De la existencia de Dios y la belleza

Jesucristo Salvador
Icono de Jesucristo Salvador

Recogimos bastante leña. Padre Vasily se esfuerza siempre en no cortar si es que se pueden encontrar ramas caídas o árboles secos. Incluso sé de buena fuente que se ocupa de sembrar un nuevo árbol, cerca de donde se ha visto obligado a cortar alguno. Hacia mediodía oramos junto al arroyo, sentados en las piedras que el sol había calentado un poco. Todo esto lo hicimos en silencio. No hablamos desde que salimos de la ermita y sin embargo me sentí mas comunicado que cuando conversamos.

Al regreso, arrojó semillas a las aves, que en decenas se agruparon en torno nuestro. Me acordaba yo de la biografía que supe leer de San Serafín de Sarov unos años atrás y agradecí al Señor estar viviendo eso, y contar con un maestro espiritual tan parecido al santo aquél en su devoción, soledad y silencio interior.

Me convidó una sopa de arroz, que increíblemente tenía buen sabor y continuamos charlando mas cerca del fuego.

–      Bueno, ¿y cómo va?, ¿mejor?

–      Si Padre, no estaba mal cuando vine, pero ahora me lo parece al juzgar la diferencia con el estado que tengo ahora. Si, siento como si me hubiera liberado de la mente, creo que tendré a que argumentos acudir cuando me ataque con sus perplejidades.

–      Agradezcamos al Señor. Son todas armas de utilería, equivalen a balas de salva los contenidos de la mente, si se los encara con atención y oración. Atención para comprender los mecanismos que la rigen y oración para desapegarse de ellos. Mas que discutir hay que desapegarse. Yo te argumenté un poco, como te dije, para darle un hueso que roer, pero lo mejor es ver pasar los pensamientos como nubes en el cielo, sin darles importancia y permanecer abocados a la oración interior.

–      Hay un algo mas que me queda con ese tema, antes de pasar a otro si me permite. Sucede que han salido unos libros que están medio de moda, sobre la inexistencia de Dios, que se venden mucho y que prenden bien en cierta capa social…yo creo en Dios Padre y de eso no duda mi mente…sin embargo no se bien que argumentar con algunos amigos que me hablaron del tema el otro día en una reunión familiar, es muy fuerte la tendencia a ver a Dios o a la creencia en Dios como un arcaísmo, una antigüedad.

–      Depende en que ambientes. Es cierto, tiene cierto prestigio ser ateo hoy en día, como que nimbara al sujeto de un halo de cientificismo, de autosuficiencia, como de fortaleza moral…es muy gracioso. Bueno, muchos adhieren por esa razón. Sin saberlo se hacen ateos porque les mejora un poco la imagen, es como un maquillaje que le sienta bien al ego. Y bueno, ya va a pasar, no hay que oponerse a eso. Si alguien dice que no cree, no cree y ya. ¿Qué problema hay? Evangelizar no es andar buscando votos o adeptos que engrosen las filas partidarias; evangelizar es antes que nada, vivirlo al evangelio. ¿No te parece?

Claro, quizás si tu conducta es coherente, se interese alguien por aquello que en lo que crees, por lo que te hace comportarte como te comportas. Pero oponerse solo sirve para que el ego del otro se fortalezca, y apoyándose en ti, crecer en su cerrazón. Si te opones, se afirma el otro.

Ahora, si se trata de alguien con quién tienes buen diálogo y que se va a poner a escuchar lo que dices, puede ser interesante que le comentes tu forma de ver las cosas, porque puede servirle a él, no porque El Señor necesite adeptos. ¿Me explico no? Porque esa fiebre de sumar gente es muchas veces mas un componente del ego que del evangelio; como si se estuviera corriendo una carrera entre diferentes religiones para ver quién tiene mas fieles.

Es una contaminación sufrida desde el mercantilismo tan en auge. Un modo consumista de expandir la religión, como si de abrir sucursales se tratara el tema. Ahora, en el caso de un buen amigo o de alguien genuinamente interesado en estas cuestiones, yo no defendería los antropomorfismos sobre Dios, ni sus manifestaciones en la historia, sino mas bien su existencia como principio universal.

Es decir, que aún cuando se adhiera a la teoría del bing bang; ha de admitirse que esa concentración de materia y energía, que sería la que da lugar a la explosión inicial, no puede haber surgido de la nada, sino que necesita un principio. Puedes decirle que a ese principio de lo existente le llamamos Dios.

–      Si, yo acuerdo con eso. Sin embargo  me dicen que yo reemplazo el bing bang por Dios, pero que estamos en las mismas en cuanto a que de donde se originó Dios.

–      Bueno, es que precisamente, no se puede concebir que aparezca materia y energía concentrada desde la nada como estado previo; y si puede concebirse, que una descomunal inteligencia y voluntad, que un Ser demasiado grande para que podamos abarcarlo, haya puesto en marcha el universo. Es importante esto de lo que se puede concebir, porque esta a la base del pensamiento científico y sin embargo cuando se tratan de cosas a escala cósmica, ellos parecen no hacerse problema por los orígenes de todo lo existente. Porque cuando hablamos de Dios, como idea, como concepto, estamos hablando no solo del que concentró la materia prima para la explosión inicial, sino del que creó el espacio mismo donde pudiera manifestarse la existencia de esa explosión con todo lo que contenía.

–      Claro, entiendo. La creación del espacio mismo.

–      Del espacio, del tiempo, de la percepción, del observador, de la energía y de cualquier otra cosa que se pueda pensar, de todo lo existente. Por eso, siguiendo la terminología de los filósofos, la existencia de Dios, me parece apodíctica*, no solo incontrovertible, sino que no me puedo imaginar la realidad sin Él, no puede concebirse.

–      Bueno, hay quienes si pueden.

–      Me parece que no. Pueden imaginarse hasta el bing bang y allí se detienen en sus preguntas y por eso pueden concebir de ese modo. Pero en ese caso no llegaron hasta el origen, se detuvieron  antes. Tienen que seguir preguntando para llegar a lo apodíctico, a lo irrefutable. “Todo empezó cuando…” está muy bien, no lo discutamos…pero, ¿cómo fue que empezó?, como es que puede algo venir a la existencia.

Allí se abre un enorme campo de misterio si lo abordas por vía intelectual y permanecer en esa ignorancia genuina, es lo único que puede hacer el intelecto con aquello que lo abarca. Porque tampoco se podrá responder lógicamente, pero si es legítimo llegar hasta lo último y en este caso a la ignorancia suma, lo que no se puede conocer. A ese enorme espacio desconocido le llamo Dios, la suma de las potencialidades. Por supuesto si me mantengo por el camino del intelecto desnudo.

En cuanto al camino del corazón en mi caso fue por el encuentro con certezas indemostrables intelectualmente, pero certezas de calidad subjetiva, que vienen a completar muy acabadamente las necesidades interiores. Dicho de otra manera, en ciertas emociones, en la calidad e intensidad de ciertos sentimientos, he alumbrado la convicción mas profunda de que Dios existe; no solo ya como principio organizador y creador de todo lo existente, sino como Amor puro.

Mi camino empezó a través de la belleza. A mi me maravilló siempre la belleza. Me deslumbró. No entendía muy bien que venía a hacer la belleza en medio del mundo, como era que podía manifestarse en medio de tanta miseria. Te hablo de mis tiempos de juventud. Y percibía lo cotidiano como un área gris, habitual, medio inanimada a causa de las rutinas, un campo de enorme chatura… y percibía la tragedia, el dolor, la miseria, la enfermedad y la agonía, la decrepitud, la maldad, la violencia.

Eso salía de la mediocridad, era la vida dura, el lado oscuro de la existencia. Y allí estaba, viendo lo gris y lo negro. Lo gris era lo mas habitual y menos mal me decía entonces.

…y un buen día percibí la belleza. Pero no como uno puede mirar una flor, distraído o incluso admirado, pero permaneciendo en el mismo rango de vibración. Me pasó que me golpeó la belleza, resquebrajó mi mundo, era una belleza que me hería porque era muy bella, apabullante. Imaginate un mundo gris y negro que de repente innovara con algunas notas de color. Descubrí por cierto, redescubrí, las flores y las aves y las nubes y las estrellas y la luz y el agua y el viento y todas las manifestaciones de la naturaleza, pero de un modo totalmente nuevo.

Como si mis ojos fueran capaces de gran nitidez y precisión y asistí embobado a la presencia del amor de Dios en el mundo. Porque aunque después comprendí que su amor esta en todo lo existente, yo lo vi en la belleza, no es que lo comprendí, lo vi, “pude mirar su rostro en lo bello”. Fue una gracia enorme. La cualidad de lo bello muestra una realidad diferente que atraviesa esta, como si el cielo penetrara en la tierra y la inflamara de amor.

No pude sino amar al arquitecto de semejantes creaciones y me dirán lo que quieran de la evolución y me presentarán a la flor como emergente adaptativo de reproducción y lo que quieras, pero yo se en mi, que ese es Dios mostrándose y amando al hombre y no necesité mas demostración que esa.

La belleza tiene el atributo de lo armónico, de lo ordenado, de lo pulcro, de lo perfecto. La belleza es lo perfecto inmejorable, es la máxima expresión de algo en lo que le atañe, en su campo de expresión te diría. Esto último que te digo es lo que luego, de a poco, me fue llevando a ver la belleza en cualquier manifestación. Pero eso es mas complicado y lo vemos después; lo central es lo que te he dicho, en mi caso.

…o sea que la expresión de la máxima potencialidad vendría a ser lo mas parecido a Dios en el mundo de todos los días. El principio de la perfección. Todos vemos cosas, mas lindas, mas feas e incluso verás que hay cosas no culturales, no te hablo de la belleza del parámetro cultural y de la época; hablo de la belleza que es considerada tal en toda época y lugar. Eso en lo que el ser humano coincide en cuanto a bello, responde a ciertos principios que están inscriptos en nosotros.

Siguiendo con el ejemplo de la flor. En toda época, lugar y cultura, una bella flor es reconocida como tal; por pobres y ricos, malos y buenos, viejos y jóvenes…tu les muestras, le haces ver y te van a reconocer que es algo bello.

Porque hay algo en el modo de ser la flor que coincide con algo en el modo de ser humano; hay un espacio en nosotros que permite el reconocimiento de la belleza. Hay en nosotros un espacio de armonía y orden y perfección que es lo que va a  permitir reconocer eso fuera de nosotros mismos, en el mundo. Por eso te digo…re conocer, porque es un volver a conocer lo ya conocido, que habita en nosotros, como presencia o como potencia, pero está.

Lo bello universal es tal porque nos completa, llena nuestro espacio de armonía y nos engancha con esa vibración, nos posibilita a su vez, acercarnos nosotros a esa perfección. Y la perfección es Dios.

Yo sé que no logro transmitir el momento cuando el Padre Vasily me habló de la belleza, porque aunque repita sus palabras, no puedo mostrar su gestica ni transmitir lo que sentí en esos momentos a su lado. Estaba radiante y sereno, pero como henchido de gozo, se veía realmente como alguien que ha tenido un encuentro con Dios. Me parece un hombre marcado por esos encuentros y que esa huella lo ha transformado profundamente y para siempre.

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“Dios habla en la soledad”

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Ermitaño Urbano

Splendor veritatis…

 

En línea con Su Voluntad

 

Virgen de Vladimir

Había fuerte tormenta. El viento me parecía por momentos amenazante. Permanecimos dentro varias horas.

P. Vasily, lo mas tranquilo, lijaba una madera en la que luego pintaría un icono de la Madre de Dios. Se suscitó un interesante diálogo que he reconstruido en base a las notas que tomé y a la memoria de frases que me impactaron y esclarecieron.

–          Todo ocurre por su voluntad o como resultado de las leyes que El ha creado. La existencia que tenemos es Su voluntad y los aconteceres que en ella vivimos derivan de Su voluntad o de nuestras acciones interactuando con esos aconteceres.

–          Pero a esta altura de mi vida vivo seguramente lejos de Su voluntad, he metido muchas veces mi propio interés en medio de los sucesos.

–          Si. Por eso, lo primero que debes hacer si quieres adecuarte exactamente a la intención divina, es dejar de hacer. Ya no intervenir en aquello que no te requiera.

Es simple. Las cosas van pasando, ante tus ojos se van suscitando una serie de hechos, de eventos. Gente que hace o dice cosas, aconteceres muy diversos que ocurren. Debes permanecer concentrado en la oración interior y no intervenir.

No dejar que tus deseos traten de modificar lo que acontece. Si permaneces atento, notarás que ante cada suceso estas deseando algo. De cada cosa queremos algo, de cada persona; que se calle o que hable o que haga esto o aquello y esos deseos se manifiestan en nuestro actuar en cada momento.

Siempre lo que deseamos que ocurra se filtra en lo que hacemos, estamos tratando de que pase lo que nosotros queremos que suceda. Por lo cual te digo que no hay nada que hacer. Nuestro deseo único ha de ser no obstaculizar Su voluntad, no intervenir tratando de adaptar la realidad a nuestras apetencias.

No hacer, porque nuestro hacer es deseoso, egoísta, manipulador de la realidad para nuestros fines.

–          Pero entonces, ¿cómo vivir? Porque la situación es que a cada momento los hechos de un modo o de otro me requieren, piden que yo intervenga.

–          Veamos. Hay distintas posibilidades. La primera es que los demás se dirijan a mí, me pregunten algo o me ordenen algo, situaciones por el estilo. La realidad por así decirlo viene hacia mi.

Otra situación se relaciona con momentos donde nadie se dirige a mí, pero los hechos parecen reclamar mi intervención, como si desde mi propio interior surgiera una urgencia por intervenir que de algún modo siento legítima. Supongamos por caso que observas a una persona que está por dañar a otra.

Y existiría una tercera posibilidad que se manifiesta cuando ni me requieren, ni algo en mi pide intervenir. Quedo ajeno sin dificultad.

En los tres casos actúo teniendo en cuenta la presencia de Dios. Respondo sabiendo que Dios me escucha, me mira, está junto a mí. No me refiero a actuar por temor a su castigo, ni para agradarle; me pongo aparte de todas esas caracterizaciones humanas, de todos esos atributos que nosotros proyectamos sobre Él; simplemente actúo atento a Su presencia.

Porque aunque mis sentidos no lo perciban habitualmente, aunque no siempre siento lo sagrado a mi alrededor, sabemos que Él está. Porque si dejara de sostener nuestra existencia un solo instante esta desaparecería.

Debes actuar ante el principio más elevado de tu propia conciencia. Como si dijéramos…si fueras ahora el mejor que has soñado ser, el mejor que quieres ser, ¿cómo actuarías? Es lo mismo. Si Cristo mismo estuviera sentado aquí a un costado, ¿de qué modo respondería yo a este requerimiento? Imagina que estás ante Aquél que es el origen de todo lo existente…la sustancia madre del universo, ¿no pondrías lo mejor que tienes en la acción, como acto de agradecimiento?

Siempre comportarme teniéndolo sentado en la habitación, en Su presencia. Porque actuar como uno cree que a Él le agradaría es actuar como nos agrada a nosotros en nuestro ser profundo, detrás de la capa de deseos que nos manipulan.

Ya sabemos nosotros que nada sabemos de Dios, que somos muy pequeños para saber de Él, que se encuentra en “La nube del no saber” ¿verdad?  Suponemos que no es como nosotros somos, bipolares, que padecemos agrado y desagrado, enojo o alegría; suponemos que está mucho mas allá de eso y lejos de nuestra comprensión. Pese a ello actúo tratando de agradarle, devolverle lo mejor que tengo.

Por eso, debemos vivir aceptando la existencia en la que nos ha inmerso, en la que estamos sumergidos y dejar que en ella se manifieste completamente Su voluntad. No es difícil. No hago nada que a mi se me ocurra y cuando debo actuar impelido por las situaciones, lo hago atento a Su presencia.

En el segundo caso, cuando el impulso para actuar deriva de mi propio interior y no puedo discernir si ese impulso se corresponde o no a Su voluntad, ¿Qué hacer? Porque pueden darse situaciones en las que aún poniendo Al Señor como medida, no resuelvas. Son casos en los que te parece que una y otra opción son como neutras, dudosas, no puedes afirmar nada.

Lo que te sugiero en ese momento es poner en marcha alguna acción de acuerdo al impulso que te motiva y luego esperar. Es como si tomaras muestras para revisar. Activas la iniciativa y descansas, esperas para ver lo que se ha producido. Si las cosas empiezan a desarrollarse favorablemente sin demasiado esfuerzo, tienes el indicador que este requerimiento interno era acertado.

En suma: actuar en la Presencia de Dios, orando continuamente y sin hacer según nuestros deseos. En el caso de una fuerte moción interior, activar un poco y observar, no forzar las cosas.

Y esto viene a permitir el reacomodo de la propia vida a la intención de Cristo.Porque si tus deseos han construido circunstancias que son resultado de tus particulares apetencias, mantenerte en esta conducta que te digo va a restablecer tu dirección hacia donde fue destinada. Llevará mas o menos tiempo, pero todo se va a ordenar como fue ordenado en su origen.

–          Si, esta muy bien y es algo muy aliviador ubicarse allí, Padre… quisiera que me hable un poco de esas leyes con que el mundo esta hecho y con las cuales nos vinculamos a través de los deseos y un poco de la oración también.

–          También es muy simple. Supón que intervienes en una situación como resultado de tu ambición, eso tarde o temprano no te va a servir, no va a resultar. Lo que ambicionabas no va a salir bien o algo vendrá a salir de modo que lo ambicionado, aún logrado, no te va a satisfacer.

Las cosas están hechas de manera que aquello que pongas recibas. Uno siembra lo que lo motiva y cosecha según eso. Si actúas por temor cosecharás temor, si desconfianza, eso recogerás. El hacer ideal es el hacer por amor, pero eso implica una ausencia de egoísmo de la que estamos lejos, por lo cual, actuar solo en Su Presencia viene a ser lo mejor para nuestro estado ambiguo en esta tierra.

El ejemplo más fácil que me viene a la mente de acuerdo a mi propia experiencia es este: El que quiere quedar bien, queda mal. En cambio, si actúas por un motivo superior y te desinteresas de cómo quedes ante los demás…Todo lo que hemos sembrado con la semilla de nuestros deseos, es mala cosecha por venir. Apartarnos de todo eso, no ir a cosechar; permanecer sin hacer o cuando debamos hacer actuar en Su presencia, corregirá rápidamente tu vida.

Lo único que debemos hacer en cada momento es orar. La oración continua e ininterrumpida o retomada cuando nos damos cuenta de haberla interrumpido, es nuestra verdadera construcción. Sea que te encuentres en la circunstancia que te encuentres debes mantener la repetición interior del nombre de Jesucristo o la forma de oración a la que estés habituado.

Solo debes darte cuenta de que no hay nada que hacer con la mente. Ella resulta de los movimientos del cuerpo y de los deseos múltiples y en eso anda siempre. Casi todo lo que hace es analizar cómo obtener más placer.

Por eso la oración continua silencia la mente y cuando ella se silencia podemos sentir y escuchar al Espíritu Santo, que siempre está con nosotros. No creo que el Espíritu se manifieste cuando rogamos lo suficiente, sino que de tanto concentrarnos se silencia nuestro ruido  interno y entonces podemos escucharlo. Y ya actuar en Su presencia deja de ser un recurso para ser una sensación viva de lo sagrado envolviéndonos.

Reza siempre hijo, repite todo el tiempo el Santo nombre y verás que el jardín del edén esta aquí mismo y que El Señor camina por el y que podemos escuchar sus pasos.

–          Bendígame Padre! dije, arrodillándome y bajando la cabeza.

–          ¡Que el señor Jesucristo te proteja y te guarde siempre!

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Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

 

Desde la ermita


Ego y ascesis

 

La Santa Trinidad de Rublev

Me fui despertando de a poco. Lentamente me di cuenta que estaba en la ermita del padre Vasily, que era la primera vez que dormía allí y que no sabía la hora que era.

Concluí que era todavía noche cerrada, no se escuchaba cantar a las aves. Mi cuerpo estaba dolorido en la zona de las costillas por la dureza del piso. Una colcha bajo mi cuerpo cumplió la función de cama y sirvió para evitar que el frío me calara los huesos.

Mi maestro estaba en una esquina de la ermita, junto a los iconos. miraba fijo la figura del Salvador. Lo iluminaba una vela. Se encontraba arrodillado, descansando sus glúteos sobre los talones, los pies laxos y estirados; me pareció relajado, símil de la actitud de abandono de la que tanto hablan los místicos, de todas las épocas. En el semi-sueño en que me encontraba, me pareció que en esa postura debió haber estado la Virgen cuando dijo ante el Ángel del Señor.

Me acerqué hacia el hueco que hacía las veces de hogar y entibié mis manos con algunos rescoldos sobrevivientes. El reloj marcaba las 4:15 y a través del ventanuco escuché silbar al viento, que moderado, filtraba por la rendijas y hacía música al pasar hiriendo las agujas de los pinos.

Padre Vasily giró la cabeza y me sonrió. Me sentí despierto y reconfortado, como si su dicha me contagiara. Sin decir palabra me vestí y me arrodillé cerca.

Padre nuestro … dijo y como permaneciera en silencio, repetí: Padre nuestro… que estás en los cielos… continuó y yo volví a repetir… que estás en los cielos… y de ese modo, lentamente, recé el “Padre Nuestro” mas sentido que recuerdo. El significado interno de cada frase se me presentaba certero en el corazón e iluminaba mi intelecto, comprendí porque era propiamente la oración que nos había enseñado Jesucristo y la completitud que tenía.

Después me obligué a permanecer quieto sin perturbarlo, decidido a estarme allí junto a él el tiempo que fuera preciso. Solo se escuchaba el viento y mi respiración, el mundo respiraba y yo respiraba, el mundo vivía y yo vivía, pero el ermitaño sin emitir sonido alguno, atestiguaba; se me presentaba como mas allá y mas acá del espacio que ocupábamos el mundo y yo.

Respiré espontáneamente mas profundo y suave, cada espiración se prologaba distensa equivaliendo a la inspiración que me relajaba y nutría como nunca antes. No se cuanto tiempo pasó, pero había amanecido cuando se levantó y encaminándose a la laguna me instó a seguirlo.

Del agua se desprendía abundante vapor, el viento había cesado y ahora sí, los pájaros se hacían notar. Detrás de una piedra grande junto a la orilla, sacó un jarro y una bolsita…

–          ¿Querés tomar un poco de té?

–          Si Padre, como no – dije agradecido.

–          Hasta cuando me vas a seguir llamando Padre? insistió como otras veces.

–          Es que me resulta natural. ¿Cuál es el problema?

–          Bueno…Mateo 23, del versículo 8 al 12: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar -Rabbí -, pues vuestro maestro es uno solo y vosotros todos sois hermanos; y no os llamaréis – Padre – unos a otros en la tierra, pues vuestro Padre es uno solo, el del cielo; tampoco dejaréis que os llamen – directores – porque vuestro director es uno solo, el Mesías. El mas grande de vosotros será servidor vuestro. A quién se encumbra, lo abajarán y a quién se abaja, lo encumbrarán.”

–          Nunca tuve esa parte en cuenta…hermano.

–          Así está mejor. En todo caso, si me reconoces autoridad, será la que me da la experiencia en relación a la tuya, en todo caso un hermano mas viejo. ¿De acuerdo?

–          De acuerdo.

–          ¿Y de que quieres que charlemos hoy?

–          Un poco de la ascética necesaria, de la regla de vida que haría falta…

–          La ascética es un método de ascensión; una escalera a Dios, a la percepción de Su presencia. Hay distintas escaleras y distintas formas de equivocarse en la forma de subir. A veces uno cree que está subiendo y en realidad esta bajando.

Una de las primeras trampas en las que caí, y que suele pasar bastante, es la trampa de la vanagloria. Uno se pone a seguir cierta regla de vida, cierta rutina de oración y ayuno o vigilia y de ciertos esfuerzos ascéticos y al poco tiempo siente satisfacción de si mismo. Uno se alegra de lo que va logrando. Y la alegría no es mala por supuesto, el problema es que esa alegría viene del ego, del yo sicológico que se ha creído que él va haciendo los progresos. Un modo de decirse… “¡que extraordinario que soy! lo que voy logrando…“ ¿me explico?

El ego se apropia de lo que la gracia dio. El “yo” empieza a tomar nota mental de las “proezas” ascéticas; de las horas de vigilia, de los salmos recitados, de lo poco que se ha comido, de cómo se duerme ahora en el piso en lugar de en la cama mullida y de cualquier otra cosa. El punto es que de ese modo va mejorando la imagen que se tiene de si mismo. Cada vez opino mejor de la clase de persona que soy. Y te digo por experiencia, eso no me ayuda a vaciarme para recibir la Sagrada Presencia, sino que me hace un bloque impenetrable a toda sugestión del espíritu.

–          ¿Por qué hermano?

–          Porque la ascesis no es verdadera. Es un hacer para ser. No hago lo que hago, sino para ser yo mas importante, mas bueno, mas santo etc. ¿Qué valor puede tener cierta privación si es para engordar el ego?

Si te privas de un alimento, si te moderas en la comida, será para alivianar el peso del cuerpo y entonces estar menos embotado, mas dispuesto a la vigilia en oración…por ejemplo; si duermes en el piso, abrigado pero inconfortable, será para no pasarte doce horas durmiendo, sino para facilitar el levantarse al horario fijado, para no apoltronarse, para no abrir la puerta a la pereza.

Pero gracias a como Dios hizo las cosas, esa ascesis fracasa rápido. Todo lo forzado fracasa. Si haces oración para engordar el ego, es decir por un motivo ulterior que no se encuentra en la oración misma, una vez que te acostumbras al beneficio te costará sostener lo que te llevó a eso.

Te esfuerzas tres días en orar en la vigilia que te has planteado. El “yo” crece. Comienzas a sentirte fuerte, mejor monje o lo que sea; disfrutas de la sensación que este nuevo “ser” te reporta. Pero luego de unos días, ya no disfrutas de esta nueva auto imagen, porque te has acostumbrado a ella y mientras tanto, esa vigilia y esa oración te resultarán cada vez mas onerosas, mas pesadas, porque ya no brindan la compensación del ego inflado.

Por eso, apenas cedes a la pereza o a cualquier costumbre anterior, la imagen se desinfla y el ego cae estrellándose contra el piso. Y de vuelta a empezar. A inflar el ego nuevamente con alguna proeza ascética y así en un ciclo que podría no terminar nunca, a menos que uno se atreva a reconocer ante si mismo que no le estaba orando a Dios, sino a la propia imagen.

Esa es la ascesis por falsos motivos, que gracias a Dios dura poco; o se abandona la ascesis o se mejoran los motivos.

–          ¿Aquí encuadraría lo de la represión que me dijo la otra vez hermano?

–          Exacto. Una cosa es superar una inclinación a cierto pecado, a cierta tendencia inútil y perjudicial y otra es reprimir la expresión de la misma. Si solo reprimes, la caída se manifestará a la vuelta de la esquina. Si superas, vuelas por encima, será difícil que se repita; aunque por cierto nunca hay que confiarse demasiado.

Una cosa es estarse luchando contra cierto deseo y otra ya no desear. Este ya no desear, requiere de comprensión, de sentimiento y de gracia. Es un poco mas complicado.

Caminamos bordeando la laguna, nuestros pasos crujían sobre las hojas caídas, secas y amarillas. Las coníferas mas elevadas recibían algunos rayos del sol que superaban la montaña.  A lo lejos, en la costa opuesta, me pareció divisar una pequeña columna de humo. El agua despedía menos vapor y estaba quieta como un espejo perfecto.

–          Cuando vivía en el cenobio, me tocó orientar a un novicio, de gran corazón y de genuina intención, que sin embargo arrastraba el vicio de la impureza desde su temprana juventud. El luchaba y luchaba, pero mas temprano que tarde caía nuevamente en el pecado. La tarea primera, fue ayudarlo a comprender que lo que mas lamentaba no era el pecado como falta en sí, sino la caída de su ego, que no podía elevarse a las “alturas de la santidad”.

Entonces vino a caer en cuenta, que ese aguijón en su carne le servía para crecer en humildad. Y, por supuesto, no se trataba de que se resignara a ello, sino que se abocara a lo que realmente debía superar. Porque el venía en confesión, pero con el dolor del ego, no con el sentimiento de quién lamenta haberse alejado de lo mas querido, esto es, Dios Nuestro Señor.

Luego de que aceptara la cuestión del ego y de que se viera mas como un hombre que quería acercarse a Dios, que como un santo inminente, pudimos empezar a comprender la fuga que significaba este vicio en él. Es decir, cuando el caía en la impureza, se estaba fugando en realidad de una sensación desagradable, que lo acometía al acostarse.

Profundizamos en esa sensación, que era una cierta inquietud, una ansiedad, un no poder estarse tranquilo y cobijado en El Señor, hasta que viniera el sueño. Vimos que esta incomodidad estaba muy relacionada al futuro, en cuanto este era deseado. ¿Y que era lo que este joven bien intencionado anhelaba del futuro? La santidad.

Pero era un anhelo de grandeza, de engordar el ego, vinculado por supuesto a la vanagloria. Cuando este hermano pudo crecer en la humildad y pudo darse cuenta que quería ser monje por amor a Dios y no para ser “un grande”, se relajaron mucho sus ansiedades y empezó a dormirse mas fácilmente y por supuesto a disminuir su necesidad de fugarse.

La sicología básica experimental de los Padres del desierto puede ayudarnos mucho hoy en día a quienes estamos interesados en llegar a la verdad sobre nosotros mismos, como camino hacia Dios.

El reino está en nosotros, dice la escritura, ¿porqué entonces apenas buscamos en nuestro interior, lo primero que encontramos es angustia, inquietud y vacío?

Por desconocimiento, por ignorancia de los mecanismos que rigen nuestra mente. Nos falta auto conocimiento.

Así que por un lado, sigo con el caso de este novicio, hubo que comprender. Luego hubo también que implementar cosas prácticas, que ayudaran a la materia a cambiar el hábito. Porque aunque el comprendía lo que lo había llevado al vicio, había una costumbre del cuerpo a distenderse de cierto modo, que era necesario desarraigar. El debía aprender a dormirse sin la impureza.

Así que acordamos que iría a ayudar al cocinero a limpiar la cocina y el refectorio. Después de completas, partía a la cocina y se ponía a las órdenes del cocinero, que por cierto no despreciaba la ayuda. Luego, extenuado, pasaba por la capilla y pedía la gracia de la castidad a Nuestra Señora y recién ahí tenía permitido llegarse a su celda para descansar.

Le fue muy bien. Ya es sacerdote y superó totalmente la aflicción que sufría. Por eso te decía que había que comprender. En este caso, que el enemigo era en realidad la vanagloria, que llenándole de ansiedad la vida se ocultaba bajo afán de santidad. ¿Quién va a criticar el deseo de santidad? Y bueno, por eso era el disfraz perfecto para el ego que anhelaba crecer.

Luego, tuvo que generar en él un sentimiento de humildad, que vino muy junto a la comprensión. Darse cuenta de que uno nada puede, de que uno nada es y de que “si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores”. Finalmente tomar alguna medida práctica que ayude a la intención de cambio.

Así que este ya no desear en vez de luchar contra el deseo, es clave en la superación. Pero te insisto, que lo que el dejó de desear, fue la fama, el pasar a la historia, el ser un santo para el ego. Entonces dejó de desear dormirse rápido, porque no tenía ya esa preocupación que lo carcomía. Podía arrebujarse, musitando oraciones hasta que lo sorprendía el llamado a maitines. Y esa nueva humildad por cierto fue la que le permitió ir a la cocina, ayudar y todo lo demás.

–          El Señor es misericordioso.

–          Verdaderamente, se acerca a nuestra miseria. Miseria que deriva de no poder sentir Su presencia. Porque si Él esta presente, ¿qué mal temeré? Por eso, la ascesis debe ser un modo de facilitar nuestro acceso a la disposición, a un estado de soltura. Uno no está vacío de sí mismo y por eso no siente al Espíritu que es la presencia de Dios en nuestras vidas.

Y No percibimos la presencia porque estamos llenos de ruido. Son los deseos los que ponen un fondo de ruido a nuestra vida y es tanto el murmullo, que no percibimos al Señor, presente en cada momento de nuestras vidas.

Por eso, muchas veces el dolor, es la herramienta imprescindible para que silenciemos los ruidos mas fuertes y podamos escuchar Su voz, que es suave como brisa lejana. En mi caso fue así. Si yo no me estrellaba contra los fracasos una y otra vez, no me iba a silenciar; yo tenía muchos deseos.

Y cuando el fracaso fue total, no tuve mas remedio que acudir a remedios totales. Te quiero decir…si Dios no me ayudaba, no iba a poder salir de donde estaba metido…por lo cual, tuve que acudir a Él y no a soluciones humanas; porque estas se habían agotado.

Así fue. Por lo cual verás, que la idea de mérito mal podía arraigar en mis progresos, porque fui claramente consciente de que sin esa caída final, nunca me hubiera acercado al Señor. Me acerqué a la posibilidad de escucharlo, no por amor a Él, sino porque no tuve mas remedio. Y en ese gemido desesperado, me lo encontré… ¡Que bueno es El Señor!

El hermano Vasily estaba radiante y calmo, lo que me parecía rara conjunción, acostumbrado como estaba yo, a la exaltación frenética o a la depresión abyecta. Nos habíamos alejado mucho de la ermita; podía adivinarla mas que verla, pequeña entre el claro de árboles, cerca del sitio donde se abría la hondonada que terminaba, valle mediante, en el pueblo.

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Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”


 

Desde la ermita

Entre la Fe y la Razón

Fresco de Cristo Pantocrátor

Como casi siempre, la primera señal de la ermita distante la daba el humo. Era una pequeña columna, lenta y ondulante, que se elevaba encima de los pinos y que me hacía sentir mas cerca de casa, como acercándome al verdadero hogar.

Hermano Vasily como le gustaba ser llamado en lugar de “Padre”, alimentaba el hogar casi de continuo en cualquier época del año. Sospechaba ya entonces, que se trataba mas de mantener encendido el fuego votivo de la alabanza, que de calentar la ermita, de por si bastante abrigada por la piedra con la que fue construida. Ya casi llegando me regocijé anticipando el encuentro y susurré la oración con mas fuerza.

En el pequeño espacio libre de árboles donde se encuentra la celda, no se oye sonido alguno y el piso esta limpio de los restos de las coníferas, como recién barrido. Según habíamos acordado en anteriores encuentros, no golpeo la puerta, solo paso y me siento en un pequeño taburete, cómodo. Espero silencioso y abrigado mientras lo miro, extático, con la vista en el ícono del Salvador, iluminado levemente por una vela cercana ya agonizante.

Al rato se da vuelta y se yergue ágil, como joven, y me abraza cariñoso. Yo siento desaparecer todo rastro de desamparo, me siento como me imagino debía sentirme cuando niño, en brazos de mis padres.

Silenciosos ambos, sonreímos y nos santiguamos, como inaugurando el encuentro. Coloca un jarro en el fuego, que aviva con unos leños y me pregunta si quiero un té o un poco de yerba mate. Elijo el té y saco del bolso un frasco de miel que le traigo de regalo.

–      Como siempre Padre, le traigo unas preguntas.

–      Como siempre Mario, estoy dispuesto a responderlas si el Señor me asiste con su gracia.

–      Me alegra mucho verlo Padre…

–      A mi también. Te veo cada vez mas tranquilo aunque a vos no te parezca tanto.

–      No, es cierto. Estoy mucho mejor, la oración me va consolando sin que me explique bien como.

–      La oración te consuela a pesar de los intentos que hace tu mente de molestar, buscando explicaciones.

–      Es cierto Padre, es cierto, así es realmente.

–      Bueno. Preguntá entonces tranquilo que tenemos todo el día.

–      Si, ya que tocamos el tema podría empezar por ahí, por el tema de la fe y la razón, que era algo que tenía pensado plantearle.

–      ¿Cómo es, el planteo?

–      Es como que la mente me interpone objeciones a mi acercamiento a la oración, a mi asistencia frecuente a misa, me dice que me estoy refugiando de mis temores, que estoy armando una mitología para hacerme la vida mas llevadera…que Dios no precisa de mi oración…y que Él siendo inmutable como Es, no va a cambiar nada de lo predestinado por el hecho de que uno le haga oraciones y así cosas por el estilo. Realmente me quita mucha devoción cuando esas dudas me asaltan y me hacen a veces muy árida la liturgia.

–      Mario…vas a tener que recordar un poco…¿Por qué volviste a asistir a misa, que habías abandonado durante muchos años? ¿Porqué un día te confesaste, cosa que no habías hecho tampoco durante mucho tiempo?¿Cómo fue que te acercaste tanto hasta este lugar y cómo es que te pasas contando los días hasta poder cumplimentar las condiciones que te permitan venir a vivir a esta soledad?

–      Padre, usted sabe mi historia; ¿Por qué me lo pregunta?

–      Me refiero a que no es por alguna teorización, ni por una conclusión científica, ni porque habiendo armado una sólida construcción intelectual, te has volcado hacia la religión. No ha sido así.

–      No claro. Fue por necesidad Padre, por fracaso, porque no encontrando lo que buscaba en ninguna parte, lo busqué de nuevo en Dios, como en mi juventud.

–      Sentiste el impulso ¿no es así? El deseo de estar en oración, recogido y delante de la Cruz, ¿te acuerdas? Eso me lo contaste y me acuerdo bien.

–      Si es así.

–      Bien. Primer punto: El acercamiento a la experiencia religiosa no se inicia desde el intelecto. Puede continuarse y expandirse a todas las partes del ser cuerpo mente; pero empieza en el calor del corazón. Es un impulso cordial, que inexplicablemente o a pesar de las explicaciones nos lleva hacia lo sagrado, lenta pero irrevocablemente. Eso amigo, se llama la gracia del llamado del Señor.

–      Si, me emociona. Sobre todo cuando me acuerdo de cómo pensaba y en donde me encontraba actuando y…no sé, era distinto. No es un derrotero lógico.

–      Claro que no, no responde a la lógica convencional. Un fuego en el corazón, que al principio es suave y que llega de a poco a arder hasta consumir al ser entero en lo sagrado; ese fuego es un llamado, una forma de manifestarse en nosotros el acercamiento de lo divino. Una forma de Ser lo Divino en el mundo. Es en cierto modo, una nueva encarnación, en cada ser humano que lo vive.

–      Pero y entonces Padre…porque a mi ahora se me aviva toda la devoción de vuelta, con solo acercarme a la ermita, charlando; pero después, la aridez en que me deja el intelecto a veces, hace que mi vida religiosa sea como parcial o ambigua, como sino pudiera disfrutarla plenamente por esas dudas.

–      Esta bien. Cuando uno ha seguido al impulso de búsqueda y se ha acercado a la sensación de lo sagrado, no viene mal darle algún hueso a la mente para que se entretenga y no moleste. Igual que a nuestros hermanos los perros.

–      ¿Cómo es eso Padre, que quiere decir?

–      Que se puede intentar una explicación para que la mente tenga un armado que la deje en paz y entonces no perturbe la oración.

–      ¿Cómo sería?

–      Todas las dudas que surgen se deben a oposiciones. Si esto es así, aquello debería ser asá y si esto no es así entonces lo de mas allá. ¿Viste? Es como una serie de platos de balanza que se van alineando o desalineando. Por ejemplo, ¿Para qué si Dios es Omnisapiente necesita que le diga lo que necesito? ¿Para qué mandó a su hijo si de todas formas el podía limpiar el pecado del mundo con un solo acto de Su voluntad? O mejor, ¿Para qué permitió o creó la posibilidad del pecado siendo que podía crear un mundo edénico sin transgresión? Y así podemos seguir mucho tiempo. ¿Si todo se debe a Su gracia entonces que papel cumple mi voluntad? Y entonces, ¿si peco es porque el me quitó su gracia? y siguiendo…¿no es verdad?

–      Si Padre tal cual. Es como si se hubiera metido en mi mente y la leyera en los momentos de aridez.

No, me he metido en mi propia mente y en la de todos, porque todas tienen una estructura similar. Si revisas el motor de un auto o de otro verás diferencias, pero la estructura es la misma. Tienes que considerar varias cosas. Una se refiere a que cada sentido y aparato del organismo percibe una franja de realidad determinada, y que además, la organiza según su forma de funcionar. Entonces el resultado de esa percepción y organización, puede no ser parecida o ser disímil con la percepción y organización de otra persona. Veamos. Si te palmeo el hombro, tu piel percibe una presión discontinua que se repite cíclicamente durante un intervalo de tiempo.

¿Cómo? Ahí si que me confundió.

No, espera, ten paciencia. Tu piel, solo tu piel, si la abstraemos del contexto en que se halla; solo percibe una variación de presión en su superficie, percibe que aumenta la presión cuando apoyo mi mano y que disminuye cuando la retiro.

Pero para el aparato de memoria, encargado de guardar información, se hace previsible la repetición de la palmada, porque ya la ha vivido en anteriores ocasiones. ¿Lo ves? Pero no para la piel, que solo percibe diferencias de presión y temperatura. A su vez, tu zona emotiva, tu centro emocional digamos, percibe la calidez afectiva de la palmada, sabe que es una muestra de aliento y de afecto. La recibe bien, conforme. Tu intelecto en cambio, organiza la percepción desde el mismo hecho de decir que eso que golpea es una mano, que lo que te quiero decir es tal o cual cosa, duda si te palmeo por esto o lo otro, se pregunta si deberías responder de algún modo…y siguiendo.

Eso te quise decir con lo de que cada aparato y cada sentido a su vez, organiza las cosas según su modo. En ocasiones, ojalá que siempre, esos aparatos se coordinan y simultáneamente convergen y entonces uno siente pleno acuerdo en el cuerpo y la mente. Es como una ayuda a la paz del espíritu. Si la mente no duda, si el corazón vive en la fe, el cuerpo se relaja, todo ayuda. Se coordinan todas las partes.

Se produce una unidad. Y está bien que busquemos esa unidad, porque viene a cumplir la función de cuando uno limpia la habitación; todo se hace mas fácil y agradable, todo esta ordenado. Pero hay que aprender a convivir con el desorden, porque hay momentos en donde no va a poder estar todo en su lugar, e incluso te digo, no conviene que esté todo ordenadito, porque a veces el desorden precede a la transformación y al cambio.

Es igual que cuando pintas una casa y la re decoras. Tiene que producirse un desorden, porque sino no es posible reorganizar la vivienda. A mi me ha pasado, de vivir enormes períodos de aridez, solo para descubrir y gracias a eso, que hacía oración para sentir cierta sensación placentera y no motivado por un acercamiento genuino al Señor. En la aridez, descubrí que me seguía acercando, que seguía orando y que lo iba a seguir haciendo aunque nunca llegara la devoción cálida y luminosa; porque lo que buscaba era al Señor y como este quisiera manifestarse y no mi placer personal. ¿Me entiendes?

Si Padre, ahora si, totalmente.

–      Pero sin la aridez no iba a poder descubrir eso. Lo que hemos dicho otras veces, que no hay mal que por bien no venga, resultando así que el mal no era tal. Entonces si hay unidad entre todos los aparatos de la mente y del cuerpo, bienvenida sea y si no la hay también porque para algo servirá esa desarmonía. Si no bajara la temperatura, todos los años en cierta época, no podrían producirse ciertos procesos necesarios para los vegetales y animales y para el planeta en general ¿no es cierto? Pero la piel te va a protestar por el frío, se va a quejar.

Entonces, el corazón, la intuición, el órgano a través del cual sentimos en el cuerpo con mas facilidad el espíritu, es el que primero se acomoda a la gracia y se sumerge en su calidez. El corazón tiene razones que la razón no entiende es algo muy cierto. El corazón se ve atraído a la oración, al silencio, al recogimiento y luego, al tiempo, el cuerpo le sigue, empieza a hacerse conducta lo que pide el corazón.

Pero la mente ni de cerca. Que esto y lo otro y lo de más allá. Yo no me pondría a tranquilizar a la mente con mucha teología o cosas por el estilo sino con esta comprensión; que conducta, corazón e intelecto son aparatos con velocidades diferentes y con funciones diferentes y darle tiempo y confianza al organismo para unificarse.

Porque fijate Mario, toda esta cuestión de lo que hizo y no hizo Dios y de lo que debería hacer si sus atributos son estos o los otros y de si sirve esto o no o si hay un error aquí y allá…todo eso no sirve porque todo lo que pueda estructurar la mente es parcial, sumamente limitado e inexacto. ¿Vos sabés que el conocimiento se articula en base a la memoria y a estímulos y a intereses y a franjas de percepción y entonces no es muy de fiar, no hay que darle mucho crédito.

Dígame mas acerca de eso Padre.

–      ¿Sabías que lo que llamamos color es solo una vibración distinta de la materia? O mejor dicho, que según el punto de vista de los científicos, de los físicos, eso es el color?

–      Algo escuché por ahí una vez.

Bueno, pero para vos es una hermosa flor amarilla. Pero parece que el sentido del ojo la ve amarilla, que amarillo no hay en ningún lado, el sentido la organiza, la percibe así, ¿me entiendes? Además tu memoria, asoció desde niño cierto sonido a esa percepción, entonces dices: “Flor”. Mueves tu boca de cierto modo y pasa cierto aire por tus cuerdas vocales y entonces decís “flor”. Entonces, algo vibra allí afuera de tu cuerpo y el sentido del ojo mas el sentido interno organizador llamado mente convergen y dicen: “Eso es una flor amarilla”. Bueno, muy bien, yo no digo que lo dudes, pero tampoco es para darle tanto crédito, porque en otro país hubieras asociado otro sonido en lugar de la palabra que aquí usamos y si tuvieras unos ojos de perro no verías esa vibración como amarillo sino como gris, parece.

Si, claro, se me hace mucho mas entendible ahora.

Por lo tanto hay que tener esto en cuenta cuando se presentan objeciones a la religiosidad desde la mente, en cuanto a la lógica de una cosa o de otra. El valor de la religión no es lógico. El valor de la religión está en su poder de redención, de transformación del corazón del hombre. El valor de la religiosidad es la posibilidad que brinda al ser humano de trascendencia. Seamos claros Mario. Si lo que buscas con la mente es “la verdad”, debes saber que Dios no puede conocerse, que de Él nada puede saberse, que nos es infinitamente lejano en cuanto a las posibilidades de nuestra mente. Abordar a Dios con la herramienta mental es fatiga vana. A lo único que puede llegarse es al convencimiento mental de la necesidad de la existencia de Dios. Pero abordar a Dios desde el intelecto es como querer entender el amor desde la uña del pie. ¿Cómo podríamos conocer de aquello que nos abarca absolutamente? El oído percibe cierta franja de sonido, el ojo advierte solo cierto rango de luminosidad, y así como no vemos lo microscópico sin ayuda de aparatos, no podemos percibir a Dios sino en el corazón. El corazón es la antena receptora de Dios y la oración, los actos litúrgicos, la ascesis, los iconos, las peregrinaciones y todo lo demás, son instrumentos que ayudan a que se perciba esa brisa suave que nos obliga a taparnos el rostro sobrecogidos.

No existe la divergencia entre razón y fe. Existe la fe y la razón que haga lo que quiera. “¡Pero señor usted es un irracional! ¡¿cómo va a andar creyendo esas cosas que cree?!”

Si, totalmente irracional. ¡Creo en la divinización del hombre por obra de la gracia, por obra de un hálito sagrado que sopla donde quiere! Pero, curiosamente, esta irracionalidad, ¡no me preocupa! Contrariamente, me hace feliz.

Imaginate…¡querer saber como es el Creador de todo lo que existe! ¿Y cómo podríamos? limitados como somos. No es posible para la rodilla conocer el funcionamiento general del cuerpo humano, ni su sentido, ni su fundamento, ni nada, apenas algo de cómo funciona esa articulación. Pero si puede la rodilla trabajar como debe, haciendo lo que sabe hacer y recibir la savia vivificante, la sangre que le envía el cuerpo para que cumpla su función.

Así que te digo Mario, yo no sé como es Dios, ni se resolver muchas de esas contradicciones entre las dudas y las aserciones del intelecto…pero sé que Lo amo y que ese amor me llena y que inexplicablemente, da sentido a mi vida.

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Silencio

Splendor Veritatis Missio

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