisaba antes, las puertas estaban cerradas por lo general, pero Dios se las abría de una manera milagrosa. Dejaba las provisiones y volvía a cerrar la puerta sin hacer ruido, volviendo después a casa sin que nadie se hubiese enterado de la buena obra que acababa de realizar.

Un día que estaba enferma y le dolía todo el cuerpo de pies a cabeza hasta tal punto que sentía serle imposible dejar la cama, supo que una pobre viuda que vivía en las inmediaciones se encontraba en la miseria hasta tal extremo que no disponía ni de un pedazo de pan para dar a sus hijitos. Su sensible corazón se conmovió extraordinariamente y durante toda la noche estuvo pidiendo a su divino esposo que le diese suficientes fuerzas para levantarse y socorrer a aquella desdichada. Antes de ser de día se levantó, corrió a la despensa, llenó una bolsita con harina, tomó una gran botella de vino, una jarra llena de aceite y otros alimentos que encontró. Con gran esfuerzo consiguió llevar todas estas cosas a su celda, pero estaba tan agotada por el esfuerzo que había realizado que le pareció imposible poder llevar el socorro a la casa de la viuda. Sin embargo, sus piadosos deseos pudieron realizarse, pues de pronto se sintió invadida por una energía sobrenatural, que le permitió llevar a efecto la obra comenzada.

Sus enfermedades no seguían el orden de la naturaleza; Dios disponía su curso de acuerdo con su divina voluntad, como veremos más adelante.

A pesar de las dolencias que sufría continuamente, Catalina imitó más de una vez las matinales caridades de San Nicolás. A continuación veremos cómo repitió la hermosa limosna de San Martín. Un día, mientras estaba en la iglesia de los frailes predicadores de Siena, se le acercó un hombre pidiéndole una limosna por el amor de Dios. Ella dijo al pordiosero que la acompañase hasta su casa, prometiéndole ayudarle con lo que pudiese, pues en aquel momento no llevaba consigo ninguna moneda que darle. Pero él, que sin duda alguna sólo era pobre en la apariencia, le contestó: «Si usted tiene algo que darme, démelo inmediatamente porque no puedo esperar». Catalina no quiso dilatar el cumplimiento de la buena obra, y buscó la manera de complacerle. Mientras pensaba en esto, sus ojos se fijaron en una crucecita de plata que llevaba sujeta a una de esas cuerdas con nudos que sirven para recitar la oración dominical y que por eso se llaman «Pater Noster», rompió la cuerda y le entregó la cruz, que el hombre aceptó complacido, retirándose inmediatamente después de dar las gracias apresurado. Esa misma noche, mientras Catalina, de acuerdo con su costumbre, estaba en oración, se le apareció el Salvador del mundo, teniendo en la mano la crucecita toda adornada con piedras preciosas, y le dijo: «-Hija, ¿reconoces esta cruz? -La reconozco bien -contestó Catalina- pero no era tan hermosa cuando me pertenecía. -Ayer -prosiguió el Salvador- tu corazón me la dio como oferta de amor y estas piedras preciosas representan ese amor. Y ahora te prometo que en el día del juicio, en presencia de los ángeles y de los hombres, yo te la devolveré tal como ahora está para que se convierta en tu corona de gloria; y en ese solemne momento en que yo pondré de manifiesto la justicia y la misericordia de mi padre, no olvidaré nada de cuanto has hecho por mí». Dichas estas palabras, desapareció dejando a Catalina absorta en sus sentimientos de gratitud y animada a seguir practicando la virtud de la caridad en forma análoga, como más adelante veremos.

El Señor, encantado con la caridad de su fiel esposa, la tentaba para ejemplo nuestro y al mismo tiempo la alentaba para mayores cosas. Un día que estaba en la iglesia después de haberse recitado la hora de «tercia», Catalina se quedó sola con una de sus compañeras para orar más largamente. Cuando salía de la capilla de las hermanas para dirigirse a su casa, se le apareció Nuestro Señor bajo la figura de un hombre joven que estaba a medio vestir. Tenía el hombre, un forastero, a juzgar por su aspecto, unos treinta y dos o treinta y tres años de edad, y le pidió en el nombre de Dios que le diese algo con qué vestirse. Catalina, cada día más inflamada por el deseo de hacer limosna, le dijo: «-Espere un momento, hermano, mientras vuelvo a la capilla; después le daré lo que me pide». Y retornando a la capilla, se quitó, con la ayuda de su compañera, una prenda de ropa sin mangas que llevaba debajo del vestido para protegerse contra el frío y volvió con ella llena de alegría para dársela al pobre. Este no quedó satisfecho al parecer, pues le dijo: «-Usted, señora, me da una prenda de lana, pero ¿no podría darme algo de hilo para cubrirme? -Sígame -contestó al punto Catalina- y satisfaré su pedido». Nuestro Señor siguió a su esposa sin darse a conocer, por supuesto, y cuando llegaron a la casa, Catalina corrió a la habitación donde su madre tenía guardada la ropa interior de la familia, tomó dos camisas sin mangas y se las llevó al exigente mendigo, el cual dio muestras de no estar todavía satisfecho. «-Pero, señora -observó-, ¿qué voy a hacer con estas prendas de ropa que carecen de mangas con que resguardarme los brazos contra el frío? Deme unas mangas y entonces habrá hecho una obra de caridad completa». Esta demanda, en lugar de molestar a Catalina, despertó en ella nuevos deseos de ejercitar su caridad con los necesitados. Entró nuevamente en la casa y después de mucho rebuscar por todas partes, encontró colgada de una percha una camisa que pertenecía a un criado de la casa y, separando apresuradamente las mangas, se las llevó al hombre.

Pero Aquel que había tentado a Abraham, insistió aún diciendo: «-Ahora, señora, me ha vestido usted por completo y le doy las gracias en el nombre de Aquel por quien lo ha hecho; pero uno de mis compañeros que está en el hospital, también necesita vestido, ¿no podría darme algo para llevárselo de parte suya?». Las exigencias del mendigo no consiguieron enfriar la caridad de Catalina, quien buscó también la manera de satisfacer la necesidad de la persona que estaba en el hospital. Pero recordó que todos los habitantes de la casa, con excepción de su padre, se quejaban de su liberalidad y ponían sus pertenencias bajo llave con el temor de que se las diese a los pobres. Ya había dado las mangas que pertenecían al sirviente, el cual estaba bastante necesitado por cierto, razón por la cual no se había atrevido a dar la camisa entera. Entonces empezó a pensar si se desprendería de la única prenda de ropa que tenía ella sobre sus carnes. La caridad le decía que sí; la modestia que no. La caridad triunfó por fin, pero en el momento de llevar a la práctica su resolución, pensó que si salía a la puerta sin vestir, alguien podía verla y seguramente quedaría escandalizado. Entonces habló al pobre de esta manera: «-Vea, buen hombre, si me fuese posible quedarme sin vestido, de muy buena gana le daría el que llevo encima y que es el único que tengo. Pero, como no puedo hacerlo y en este momento no me encuentro en condiciones de darle otro, le ruego me disculpe. Tenga la seguridad de que si pudiera, le daría todo lo que tengo». Al oír esto, el pobre sonrió y le dijo: «-Ya veo que usted me ha dado todo cuanto puede darme. Muchas gracias y adiós». Mientras se alejaba, Catalina creyó entrever por algunos detalles que se trataba del huésped celestial a quien tantas veces recibía y que tan familiarmente solía conversar con ella. Entonces su corazón se turbó, inflamándose en amor hacia su divino esposo, pero la humildad intervino haciéndole presente que ella era indigna de semejante favor y sin pensar más en lo ocurrido, prosiguió sus piadosas prácticas cotidianas.

A la noche siguiente, mientras Catalina estaba dedicada a sus oraciones, el Salvador del mundo, Nuestro Señor Jesucristo, se le apareció bajo la figura del pobre a quien ella había socorrido, teniendo en la mano la prenda de ropa que recibiera de sus manos ricamente bordada con hermosas perlas y resplandecientes piedras preciosas. «-Hija mía muy amada -le preguntó-, ¿reconoces esta prenda?». Y al contestar ella afirmativamente, pero que no se la había dado tan ricamente adornada, nuestro Salvador agregó: «-Ayer tú me diste esto con gran amor; tu caridad me vistió librándome de la ignominia de la desnudez. Ahora te entregaré, sacándolo de mi propio cuerpo, un vestido que será invisible para los hombres, pero no para ti y que te preservará tanto del frío del cuerpo como del alma hasta el día en que yo te vista de gloria delante de los santos y de los ángeles». Y terminado de decir esto, sacó de la herida de su adorable costado una vestidura teñida con el color púrpura de su preciosa sangre y que brillaba intensamente a la luz, lo colocó sobre ella con sus propias sagradas manos y dijo por fin: «-Te entrego sobre la tierra esta vestidura, símbolo y prenda de tu derecho a la gloria, que será tuya en el cielo». La visión desapareció.

La eficacia de esta divina vestidura fue tal no solamente para el espíritu de Catalina sino para el mismo cuerpo, que a partir de este momento no llevó más que este vestido tanto en verano como en invierno, sin que tuviese necesidad de agregar más para resguardarse del frío ni aun en los días más crudos y desapacibles del año. Ella misma me confesó muchas veces que nunca sentía el frío, pues su milagroso vestido la protegía en tal forma que jamás sentía la necesidad de ponerse más abrigo.

Detengámonos un instante para meditar en los merecimientos de esta fiel sierva del Señor. Sigue en la erogación de sus limosnas secretas las huellas de San Nicolás e imita al glorioso San Martín en su manera personal de practicar la virtud de la caridad para con el prójimo. No sólo se le aparece el Señor para darle las gracias sino que la Verdad infalible le hace la formal promesa de una recompensa eterna y le hace entrega de un signo visible de la alegría que sus limosnas han producido en Aquel que es el dador por excelencia. También le da la seguridad de su perseverancia final y distintamente le revela el secreto de su predestinación y del esplendor de su recompensa. El Señor no concedió semejantes revelaciones a los santos arriba mencionados a pesar de haber llevado a cabo numerosos actos de caridad. Tales preferencias no deben ser apreciadas con ligereza, pues dan al alma la certidumbre de su salvación y la llenan de inexpresable alegría y tranquilidad. La seguridad de poseer el Cielo la excita a la práctica de todas las virtudes; aumenta su paciencia, su fortaleza, su celo por la realización de obras piadosas juntamente con las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad. Lo que aparecía difícil se hace fácil; el alma puede hacerlo todo por el amor de Aquel que le ha revelado su predestinación a la gloria. Ya hemos tenido pruebas de lo que acaba de decirse; pero a medida que avancemos en la vida de Catalina, estas pruebas se irán haciendo más numerosas y más extraordinarias.

En otra oportunidad, Catalina, siempre inflamada con el fuego de la compasión hacia sus semejantes, supo que una persona pobre, que voluntariamente se había desprendido de sus riquezas por el amor a Jesucristo, se encontraba a punto de perecer de hambre. Deseosa de alimentar a Cristo en sus pobres, puso unos huevos en una bolsita de lienzo y la cosió debajo del vestido. Cuando estaba cerca de la casa donde vivía aquella persona, entró en una iglesia para orar y tan pronto como se encontró aquí, quedó sumida en profundo éxtasis como le ocurría siempre que entraba en la casa del Señor. Perdió el uso de los sentidos y se elevó sobre el suelo. Al volver de aquel estado sobrenatural cayó precisamente sobre el lado donde llevaba cosida la bolsita con los huevos. En la misma bolsita había puesto un dedal grande de metal; este se partió en tres pedazos, mientras que los huevos depositados allí por la caridad de Catalina, quedaron intactos. Durante varias horas estuvieron sosteniendo el peso del cuerpo de la esposa del Señor sin que sus frágiles cáscaras sufriesen desperfecto alguno.

La caridad de Catalina también glorificó a Dios por medio de milagros. El siguiente hecho maravilloso fue presenciado por más de veinte personas. Yo se lo oí contar a Lapa, su madre, a Lisa, su cuñada y a fray Tomás, su confesor. Durante el tiempo en que gozó de amplio permiso para dar a los pobres, ocurrió que el vino de una vasija que estaba usando la familia para el consumo de la casa, se echó a perder. Catalina, que siempre que se trataba de dar a los pobres, quería siempre dar de lo mejor, bien fuese vino, pan o alimentos de cualquier clase, sacó vino bueno de otra vasija que nadie había tocado y empezó a distribuirlo diariamente. El contenido de este casco, de acuerdo con su cabida podía bastar para el consumo de la familia durante quince o veinte días, y esto administrando económicamente su contenido. Pues bien, antes de que la familia empezase a sacar vino de él ya Catalina había estado haciéndolo durante mucho tiempo y en gran cantidad, pues ninguno de los de la casa estaba autorizado para poner coto a sus caridades. La persona encargada de la bodega empezó a sacar vino de este casco y al mismo tiempo Catalina hacía lo propio, ahora con más liberalidad que antes, una vez que ya no era ella sola quien lo hacía y por consiguiente habría menos quejas en la familia por el despilfarro. No solamente quince o veinte días sino un mes y más transcurrieron sin que se notase disminución aparente en el contenido del casco. Los hermanos de Catalina y los sirvientes de la casa contaron al padre el hecho portentoso y todos quedaron llenos de asombro al ver que la misma cantidad de vino satisfacía tan ampliamente a las necesidades de la casa y a las limosnas de Catalina. Y no solamente duraba el vino sino que era de tan excelente calidad que ninguno de ellos recordaba haber gustado vino tan bueno. Tanto la calidad como la cantidad eran realmente maravillosas y todos se aprovechaban de aquel vino prodigioso sin poder explicarse el fenómeno tanto en lo referente a la clase como a la inagotable cantidad del mismo. Catalina, que era la única persona al tanto del secreto, sacaba continuamente del inagotable depósito y se lo repartía sin restricción a cuantos pobres podía encontrar; sin embargo, el vino continuaba fluyendo y ni su aroma ni su paladar no cambiaban. Así pasó otro mes y luego un tercero y todo seguía lo mismo. Por fin llegó la época de la vendimia y fue preciso preparar los cascos para la nueva cosecha. La gente encargada de esta tarea estaba deseosa de vaciar el maravilloso tonel para llenarlo con el mosto que ya fluía de la prensa, pero la divina munificencia no estaba todavía cansada; se prepararon otras vasijas para trasvasar su contenido, pero todas resultaron insuficientes. El hombre que tenía a su cargo las tareas de la vendimia ordenó por fin que vaciasen el inagotable recipiente y lo llevasen al lugar donde estaba la prensa para llenarlo y los criados de la casa contestaron que acababan de llenar una gran vasija con el vino que contenía, el cual estaba en perfectas condiciones, fuerte y perfectamente clarificado y que por consiguiente aún debía quedar una buena cantidad. Enojado porque no se cumplía su orden al pie de la letra, el hombre ordenó que tirasen el vino que había, abriesen el tonel y lo preparasen para la recepción del vino nuevo, pues no se podía esperar un minuto más. Obedeciendo esta orden, abrieron el casco, de donde hasta la víspera había estado manando un vino delicioso como inagotable, y vieron que su interior estaba tan seco que abiertamente se veía la imposibilidad de que hubiese contenido cualquier clase de líquido desde mucho tiempo atrás. Todos quedaron mudos a consecuencia del asombro, recordando la abundancia y la calidad del vino que hasta el día anterior habían estado sacando de él. Este milagro fue propalado por toda la ciudad de Siena y está probado por el testimonio de las personas que por aquel entonces residían en la casa de Catalina.

 

 
Escrita por Beato Raimundo de Capua

Texto extraído de

Dominicos.net

Iconografía interior

Grafía de ermitaño en oración

Al alba, la oración matutina es salmodia de lenta cadencia.

Sentidas y penetrantes, las palabras me develan significados nuevos. Terminando ya la alabanza, prorrumpen a coro luego de un introito individual, con el ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores!

Repiten la oración una y otra vez, no supe cuantas, pero salí de la oquedad con ella embebida en todo mi ser.

En lenta procesión camina cada uno hasta su ermita, llevando el cirio encendido correspondiente al día.

Mientras la claridad avanza, la quietud se adueña nuevamente del valle, salvo por las pájaros, que innumerables se escuchan por doquier. Pero sus cantos no son ruido sino alabanza, porque todos enfilan sus trinos hacia el sol y no he conocido yo nunca modelo mas perfecto de adoración amante.

Nosotros, a diferencia de las aves, conviviendo a diario con el sol, desapercibimos su presencia, perdiendo la sacralidad que su luz entraña. Viva manifestación exterior del espíritu vivificante que a todo alienta, como la gracia, el resplandor del astro cobija o inflama y aunque oculto a veces, omnipresente yace.

El arroyo lleva un agua muy fría y  transparente, me duelen las manos agarrotadas luego del lavado y no acierto a concebir como pueden allí ellos, bañarse íntegros sin gemido ni temblor.

Siguiendo el sendero lateral llego al horno de barro, cocina del pan que diariamente se reparte entre todos los hermanos.

El monje encargado apila leña elevando el montículo y lo hace muy despacio y sin sonido; mas que leños pareciera transportar cálices o sagradas formas a juzgar por la reverencia que revelan sus modos.

El solitario que labra la huerta parece imbuido del mismo carisma gestual. Curiosamente, me informan que no son labores rotativas sino vitalicias y que cocinero y hortelano allí se santifican. Sus ermitas son mas pequeñas y están algo separadas del conjunto.

Es que, como me dijo después el guía de todos ellos… “la oración enhebra los movimientos del corazón con los respiratorios y fluye hacia los miembros. En Su presencia todo gesto es sacro y la atención reverente permite escuchar sus pasos a la hora de la brisa.”

El resto de los consagrados trabaja en soledad el oficio iconográfico cuyo aprendizaje se ha efectuado previamente a la profesión de los votos. El taller del maestre oficio esta ubicado en el pequeño poblado equidistante entre ciudad y yermo.

Tres o cuatro veces al año visita las ermitas, recogiendo los trabajos efectuados y haciendo las correcciones necesarias, aprovechando también para abastecer de material a sus instruidos. Este ermitaño urbano, artífice de belleza santa, viene a ser también un maestro de novicios, porque sin su aprobación nadie será admitido.

La iconografía es el único trabajo manual a excepción del cultivo y la cocina; y parte importante de la dirección espiritual consiste en asignar la imagen que cada eremita plasmará en la madera.

“Se trata de dejar que fluya el Santo Espíritu, para que informando las manos de cada monje se exprese a su través. Terminar un icono implica haber asimilado algunas de las virtudes que emanan de la imagen.

Por eso no hay un tiempo establecido para la realización de cada uno. Nuestra dirección espiritual combina la morfología con la ascesis de modo que los iconos resulten escalones en nuestra santa escala. Por eso, te será difícil encontrar iconos de Nuestra Señora o del Hijo de Dios. Empezamos por los santos, mas accesibles a nosotros a través de alguna virtud”.

Mientras me entero de estos pormenores, advierto las estaciones del vía crucis señalizadas en el atajo. Haciendo honor al clima de montaña, cambia repentinamente la luminosidad del día y comienza a llover mansa pero abundantemente. Nos resguardamos bajo un árbol tupido y quedamos en silencio. Las ermitas se difuminan y todo el paisaje parece diluirse tras un sonoro velo.

Mientras el cuerpo se va mojando, se me dulcifica el corazón atravesado por el hermoso momento y se me antoja la lluvia similar a la gracia que inundándolo todo, a todos nos redime.

¡Oh Señor… que hermoso eres!

Link:

Aproximación a una Regla de Vida

Guía Espiritual

(Fragmento)


El camino a la paz interna en todas las cosas
es conformarse al placer y la disposición de la voluntad divina.

Aquellos que en todas las cosas tienen éxito y que las cosas les suceden de acuerdo con sus deseos, no han llegado a conocer este camino: No conocieron el camino de la paz (Rom 3:17). Y por lo tanto llevan una vida dura y amarga, siempre ansiosos y de mal humor, sin pisar el camino de la paz, el cual consiste en la conformidad total a la voluntad de Dios. Esta conformidad es el dulce yugo que este PRÓLOGO nos introduce, a las regiones de paz interna y serenidad. De esta manera podemos saber, que la rebelión de nuestra voluntad es la razón principal de nuestra inquietud; y que porque no nos sometemos al dulce yugo de la voluntad divina, sufrimos tantas dificultades y problemas. ¡Ay alma! Si nos sometemos a la voluntad divina, y a toda su disposición, ¡qué tranquilidad vamos a sentir! ¡Qúe paz tan dulce! ¡Qué serenidad interior! ¡Qué felicidad suprema, ferviente felicidad! Esta es entonces la esencia de este libro. Espero que sea la voluntad de Dios darme su luz divina, para poder descubrir las partes secretas de este camino interno, y felicidad principal de paz perfecta.

GUÍA ESPIRITUAL

LIBRO  I

CAPITULO I

Para que Dios descanse en el alma,
se ha de pacificar siempre el corazón en cualquier inquietud,
tentación o tribulación.

Has de saber que es tu alma el centro, la morada y reino de Dios; pero para que el gran rey descanse en ese trono de tu alma, has de procurar tenerla limpia, quieta, vacía y pacífica. Limpia de culpas y defectos, quieta de temores, vacía de afectos, deseos y pensamientos, y pacífica en las tentaciones y tribulaciones.

Debes, pues, tener siempre pacífico el corazón para conservar puro ese vivo templo de Dios, y con recta y pura intención has de obrar, orar, obedecer y sufrir sin ningún tipo de alteración cuanto el Señor considere enviarte. Porque es cierto que por el bien de tu alma y tu provecho espiritual, Dios ha de permitir al envidioso enemigo que turbe esa ciudad de quietud y trono de paz con tentaciones, sugestiones y tribulaciones, y por medio de las criaturas, con penosas molestias y grandes persecuciones.

Sé constante y pacifica tu corazón en cualquiera inquietud que te ocasionaren estas tribulaciones. Entra allá adentro en tu interior para vencerlas, que allí está la divina fortaleza que te defiende, te ampara y por ti pelea. Si un hombre tiene una fortaleza segura, no se inquieta aunque le persigan los enemigos, porque al entrar allá dentro, quedan burlados y vencidos. El castillo fuerte para triunfar sobre tus enemigos visibles e invisibles, y sobre todas tus acechanzas y tribulaciones, está dentro de tu misma alma, porque allí reside la ayuda divina y el socorro soberano; entra allá dentro y todo quedará quieto, seguro, pacífico y sereno.

Tu principal y continuo ejercicio ha de ser pacificar ese trono de tu corazón para que repose en él el soberano rey. El modo de pacificarlo ha de ser entrándote dentro de ti mismo por medio del recogimiento interior . Todo tu amparo ha de ser la oración y recogimiento amoroso en la divina presencia. Cuando te vieres más combatido, retírate a esa región de paz, donde hallarás la fortaleza. Cuando estés más temeroso, recógete a ese refugio de la oración, única arma para vencer al enemigo y sosegar la tribulación. No te has de apartar de ella en la tormenta, hasta que experimentes, como otro Noé, la tranquilidad, la seguridad y serenidad, y hasta que tu voluntad se halle resignada, devota, pacífica y animosa.

Finalmente, no te aflijas ni desconfíes cuando estés temeroso; él vuelve a aquietarte siempre que te alteres, porque esto es todo lo que quiere este divino Señor de ti, para reposar en tu alma y hacer un rico trono de paz en ella, que busques dentro de su corazón, por medio del recogimiento interior y con su gracia divina, el silencio en el bullicio, la soledad en la compañía, la luz en las tinieblas, el olvido en el agravio, el aliento en la cobardía, el ánimo en el temor, la resistencia en la tentación, la paz en la guerra y la quietud en la tribulación.

CAPITULO II

Aunque el alma se vea privada del discurso,
debe perseverar en la oración y no afligirse,
porque esa es su mayor felicidad.

Te hallarás como todas las demás almas a quienes el Señor llama al camino interior, llena de confusión y dudas por haberte faltado el discurso en la oración.  Te parecerá que ya Dios no te ayuda como antes, que no es para ti el ejercicio de la oración, que pierdes el tiempo, pues no puedes, aun con fatiga, hacer un solo discurso como solías.

¿Qué aflicciones y perplejidades te causará esta falta de discurso? Y si en esta ocasión no tienes un padre espiritual experimentado en el camino místico, crecerá en ti la pena y en él la confusión. Juzgará que no está bien dispuesta tu alma, y que para la seguridad de tu conciencia tienes necesidad de una confesión general, y no se sacará más de esto que la confusión de ambos. ¡Oh, cuántas almas son llamadas al camino interior, y en vez de guiarlas y adelantarlas los padres espirituales, por no entenderlas les detienen en su curso y las arruinan! Debes, pues, persuadirte, para no volver atrás cuando te faltare el discurso en la oración , que ésa es tu mayor felicidad, porque es señal clara que el Señor te quiere hacer caminar por fe y en silencio en su divina presencia, cuya senda es la más provechosa y la más fácil. Porque con una sencilla vista o amorosa atención a Dios, se representa el alma como un humilde mendigo delante de su Señor, o como un niño sencillo se arroja en el suave y seguro seno de su amada madre. Así lo dijo Gerson:…me haya entregado durante cuarenta años a la lectura y a la oración, nada he encontrado más eficaz y provechoso para el logro de la teología mística que éste: que nuestro espíritu llegue a ser ante Dios como pequeñuelo y mendigo.

No sólo es esta oración la más fácil, pero es también la más segura, porque está libre de las operaciones de la imaginación, la cual siempre está sujeta a los engaños del demonio y a los movimientos del humor melancólico y de discursos, en los cuales el alma fácilmente se distrae, y con la especulación se enmaraña mirándose a sí misma.

Queriendo Dios enseñar a su caudillo Moisés (Éxodo 24:15) y darle las tablas de piedra con la ley divina escrita, le llamó a la falda del monte, en cuyo instante, estando Dios en él, el monte quedó tenebroso, rodeado de nubes oscuras y densas, y Moisés quedó inerte, sin saber ni poder pensar nada. Después de siete días, Dios mandó a Moisés subir a lo alto del monte, donde se le manifestó glorioso y le llenó de gran consuelo. (Éxodo 38:18-21 y 34:6)

Así al principio, cuando Dios quiere, de modo extraordinario, conducir el alma a la escuela de las divinas y amorosas noticias de la ley interior, la hace caminar con tinieblas y sequedades para acercarla a sí, porque sabe muy bien la Divina Majestad que para llegarse a él y entender los divinos documentos, no es el medio el del esfuerzo propio y del discurso, sino el de la resignación con silencio.

¡Qué grande ejemplo nos dio el patriarca Noé! Después de haberle tenido todos por loco, y estar en medio de un indómito mar, inundado por todo el mundo, sin velas ni remos, rodeado de animales feroces dentro del arca cerrada, caminó con sólo la fe, sin saber ni entender lo que Dios quería hacer de él.

Lo que a ti más te importa (oh alma redimida), es la paciencia y no dejar la empresa de la oración , aunque no puedas aumentar tus razonamientos ; camina con fe firme y con el santo silencio, muriendo en ti mismo con todas tus habilidades naturales, que Dios es quien es, y no cambia, ni puede errar, ni querer otra cosa más que tu bien. Claro está que quien va a morir, es seguro que va a sentir dolor; pero ¡qué bien empleado tiempo el estar el alma muerta, muda y resignada en la divina presencia, para recibir sin impedimento las influencias divinas!

Los sentidos no son capaces de recibir los beneficios divinos; así, si tú quieres ser feliz y sabio, calla y cree, sufre y ten paciencia, confía y camina, que más te importa el callar y dejarte llevar de la mano divina que cuantos bienes hay en el mundo. Y aunque te parecerá que no haces nada y que estás inactivo, estando así, mudo y resignado, el fruto es infinito.

Considera la bestia vendada dando vueltas a la rueda del molino, que si bien no ve ni sabe lo que hace, obra mucho en moler el trigo, y aunque no lo pueda probar, su dueño obtiene el fruto y lo prueba. ¿Quién no va a creer que después de tanto tiempo que está la semilla debajo de la tierra, que ésta no se muera? Y después se ve salir, crecer y multiplicar. Lo mismo hace Dios en el alma cuando la priva de la consideración y discurso, pues cuando ella piensa que no está haciendo nada y que está perdida, con el tiempo se halla mejorada, despegada y perfecta, sin haber jamás esperado tanta dicha.

Procura, pues, no afligirte ni volver atrás, aunque no puedas discurrir en la oración; sufre, calla y ponte en la presencia divina; persevera con constancia y fía de su infinita bondad, que te ha de dar la fe constante, la verdadera luz y la divina gracia. Camina a ciegas, vendado, sin pensar ni discurrir; ponte en sus manos amorosas y paternales, sin querer hacer otra cosa que su divina voluntad.

Miguel de Molinos (1627 – 1697)

Texto completo en:

Los-libros-de-Padre-Vasily

Aclaración:

Consulté a P. Vasily acerca de que en su escasa biblioteca de doce libros, figurara la “Guía espiritual”, de Molinos, quién fuera excomulgado en su momento, figurando una larga lista de errores acerca de su doctrina y de sus intenciones en los documentos que acompañaron su proceso. Le comenté también, que algunos lectores del blog se habían molestado sumamente ante esta inclusión de un libro herético.

Desgraciadamente, no tomé apuntes de sus dichos, pues el tema salió de improviso, sin embargo recuerdo perfectamente el sentido de lo que me dijo, aproximadamente:

” El momento en que Molinos fue excomulgado era muy complejo para la Iglesia de Cristo, uno de los mas oscuros sin duda y digo oscuros porque faltaba claridad, luz del espíritu, estaba todo muy convulsionado. Los intereses político-económico-religiosos estaban muy mezclados en cada consideración, dentro y fuera de la Iglesia. Yo no sé las intenciones de Molinos, ni he leído el resto de sus obras, que tal vez contengan una serie de errores y herejías. Dudo mucho también, que algún hombre pueda penetrar en el corazón de otro y mucho menos que tenga la estatura de juzgarlo. Y en cuanto a la ex comunión colegiada, Dios perdone a muchos de los que participaron de esos procesos…

Yo me atengo al texto de la “Guía espiritual” y lo que allí dice es de gran ayuda para cualquier hesicasta que quiera silenciarse y entregarse a la voluntad Divina. El quietismo no es un riesgo…¿como podría serlo? hay que vivir y vivir implica movimiento, para comer, higienizarse, para lo mas elemental. Creo que Molinos no fue comprendido o en todo caso me gustaría encontrar a alguien con quién discutir el contenido de “la guia…” y no que saquen a relucir sus acusaciones de herejía… basarnos en lo que tenemos a mano y no en cosas que no podemos probar…en todo caso varios Papas fueron acusados de herejes y hubo épocas muy contiguas a la mencionada donde entre dos o tres Papas se tiraban excomuniones como los chicos galletitas…” Es muy probable que los que mas se molestan con “La guía espiritual” tengan dificultad para estarse quietos, acuciados por sus múltiples apetitos… “

Si algún lector quisiera oponer dichos en el marco de una discusión fraterna, puedo generar una página dentro del blog a modo de foro de discusión.

Contacto: lahesiquia@gmail.com

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Santo Apóstol Pedro

Imagen extraída de

cristinagabur