Consejos del solitario

Estoy administrando temporalmente el blog y he querido volver a poner aquellos posts que mas me han gustado y edificado interiormente. (Hno. Cristóbal)

Consejos del solitario Fundamentos de la jornada –          Al despertar, lo primero que debes hacer es invocar al Señor Jesucristo, del modo que puedas, con devoción o sin ella; simplemente tenerlo en la boca, repetir su nombre, mientras te higienizas y vistes preparándote para el día. –          Ignora todo sentimiento o pensamiento negativo que pueda sobrevenirte … Read More

via Hesiquía

Link a la 4° carta de Esteban de Emaús

Carta de un misionero uruguayo al New York Times

Querido hermano y hermana periodista:

Soy un simple sacerdote católico. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo en Angola como misionero.

Me da un gran dolor por el profundo mal que personas que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique tales actos. No hay duda que la Iglesia no puede estar, sino del lado de los débiles, de los más indefensos. Por lo tanto todas las medidas que sean tomadas para la protección, prevención de la dignidad de los niños será siempre una prioridad absoluta.

Veo en muchos medios de información, sobre todo en vuestro periódico la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… Ciertamente todo condenable! Se ven algunas presentaciones periodísticas ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas de preconceptos y hasta odio.

¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo! Pienso que a vuestro medio de información no le interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG’s no estaban autorizadas; que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en Moxico mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños…

No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU. No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina, que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan casas de pasaje para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violentados y buscan un refugio.

Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa por casa confortando los enfermos y desesperados. No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a cero positivos… o sobretodo, en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.

No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, los haya transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un accidente en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región…Ninguno pasa los 40 años.

No es noticia acompañar la vida de un Sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve.

La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.

No pretendo hacer una apología de la Iglesia y de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos. Hay miserias, pobrezas y fragilidades como en cada ser humano; y también belleza y bondad como en cada criatura…

Insistir en forma obsesionada y persecutoria en un tema perdiendo la visión de conjunto crea verdaderamente caricaturas ofensivas del sacerdocio católico en la cual me siento ofendido.

Sólo le pido amigo periodista, busque la Verdad, el Bien y la Belleza. Eso lo hará noble en su profesión.

En Cristo,

P.  Martín Lasarte sdb

domboscolwena@hotmail.com

Angola

Enviado por Hno. Gabriel

de Frat. Monástica Virtual

Otras referencias:

Fray Nelson

Diácono Jorge Novoa


La voz interior del amor

El regreso del hijo pródigo

Fragmentos

… Entregarte a los demas sin esperar nada a cambio solo es posible cuando has sido plenamente recibido. Cada vez que descubres que esperas algo a cambio de lo que has dado o te desilusionas cuando no se te retribuye nada, vas tomando conciencia de que aun no has sido plenamente recibido.

Únicamente cuando te sabes incondicionalmente amado (es decir, plenamente recibido) por Dios, puedes dar en forma gratuita. Dar sin esperar nada a cambio es confiar en que todas tus necesidades seran cubiertas por Aquel que te ama incondicionalmente. Es confiar en que no necesitas proteger tu propia seguridad, sino que  puedes entregarte completamente al servicio de los demas.

La fe es, precisamente, confiar en que tu, que das en forma gratuita, recibirás en forma gratuita, pero no necesariamente de la persona a quien te entregaste. El riesgo radica en que te entregues a los demás con la ilusión de que ellos te recibirán plenamente. Pronto te sentiras como si los demás se estuvieran alejando con partes tuyas.

No puedes entregarte a los demas si no eres dueño de ti mismo, y solo puedes ser verdaderamente dueño de ti mismo cuando se te ha recibido plenamente en un amor incondicional. Gran parte del dar y recibir tiene una característica violenta, porque quienes dan y quienes reciben actúan mas desde la necesidad que desde la confianza.

Lo que parece generosidad es en realidad manipulación, lo que parece amor es en verdad un grito en busca de afecto o apoyo. Cuando te sepas plenamente amado, podras dar de acuerdo con la capacidad de recibir del otro, y podrás recibir de acuerdo con la capacidad de dar del otro. Estarás agradecido por lo que se te de, sin aferrarte a ello, y dichoso porlo que puedas dar, sin jactarte de ello. Seras una persona libre, libre para amar.

Te preguntas si es bueno compartir tus esfuerzos con los demás, especialmente con quienes estas llamado a atender. Se te hace difícil no mencionar tus propios dolores y penas ante aquellos a quienes estas tratando de ayudar. Sientes que lo que pertenece al corazon de tu humanidad no tendria que ocultarse; quieres ser un compañero de viaje y no un guía distante.

La pregunta fundamental es: “¿ Eres dueño de tu dolor?” Mientras no seas dueño de tu dolor (es decir, mientras no integres tu dolor a tu manera de estar en el mundo), existe el peligro de que uses al otro para buscar la sanación para ti mismo.

Cuando les hablas a los demás del dolor sin ser del todo dueño de el, esperas de ellos algo que no pueden dar. Como resultado de ello, te sentirás frustrado, y aquellos a quienes querías ayudar se sentirán confundidos, desilusionados o, inclusive, mas sobrecargados.

Pero, cuando eres del todo dueño de tu dolor y no esperas de aquellos a quienes atiendes que lo alivien, puedes hablar de el con verdadera libertad. Entonces, compartir tus esfuerzos se puede transformar en un servicio; entonces, tu apertura puede ofrecer a los demás coraje y esperanza. Para que puedas compartir tus esfuerzos como un servicio, tambien es esencial que tengas a quienes recurrir con tus propias necesidades.

Siempre precisarás gente confiable ante la cual puedas desplegar tu corazón. Siempre necesitarás gente que no te necesite, sino que pueda recibirte y hacerte volver a ti mismo. Siempre necesitarás gente que pueda ayudarte a ser dueño de tu dolor y a afirmar tus esfuerzos.

Así, la pregunta central de tu misión es: “¿ Está el compartir mis esfuerzos al servicio de quien busca mi ayuda?”. Esta pregunta unicamente se puede responder en forma afirmativa cuando uno verdaderamente es dueño de su dolor y no espera nada de aquellos que buscan su ayuda.

Aportado por Hna. Angela de Jesús Resucitado de Frat. Mon. Virtual

Extraído de  “La voz interior del amor”

de H e n r i   N o u w e n


Links:

El regreso del hijo_pródigo

La última Cima

El lirio del yermo


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El templo interior

Amarle es el todo de nuestra voluntad, ávida de bien.

Fragmento:


…Nunca leerá el Ermitaño sin un alborozado estremecimiento las siguientes afirmaciones de San Pablo: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? El templo de Dios es sagrado, y ese templo sois vosotros” (1 Corintios 3,16-17).

¿ No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros y le habéis recibido de Dios?… Glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpos” (ib. 6,19-20).

No busques a Dios ni en un lugar ni en el espacio. Cierra los ojos del cuerpo, ata tu Imaginación y baja dentro de ti mismo: estas en el Santo de los Santos donde habita la Santísima Trinidad.

En el instante de tu Bautismo has quedado hecho templo de Dios: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En el acto, “el amor de Dios fue derramado en tu corazón por el Espíritu Santo que te fue dado” (cf. Romanos 5, 5), y se realizó la promesa de Jesús: “Si alguien me ama, esto es, si tiene la caridad, si se halla en estado de gracia, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos en él nuestra mansión” (Juan 14,23).

Sabes lo que significa esa presencia: algo totalmente distinto de la del Creador en su criatura. Por ella contraes una amistad divina que te introduce en la intimidad de la Trinidad. Huésped de tu alma.
El Ermitaño ve en esa inhabitación de Dios la razón específica personal de su retirada al desierto. Viene a vivir, con exclusión de toda otra ocupación, esa sublime verdad.
Desde ese ángulo sobre todo, su vocación es escatológica: comienza en la tierra en las sombras de la fe y la luz del amor lo que hará en la eternidad, donde sólo habrá un templo: Dios mismo.

¿ Acaso no está más él en Dios que Dios en él por su accesión gratuita al misterio tan secreto de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? El hombre es contemplativo por destinación y por estructura: “La vida eterna está en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo” (Juan 17,3), mas con un conocimiento que participa del de Dios mismo, viéndole cara a cara en el fervor del amor beatífico.
Conocerle es el objeto supremo de nuestra inteligencia. Amarle es el todo de nuestra voluntad, ávida de bien.

Nuestra condición terrestre interpone entre Dios y nosotros toda una gama de verdades parciales y de bienes fragmentarios que deberían ayudarnos a remontar el vuelo hasta su fuente, pero que con harta frecuencia nos apartan de ella en razón de la sobreestima que les damos.
¿No es extraño que el hombre, organizado para alcanzar su pleno desarrollo en la contemplación, que le dilata a la medida de Dios, prefiera la acción, que le repliega sobre sí mismo en su voluntad de vencer?

Es más fácil actuar que hacer oración. En ésta la iniciativa pertenece a Dios, en aquélla a nosotros, y no nos gusta enajenar nuestra libertad aunque sea en provecho del Señor. Para la fe es una especie de enigma que la mayoría tengan aversión a la contemplación, que viene a ser para ellos como el lujo de los cristianos ociosos.

El Ermitaño lo ha dejado todo para afincarse en esa “Presencia”. Cerradas todas las avenidas del lado de la tierra, se siente con ánimos de ser “conciudadano de los santos” (Efesios 2,19). Su cualidad de cristiano y la vocación formal que le llama a la soledad fundamentan su pretensión. Si comprende bien el sentido de su vocación, entonces todo él, cuerpo y alma, es un templo.

La disciplina de sus sentidos y la “esclavitud de su carne” cobrarán un significado más profundo: no serán tan solo un esfuerzo laborioso por mantener el señorío. El cuerpo, por su parte, es una piedra escogida que hay que labrar y pulir para la iglesia que se construye (Dedicación).

Lejos de execrarlo, el Ermitaño lo rodea de respeto con miras al papel que le asigna la Liturgia. Esta tiene para con el cuerpo un ritual minucioso que regula y ennoblece las actitudes y funciones de cada miembro en la participación que le brinda en la oración y el sacrificio.Le viene su dignidad sobre todo del alma que lo anima, y que en gracia a su unión sustancial se lo asocia en el honor de ser morada del Altísimo.

Esta teología del cuerpo rectamente entendida no autoriza ya más respecto del mismo el trato sórdido que le infligían los ermitaños primitivos. El Bautismo lo ha lavado en la lustración purificadora; el sacerdote lo ha signado con la Cruz, ungido con el Santo Crisma; la Comunión eucarística lo transforma en copón viviente. Después de la muerte, la Iglesia lo inciensa y lo lleva en triunfo. ¿No era el templo del Espíritu Santo?

Esmérate por que él también venga a ser lo que es. Gracias a él y al funcionamiento satisfactorio de sus órganos es como tu alma podrá gozar conscientemente de la presencia de Dios en ella. Guárdate de que una severidad indiscreta te incapacite para sostener un coloquio prolongado con el Huésped interior.

Si María hubiera padecido jaqueca, la entrevista de Betania perdiera de su colorido. No puedes, sin alegrarte, pensar en lo que pasa en el fondo de ti mismo… En el instante en que tomas alimento, recreo o sueño, el Padre, en tu alma, engendra a su divino Hijo. Su Palabra es de una actualidad incesante: “Yo, hoy, te he engendrado” (Salmo 2,7).

Trata de percibir con la fe algo de esos intercambios de amor y alabanza entre las divinas Personas, que son la vida de la Trinidad, su gloria que irradia en tu alma. El Gloria Patri… que jalona tu salmodia es sólo un eco, si bien el más fiel, de la alabanza que se tributan mutuamente “los TRES”.

Extraído de “El Eremitorio” de Dom Esteben Chevevière

Links de hoy:

Monasterio Nstra. Señora de La Paz

Monasterio Sancti Spiritus

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Oración en acción

Silencio y recogimiento

3° Carta

Espero se encuentren bien, hermanados en el Espíritu y afianzados en el hábito de la repetición del Santo Nombre.

Anteriormente vimos la necesidad de ir reemplazando divagación por oración, unificando la mente en torno a este centro estable. También, la urgencia de poner el cuerpo al servicio del crecimiento espiritual si es que se pretende avanzar hacia la contemplación. Hacernos dueños de cuerpo y mente, herramientas dadas para elevarnos a Dios ya desde este mundo.

Quisiera contarles hoy brevemente acerca de un particular modo de hacer. Es una manera de abordar las tareas que nos trae lo cotidiano. Una posición que se asume, que también al hacerse costumbre, nos transforma. Este modo de estarse en la acción, es oración y permite la serena vivencia de los acontecimientos exteriores. Uno deja de anhelar esta o aquella situación, porque encuentra en todos los instantes la misma satisfacción.

Esta manera de actuar se caracteriza por la suma atención que pone en ella quién la ejecuta. Este, consciente de la Presencia de Dios en todo y en todas las cosas actúa como el oficiante en la liturgia. Con reverencia, concentrado, poniendo lo mejor de sí. “En Él vivimos, nos movemos y existimos…” (Hechos 17, 26-28) Conscientes de lo que dice el apóstol, es preciso abandonar la creencia de que aquél otro momento es más importante que este, en el que nos encontramos. Dejar de valorar en función de las expectativas. Asumir que la vida toda es un misterio mediante el cual Dios nos enseña y nos llama a Su presencia.

Esas valoraciones que efectuamos en base a nuestras expectaciones e inquietudes no tienen asidero. Es tan importante este sitio como el otro al igual que el trayecto entre ambos. La vida es un continuo y estamos siempre moviéndonos en “Su casa”. Hay un modo de ponerse mental y corporalmente que facilita la percepción de la gracia actuante en nosotros y lo que nos rodea. Es un modo sin apuro, que dispone ordenadamente los elementos necesarios para la acción que se va a efectuar. Que desarrolla cada paso con la misma intensidad. Se lo percibe como un hacer armónico. Se logra teniendo confianza en que esta tarea que tengo delante es parte de lo que El Señor me pide hacer en esta vida y confianza en que poniendo mi necesario esfuerzo Él llevará las cosas a buen término.

Es un hacer desde el Espíritu, usando el cuerpo y la mente según la función de servicio para la que fueron creados. Es una acción desde adentro y no alienados en el afuera. Esta cualidad en la acción constituye oración y al hacerse continua nos unifica. Mi Padre espiritual consciente de mi apego a ciertas formas de oración en particular, me mandaba barrer con lentitud grandes extensiones de tierra alrededor del sitio donde nos hallábamos retirados. Me decía, que si no encontraba yo el mismo gusto y devoción en ambas tareas por igual, caía en cierta forma de idolatría. Me aconsejaba barrer con unción, con devoción por la tarea, tratando de darle al Señor lo mejor aún en tareas que podía mi mente considerar humildes.

Con el tiempo llegamos a comprender y experimentar que el gozo no está en esto o en aquello sino que se encuentra en uno mismo y que puede derramarse sobre las actividades y las cosas. Esa práctica de tomar cada actividad como una forma de oración crece y se afirma si empezamos a “teñir” todo lo que hacemos con la oración de Jesús. Un hermano decía que se podía ir por el mundo bendiciéndolo todo al cubrirlo con el Nombre de Jesucristo. Si vemos un hecho desagradable lo integramos bajo el manto protector de la oración del Nombre del Señor. Ante lo bueno agradecemos con la misma oración.

Tanto en nuestras caídas como al descubrir nuestros progresos, volvemos a la frase elegida, que se convierte en nuestra forma de adherir a la vida, nuestro asentimiento a la acción de Su voluntad. Es conveniente elegir una o dos actividades que realicemos con cierta frecuencia y ejercitarnos en poner allí esta actitud devocional, esta apertura del corazón a la vivencia. Es buena materia también para el examen diario de la conciencia, revisar como se ha trabajado esta nueva actitud que se busca.

Hace falta determinación, una actitud decidida de acercarse al Señor, el resto a Él le atañe. Recuerdo ahora mis titubeos y dudas cuando me iniciaba en este camino y como vino a ser una enfermedad la que me ayudara a consolidar el hábito de la oración de Jesús. Es que no se sabía entonces si lo que padecía era muy grave o no, hubo unos días de espera para saberlo. Claro, lo que había sido un tibio acercamiento a la oración del Santo Nombre, se convirtió en fervor y piedad que no había conocido antes en mí. El temor a la muerte vino a servirme de gran ayuda y rápido encontré razones para pedir misericordia.

Pero quién no atraviese ese trance… ¿Cómo hará para motivarse y disponerse con firme decisión a practicar esta oración? Quizás porque siente un llamado claro o una evidente inclinación hacia esto. Quizás algún otro se sienta interesado porque le aseguramos una bienaventuranza plena luego de algún tiempo de práctica. Ojalá que así sea; la perla escondida está a la mano, propiamente se ha hablado bien cuando se dijo que El reino de Dios está aquí, entre nosotros. (Lc. 17, 20-21) Según nuestra experiencia, se encuentra en el mismo Nombre de Jesucristo, que actualiza la redención en el momento mismo que se lo pronuncia.

Los saludo con afecto fraterno

Esteban de Emaús

Meditación en Parroquias

Links de Hoy:

Guía de Películas religiosas

Liturgia horarum

Luz del Este

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“Caminos del hombre interior”

por el Dr. Fray Alberto E. Justo

28 de Mayo – 20:15 Hs.

Librería “Lectio”

Paseo Santo Domingo – Córdoba – Arg.

La Virgen de Vladimir

Icono de la Virgen de Vladimir

INTRODUCCIÓN

Para entender el sentido de los iconos es necesario comprender la complementariedad entre la Palabra de Dios y la imagen sagrada: lo que la palabra lleva al oído, la imagen lo lleva a los ojos, haciendo accesible el misterio de una forma humana.

Cristo es a la vez Palabra del Padre e Imagen del Padre. El Evangelio es palabra, pero refiere unos episodios que pueden ser representados, porque el cristiano tiene oídos para escuchar la palabra de Dios, pero también ojos para contemplar el misterio e interiorizarlo.

Ante nuestros ojos la imagen es como una ventana que se nos abre, para entrar en comunión con Cristo, con la Madre de Dios y con los santos. La imagen es recuerdo y lugar de encuentro de miradas y presencias que nos invita a la contemplación y también a la imitación, a realizar en nuestra vida lo que vemos, a revivirlo interiormente.

En la oración ante una imagen de Cristo o de la Virgen no sólo miramos, sino que nos sentimos mirados por Alguien que nos ama. La contemplación es en este caso una forma de contemplar lo Invisible, para que contemplando las cosas visiblemente, seamos llevados al amor de lo invisible.

EL ICONO DE NUESTRA SEÑORA DE VLADIMIR

Esta representación de la Madre de Dios es uno de los iconos más populares, difundidos y reproducidos en todo el mundo. Procede de Constantinopla, y está vinculado a la historia de Rusia. Ante el era coronado el Zar y consagrados los Patriarcas, y desde el siglo XIV se venera esta imagen de la Virgen como “Madre de Rusia”.

Dentro de la iconografía mariana existen muchos y distintos modos de representar a la Madre de Dios. El icono de Vladimir pertenece al tipo Eleousa, es decir, de la ternura, y al de la Hodigitria, la que muestra el camino. La Virgen lleva al Niño sobre el brazo izquierdo y lo señala con la mano derecha a la vez que lo estrecha en su seno, resaltando el aspecto materno de la Virgen y mostrando al Hijo, camino que ha de seguirse.

Los ojos de la Virgen son melancólicos y parecen que expresan la tristeza del mundo y el sufrimiento terreno de María; su mano derecha muestra el camino hacia el Padre a la vez que intercede ante Cristo; las tres estrellas del manto son signo de la santificación de la Trinidad, como Madre de Dios, y de su triple virginidad; los labios son finos y pálidos, que callan ante el Misterio de Dios; el manto representa el modo de vestir propio de las mujeres desposadas en tiempos de Jesús. El rostro del Niño es serio, pero no muestra severidad sino seguridad. De esta manera se encuentran la turbación y la confusión de lo creado, representado en la Virgen, y la seguridad y dulzura del Creador, representado en el Niño.

Este icono rebosa, pues, de amor del Señor hacia nosotros y tiene un profundo sentido cristológico, porque María es el camino que conduce a Cristo.

Por Luis Silvestre Casas
Capuchino

Alguna información sobre la Virgen de Vladimir

Mas información II

Iconos Ortodoxos

Retorno al origen

El Espíritu ora en nosotros...

La historia del salmón


Pocos ignoran el sorprendente trayecto vital del salmón, ese gran pez de los ríos y de los mares cuya epopeya ascensional evoca sin duda uno de los arquetipos más profundos de la realidad: la orientación y referencia innata de la criatura al Creador, inscrita en la estructura del corazón humano y aun en el inconsciente universal de todas las criaturas.

Había nacido en las fuentes originales de los ríos, situadas en las altas montañas, en un paraíso incontaminado de rocas vírgenes y aguas de cristal. Allí transcurrió la primera etapa de su vida, en la felicidad inconsciente de la infancia, totalmente fusionado con la Madre Naturaleza, que le acogía en su seno cubriendo todas sus necesidades, como una imagen creada de la providencia infinita de Dios. Poco a poco fue creciendo, y su identidad personal empezó a desarrollarse.

La vida se le ofrecía entonces como un campo abierto, colmado de futuro y de posibilidades inéditas, sin más límite a las mismas que su capacidad soñadora. Hasta que un día, buscando su propia realización, se lanzó río abajo por la pendiente deslizante, alejándose para siempre de la infancia y del nido que le vio nacer, sumergiéndose en el gran océano, en las anchas aguas del mundo. Hasta aquí, su vida no ofrece ningún misterio y es una ilustración más del paso, que en todos se verifica, de la infancia a la adolescencia, y de ésta a la edad adulta.

En adelante, según dicen, su vida se desarrolla en el mar de los Sargazos, ese inmenso entramado de algas situado en el corazón del Atlántico norte, que evoca la complejidad de nuestro mundo, con su tupida red de relaciones e intereses, a veces confesados y tantas veces inconfesables. Poco importa si su existencia era hasta entonces feliz o desgraciada; poco importa si en su memoria anidaba o no una vaga nostalgia de los días de su niñez.

Lo cierto es que, en un momento dado, algo ocurre y hace «clic» en su interior, cambiando de orientación la brújula interna de su alma. Algo se enciende: una luz, un despertar, una toma de conciencia. Algo que se parece mucho a una conversión. Y con ello un impulso irreprimible de partir, de retomar al origen absoluto del que había surgido.

A partir de ese momento inicia una de las aventuras más admirables que podamos hallar en el libro de la naturaleza. Siguiendo un certero instinto, y a través de un viaje de miles de kilómetros, recorre en sentido inverso las aguas del océano hasta encontrar la desembocadura del mismo río por el que años antes se había deslizado alegremente.

Sin vacilar, se adentra en él y empieza a remontarlo. Según asciende, la corriente contraria le va oponiendo una mayor resistencia; pero la fuerza de su deseo es más grande que cualquier adversidad. Y este deseo lo tiene clavado en un único fin: las fuentes de las aguas, a las que debe llegar por encima de todo.

Con tenacidad indestructible, sin retroceder jamás ni rendirse un instante, va ganando terreno al río palmo a palmo, en una batalla encarnizada contra la corriente y los obstáculos que van saliendo a su paso. Unas veces son las cascadas de agua, alzándose como muros infranqueables; otras, los pescadores de la ribera lanzando sus anzuelos tentadores, con los que tratan de frustrar su marcha ascensional. 0 los osos del bosque, que en las partes altas del río salen en busca de una presa fácil, aprovechando la escasa profundidad de las aguas y el evidente agotamiento que por entonces muestra el menguado número de ejemplares que va logrando acceder a esos niveles.

Muchos dejarán la vida a lo largo del camino. Sólo los que tienen la suerte de alcanzar el fin, poco menos que exhaustos y casi con la mitad de su peso perdida por el tremendo esfuerzo, pueden asistir al último acto que corona la odisea: el baile nupcial, el desposorio y, tras éste último, la muerte… La muerte en el lugar mismo del origen.

El poder simbólico de esta odisea se revela en cada una de sus etapas. En primer lugar, hay que resaltar la fuerza de la llamada interior y la atracción irresistible ejercida por el origen en el fondo del alma. Imposible no escuchar, no partir y volver a las fuentes primordiales, al lugar donde nace y se consuma la vida. Donde nace y se consuma, y no sólo donde nace, porque el retomo al origen que llama y atrae es al mismo tiempo, y de modo misterioso, un viaje hacia la consumación y el destino último de la existencia.

El origen: el Origen divino, del que todo surge, es al mismo tiempo el Fin al que todo tiende y aspira a llegar para completar su realización. Todo sale de Dios como Padre y Origen, y a Él retorna como Destino y Fin. Salida y retorno, egresus et regressus, expansión y contracción, constituyen un movimiento fundamental inscrito en la estructura del espíritu humano y, de modo general, en la de todo el cosmos.

Ahora bien, si origen y fin son lo mismo, no lo son de la misma manera. Entre ellos media la distancia que se da entre lo embrionario y lo plenamente desarrollado. En el Origen, el ser es creado; en el Fin es consumado.

De hecho, el salmón no aspira en modo alguno a regresar al «paraíso original» de la infancia feliz, ni su objetivo es retroceder en el tiempo buscando introducirse otra vez en aquella placidez inconsciente que, según dicen, todos experimentamos en el claustro materno. Salió como niño, regresa como adulto. La infancia queda atrás para siempre, y en adelante al hombre sólo le es posible completar su ser desarrollando sus estructuras más plenamente humanas de conocimiento y de amor.

Y éstas no aspiran, desde luego, a autorrealizarse en una fusión impersonal y difusa con la Madre Tierra, sino que ascienden hacia otra unidad más elevada, de carácter esponsal, con quien ahora es percibido como Esposo, y Amado. Por eso, al llegar a la cumbre, los salmones se aparean, plantan la semilla de una nueva generación… y mueren, después de entregar el último jugo de su ser.

Desposarse y morir. Ése era el objetivo final del deseo que la voz suscitó en el alma, y el último acto que corona la gran odisea. Una muerte, por supuesto, cargada de fecundidad, que evoca ese morir a sí mismo en el otro característico del amor, y que es la única muerte de la que sale vida, por ser la expresión suprema del don de sí. Muerte mística también, si se quiere, pues morir a sí mismo en Dios es el sacrificio de amor más elevado que la criatura puede realizar.

Un amor que es al tiempo cruz desgarradora y crisis de todo el ser, pero en cuyo centro está depositada la semilla de la vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).«El que pierda su vida por mí, la encontrará para siempre» (Mt 10,39). De otro modo, cuando uno no quiere dar su vida, tarde o temprano se la arrancan, y entonces es la debacle del ser. Pero cuando la da, entonces se desposa y recibe la vida de aquel en quien ha muerto.

Extraído de: Monasterio de Las Escalonias

Enviado por Hno. Gabriel

de Frat. Monástica Virtual

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En la Escuela del Espíritu Santo

Creer para ver

Santa Maria Reina


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