« No hay palabras para describir la experiencia de mi estancia en Mambré. No sé cómo se puede estar en el paraíso y después volver al mundo sin que la nostalgia aparezca. La amistad y la acogida allí se dan generosamente, con mucho amor. El primero: Yeski, una bolita peludita blanca, con su calurosa acogida, con sus ganas de jugar, trayéndome en cualquier momento sus “juguetes”, piedrecitas, piñitas. ¡Le gustaba hacer de portero y lo paraba todo!
He vivido momentos intensos de escucha, de reflexión, de testimonios; en el encuentro mensual que se realiza en Mambré. El estudio de las escrituras, la profundización en los textos, alimento del alma. Personas comprometidas con la búsqueda espiritual, de profundas convicciones, de fe inquebrantable, admirables.
Confidencias a media tarde, en la sobremesa o a la luz de las estrellas. Nuestra búsqueda interior de años, diversos caminos, diferentes creencias, que finalmente y por pura gracia, nos llevó hasta nuestro Señor Jesucristo, que siempre estuvo esperando a que volviéramos, amorosamente, pacientemente, como a hijas pródigas. Momentos mágicos de profunda comunicación interior.
Tuve experiencias de Presencia poderosas, pero hay una de mayor intensidad que deseo compartir.
Como cada día, por la tarde, nos conectamos a la oración vespertina. Recuerdo que me sentí pronto envuelta en una gran paz y en profundo silencio interior durante la oración, que íbamos siguiendo a través del móvil. Caminábamos lentamente, entre la hierba alta, espigas y maleza: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros… Los árboles en quietud, rezaban con nosotras, mientras el sol, cada vez más bajo en el horizonte, pintaba de colores el cielo crepuscular.
Los campos vecinos, sembrados, a la luz del atardecer, ofrecían una variedad suave de tonos verdes. Las amapolas y las flores silvestres nos acompañaban. Los pájaros, con un murmullo entonaban sus últimos cantos… Todo era quietud, paz y silencio. Nos quedamos mirando los últimos rayos del sol, inmóviles ya, nuestros pasos detenidos. Toda la naturaleza estaba en oración. Mientras, en mi corazón ardía: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros…
Gracias Mambré, gracias, Pilar».
4º domingo de Pascua en el blog de José Antonio
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