El Padre Sergio (Ermitaño)

Icono de la cricifixión – Constantinopla año 1350

[Cuento. Texto completo]

León Tolstoi

I

Alrededor del año 1840, en Petersburgo, tuvo lugar un suceso que sorprendió a cuantos de él tuvieron noticias: un oficial de coraceros del regimiento imperial, guapo joven de aristocrática familia en quien todo el mundo veía al futuro ayudante de campo del emperador Nicolás I y a quien todos auguraban una brillantísima carrera, un mes antes de su enlace matrimonial con una hermosa dama tenida en mucha estima por la emperatriz, solicitó ser relevado de sus funciones, rompió su compromiso de matrimonio, cedió sus propiedades, no muy extensas, a una hermana suya, y se retiró a un monasterio, decidido a hacerse monje. El suceso pareció insólito e inexplicable a las personas que desconocían las causas internas que lo provocaron; para el joven aristócrata, Stepán Kasatski, su modo de proceder fue tan natural, que ni siquiera cabía en su imaginación el que hubiera podido obrar de manera distinta.

Stepán Kasatski tenía doce años cuando murió su padre, coronel de la Guardia, retirado, quien dispuso en su testamento que si él faltaba no se retuviera al hijo en su casa, sino que se le hiciera ingresar en el Cuerpo de cadetes. Por doloroso que a la madre le resultara separarse de su hijo, no se atrevió a infringir la voluntad de su difunto esposo, y Stepán entró en el cuerpo indicado. La viuda, empero, decidió trasladarse a Petersburgo junto con su hija Várvara a fin de vivir en la misma ciudad que su hijo y poder tenerlo consigo los días de fiesta.

El muchacho se distinguió por sus brillantes dotes y por su enorme amor propio. Fue el primero en ciencias, sobre todo en matemáticas, por las que sentía notoria preferencia, en instrucción militar y equitación. A pesar de su excesiva estatura, era un joven apuesto y ágil. También por su conducta habría sido un cadete modelo de haber dominado sus arrebatos de ira. No bebía, no llevaba una vida licenciosa y era muy sincero. Lo único que le impedía ser ejemplarmente irreprochable eran sus estallidos de cólera, durante los cuales perdía el dominio de sí mismo y se convertía en una fiera. Un día estuvo a punto de echar por la ventana a un cadete a quien se le había ocurrido burlarse de su colección de minerales. Otra vez por poco se hunde irremisiblemente: arrojó un plato lleno de chuletas a un oficial veedor de la Escuela, y, según dicen, lo abofeteó por haberse retractado éste de sus palabras y haber mentido insolentemente. Sin duda lo habrían degradado si el director no hubiera echado tierra al asunto y no hubiera despedido al veedor.

A los dieciocho años lo destinaron al aristocrático regimiento de la Guardia. El emperador Nikolái Pávlovich había conocido a Stepán Kasatski en la Escuela de cadetes, y después, en el regimiento, siguió haciéndolo objeto de su distinción, por lo cual se pronosticaba que Kasatski sería el ayudante de campo del soberano. Kasatski lo esperaba con toda el alma y no sólo por amor propio, sino ante todo porque desde sus años de cadete quería profundamente, con auténtica pasión, a Nikolái Pávlovich. Cada vez que el emperador visitaba la Escuela -lo cual ocurría con frecuencia-, entraba con paso marcial, alto, vistiendo uniforme militar, abombado el pecho, curva la nariz sobre el bigote, cuidadosamente recortadas las patillas, y saludaba con potente voz a los cadetes, Kasatski sentía la exaltación del enamorado, como la experimentó más tarde al encontrar el objeto de su amor. Pero el entusiasmo que sentía por Nikolái Pávlovich era aún más fuerte: habría querido mostrarle que su fidelidad no tenía límites, habría querido sacrificar algo por él incluso su vida. Nikolái Pávlovich sabía que despertaba semejante fervor y lo estimulaba concientemente. Participaba en los juegos de los cadetes, alternaba con ellos, los trataba ora con infantil sencillez, ora amistosamente o con solemne majestuosidad. Después del último incidente de Kasatski con el oficial, Nikolái Pávlovich nada dijo al cadete, pero cuando éste se le quiso acercar, lo apartó con un gesto teatral y, frunciendo el seño, lo amenazó con el dedo. Al marcharse dijo:

-No olvides que lo sé todo, pero algunas cosas no quiero saberlas. Sin embargo están aquí.

Y señaló el corazón.

Cuando los cadetes terminaron la Escuela y se presentaron ante el emperador, Nikolái Pávlovich ya no hizo alusión al incidente y dijo, como siempre, que todos ellos podían dirigírsele en persona, que debían servirle fielmente, a él y a la patria, y que siempre seguiría siendo para ellos su mejor amigo. Todos se sintieron emocionados, y Kasatski lloró y se juró entregarse en cuerpo y alma al servicio del adorado zar.

Cuando se incorporó al regimiento, su madre se trasladó a Moscú, acompañada de su hija, y luego a la aldea. Kasatski cedió a su hermana la mitad de su herencia. Con la parte que le quedó estaba en condiciones de hacerle frente a las necesidades que imponía servir en un regimiento de tanto rango como el suyo.

Aparentemente, Kasatski era como cualquier otro oficial del regimiento de la Guardia dispuesto a hacer una brillante carrera; pero en su interior se verificaba un complicado y duro trabajo que dio comienzo, por lo visto, en su propia infancia y tomó formas muy diversas, aunque la esencia era siempre la misma: alcanzar la perfección y el éxito en todas las ocupaciones que requerían su concurso hasta ganarse el aplauso y la admiración de las gentes. Cuando se trató del estudio y de las ciencias, trabajó de firme hasta que lo encomiaron y lo presentaron como ejemplo a los demás. Alcanzando un objetivo, se lanzaba a la consecución de otro. Obteniendo el primer puesto en el estudio, y hallándose todavía en la Escuela de cadetes, creyó notar que hablaba el francés con poca soltura y trabajó hasta dominar este idioma tan perfectamente como el ruso. Más tarde se aficionó al ajedrez, y antes de salir de la Escuela logró jugar magistralmente.

Aparte del objetivo fundamental de su vida, que consistía en servir al zar y a la patria, Kasatski siempre se proponía alcanzar algún otro fin. Por insignificante que éste fuera, se entregaba plenamente a su consecución y hasta haberlo conseguido no vivía para otra cosa. Pero, una vez ganada esta meta, un nuevo fin surgía en su conciencia ocupando el lugar del anterior. Este afán de distinguirse y lograrlo entregándose a la consecución de algún objetivo, llenaban por entero su vida. Cuando ingresó en el regimiento se propuso ser un modelo de perfección en el cumplimiento de sus obligaciones, y al poco tiempo llegó a ser un oficial ejemplar pese a sus arranques de cólera, defecto que también en el regimiento lo llevó a realizar actos reprobables y perjudiciales para el buen éxito de su carrera. Más tarde, conversando con personas de la alta sociedad, entendió que su formación general cojeaba en algunos aspectos, y decidió acabar con ello, lo que logró estudiando tenazmente. Se propuso luego llegar a una posición brillante en la alta sociedad, aprendió a bailar de forma insuperable y al poco tiempo lo invitaban a todos los bailes aristocráticos y a algunas veladas. Sin embargo, no se sintió satisfecho. Estaba acostumbrado a ser el primero en todo y en ese terreno se hallaba muy lejos de haberlo logrado.

Entonces, y me figuro que ello es así siempre y en todas partes, la alta sociedad constaba de cuatro clases de gentes, a saber: 1) de cortesanos ricos; 2) de gente no rica, pero nacida y educada en los medios cortesanos; 3) de gente rica que imita a los cortesanos, y 4) de gente ni rica ni cortesana que pretende ser uno y lo otro. Kasatski no pertenecía a los primeros círculos. En los dos últimos, era acogido con los brazos abiertos. Al introducirse en la alta sociedad, decidió también entrar en relaciones con una mujer distinguida y lo logró pronto, con no poca sorpresa para sí mismo. Pero no tardó en darse cuenta de que los círculos que él frecuentaba eran de orden inferior a otros, más encumbrados. Comprendió asimismo que en estos últimos él era un extraño, a pesar de que no se le negaba la entrada. Lo trataban con deferencia, pero dándole a entender que él no pertenecía a los suyos. Kasatski quiso sentirse en dichos círculos como en su propio medio. Necesitaba para ello ser ayudante de campo del emperador -lo esperaba -o casarse con una dama de aquel mundo. Decidió hacerlo así. Eligió a una hermosa joven de la corte imperial. No solo pertenecía a los círculos que Kasatski deseaba escalar, sino, además, estaba tan bien situada que buscaban su amistad incluso las personas de mayor rango e influencia. Era la condesa Korotkova. Kasatski puso en ella sus ojos pensando en su carrera, pero también movido por la extraordinaria belleza de la joven, y pronto se enamoró de ella. Al principio la condesa Korotkova lo trataba con mucha frialdad. De pronto se produjo un cambio, se hizo muy cariñosa y su madre empezó a invitar con frecuencia a su casa al joven oficial.

Kasatski pidió la mano de la condesa y su petición fue atendida. Se quedó sorprendido de la facilidad con que había alcanzado semejante dicha, y de algo raro que notó en el trato de la madre y de la hija. Pero estaba enamorado y ciego. A ello se debió que no se enterara de lo que sabía casi todo el mundo en la ciudad, y era que su novia se había convertido en la amante de Nikolái Pávlovich hacía un año.

II

Dos semanas antes del día señalado para la boda, Kasatski se hallaba en la casa de campo de su prometida, en Tsárskoe Seló. Era un caluroso día de mayo. Los dos enamorados se paseaban por el jardín y se sentaron en un banco de una avenida sombreada por los tilos. Meri llevaba un vestido blanco de muselina que daba especial realce a su belleza. Parecía la encarnación de la inocencia y del amor. Sentada en el banco, ya bajaba la cabeza, ya contemplaba al apuesto galán que le hablaba con extremada ternura y solicitud, temiendo ofender y mancillar con sus palabras y hasta con sus gestos la angelical pureza de su novia. Kasatski pertenecía a aquellas personas de mediados de siglo, tan distintas de las de hoy, que admitían como bueno para sí el relajamiento de las relaciones sexuales sin que sintieran por ello el menor remordimiento, pero exigían de la esposa una pureza absoluta, celestial. Casta y celestialmente puras veían a las jóvenes de su ambiente y las divinizaban. Mucho había de falso y perjudicial en este punto de vista respecto a la vida disoluta de los hombres, pero en lo tocante a la mujer la idea entonces predominante -tan distinta de la que impera hoy entre los jóvenes, que ven en cada muchacha una hembra que busca a su pareja- resultaba a mi juicio altamente beneficiosa. Al verse tratadas como ángeles, se esforzaban en tratar de serlo en mayor o menor grado. Ese era el concepto que de la mujer tenía Kasatski, y con esos ojos contemplaba él a su novia. Nunca se había sentido tan enamorado como el día a que nos referimos, y no experimentaba hacia su novia el más leve apetito sensual. Al contrario, la contemplaba embelesado como algo inaccesible.

Se levantó del banco y se quedó de pie frente a su amada, erguido en su alta estatura, apoyando ambas manos en el sable.

-Sólo ahora he llegado a saber cuán inmensa es la felicidad que el hombre es capaz de sentir. ¡Y es a usted, es a ti -dijo sonriendo tímidamente -a quien se lo debo!

Se hallaba en aquella fase en que el «tú» no se ha hecho todavía familiar, y al mirarla con limpia mirada, de la cabeza a los pies, le resulta difícil tratar de «tú» a un ángel semejante.

-Me he conocido a mí mismo gracias… a ti, he advertido que soy mejor de lo que creía.

-Lo sé hace mucho. Por esto precisamente le quiero.

Un ruiseñor dejó oír trinos en unas ramas próximas; susurró el verde follaje acariciado por un soplo de brisa.

Kasatski tomó la mano de la joven y la besó. Las lágrimas se le asomaron a los ojos. La condesa comprendió que su amado le agradecía lo que ella acababa de decirle: que lo quería. El joven oficial dio unos pasos, silencioso; se acercó luego al banco y se sentó.

-Sabe usted, sabes… es igual. Cuando me fijé en ti no me movía un impulso desinteresado, quería ligarme con la alta sociedad; pero luego, cuando te conocí mejor… ¡Qué mezquino me ha parecido todo eso en comparación con lo que tú eres! ¿No te enojarás por lo que te digo?

La joven no respondió a la pregunta, se limitó a rozar con su mano la de él.

-Has dicho… -se sintió cohibido, le parecía excesivamente osado lo que tenía a flor de labio-. Has dicho que me quieres; perdóname, lo creo; pero ¿no hay algo, además de esto, que te inquieta y turba? ¿Qué es?

«Ahora o nunca -pensó ella-. De todos modos lo sabrá. Pero ahora ya no lo pierdo. ¡Sería horrible que me dejara!»

Contempló con ojos de enamorada su figura grande, noble y poderosa. Ahora lo quería más que a Nikolái, y a ningún precio lo cambiaría por éste, si no se tratara de un emperador.

-Escúcheme. No puedo ocultar la verdad. He de decírselo todo. ¿Pregunta usted qué me inquieta? Pues, el haber amado.

Ella puso la mano en la del joven con gesto suplicante.

Él callaba.

-¿Desea usted saber a quién? A él, al soberano.

-A él todos lo queremos. Me imagino que sería cuando usted estaba en el colegio.

-No, después. Fue una locura. Luego pasó. Pero he de decirle…

-Bueno, ¿y qué?

-Es que no fue sólo un juego.

La condesa se cubrió la cara con las manos.

-¿Qué dice usted? ¿Qué le entregó a él?

Ella callaba.

Kasatski se levantó de un salto y, pálido como la muerte, temblorosos los pómulos, se quedó de pie ante ella. Recordó entonces que Nikolái Pávlovich, habiéndolo encontrado en la avenida Nevski, lo felicitó cariñosamente.

-¡Dios mío, qué he hecho, Stepán!

-¡No me toque, déjeme! ¡Oh, qué crueldad!

Kasatski le volvió la espalda y entró en la casa. Allí encontró a la madre.

-¿Qué ocurre, príncipe? Yo… -se calló al ver el rostro del joven, rojo de ira.

-Usted lo sabía y quería aprovecharse de mí para cubrirlos. ¡Si no fuera usted una mujer! -exclamó levantando su enorme puño; dio media vuelta y se fue corriendo.

Si el amante de su prometida hubiera sido un simple particular, lo habría muerto; pero se trataba del adorado zar.

Al día siguiente solicitó un permiso y pidió que lo relevaran de sus funciones. Pretextó una enfermedad, para no tener que visitar a nadie, y se marchó a su aldea.

Pasó allí el verano, poniendo en orden sus asuntos. Cuando el estío tocó a su fin, Kasatski no regresó a Petersburgo, sino que se fue a un monasterio y se hizo monje.

Su madre le escribió desaconsejándole que diera un paso tan decisivo, pero él le contestó diciéndole que la llamada de Dios era superior a todas las demás consideraciones, y que él la sentía. Únicamente su hermana, tan orgullosa y ambiciosa como él, lo comprendió.

Comprendió que su hermano se hacía monje para llegar a mayores alturas que quienes pretendían demostrarle que estaban más encumbrados que él. No se equivocaba. Haciéndose monje, Kasatski hacía patente su desprecio por cuanto parecía tan importante a los demás, y así lo había considerado él mismo mientras estuvo en el regimiento. Se situaba en una nueva cima tan elevada, que desde ella podía mirar de arriba abajo a las personas a quienes antes envidiaba. Pero no era éste el único sentimiento que lo movía, como se figuraba su hermana, Várienka. Existía en él otro sentimiento auténticamente religioso que ésta desconocía, sentimiento que, entretejido con el orgullo y con su afán de ser el primero en todo, movía a dar un paso de tanta trascendencia. El desengaño que acababa de sufrir con Meri (la prometida), a la cual había idealizado como ángel purísimo, y la ofensa sentida, resultaron tan profundos que se desesperó, ¿y adónde podía conducirle la desesperación? A Dios, a su fe infantil, que nunca había perdido.

III

Kasatski entró en el monasterio el día de la Intercesión.

El abad era un varón de noble familia y docto escritor, venerable por su rango como sucesor de los monjes de Valaquia, cuyas reglas les obligan a obedecer incondicionalmente al director espiritual y maestro que eligen. El abad era discípulo del venerable padre Ambrosio, de perdurable fama, discípulo a su vez de Macari, y éste, del venerable padre Leonid, quien lo fue de Paisi Velichkovski. A aquel abad se subordinó, como a padre espiritual suyo, Kasatski.

En el monasterio, además del sentimiento que experimentaba al tener conciencia de su superioridad sobre los demás, hallaba Kasatski íntimo gozo esforzándose por alcanzar el grado máximo de perfección en su vida monacal, tanto exterior como interiormente, del mismo modo que en todas sus demás empresas. Así como en el regimiento no sólo era un oficial impecable que hacía más de lo que se exigía y ampliaba el marco de su perfeccionamiento, en el monasterio se esforzaba también por ser perfecto: trabajaba siempre, era un religioso sobrio, humilde, limpio en el hacer y en el pensar, obediente. Esta última cualidad o grado de perfección era la que más lo ayudaba a encontrar llevadera la vida. No importaba que muchas de las reglas que debía observar en aquel monasterio, sumamente concurrido, no le gustaran y lo escandalizaran; todo se reducía a la nada por medio de la obediencia. «No es cosa mía razonar; mi obligación es obedecer, velando las sagradas reliquias, cantando en el coro o llevando las cuentas del servicio de hostería.» La obediencia a su venerable padre espiritual eliminaba la posibilidad de dudas en todos los terrenos. Sin esta obediencia, se habría sentido abrumado por la duración y la monotonía de los oficios religiosos, por el trajín de los visitantes y por otras particularidades de la hermandad monacal, pero gracias a esta virtud no sólo lo soportaba todo con alegría, sino que encontraba en ello gran apoyo y consuelo. «No sé por qué hace falta escuchar varias veces al día unas mismas preces, pero sé que es necesario, encuentro alegría en ello.» Su venerable padre espiritual le dijo que del mismo modo que se necesita alimento material para la conservación de la vida, hace falta el espiritual -el rezo en la iglesia-, a fin de sostener la vida del espíritu. Kasatski lo creía así, y realmente los oficios religiosos, aunque a veces le costara trabajo levantarse por la mañana, le proporcionaban indudable sosiego y alegría. Lo llenaba de contento el tener conciencia de su propia humildad y de saber indudablemente todos los actos que realizaba por indicación del padre espiritual. El interés de la vida estribaba no sólo en subordinar cada vez más plenamente la propia voluntad, en alcanzar una humildad cada día mayor, sino en todas las virtudes cristianas que al principio le parecieron fácilmente asequibles. Cedió sus bienes a su hermana y no lo sentía. No era perezoso. No le resultaba difícil humillarse ante los inferiores; antes bien, le proporcionaba un íntimo gozo. Incluso le era fácil vencer el pecado de concupiscencia, tanto de la gula como de la lujuria. Su padre espiritual lo puso en guardia sobre todo contra este pecado, y Kasatski se alegraba de estar limpio de él.

Sólo lo torturaba el recuerdo de la novia. No se trataba del mero recuerdo, sino de la viva representación de lo que habría podido ocurrir. A pesar suyo, se le venía a la memoria una favorita del soberano, más tarde casada y convertida en una magnífica esposa y madre de familia. Su marido ocupaba un alto cargo, tenía influencia y honores, amén de una buena y arrepentida esposa.

Cuando se hallaba en buena disposición de ánimo, estos pensamientos no lo conturbaban. Si entonces lo recordaba se sentía contento de haberse librado de aquellas tentaciones. Pero había momentos en que de pronto todo cuanto constituía la razón de su vida se esfumaba y él dejaba de verlo aún sin dejar de creer en ello. Entonces era incapaz de evocar en su interior esa razón de su vivir y se apoderaban de él los recuerdos y -horrible es decirlo -se arrepentía de haber abrazado la vida monacal.

En esta situación lo único que podía salvarlo era la obediencia, el trabajo y los rezos en el transcurso de toda la jornada. Rezaba como siempre, se prosternaba, incluso rezaba más que otros días, pero lo que rezaba era el cuerpo sin alma. Eso duraba un día, a veces dos, y luego pasaba. Pero ese día o esos dos días eran terribles. Kasatski sentía que no se encontraba bajo su propio poder ni bajo el de Dios, sino bajo algún poder extraño. Lo único que podía hacer y realmente hacía era lo que le aconsejaba su venerable padre espiritual para contenerse: no emprender nada y esperar. En realidad, durante esos días, Kasatski no vivía según su voluntad propia, sino según la de su padre espiritual, y en esta situación hallaba un particular sosiego.

Así vivió Kasatski siete años en aquel monasterio. A finales del tercer año, fue tonsurado y ordenado sacerdote con el nombre de Sergio. La ordenación constituyó un importante acontecimiento en la vida interior de Sergio, quien si antes experimentaba gran consuelo y elevación espiritual cuando comulgaba, después que tuvo ocasión de oficiar él mismo, el acto del ofertorio lo sumía en un estado de excelsa beatitud. Luego, este sentimiento fue debilitándose, y, cuando tuvo que celebrar la misa en un estado de depresión espiritual, comprendió que aquel estado de éxtasis acabaría por desaparecer. En efecto, este sentimiento se hizo más débil, pero quedó como una costumbre.

Al séptimo año, la vida del monasterio lo aburría. Todo cuanto podía aprender allí lo había aprendido. Todo cuanto era necesario alcanzar lo había alcanzado. Allí no le quedaba nada que hacer.

El estado de letargo en que se encontraba se hacía cada día más sensible. En el transcurso de estos años murió su madre y se casó Meri. Ambas noticias lo dejaron indiferente. Toda su atención, todos sus intereses, se hallaban concentrados en su vida interior.

En el cuarto año de su monacato, el obispo tuvo para él muchas palabras de encomio, y su venerable padre espiritual le dijo que no debería de negarse a admitir algún cargo elevado si se lo ofrecían. Entonces se encendió en él la ambición monástica, ese estado de ánimo que tanto le había disgustado en los monjes. Lo destinaron a un monasterio cercano a la capital. Quería renunciar a ese destino, pero su padre espiritual le ordenó aceptarlo. Sergio así lo hizo. Se despidió de su superior y se trasladó al otro monasterio.

El paso a la abadía de la capital fue un notable acontecimiento en la vida del padre Sergio. Se encontró allí con tentaciones de todo género y para vencerlas tuvo que poner en juego todas sus fuerzas.

En el anterior monasterio la seducción de la mujer lo atormentaba poco. En cambio aquí, esta tentación alcanzó una fuerza terrible, llegando incluso a adquirir forma determinada. Una señora conocida por su poca recomendable conducta empezó a mostrarse obsequiosa con Sergio. Habló con él y le rogó que la visitara. Sergio se negó rotundamente, pero quedó horrorizado ante la inequívoca fuerza de su deseo. Se asustó tanto, que se lo contó por carta a su padre espiritual, pero esto le pareció poco. Llamó a un joven novicio y, venciendo la enorme vergüenza que lo embargaba, le confesó su debilidad y le rogó que lo vigilara, y que no lo dejara ir a ningún sitio, excepción hecha de los oficios divinos y de los actos de penitencia.

Constituía además gran motivo de escándalo para Sergio el hecho de que el abad de ese monasterio, hombre de mundo, muy listo, que estaba haciendo una brillante carrera eclesiástica, le era sumamente antipático. Por más que luchara consigo mismo, Sergio no podía vencer esa antipatía. Se sometía, pero en el fondo de su alma no cesaba de censurarlo. Y este mal sentimiento estalló.

Fue en el segundo año de su estancia en el nuevo monasterio. He aquí lo que sucedió. Con motivo de las fiestas de Intercesión, se celebraban las vísperas en la iglesia mayor. El templo estaba muy concurrido. Oficiaba el propio abad. El padre Sergio se había entregado al rezo en su lugar habitual, pero estaba torturado por la lucha que en él solía desencadenarse durante los oficios religiosos, especialmente en la iglesia mayor, cuando no oficiaba. Se debía esta lucha a la irritación que le producían los señores y, especialmente, las damas que allí acudían. Sergio se esforzaba por no verlos, por no advertir lo que pasaba en torno suyo. No quería ver cómo un militar acompañaba a unas damas abriéndose paso entre la gente, ni cómo otros se hacían señas mirando a los monjes, a menudo a él mismo y a otro monje conocido por su distinguido porte y hermosas facciones. Era como si pusiera anteojeras a su atención a fin de obligarse a no ver más que la llama de los cirios junto al iconostasio, las imágenes sagradas y los sacerdotes que oficiaban; a no oír nada excepto las palabras del rezo, cantadas o recitadas, y a no experimentar ningún sentimiento que no fuera el de abandono de sí mismo en el cumplimiento del deber, como lo experimentaba siempre al oír las oraciones tantas veces oídas y repetir anticipadamente sus palabras.

Estaba, pues, de pie, inclinándose profundamente, persignándose cuando el ritual lo prescribía, luchando consigo mismo, entregándose al frío raciocinio o ahogando conscientemente en su interior sentimientos e ideas, cuando se le acercó el tesorero de su abadía, el padre Nikodim, otro gran motivo de escándalo para el padre Sergio, que lo tachaba, a pesar suyo, de adulador servil del abad. El padre Nikodim saludó a Sergio con una profunda reverencia y le dijo que el abad lo llamaba. Sergio recogió el manteo, se puso el bonete y avanzó con sumo cuidado entre la multitud que llenaba el templo.

-Lise, regardez à droite, c´est lui1 -se oyó que decía una voz de mujer.

-Où, où? It n´est pas tellement beau.2

El padre Sergio sabía que hablaban de él. Oyó lo que decían y, como siempre que se sentía tentado, repitió: «y no permitas que caigamos en la tentación». Bajó la cabeza y la mirada, dejó atrás el ambón, cedió el paso a los canocarcas que vestidos con sus albas llegaban en ese momento delante del iconostasio, y entró en el altar por la puerta del lado norte. Como de costumbre, hizo una reverencia inclinándose hasta la cintura ante el icono. Luego, sin pronunciar palabra, levantó la cabeza en dirección al abad, cuya figura había visto con el rabillo del ojo junto a otra vestida de gala. El abad, de pie junto a la pared, puestas las vestiduras sagradas, se frotaba los galones de la casulla apoyando sus cortos y rollizos brazos sobre su prominente abdomen. Se sonreía hablando con un militar que vestía uniforme de general y llevaba varias condecoraciones y charreteras, de las que enseguida se dio cuenta el padre Sergio, con su mirada experta en estas cuestiones. El general pertenecía al séquito del emperador y había sido comandante del regimiento en que Sergio había prestado sus servicios. Ahora, por lo visto, era una persona muy influyente, y el padre Sergio advirtió en seguida que el abad lo sabía y se alegraba, razón por la cual tenía radiante la roja y gorda cara. El padre Sergio se sintió herido y amargado, y esa sensación fue todavía mayor cuando oyó de labios del abad que éste lo había llamado porque el general tenía mucha curiosidad por ver, como él mismo decía, a su antiguo compañero de servicio militar.

-Estoy muy contento de verlo a usted en figura de ángel -le dijo el general alargándole la mano-. Espero que no haya olvidado usted a un antiguo camarada.

El rostro del abad, encarnado y sonriente en el marco de sus canas, como aprobando las palabras del general; la cara acicalada y satisfecha de éste, el olor a vino que de su boca se desprendía y el olor a tabaco de sus patillas, acabaron con la ecuanimidad del padre Sergio, quien se inclinó una vez más ante el abad y dijo:

-Reverendo padre, ¿ha tenido a bien llamarme? -tanto la expresión de su cara como su actitud añadían: ¿para que?

El abad dijo:

-Le he llamado para que se entreviste con el general.

-Reverendo padre, me aparté del mundo para librarme de las tentaciones -replicó palideciendo y con los labios temblorosos-. ¿Por qué me somete usted a ellas aquí, durante las horas del rezo y en el templo de Dios?

-Vete, vete -le dijo el abad, irritado y frunciendo el seño.

Al otro día el padre Sergio pidió perdón al abad y a los demás hermanos por su orgullo, pero después de haber pasado la noche rezando, creyó que debía abandonar la abadía. Escribió en este sentido a su padre espiritual, suplicándole que le permitiera volver a su lado. Le dijo que se sentía débil e incapaz de luchar contra las tentaciones, solo, sin su ayuda. Y se arrepentía de su pecado de orgullo. El siguiente correo le trajo la respuesta. Su padre espiritual le decía que todo el mal estaba en su orgullo. El arranque de cólera que había sufrido -proseguía el padre espiritual- se debía a que al humillarse y renunciar a los honores no había obrado por amor de Dios, sino por orgullo, como diciendo, fíjense en mí, no necesito nada. Por este motivo no pudo soportar el acto del abad: «ya ven, he renunciado a todo por amor a Dios y ahora me muestran como si fuera un animal raro».

«Si hubieras despreciado la gloria por amor a Dios, lo habrías soportado. Aún no has ahogado en ti el orgullo mundano. He pensado en ti, hijo mío, Sergio, he rezado, y he aquí lo que Dios me dicta: vive como hasta ahora y sométete. Acabo de enterarme de que ha muerto en santidad el anacoreta Hilarión, después de vivir dieciocho años en su celda. El abad del monasterio de Tambino me ha preguntado si sé de algún hermano que quiera vivir allí. En esto me llega tu carta. Preséntate al padre Paisi, en el monasterio de Tambino, y pídele que te deje ocupar la celda vacía. Por mi parte ya le escribiré. No es que puedas tú sustituir a Hilarión, pero necesitas la soledad para vencer tu orgullo. Que Dios te bendiga.»

Sergio obedeció a su padre espiritual. Enseñó la carta al abad y, obtenido el permiso correspondiente, se dirigió hacia la celda solitaria de Tambino, después de haber hecho entrega de todos sus bártulos a la abadía.

El superior de la comunidad de Tambino, excelente persona, procedente de una familia de mercaderes, acogió, tranquilo y sencillo, al padre Sergio y lo instaló en la celda de Hilarión, poniendo a su servicio un hermano lego, si bien luego lo dejó solo, atendiendo al ruego del propio Sergio. La celda era una cueva abierta en la montaña. Allí mismo, en la parte posterior, se había enterrado a Hilarión. En la parte anterior había un nicho con un jergón de paja para dormir, una mesita y una estantería para las imágenes sagradas y los libros. Junto a la puerta exterior, que se cerraba, había una tablita en la que una vez al día un monje del monasterio dejaba el alimento.

Y el padre Sergio se hizo ermitaño.

IV

En el sexto año de vida anacorética, durante las fiestas de carnaval, un grupo de alegres personas ricas de la ciudad próxima, hombres y mujeres, después de hartarse de hojuelas y vino, decidieron dar un paseo en troika. Formaban el grupo dos abogados, un rico propietario, un oficial y cuatro mujeres. Una de ellas era la esposa del oficial; la otra, lo era del terrateniente; la tercera era una solterona hermana de este último y la cuarta una mujer divorciada, hermosa y rica, que alteraba el sosiego de la ciudad con sus extravagancias.

El tiempo era espléndido, el hielo del camino parecía bruñido como un entarimado. Recorrieron unas diez verstas, y luego se detuvieron para decidir hacia dónde irían, si más lejos o volverían a la ciudad.

-¿Adónde lleva este camino? -preguntó Makovkina, la bella mujer divorciada.

-A Tambino, que está de aquí a doce verstas -respondió uno de los abogados que le hacía la corte.

-¿Y luego?

-Luego a L., por el monasterio.

-¿Allí donde vive ese que llaman padre Sergio?

-Sí.

-¿Kasatski? ¿Ese ermitaño tan guapo?

-El mismo.

-¡Mesdames! ¡Señores! Vamos a visitar a Kasatski. En Tambino descansaremos y tomaremos algo.

-Pero no nos dará tiempo para volver a dormir en casa.

-No importa, pasaremos la noche en la celda de Kasatski.

-Sitio no faltará. En el monasterio hay una hostería que no es mala. Estuve allí cuando me encargué de la defensa de Majin.

-No, yo pasaré la noche con Kasatski.

-Eso es imposible. Ni siquiera usted, con todo su poder, lo conseguirá.

-¿Imposible? ¿Quiere apostar algo?

-Venga. Si usted pasa la noche con Kasatski, estoy dispuesto a todo lo que usted quiera.

-A discretion.

-¡Y usted, también!

-De acuerdo. Adelante.

Ofrecieron vino a los cocheros. El grupo de amigos se sirvió empanadillas, vino y caramelos que sacaron de una caja. Las damas se arrebujaron bien con sus blancos abrigos de piel de perro. Los cocheros discutieron acerca de quién iría delante, hasta que uno de ellos, con gallardo movimiento, hizo restallar el látigo y lanzó un grito. Cantaron los cascabeles y se oyó el chirrido de los trineos al deslizarse sobre la nieve helada. Apenas se notaba ninguna sacudida, el trineo se inclinaba ligeramente hacia los costados, el caballo lateral galopaba acompasada y alegremente, atada la cola sobre la adornada retranca; el camino, llano y liso, corría veloz hacia atrás; el cochero agitaba airosamente las riendas; el abogado y el oficial, sentados uno frente a otro, estaban bromeando con Makovkina, la cual, arrebujada en su abrigo, permanecía inmóvil y pensaba: «Siempre lo mismo y siempre repugnante: caras rojas y lucientes oliendo a vino y a tabaco, las mismas palabras, los mismos pensamientos y siempre dando vueltas alrededor de la misma porquería. Todos están contentos y convencidos de que ha de ser así y que pueden seguir viviendo de esta manera hasta el fin de sus días. Yo no puedo. Estoy harta. Necesitaría algo que lo desbaratara y trastornara todo. Que nos ocurriera lo que a ésos, creo que de Saratov, que fueron de paseo y se helaron. ¿Qué harían mis amigos? ¿Cómo se comportarían? Qué duda cabe, como unos cobardes. Cada uno pensaría únicamente en sí mismo. Yo misma me comportaría villanamente. Pero yo por lo menos soy hermosa. Lo saben. ¿Y ese monje? ¿Es posible que ya no comprenda tales cosas? No puede ser. Esto es lo único que todos comprenden. Como el otoño pasado aquel cadete. ¡Y qué estúpido era…!»

-Iván Nikoláievich! -exclamó.

-¿Qué manda, mi señora?

-¿Cuántos años tendrá?

-¿Quién?

-Kasatski.

-Me parece que unos cuarenta.

-¿Y recibe a todo el mundo?

-Sí, pero no siempre.

-Tápame los pies. Así no. ¡Qué poca maña se da! Todavía más, más; así. Y no tiene por qué apretarme las piernas.

Así llegaron hasta el bosque en que se encontraba la celda. Makovkina bajó y mandó alejarse a los demás. Intentaron disuadirla. Pero ella se enojó y les dijo que se fueran. Entonces los trineos se pusieron en camino, y ella, envuelta en su blanco abrigo de pieles, echó a andar por el sendero. El abogado bajó del trineo y se quedó mirándola.

V

El padre Sergio llevaba más de cinco años viviendo en su celda, en su ermita solitaria. Tenía cuarenta y nueve. Su vida era dura. No por el trabajo del ayuno y de las preces; éstos no eran verdaderos trabajos, sino por la lucha interior que tenía que sostener, contra lo que había esperado. Dos eran los motivos de su lucha: la duda y las tentaciones de la carne. Los dos enemigos atacaban siempre al unísono. A él le parecía que eran dos, pero en realidad se trataba de uno solo. Tan pronto quedaba deshecha la duda, caía asimismo aniquilada la lujuria. Pero él creía que eran dos diablos distintos y luchaba separadamente con ellos.

«¡Dios mío, Dios mío! -pensaba-, ¿por qué me niegas la fe? Sí, contra la lujuria lucharon san Antonio y otros, pero creían. Tenían fe, y yo a veces paso minutos, horas y días sin fe. ¿Para qué ha de existir el mundo, con todos sus encantos, si es pecaminoso y hay que renunciar a él? ¿Por qué has creado tú la tentación? ¿La tentación? ¿Pero no será también una tentación el que quiera yo apartarme de las alegrías de la vida y aspire a alcanzar algo donde quizá no haya nada? -Conforme lo pensaba, se sentía horrorizado-. ¡Miserable, miserable! ¿Y pretendes ser santo?» Se reprendía a sí mismo. Se puso a orar. Pero no bien dio comienzo a los rezos, se vio tal cual era cuando vivía en el monasterio: con el bonete, el manteo y su majestuoso aspecto. Movió la cabeza. «No, no soy así. Esto es una falacia. Pero engaño a los otros. No puedo engañarme a mí mismo ni engañar a Dios.» Dobló los bordes de los hábitos y contempló sus descarnadas pierna, enfundadas en los calzones. Se sonrió.

Luego soltó los bordes de sus hábitos y empezó a leer el libro de las oraciones, a santiguarse y a inclinarse. «¿Es posible que este lecho sea mi tumba?» Leyó. Y fue como si un diablo le musitara al oído: «El lecho solitario ya es una tumba. Es una farsa». Vio con imaginación los hombros de una viuda que en otro tiempo fue su amiga. Sacudió de su mente tales pensamientos y prosiguió la lectura. Leídas las reglas, tomó los Evangelios, los abrió al azar y dio en un pasaje, que repetía a menudo y sabía de memoria: «Señor, ayúdame a vencer mí incredulidad». Apartó de sí las dudas que lo asaltaban. Como si se tratara de un objeto en equilibrio inestable, volvió a colocar su fe sobre el inseguro soporte y se alejó cautelosamente para no derribarla con algún movimiento descuidado. Volvieron a su sitio las anteojeras y el padre Sergio se tranquilizó. Repitió la oración de su infancia: «No me abandones, Señor, no me abandones». Se sintió aliviado, invadido por un sentimiento de alegría y ternura. Luego se santiguó y se acostó en su esterilla, sobre un estrecho banco, utilizando como almohada sus hábitos de verano. Se quedó dormido. Entre sueños creyó oír repiqueteos de cascabeles. No sabía si era algo real o soñado. Un golpe en la puerta lo despierta. Se levanta sin dar crédito a sus oídos. Pero el golpe se repite. No cabía duda, habían golpeado muy cerca, en su propia puerta, y se había oído una voz de mujer.

«¡Dios mío! ¿Será verdad lo que he leído en las vidas de los santos, que el diablo se presenta en forma de mujer…? Sí, es una voz de mujer, ¡una voz dulce, tímida y grata! ¡Fu! -y escupió al lanzar esta exclamación-. No es así, ha sido todo una alucinación mía.» Se acercó a un rincón y se dejó caer de rodillas frente al icono. Aquel movimiento regular y habitual yo por sí mismo le proporcionaba consuelo y satisfacción. Le cayeron los cabellos sobre el rostro y apretó la frente sobre el húmedo y frío suelo, donde se formaban breves hileras de polvillo de nieve arrastrado por el viento que soplaba por debajo de la puerta.

Recitó un salmo contra las tentaciones, el que recomendó para tales casos el venerable Pimen. Levantó sin la menor dificultad el magro y ágil cuerpo sobre sus fuertes piernas nervudas y se dispuso a proseguir la lectura de los salmos, pero en vez de leer aguzaba involuntariamente el oído. Deseaba oír algo más. El silencio era absoluto. En un rincón las gotas de agua que se desprendían de la bóveda resonaban como antes al caer en la tinaja. Fuera, la oscuridad era total. La niebla apagaba el brillo de la nieve. Silencio, nada más que silencio. De pronto se oyó un rumor junto a la ventana y una voz inconfundible, aquella dulce y tímida voz, una voz que sólo podía pertenecer a una mujer atractiva, dijo:

-Por Dios, ábrame…

Le pareció que la sangre se le agolpaba en el corazón. Ni siquiera pudo suspirar. «Que Dios resucite y me ampare…»

-No soy el diablo… -no cabía duda de que se sonreían los labios que pronunciaban aquellas palabras-. No soy el diablo, sino una pobre pecadora que se ha extraviado, en el sentido recto de la palabra, no en el otro. -Se echó a reír-. Estoy helada y pido asilo…

El padre Sergio acercó el rostro al cristal del ventanuco. Sólo se veía los destellos del candil reflejado en el vidrio. Se puso las manos a ambos lados de la cara y miró. Niebla, oscuridad, un árbol. ¿Y a la derecha? Allí estaba ella. Sí, era una mujer envuelta en un abrigo de blancas pieles, tocada con un gorro. Su carita linda, bondadosa y asustada, se inclinaba mirándolo, a dos pulgadas de la suya propia. Sus ojos se encontraron y se reconocieron. No es que se hubieran visto antes, pero en la mirada que cambiaron se dieron cuenta (sobre todo él) de que se reconocían y se comprendían. Después se esta mirada, no cabía ya duda ninguna de que se trataba del diablo y no de una mujer sencilla, buena, dulce y tímida.

-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -preguntó él.

-¡Ábrame ya! -dijo ella con caprichoso requerimiento-. Estoy helada. Le digo que me he extraviado.

-Soy un monje, un ermitaño.

-Bueno, pero abra. ¿Quiere usted que me quede yerta al pie de la ventana mientras usted reza?

-Pero cómo usted…

-No me lo voy a comer, no tema. Por Dios, déjeme entrar. No resisto el frío más tiempo.

Empezó a tener miedo y pronunció estas últimas palabras casi sollozando.

Él se apartó de la ventana y dirigió su mirada al icono en que estaba Jesucristo con la corona de espinas. «Señor, ayúdame. Señor, no me abandones», murmuró persignándose e inclinándose profundamente, hasta la cintura. Se acercó a la puerta, que daba a una especie de minúsculo zaguán, y la abrió. Allí buscó a tientas el gancho que cerraba la puerta exterior. Fuera se oyeron pasos. La mujer se apartaba de la ventana y se dirigía a la puerta. «¡Ay!», exclamó de pronto. Había metido un pie en el charco que se formaba delante del umbral. Al padre Sergio le temblaban las manos y no podía levantar el gancho.

-¿Qué espera? Déjeme entrar. Estoy empapada, aterida. Usted sólo piensa en la salvación de su alma y deja que me hiele.

El padre Sergio tiró de la puerta hacia sí, levantó el gancho y, sin calcular el impulso, empujó la puerta hacia fuera, dando un golpe a la mujer.

-¡Oh, perdone! -exclamó, volviendo de improvisto a la expresión y al tono que tan familiares le eran en otros tiempos, al alternar con damas.

Ella se sonrió al oír ese «perdone», pensando: «No es tan terrible como suponía».

-No ha sido nada, no ha sido nada. Usted me ha de perdonar a mí -dijo pasando por delante del padre Sergio-. No me habría atrevido nunca a molestarle. Pero me encontraba en una situación muy apurada.

-Entre usted -musitó él cediéndole el paso.

Notó un fuerte olor de finos perfumes, como no sentía hacía muchos años. La mujer cruzó el pequeño zaguán y penetró en el recinto anterior de la cueva; él la siguió, después de haber cerrado la puerta sin poner el gancho.

«Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, perdone a este pobre pecador; Señor, ten compasión de este pobre pecador», repetía sin cesar en su interior y, además, moviendo involuntariamente los labios.

-Acomódese -dijo.

Ella permaneció de pie, en medio de la estancia, mirándolo con una sonrisa burlona en los ojos. De su ropa se desprendían gotas de agua.

-Perdóneme que haya quebrantado su soledad. Pero ya ve usted en qué situación me encuentro. Todo se debe a que salimos de la ciudad a dar un paseo en trineo y yo aposté que volvería sola a pie desde Voroviovka, pero me equivoqué de camino, y si no hubiera dado con su ermita… -empezó a decir, mintiendo descaradamente.

Pero se sintió tan confusa al fijarse en el rostro del padre Sergio, que no pudo seguir la patraña y se calló. Se lo había imaginado distinto. No era tan guapo como se había figurado, pero le parecía magnífico. El aspecto del padre Sergio con sus cabellos entrecanos y ensortijados, lo mismo que el pelo de la barba, su nariz de línea correcta y aquellos ojos ardientes como brasas cuando miraban de frente, la impresionaron profundamente.

Él comprendió que la mujer mentía.

-Bueno, no se preocupe -dijo mirándola y bajando nuevamente los ojos-. Yo pasaré ahí y usted descanse.

Descolgó el candil, encendió una vela y, haciendo ante la mujer una profunda reverencia, pasó al cuartucho que había al otro lado de un tabique de madera. Arrastró algún objeto hacia la puerta. Al oírlo, se dijo la mujer, sonriendo: «Probablemente asegura la puerta para que yo no pueda entrar». Se quitó el abrigo de blancas pieles, el gorro, al que se le habían pegado algunos cabellos, y el pañuelito de punto que llevaba debajo del gorro. No estaba empapada, y si lo dijo cuando estaba junto a la ventana, fue sólo como pretexto para que la dejara entrar. Pero frente al umbral había metido en un charco el pie izquierdo, hasta la pantorrilla, y tenía lleno de agua el zapato y la bota de goma que llevaba encima. Se sentó en el camastro del padre Sergio -una tabla cubierta únicamente con una estera -y empezó a descalzarse. Aquella pequeña celda le pareció encantadora. Mediría unos ocho pies de ancho por unos diez u once de largo. Estaba limpia como un cristal. No había en ella más que el camastro donde la mujer se hallaba sentada, y encima un estante con libros. En un rincón había un atril. En la puerta, colgado de unos clavos, un abrigo y una sotana. Sobre el atril, la imagen de Jesucristo con la corona de espinas, y un candil. Se notaba un olor raro de aceite, a sudor y a tierra. Pero todo le parecía agradable. Incluso el olor.

Los pies mojados, sobre todo el izquierdo, le dolían, y se puso a descalzarse apresuradamente sin dejar de sonreír, contenta no tanto de haber logrado lo que se proponía, sino de haber visto que había conturbado al padre Sergio, a ese hombre magnífico, sorprendente, raro y atractivo. «No ha correspondido… ¡Qué más da!», se dijo para sí.

-¡Padre Sergio! ¡Padre Sergio! Es así cómo le llaman, ¿verdad?

-¿Qué quiere usted? -le respondió una voz tranquila.

-Por favor, perdóneme que haya roto su soledad. Pero créame, no he podido evitarlo. Me habría puesto enferma. No sé lo que me va a pasar. Estoy empapada. Tengo los pies hechos un témpano.

-Perdóneme -respondió la voz sosegada-, nada puedo hacer por usted.

-Por nada del mundo lo habría incomodado. Sólo me quedaré hasta el amanecer.

El padre Sergio no respondió, y la mujer oyó un leve balbuceo. «Por lo visto reza», se dijo.

-No entrará usted aquí, ¿verdad? -preguntó sonriéndose-. He de quitarme la ropa para secarla.

El padre Sergio no respondió y continuó rezando sus oraciones al otro lado del tabique con la misma voz reposada.

«Este sí es un verdadero hombre», pensó ella tirando con dificultad de la bota mojada. Por más que tiraba, no podía quitársela y esto le hizo gracia. Se rió muy bajito, pero sabía que él oía su risa y que esta risa influía en él tal como ella deseaba. Se rió más fuerte, y aquella risa alegre, natural y bondadosa influyó realmente sobre el padre Sergio tal como ella había deseado.

«A un hombre como éste se le puede amar. ¡Qué ojos los suyos! ¡Y qué rostro más abierto, más noble y más apasionado!, por muchas que sean las oraciones que rece -pensó ella-. Las mujeres no nos engañamos. Tan pronto acercó su rostro al cristal y me vio, lo comprendí y lo supe. Lo leí en el brillo de sus ojos. Me amó, me deseó. Sí, me deseó», decía sacando, por fin, zapato y bota y quitándose luego las medias. Para quitarse aquellas largas medias prendidas en elásticos, tenía que levantarse la falda. Sintió vergüenza y dijo:

-No entre.

Pero del otro lado del tabique no llegó respuesta alguna. Seguía oyéndose el acompasado murmullo, al que se añadió el ruido de unos movimientos. «Se inclina hasta poner la frente en el suelo, no hay duda -pensó ella-; pero de nada le servirá -musitó-. Piensa en mí. Como pienso yo en él. Piensa en estas piernas mías», dijo quitándose las medias mojadas y recogiendo las desnudas piernas sobre el camastro. Permaneció sentada unos momentos, abrazándose las rodillas en actitud pensativa. «¡Cuánta soledad, cuánto silencio! Nadie sabría nunca…» Abrió la estufa y puso las medias a secar. Después, pisando levemente el suelo con sus pies descalzos, volvió al camastro, donde se sentó otra vez con las piernas recogidas. Al otro lado del tabique no se oía ni el más leve ruido. Makovkina consultó el diminuto reloj que le pendía del cuello. Eran las dos de la madrugada. «Mis amigos han de venir a buscarme a eso de las tres.» Tenía a su disposición una hora escasa.

«¿He de permanecer todo este tiempo aquí sola? ¡Qué tontería! No quiero. Ahora mismo lo llamo.»

-¡Padre Sergio! ¡Padre Sergio! ¡Sergio Dmitrich, príncipe Kasatski!

Nada se oyó al otro lado del tabique.

-Óigame, no sea usted cruel. No lo llamaría si no lo necesitara. Estoy enferma. No sé lo que me pasa -exclamó con voz quejumbrosa-. ¡Ay, ay! -gimió, dejándose caer sobre el camastro.

Y, cosa rara, se sentía realmente mal, creía desfallecer, le dolía todo el cuerpo, temblaba como si tuviera fiebre.

-Óigame, ayúdeme. No sé lo que me pasa. ¡Ay, Ay! -Se desabrochó el vestido, dejando los senos al aire, y extendió los brazos desnudos hasta los codos-. ¡Ay, ay!

El padre Sergio permanecía en su cuartucho rezando. Acabadas las oraciones vespertinas, se quedó de pie, inmóvil, fija la mirada en la punta de la nariz, componiendo una prudente oración y repitiendo con toda el alma: «Señor mío Jesucristo. Hijo de Dios, ten compasión de mí».

Pero lo oía todo. Oyó el roce de la seda cuando ella se quitó el vestido, oyó las pisadas de los desnudos pies por el suelo, la oyó frotarse las piernas. Se sintió débil y comprendió que podía caer en cualquier momento. Por esto no dejaba de orar. Experimentaba algo semejante a lo que debía experimentar el héroe legendario obligado a caminar sin volver los ojos a su alrededor. Sergio notaba, sentía que el peligro y la perdición estaban ahí, encima, en torno, y que sólo podía salvarse si no contemplaba a aquella mujer ni un instante. Pero de pronto se apoderó de él el deseo de verla. En aquel mismo momento dijo ella:

-Escúcheme, esto es inhumano. Puedo morirme.

«Sí, iré, como aquel padre que puso una mano sobre la mujer del pecado y la otra sobre una parrilla al rojo vivo. Pero no tengo parrilla.» Miró a su alrededor. Vio el candil. Puso el dedo en la llama y frunció el ceño, dispuesto a resistir. Por unos momentos le pareció que no sentía ningún dolor, pero de repente, sin tener aún conciencia de si lo que sentía era dolor y cuál era su intensidad, hizo una mueca y retiró la mano sacudiéndola. «No, no lo resisto.»

-¡Por Dios! ¡Oh, socórrame! ¡Me muero, oh!

«¿Debo, pues, condenarme? No puede ser.»

-Ahora la atenderé -dijo, y abrió la puerta de su cuartucho, pasó por delante de ella sin mirarla, entró en el pequeño zaguán donde cortaba la leña y buscó a tientas el tajo sobre el que hacía las astillas y el hacha que tenía apoyada al muro.

-Ahora mismo -repitió, y agarrando el hacha con la mano derecha puso un dedo de la izquierda sobre el tajo, levantó la herramienta y de un golpe se lo cortó, más abajo de la segunda articulación. El trozo de dedo cortado saltó más fácilmente que las astillas del mismo grosor, rodó por el tajo y cayó al suelo produciendo un sordo ruido.

Sergio oyó este ruido antes de percibir el dolor. Pero no había tenido tiempo aún de sorprenderse de que no le doliera, cuando sintió como una mordedura intensísima y notó que por el dedo cercenado le salía la tibia sangre. Envolvió rápidamente el dedo herido con el borde de su hábito y, apretándolo a la cadera, volvió sobre sus pasos. Se detuvo ante la mujer, y bajando la vista preguntó quedamente:

-¿Qué quiere usted?

Al ver aquel pálido rostro, con un leve temblor en la mejilla izquierda, la mujer se sintió de pronto avergonzada. Saltó del camastro, agarró el abrigo y se lo echó encima, envolviéndose en él.

-Me sentía mal… me he resfriado… yo… Padre Sergio… yo…

Sergio levantó los ojos, que le brillaban con dulce y alborozado resplandor, y dijo:

-Dulce hermana, ¿por qué has querido perder tu alma inmortal? Las tentaciones son propias del mundo, pero ¡ay de aquel que las provoca!… Reza para que Dios te perdone.

Ella lo escuchó y se le quedó mirando. De pronto notó el ruido de un líquido que caía gota a gota. Se fijó y vio que la sangre fluía de la mano de Sergio y bajaba por un costado de sus hábitos.

-¿Qué se ha hecho en la mano?

Recordó el ruido que acababa de oír, tomó el candil y penetró en el zaguán. En el suelo vio el dedo ensangrentado. Más pálida todavía que él, volvió a la reducida estancia y quiso decirle algo; pero el padre Sergio entró silenciosamente en el cuartucho del fondo y cerró la puerta.

-Perdóneme -dijo la mujer-. ¿Cómo podré alcanzar el perdón de mi pecado?

-Vete.

-Déjeme que le vende la herida.

-Vete de aquí.

Se vistió apresuradamente, sin decir palabra. Arrebujada en su abrigo, se sentó esperando la llegada de sus amigos. A lo lejos se oyeron unos cascabeles.

-Padre Sergio, perdóneme.

-Vete. Te perdonará Dios.

-Padre Sergio, cambiaré de vida. No me abandone.

-Vete.

-Perdóneme y concédame su bendición.

-En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo -se le oyó al otro lado del tabique-. Vete.

La mujer prorrumpió en sollozos y salió de la celda. El abogado iba a su encuentro y le dijo:

-He perdido la apuesta, ya lo veo, paciencia. ¿Dónde quiere usted sentarse?

-Me da lo mismo.

Subió al trineo y en todo el camino de regreso no dijo ni una palabra.

* * *

Un año más tarde ingresó en un convento, donde lleva una vida muy austera bajo la dirección del ermitaño Arsenio, quien de vez en cuando le escribe una carta.

VI

El padre Sergio vivió siete años más en su ermita. Al principio aceptaba muchas de las cosas que le llevaban: té, azúcar, pan blanco, leche, ropas, leña. Pero a medida que transcurría el tiempo imponía más rigor a sus costumbres, y fue renunciando a todo lo superfluo. Llegó, por fin, a no aceptar más que pan negro una vez a la semana. Todo cuanto le llevaban lo distribuía entre los pobres que acudían a verlo.

Se pasaba el tiempo rezando en la celda o conversando con quienes lo visitaban, cuyo número era cada día mayor. Únicamente salía de su celda para ir a la iglesia, unas tres veces al año, y para ir a buscar leña o agua, cuando lo necesitaba.

A los cinco años de vivir así tuvo lugar al suceso que pronto llegó a conocimiento de todo el mundo: la visita nocturna de Makovkina y el cambio radical que inmediatamente después sufrió la mujer y su ingreso en el convento. Desde entonces la fama del padre Sergio fue en aumento. Cada día era mayor el número de personas que lo visitaban. Pronto se instalaron junto a su celda otros monjes, construyeron una iglesia y una hostería. La fama del padre Sergio, agrandando como siempre en estos casos la importancia de los actos realizados, se fue extendiendo hasta lugares cada vez más lejanos. Empezaron a acudir a su retiro gentes de remotas comarcas, comenzaron a llevarle enfermos pidiéndole que los curara.

La primera curación se produjo en el octavo año de su vida retirada. Se trataba de un muchacho de catorce años. Su madre lo llevó ante el padre Sergio, a quien rogó pusiera sus manos sobre el niño. Al padre Sergio ni en sueños se le había ocurrido pensar que podía curar a los enfermos. Habría considerado semejante idea gran pecado de orgullo. Pero la madre de aquel niño le rogaba insistentemente, se arrastraba a sus pies preguntándole por qué no querían ayudar a su hijo habiendo curado a otros, le suplicaba fervorosamente por amor de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando el padre Sergio decía que sólo Dios puede curar, la madre le replicaba que únicamente le pedía una cosa: que pusiera la mano sobre su hijo y rezara. El padre Sergio se negó y se retiró a su celda. Pero a la mañana siguiente (estaban en otoño y las noches eran ya frías), al ir a buscar agua, vio otra vez a aquella madre y a su hijo, el muchacho de catorce años, pálido, desmedrado, y oyó la misma súplica. El padre Sergio recordó la parábola del juez mentiroso, y aunque hasta entonces había estado plenamente convencido de que no debía acceder a lo que le rogaban, comenzó a tener sus dudas, por lo cual se puso a orar y rezó hasta que en su alma hubo nacido una resolución. Y fue ésta que él debía dar cumplimiento al deseo de la madre, pues era posible que la fe que tenía salvara a su hijo. En cuanto a sí mismo, se dijo que en este caso él no sería más que un mero e insignificante instrumento elegido por Dios.

Se acercó entonces a la madre, puso la mano sobre la cabeza del muchacho y empezó a rezar.

Madre e hijo se fueron; un mes más tarde éste se había curado. La fama de la santa fuerza curativa del venerable Sergio, como entonces empezaron a llamarle, corrió como reguero de pólvora por aquellos contornos, y no hubo semana, a partir de este acontecimiento, que no acudiesen enfermos a visitarle, a pie o a caballo. Como había accedido al ruego de unos, no podía negarse a satisfacer a los otros. Ponía la mano y oraba. Muchos se curaban y con ello la fama del padre Sergio no hizo más que acrecentarse.

Así transcurrieron nueve años de vida monacal y trece de vida en soledad. El aspecto del padre Sergio no podía ser más venerable: tenía la barba luenga y blanca, pero los cabellos, aunque ralos, se le conservaban negros y rizados.

VII

Desde hacía varias semanas una cuestión preocupaba seriamente al padre Sergio. ¿Obraba bien al aceptar la vida que llevaba, a la que había llegado no tanto por sí mismo como por los requerimientos del archimandrita y del abad? Comenzó después de la curación del niño de catorce años. Desde entonces, de mes en mes, de semana en semana, de día en día, notó el padre Sergio que se destruía su vida interior y que el lugar de ésta lo iba ocupando la vida exterior. Era como si le hubieran dado la vuelta sacando afuera lo de adentro.

El padre Sergio vio que se había transformado en un medio para atraer visitantes y personas que hacían donativos al monasterio. Por ello, las autoridades monacales lo rodeaban de las condiciones adecuadas a fin de que pudiera ser lo más útil posible. No lo dejaban hacer ningún trabajo físico. Lo surtían de cuanto pudiera necesitar y únicamente le exigían que no negara la bendición a quienes acudían a solicitársela. Para que ello le resultara más cómodo, fijaron días de visita. Dispusieron convenientemente un lugar de recepción para los hombres y otro aislado por una barandilla a fin de que no lo derribaran las entusiastas peregrinas que se le acercaban en alud. Desde allí podía bendecir a los reunidos. Le decían que la gente lo necesitaba, que no podía negarse a que lo vieran quienes deseaban verlo si quería ser fiel a la ley del amor divino, y que apartarse de esas gentes sería una crueldad. Cuando oía tales razones las aprobaba, pero a medida que se rendía a esa vida se daba cuenta de que los valores externos iban desplazando a los internos, que se secaba en él el hontanar del agua viva y que sus obras se dirigían cada día más hacia los hombres y cada día menos hacia Dios.

Cuando pronunciaba un sermón ante la gente e incluso cuando se limitaba a bendecirla, cuando rezaba impetrando la curación de los enfermos, cuando daba un consejo o alumbraba el camino de una vida, cuando escuchaba las palabras de gratitud de las personas a quienes había curado, según decían, o había ayudado con sus palabras, no podía evitar el sentirse contento. Tampoco podía despreocuparse de las consecuencias de sus actos ni de la influencia que sobre la gente tenían. Pensaba que era una llama ardiente, y cuanto más lo creía tanto más débil y apagada sentía la divina luz de la verdad que en él brillaba. «¿Qué parte va a Dios de lo que yo hago y cuál a los hombres?» Esta cuestión lo atormentaba constantemente, y nunca pudo darle una respuesta, o, mejor dicho, nunca se atrevió a dársela. En lo más recóndito de su alma se decía que el diablo había trocado su actividad para con Dios en actividad para los hombres. Lo sentía de este modo, porque así como antes le resultaba muy doloroso que lo arrancaran de su soledad, ahora ésta le resultaba penosa. Se sentía atraído por los visitantes, que lo fatigaban; pero en el fondo del alma su presencia lo alegraba, lo satisfacían las alabanzas de que era objeto.

Hubo un tiempo en que incluso decidió huir, esconderse. Llegó a pensar en todos los detalles del plan. Se hizo con una camisa y unos pantalones de mujik, un caftán y un gorro, diciendo que necesitaba éstas para dárselas a los mendigos. Pero se las guardaba y veía en su pensamiento de qué modo iba a vestirse; se cortaría el pelo y marcharía. Primero tomaría el tren, y cuando hubiese recorrido unas trescientas verstas bajaría y pediría limosna por las aldeas. Preguntó a un viejo soldado qué hacía, si le daban limosna y albergue. El soldado se lo explicó todo y el padre Sergio pensó que podría hacer lo mismo. Una noche llegó a vestirse, dispuesto a huir, pero no sabía qué era lo justo: quedarse o abandonar la ermita. Al principio vacilaba, luego la indecisión fue desapareciendo, se habituó a su nuevo estado y se sometió al diablo. Únicamente las ropas de mujik le recordaban sus ideas y sentimientos.

Cada día acudía más gente y cada vez era menor el tiempo de que disponía para su confortamiento espiritual y para los rezos. A veces, en momentos luminosos, pensaba que se había convertido en una especie de paraje en el que antes hubiera habido una fuente. «Había una fuentecita de agua viva que manaba de mí, a través de mí. Entonces vivía la verdadera vida. Pero cuando “ella” (recordaba siempre con entusiasmo aquella noche y a ella, a la que llamaban ahora madre Agna) quiso seducirlo, ella sorbió un poco de aquella agua pura. Desde entonces, empero, el agua no tiene tiempo de acumularse. Antes llegan los sedimentos, apretujándose. Lo han pisoteado todo. No queda más que barro.» Así razonaba en algunos raros momentos de clarividencia; pero su estado habitual era de cansancio y enternecimiento ante sí mismo por dicho cansancio.

* * *

Había llegado la primavera. En la víspera de Pentecostés el padre Sergio celebraba el oficio divino en su cueva, llena de gente. Cabrían unas veinte personas. Todas eran gente rica, señores y comerciantes. El padre Sergio abría las puertas a todo el mundo, pero el monje que velaba por él y otro de turno que diariamente enviaban a su retiro desde el monasterio, hacían la selección. La muchedumbre, unos ochenta peregrinos, entre los que predominaban las mujeres, se agolpaban en el exterior esperando la salida del ermitaño y su bendición. El padre Sergio decía la misa, y cuando iba a bendecir… la tumba de su antecesor se tambaleó, y habría caído de no haberlo sostenido un mercader que estaba a su espalda y el monje que hacía las veces de diácono.

-¿Qué le pasa? ¡Padrecito, padre Sergio! ¡Pobrecito! ¡Señor Todopoderoso! -prorrumpieron las mujeres-. Ha quedado pálido como la pared.

Pero el padre Sergio se recobró en seguida, y aunque se sentía muy débil, se desprendió de los brazos del mercader y del diácono y siguió cantando la misa. El padre Serapión, el diácono, los acólitos y la señora Sofía Ivánovna, que vivía siempre junto a la ermita y cuidaba del padre Sergio, empezaron a suplicarle que interrumpiera la ceremonia.

-No es nada, no es nada -musitó el padre Sergio, sonriendo casi imperceptiblemente por debajo de sus poblados bigotes-, no interrumpan el oficio.

«Así obran los santos», pensó.

-¡Es un santo! ¡Un ángel de Dios! -oyó que exclamaba a su espalda Sofía Ivánovna y también el mercader, que lo había sostenido.

No hizo caso de los ruegos que le dirigían y prosiguió celebrando el oficio divino. Apretujándose una vez más, se dirigieron a la pequeña iglesia inmediata y allí el padre Sergio acabó de celebrar las vísperas, si bien abreviándolas algo.

Inmediatamente después del oficio bendijo a los presentes y salió para sentarse en un banco que había bajo un olmo, a la entrada de la cueva. Quería descansar, respirar el aire fresco, pues lo necesitaba; pero tan pronto hubo salido, la gente se le echó encima pidiendo la bendición, consejo y ayuda. Había en aquella muchedumbre peregrinos que se pasan la vida recorriendo los lugares santos, yendo de un padre a otro padre y conmoviéndose ante cualquier objeto sagrado y ante todo padre venerable. Sergio conocía bien a este tipo tan corriente de peregrinos, el menos religioso, el más frío y el más convencional. Había asimismo peregrinos, ancianos misérrimos, muchos de ellos borrachines, que vagabundeaban de un monasterio a otro sin más objetivo que el de subsistir. No faltaban tampoco campesinos, hombres y mujeres, que acudían movidos por pretensiones egoístas de curación o en busca de consejo para resolver sus dudas acerca de cuestiones eminentemente prácticas, como el casamiento de una hija, el alquiler de una tienda, la compra de unas tierras; o que solicitaban la absolución de graves pecados, como el haber aplastado a un pequeñuelo mientras dormían o por haber tenido un hijo fuera del matrimonio. Todo esto le era conocido desde hacía mucho tiempo y no encerraba para él ningún interés. Le constaba que estas personas nada nuevo le dirían y esos rostros no despertarían en él ningún sentimiento religioso; pero no dejaba de satisfacerle ver a esa muchedumbre que tenía necesidad de él, de su bendición y de su palabra, tan estimada. Por todas estas razones aquella gente lo abrumaba y, al mismo tiempo, le resultaba agradable. El padre Serapión los quiso arrojar de allí diciendo que el padre Sergio estaba cansado, pero éste recordó las palabras del Evangelio: «Dejen que (los niños) vengan a mí», y conmovido consigo mismo por dicho recuerdo, dijo que no hicieran marchar a nadie.

Se levantó, se acercó a la barandilla junto a la cual se agrupaba el tropel de gente y comenzó a bendecirla y a responder a las preguntas que le hacían. El sonido de su voz era tan débil que él mismo se sorprendió. Sin embargo, pese a su buena voluntad, no pudo atender a todo el mundo. De nuevo se le enturbió la vista, vaciló y se agarró a la barandilla. Otra vez notó que le afluía la sangre a la cabeza. Primero se quedó pálido y luego, de pronto, se puso rojo.

-Realmente habrá que esperar hasta mañana, hoy no puedo -dijo, y después de bendecirlos a todos a la vez dirigió sus pasos hacia el banco.

El mercader volvió a agarrarlo por el brazo y lo ayudó a caminar y a sentarse.

-¡Padre! -clamaba la muchedumbre-. ¡Padre! ¡Padrecito! ¡No nos abandones! ¡Estamos perdidos sin ti!

Una vez hubo ayudado al padre Sergio a sentarse en el banco bajo el olmo, el mercader se arrogó funciones de policía y se puso a dispersar enérgicamente a la muchedumbre. Verdad es que hablaba en voz baja, de manera que el padre Sergio no pudiera oírlo, pero lo hacía en tono que no admitía réplica:

-Fuera, fuera. Los ha bendecido, ¿qué más quieren? ¡Hala, hala! Si no, les doy un trastazo. ¡Venga! ¡Eh, tú, vieja andrajosa! ¡Venga, en marcha! ¿Adónde te metes? Lo dicho: se acabó. Mañana Dios dirá, hoy no puede más, está desfallecido.

-¡Padrecito, déjeme que le vea la carita, sólo un instante! -decía la anciana.

-Te voy a dar yo buena carita, ¿dónde te metes?

El padre Sergio notó que el mercader obraba con mucho rigor y dijo con un hilito de voz al hermano lego que no echaran a nadie. Sabía que de todos modos no le harían caso y tenía enormes deseos de permanecer solo, y de descansar, pero envió al hermano lego a transmitir sus palabras a fin de impresionar más a la gente.

-Está muy bien, está bien. No los echo, procuro convencerlos -respondió el mercader-; serían capaces de acabar con él. No tienen compasión, sólo piensan en sí mismos. Lo dicho: no es posible. Vete. Mañana.

Y el mercader los arrojó a todos.

Aquel hombre puso tanto celo en su obra porque era amigo del orden y también de meterse con la gente y de imponerse a los demás, pero ante todo porque necesitaba al padre Sergio. Era viudo, y tenía una hija única, enferma, soltera, y acudió con ella a impetrar su curación al padre Sergio salvando una distancia de mil cuatrocientas verstas. Hacía dos años que su hija estaba enferma, y él había hecho cuanto había podido para curarla. Primero la tuvo en una clínica en la ciudad universitaria de la provincia, sin resultado alguno. La llevó luego a un mujik de Samara, que la alivió algo. Después hizo que la visitase un famoso doctor de Moscú, que le cobró mucho dinero. Pero todo fue inútil. Le dijeron que el padre Sergio curaba y a él acudía ahora. Cuando hubo echado a la gente, el mercader se le acercó e hincándose de rodillas le dijo en alta voz sin preámbulo alguno:

-Padre santo, bendice a mi hija enferma, cúrala de su doloroso mal. Me atrevo a humillarme a tus santos pies.

Juntó las manos suplicantes; hablaba y obraba como si verificara un acto neta y firmemente determinado por unas normas y por la costumbre, como si la curación de la hija tuviera que pedirse de aquella manera concreta y no de cualquier otro modo. Obró con tal seguridad en sí mismo, que incluso al padre Sergio le pareció que era precisamente así como debían hacerse y pedirse aquellas cosas. Sin embargo, lo mandó levantarse y explicar de qué se trataba. El mercader le contó que su hija, una doncella de veintidós años, hacía dos que estaba enferma, desde la repentina muerte de su madre. Entonces se asustó y se puso mala. Añadió que la había traído desde mil cuatrocientas verstas de distancia y que ahora esperaba en la hostería hasta que el padre Sergio le permitiera presentarse. «Durante el día está en su cuarto, tiene miedo a la luz, y únicamente puede salir cuando el sol se ha puesto.»

-¿Y qué, está muy débil? -inquirió el padre Sergio.

-No, débil no está, y es robusta, pero neurasténica , según dijo el doctor. Si el padre Sergio me permite que la traiga, lo haré volando. ¡Padre santo, devuelva la vida a mi corazón, devuélvame mi hija, salve con sus preces a mi hija enferma!

El mercader volvió a hincarse de rodillas con aparatoso movimiento y permaneció inmóvil, inclinando la cabeza sobre sus brazos cruzados. El padre Sergio lo mandó levantarse por segunda vez y, después de reflexionar en lo penosa que era su labor y en la conformidad de ánimo con que a pesar de todo la realizaba, suspiró profundamente, guardó unos instantes de silencio y dijo:

-Está bien, tráigala por la noche. Rezaré por ella; pero ahora me siento cansado. -Y cerró los ojos-. Mandaré recado.

El mercader se retiró, andando de puntillas sobre la arena, con lo cual sólo logró que las botas rechinaran con más fuerza. El padre Sergio se quedó solo.

Su vida estaba consagrada a los oficios divinos y a los visitantes, pero aquel día había sido particularmente fatigoso. Por la mañana sostuvo una larga conversación con un alto dignatario que había acudido a verlo. Luego recibió a una señora acompañada de su hijo, un joven profesor ateo, al que su madre trajo porque ella era muy creyente y gran admiradora del padre Sergio, al que rogó hablara con su hijo. La conversación fue muy pesada. Por lo visto el joven profesor no quería entrar en discusión con el monje y le daba la razón en todo, como si estuviera hablando con una persona débil. El padre Sergio, empero, vio que aquel joven no creía y que, a pesar de ello, se sentía bien, estaba tranquilo y no tenía complicaciones de conciencia. Ahora recordaba con disgusto todo aquello.

-Ha de comer algo, padrecito -le dijo el hermano lego.

El hermano entró en la choza, construida a unos diez pasos de la cueva, y el padre Sergio se quedó solo.

Estaba muy lejano el tiempo en que nadie le hacía compañía y él mismo cuidaba de la limpieza de su celda y se alimentaba exclusivamente de raíces y pan. Hacía ya mucho que, según le habían explicado, no tenía derecho alguno a olvidarse de su salud y le preparaban comidas nutritivas, aunque de ayuno. Se servía poco, pero mucho más que antes. A menudo comía con particular deleite y no como en otro tiempo, con repugnancia y conciencia del pecado. Así lo hizo ese día. Tomó papilla, bebió una taza de té y comió medio trozo de pan blanco.

El hermano lego se retiró y el padre Sergio se quedó completamente solo bajo el olmo.

Era una maravillosa noche de mayo. Los abedules, los álamos blancos, los olmos, los cerezos silvestres y las encinas acaban de revestirse de verdor. Los cerezos silvestres que crecían detrás del olmo estaban floridos, aún no había comenzado a caerles la flor. Los ruiseñores lanzaban al aire sus trinos, uno muy cerquita y otros dos o tres abajo, en los arbustos de las orillas del río. Más allá, a lo lejos, subían al cielo los cánticos de la gente que regresaba del trabajo al término de la jornada. El sol se había escondido detrás del bosque y esparcía sus rayos a través del follaje. Toda esa parte se hallaba envuelta en una luz verdosa. La otra, vista desde el olmo, era oscura. Los escarabajos volaban, chocaban entre sí y caían al suelo.

Terminada la cena, el padre Sergio se puso a rezar mentalmente: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten compasión de nosotros». Luego leyó un salmo, y de improviso, cuando había llegado a la mitad, un gorrión batió alas desde un arbusto y se posó en el suelo, donde, piando y a saltitos, se le fue acercando, hasta que al fin se asustó y emprendió el vuelo. Rezó una oración en la que se hablaba de la renuncia del mundo y se apresuró a terminarla pronto, a fin de enviar a buscar al mercader y a su hija enferma, que había despertado su interés. Para él sería una distracción, una cara nueva. Además, tanto ella como su padre lo tenían por santo, por un religioso suyas preces podían curar. Él lo negaba, pero en el fondo de su alma creía que era verdad.

A veces se preguntaba sorprendido cómo había podido ocurrir que él, Stepán Kasatski, hubiera llegado a ser un intercesor tan extraordinario entre los hombres y Dios, capaz de hacer verdaderos milagros. Pero no había duda de que era así. No podía cerrar los ojos a los milagros de que él mismo había sido testigo, desde que curó a aquel muchacho enfermo hasta que, gracias a sus oraciones, había devuelto la vista a una viejecita hacía poco tiempo. Por extraño que resultara, era así. La hija del mercader le interesaba, pues, por tratarse de una nueva criatura, porque en ello podía reafirmar su poder curativo y su gloria. «Vienen a verme desde mil verstas de distancia, escriben en los periódicos, se entera el emperador, llega a oídos de Europa, de la descreída Europa», pensaba. De repente sintió vergüenza de su vanidad y se puso a orar mentalmente. «Señor, Rey de los cielos, consuelo de los hombres, alma de la verdad, pon tus ojos en nosotros, límpianos de todo pecado y salva nuestras almas. Líbrame de la funesta gloria de este mundo, que me consume», repitió, aunque pensando también que muchas veces había elevado ese ruego al Señor y que hasta entonces sus preces habían resultado, en este sentido, totalmente vanas. Sus oraciones hacían milagros para los demás, pero Dios no lo escuchaba cuando le pedía que lo librara de esta mezquina pasión.

Recordó sus oraciones de los primeros tiempos de ermitaño, cuando suplicaba que se le concediera la gracia de la pureza, de la humildad y del amor, y recordó asimismo que entonces tenía la impresión de que Dios escuchaba sus ruegos; entonces estaba limpio de pecado y se cercenó el dedo. Levantó el muñón del dedo, cubierto en su punta por las arrugas de la piel fruncida, y lo besó. Le pareció que en aquel entonces también era humilde, pues se sentía siempre repulsivo a la naturaleza pecadora. Creyó que entonces poseía también amor, pues recordaba la ternura con que trató a un anciano, a un antiguo soldado borracho que había ido a pedirle dinero, y como la había recibido a ella. ¿Y ahora? Se preguntó si quería a alguien, a Sofía Ivánovna o al padre Serapión, si experimentaba algún sentimiento de amor hacia todas esas personas que acudían a verlo, hacia aquel joven ilustrado con quien estuvo conversando, pedante, atento sólo a poner de manifiesto su inteligencia y a demostrar que, por sus conocimientos, estaba al día. El amor de todos ellos le era agradable y necesario, pero él no correspondía con amor. No sentía amor, no era humilde, ni puro.

Le agradaba saber que la hija del mercader tenía veintidós años. Deseaba ver si era o no hermosa. Y al preguntar si era débil quería enterarse precisamente de si tenía o no encanto femenino.

«¿Es posible que haya caído tan bajo? -Pensó-. Señor, no me abandones, reconfórtame, Señor y Dios mío.» Juntó las manos y se puso a orar. Cantaron los ruiseñores. Un escarabajo se posó en su cabeza y se le deslizó por el pescuezo. Se lo quitó de encima. «¿Existirá realmente? ¿Y si estoy llamando a una casa cerrada por afuera…? El candado está en la puerta y yo podría verlo. Los ruiseñores, los escarabajos, la naturaleza, son este candado. Quizá tenga razón el joven.» Y se puso a rezar en voz alta y estuvo rezando largo rato hasta que le desaparecieron estos pensamientos y volvió a sentirse tranquilo y seguro. Tocó una campanilla y dijo al hermano lego, que se le acercó, que podía recibir a aquel mercader y a su hija.

El mercader acudió llevando del brazo a la hija, la acompañó hasta la celda y se retiró en seguida.

Era una muchacha muy blanca, pálida, rellenita, sumamente tímida, de rostro infantil con expresión amedrentada y de formas muy desarrolladas. El padre Sergio permaneció en el banco junto a la entrada de la cueva. Cuando bendijo a la muchacha, que se detuvo ante él al entrar en la celda, se horrorizó de sí mismo por el modo como le había mirado el cuerpo. La joven pasó y él sintió la mordedura de la carne. Al verle la cara comprendió que la muchacha era sensual y boba. Se levantó y entró en la celda. Ella se había sentado en un taburete, esperándolo.

Se levantó al verlo entrar.

-Quiero ir con papá -dijo.

-No temas -le respondió-. ¿Qué te duele?

-Me duele todo -añadió ella, y de pronto una sonrisa le iluminó el rostro.

-Te curarás -dijo él-. Reza.

-He rezado mucho y no me ha servido de nada -continuaba sonriendo-. Rece usted y ponga en mí su mano. Lo he visto en sueños.

-¿Cómo me ha visto?

-He visto que usted me ponía la mano sobre el pecho, así -le tomó una mano y se la apretó contra el seno-. Aquí.

Él le cedió la mano derecha.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó, temblando de los pies a la cabeza, sintiendo que estaba vencido y que el deseo lúbrico se había escapado de su dominio.

-María. ¿Por qué?

Ella le tomó la mano y se la besó repetidamente. Luego le pasó un brazo por la cintura y lo apretó contra sí.

-¿Qué haces? -dijo él-. María, eres Satanás.

-Bueno, supongo que no importa.

Lo abrazó y se sentó con él en la cama.

* * *

Al amanecer él salió.

«¿Es posible que esto haya ocurrido en realidad? Vendrá el padre. Ella se lo contará. Es el diablo. ¿Qué voy a hacer? Aquí está el hacha con que me corté el dedo.» Agarró el hacha y se dirigió a la cueva.

Se encontró con el hermano lego.

-¿Quiere usted que corte leña? Déme el hacha, haga el favor.

Se la dio. Entró en la celda. Ella estaba acostada, durmiendo. La miró horrorizado. Pasó al cuartucho del fondo, se puso la ropa de mujik, tomó unas tijeras, se cortó el cabello, y por el sendero bajó hacia el río, donde no había estado ni una vez durante los últimos cuatro años.

El camino seguía a lo largo del río. Anduvo hasta el mediodía. Entonces se metió en un campo de centeno y se echó a descansar. Al anochecer llegó a una aldea, pero no entró en ella, sino que se dirigió a un lugar escarpado de la orilla del río. Era de madrugada, una media hora antes de la salida del sol. Todo se veía gris y tenebroso. Soplaba del oeste el frío viento del amanecer. «Sí, hay que terminar. Dios no existe. ¿Cómo acabar? ¿Arrojándome al río? Sé nadar, no me ahogaré. ¿Ahorcándome? Sí, con el cinturón, de una rama.» Esto le pareció tan posible e inmediato, que se horrorizó. Quiso rezar, como solía hacerlo en los momentos de desesperación. Pero no tenía a quién dirigirse. Dios no existía. Se recostó apoyando la cabeza sobre la mano. De pronto sintió tal necesidad de dormir, que no pudo sostener por más tiempo la cabeza en esta posición. Dobló los brazos, se acostó y en seguida se quedó dormido. Pero fue sólo por unos instantes. Se despertó al momento y empezó a ver o a recordar como entre sueños.

Se ve en la aldea siendo un niño muy pequeño, en la casa de su madre. Llega un coche y de él bajan su tío Nikolái Serguéievich con su enorme barba negra en forma de pala, y Páshenka, una niña delgaducha de grandes ojos dulces y tímido rostro. Dejan a Páshenka con él y con otros niños, amigos suyos. Hay que jugar con la niña, pero resulta aburrida, es boba. Al fin, para burlarse de ella le piden que demuestre que sabe nadar. La niña se echa al suelo y allí bracea como si estuviera en el agua. Todos se ríen, se burlan. Ella se da cuenta, se pone roja como la grana. Da tanta lástima, que remuerde la conciencia. Nunca podrá olvidar su sonrisa torcida, bondadosa y resignada. Sergio recuerda cuando volvió a verla después de aquel día. Había transcurrido mucho tiempo. Era poco antes de hacerse monje. Se había casado con un propietario que había dilapidado los bienes que ella aportó al matrimonio, y le pegaba. Tenía entonces dos hijos, un niño y una niña. El primero murió pronto.

Sergio recordaba cuán desgraciada la había encontrado. Volvió a verla, ya viuda, estando él en el monasterio. Seguía siendo la misma. No podía decirse que fuera tonta, pero sí insulsa, insignificante e infeliz. Había acudido con su hija y el novio de ésta. Entonces ya eran pobres. Más tarde, oyó decir que vivía en cierta capital de distrito y que había quedado muy pobre. «¿A santo de qué pienso en ella? -se preguntaba Sergio, pero no podía dejar de pensar en Páshenka-. ¿Dónde estará? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Seguirá siendo tan infeliz como era entonces, cuando mostraba sobre el santo suelo que sabía nadar? Pero ¿por qué he de pensar en ella? ¿Qué tontería es ésta? Hay que acabar de una vez.»

De nuevo tuvo miedo y volvió a pensar en Páshenka para salvarse de aquella espantosa idea.

Echado de este modo, permaneció largo rato pensando ya en su necesario fin, ya en Páshenka. Le parecía que ella sería su salvación. Finalmente se durmió. Vio en sueños a un ángel que se le acercó y le dijo: «Vete a ver a Páshenka y por ella sabrás qué has de hacer, dónde está tu pecado y dónde tu salvación.»

Se despertó y se dijo que Dios le había enviado aquella visión. Se alegró y decidió hacer lo que el ángel le había dicho. Sabía cuál era la ciudad en que vivía Páshenka. Distaba unas trescientas verstas. Y hacia allí encaminó sus pasos.

VIII

Hacía ya mucho tiempo que Páshenka era una mujer llamada Praskovia3 Mijáilovna, vieja, seca, arrugada, suegra de un funcionario llamado Mavrikiev, hombre fracasado y borracho. Vivían en la capital de distrito, donde su yerno había tenido el último empleo. Allí ella sostenía a toda su familia, a su hija, al propio yerno, enfermo y neurasténico, y a cinco nietos. Y los mantenía dando lecciones de música, a cincuenta kopeks la hora, a las hijas de los mercaderes. Algunos días tenía cuatro horas, a veces cinco, de suerte que ganaba aproximadamente unos sesenta rublos al mes. Gracias a esto vivían, mientras esperaban una colocación. Praskovia Mijáilovna escribió a todos sus parientes y conocidos pidiendo recomendaciones para obtenerla. También escribió en este sentido a Sergio, pero cuando llegó la carta él ya no estaba.

Era sábado, y Praskovia amasaba con sus propias manos la pasta para hacer ensaimadas con papas, que tan buenas salían al cocinero siervo de su papaíto. Quería agasajar a sus nietos al día siguiente, domingo.

Su hija Masha estaba atendiendo al pequeñuelo. Los mayores, un niño y una niña, estaban en la escuela. El yerno no había pegado ojo por la noche y acababa de dormirse. Praskovia Mijáilovna también había pasado gran parte de la noche sin dormir, procurando suavizar la cólera de su hija contra su marido.

Comprendía que el yerno era una criatura débil, que no podía hablar ni vivir de otro modo, y como veía que los reproches de su hija no servían de nada, procuraba atenuarlos y evitarlos para que su casa no se convirtiera en un infierno. Era una mujer que casi no podía soportar físicamente las malas relaciones entre las personas. Para ella estaba claro que así nada podía arreglarse y que la situación no hacía más que empeorar. Ni siquiera lo pensaba. Sencillamente, al ver a una persona airada sufría como la hacían sufrir un mal olor, un ruido molesto o como si le dieran golpes.

Estaba muy satisfecha por haber enseñado a Lukeria de qué modo se amasaba la pasta, cuando Misha, su nietecito de seis años, con su delantalito, sus piernas torcidas y sus zurcidas medias, entró corriendo en la cocina, asustado.

-Abuela, un viejo muy feo te llama.

Lukeria miró y dijo:

-Sí, debe ser un mendigo.

Praskovia Mijáilovna se sacudió los brazos, se secó las manos con el delantal y se disponía a entrar en una habitación para tomar el bolso y dar una limosna de cinco kopeks al desconocido, cuando recordó que no tenía piezas menores de diez y pensó que lo mejor sería darle un trozo de pan. Se acercó al armario, pero se avergonzó de su mezquindad y ordenó a Lukeria cortar un trozo de pan mientras ella misma iba a buscar la moneda de diez kopeks. «Este es tu castigo -se dijo-. Darás dos veces.»

Dio ambas cosas al caminante y, cuando lo hubo hecho, no se sintió orgullosa de su largueza, antes al contrario, se avergonzó y le pareció poco lo que había dado. Tan importante era el aspecto del mendigo.

A pesar de haber recorrido trescientas verstas pidiendo limosna en nombre de Jesucristo, a pesar de ir roto, de haber enflaquecido y de haber quedado muy curtido; a pesar de que llevaba al cabello cortado y su gorro era de mujik, lo mismo que las botas, a pesar de que se inclinó humilladamente, Sergio conservaba el aspecto majestuoso que tanto atraía a todo el mundo. Pero Praskovia Mijáilovna no lo reconoció. Ni podía reconocerlo, pues hacía ya casi treinta años que no lo veía.

-No se ofenda, padrecito, por mi pequeña limosna. ¿Desea usted comer algo, quizá?

Sergio tomó el pan y la moneda. Praskovia Mijáilovna se sorprendió de que aquel hombre se la quedara mirando en vez de irse.

-Páshenka, he venido a verte. Atiéndeme.

La miro con sus hermosos ojos negros, insistentes y suplicantes, a los que el aflorar de unas lágrimas puso singulares reflejos. Bajo el canoso pelo de los bigotes le temblaron lastimeramente los labios.

Praskovia Mijáilovna cruzó los brazos sobre su seco pecho, abrió la boca y clavó los ojos en el rostro del peregrino.

-¡No puede ser! ¡Stiopa! ¡Sergio! ¡Padre Sergio!

-Sí, el mismo -musitó Sergio quedamente-. Pero no soy Sergio, el padre Sergio, sino el gran pecador Stepán Kasatski, perdido sin remisión… Acógeme, ayúdeme.

-¡No es posible! ¿Cómo ha llegado usted a tanta renunciación? Entre.

Ella le tendió la mano, pero él la siguió sin tomársela.

¿Adónde lo haría pasar? El piso era pequeño. Al principio ocupaba una habitación diminuta, un cuartucho oscuro, pero luego incluso este cuarto lo cedió a la hija, a Masha, que en aquel momento estaba allí acunando al pequeñuelo.

-Siéntese aquí un momento -dijo a Sergio, señalándole el banco de la cocina.

Sergio se sentó y, con gesto que por lo visto ya le era habitual, se quitó la bolsa que llevaba a la espalda, sacándola primero por un hombro y luego por el otro.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuánta renunciación, padrecito! ¡Tanta fama, y de pronto así…!

Sergio no respondió, se sonrió con mansedumbre mientras ponía la bolsa al suelo.

-Masha, ¿sabes quién es?

Praskovia Mijáilovna explicó en voz baja a su hija quién era Sergio y juntas sacaron del cuartucho la ropa blanca de la cama y la cunita, dejándolo libre para el recién llegado.

Praskovia Mijáilovna lo acompañó al cuartucho.

-Descanse aquí. No lo tome a mal, pero he de irme.

-¿Adónde?

-Doy lecciones. Casi me da vergüenza decírselo, enseño música.

-La música es buena cosa. Pero he venido para tratar de un asunto. Praskovia Mijáilovna, ¿cuándo podré hablar con usted?

-Para mí será una gran alegría. ¿Al atardecer?

-Está bien, pero he de rogarle otra cosa aún: no diga a nadie quién soy. Sólo me he descubierto a usted. Nadie sabe qué ha sido de mí. No ha de saberlo nadie.

-¡Ay, ya se lo he dicho a mi hija!

-Bueno, pídale que lo calle.

Sergio se quitó las botas, se acostó y quedó dormido en seguida, después de una noche de insomnio y de una caminata de cuarenta verstas.

* * *

Cuando Praskovia Mijáilovna regresó, Sergio estaba sentado en el cuartucho, esperándola. No salió a comer y tomó un plato de sopa y papilla que le llevó Lukeria.

-¿Cómo has venido antes de lo que me dijiste? -preguntó Sergio-. ¿Podemos hablar ahora?

-¿A qué debo yo la felicidad de tener una visita semejante? He dejado una lección para otro día… Yo soñaba con ir a visitarlo, le escribí, y de pronto, ¡usted aquí! ¡Qué alegría!

-¡Páshenka! Te ruego que tomes como en confesión las palabras que ahora te voy a decir; que sean como palabras dichas ante Dios a la hora de la muerte. ¡Páshenka! No soy ningún santo, no soy ni siquiera un hombre sencillo como todos. Soy un pecador, un pecador sucio, asqueroso, descarriado, orgulloso; no sé si soy el peor de todos, pero si soy peor que los hombres más ruines.

Al principio, Páshenka lo miraba abriendo desmesuradamente los ojos; le creía. Pero cuando llegó a creerle del todo, puso una mano sobre la de él y dijo sonriendo piadosamente:

-Stepán, ¿no exageras un poco?

-No, Páshenka. Soy un lujurioso, un asesino, un blasfemo y un farsante.

-¡Dios mío! ¿Cómo es eso? -exclamó ella.

-Pero es necesario vivir. Y yo que creía saberlo todo, que enseñaba a los demás cómo hay que vivir, veo que no sé nada y vengo a pedirte consejo.

-No digas eso, Stepán. Te burlas. ¿Por qué siempre te ríes de mí?

-Está bien, me río, me río; pero dime, ¿cómo vives tú y cómo has vivido?

-¿Yo? He llevado una vida desastrosa, ruin, y ahora Dios me castiga. Muy bien empleado. Vivo de una manera tan estúpida, tan estúpida…

-¿Cómo te casaste? ¿Cómo viviste con tu marido?

-Todo fue detestable. Me enamoré de la manera más tonta. Mi padre estaba en contra de que me casara con aquel hombre. No quise escuchar a nadie, me casé. Y una vez casada, en vez de ayudar al marido, lo atormenté porque tenía celos y no fui capaz de librarme de ellos.

-Creo que bebía.

-Sí, pero yo no sabía sosegarme. Le echaba en cara ese defecto, y no era un defecto, sino una enfermedad. No podía contenerse y yo no quería dejarlo beber. Teníamos unas riñas espantosas.

Miraba a Kasatski con ojos que el recuerdo hacía hermosos y doloridos.

Kasatski se acordó de que, según le habían contado, el marido de Páshenka le pegaba. Y al contemplar ahora su cuello desmedrado y seco, con venas prominentes por debajo de las orejas y un moño de escasos cabellos semicanos y semirrubios, tenía la impresión de que estaba viendo cómo había ocurrido todo aquello.

-Luego me quedé sola, con dos hijos y sin recursos.

-Pero tenías una finca.

-La vendimos ya en vida de mi marido… y lo gastamos todo. Había que vivir y yo no sabía hacer nada, como ocurre a todas las señoritas. Pero yo era de las más incapaces e inútiles. Así fuimos consumiendo las pocas cosas que nos quedaban. Yo enseñaba a los hijos y al mismo tiempo aprendía algo. Entonces, cuando Mitia iba a la cuarta clase, se puso enfermo y Dios se la llevó. Masha se enamoró de Vania, mi yerno. Es buena persona, pero un desgraciado. Está enfermo.

-Mamita -exclamó su hija, interrumpiéndola-. Tome a Misha. No puedo hacerme pedazos.

Praskovia Mijáilovna se levantó y, calzada con sus gastados zapatos, salió con paso ligero para volver en seguida llevando en brazos a un pequeñuelo de dos años que se echaba hacia atrás agarrándole la pañoleta con ambas manos.

-¿Qué enfermedad tiene?

-Neurastenia, una enfermedad terrible. Consultamos. Nos dijeron que debíamos ir a otro lugar, pero hacía falta dinero. No pierdo la esperanza de que le pase. No tiene nada que le moleste especialmente. Pero…

-¡Lukeria! -se oyó que gritaba Vania con voz enojada y débil-. Siempre la mandan a alguna parte cuando la necesito. ¡Abuela!…

-¡Ya voy! -respondió Praskovia Mijáilovna, interrumpiéndose otra vez-. Todavía no ha comido. No puede comer con nosotros.

Salió y estuvo preparando algo. Por fin entró de nuevo, secándose las curtidas y sarmentosas manos.

-Ya ves cómo vivo. Todos nos quejamos, todos estamos descontentos, pero gracias a Dios los nietos son buenos y fuertes. Todavía se puede vivir. Pero no vale la pena hablar de mí.

-¿De qué viven?

-Yo gano alguna cosa. ¡Cuando pienso lo que me aburría la música y lo útil que me es ahora!

Se había sentado frente a la cómoda y tamborileaba con los sarmentosos dedos de su pequeña mano a modo de ejercicio.

-¿Cuánto te pagan por cada lección?

-Los hay que me pagan un rublo, otros cincuenta kopeks, y algunos treinta. Son todos muy buenos conmigo.

-Y qué, ¿progresan? -preguntó Kasatski, sonriendo levísimamente con los ojos.

Praskovia Mijáilovna, de momento, no creyó que él le hiciera en serio esta pregunta y lo miró interrogadora.

-También progresan. Hay una niña muy bien dotada, hija de un carnicero. Es una niña muy buena. Si yo fuera una mujer capaz, podría hallar una colocación para mi yerno aprovechando las relaciones de los padres de mis alumnos. Pero no he sabido hacerlo y ya ve en qué situación están ahora los míos.

-Sí, sí -dijo Kasatski inclinando la cabeza-. ¿Vas mucho a la iglesia, Páshenka? -interrogó.

-¡Ay, no me lo pregunte! Es tan difícil, me he abandonado tanto… Con los niños, ayuno y suelo ir; pero a veces paso meses enteros sin acercarme. Mando a los pequeños.

-¿Por qué no vas tú misma?

-A decir verdad -se sonrojó-, me da vergüenza ir rota a la iglesia, por mi hija y por mis nietecitos. No tengo vestido nuevo que ponerme. Además soy perezosa.

-¿Y en casa, rezas?

-Sí, rezo maquinalmente, pero ¿qué valor tiene ese rezo? Sé que no está bien hacerlo así, pero me falta el verdadero sentimiento. Uno no piensa más que en las pequeñeces de cada día…

-Sí, es cierto -musitó Kasatski, como si aprobara aquellas palabras.

-Ya voy, ya voy -exclamó ella respondiendo a una llamada del yerno, y salió de la habitación después de haberse ajustado la trenza en la cabeza.

Esta vez tardó en volver. Cuando regresó, Kasatski continuaba sentado en la misma posición, apoyados los codos sobre las rodillas y baja la cabeza; pero se había puesto ya la bolsa a la espalda.

Ella entró con un candil de hojalata, sin pantalla. Kasatski la miró con sus ojos magníficos y cansados y suspiró profundamente.

-No les he explicado quién es usted -comenzó a decir tímidamente-. Sólo les he dicho que es un peregrino de familia noble y que yo lo conocía. Vamos al comedor a tomar el té.

-No…

-Bueno, lo traeré aquí.

-No, no necesito nada. Que Dios no te deje de la mano, Páshenka. Me voy. Si tienes compasión de mí, no digas a nadie que me has visto. Por Dios redivivo te lo pido. Perdóname, por amor de Dios.

-Bendígame.

-Te bendecirá Dios. Perdóname, por amor de Jesucristo.

Quería irse, pero ella no lo dejó salir sin darle antes pan, unas rosquillas y mantequilla. Kasatski lo tomó y se fue.

La calle estaba oscura, y aún no había andado más de dos casas, cuando Páshenka lo perdió de vista y sólo pudo comprobar que Kasatski proseguía su camino al oír que el perro del arcipreste lo saludaba con sus ladridos.

«Ahora veo claro el significado de mi sueño. Páshenka es precisamente lo que yo tenía que ser y no fui. Yo vivía para los hombres con el pretexto de vivir para Dios. Ella vive para Dios imaginándose que vive para los hombres. Una buena palabra, un vaso de agua dado sin pensar en la recompensa, tiene más valor que todo cuanto he hecho yo para favorecer a la gente. Sin embargo, ¿no había un deseo sincero de servir a Dios?», se preguntaba, y la respuesta fue la siguiente:

«Sí, pero todo eso era impuro, se hallaba invadido por la enmarañada maleza de la fama mundana. No, no existe Dios para quien vive como vivía yo, pensando en alcanzar la gloria entre los hombres. Ahora lo buscaré.»

Y siguió, como antes de venir a casa de Páshenka, pidiendo de pueblo en pueblo un pedazo de pan y un albergue en nombre de Jesucristo, cruzándose con otros peregrinos, hombres y mujeres. A veces la dueña de alguna casa lo trataba con malos modos, o lo injuriaba algún mujik borracho, pero casi siempre le daban de comer y de beber y aun añadían algo para el camino. Su aspecto señorial le granjeaba la simpatía de algunas personas. Otras, en cambio, parecía que se alegraban de que un señor como él hubiera caído en la miseria. Pero su mansedumbre los vencía a todos.

Con frecuencia hallaba en las casas los libros del Evangelio y los leía en voz alta y entonces la gente lo escuchaba conmovida y se sorprendía de oírle como si les leyera algo nuevo y a la vez muy conocido.

Cuando podía ayudar a alguien con un consejo o con un saber, o cuando convencía a los que reñían para que hicieran las paces, no encontraba agradecimiento alguno, pues se iba antes de que pudieran manifestárselo. Y poco a poco Dios comenzó a hacérsele presente.

Un día iba de camino con dos ancianas y un antiguo soldado. Se encontraron con dos señores, un hombre y una mujer, que viajaban en coche tirado por un brioso animal, acompañados de otro varón y otra dama que montaban a caballo. Los que montaban a caballo eran el marido de la señora y la hija, mientras que en el coche iban la primera y un viajero que debía ser francés.

Al cruzarse con el pequeño grupo que iba a pie, estos señores lo hicieron parar. Querían mostrar a aquel señor, probablemente francés, les pèlerins4, gente que en vez de trabajar se pasa la vida caminando de un lugar a otro, siguiendo una tradición propia del pueblo ruso. Hablaban en francés, creyendo que no los entendían.

-Demandez-leur -dijo en francés -s´ils sont bien sûrs de ce que leur pèlerinage est agréable à Dieu.5

Se lo preguntaron. Las viejecitas respondieron:

-Dios dirá. A Él vamos. ¿Lo merecemos?

Preguntaron al viejo soldado. Respondió que era solo y que no tenía dónde meterse.

Preguntaron a Kasatski quién era.

-Un esclavo del Señor.

-Qu´est-ce qu´il dit? Il ne répond pas.6

-Il dit qu´il est un serviteur de Dieu.

-Cela doit être un fils de prêtre. Il a de la race. Avez-vous de la petite monnaie?

El francés tenía monedas y dio veinte kopeks a cada uno de los caminantes.

-Mais dites-leur que ce n´est pas pour des cierges que je leur donne, mais pour qu´ils se régalent de thé; té, té, -dijo sonriéndose-; pour vous, mon vieux7 -añadió dándole a Kasatski unas palmaditas en el hombro con su mano enguantada.

-Que Jesucristo nos salve -respondió este último sin ponerse el gorro e inclinando su cabeza calva.

A Kasatski este encuentro le dio particular alegría, porque despreció la opinión de la gente e hizo lo más sencillo e insignificante: tomó humildemente los veinte kopeks y los dio a un compañero suyo, a un mendigo ciego. Cuanta menos importancia tenía la opinión de los hombres, tanto más intensamente dejaba sentir su presencia Dios.

Así vivió Kasatski ocho meses. Al noveno, lo detuvieron en una ciudad de provincias, en un albergue donde pasaba la noche con otros peregrinos. Como no tenía documentos, lo llevaron a la comisaría. Cuando le preguntaron en el interrogatorio qué había hecho de los documentos y quién era, respondió que no tenía documentos y que él era un esclavo del Señor. Lo consideraron vagabundo, lo juzgaron y lo desterraron a Siberia.

En Siberia se estableció en los terrenos yermos de un rico propietario y ahora vive allí. Trabaja el huerto de un señor, enseña a sus hijos y visita a los enfermos.

FIN

1898

1. Elisa, mira a la derecha, es él.

2. ¿Dónde, dónde? Pues, no es tan hermoso

3. Praskovia es el nombre de pila; Páshenka, su diminutivo familiar.

4. Los peregrinos.

5. Pregúnteles si están firmemente convencidos de que su peregrinación es agradable a Dios.

6. ¿Qué ha dicho? No responde.

-Ha dicho que es un servidor de Dios.

-Debe ser el hijo de un sacerdote. Se le nota. ¿Tiene usted menudo?

7. Dígales que no se lo doy para velas, sino para que se agasajen con té… para ti, viejecito.

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Afirmar a Cristo


Icono de la Crucifixión de Cristo
Icono de la Crucifixión de Cristo

 

…Siempre me pregunté que hubiera hecho en lugar de Pedro. Nunca terminé de aceptar que negara a Cristo. Habiendo vivido con Él y habiendo visto las cosas que vio… me ha impactado que todo eso no bastara como para identificarse totalmente con Él y confiar en su Divinidad.

–          Si, de todos modos, el momento en que se arriesga la propia vida no deja de ser problemático y aún el mas atrevido puede acobardarse. No todos tienen vocación al martirio.

Yo tengo un modo simple, una prueba que puedes hacer para medirte en relación a tu fe en Jesucristo. Una cosa sencilla que sin arriesgar la vida ni nada extremo, te va a permitir saber si lo niegas o si lo afirmas, en el presente de tu propia vida, hoy.

Ni cerca estuve de sospechar en aquel momento, que la sencilla prueba que me planteó entonces, el que luego conocería como Padre Vasily, iba a transformar mi vida por completo.

Compartíamos los duros asientos de la clase turista del tren.

Las doce horas que estuvimos juntos en medio de la incomodidad y el ruido fueron decisivas para mi, un regalo propiamente del que me apercibí después, con el paso del tiempo.

Pero eso será tema de otro escrito; el de ahora versa sobre la afirmación o la negación de Cristo y de la pequeña prueba que me sugirió el monje para realizar en la vida cotidiana.

Se trataba de empezar a llevar una Cruz colgada al cuello a toda hora. Ese era el asunto. Debía ser una Cruz un poco mas grande que lo habitual, un poquito mas voluminosa que las que pueden estar a la moda, casi como la que usan los obispos. El tema era que se notara, que no quedara desapercibida.

–          ¿ Y eso es todo?

–          Si, eso es todo; pero debes llevarla a todo lugar y en toda circunstancia, excepto para dormir, claro está. Cuando te acuestes puedes sostenerla en una mano, suavemente.

–          Eso me parece sencillo.

–          Entonces no se te dificultará hacerlo – me dijo risueño el monje.

Tuve enormes dificultades. Mientras luchaba en lo cotidiano para no faltar a la promesa, me imaginaba al ermitaño riendo, gozoso; sabedor de lo que iba a tener que enfrentar.

Lo primero fue el temor al que dirán; el espanto a que me creyeran “un loco religioso”.

La primera oportunidad de negar a Cristo fue con los mas cercanos. Nadie me dijo nada, pero se notaba que miraban la Cruz, de reojo a veces y que les sorprendía. Tenían una cara de…¿y a este que le pasa? y pude advertir entonces como le importaba a mi ego la mirada ajena, lo que opinarían de mi.

Pero me acordaba del Apóstol Pedro negando al Señor para salvar la vida y no pude permitirme hacer lo mismo solo para sostener una opinión con los conocidos.

Agradecí tiempo después la situación, porque tuve la oportunidad de decirle que si a Cristo, cada vez que reprimía el impulso de guardarme la cruz bajo el abrigo, metiéndola apresurado por el cuello ante la perspectiva de un nuevo encuentro con este o aquél.

El segundo enemigo se manifestó a través de la moda o, mejor dicho, de lo que se supone que entona o desentona. Porque nunca fui de darle  particular atención a la vestimenta, pero algo en mí siempre cuidó de no hacer el ridículo.

Sin embargo, llevar la cruz expuesta sobre la ropa deportiva o sobre el atuendo de trabajo, quedaba en ocasiones muy fuera de lugar.

Me di cuenta entonces como yo mismo juzgaba duramente a la gente que se vestía desentonada, porque en el temor que padecí al juicio ajeno, no pude sino ver la proyección de mis propias opiniones.

Recordé el “con la vara que midáis seréis medidos” y agradecí la enseñanza que esta nueva comprensión me brindaba.

Y esto del fuera de tono se hizo muy interesante porque lo discordante no solo estaba en relación al atuendo sino también respecto de las situaciones.

Muchas veces la “lógica” venía a suplicarme que ocultara la Cruz, que el desafío del monje no incluía llevarla expuesta en esa o en aquella situación, que ya había aprendido lo que tenía que aprender y que fuera razonable, no fuera yo a cometer un exceso, ya que no de la izquierda, por vía de la derecha.

Pero un sentimiento que iba creciendo paulatinamente en mí, me decía, que Cristo es el símbolo del sentido de la vida y que ese sentido debería abarcar todos las escenarios posibles o no sería tal. Así es que o llevaba a Cristo conmigo también a esa circunstancia o no tenía sentido acudir a ella.

Tiempo después me diría Padre Vasily respecto al tema:

–          La cuestión es porque razón debes ir a ese lugar donde no es pertinente llevar una Cruz al cuello. ¿Que haces allí? ¿No es pertinente que lleves una Cruz al cuello? Entonces no es adecuado que concurras allí. Cualquier justificación que surja nacerá de tu tibieza o de tu falta de fe en que siendo coherente con El Señor se puede vivir lo mas bien.

Como siempre, Padre Vasily tenía la razón. No debía adaptar mi atuendo a las circunstancias, sino mi vida a la fe en Jesucristo.

Pero, también, aunque concluí que ha ciertos lugares no concurriría  en adelante, hube de estar atento para no cancelar compromisos por temor.

Así que por bastante tiempo seguí acudiendo según lo previsto a los compromisos asumidos, no fuera a ser que llevando la Cruz al cuello me quedara encerrado para no exponerla; no era el trato ¿verdad? me decía a veces la imagen del monje en mi interior.

Esto de llevar una Cruz grande colgada en el pecho, fue también

una ayuda para evitar conductas y actitudes que llevarían lejos del espíritu.

En medio del ajetreo de la ciudad los instintos están estimulados a cada paso y cuando querían surgir ávidas las miradas, el lujurioso en mí se acallaba porque iba portando la Cruz.

Esta resultaba un eficaz recordatorio del propósito de la vida. Así es que o me guardaba la Cruz dejando que mis sentidos fueran como hoja llevada por el viento o continuaba concentrado en la oración y recogiendo la mirada.

Otro reto muy interesante fueron los encuentros con antiguos conocidos, con esas personas que por años no hemos visto y que nos conocen de otra época y con eso quiero decir  de otro modo, cuando uno era distinto a lo que es ahora, en creencias, costumbres y actitudes.

Esos si que fueron “golpes” para la imagen de sí.

Porque algunos de estos no podían reprimir la expresión de sorpresa… como si dijeran: “¡quién te ha visto y quién te ve!” y con razón lo pensaban. Porque quién me ha conocido no puede creer que ahora ande yo con una Cruz al cuello y asistiendo a misa y relacionado con Monjes y visitando cuanto monasterio pueda visitar.

Y hubo también de los otros, que me dijeron luego: “Se te veía venir” queriendo decir con eso que ellos ya notaban mi tendencia hacia el Cristianismo y lo monástico, en momentos donde ni yo hubiera creído posible mi conversión.

En muy contadas ocasiones llevar la Cruz expuesta suscitó una alusión al tema provocando charlas que no hubiera sostenido de otra manera.

Y este tener que abordar el pasado a través de esos encuentros fue muy pedagógico; me enseñó mucho acerca del escribir derecho con letras torcidas que utiliza la gracia y del famoso y verídico dicho de que “no hay mal que por bien no venga”.

Me ha sucedido de ver cada momento y etapa de la vida como el necesario paso para la comprensión que ahora tengo y descubrir en  aquella ilusión o en esa penuria los maestros  imprescindibles de la enseñanza actual, impensada entonces.

Por eso, al ser interpelado por antiguos compañeros, no puedo sino manifestar que sufro una pasión involuntaria por Cristo. Y digo involuntaria porque nada he hecho para vivirla.

Si recuerdo que leía yo un material muy erudito de un italiano versado en cultura antigua, aunque químico de profesión, vaya a saber porqué; y que en ese texto se hablaba de los antiguos monjes y eremitas. Se intentaba probar allí alguna hipótesis respecto del origen no divino de Cristo y todo el trasfondo del escritor denotaba una ideología ubicada en las antípodas del Cristianismo, ideología a la que adscribía de manera manifiesta ya en el título del pequeño ensayo.

Curiosamente, esta lectura hizo avivar en mi corazón ciertos rescoldos, que creía muertos desde la primera juventud.

Es así, que una cita por aquí, una mención por allá, una referencia en algún otro texto y termino con los “Relatos de un peregrino ruso” en las manos.

Esta lectura fue decisiva para el cambio interior que se produjo.

Pero extraordinariamente, fue el icono de la portada el que me llamó de manera irresistible, a través de la belleza que en el percibía.

Y ya lo había leído al librito varias veces y ahí lo tenía en el cajón y cada vez que buscaba algo me topaba con el icono de la portada y yo no se que fue precisamente; si la mirada desnuda y franca o la postura calma y sencilla o los colores tan bien combinados, pero empecé a notar el deseo de hacer de ese icono mi bandera y de Su Santo Nombre mi refugio.

Veinte años de adoctrinamiento antropocéntrico cayeron en un segundo y al instante siguiente estaba yo de camino, retornando a la casa del Padre, a gran distancia todavía, pero cambiada ya la dirección que seguía.

“Los caminos del Señor son inescrutables”…efectivamente, sin duda.

Puedo afirmar con certeza que algo me ha cambiado sin saber yo como y que ese cambio es simplemente estar mas tranquilo y saciado con poco y mas confiado y entregado a un amor extraño e ilógico, cargado de matices, que me hace andar contento, orgulloso de tener por Señor a Jesucristo.

© Derechos reservados

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”


Desde la ermita

Beata solitudo…

Los tres ermitaños

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Imagen extraída de

Revista de arte


Los tres ermitaños

Cuento 

León Tolstoi

 

El arzobispo de Arkangelsk navegaba hacia el monasterio de Solovki. En el mismo buque iban varios peregrinos al mismo punto para adorar las santas reliquias que allí se custodian. El viento era favorable, el tiempo magnífico y el barco se deslizaba sin la menor oscilación.

Algunos peregrinos estaban recostados, otros comían; otros, sentados, formando pequeños grupos, conversaban. El arzobispo también subió sobre el puente a pasearse de un extremo a otro. Al acercarse a la proa vio un pequeño grupo de viajeros, y en el centro a un mujik1 que hablaba señalando un punto del horizonte. Los otros lo escuchaban con atención.

Se detuvo el prelado y miró en la dirección que el mujik señalaba y sólo vio el mar, cuya tersa superficie brillaba a los rayos del sol. Se acercó el arzobispo al grupo y aplicó el oído. Al verlo, el mujik se quitó el gorro y enmudeció. Los demás, a su ejemplo, se descubrieron respetuosamente ante el prelado.

-No se violenten, hermanos míos -dijo este último-. He venido para oír también lo que contaba el mujik.

-Pues bien: éste nos contaba la historia de los tres ermitaños -dijo un comerciante menos intimidado que los otros del grupo.

-¡Ah!… ¿Qué es lo que cuenta? -preguntó el arzobispo.

Al decir esto se acercó a la borda y se sentó sobre una caja.

-Habla -añadió dirigiéndose al mujik-, también quiero escucharte… ¿Qué señalabas, hijo mío?

-El islote de allá abajo -repuso el mujik, señalando a su derecha un punto en el horizonte-. Precisamente sobre ese islote es donde los ermitaños trabajan por la salvación de sus almas.

-¿Pero dónde está ese islote? -preguntó el arzobispo.

-Dígnese mirar en la dirección de mi mano… ¿Ve usted aquella nubecilla? Pues bien, un poco más abajo, a la izquierda…, esa especie de faja gris.

El arzobispo miraba atentamente y, como el sol hacía brillar el agua, no veía nada por la falta de costumbre.

-No distingo nada -dijo-. Pero ¿quiénes son esos ermitaños y cómo viven?

-Son hombres de Dios -respondió el campesino-. Hace mucho tiempo que oí hablar de ellos, pero nunca tuve ocasión de verlos hasta el verano último.

El pescador volvió a comenzar su relato. Un día que iba de pesca fue arrastrado por el temporal hacia aquel islote desconocido. Por la mañana caminaba cuando distinguió una pequeñísima cabaña y cerca de ella un ermitaño, al que siguieron a poco otros dos. Al ver al mujik le dieron de comer, pusieron sus ropas a secar y lo ayudaron a reparar su barca.

-¿Y cómo son? -preguntó el arzobispo.

-Uno de ellos es pequeño, encorvado y viejísimo. Viste una sotana raída y parece tener más de cien años. Los blancos pelos de su barba empiezan a hacerse verdosos. Es sonriente y sereno como un ángel del cielo. El segundo, un poco más alto, lleva un capote desgarrado, y su larga barba gris tiene reflejos amarillos. Es un hombre tan vigoroso, que volvió mi barca boca abajo como si fuera una cáscara de nuez, sin darme tiempo ni a que lo ayudase. También está siempre contento. El tercero es muy alto: su barba, de la blancura del cisne, le llega hasta las rodillas; es hombre melancólico, tiene las cejas erizadas y sólo lleva para cubrir su desnudez un pedazo de tela hecho de corteza trenzada y sujeto a la cintura.

-¿Y qué te dijeron? -interrogó el prelado.

-¡Oh! Hablaban muy poco, aun entre ellos. Con una sola mirada se entendían inmediatamente. Yo pregunté al más alto si vivían allí desde hace mucho tiempo y él frunció las cejas y murmuró no sé qué en tono de enfado; pero el pequeño le cogió la mano sonriendo y el alto enmudeció. El viejecito dijo solamente:

“-Haznos el favor…

“Y sonrió.”

Mientras el pescador hablaba, el buque se había aproximado a un grupo de islas.

-Ahora se ve perfectamente el islote -dijo el comerciante-. Dígnese mirar Vuestra Grandeza -añadió extendiendo la mano.

El arzobispo miró una faja gris: era el islote. Quedó fijo durante largo tiempo, y luego, pasando de proa a popa, dijo al piloto:

-¿Qué islote es ese que se ve allá abajo?

-No tiene nombre, hay muchos como ese por aquí.

-¿Es cierto que en él, según se dice, están los ermitaños dedicados a trabajar por su salvación eterna?

-Así se dice, pero ignoro si es verdad. Los pescadores aseguran haberlos visto, pero también ocurre que se habla sin saber lo que se dice.

-Yo querría desembarcar en ese islote para ver a los ermitaños -dijo el prelado-. ¿Puede hacerse?

-No podemos acercarnos con el buque -repuso el piloto-. Hace falta para eso la canoa, y sólo el capitán puede autorizar que la botemos al agua.

Se avisó al capitán.

-Desearía ver a los ermitaños -le dijo el arzobispo-. ¿Podría llevarme allá?

El capitán trató de disuadirlo de su propósito.

-Es muy fácil -dijo- pero vamos a perder mucho tiempo. Casi me atrevería a decir a Vuestra Grandeza que no valen la pena de ser vistos. He oído decir que esos viejos son unos estúpidos, no comprenden lo que se les dice y en punto a hablar saben menos que los peces.

-Pues a pesar de todo deseo verlos; pagaré lo que sea, pero disponga que me lleven a donde se encuentran.

Ya no había nada que decir. Se hicieron los preparativos necesarios, se cambiaron las velas, el piloto viró de bordo y se singló hacia la isla. Se colocó a proa una silla para el arzobispo que, sentado en ella, miraba el horizonte, y todos los pasajeros se reunieron a proa para ver también el islote de los ermitaños. Los que tenían buena vista distinguían ya las piedras de la isla y mostraban a los demás la pequeña cabaña. Bien pronto uno de ellos vio a los tres ermitaños.

El capitán trajo el anteojo y miró, entregándoselo en seguida al arzobispo.

-Es verdad -dijo-, a la derecha, junto a una gran piedra, se ven tres hombres.

A su vez el arzobispo enfocó el anteojo en la dirección indicada y vio, en efecto, a tres hombres, uno muy alto, otro más bajo y el último pequeñito. De pie, junto a la orilla, estaban cogidos de la mano.

El capitán dijo al prelado:

-Aquí tiene que detenerse el buque. Ahora, si quiere Vuestra Grandeza, debe bajar a la canoa y anclaremos para esperarlo.

Se echó el ancla, se cargaron las velas y el buque comenzó a oscilar. Fue botada al agua la canoa, saltaron a ella los remeros, y el arzobispo bajó por la escala.

Una vez abajo, se sentó sobre un banco a popa, y los marineros, a golpes de remo, se dirigieron al islote. Pronto llegaron a tiro de piedra. Se veía perfectamente a los tres ermitaños: una muy alto, casi desnudo, salvo un pedazo de tela atado a la cintura y formado de cortezas entretejidas; otro más bajo, con su caftán desgarrado, y luego el más viejo, encorvado y vestido con sotana. Los tres estaban cogidos de la mano.

Llegó la canoa a la ribera, saltó a tierra el arzobispo, bendijo a los ermitaños, que se deshacían en saludos, y les habló de este modo:

-He sabido que aquí trabajan por la eterna salvación, ermitaños de Dios, que ruegan a Cristo por el prójimo; y como, por la gracia del Altísimo, yo, su servidor indigno, he sido llamado a apacentar sus ovejas, he querido visitarlos, puesto que al Señor sirven, para traerles la palabra divina.

Los ermitaños permanecieron silenciosos, se miraron y sonrieron.

-Díganme cómo sirven a Dios -continuó el arzobispo.

El ermitaño que estaba en medio suspiró y lanzó una mirada al viejecito.

El gran ermitaño hizo un gesto de desagrado y también miró al viejecillo.

Éste sonrió y dijo:

-Servidor de Dios, nosotros no podemos servir a nadie sino a nosotros mismos, ganando nuestro sustento.

-Entonces ¿cómo rezan? -preguntó el prelado.

-He aquí nuestra plegaria: “Tú eres tres, nosotros somos tres…, concédenos tu gracia”.

En cuanto el viejecito hubo pronunciado estas palabras, los tres ermitaños elevaron su mirada al cielo y repitieron:

-Tú eres tres, nosotros somos tres…, concédenos tu gracia.

Sonrió el arzobispo y dijo:

-Sin duda han oído hablar de la Santísima Trinidad, pero no es así como hay que rezar. Les he tomado afecto, venerables ermitaños, porque veo que quieren ser gratos a Dios, pero ignoran cómo se le debe servir. No es así como se debe rezar: escúchenme, porque voy a enseñarles. Lo que van a oír está en la Sagrada Escritura de Dios, donde el Señor ha indicado a todos cómo hay que dirigirse a Él.

Y el arzobispo les explicó cómo Cristo se reveló a hombres, y les explicó el Dios Padre, el Dios Hijo y el Dios Espíritu Santo. Luego añadió:

-El Hijo de Dios bajó a la tierra para salvar al género humano, y he aquí cómo nos enseñó a todos a rezar: escuchen y repitan conmigo.

Y el arzobispo comenzó:

-Padre Nuestro…

Y uno de los ermitaños repitió:

-Padre Nuestro…

Y el segundo ermitaño repitió también:

-Padre Nuestro…

Y el tercer ermitaño dijo asimismo:

-Padre Nuestro…

-Que estás en los Cielos…

Y los ermitaños repitieron:

-Que estás en los Cielos…

Pero el ermitaño que se hallaba entre sus hermanos se equivocaba y decía una palabra por otra; el gran ermitaño no pudo continuar porque los bigotes le tapaban la boca, y el viejecito, como no tenía dientes, pronunciaba muy mal.

Volvió a empezar el arzobispo la plegaria y los ermitaños a repetirla. Se sentó el prelado sobre una piedra y los ermitaños formaron círculo a su alrededor, mirándolo a la boca y repitiendo todo cuanto decía.

Durante todo el día, hasta la noche, el prelado batalló con ellos diez, veinte, cien veces, repitiendo la misma palabra y con él los ermitaños. Se embrollaban, él los corregía y volvían a empezar.

El arzobispo no dejó a los ermitaños hasta que les hubo enseñado la plegaria divina. La repitieron con él, y luego solos. Como el ermitaño de en medio la aprendiera antes que los otros, la dijo él solo. Entonces el arzobispo se la hizo repetir varias veces y los otros dos lo imitaron.

Ya comenzaba a oscurecer y la luna surgía del mar cuando el arzobispo se levantó para volverse al buque. Se despidió de los ermitaños, que lo saludaron hasta el suelo, los hizo incorporarse, los besó a los tres, les recomendó que rogasen como les había dicho, se sentó sobre el banco de la canoa y se dirigió hacia el barco.

Mientras bogaban, seguía oyendo a los ermitaños que recitaban en voz alta la plegaria de Dios.

Pronto llegó el esquife junto al buque; ya no se oía la voz de los ermitaños, pero aún se les veía a los tres, a la luz de la luna, en la orilla, el viejecito en medio, el más alto a su derecha y el otro a su izquierda.

El arzobispo llegó al barco y subió al puente. Levaron anclas, largaron las velas, que el viento hinchó, y el buque se puso en movimiento, continuando el interrumpido viaje.

Se instaló a popa el prelado y allí se sentó, siempre con la vista fija en el islote. Aún se veía a los tres ermitaños. Luego desaparecieron y no se vio más que la isla. Pronto esta misma se perdió en lontananza y sólo se veía el mar brillando a la luz de la luna.

Se acostaron los peregrinos y todo enmudeció en el puente; pero el arzobispo no quiso dormir aún. Solo en la popa, miraba al mar en la dirección del islote y pensaba en los buenos ermitaños. Recordaba la alegría que experimentaron al aprender la oración y daba gracias a Dios por haberlo llamado en ayuda de aquellos hombres venerables, para enseñarles la palabra divina.

Así pensaba el arzobispo, con los ojos fijos en el mar, cuando de pronto vio blanquear algo y lucir en la estela luminosa de la luna. ¿Sería una gaviota o una vela blanca? Mira más atentamente y se dice: de fijo es una barca con una vela, que nos sigue. ¡Pero qué rápidamente marcha! Hace un instante estaba lejos, muy lejos, y hela aquí ya muy cerca. Además, es una barca como no se ve ninguna y una vela que no parece tal…

Sin embargo, aquello los persigue y el arzobispo no puede distinguir qué cosa es. ¿Será un barco, un pájaro, un pez? También parece un hombre, pero es más grande que un hombre, y además, un ser humano no podría andar sobre el agua.

Se levantó el arzobispo, fue a donde estaba el piloto y le dijo:

-¡Mira! ¿Qué es eso?

Pero en aquel momento ve que son los ermitaños que corren sobre el mar y se acercan al buque. Sus blancas barbas despiden brillante fulgor.

Al volverse el piloto deja la barra espantado y grita:

-¡Señor!, los ermitaños nos persiguen sobre el mar y corren sobre las olas como sobre el suelo.

Al oír estos gritos se levantaron los pasajeros y se precipitaron hacia la borda, viendo todos correr a los ermitaños, teniéndose unos a otros de la mano, y a los de los extremos hacer señas de que se detuviera el barco.

Aún no se había tenido tiempo de parar cuando alcanzaron el buque, llegaron junto a él y levantando los ojos dijeron:

-Servidor de Dios, ya no sabemos lo que nos has hecho aprender. Mientras lo hemos repetido nos acordábamos, pero una hora después de haber cesado de repetirlo se nos ha olvidado y ya no podemos decir la oración. Enséñanos de nuevo.

El arzobispo hizo la señal de la cruz, se inclinó hacia los ermitaños y dijo:

-¡La plegaria de ustedes llegará de todos modos hasta el Señor, santos ermitaños! No soy yo quien debe enseñarles. ¡Rueguen por nosotros, pobres pecadores!

Y el arzobispo los saludó con veneración. Los ermitaños permanecieron un momento inmóviles, luego se volvieron y se alejaron rápidamente sobre el mar.

Y hasta el alba se vio una gran luz del lado por donde habían desaparecido.

FIN

Orar siempre


Mother of God
Mother of God Hodegetria

 

Era la tarde mas fría del año.

Apenas llegué Padre Vasily puso un jarro con agua al fuego y me hizo un café. Me trató como siempre lo hace. Cordial, sereno, contento. Quiero decir que me recibe con el corazón abierto, exudando paz y feliz de la vida. Ahora que los escribo me parecen estados simples, fáciles de adquirir y de estabilizar y así parecen a su lado. Sin embargo son tan escasos en el cotidiano social, que no se los concibe como posibles sin determinados objetos que los brinden.

Una característica del modo de ser y estar de Padre Vasily es que su modo contagia. A poco de estar con él me siento completo, me desaparecen las ansias, ya estoy en el paraíso; los iconos me parecen tan sagrados y presenciales a su lado, que contrastan con los que tengo en casa. Y son las mismas bellas imágenes, hechas también por sus manos; pero creo que es su mirada o la mía cuando estoy junto a él, que dota las figuras de cierto brillo particular. Siento especial reverencia, mayor que cuando estoy en las iglesias y me voy convenciendo de lo que me dijo una vez:“No creas que vivo solo, me acompañan varios ángeles…”

He cambiado tanto desde que lo conozco, no me reconozco y muchos conocidos tampoco podrían. Me fui extrañando del viejo “yo”, sin dolor ni algarabía, como quién ve alejarse un vehículo lento y viejo en la ruta, de a poco. Y esta distancia creciente me fue dando una nueva perspectiva, me fue llenando de arrepentimiento y también de alegría; porque junto a la pesadumbre vino la liviandad del perdón y la certeza del amor envuelto en confusa biografía. Como él me dijo una vez también, pidiendo disculpas por si estaba fuera del dogma, “Uno tarda en perdonarse, Dios ni culpa ni perdona, educa”.

Solo tomamos café, sintiendo caer la noche, en medio de un silencio no fingido, ni forzado, un estarse quieto sin esperar nada, gozosos de sabernos Hijos. Al rato nos inclinamos en el rincón que hace las veces de oratorio e hicimos vísperas lentamente, paladeando los salmos. Entonces, luego de esa comunión con toda la Iglesia a la distancia, conversamos sobre las preguntas que quedaron pendientes y que me habían hecho algunos amigos en el blog.

“ Uno se acerca a la oración continua porque algo ha pasado en la propia vida que la ha polarizado. La vida de uno se está haciendo unívoca. Todo se está orientando hacia lo único necesario y eso es una gracia muy grande. Suele suceder sin embargo que esto ocurre en medio de crisis angustiosas o de apremios que no nos permiten darnos cuenta de lo bueno que nos está pasando. Pero sin estos aconteceres, dolorosos en general, no llegaríamos a la decisión de orar sin cesar.

Algún quiebre tiene que haber en el devenir personal que nos lleva por necesidad a la oración ininterrumpida. Porque esta es antes que nada una dirección de los apetitos, aunque suene extraño. A uno se le re direccionan los apetitos y lo que antes era múltiple se hace simple y uno.

Solo quiero rezar, quiero estar siempre en la Presencia de Dios, no quiero abandonar este estado de comunión… de distintas maneras se formulan estas cosas según cada quién y la circunstancia. Pero hay un llegar a una instancia de cambio, de un volcarse por entero, hay un deseo de abandonar la tibieza, es un llamado de lo extremo en cierto sentido.

Dios siempre es lo extremo. Recuerda que Jesucristo habló de negarse a si mismo, de dejarlo todo y de seguirlo. Ir, vender todo lo que se tiene, darlo a los pobres y seguirlo. No son medias tintas, son extremos aunque se reserve esa opción al que quiere ser perfecto.

La oración continua, el deseo y la decisión de orar sin cesar, implican un dejarlo todo, en el terreno de la mente. Es tan difícil dejar la mente como dejar las posesiones materiales. Pero puedo decirte que abandonar todo el oro del mundo no necesariamente te une al Señor, pero abandonar la mente te deja a merced de Su Gracia por completo.

Y cuidado, que me parece muy bien dejar las posesiones materiales, por supuesto; es un acto de gran valor y confianza en el Señor, ese poner los bienes en común que hacen los Monjes de ciertas órdenes, ese someter las posesiones al Abad o donarlas a la Iglesia o a la caridad; es muy bueno y de gran valor para los demás y para la propia edificación.

Pero puede que uno siga inquieto o preocupado o dividido o destemplado o que tenga recaídas de la avaricia y se lamente de lo hecho. Pero dejar la mente es dejarse a uno mismo en cuanto ego para siempre y totalmente. Es renunciar a existir como individuo separado de la voluntad Divina.

Y este entregarse brinda indecible contento, pero no es sencillo al principio llegar a ese estado interior, a esa morada del alma; porque dejar la mente es dejar lo que hemos creído ser. Nos parece que morimos y en realidad empezamos a vivir.

Antes que nada…¿qué es la mente?

Un incesante discurrir del pensamiento, como un arroyo interminable, como la vertiente de la cual bebemos aquí, un goteo incesante de las imágenes y de los anhelos plasmados en diálogos, en apetencias sin fin, en recuerdos e imaginaciones sin sentido; un ir y venir y volver a ir siempre para el mismo lado, para la construcción y sostenimiento de un ego que no quiere sino crecer y en la medida en que lo logra se aleja el alma del Señor y de sus enseñanzas y de su gracia vivificante.

Porque es el crecimiento de la búsqueda del placer corporal y mientras mas encadenado te encuentres al placer corporal, mas lejos estarás del reino espiritual. Y no te estoy hablando de producirse dolor o de negar los gozos naturales y legítimos, que colaboran con el crecimiento de la persona, sino del apego y de la vivencia como derivada del placer físico.

Porque no hay opción querido amigo; comes para mantener sano y vivo al cuerpo o comes para gozar del sabor de la comida. Duermes para reparación del cuerpo y para recargar tus baterías o duermes para encontrar el placer de la modorra y la pereza y la calidez de los humores.

El sexo; lo haces para la reproducción de la especie en sagrado vínculo o lo haces para saciar los instintos interminables de la genitalidad. Y así te va luego, de una dependencia a otra dependencia, de una relación trágica a otra y de una enfermedad a la otra.

La mente, es decir el pensamiento, también se ha pervertido desde el origen y en lugar de servir para organizar la experiencia en este mundo y participar activamente de la creación como colaboradores en ella, se ha transformado en herramienta de placer y de fuga, en vehículo de alienación, para el olvido de sí y de los demás.

¿Porque a que viene ese divagar de continuo recordando aquello o ese imaginar como será esa otra situación, sino para el deleite corporal?

Porque todo este ir y venir de la mente, siempre esta buscando la producción de sensaciones. El ir y venir con los movimientos y los desplazamientos físicos y el ir y venir con los pensamientos. Y te lo digo por experiencia.

¿Cuál es uno de los principales enemigos de la oración? El afán de movimiento, la sed de moverse para sentir.

Cuando intentaba recogerme en la celda en mis años de noviciado, principiaba a orar y en ocasiones me sentía unido al Señor y en otras no, pero siempre representaba cierto alivio el llamado al refectorio o a la oración comunitaria o el llamado a capítulo; porque implicaba librarme de la prisión de la quietud.

Porque el estarnos quietos nos pone en una situación muy difícil.

Nos hace evidentes las pulsiones, los anhelos, esos impulsos hacia aquí o hacia allá; nos hacemos conscientes de nuestro propio desasosiego, de nuestra falta de paz. Y esta falta de paz, siempre surge de un inconformismo, de una no aceptación, de un deseo.

Pero yendo a lo práctico y menos a lo explicativo, que a eso apuntaban las preguntas que me hiciste llegar; es necesario repetir El Santo Nombre conforme crece la inquietud y mientras mas me acosan los deseos de moverme mas repito El Santo Nombre.

Yo he descubierto que la clave en los inicios de la oración continua radica en no mover el cuerpo, aunque al principio sea algo como forzado. No hace falta mucho tiempo de esto, solo un poco.

Porque como te dije una vez, al inmovilizar el cuerpo se me hacen mas evidentes las pulsiones y los deseos de movimiento y entonces, al ver lo que sucede puedo orar con el Nombre de Jesucristo en oposición a los movimientos.

En lugar de mover el cuerpo, canalizo a través de un movimiento mental repitiendo El Nombre del Señor o la frase preferida de oración. Esto sirve para empezar a concentrar la mente y para acostumbrarla a mi manejo, a que se conduzca según mis intenciones y no conforme a sus desvaríos.

También la resonancia del Nombre de Jesucristo es la gracia que empieza a acrecentarse en nuestro corazón, porque nadie lo invoca sino es movido por el Santo Espíritu. Si repites el nombre, estás dando lugar al Espíritu, a su acción purificadora e inspiradora en ti.

Habrá toda una rebelión de los apetitos del movimiento, una pugna por salir de la cárcel de la quietud, una búsqueda desesperada por liberar las tensiones mediante el movimiento, corporal o mental.

Entonces, repetir el nombre pidiendo la gracia de la quietud del corazón, de la paz del espíritu. Porque lo que he vivido es que siempre que se repite la oración, esta sin embargo va adoptando tonalidades diferentes. Es como si a través de las mismas palabras, fuera sin embargo orando el corazón de acuerdo a su estado y necesidad.

¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí! dice la mente y sin embargo el corazón grita…¡Líbrame Señor de la angustia! o ¡Dame la paz Señor! o ¡Enséñame a orar!…siempre esta el corazón diciendo algo mientras se repite la oración.

Si se persiste en mantener quieto al cuerpo y si se persiste en repetir con la mente la oración, calmadamente, sin prisas, en muy pocos minutos empieza a sentirse en el cuerpo una sensación muy diferente. Fijate que dije “en pocos minutos” no es necesario un tiempo prolongado para que pueda uno percibir algo de la gracia del Espíritu Santo.

Tiempo y paciencia hará falta para estabilizarse en Él, pero no para tener unas primeras experiencias, que ayudan mucho, porque evidencian que algo maravilloso existe en nuestro interior al alcance de la mano, que es cierto y no mera creencia que el Reino de Dios está en nuestro interior.

Te repito especialmente para tus amigos que preguntan y desean alcanzar la oración ininterrumpida, porque sin ese deseo vehemente no se puede lograr:

Inmovilizar el cuerpo en alguna postura atenta, que no permita el sueño, pero no incómoda en demasía; cómoda y relajada pero que dificulte dormir. Luego de esta inmovilización, acudir a la oración mental, a la repetición del Nombre o la oración que se prefiera, pero sin prisa y sin pausa. Al darse cuenta de que se está divagando, solo volver a la oración sin reproches. Persistir en esto un rato apenas y se comenzará a sentir de una forma no habitual el cuerpo, de una forma que podría decirse…dormido pero despierto, en calma, muy sereno el cuerpo con una suave vibración…y la mente que empieza a irse sin dificultad hacia ese nuevo sentir, repitiendo sin embargo la oración.

Son las primeras señales del Espíritu Santo, un tono diferente de sensación en las manos, en el rostro y a la vez, la presencia del corazón latiendo suave, como si moviera los músculos del pecho, pero sin molestar, como acompañando todo esto.

Ya solo sentir esto va a permitir que el que se inicia sienta el gusto por la oración del corazón, la gracia que en ella se esconde o mejor dicho, lo que tenemos en el interior, la perla preciosa, que no se nos revela por el ruido mental y corporal en que vivimos. ¿Parece demasiado fácil?

Lo que pasa es que nadie se queda quieto y nadie desde esa quietud, Lo invoca. Porque rezar se reza mucho, en medio de la dispersión y la divagación y las ansias por que se concedan ciertos pedidos fruto del deseo personal…

Luego de un tiempo, ya no se puede estar sin la oración, en la vida cotidiana y de pautar para ello especialmente momentos de quietud, se hace el mejor de los hábitos que se pueden tener.

Y esta tranquilidad del alma, se traslada a lo cotidiano, afrontando sin temor situaciones diversas que antes nos preocupaban o alteraban. Empieza a construirse una nueva morfología de la propia vida, donde construyo y miro desde el corazón profundo, desde esa plácida posada donde vive El  Señor de la Misericordia.

© Derechos reservados

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”


Las Cautelas

Grafía de San Juan de La Cruz
Grafía de San Juan de La Cruz

INSTRUCCIÓN Y CAUTELAS

1. El alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento, silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu, donde se goza el pacífico refrigerio del Espíritu Santo, y se alcanza unidad con Dios, y librarse de los impedimentos de toda criatura de este mundo, y defenderse de las astucias y engaños del demonio, y libertarse de si mismo, tiene necesidad de ejercitar los documentos siguientes, advirtiendo que todos los daños que el alma recibe nacen de los enemigos ya dichos, que son: mundo, demonio y carne.

2. El mundo es el enemigo menos dificultoso: el demonio es más oscuro de entender; pero la carne es más tenaz que todos, y duran sus acometimientos mientras dura el hombre viejo.

3. Para vencer a uno de estos enemigos es menester vencerlos a todos tres; y enflaquecido uno, se enflaquecen los otros dos, y vencidos todos tres, no le queda al alma más guerra.

CONTRA EL MUNDO

4. Para librarte perfectamente del daño que te puede hacer el mundo, has de usar de tres cautelas.

Primera cautela.

5. La primera es que acerca de todas las personas tengas igualdad de amor e igualdad de olvido, ahora sean deudos ahora no, quitando el corazón de éstos tanto como de aquéllos y aun en alguna manera más de parientes, por el temor de que la carne y sangre no se avive con el amor natural que entre los deudos siempre vive, el cual conviene mortificar para la perfección espiritual. Tenlos todos como por extraños, y de esa manera cumples mejor con ellos que poniendo la afición que debes a Dios en ellos.

6. No ames a una persona más que a otra, que errarás; porque aquel es digno de más amor que Dios ama más, y no sabes tú a cuál ama Dios más. Pero olvidándolos tú igualmente a todos, según te conviene para el santo recogimiento, te librarás del yerro de más y menos en ellos.

No pienses nada de ellos, no trates nada de ellos, ni bienes ni males, y huye de ellos cuanto buenamente pudieres, y si esto no guardas, no sabrás ser religioso, ni podrás llegar al santo recogimiento ni librarte de las imperfecciones. Y si en esto te quisieres dar alguna licencia, o en uno o en otro te engañará el demonio, o tú a ti mismo, con algún color de bien o de mal.

En hacer esto hay seguridad, y de otra manera no te podrás librar de las imperfecciones y daños que saca el alma de las criaturas.

Segunda cautela.

7. La segunda cautela contra el mundo es acerca de los bienes temporales; en lo cual es menester, para librarse de veras de los daños de este género y templar la demasía del apetito, aborrecer toda manera de poseer y ningún cuidado le dejes tener acerca de ello: no de comida, no de vestido ni de otra cosa criada, ni del día de mañana, empleando ese cuidado en otra cosa más alta, que es en buscar el reino de Dios, esto es, en no faltar a Dios; que lo demás, como Su Majestad dice, nos será añadido (Mt. 6, 33), pues no ha de olvidarse de ti el que tiene cuidado de las bestias. Con esto adquirirás silencio y paz en los sentidos.

Tercera cautela.

8. La tercera cautela es muy necesaria para que te sepas guardar en el convento de todo daño acerca de los religiosos; la cual, por no la tener muchos, no solamente perdieron la paz y bien de su alma, pero vinieron y vienen ordinariamente a dar en grandes males y pecados. Esta es que guardes con toda guarda de poner el pensamiento y menos la palabra en lo que pasa en la comunidad; qué sea o haya sido ni de algún religioso en particular, no de su condición, no de su trato, no de sus cosas, aunque más graves sean, ni con color de celo ni de remedio, sino a quien de derecho conviene, decirlo a su tiempo; y jamás te escandalices ni maravilles de cosas que veas ni entiendas, procurando tú guardar tu alma en el olvido de todo aquello.

9. Porque si quieres mirar en algo, aunque vivas entre ángeles, te parecerán muchas cosas no bien, por no entender tú la sustancia de ellas. Para lo cual toma ejemplo en la mujer de Lot (Gn. 19, 26), que porque se alteró en la perdición de los sodomitas volviendo la cabeza a mirar atrás, la castigó el Señor volviéndola en estatua y piedra de sal. Para que entiendas que, aunque vivas entre demonios, quiere Dios que de tal manera vivas entre ellos que ni vuelvas la cabeza del pensamiento a sus cosas, sino que las dejes totalmente, procúranlo tú traer tu alma pura y entera en Dios, sin que un pensamiento de eso ni de esotro te lo estorbe.

Y para esto ten por averiguado que en los conventos y comunidades nunca ha de faltar algo en qué tropezar, pues nunca faltan demonios que procuren derribar los santos, y Dios lo permite para ejercitarlos y probarlos.

Y, si tú no te guardas, como está dicho, como si no estuvieses en casa, no sabrás ser religioso, aunque más hagas, ni llegar a la santa desnudez y recogimiento, ni librarte de lo daños que hay en esto; porque no lo haciendo así, aunque más buen fin y celo lleves, en uno en otro te cogerá el demonio y harto cogido estás cuando ya das lugar a distraer el alma en algo de ello; y acuérdate de lo que dice el apóstol Santiago: Si alguno piensa que es religioso no refrenando su lengua, la religión de éste vana es (1, 26). Lo cual se entiende no menos de la lengua interior que de la exterior.

CONTRA EL DEMONIO

10. De otras tres cautelas debe usar el que aspira a la perfección para librarse del demonio, su segundo enemigo. Para lo cual has de advertir que, entre las muchas astucias de que el demonio usa para engañar a los espírituales, la más ordinaria es engañarlos debajo de especie de bien y no debajo de especie de mal; porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán. Y así siempre te has de recelar de lo que parece bueno, mayormente cuando no interviene obediencia. La sanidad de esto es el consejo de quien le debes tomar.

Primera cautela.

11. Sea la primera cautela que jamás, fuera de lo que de orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad, ahora para ti, ahora para otro cualquiera de dentro y fuera de casa, sin orden, de obediencia. Ganarás en esto mérito y seguridad: excúsaste de propiedad y huyes el daño y daños que no sabes, que te pedirá Dios en su tiempo, y si esto no guardas en lo poco y en lo mucho, aunque más te parezca que aciertas, no podrás dejar de ser engañado del demonio o en poco o en mucho. Aunque no sea más que no regirte en todo por obediencia, ya yerras culpablemente, pues Dios más quiere obediencia que sacrificios (1 Re. 15, 22), y las acciones del religioso no son suyas, sino de la obediencia, y si las sacare de ella, se las pedirán como perdidas.

Segunda cautela.

12. La segunda cautela sea que jamás mires al prelado con menos ojos que a Dios, sea el prelado que fuere, pues le tienes en su lugar; y advierte que el demonio mete mucho aquí la mano. Mirando así al prelado es grande la ganancia y aprovechamiento, y sin esto grande la pérdida y el daño. Y así con grande vigilancia vela en que no mires en su condición, ni en su modo, ni en su traza, ni en otras maneras de proceder suyas; porque te harás tanto daño que vendrás a trocar la obediencia de divina en humana, moviéndote no te moviendo sólo por los modos que ves visibles en el prelado, y no por Dios invisible, a quien sirves en él. Y será tu obediencia vana o tanto más infructuosa cuanto más tú, por la adversa condición del prelado, te agravas o por la buena condición te aligeras. Porque dígote que mirar en estos modos a grande multitud de religiosos tiene arruinados en la perfección, y sus obediencias son de muy poco valor delante de los ojos de Dios, por haberlos ellos puesto en estas cosas acerca de la obediencia.

Si esto no haces con fuerza, de manera que vengas a que no se te dé más que sea prelado uno que otro, por lo que a tu particular sentimiento toca, en ninguna manera podrás ser espiritual ni guardar bien tus votos.

Tercera cautela.

13. La tercera cautela, derechamente contra el demonio, es que de corazón procures siempre humillarte en la palabra y en la obra, holgándote del bien de los otros como del de ti mismo y queriendo que los antepongan a ti en todas las cosas, y esto con verdadero corazón. Y de esta manera vencerás en el bien el mal (Rm. 12, 21), y echarás lejos el demonio y traerás alegría de corazón Y esto procura ejercitar más en los que menos te caen en gracia. Y sábete que si así no lo ejercitas, no llegarás a la verdadera caridad ni aprovecharás en ella.

Y seas siempre más amigo de ser enseñado de todos que querer enseñar aun al que es menos que todos.

CONTRA SÍ MISMO Y SAGACIDAD DE SU SENSUALIDAD

14. De otras tres cautelas ha de usar el que se ha de vencer a si mismo y su sensualidad, su tercer enemigo.

Primera cautela.

15. La primera cautela sea que entiendas que no has venido al convento sino a que todos te labren y ejerciten. Y así, para librarte de todas las turbaciones e imperfecciones se te pueden ofrecer acerca de las condiciones y trato de los religiosos y sacar provecho de todo acaecimiento, conviene que pienses que todos son oficiales que están en el convento para ejercitarte, como a la ver dad lo son, y que unos te han de labrar de palabra, otros de obra, otros de pensamientos contra ti, y que en todo esto tú has de estar sujeto, como la imagen lo está ya al que la labra, ya al que la pinta, ya al que la dora.

Y si esto no guardas, no sabrás vencer tu sensualidad y sentimientos, ni sabrás haberte bien en el convento con los religiosos, ni alcanzarás la santa paz, ni te librarás de muchos tropiezos y males.

Segunda cautela.

16. La segunda cautela es que jamás dejes de hacer las obras por la falta de gusto o sabor que en ellas hallares, si conviene al servicio de Dios que ellas se hagan. Ni las hagas por solo el sabor y gusto que te dieren sino conviene hacerlas tanto como las desabridas, porque sin esto es imposible que ganes constancia y que venzas tu flaqueza.

Tercera cautela.

17. La tercera cautela sea que nunca en los ejercicios el varón espiritual ha de poner los ojos en lo sabroso de ellos para asirse de ello y por sólo aquello hacer los tales ejercicios, ni ha de huir lo amargo de ellos, antes ha de buscar lo desabrido y trabajoso de ellos y abrazarlo, con lo cual se pone freno a la sensualidad. Porque de otra manera, ni perderás el amor propio ni ganarás amor de Dios.

*** *** ***

San Juan de la Cruz

Regla “Primitiva” del Carmelo

del carmen

Virgen del Carmen

 

Regla “Primitiva” de la Orden

de la Bienaventurada Virgen María del monte Carmelo

  1. Alberto, llamado a ser Patriarca de la Iglesia de Jerusalén por la gracia de Dios, a los amados hijos en Cristo Brocardo  y demás ermitaños, que viven bajo su obediencia junto a la fuente de Elías, en el Monte Carmelo, salud en el Señor y bendición del Espíritu Santo.

 2. En distintas ocasiones y de muchas maneras (cf Hb 1,1) los santos Padres dejaron establecido el modo cómo cada uno (sea cual fuere su estado o el género de vida religiosa que abrazó) ha de vivir “en obsequio” de Jesucristo (cf 2Co 10,5), sirviéndole lealmente con corazón puro y buena conciencia (cf 1Tm 1,5). Pero, como nos pedís que os demos una fórmula de vida adecuada a vuestro proyecto común, para guardarla obligatoriamente en lo sucesivo:

Prior y vínculos sagrados

3. Disponemos, en primer lugar, que tengáis a uno de vosotros como prior; el cual será elegido para el cargo por unanimidad o, al menos, por acuerdo de la mayoría más grave. A él prometerá obediencia cada uno de los demás y tratará de cumplirla de veras con las obras (cf Jn 3,18), acompañando ese compromiso con los de castidad y renuncia a la propiedad.

Lugares para vuestra residencia

4. Podréis estableceros en los desiertos o en otros lugares que se os donaren y sean del todo idóneos para la observancia de vuestra vida religiosa, según lo juzguen conveniente el prior y los hermanos.

Celdas de los hermanos

5. Además, en vista de la situación del lugar escogido para residencia, tenga cada uno de vosotros celda individual y separada, que le habrá asignado el prior mismo, con la anuencia de los otros hermanos o de los más graves.

Mesa común

6. Haced esto, sin embargo, de manera que toméis en un refectorio común los alimentos que os repartieren, mientras escucháis juntos algún fragmento de la Sagrada Escritura, cuando pueda efectuarse sin dificultad.

Autoridad del prior

7. A ningún hermano le estará permitido, sin la licencia del prior que hubiere por entonces, mudarse de celda asignada, ni intercambiarla por otra.

   La celda del prior estará a la entrada del lugar de residencia, para que sea él quien primero reciba a los visitantes, y disponga luego, a discreción, cuanto se haya de hacer.

Oración continua

8. Permanezca cada uno en su celda, o en las proximidades, meditando día y noche la ley del Señor (cfr 1P 4,7), a no ser que se halle justificadamente ocupado en otros quehaceres.

Liturgia de las horas

9. Los que saben rezar las horas canónicas con los clérigos, las recitarán conforme a las disposiciones de los santos Padres y a la costumbre legítima de la Iglesia. Los que no sepan, dirán veinticinco padrenuestros por maitines, excepto los domingos y solemnidades, en cuyo oficio de vigilia mandamos duplicar ese número, de manera que se repita la oración dominical cincuenta veces. Se dirán siete padrenuestros en las laudes de la mañana, así como en las restantes horas, menos vísperas, en que deben rezarse quince.

Renuncia a la propiedad y comunidad de bienes

10. Ningún hermano considerará nada como suyo propio. Tenedlo todo en común (cf Hch 4,32; 2,44). El prior, por medio del hermano que haya designado para ese oficio, distribuirá a cada uno cuanto le haga falta (cf Hch 4,35), atendiendo a la edad y a las necesidades personales.

Lícita posesión de algunos bienes en común

11. Se os autoriza la posesión de asnos o mulos, en la medida de lo preciso, así como la cría de algunos animales o aves.

Oratorio para el culto divino

12. Construid, si ello es posible sin mayor incomodidad, en medio de las celdas el oratorio, donde habéis de reuniros cada mañana para participar en la celebración de la misa, cuando resulte fácil en la práctica.

Colación de tema espiritual y corrección fraterna

13. Asimismo los domingos u otros días, si fuere menester, tened juntos una colación sobre la observancia en la vida común y la salvación de las almas. En este encuentro se corregirán también con caridad las faltas y culpas de los hermanos, de haberlas en alguno.

Ayuno

14. Guardad ayuno todos los días, menos los domingos, desde la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz hasta el día de la Resurrección del Señor, a no ser que la enfermedad o debilidad física u otra causa razonable aconseje su dispensa, pues la necesidad no está sujeta a ley.

Abstinencia

15. Observad la abstinencia de carne, a menos que la toméis como remedio en caso de enfermedad o debilidad. Y ya que, debido a los viajes, tenéis que mendigar a menudo vuestro sustento, fuera de casa podréis comer legumbres preparadas con carne, a fin de ahorrar molestias a quien os dé hospedaje. Pero queda autorizada la comida de carne en las travesías.

Armas para el combate espiritual

16. Puesto que la vida del hombre en este mundo es tiempo de prueba (cf Jb 7,1), y todo el que se propone vivir como buen cristiano sufre persecución (cf 2Tm 3,12), y vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (cf 1P 5,8), procurad con toda solicitud poneros las armas que Dios os da para poder resistir a las estratagemas del diablo (cf Ef 6,11).

   Abrochaos el ceñidor de la castidad (cf Ef 6,14). Protegeos con el peto de piadosas consideraciones, pues escrito está: “El pensamiento santo te guardará” (Pr 2,11,según los LXX). Por coraza vestíos la justicia (cf Ef 6,14), a fin de amar al Señor, vuestro Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas (cf Dt 6,5), y al prójimo como a vosotros mismos.

   Tened siempre embrazado el escudo de la fe, que os permitirá apagar las flechas incendiarias del malo (cf Ef 6,16); pues sin fe es imposible agradar a Dios (cf Hb 11,6). Tomad por casco la salvación (cf Ef 6,17), confiando en el único Salvador que libera a su pueblo de los pecados (cf Mt 1,21).

   Que la espada del Espíritu, toda palabra de Dios (cf Ef 6,17), os pueble colmadamente (cf Col 3,16) los labios y el corazón (cf Rm 10,8). Y cuanto hagáis, realizadlo por la palabra del Señor (cf Col 3,17; 1Co 10,31).

Laboriosidad

17. Empleaos en algún trabajo, para que el diablo os halle siempre ocupados; no sea que, por culpa de la ociosidad, descubra el maligno brecha por donde penetrar en vuestras almas. Tenéis a propósito la enseñanza, así como el ejemplo del apóstol san Pablo, por el que hablaba Cristo (cf 2Co 13,3), y al que Dios nombró pregonero y maestro para predicar a los paganos la fe y la verdad (cf 1Tm 2,7). Si lo seguís, imposible equivocaros. Escribe él: “No vivimos entre vosotros sin trabajar, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar. Cuando vivimos con vosotros, os lo mandamos: ‘El que no trabaja, que no coma’. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan” (cf 2Ts 3,7-12). Este es un buen camino de santidad: ¡a recorrerlo! (cf Is 30,21).

Práctica del silencio

18. Valora el Apóstol el silencio, por el hecho de imponerlo en el trabajo (cf 2Ts 3,12). Y como afirma el Profeta: Obra de la justicia es el silencio (cf Is 32,17). Y en otro lugar: “Vuestra fuerza estriba en callar y confiar” (Is 30,15). Por tanto, ordenamos que guardéis silencio desde la terminación de completas hasta después del rezo de prima del día siguiente. Fuera de este tiempo, aunque la práctica del silencio no sea tan estricta, evitad cuidadosamente la charlatanería; pues, como enseña la Escritura y lo abona la experiencia: “En el mucho hablar no faltará pecado” (Pr 10,199. Y: “Quien suelta los labios, marcha a la ruina” (Pr 13,3). Y también: “El locuaz se hace odioso” (Si 20,8). El Señor, a su vez, advierte en el Evangelio: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio” (Mt 12,36). Por consiguiente, que cada uno haga balanza y pesas para sus palabras, y puerta y cerrojo para su boca (no sea que resbale a causa de la lengua y caiga, y su caída resulte mortal sin remedio) (cf Si 28,29-30), vigilando su proceder, conforme al aviso del Profeta, a fin de que no se le vaya la lengua (cf Sal 38,2). Que cada cual se afane con todos sus cinco sentidos por guardar el silencio, obra de la justicia (cf Is 32,17).

Humilde servicio de autoridad

19. Tú, hermano Brocardo, y cualquiera que te suceda en el cargo de prior, recordad siempre y poned puntualmente por obra la máxima del Señor en el Evangelio: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo” (Mt 20,26-27; cf Mc 10,43-44).

Obediencia obsequiosa al prior

20. Por vuestra parte, los demás hermanos, tratad con deferencia y humildad a vuestro prior, fijándoos, más que en su persona, en la de Cristo, que os lo puso como superior, y que afirma a propósito de los pastores de la Iglesia: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza” (Lc 10,16). Hacedlo así, para que no os condenen en el juicio por menosprecio de la autoridad; antes bien, os recompensen con la vida eterna, en pago de vuestra obediencia.

Conclusión

21. En las breves páginas de este escrito os dictamos la norma de vida, a la que habéis de ajustar vuestra conducta. Si alguno rebasare el estricto cumplimiento de la misma, el Señor, a su vuelta, se lo retribuirá. Procédase, sin embargo, con discreción, ya que ella atempera la práctica de las virtudes.

DADA POR SAN ALBERTO, PATRIARCA DE JERUSALEN,
 Y CONFIRMADA POR INOCENCIO IV

Texto extraído de:

OCD

Sobre las religiones y la iluminación

Icono de Juan, el bautista

La ciudad estaba bulliciosa, como casi siempre. Llegué a  su casa cerca de las  seis de la tarde el día antes del retiro. Me convidó  café y masitas.  Al rato llegó Pedro. Charlamos lindo los tres junto al hogar, en el estudio vidriado pero  hermético. Me sentía dentro de  una ermita urbana, recluido y protegido en medio  del caos.

He apelado a la memoria y a breves notas para transmitirles aunque sea lo esencial de lo hablado. Sin distinguir quién dice una cosa o la otra.  Creo que eso puede llevar la atención a lo hablado prescindiendo  del autor específico y los condicionamientos que de eso resultarían.

En este diálogo creo que se hallan ciertas claves y que puede servir para  lo cotidiano; más aún en  estos momentos difíciles, cuando ya no se sabe que rumbo tomará la sociedad humana.

Diálogo:

–          Todas las religiones me parecen muy valiosas. Esto me hace acordar a una frase de un cuento; “un río va adoptando diferentes nombres, utilidades y significación, según el país por el que pase, pero es el mismo río en realidad” o algo así.

–          Está buena.

–          Si. Cada sistema de búsqueda de la sensación de lo divino, al final creo que eso es cada religión, se adapta a diferentes necesidades.  Y hoy en día, también están más mezcladas y menos organizadas, porque así están las personas. Se viaja mucho, se migra mucho y eso ha pasado también con las creencias y los rituales.

–          Si, es muy interesante lo que está pasando.

–          El cristianismo, mi religión de nacimiento, es muy admirable pese a cualquier desfiguración que después haya sufrido. Es la única religión que conozco que tiene como símbolo principal a la muerte, a la figura de un ser humano muerto o según qué lado de la fe se mire, a su Dios vencido, muerto también.

–          Bueno, pero después resucita, triunfa.

–          Claro, pero el símbolo no es el triunfo, sino el fracaso, la muerte,  la derrota frente a los enemigos, la coherencia mas allá de la conveniencia. Cristo no era un pragmático, sino un ejemplo de absoluta coherencia. El que decía que había que poner la otra mejilla se deja matar aún teniendo la capacidad de evitarlo.

–          Sí. es un jeroglífico para mí, desentrañar lo histórico acontecido, lo significativo, lo verdadero de lo falso, lo que se quiso decir, como se lo ha traducido… ¿Qué se yo?

–          Lo que tienes que atender, me parece a mí, no es la precisión histórica, sino lo que produce en el fiel creyente, de que sirve en la evolución humana y si facilita o no en lo personal el contacto con lo sagrado. O, por lo menos, con la sensación de lo sagrado, sin entrar a discutir lo sagrado en sí mismo.

–          Pero buenas macanas se han mandado también en nombre de Cristo.

–          No, estamos hablando de una religión que nació, el sistema de creencias que generó y lo que esto fue produciendo.  La violencia y la eliminación violenta del que se opone a los propios fines, no deriva del sistema de creencias cristiano sino que viene de antes, de mucho antes, derivado de un modo primitivo que tenemos de funcionar, casi reflejo, automático; mas o menos que lo que no podemos integrar, lo que no podemos aceptar dentro de nuestra realidad, lo eliminamos, lo matamos.  Creemos que de ese modo lo que nos molesta desaparece; pero no es así.

–          A ver, explicame mas que no me cierra.

–          Claro. Suponte que soy un difusor de la enseñanza de Cristo. Alguien anda en mi pueblo diciendo que Cristo no existió o que su enseñanza no sirve. Ese sujeto que anda diciendo eso me molesta, porque refleja mis propias dudas. Entonces lo mato, creyendo que así se va a apaciguar la duda en mí. Por cierto que esto se hace sin esta conciencia interior. Si el creyente cree en Cristo y lo que enseñó , con fe firme, la presencia de un detractor no le hace mella, en todo caso acrecentaría su acción difusora del evangelio, rezaría mas frecuentemente, no genera una inquisición.  Los inquisidores por caso, eran enamorados del poder, de su status quo, ni profundizaron lo que decía Cristo.

–          Comprendo tu punto de vista, pero no me convence del todo.

–          ¡Entonces te mataré! ja, ja.

–          ¡No se pueden creer las cosas que pasan!

–          Pero volviendo al tema; el cristianismo pone de frente al tema de la muerte y afirma la existencia de la trascendencia, de que se puede superar. Establece al amor  como la llave que abre todas las puertas, amor a Dios, a los demás como a uno mismo, a los enemigos. También dice que no hay que desvelarse por lo terrenal, que eso está dispensado por la providencia, sino que hay que trabajar por lo celestial, para liberarse de lo de aquí y conquistar el más allá. Y pone un modelo de conducta que es JesuCristo, modelo arquetípico a imitar. ¿Lo ves? Si abstraes las contingencias, es una hermosa religión.

–          Pero lo ves muy parcial.

–          Es lo que a mí me hace seguir sintiendo admiración por esa forma.

–          Y ¿Qué haces con lo que vino después?

–          Todo muy bien, el río fluye y va llegando a distintos campos. Sin Lutero el mensaje de Cristo no se hubiera difundido por ciertas regiones. Y cada nueva división adapta las cosas y por esa adaptación, fluye hacia otra gente que no hubiera aceptado la versión original. La verdad es una y no es cristiana ni nada. Esta verdad va regándose de distinta manera. Imaginate la contribución cristiana en el campo de lo solidario, de la compasión. Fijate la aportación budista en cuanto a la comprensión de lo sicológico, del mecanismo del sufrimiento y del deseo. Extraordinaria la cuestión hindú con la meditación y con el yoga  y la necesidad de lo ascético. Los sufíes o el islam con el tema de la sumisión a Dios y la normativa que une lo religioso con todas las áreas posibles de la vida…es genial, me parece magistral como se van formando cosas para cada tipo de persona y situación.

–          Si, la verdad que planteado así, es distinto el tema.

–          Extraordinarios me parecen los sufíes con eso de la Faná que vendría a ser la aniquilación total de la personalidad en Dios.

–          Bueno, ellos siempre estuvieron un poco en los bordes de la ortodoxia, siempre vistos como excéntricos por la jerarquía institucional; quizás tenga que ver con la sumisión al maestro, al sheik de cada cual…que rivalice con la autoridad del califa o el ayatollah…

–          Tal vez hayan influido algo sus técnicas sicofísicas de entrenamiento del ser; cada orden con su método, parecen cobijados en el Islam pero haciendo la suya.

–          ¡Son formidables! Todo un sistema de enseñanza transmitido oralmente y con cuentos y leyendas bellísimos.

–          Bueno, el asunto, dicen ellos; no es lo que el cuento dice sino lo que provoca en el lector. Algo así como una modificación interior no perceptible inmediatamente.

–           Ja, Ja, ¡el antecedente de los subliminal!

–          No, es que parece que estas leyendas breves te mueven resortes del alma, engranajes de la mente y vos con eso irías cambiando.

–          Algunas de sus danzas, si te enseñan a leerlas, muestran el funcionamiento del universo, algo así como la sinfonía de las esferas.

–          Vivían en una humildad profunda y se dice que existen todavía grupos que la mantienen. ¿Vos sabés, que humildad viene de humus, que significa fértil? Esta condición de humilde ellos la llevaban al extremo, viviendo descalzos y comiendo lo mínimo, durmiendo en el piso…

–          Es una cosa pariente o vinculada con toda una tendencia ascética que se manifestó en el Sinaí y en el desierto de Scete, con estos monjes cristianos del desierto; que vivían en cuevas, comiendo lo que hallaban, en total desamparo humano, entregados a su fe en la providencia divina…pese a los rigores vivían en total iluminación y gozo y hasta eran longevos.

–          Si, toda una controversia con eso. Aunque lo más probable es que tanto los monjes anacoretas cristianos como los sufíes hayan tenido influencia desde la India, con los eremitas y mendicantes, que hace como cinco mil años ya practicaban los rigores ascético místicos.  Se cree, que se apoyaban en antiguos escritos, como los Vedas.

–          Sí, hay toda una cosa en común con esto de la prescindencia de lo superfluo, la tiene Buda que lo promueve también y luego JesuCristo que parece haber sido capacitado por los Esenios…

–          ¡Ah! formidables, me encantan ellos, tan organizados y parcos. Admiro esa imagen de las túnicas blancas entonando himnos al sol del crepúsculo, en pleno desierto yermo, separados los sexos por una pared alta pero sin techo, para poder cantar en comunión.

–          Bueno, se dice que esos tipos aprendieron en antiguo Egipto, que mamaron en la “prisca religio” o primera religión y que Moisés habría sido un alumno aventajado de esa escuela espiritual. Parece que luego dispersaban a los mas capacitados en distintos puntos y épocas, como parte de un plan mayor…

–          Claro, como si fueran proyectos y cuestiones a largo plazo. Si, conozco esa hipótesis.

–          Pero existe un buen número de historiadores, que hacen nacer todo, incluso a los sabios del antiguo Egipto, de los indoeuropeos.  Es decir, que los colonizadores de la India, estos indoeuropeos, creadores del sánscrito habrían fecundado todas estas regiones  con su particular sabiduría evolutiva.

–          Para mi esta es la más confiable, por más sabio que haya sido Akenatón; creo que era él un venido de allá o un iniciado de estos indos tan polifacéticos. Incluso dicen los que saben, que ellos habrían creado las castas como un modo de organización social estratificado y de distribución inteligente de las funciones.

–          Parecen ser la raíz de todas las lenguas importantes. Es lo que más me maravilla. No solo que sean el origen de la vía iluminativa mediante ascética prescindente de secundariedades, sino que hayan sido formadores del lenguaje. ¡Es increíble!, vos fíjate que encontrás raíces comunes en las palabras de todas estas lenguas regionales y de las lenguas europeas actuales.

–          Si, cuando reviso etimologías me quedo de una pieza, por la coherencia profunda del lenguaje. Es como si el idioma fuera un manual de profundidad esotérica, donde se revelan a quién se toma la molestia de investigar, los secretos del mundo.

–          Si, mucha esencialidad queda a la vista si te fijas en el significado de las palabras.

–          A mi modo de ver, más que una escuela ascética, estos señores vienen a ser fundadores de lo humano; constructores de la especie propiamente. Date cuenta que crear el lenguaje es crear el pensamiento. Esos tipos nos hicieron la forma de la mente, crearon los conceptos con los que organizamos posteriormente la experiencia…son de otro mundo, de otro plano, no sé, pero es monumental lo que han hecho.

–          Lenguaje y pensamiento son lo mismo.

–          Y más o menos.

–          Volviendo un poco… del laboratorio místico gnóstico evolutivo de los esenios sale el cristianismo, como una forma de hacer progresar al judaísmo. Divergencia planificada.

–          Parece que sí. La división es en realidad un modo de reproducción, igual que la división celular, hacemos lo que somos, externalizamos la conformación interna.

–          En el Judaísmo, todo un sistema inteligente de evolucionar pueblos es alimentado por un compacto grupo de kabalistas antiguos, predecesores lejanos de los Pitagóricos… tenían un método de comprensión de lo real; eso es la kábala. Una forma de ordenar la experiencia de la existencia.

–          Fueron ellos los que hacían el maná que permitió al pueblo hebreo vivir en el desierto, una especie de concentrado vitamínico.

–          Son los que arman los mandamientos como constitución básica para ordenar un poco la cosa que era un caos total.

–          Si, lo charlamos una vez con Lorenzo, eso de que prescriben no fornicar por un tema de salubridad debido al  problema que tenían con las venéreas…

–          Como mentes estratégicas intentando ayudar a los asnos.

–          Por eso te decía el otro día, que detrás de cada gran cisma religioso ha habido un aumento intencional de la superficie de contacto; aumentas el público para tu producto al diversificar la oferta.

–          Claro, tenemos la versión light, la fortificada etc.

–          Exacto.

–          Hoy hay muchos más creyentes en Cristo y su mensaje que si esta religión nunca se hubiera dividido. Lutero, Zwinglio, Calvino, todos ayudan a difundir el mensaje básico.

–          ¿Vos decís que hasta Mahoma fue un fundador planificado?

–          No lo sé, pero lo parece. Posiblemente una mejora del cristianismo en esa época y lugar. Fíjate, hoy en día los musulmanes rezan cinco veces al día y masivamente. Los cristianos, una vez a la semana, con menos fervor y en menor número.

–          Si pero nos fuimos de tema.

–          Creo más bien que entramos en el tema.

–          Lo que pasa que yo quería preguntarte como veías el tema del fundamento de lo ascético, de ese ir prescindiendo, dejando todo de lado, que parecen haber practicado todos los grupos con conocimiento. Sócrates, Pitágoras, los discípulos de Akenatón, los tibetanos, los brahmanes, los monjes sirios mas extremos…

–          Si tuvieras que formular la pregunta, sintéticamente, ¿como la harías?

–           Te diría…¿cómo iluminarse? Te preguntaría. Porque todas las ascesis y metodologías son para eso ¿no? Como para fincar en un estado interno que te permita darte cuenta como son las cosas.  Porque es como si estuviéramos en la ilusión y hubiera que despejarla, liberarse.

–          Bueno, el retiro está apuntando precisamente a eso, pero a ver:  El cuerpo tiene sus intereses, porque es un hardware con cierto software instalado, cierto sistema operativo que lo hace funcionar en un sentido…

–          ¿O sea?

–          El cuerpo quiere sobrevivir y reproducirse, nada más. Tiene un programa residente que sirve a eso, que esta como subsidiario, en la RAM, que le indica que esto de reproducirse y sobrevivir lo haga con el menor esfuerzo posible, con el menor gasto de energía.  Es como un chip de aprendizaje. Es la clave de la evolución de la especie. Esto de ir gastando cada vez menos a fin de usar el sobrante de energía para otra cosa.

–          Si, entiendo.

–          La mente, un delicado hardware con software desarrollado de a poco y todavía en versión beta, es sobre todo un intento del cuerpo de optimizar todo el asunto. Se trata de usar acumulación de información, memoria, anticipación de reacciones, clasificación, categorización de vivencias. Imaginá que a tu PC le creciera una placa aceleradora, se le agregara RAM…la mente es un reflejo virtual del funcionamiento orgánico y a la vez una función mejorada. Es como lo que ves en el monitor.  En ningún lado de tu computadora hay carpetitas e iconos y fotos…hay impulsos eléctricos que se discontinúan y según esas discontinuidades son leídas por el procesador, te va presentando las cosas de modo gráfico, ordenadamente y vos podés operar mejor las cosas. Acordáte cuando el D.O.S, había que poner delete all o delete *.*.

Ahora agarras el documento y lo llevas a la papelera. Pero es lo mismo que el delete antiguo solo que virtualmente más operativo, funcionalizado.

–          Sí, claro.

–          Bueno, todo el problema del despertar y de la iluminación, es darse cuenta que uno no es el cuerpo y que no es la mente. Uno no es la CPU y tampoco lo que se ve en el monitor.

–          O sea…

–          Espera, sin apuro, entiende bien la cosa. Hay un físico y un físico virtual. La mente deriva, se asienta en lo físico. Sin cerebro no hay mente, pero vos no sos ni lo uno ni lo otro. Y esto, cuando lo explicas, enseguida te dicen…sí, sí, claro…pero no es tan sencillo.  La mayoría de las personas vive identificada con el cuerpo o con la mente. Cuando se dice “quiero comer” es el cuerpo que quiere. No uno mismo. Cuando se dice “quiero entender” es la mente que quiere, no uno mismo.

–          Lo que pasa es que si no soy eso, no me encuentro, no tengo sensación que no sea mental o física.

–          Ahí está el tema, sentir lo que uno es. Ser. ¿Quién soy? Cuando preguntas quién, es una abstracción de lo mental, estas en la misma situación. Hay un modo de estar que se puede vivenciar, una manera de mirar te diría.

–          ¿Dices que soy el operador de la computadora? ¿No soy el hardware ni el software sino el que esta tecleando sentado?

–          ¡En absoluto! ¡De ninguna manera! Fíjate que no manejas tu cuerpo y que al divagar de continuo, no manejas tu mente.

–          Bueno, pero vendría a ser un operador de PC medio dormido o vago. Pese a todo, en alguna ocasión, organizo el pensar y a veces, le hago hacer cosas al cuerpo, coordinadas, como cuando juego tenis por ejemplo.

–           ¡No eres el operador!, aún cuando organices pensamientos o coordines movimientos.

–          Entonces…

–          Es despacio que te vas a avivar y no con ansiedad. A lo que vos le llamas el operador, es otra virtualidad, lo que sería la noción del yo…ilusoria. Es como si la PC dijera: “Soy una PC”.  No hay nada de eso. Hay unas latas, unos cables, componentes ensamblados, silicio, lo de “PC” es un armado mental, no hay tal cosa. El yo tan famoso, es lo mismo. Ensamble de funciones y componentes, tejidos diversos; pero no hay entidad real.

–          ¿Y entonces…?

–          Es un poco largo el tema.

–          Yo tengo tiempo.

–          Ahí tenés, el tiempo. ¡Otra ilusión! No hay nada que sea el tiempo. Es el modo en que vivenciamos el proceso de existir mientras nos identificamos con el cuerpo-mente. El tiempo es el movimiento de la mente. Cuando la mente se aquieta se produce una experiencia diferente, que no involucra la sensación de transcurrir el tiempo. O cambia notablemente esa sensación.  En situaciones determinadas, puedes vivir una hora en dos minutos. Percibes de otro modo.

–          Lo comprendo pero no lo he vivido.

–          Claro, es que no es cosa sencilla tener esa experiencia, debido a que la mente traduce los movimientos orgánicos en imágenes y pensamientos y recuerdos. Segrega una sustancia tal glándula y se te aparece una imagen correspondiente al nivel cortical de la sustancia. Pero no la asocias con eso, no te das cuenta.

–          Ajá. O sea que a cada movimiento del cuerpo le corresponden movimientos mentales.

–          Así es. Estamos inmersos en un medio, los sentidos reciben información y eso mueve acciones de la mente, porque es traductora y transformadora de impulsos. Por lo cual, mientras tenga vida el cuerpo, la mente se moverá haciendo alguna correlación entre ambos. No se puede realmente aquietar la mente; puede uno apartarse de ese ruido, alejarse uno del movimiento de la mente. Porque y te lo recuerdo “Benito”, uno no es la mente y menos aún sus movimientos. Si no puedes calmar la gente, que hace ruido en tu casa, vete de la casa.

–          ¡Ja!, ¿cómo hacer semejante cosa?

–           Bueno, ahí enganchamos con el tema de la ascesis y con el tema de algo que tienen en común muchos grupos históricos de esos que hablábamos recién. Esenios, cabalistas, monjes cristianos del desierto, sufíes, anacoretas hindúes, budistas de la primera hora, discípulos de Akenatón, pitagóricos… tibetanos, chamanes de Siberia, todos tienen algo en común. Todos tienen una vía ascética, con diferencias importantes, pero ascesis al fin y todos tienen una forma de aquietar la mente y conectarse con la sensación de una presencia mayor, divina te diría, mediante oración continua o ciertas técnicas precisas.

–          La oración continua.

–          Un camino, un método que favorece la quietud de la mente. El dikr, la oración de Jesús, el mantra tal o cual, la salmodia ininterrumpida… es un recurso que favorece la permanencia del sujeto en el tema sagrado, facilita el permanecer ajeno y desapegado del constante ir y venir de lo cotidiano físico y mental. Es un canalizar la energía, polarizándola. Entonces para facilitar eso está la ascesis: comer con moderación, apartarse de la sensualidad que encadena a los sentidos y que genera dependencia; no complacer demasiado el cuerpo para no distraerse, pocas comodidades. Sino después, el cuerpo te anda reclamando lo que se le hizo costumbre. Lo que si te reconozco, que todo esto se aplicó muchas veces represivamente y entonces se generó lo opuesto, el efecto contrario. Mas deseo, mas distracción y hasta perversión. Tener moderado el cuerpo facilita la oración continua, no pesa tanto la carne. Pero eso debe surgir de un muy fuerte y arraigado deseo de alcanzar un bien mayor y no por conciencia pecaminosa. Sino después viene el rebote. Vuelves a lo anterior pero con más fuerza.

–          Está bien. Ascesis corporal y ascesis mental con la oración. Algo así como comer poco y pensar poco… ¿y después qué?

–          Con la práctica sincera y con la acumulación de experiencia en el tema, algunos pocos podían despertarse a lo que ellos eran en realidad, que no es un cuerpo ni una mente.

–          ¿Cómo es eso?

–          Deberás vivirlo.

–          Dame una pista para calmar la ansiedad, un hueso para el perro.

–          Puede ser, aunque será un hueso flaco. Uno repite la oración y la repite y no afloja, aunque se canse; se camina, se sienta, lo que sea. Pero la sigue repitiendo y uno empieza a vivir montado en la oración. Un día, yo me di cuenta, que si bien adhería a lo que mi oración decía, al significado de la frase, ya no me importaba.  Importaba el acto, la acción lanzada en cada jaculatoria.

–          Mmmhh… ¿no importaba lo que decías?

–          Bueno, sí, era importante para mí, pero yo en ningún momento he creído que algún Dios pudiera necesitar mi oración para brindarme algo, o que fuera a ser escuchado; para eso haría falta que existiera el tiempo y que los Dioses estuvieran inmersos en el devenir. Lo divino se me ha aparecido siempre como omnisciente y omnipotente comparándolo con nuestro nivel de existencia y por lo tanto ajeno a manipulación. ¿Cómo podría la criatura manipular al Creador?

–          Si.

–          El punto para mi estaba en lo que sentía mientras oraba. En la forma que adoptaba mi ser por decirlo de cierto modo. Y, esta forma me parecía, guardaba mayor correspondencia con la naturaleza del cosmos y con su esencia.

–          ¿Cómo era esa forma que adoptaba tu ser? Y ¿Cuál es ese ser que adoptaba formas entonces?

–          …Es una cierta forma de humildad, un ubicarse más objetivamente, un vivir desde la perspectiva cósmica, te diría. Permanecer en la conciencia de la propia y profunda nadidad, pequeñez y dependencia. Un estarse sin huir en la propia ignorancia e incertidumbre.

–          Sí, creo que comprendo.

–          Un estarse en esa situación y no solo darse cuenta con el intelecto de que uno es muy pequeño ante la inmensurable vastedad del universo; un sentir esa profunda no elección de nada, esa absolutísima dependencia. La total incerteza de lo por venir y de las verdaderas leyes que todo lo rigen. Ese ignorarlo todo, es un cierto clima, una ubicación mental que favorece la aparición de lo otro, de lo que uno busca.

–          Es medio parecido a lo de “la docta ignorancia” de Nicolás de Cusa.

–           Puede ser, como no. Desde ese lugar se puede orar. Fue allí, en esa situación, donde descubrí lo que podría llamar mi ser o esa esencia que soy y que no es mi cuerpo ni mi mente, aunque se exprese imperfectamente a su través.

–          Yo se que debe ser complicado de expresar, pero que me podrías decir sobre ese ser, cual es su naturaleza, no sé…algo más.

–          … Ese ser es el que ora, es como el acto que se lanza…pero está detrás de la oración y detrás del acto de orar… te diría que su naturaleza es carencia y su libertad, gemido. Es una incompletitud consciente, que si permanece consciente, se completa.

–          Muy buena charla… me sirve. Yo les agradezco mucho.

–          En todo caso perdimos un poco de tiempo…que de todos modos no existe.

–          ¿Me aconsejarías algo, por lo que has podido ver de mí, algo que te parezca me serviría?

–          Recordar con frecuencia que uno está habitando una mota de polvo pequeñita, en una galaxia con cien mil millones de estrellas, en un universo de miles de millones de cúmulos de galaxias, entre incontables universos posibles coexistentes…recordar que además, el cuerpo y la mente están por morir, en cualquier momento; que lo único con sentido es tratar de indagar la posibilidad de ese Sí mismo no perecedero, del que hemos hablado en alguna ocasión. Ese “soy el que soy” que se menciona en la historia. Fíjate como es la forma que adopta en vos. Esa indagación no debe ser letrada, debe ser consciente de que no sabemos nada y de que no hay nada más que tenga importancia.

Los dejé solos. Supuse que tendrían de que hablar. Me fui calmo. Ya de noche. La avenida tenía abundante tráfico pero era como si no me llegara, como si los ruidos rebotaran.

Un clima de esperanza me embargó, incluso me dura todavía. Es como la sospecha de un propósito detrás de los sucesos incomprensibles. Creo hoy más que ayer, que no estamos solos y que hay un significado en la vida. Quizás radique allí esta cierta serenidad que siento entre tanto horror actual y por venir.

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