El latido de Tu Nombre

Inicia el día… ocurre esto, luego aquello; hay que hacer tal cosa, después esa otra y más tarde la de más allá. Las horas se suceden, el ánimo fluctúa, esto agrada, aquello no tanto. Apremios varios, situaciones, deseos, idas y venidas en torno a tantas cosas…

Pero que distinto se presenta el día cuando me dispongo a recibir todo lo que ocurre recordando que viene de Ti. ¿De quién podría venir sino? Y cuando me asiento en la actitud de tomarlo todo para la elevación del espíritu, lo sagrado empieza a teñir el mundo. Las cosas, las personas y los diferentes escenarios por donde transita el día empiezan a estar cargados de sentido. Un significado que siempre ha estado pero que permanecía velado se descubre sin esfuerzo.

Que tremendo misterio ese rayo de luz que proveniente de una esfera inflamada en el fuego de Tu amor ha venido a tocar las hojas del árbol en mi patio. Que misterio el verde brillante en el jardín, la calidez de mi perrita junto al muslo, este aire fresco que entra y sale del cuerpo, el discurrir del texto en el teclado…

Entonces surgen deseos de devolver Tu amor. De hacer bien las cosas, de oficiar esa liturgia de las horas mediante los actos que tocan, atentos al significado que portan. Todo es para algo y el sentido profundo lo sabes Tú, solo Tú. Pero el corazón lo intuye, le sigue el rastro y adivina las huellas de un propósito que parece íntimo y familiar. Como si siempre lo hubiéramos sabido.

Oh Señor! ¡Que grande eres, fuente de toda inmensidad..! En todas las cosas te manifiestas, cualquier mirada es la tuya, siempre y en todo estás. Y más te manifiestas mientras más nos entregamos. ¡Oh Cristo en el corazón! ¡Aparta cualquier pensamiento con el viento de Tu gracia y deja en esa nueva claridad el solo latido de Tu Nombre!

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Imagen extraída de “La mirada contemplativa”

El sufrimiento

Impotencia

La gracia y la desgracia

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El jardín era un desastre. Tierra arrasada luego de la catástrofe. El granizo lo había destrozado todo. La huerta, las flores y hasta las hierbas aromáticas que estaban dispuestas junto al cobertizo. Las dos vides que supo plantar mi padre, que estaban a punto de floración habían perdido todo el verde. Y no era la primera vez. Mi ánimo reflejaba lo que veía. Estaba deshecho. Tanto cariño puesto en la labor parecía no tener sentido. Ya se me había dicho en ocasiones que no importaba lo de fuera sino el modo interior en el que hacía las cosas, sin embargo no lograba evitar la desazón.

¿No eras Tú el que me llamó a la soledad del campo? ¿No eras Tú quién me inspiró para vivir frugal del fruto de mi huerto? ¿Quién plantó en mí la semilla y el gusto por la vida eremítica? Clamaba en mi interior: ¿Quién te entiende Dios mío? El desorden del alma se reflejaba también en mi pequeña vivienda. Y ni siquiera La Biblia comentada tan gruesa y perfecta que había comprado con duro esfuerzo económico me inspiraba la lectura. Otras veces solo verla y hojear sus páginas tan suaves y perfumadas encendía la devoción. Ahora nada. Todo estaba gris y sentía al cuerpo sin fuerzas.

Me eché en la cama boca arriba sin mirar más que el techo vacío, sin rezar, casi sin pensar. En la duermevela que siguió, soñando sin sueños venían imágenes sueltas de mi maestro y de sus palabras y ejemplos. Con énfasis insistía en la metáfora del carozo de durazno. En cuán abrigado se había sentido dentro de la fruta y como ese cobijo le había parecido eterno y plácido. En como se había desesperado al ver la maduración excesiva de la fruta y luego al desprenderse del árbol y caer a tierra, el dolor de la putrefacción de lo que había sido su refugio. Poco a poco el carozo se quedó solo, en ubicación desconocida, ante un cielo que no comprendía y el mismo árbol en el que había nacido le resultaba extraño.

Gesticulando con vehemencia me decía: “Te das cuenta la desesperación que sentiría el carozo de un durazno al sentir una fuerza interna inexplicable que lo destruye abriéndolo al medio, que lo desarma y luego cuando le brotan pequeños miembros que lo atan a la tierra?”. “Cómo podría entender que lo que le acontece es su misma vocación, aquello por lo cual se lo ha llamado a la vida: enraizar y ser semilla de un nuevo árbol.”

“Con nosotros es igual, mal interpretamos el infortunio. Confundimos muchas veces la gracia con la desgracia. Hemos sido creados y seguimos siendo formados por un escultor muy sabio y amoroso. Con maravilloso arte se suceden los hechos de la vida para nuestro bien, para que nos orientemos hacia aquello por y para lo cual fuimos concebidos. ¿Cómo quitar la piedra que sobra para que aparezca la bella escultura? ¿Cómo escribir un icono sin devastar antes la madera o pintar al óleo sin tratar antes la tela?” ¡Confía, confía!, siempre me decía.

Unas horas después, agradecido ya en el corazón, volví a trazar los lindes de la nueva huerta. Dejaría la tierra bien fina y trabajada y organizaría las distintas especies con más coherencia que antes. Pondría de mí lo mejor en un intento impecable. Me dejaré labrar por Ti Señor, ¡Quita toda la maleza de mi corazón soberbio! Yo seguiré aquí esperando tus tormentas y buscaré no rendirme al miedo o al desánimo. Recordaré que soy tierra trabajada entre Tus hermosas manos.

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(Juan 12, 24)

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Mucho más allá

Sube la estrecha y angosta colina del silencio,

Sumérgete en su tierra, con tus pies resecos,

Tropieza con las piedras de las dudas,

Riega su sequedad con tus lágrimas.

Más allá, mucho más allá…Vacío.

Acá, mucho más acá…. Oscuridad.

Sube la estrecha colina llena de pensamientos,

Sumérgete en la soledad y tropieza con el miedo.

Riega la Vida con la certeza del Rocío de la mañana.

Más allá, mucho más allá está El Amor.

Acá, mucho más Acá…. Está el Hoy…

Hoy… Yo Soy…

Eterno Presente…

Eterno AMOR..

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Meditaciones diarias

Ejercicios dominicos

Dejar lo que sobra

Lo exterior muestra lo interior. En realidad somos una unidad y todo lo que sucede en nuestra vida tiene íntima relación con lo que ocurre en el alma. ¿Acaso no comprobamos que cuando nuestra casa o habitación está revuelta y hecha un desorden, esto coincide con una alteración del ánimo? Todos lo hemos vivido. Ordenar por fuera nos armoniza las fuerzas dentro y tranquilizar la mente y las emociones nos lleva a ser precisos y atentos en lo de fuera.

Pero el trasfondo necesario para todo esto es el deseo de una vida simple. Cuando nos manejamos por lo necesario todo se va tornando simple. Hábitos sencillos, comportamientos claros y una libertad creciente de las circunstancias se instala en nuestra jornada. Evitar complicaciones, abandonar todo lo que sobra, elegir el silencio cada vez que sea posible, nos va amansando las pasiones que nos alejan de Dios y nos acercan a la única pasión que no conoce la desilusión, la devoción que arde en el corazón.

En realidad todos amamos mucho a Dios. No nos damos mucha cuenta porque ese vínculo profundo se nos ha traducido en diversas formas que disfrazan ese amor. Pero como dicen algunos monjes en Filocalía: es a Dios mismo a quién buscamos cuando andamos presurosos tras alguna cosa, persona o situación determinada. ¿Podemos maravillarnos de una comida exquisita sin recordar a quién la cocinó? ¿Podemos admirar un paisaje, una mañana de primavera o el aroma de la tierra húmeda sin pensar en el Creador de ellas?

Y esa persona que tanto amamos, ¿no se sostiene acaso en la voluntad de Dios? ¿Quién creemos que nos mira a través de los ojos de un hijo o de cualquier persona? Solo Él. Dios está presente de veras en cada momento. Se nos muestra en todo. Sin embargo tenemos aletargados los sentidos del alma que son los que nos permiten percibirlo ya desde este mundo. ¿Cómo hacer para quitarles el velo que los opaca?

Es importante empezar a simplificar todo. Diferenciar necesidad de deseo. Hacer más despacio. No comprometernos con muchas cosas. Y darle a los momentos de oración o silencio el valor que tienen. Pero no le daremos valor real a los momentos específicos de oración si no aprendemos a salirnos de la mente y a sumergirnos en el espíritu o el “nous”, esa parte contemplativa del alma según los orantes filocálicos. Y difícil será serenar la mente mientras permanezcamos esclavos de los automatismos que gobiernan nuestra vida.

Hay un comprender necesario y una actitud necesaria que nos abren a un nuevo comportamiento. Nuestra conducta es el resultado de aquello que portamos (llevamos) dentro. ¿Y que es lo que no puede faltar en nuestro interior? El deseo de Dios, el anhelo de Él, la pasión por encontrar eso que no muere nunca. Ya no importa lo hecho, no importa lo que vendrá, fundarse desde este instante mismo es lo que cuenta. Abandonarnos a lo que Su voluntad nos trae a cada paso y actuar sabiendo que es Dios mismo quien nos habla a través de lo que ocurre.

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Meditaciones diarias hasta el adviento

Te necesito a Ti

Espiritualizar los actos

¿Que se entiende por “Espiritualizar los actos”?

Desde un punto de vista, un acto se espiritualiza cuando se hace con atención. Esto es, consciente de sí mismo mientras se ejecuta la acción y consciente de lo que se está realizando. Esta doble dirección de la atención, en realidad es aparente. Para ser capaces de lo dicho, hay que situarse fuera del actor y de lo actuado, en una explanada desde la cual testificamos lo que ocurre. Esta mirada que abarca al que hace y a lo hecho proviene desde los sentidos espirituales.

Otra característica esencial es actuar recordando a Dios o dicho de otra manera, atentos a su presencia en el momento mismo. Actuamos ante Él y junto a Su Espíritu que nos envuelve. Esto se vincula también con un hacer para Dios, situándonos en actitud de ofrenda o agradecimiento. Es como si dijéramos: “Señor, esto lo hago para Ti, quiero que llegue a Ti, te lo entrego”.

La espiritualización de los actos implica también un sentido o significado. En una de sus acepciones, –sentido– implica un sendero, un camino. Se quiere decir que las acciones con sentido involucran un propósito, el transitar un proceso consciente. En la misma tónica, algo tiene significado cuando es –signo– de algo más. Está manifestando algo que no está a la vista pero sí presente en el acto mismo como cualidad.

En suma, intentamos actuar ante la presencia de Dios, buscando esa postura interior que nos permite ser oficiantes, buscando sacralizar lo que hacemos, cargados de cierta unción que transforma aun lo más cotidiano en ceremonia y ofrenda. Esto invierte la dirección habitual de nuestro comportamiento. El cambio conlleva un movimiento desde la plenitud hacia el mundo y no ir hacia las cosas para buscar en ellas la plenitud.

No será cuestión de un momento generar esta metanoia en nosotros, pero si podemos determinarnos profundamente a ir por este sendero que sigue el rastro a lo sagrado en cualquier momento, situación o lugar. De otro modo la vida pierde su sustancia, dejamos lo esencial de lado y nos alejamos de lo significativo. La vida tiene un sentido profundo, ese sentido está presente en cada momento y trasciende la muerte aparente. ¡Oh Señor, despierta en nosotros el corazón espiritual para que podamos descubrirte en todo y en todos!

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Encuesta en la Fraternidad

Caminante

Desaparecer en Ti

Oh Amado del corazón! Creador de todo lo existente! Tú que alientas detrás de los átomos y que impulsas el viaje danzante de las galaxias..! Tú que sostienes las innumerables formas de vida y que alimentas el fuego de los soles más distantes..!

Permite que quitemos la coraza de soberbia que cubre nuestros corazones para que podamos sentir tu abrazo en medio de lo cotidiano. Ayúdanos a sentir tus pasos mientras cae la tarde en el jardín de nuestra vida. Deja caer la lluvia de Tu gracia, envía el trueno de Tu Espíritu, silencia el ruido de nuestra mente con el viento de Tu amor.

Ayúdanos a recordar que es a Ti a quién amamos detrás de los deseos múltiples que nos encadenan. Refresca nuestras sequedades con el agua del asombro y devuelve a nuestros ojos la mirada que teníamos cuando niños. Permite que podamos adivinarte en los demás y a ignorar las aparentes diferencias. Sacraliza nuestros pasos y danos luz para ser oficiantes en la ceremonia del instante.

Convierte nuestra vida entera en parte de la liturgia cósmica, usa nuestros pasos para manifestarte en el mundo, consume nuestro ánimo mezquino para que podamos, de una vez por todas, desaparecer en Ti.

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Comunidades de oración en Hozana.org

Evangelio del día

Invitación

Hermanas y hermanos en Cristo Jesús, el hermano David nos comenta y os invita: hasta el domingo, podremos acudir a la parroquia Sta. Teresita del Niño Jesús de 18:00 a 20:30 horas (jueves, viernes y sábado) y el domingo de 11 a 14 horas, a rezar y venerar una de las reliquias de Santa Teresita del niño Jesús y otras actividades. Un saludo fraterno para todos invocando el Santo Nombre.

Enlace al sitio de la Parroquia Sta. Teresita del Niño Jesús

Aquí “Historia de un alma” de Santa Teresita

Imagen extraída de “Canta y Camina”

Abrir los sentidos espirituales

El gran matemático y filósofo Blaise Pascal supo decir en su momento que la mayor parte de los problemas del ser humano surgían de su incapacidad para quedarse quieto sin hacer nada en su habitación. ¡Cuánta razón tenía! Reflexionemos un poco sobre esto.

Carentes de plenitud, es decir de una sensación de bienestar autónoma en nosotros mismos, nos lanzamos hacia las cosas, las personas y las situaciones pretendiendo que el contacto con ellas nos produzca esa saciedad que nunca alcanzamos. Carentes de la percepción de la divina presencia, la vida se nos presenta desacralizada, sin sentido o con significados que cambian continuamente y se muestran transitorios.

Se vive para alcanzar esto y luego aquello y después lo de más allá, apresurados vamos en pos de un espejismo que siempre estará por delante. Un objeto, un título, una persona, un viaje, un encuentro amoroso, un reconocimiento, una comida… en nuestro interior un murmullo constante nos dice: “Cuando tengas esto o aquello ya podrás descansar y ser feliz…” “Este ahora no es importante, apresúrate para alcanzar aquello, eso es lo que te falta…” y afirmaciones similares.

El hecho es que si nos quedamos quietos nos desesperamos al poco rato. “¡Ve hacia el interior!”, “El cielo está dentro de nosotros”, “Encuentra a Dios en tu corazón”, nos dicen los textos espirituales, pero cuando nos quedamos quietos y atendemos dentro nos recibe la ansiedad, el tedio, el temor, pensamientos negativos, recuerdos opresivos, imaginaciones fatalistas, ira, preocupaciones y un extenso menú a la carta que nos hace salir despavoridos hacia cualquier actividad que nos permita anestesiar y olvidar esta ausencia en nosotros: la ausencia del contento que deriva de una fe quebradiza, de dependencias múltiples, de un sentirnos separados de Dios.

¡Qué dicha la de aquél que no teme porque nada necesita! Y nada necesita porque lo tiene todo. Tiene un corazón pleno de certeza, siente a Dios vivo actuando en él, tan presente y real como se siente el sol en la cara o el sonido del trueno y luego la lluvia fuerte. Parece necesario abrir y fortalecer la capacidad de nuestros sentidos espirituales; los ojos del corazón, los oídos del alma, el tacto del Espíritu en el interior. ¿Cómo haremos esto?

¿Cuántas actividades hice hoy alimentando dependencias o hábitos que me esclavizan? ¿Cuántas actividades fueron para anestesiar el dolor que me provoca Tú ausencia? ¿He tratado de hacer las cosas, por pequeñas que fueran como liturgia de alabanza? ¿Cómo hacer para oficiar la ceremonia del instante? Para que un músculo crezca hay que ejercitarlo, para alcanzar una pericia hay que dedicarse a ello, cualquier desarrollo depende de la gracia pero requiere también aplicación de nuestra energía y atención.

Veamos si podemos ir abordando luego alguna ejercitación que nos permita despertar y fortalecer los sentidos espirituales que yacen intactos pero dormidos en lo profundo del alma.

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El don del liderazgo cristiano

Charles de Foucauld

Cambio de hábitos

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Una de las mejores enseñanzas que he recibido respecto de los hábitos y de su modificación dice: “El primer paso para cambiar un hábito es reemplazarlo por otro”. En este caso claro, la instrucción se refería a dejar un hábito nocivo por otro bueno o al menos, que no fuera tan dañino como el anterior.

Esto permite el desplazamiento de la energía que se usaba en una actividad hacia otra. Es algo transitorio y en cierto modo viene a compensar una carencia y no a resolverla o trascenderla, sin embargo es un buen inicio de la transformación. Entonces, cada vez que surge la compulsión o el impulso hacia la realización de aquél hábito que quiero abandonar, inmediatamente pongo en marcha la nueva conducta con la que pretendo reemplazarlo.

Recordarán el ejemplo que se da en “El peregrino ruso”, donde un alcohólico practicaba esto. Cada vez que le venían ganas de beber se ponía a leer los Evangelios y al poco rato el ansia de beber había pasado. Y esto sirve de ejemplo que podemos adaptar a nuestra propia vida. Este reemplazo inmediato de una conducta por otra nos muestra que los vicios tienen como “un pico de la ola” y que luego disminuye por sí mismo. Es preciso atravesar esta especie de “momento crítico”, hasta que uno puede superar con la intención el estímulo que nos presiona con un fuerte deseo.

Los hábitos se forman por simple repetición. Hay que repetir el nuevo comportamiento que se quiere instalar cada vez que aparece el deseo del hábito anterior. En unos pocos días nos sentiremos más fuertes, cada vez más capaces de superar el momento difícil. Posteriormente, nos acostumbramos a atravesar el momento crítico sin necesidad de reemplazar la conducta. Simplemente permanecemos atentos a este deseo que surge con fuerza de repetir algún comportamiento y al observar lo que ocurre de algún modo nos diferenciamos, tomamos distancia y aparece un espacio que da algún margen de libertad.

Así es que primero reemplazar, luego aprender a atravesar y mientras esto ocurre ir comprendiendo lo que se esconde detrás del hábito. Un hábito nocivo es un síntoma, ha surgido como respuesta a ciertas situaciones interiores y exteriores. En cierto modo sirvió de analgésico, fue como un anestésico para el dolor que había en aquel momento. Pero no se puede vivir de calmantes, hay que descubrir y solucionar el origen del dolor.

En términos muy generales, una vida en la que no encontramos significado y donde no percibimos con frecuencia la presencia de Dios en lo cotidiano, es caldo de cultivo para una multitud de hábitos nocivos. La respuesta integral radica en la sacralización de la vida. O, mejor dicho, en atender a lo sagrado que se va mostrando en el transcurrir. Pero esto no se puede impostar ha de experimentarse. Para ello, es necesario cultivar la atención y entrenar la mirada. La mirada (hacia donde orientamos la percepción) también puede acostumbrarse y llegar al hábito de buscar a Dios en todo y todas las cosas.

Un abrazo fraterno a todas/os invocando el Santo Nombre de Jesús.

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Tabla de contenidos de Fenomenología (Módulo 1- PDF)

Primeros Cristianos

Renovar el jardín

Imagina el que fuera un hermoso jardín, que ha sido abandonado por años. La maleza se hizo dueña y ahora lo cubre todo. Cuesta adivinar donde sobreviven aquellas plantas que daban flores y las aromáticas están ocultas entre los cardos. Todo parece perdido. ¿Dónde apreciar belleza en este caos opulento de cizaña y alimañas de toda clase?

Trata de hallar una pequeña muestra de la anterior belleza. Busca bien, con tranquilidad ve revisando parte a parte hasta que encuentres una pequeña flor o una de aquellas plantas que tanto apreciabas. Entonces, deja de lado el desorden general. Pon toda tu atención en esta pequeña maravilla y poco a poco retira de su entorno lo que le dificulta el crecimiento. Crea para ella un espacio libre de peligro y que le permita elevarse y dejarse acariciar por el sol.

Despeja sus lindes, remueve la tierra seca y endurecida y dale nutrientes con agua pura. No estará mal que también acaricies sus hojas y que la controles evitando que hormigas o insectos la dañen. Y a partir de allí, desde ese pequeño sitio limpio reconstruye el jardín. Se paciente, te llevará días, meses o años incluso. No importa la rapidez del avance sino la dirección que llevas. Quién va hacia su destino camina firme y puedes ser indiferente a la velocidad de la marcha. Afincarse en el propósito es lo importante y tomarlo como norte.

Esfuérzate en no dejarte arrastrar por la prisa, esta es enemiga del buen hacer. La ansiedad por el logro final es un espejismo que nos engaña y termina drenando las fuerzas. En el resto de tus ámbitos vitales es igual. Aplica lo del jardín. El ego suele engañarnos ofreciéndonos objetivos grandes y radicales. Pueden ser metas muy santas, pero que de tan altas luego nos dejan caídos más abajo de donde estábamos. Hemos de aceptar que no somos especiales. Somos una persona como todas las demás. Con nuestras cualidades, defectos y particularidades, pero estamos como todos.

La gracia sabe conducirnos. Atender al corazón como criterio para decidir situaciones en las que dudamos. ¿Qué es atender al corazón? No prestarle mucha atención al relato mental acerca de nosotros mismos. Atender más bien a practicar aquellas acciones que nos dejan calidez en el corazón. Si nos detenemos un momento, si respiramos e invocamos a Dios, la voz profunda de la gracia que vive en nosotros nos dirá que decir, que hacer y cómo situarnos ante lo que va ocurriendo.

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El desierto de lo imprevisto

Nuestra particular situación interna se manifiesta clara cuando estamos en medio del desierto. Cuando nos quedamos sin poder disponer de aquello a lo que nos aferramos. De pronto, no podemos repetir la ejecución de aquél hábito o entablar conversación con aquella persona, no podemos ya contar con lo que contábamos. El desierto puede sobrevenir al surgir la enfermedad, el desempleo, la soledad no querida o una repentina variación del ánimo que nos deja en la acedia.

El desierto, aquello que no tiene confines, nos deja sin asideros, nos arranca las dependencias, nos desnuda; nos muestra el propio rostro, ese que no queremos ver, para no sentir el dolor de nuestra constante postergación del cambio. Esta figura –la del desierto– a la que siempre se menciona en la historia de la espiritualidad, refleja la situación del alma humana: Estamos aquí, en medio de la inmensidad, incluídos en lo que no se puede medir ni comprender.

Es en esta situación de perplejidad ante la existencia misteriosa, cuando pueden manifestarse en nosotros las verdaderas preguntas. Por ello, La Voz clama en el desierto,  (Juan 1, 23) llamándonos a la transformación profunda, a un vivir más verdadero, nos inspira el deseo de sacralizar la vida. ¿Es que acaso la vida tiene sentido sin lo sagrado en ella?

La irrupción del desierto en nuestra vida, -el surgimiento de lo no deseado o la caída de las ilusiones- es una forma en la que Dios nos llama al despertar del espíritu. El vacío del desierto nos anonada, desmantela las falsas seguridades, nos revela lo que es. ¿Qué pasa si no voy a hacer aquella compra? ¿O si no voy a conversar con aquella persona? ¿O si no enciendo la televisión o no acudo a Internet? ¿Qué pasa si permito que el desierto ingrese a mi vida? Y, en ese caso, ¿Cómo atravesarlo realmente en lo cotidiano?

Despejemos el camino, para que se manifieste en nuestra vida aquella Luz de la que Juan era testigo. (Juan 1, 6-8 ) Y entonces ¿cómo despejar el camino?

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Estimadas/os en Cristo Jesús: En las próximas horas, si Dios lo permite, estarán disponibles la 29° Clase de Filocalía y la 11° de Fenomenología. También lidiamos con imprevistos que nos superan y de allí el retraso. Un abrazo fraterno, invocando el Santo Nombre de Jesús.

La cualidad de lo eterno

¿Qué es lo más importante a su criterio en la vida religiosa? ¿Qué es lo esencial, eso que no puede faltar?

La experiencia íntima de Dios en el corazón. Esa certeza de su existencia, ese sentido de su presencia en cada instante mientras discurre lo cotidiano. El propósito de la vida religiosa es facilitar el acceso a esta experiencia interior. Por supuesto cada quién la vive en su particularidad y se acerca o se aleja de ella según el camino de su propio desarrollo espiritual.

Es bueno recordar esto, no olvidar el sentido último de lo que hacemos. Más aun en estos tiempos, en los que, ademàs de una desacralización continua de las actividades humanas, impera un cierto relativismo de la fe, que creo manifiesta un nihilismo de fondo.

En cierto modo, es como si tendiera a instalarse un “hábito de la decepción”, un modo de mirar condescendiente, como si supiéramos como son todas las cosas y lo que puede esperarse de la vida. Más que una rutina en si de los aconteceres es una rutina de la mirada, un vicio en el modo de ver.

¿A su juicio, que es lo que más acerca a esta experiencia de Dios en el corazón?

La oración. Y esta, entendida no solo en su acepción particular litúrgica y/o personal, sino también como un modo de ser y de estar en la vida, como un modo de ser la conciencia pendiente de Dios, de su presencia y manifestación mientras transcurre el tiempo.

Vivimos desplegando nuestra intención entre las categorías del espacio y del tiempo; sin embargo ellas no son absolutas sino que se ven atravesadas por lo que llamaríamos la cualidad de lo eterno. Esta cualidad divina de los aconteceres que está presente como fondo de la existencia, puede hacerse perceptible para quién con atención y amor, busca lo sagrado en los acontecimientos.

Lo que sucede puede sernos agradable o desagradable, puede darnos felicidad o en ocasiones mucho dolor; incluso muchas veces nos resulta incomprensible, no asimilable. La conducta ajena y hasta la propia suele dejarnos perplejos y atemorizados. Sin embargo, la inteligencia de la redención también se encuentra actuando allí.

¿Podría explicar un poco más esto último?

Difícilmente. Es algo que puede intuirse no del todo explicarse. Te diría que todo está hecho para nuestra redención y transformación, que el destino del hombre individual y social es bueno y perfecto, aunque no podamos verlo en ocasiones.

¿Y como puede uno hacerse oración, cómo llegar a ese estado de oración continua?

La oración de Jesús es mi camino, la invocación del Nombre, que tiende a reemplazar las divagaciones y las apetencias y que poco a poco nos va centrando en lo único necesario. Sin embargo hay diferentes maneras de orar y de acercarse a Dios. Cada uno es llamado a recorrer cierto sendero y eso es por algo, alguna particularidad tiene esa forma a la que se inclina el corazón de cada cual que la hace necesaria, adecuada para cada quién.

En general te diría que ayuda el no gastarse en secundariedades, el centrarse en lo que es importante. No hay que olvidarse de ciertas verdades, que no nos gusta mucho recordar. Hay que acordarse de que esta vida es transitoria, de que existe la vejez, la enfermedad y la muerte y que solo ante ellas situamos las cosas en la perspectiva necesaria.

Cuando uno se acuerda de estas cosas inmediatamente se vuelve a Dios y se pregunta por el sentido de la vida. Esa pregunta, esa lacerante inquietud es la primera forma de oración que he conocido y, a la vez, la primera manifestación del amor de Dios, de su llamado íntimo y personal.

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Links de hoy

Fin del primer módulo de Fenomenología

Ya a la venta el 5° tomo de Filocalía

Vivir en lo sagrado

La vida consagrada se manifiesta con alguna frecuencia en claustros y comunidades, pero también en cualquier ámbito de la vida humana e incluso trasciende las culturas y las distintas religiones… pero… ¿Qué queremos decir cuando hablamos de vida consagrada?

En una aproximación etimológica nos encontramos con “hacer algo sagrado”, “junto a lo sacro o santo”, “santificar” etc. Pero profundizando la búsqueda de las raíces lingüísticas básicas, es decir las raíces de las palabras en el idioma indoeuropeo; que es el idioma raíz antes de la derivación latina, hallamos el significado de mediación, de vínculo entre mundos, en este caso entre lo celeste y lo terrestre. El consagrado en este sentido, santifica al mundo o hace de mediador entre ambos aspectos de la vida.

En nuestro caso, al hablar de vida consagrada nos referimos a -vida totalmente dedicada a un único propósito- a esa dirección única en pos de un objetivo que toma por entero la vida de la persona y la entrega a un camino o tarea que la unifica por completo. Esta dirección única excede la temática de que se trate. Sin embargo la vida dedicada al encuentro con Dios, a la percepción de la divina presencia, es un caso particular de consagración pues abarca cualquier ámbito de la vida de una persona.

Se puede buscar a Dios, la sensación de estar viviendo en lo sagrado, haciendo las compras, lavando los platos, regando el jardín, dando clases, conversando con el ser querido, en la oración de Jesús o en los oficios comunitarios y en cualquier actividad que se nos ocurra. Pero… ¿Cómo es esa sensación de vivir inmerso en lo sagrado y como abrirse a ella o producirla en uno mismo?

Depende un poco de cada quién, pero todos hemos tenido experiencias en nuestra vida en la cual hemos sentido muy fuerte la presencia de Dios. En especiales momentos de alegría o incluso en medio de la tragedia. Recordar bien esos momentos ayuda mucho, nos actualiza un poco la presencia. Es una sensación de confianza en la providencia, una cierta “despreocupación ocupada”, en donde nada se deja sin hacer pero a la vez no se hace nada; uno se siente actuado por Dios o instrumento en Sus manos, aunque no sepamos muy bien para qué nos está utilizando en tal o cual ocasión.

Salir de tareas apresuradas haciendo despacio las tareas es mejor en todo sentido. La calma nos permite el buen hacer buscando la perfección, que aunque nunca se alcanza nos pone en sintonía adecuada. Invocar a Dios antes de cada acción o mejor continuamente va centrando la mente y un buen día nos hallamos en un contento sin objeto, una alegría que no deriva de esto o de aquello, sino de un calor en el corazón que es confianza y abandono.

También, cuando en cada situación buscamos el bien de todos los involucrados, no sólo el mío propio o de alguna persona particular, se va creando un hábito de mirar las cosas globalmente pero actuando en lo particular y concreto. Hacer altos breves durante la jornada donde me pregunto: ¿Cuánto hace que no respiro profundo? o ¿Cuánto hace que no relajo los músculos un poco? (La tensión mental está muy ligada a la tensión corporal en un ida y vuelta constante).

Pero lo que más ayuda creo a recordar la presencia de Dios y por lo tanto a ir abriendo los sentidos espirituales es situarse en una perspectiva adecuada. Esto es: ¿Creo que las cosas dependen de mí, que no logro controlar los pensamientos y sentimientos, que suelo tener conductas que no quiero tener, que planifico las cosas y la mitad de las veces salen en dirección opuesta a mi voluntad? ¿O creo que Aquél que hizo la luz y la oscuridad, las galaxias y los átomos y todo lo existente es quién en definitiva va moldeando lo que ocurre?

En definitiva como han dicho de similar modo varios santos: Actuar poniendo lo mejor sabiendo que los resultados dependen de la voluntad de Dios. Cuando esto se vuelve certeza la percepción de lo sagrado en el cotidiano se vuelve más habitual. No hablamos de grandes epifanías ni éxtasis de llamativo arrobamiento. Sino más bien de un vivir en un tranquilo y suave contento, en algo que se va haciendo silenciosa presencia y torna pacífico el corazón.

Esto lleva tiempo, no se cambian los hábitos implantados por una cultura de la prisa de un día para el otro; pero saber que lo único que quiero realmente es la paz del corazón, nos hace más criteriosos y se abre un camino hacia eso que buscan los consagrados en toda la historia.

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Enlaces de hoy:

Padres e Iglesia primitiva (PDF)

Extraído de la biblioteca en Cristianismo Espiritual

Dejarse atrapar

A veces no logro conectar con la divina presencia en el cotidiano. Los hechos, las personas y las cosas se aparecen sin brillo, carentes de sentido, se muestran opacas o deslucidas. Todas las tareas se hacen cuesta arriba como si fueran difíciles y pesadas. Sin embargo ayer todo parecía bello y me sentía muy cerca de Dios… ¿Qué hacer?

Esa opacidad, esa densidad de la percepción que hace difícil cualquier tarea… tú la estás observando. Adviertes esto que ocurre y en ese “darte cuenta” te sitúas como el testigo de lo que sucede. Afirma tu estar ahí, distingue lo observado del que observa, el que mira de lo mirado y deja a un costado el deseo de que las cosas sean diferentes. Dejar el deseo a un costado es no sostenerlo, no defenderlo, lo miras y lo dejas, lleva tu atención hacia la constatación de todo lo que aparece en tu horizonte perceptual.

¿Dónde crees que está Dios presente? ¿En la liviandad que en ocasiones sientes cuando te embelesas por algo bello que observas?¿En la ternura ocasional, en la claridad de la comprensión? Sí. Pero Dios está en todo. Su presencia es el fondo silencioso donde adviertes todas estas variaciones. Y, sobre todo, Dios se asoma en tu darte cuenta. ¿Respira tu cuerpo? ¿Late tu corazón? ¿Se conmueve tu ánimo? ¿Te alegras, te apenas, te dispones? Todo ello descansa en Dios, en aquello incomprensible que permite toda manifestación.

Me dices ¿Qué hacer? No hagas nada. Solo ve al centro del dolor o de la angustia o del tedio y allí aguza el oído interior. Calla y escucha… espera quedamente y oye la eterna salmodia que se eleva desde el corazón humano, un canto suave que es súplica y alabanza. Algo está rezando en ti, unas manos invisibles se elevan como plegaria y ofrenda, es el Espíritu inmaterial que comulga sin interrupción con la divinidad. Eres tú que llamas al Padre, el hijo pródigo que regresa a casa, el que busca la unidad.

Ya viene y se aproxima, desde el inicio del universo no hace más que acercarse. Es Dios quien nos busca, solo hay que dejarse atrapar. “¡Dios mío, ven en mi ayuda, apresúrate Señor a socorrerme!”

Hermanas y hermanos aquí os dejamos dos clases de (Filocalía) y (Fenomenología) para dar a conocer las diferentes temáticas y el modo en que las abordamos. Si os resulta de interés aquí nuestro Whatsapp: +54-351-3095309 – Saludos en Cristo Jesús.

Links de hoy:

El silencio

Acercamiento a Máximo, El Confesor

El gran escultor

El inicio de la semana, con su carga de labores en todos los ámbitos de la vida, suele presentarse ante nosotros como una pesada carga o cuanto menos como trabajos varios que abordamos con apremio y cierta preocupación.

Tratamos entonces de detenernos, de hacer un pequeño alto. En ese momento en el cual la respiración se profundiza, la mirada se aclara y vuelve a escucharse la oración interior, aprovechamos para pedirle a nuestro Señor que tome sobre sí todas las cargas. Que nos ayude a ser conscientes de que todo se desarrolla según Su voluntad o mediante su permiso, aun cuando las razones puedan resultar misteriosas por un tiempo.

Invocar es inhalar a Dios mediante los acontecimientos, dejarse actuar por los hechos que se van sucediendo; somos arcilla en Sus manos y no hay mejor artista que Él en todos lo existente. Permitir Su abrazo reconfortante nos inunda de serena alegría, nos da coraje para atravesar dificultades, nos fortalece el alma y cultiva la bondad en nuestro corazón. Hay tanto que no podemos ver o comprender y sin embargo todo está colmado de sentido.

Cada instante es un significado vivo, es signo del misterio insondable, nos señala a Dios omnipresente. ¿Quién mira ahora a través de mis ojos? ¿Esta persona egoísta, temerosa, que anda a tientas dubitativa? Que la gracia nos tome, que se purifique la mirada, que aliente la esperanza. Todo ocurre por una buena razón, a veces lo que nos duele es el cincel del supremo escultor que nos va moldeando. Aquél que hizo los átomos y las galaxias insondables, el agua y el fuego, bien sabrá cuidarnos y llevarnos al puerto seguro de la Unidad.

Agradezcamos la luz de la existencia!

Gozar de la divina belleza

Cuando el intelecto, por el amor hacia Dios, sale de sí mismo, no percibe las cosas existentes. En efecto, iluminado por la divina luz infinita, se vuelve insensible a todas las cosas hechas por ella, como el ojo respecto de las estrellas, cuando sale el Sol.

Quién ama a Dios no puede no amar a cada hombre como a sí mismo, aunque se moleste por las pasiones de los que aún no han sido purificados. Precisamente por esto, goza de alegría sin límite e inefable cuando se corrigen.

Bienaventurado el hombre que no se aferra a ninguna cosa corruptible o pasajera. Bienaventurado el intelecto que ha sobrepasado todas las cosas existentes y goza continuamente de la divina belleza.

Párrafos 10, 13, 18 y 19 de “Sobre la Caridad” – Primera centuria –

Máximo El Confesor, Volumen segundo, pags. 54 y 55 de editorial Lumen Argentina – 2003.

Estimadas/os hermanas/os: Me voy a tomar el sábado para seguir preparando la 2° clase sobre Máximo, el Confesor, que me ha ofrecido una complejidad extra a la hora de decidir los temas a tratar y la profundidad de los mismos. Así es que os estaré publicando las clases de Filocalía y Fenomenología recién en las primeras horas del domingo 9 de Agosto. Esperamos que la demora sea compensada con una mejor presentación de los contenidos de la clase de este excepcional autor. Un saludo fraterno para todos.

Links de hoy:

Dejar de buscar consuelo

En la desesperación…

Una vida simple

No necesitar mucho, no pretender mucho, no hacerse demasiado problema por nada, depositar todo en manos de Dios y sobre todo, ignorar los pensamientos, no tomarlos como nuestra propia voz. Esto no es una actitud de pasividad o nihilismo como pudiera mal entenderse. Es simplemente ser conscientes y sentirnos herramientas en manos de nuestro Dios.

Lo que quita simpleza a la vida es esa deliberación que nos ocurre en la mente que nos pide decidir lo que haremos a cada paso. Si debemos hacer esto o lo otro. Quién se consagra a Dios mediante una vida simple lo somete todo a la obediencia, no se cuestiona lo que debe hacer, lo ha dejado en manos de Dios que actúa a través del superior. No se pregunta si el superior está a la altura o no, eso es cuestión de la providencia, que puede actuar a través de las personas que ella elige por motivos que solo Dios sabe y puede comprender. Y quién vive su consagración fuera del ámbito monástico puede tomar el evangelio simplemente como norma de vida y buscar acompañamiento espiritual cuando parezca necesario en situaciones donde no encontramos claridad.

Al levantarme e iniciar el día, ¿que debo hacer? 


En el intelecto: Atender a la oración de Jesús que se está efectuando ya en el templo del corazón. (Esto debe hacerse como si se atendiera a un sonido lejano) En lugar de atender a los pensamientos llevo mi conciencia a la repetición de la oración de Jesús. Nada más. Y durante el día, cuando me descubro “pensando” en cualquier cosa, vuelvo a la oración o a la escucha de la oración.

En los sentimientos o las emociones: Buscar el contento, la buena disposición a lo que se mande o al deber que toca. Contento porque nos sabemos hijos de Dios destinados a la inmortalidad en la beatitud divina, que aunque no podemos imaginar cabalmente, es la felicidad innombrable que supera todo lo que hasta ahora hemos conocido. Buena disposición porque es como uno trata naturalmente a un Padre bueno que nos conduce con infinita sabiduría.

Si no hay contento, he perdido la fe. Suena muy duro pero es verdad, basta solo examinarnos. La fe deriva en inmediato contento del alma. Si encuentro que no la tengo en ese momento, es decir que me he dejado ganar por la mente automática, me pongo a rogar por el don de la fe profunda e inquebrantable. Y si demora en venir actúo como si tuviera el contento. San Ignacio fue maestro de esto cuando decía que había que adoptar la postura del que tiene fe y que veríamos como pronto acudiría a nosotros la gracia.

En la acción: Ser impecables, buscar la perfección en lo que sea. No para gloria personal sino de Dios de quién somos instrumentos. Buscar la perfección en lo que se hace no es caer en los escrúpulos, sino en el actuar por amor. Si uno hace un regalo a quién ama, lo hace con detalles, envuelve bien la caja, busca un papel adecuado, se fija que todo esté bien, porque eso refleja el amor que transmitimos con el obsequio. Entonces: cada acción es un regalo/ofrenda a Dios. No hacer nada con descuido.

Al final del día antes del reposo, orar con mente, corazón y cuerpo. La mente repite el Santo Nombre o la plegaria que necesita ocasionalmente por alguna circunstancia. Con la emoción buscar la devoción, la unción de lo sagrado y si no aparece, rogarla con gemidos interiores como quién llama al ser amado que ha perdido. Y en el cuerpo utilizar aquella posición que más nos ayude a expresar el sentimiento del momento. Esto usaban mucho los monjes del desierto.Tenían ellos largas vigilias de postración y adoración hasta que los rendía el sueño. En nuestra secreta soledad orar con plena libertad y el cuerpo puede ser medio de expresión del anhelo de unión con Dios.

La beatitud de la vida en la sagrada presencia que transfigura el mundo no depende de lo que hagamos, es puro don de la gracia. Quiero decir: No esperemos consuelos. Encontremos la perseverancia de consagrar la vida hasta la muerte aunque nunca venga a nosotros el sentimiento especial que han tenido los místicos. Hacer sin esperar, vivir la vida secreta y solitaria de una fe encendida. La respuesta más profunda que se ha dado en este sentido de la vida simple es el sermón del hombre pobre del Maestro Eckhart. Lo que allí se lee nos resulta inalcanzable, sin embargo a ello debemos aspirar. 

Enlaces de hoy:

Novena a Santo Domingo

Del cuerpo místico de Cristo

No hay prisa

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Existe la respuesta inmediata, reactiva, aquella que ocurre sin conciencia ninguna. Es algo automático, fruto de mecanismos diversos inscriptos en el cuerpo y la mente. Y también existe lo que podríamos llamar “respuesta diferida”, en la cual entre el estímulo y la respuesta que damos transcurre un mayor espacio de tiempo. Lo que suele decirse “me he tomado un tiempo antes de responder”.

Este último caso presenta una mejor cualidad. Al haber más tiempo entre lo que ocurrió y lo que haremos ante ese acontecimiento, se hace posible un mayor conocimiento de todo lo que está implicado. La motivación propia, la de la otra persona, la circunstancia en la que se está dando todo ello y, al recordar nuestro propósito vital o coyuntural, aplicar un comportamiento más adecuado a ese fin. En definitiva le quitamos un poco lo mecánico a lo que hacemos. Somos menos automáticos, menos reflejos; nuestra vida toma algo más de volumen, de cuerpo intencional. La coherencia surge como posibilidad.

Por lo general, nuestros automatismos nos conducen a conductas centradas en un “para mí” o en un aparente “para el otro”, cuando en verdad son también posesivas para el propio beneficio. Por eso, atender a la motivación que impulsa la acción es importante. Hacernos conscientes de lo que nos mueve. Suele ser algo molesto descubrir estas cosas porque desarma la imagen que nos hicimos de nuestra historia, de nosotros mismos y hasta de nuestro futuro.

Es similar a lo que sucede en las partidas de ajedrez. Mientras más tiempo nos tomamos entre movimiento y movimiento, más posibilidades aparecen de posibles jugadas. Nos hacemos conscientes de alternativas que no advertimos si jugamos apresurados. Por eso una recomendación que puede ser útil: Mientras más apurados nos descubramos, más deberíamos enlentecer nuestra conducta. Poner el freno de mano. Ansiedad y apresuramiento van de la mano, el uno expresa al otro.

El ansia que nos lleva a querer estar ya en el momento siguiente, en la próxima situación, a estar viviendo lo que no estamos viviendo ahora, repercute como prisa, agitación, inquietud mental y física. Al descubrirnos en esto, detenerse. Pausar la acción. Respirar suave y profundo, observar el entorno; aflojar toda la musculatura tensa, sobre todo la de rostro que tanto nos influye y reiniciar los movimientos atentos a la oración interior del corazón.

Si estoy apurado sé que no estoy percibiendo Su presencia. Si estoy presuroso estoy creyendo que las cosas dependen de mí y no de Él. Si me agito no descanso en Su providencia, me creo que conozco mejor las razones de las cosas y que conozco mejor que nadie lo que me conviene. Así, de prisa en prisa quedamos en la ignorancia y en la soledad que resulta de sentirnos desconectados de nuestra fuente, del amor infinito de Dios.

En este sentido entonces, la agitación, la ansiedad y el apresuramiento son excelentes señales y avisos que se nos brindan para rectificar la actitud desde la cual estamos viviendo. No criticarnos por esto, no juzgarnos ni sentirnos mal. Agradecer la indicación que nos llega desde la inquietud y poniendo un freno, rectificar. Un saludo fraterno, invocando el Santo Nombre de Jesús.

Textos propios del blog

Links:

Inmunidad

Homilía del Padre José – Domingo 26 de Julio

Extracto de la 5° Clase de Fenomenología

Atención y adoración

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Deja el pasado. No hay nada que puedas modificar allí. Cada vez que caigas en cuenta de que los pensamientos te llevan hacia ello, lleva tu atención hacia lo que está ocurriendo en este momento mismo, en el ahora. Detén el movimiento del cuerpo un segundo. Respira hondo y suave dos o tres veces. Invoca luego al amor de Dios que vive en tu corazón.

Aplícate entonces a lo que tienes entre manos, sea lo que sea, poniendo lo mejor que tienes. Entrégate a la tarea uniendo atención y adoración. Ama a Dios mediante la impecabilidad máxima que puedas encontrar en el actuar mismo y la atención puede ser el vehículo de ese amor.

Deja el futuro. Cuando te des cuenta de que los pensamientos te llevan hacia esas manipulaciones quítales la atención y repite el procedimiento anterior. Vuelve a ti y al instante. La paz que buscas está presente ya mismo en el silencio que hay entre los sonidos; en la quietud entre los movimientos; en ese deseo que sientes de hacer el bien y de que todo salga bien.

No decaigas, no desesperes, descansa en la voluntad de Aquél que es la raíz y la razón de todo lo que existe. Quién hizo las galaxias y los átomos bien sabrá cuidar de ti. No lo olvides, hay algo que atraviesa el espacio y el tiempo infinitos… un hálito de redención. Crucificar el ego en la cruz del cuerpo resucita el alma.

Texto propio del blog

Link de hoy:

Edith Stein – Fenomenología, fe y verdad

Permanece al abrigo

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Hay tiempos de tormenta. Vientos muy fuertes y fríos que soplan noche y día. Incluso puede llover o arreciar la ventisca blanca. ¿Qué puede hacerse sino quedarse al abrigo? Dentro de la cabaña, protegido y confortable, se permanece en quietud orando, leyendo o simplemente contemplando. Esto resulta en verdadero descanso.

Y ¿Qué se contempla? Primero que nada la tormenta. Un ir y venir incesante de pensamientos, sentimientos y acciones que quieren surgir para manipular lo que ocurre. Ver ese devenir, dándose cuenta que uno no es ese transcurrir. Uno está mirando la tormenta, no es la tormenta. Y en esa observación se encuentra cobijo.

La oración es el fuego, la cabaña la actitud de buscar su presencia, el ocupante un testigo impasible. Cualquier cosa que ocurra contamos con Su Santo Nombre y con la mirada atenta que vigila todo aquello que no somos. Descansar en ese observador silencioso, apoyados en la búsqueda de lo sagrado, ese aroma indefinible que tarde o temprano a todos nos embriaga.

Y ¿Qué hacer ante la agresión, la constante exigencia, la ambición que nos hace herramientas? Hacerse transparente. Los hechos duros se fortalecen cuando oponemos la resistencia de un ego, de un orgullo, de cualquier pretensión. Imaginarse sin forma, claridad transparente; las palabras pasan, la violencia sigue de largo. Respirar profundo sabiendo que el Espíritu también está presente en ese aire que me nutre.

Voy apilando los leños mientras huelo la madera. Miro la calidez que el fuego deja sobre los pocos muebles; camino hacia el ángulo donde está el icono de la mirada pacífica, el del Salvador impasible, hierático. Situado en frente y quieto le miro y me dejo mirar.

Texto propio del blog

Links de hoy:

Meditaciones sobre cómo vivir el tiempo que nos queda

Donde yo vaya Él está conmigo

el temor y la presencia

Al despertar, angustia. Una cierta presión que atenaza la garganta, un modo crispado de levantarse; una mirada cargada de pesos y de obligaciones por hacer. En rápido desfile mental, las distintas tareas pendientes atan de manos cualquier intento de expansión del alma. ¿Pero será este o aquel hacer el que resulta hostil? ¿O, más bien, el temor que llevo a todas partes, la afanosa búsqueda de control y seguridad que persigo en cada acción?

Es esto último sin duda, porque recuerdo claramente estar haciendo las mismas cosas –hoy asfixiantes- disfrutando de serena alegría. Es esta presencia interna del temor lo que transforma las cosas y los hechos en un peso para el alma y no los aconteceres en sí mismos. ¿ Y porque el temor? Este surge cuando perdiendo la sensación de la sagrada presencia, vivo como si no existiera la Providencia. Mano de Dios que una y otra vez se ha mostrado y se muestra en los acontecimientos, de manera indubitable para el que lo vive.

¿Y porque se pierde la sensación aquella que todo lo sacraliza? Esta ausencia se corporiza en el mismo instante en que he creído que de mí dependía esto o aquello. Volvemos nuevamente hacia el primer versículo del salmo 127:

“Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los albañiles; si el Señor no custodia la ciudad en vano vigila el centinela.”

Necesitamos evitar la caída en una mirada restringida que a veces se apodera de nosotros, que nos hace creernos hacedores olvidando que somos meros colaboradores. (Lucas 17, 10) La Creación continúa desarrollándose y la gracia actuando y el Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8 ) La pérdida del asombro por la existencia misma, a la cual solemos dar por sentada y la organización de nuestra vida excluyendo el corazón, momifican el alma y nos dejan privados de la percepción de lo divino.

Dios Es y está… incluso en la angustia que nos lleva nuevamente a Él.

Texto propio del blog

Aquí un vídeo aproximando al tema del post

Links de hoy:

Homilía dominical del Padre José

Monasterio de Oseira

La distancia y la atención

La distancia

Tenemos que saber distanciar nuestra conciencia o mirada interior de nosotros mismos para poder ver bien nuestra agitación interior como meros espectadores. Así alcanzaremos el sosiego interior. “Dejar que todo aflore, dejarlo salir todo sin hacer ningún juicio, sin más, como si sólo fuéramos unos observadores. No como comisarios, no como inquisidores, sino imparcialmente, como si nuestra capacidad enjuiciadora estuviera en punto muerto.

No se puede ver bien si no se está a una cierta distancia. A medida que todo sale, nos vamos liberando” (Desde, 13).

La atención

Podemos vivir el silencio interior en la vida cotidiana estando atentos a lo que hacemos en el presente. Sólo conocemos cosas nuevas observando la vida presente. La mente no aporta nada nuevo, sólo repite. El viaje del silencio consiste en llegar a este ahora y a este aquí. Para permanecer atentos a nuestro interior sin distraerse, necesitamos un “ancla”. Tenemos dos posibles anclas: estar atentos a la respiración o estar atentos a una palabra –o pequeña jaculatoria–.

Pero este segundo ancla tiene el inconveniente de que puede movernos a la reflexión. No hay ninguna palabra milagrosa. Lo milagroso es quedarse en silencio. Si nos distraemos o nos adormecemos: volvemos al ancla. Dejamos de estar distraídos cuando somos conscientes de que estamos distraídos.

“En la meditación hay que estar atentos porque tenemos dos grandes riesgos: fugarnos hacia arriba –pensando, divagando, discurriendo, imaginando–, o fugarnos hacia abajo –relajándonos, durmiéndonos, evadiéndonos–. Cuando nos demos cuenta de que algo de esto nos está sucediendo, nos tenemos que volver de nuevo hacia el centro de nuestra atención, es decir, nuestra respiración” (Conversando, 14).

La respiración no hay que pensarla, solo atenderla. A Dios no hay que pensarlo, sólo atenderlo. Es bueno tener los ojos entreabiertos, viendo sin mirar. Si cerramos los ojos se excita nuestra imaginación. “La oración no es un asunto de memoria, de recuerdo; la oración es régimen de atención, de la pureza de tu atención” (Alcoba, 231).

“En el encuentro de Moisés en la zarza ardiendo [cf. Ex 3], Dios se define como el que Es, no como el que ha sido […]. La oración es el encuentro con el que Es” (Sementera, 104). “Y es que un instante puede valer para ver. Al igual que una gota de agua contiene todo el sabor del océano, así puede suceder en el silencio. Vivirlo al cien por cien es estar atento.

La atención que requiere el silencio nos puede llevar a que la experiencia sea costosa. El camino hacia nosotros mismos es el más costoso. Hay viajes turísticos que ofrecen promesas de pasarlo bien. El silencio no promete nada y además no existe ruta ni mapa para recorrerlo. Es virgen. No precisa la ceremonia ni el ritual” (Conversando, 68).

“Unos monjes del desierto hablaban de la oración y la expresión de uno de ellos fue: ‘Cuando vayas a meditar, espía a Dios como el gato espía al ratón’ […]. Y es que hay que tomar este estilo de atención. Cuando el gato ‘está trabajando’ da la sensación de que no hace nada. Así caza al ratón. Está presente, espera atento y… […].

También es verdad que el gato, para estar atento al ratón, tiene que tener ‘hambre’” (Conversando, 105). “El presente es siempre tan humilde, tan poco llamativo, que no le damos importancia. Pero es nuestra felicidad” (Conversando, 75).

“…el monje es el que ha aprendido a ‘estar donde está’: si ara, está arando; si poda las viñas, está podando; si riega, está regando; y si reza, está rezando” (Desde, 26). “El silencio, como el amor, es un gran compromiso con el ahora” (Alcoba, 122). “Cada instante es el mejor que Dios ha creado para ti” (Alcoba, 229).

Haz click aquí para ir al texto completo

Disponible la 2° clase de Fenomenología

Disponible la 21° clase de Filocalía

El sentido del sufrimiento* (1)

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Al fin de cuentas… ¿Qué es el sufrimiento? ¿Cuál es su función o su sentido? En definitiva nuestra religiosidad aparece alimentada por el sufrimiento. Si no sintiéramos carencias o incompletitud quizá ni nos interesaríamos por cuestiones religiosas.

Es cierto. De no ser por la finitud sería difícil que nos pusiéramos a buscar algo que no sea lo material, lo físico. En cambio la presencia de la muerte ineludible nos impide “perdernos” totalmente en el mundo. Aunque no queremos acordarnos de la muerte nunca podemos olvidarnos del todo. Quiero decir, la muerte está a la base del sufrimiento. No lo parece pero es su raíz. La muerte nos avisa de la transitoriedad de cualquier construcción que hagamos.

Aun si se alcanzara la tan renombrada felicidad esta se acabaría llegado el momento de la muerte. Es el recordatorio último. Y el sufrimiento es el anticipo. El sufrimiento puede ser visto como una señal de alerta temprana ante nuestro olvido de que estamos aquí de visita, solo estamos con permiso de residencia, nuestra ciudadanía no es de este mundo. Entonces cuando nos olvidamos de esto y nos creemos que esto es todo, empieza el sufrimiento (dolor mental). Es un aviso inscripto en nuestra naturaleza íntima que nos indica la necesidad de cambio en las fuerzas que se oponen en nosotros.

¿Qué debemos cambiar? Aquello de comportarnos diariamente como si fuéramos a vivir en este mundo por siempre. Esta fuerza, la que nos hace aferrarnos a lo de aquí, que es fugaz; se opone a la otra fuerza de nuestro saber que vamos a morir. Imagina que estás por atravesar con un camión pesado un endeble puente colgante hecho de sogas, con el abismo por debajo. Antes de subir al puente sentirás un montón de incomodidades, tensiones y crispaciones que pretenden avisar del error que estás por cometer.

Cuando duele una parte del cuerpo, esto es el aviso de un daño en los tejidos o al menos de la necesidad de atender esa zona y ver que sucede. Gran parte de las enfermedades son descubiertas gracias al dolor que sus primeras fases implican y allí se puede muchas veces poner remedio. El sufrimiento mental indica con claridad cuando nos equivocamos en la posición que adoptamos ante la vida. Si me olvido que mi esencia es espíritu inmortal y me llego a considerar un simple cuerpo de carne y sangre, el sufrimiento será mi compañía constante. Y así con una larga lista de cuestiones.

Si hago depender mi bienestar de la opinión ajena (la reputación) o de las riquezas (que finalmente perderé el último día) o de la degustación de los placeres físicos (sexo, comida, adicciones varias) que encadenan en una espiral de dependencia cada vez mayor; el sufrimiento estará susurrándome y hasta gritándome al oído para que transforme mi mirada y encamine mejor mis afanes. Esto no es un brazo castigador que desciende desde un padre colérico e intolerante. Son las leyes de la creación interactuando en lo cotidiano.

Todo tiene una esencia y un modo de manifestación que se corresponde a dicha esencia. Si vivimos ahogando nuestro espíritu u olvidados de nuestro verdadero hogar, esto provoca un contraste con nuestro ser íntimo que se hará notar mediante el sufrimiento. Por lo general, personal y socialmente tratamos de anestesiar el sufrimiento, de amordazarlo de manera que poco nos llega su mensaje. Ni nos damos el tiempo de atender que es lo que nos quiere decir. Simples correcciones que debemos hacer la mayor parte de las veces.

En varias formas muy diferentes, el sufrimiento no es un enemigo ni la manifestación de un castigo por nuestras culpas, sino sobre todo, la consecuencia de una actitud equivocada ante el misterio de Dios de la vida y del universo. Cambiar la actitud (la posición que se asume frente a algo) es fundamental para convertir el significado de las situaciones y sacralizar nuestra existencia.

Textos propios del blog

* Se habla del sufrimiento en su carácter de manifestación mental. No del dolor físico o del sufrimiento mental que deriva estrictamente del dolor físico.

Si has perdido…

No sé como alabarte

Primer contacto

Lo conocí a raíz de un inconveniente familiar. Pariente entre mis parientes, en casa se lo mencionaba muy de tanto en tanto y no con buen talante. Al parecer era excéntrico, con tendencia al aislamiento y según alguna opinión padecía de “delirios místicos”. Se había hecho religioso desde muy joven despreciando un futuro prometedor en la cátedra de filosofía a la cual por entonces asistía.

Quiso Dios a través de los acontecimientos regalarme la ocasión de conocerlo. Obligado a llevarle una encomienda familiar manejé buen rato a unos 100 kilómetros de mi ciudad, hacia una zona montañosa granítica y mayormente agreste. Su cabaña se hallaba en un claro del único bosque en la región. Como una mancha verde gris caída del cielo, las coníferas abundantes parecían fuera de lugar en esa inmensidad de roca.

Apenas verlo desde la distancia me produjo alegría y a medida que me acercaba se iban disipando los temores y prevenciones familiares. Estaba acomodando leña en un hermoso montón simétrico a un costado de la puerta de entrada. ¿Habéis tenido a veces “recuerdos del futuro”? Yo lo viví en ese instante. Cuando conocí a Serafín de Sarov a través de algún libro o imagen unos años después, me di cuenta que a ese santo me hizo acordar. ¿Cómo puede ser – diréis – si aún no conocía yo al monje ruso? Pues ahí lo tenéis, eso es un “recuerdo del futuro”.

Pero al saludarlo y recibir su sonrisa la alegría trocó en paz. Estar con él me volvía una persona serena y así fue hasta su último día. Esta tranquilidad no tenía motivo a la vista. Podría decir que emanaba de él si se me forzara a explicar lo que ocurría. Intento describir aquellos hechos del pasado, pero sin poder evitarlo lo hago desde mi presente, sabiendo todo lo que después supe y habiendo conversado como lo hicimos durante tantas horas en tantos años.

Creo que la paz que sentía en su presencia provenía de su ausencia total de juicio. No de su sano juicio que estaba muy presente sino de la condena. Él no me juzgaba, dijera yo lo que dijera o hiciera lo que hiciera no adhería ni rechazaba, permanecía en actitud de acogida, de recepción abierta. En el budismo le dicen ecuanimidad, entre nosotros… santa indiferencia. Con el tiempo pude ver que su tranquilidad provenía de la ausencia de temor. Necesitaba muy pocas cosas para vivir y eso también le permitía el descanso.

Mientras él revisaba lo que le había llevado y escribía una carta de respuesta, permanecí en silencio, medio arrobado por el canto de las aves. Los rayos del sol pasando entre las agujas de los pinos daban a la escena cierta poesía. Faltaba mucho tiempo entonces, para que yo me diera cuenta, que no eran los sonidos ni la visión ni su acogedora presencia lo que provocaba el gozo que sentía.

Textos propios del blog

Blog Caminar

Noche oscura, crisis existencial o depresión

Una regla simple

La oración de Jesús requiere que ignoremos a los pensamientos, al darnos cuenta que no nos pertenecen sino que vienen y van como nubes en el cielo. Uno puede mirar las nubes pero no les presta atención realmente ya que cambian de continuo en formas caprichosas. Algunas veces las nubes pueden ser muy bellas y dignas de admiración por la sutileza de sus formas y combinaciones, pero lo que nos importa en verdad es el cielo limpio y claro en el cual se dan las nubes. A ese cielo azul-celeste totalmente inmaculado nos debemos, atender allí. Al fondo silencioso en el que surgen y pasan las nubes, no a los contenidos de la mente.

Un propósito muy útil y adecuado consiste en tener una sola meta durante la jornada: En la mente la oración de Jesús. En la emoción el suave contento de vivir entregado a la providencia. En la acción el cumplimiento impecable del deber que toca. En lo mental hay que volver a la repetición de la oración cada vez que me doy cuenta que estoy siguiendo las divagaciones, que he sido “hipnotizada/o” por los argumentos que se van pensando automáticamente. Repetirla con unción y amor es lo mejor, pero si esto falta, hay que repetirla con la obstinación propia de los niños que reclaman a sus padres el objeto que desean.

El contento del corazón se instala si vivimos sabiéndonos hijos de Dios y por lo tanto al cuidado de un Amor que sabe todo lo que necesitamos. Vivir rendidos a la voluntad divina. Es realmente un “¡Que sea lo que Dios quiera!” y conscientes de que lo que suceda es para nuestro bien. Cualquier preocupación o enfado o fastidio y queja nos muestran la desconfianza en Dios y nuestra falta de fe. Esto solo bastaría para conducir toda la ascética cristiana. Limitarnos a permanecer confiados a lo que Dios nos mande.

En la acción la obediencia fiel a lo que consideramos nuestro deber. Un “deber hacer” que puede surgir de un estado determinado como forma de vida o de un propósito que hayamos elegido o de una situación determinada que nos pide cierto tipo de acción. Ninguna duda o deliberación nos servirá. Cuando hay duda es la mente la que interviene. En cambio la intuición del camino que la gracia indica es seguir el corazón.

La mente al servicio del corazón, alegrarse de lo que nos toca porque viene de Dios y hacer impecablemente lo que hay que hacer nos va “corriendo a un costado” como egos/personas y permite que vayamos siendo permeables a la inspiración del Espíritu. Dejarnos actuar por la luz que es Cristo hasta que solo Él permanezca.

Textos propios del blog – Cuaderno de notas (3)

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La ley del hombre interior

¿Cuál es el mayor obstáculo para el crecimiento espiritual?

Sin duda que depende de la persona y del momento en que se encuentre en su desarrollo, pero hablando muy en general lo que más nos dificulta la elevación del alma son los automatismos, las reacciones mecánicas. Esa involuntariedad que está a la base de las reacciones que se suceden continuamente en lo cotidiano y en todos los ámbitos de nuestra vida.

¿Cómo superar los automatismos?

Antes de eso hay que conocerlos. Mientras permanecemos ignorantes de estos mecanismos reactivos nos atribuimos la autoría de muchas conductas y por lo tanto culpas y méritos que no nos pertenecen. Primero hay que observar la propia experiencia diaria con valentía, sin relatos auto-tranquilizantes o afeites y entonces surge la comprensión de los condicionamientos en que nos dejó la caída original. Una vez que hay comprensión cabal aparece la posibilidad de la libertad y entonces la opción de la acción consciente.

¿Pero entonces como inscribir el tema del pecado en este contexto de mecanismos automáticos?

Bueno, por dar un ejemplo muy simple: Si caminas por tu patio a mirar el cielo y las plantas luego de la lluvia y pisas un caracol… ¿eres culpable por así decir de haberlo matado? No. No lo hiciste adrede, no te diste cuenta, no lo habías previsto. Sales otro día y sucede lo mismo, tu responsabilidad crece un tanto y mientras más se repita la acción empiezas a ser consciente de que luego de la lluvia aparecen los caracoles y que si caminas con descuido los pisarás. Una vez conscientes de lo que ocurre aparece la responsabilidad. El pecado para ser tal necesita el conocimiento y el consentimiento al mal.

¿Cuál es el origen de estos automatismos?

El propio funcionamiento orgánico tiene mucho que ver en ello y también la estructura de la mente. Cuerpo y mente están impulsadas por un mandato principal que sería el deseo de supervivencia, en ese contexto surgen la mayoría de las reacciones y reflejos condicionados o incondicionados. Es una especie de egoísmo básico. Nuestro espíritu es el que está llamado a ser consciente de esto y a ser el regente del cuerpo y de la mente. Todo se ordena armónicamente cuando la luz del espíritu, la chispa divina en nosotros que heredamos por imagen y semejanza a raíz de nuestra filiación divina, se torna consciente y restablece el ordenamiento original. Cuerpo y mente al servicio del espíritu y de la voluntad de Dios.

Imagina una situación trágica, como la que ocurre muchas veces en regiones muy empobrecidas del mundo, donde la hambruna es la norma. Allí ante la llegada de un camión con comida, la multitud se abalanza con violencia y sin ningún reparo, el cuerpo hambriento domina con una fuerza propia de la naturaleza indómita. Podría haber allí alguna persona que conserva vigor intelectual y que tiene apego a cierto tipo de ética o moral de respeto a los demás y de no ejercer violencia. Esto la llevará a querer dominarse, a no caer en la animalidad a la cual nos conduce la carencia extrema. ¿Podrá oponerse a los instintos? Será muy difícil. Por eso decía el apóstol:

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. !!Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”. Romanos 7, 19-25

La clave está en Romanos 8, 13 : “…porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”.

Es necesario conocer esta ley de los miembros (las reacciones condicionadas) y dotar a la mente de fuerza espiritual para que sea capaz de imponerse y dejarse guiar por la ley según el hombre interior al que se refiere San Pablo. Para eso hay que hacerse consciente del Espíritu que mora en nosotros y dejarse orientar por su gracia.

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Romanos 8,16

¿Que hemos de hacer entonces? ¿Por donde empezar?

Es necesario comprender esta ley de lo mecánico que domina el organismo y ver sus “engranajes”; luego ir viviendo conforme a lo comprendido, es decir ser coherente con lo visto y ante la imposibilidad de la completa coherencia, orar sin descanso para que el silencio inefable de la gracia nos transforme para siempre…

Texto propio del blog

A propósito del post, nueva pestaña en el blog:

Fenomenología del psiquismo humano

Cómo se ha de hacer la contemplación

De su excelencia sobre las demás actividades

He aquí lo que has de hacer. Eleva tu corazón al Señor; con un suave movimiento de amor, deseándole por si mismo y no por sus dones. Centra tu atención y deseo en él y deja que sea esta la única preocupación de tu mente y tu corazón. Haz todo lo que esté en tu mano para olvidar todo lo demás, procurando que tus pensamientos y deseos se vean libres de todo afecto a las criaturas del Señor o a sus asuntos tanto en general como en particular.

Quizá pueda parecer una actitud irresponsable, pero, créeme, déjate guiar; no les prestes atención. Lo que estoy describiendo es la obra contemplativa del espíritu. Es la que más agrada a Dios. Pues cuando pones tu amor en él y te olvidas de todo lo demás, los santos y los ángeles se regocijan y se apresuran a asistirte en todos los sentidos, aunque los demonios rabien y conspiren sin cesar para perderte.

Los hombres, tus semejantes, se enriquecen de modo maravilloso por esta actividad tuya, aunque no sepas bien cómo. Las mismas almas del purgatorio se benefician, pues sus sufrimientos se ven aliviados por los efectos de esta actividad. Y por supuesto, tu propio espíritu queda purificado y fortalecido por esta actividad contemplativa más que por todas las demás juntas.

En compensación, cuando la gracia de Dios llegue a entusiasmarte, se convierte en la actividad más liviana y una de las que se hacen con más agrado. Sin su gracia, en cambio, es muy difícil y, casi diría yo, fuera de tu alcance. Persevera, pues, hasta que sientas gozo en ella. Es natural que al comienzo no sientas más que una especie de oscuridad sobre tu mente o, si se quiere, una nube del no-saber.

Te parecerá que no conoces ni sientes nada a excepción de un puro impulso hacia Dios en las profundidades de tu ser. Hagas lo que hagas, esta oscuridad y esta nube se interpondrán entre ti y tu Dios. Te sentirás frustrado, ya que tu mente será incapaz de captarlo y tu corazón no disfrutará las delicias de su amor.

Pero aprende a permanecer en esa oscuridad. Vuelve a ella tantas veces como puedas, dejando que tu espíritu grite en aquel a quien amas. Pues si en esta vida esperas sentir y ver a Dios tal como es, ha de ser dentro de esta oscuridad y de esta nube. Pero si te esfuerzas en fijar tu amor en Él olvidando todo lo demás -y en esto consiste la obra de contemplación que te insto a que emprendas-, tengo la confianza de que Dios en su bondad te dará una experiencia profunda de si mismo.

Extraído de “La Nube del No Saber” (Pdf completo)

Aquí el cap. 3 en Word

Audio del texto con la voz de Carolina

Enlaces de hoy:

La Santisima Trinidad – homilía del Padre José

Espíritu Santo, Amor eterno

El inicio y el fin del camino

¿Cómo empezar el camino hacia la oración incesante?

El camino ya empezó a transitarse en el minuto mismo en que sentimos el deseo de orar continuamente. Ese anhelo de permanecer en comunión, de percibir la divina presencia, de vivir en continua interacción con lo sagrado es el inicio imprescindible de esta vía de oración. Camino que busca el silencio contemplativo.

La oración se manifiesta en la acción como un hacer tranquilo y preciso que considera liturgia las tareas que las situaciones van demandando. Un hacer que nace de la confianza en la voluntad de Dios. La oración se manifiesta en la emoción como paz del corazón. Una suave alegría que permea los momentos. Es un contento sin objeto que brota al ser conscientes de nuestra filiación divina. Y finalmente, la oración se manifiesta en la mente como silencio. Una atención anclada en el silencio que no se ve alterada por la presencia o ausencia de pensamientos. Es una claridad sin esfuerzo.

El camino inicia con la necesidad de comprensión y de práctica. La práctica es sencilla: Repetir la oración cada vez que nos acordamos, durante todo el día, en cualquier momento y lugar. Repetimos la frase elegida, con la mente o con los labios cada vez que podemos. Uno tiene que estar presto a escuchar como la oración se hace en el fondo de nosotros mientras se suceden pensamientos, acciones y percepciones varias. De veras que es el Espíritu Santo el que ora en nosotros de continuo y no somos nosotros los que oramos. Pero nosotros si podemos atender a esta oración del corazón y para ello necesitamos tranquilizarnos un poco.

La parte que hace a la comprensión necesaria implica descubrir que es lo que produce que mi hacer sea presuroso y agitado. Descubrir lo que siempre nos quita la paz dejándonos en la ansiedad y en el tumulto mental. Por donde sea que abordemos la búsqueda de la causa de nuestra inquietud la encontraremos en la falta de confianza en la voluntad de Dios. Nos creemos o sentimos dejados de lado por Él, como si pudiéramos estar separados de quién es nuestro único sustento. Poco nos falta a veces para llegar a creer que vivimos por nosotros mismos, como si fuéramos los que sostenemos la existencia y olvidamos la Providencia.

Si cada vez que nos inquietamos recordamos que “En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: «Nosotros somos también de su raza»”. (Hechos 17,28) empezaremos a acostumbrarnos a descansar en Su designio mientras hacemos lo mejor que podemos aquello que nos toca. Y si cada vez que nos acordamos repetimos La Oración de Jesús, en la forma que más nos agrade; esto irá llevando nuestro hacer, sentir y pensar hacia la función original para la que fueron concebidos.

Esto es todo, persistir con paciencia atentos a lo anterior, es todo lo que se necesita para transitar el camino hacia la oración incesante del corazón. Plegaria universal de la creación que busca regresar al origen y de la que participamos apenas inclinamos el oído del alma hacia el interior. Sumarnos conscientemente a la salmodia del corazón es todo lo que necesitamos.

Texto propio del blog

Dos enlaces:

La canción de las canciones

Estoy contenta de ser pobre

esa silenciosa presencia

«La religión cristiana es una religión del milagro, de la presencia del Espíritu Santo, de esa fuerza que primero en la actividad de Jesús y luego en la de los apóstoles, irrumpe en medio de lo cotidiano de manera extraordinaria, modificando las leyes que parecían inmutables. Leer los Evangelios es asistir a una permanente muestra del poder de Dios que actúa en el mundo transformándolo. Jesucristo cura a los enfermos y lo hace de una manera especialísima: limpiándoles de sus pecados, porque la enfermedad del cuerpo suele estar asociada a los padecimientos del alma y la acción del Espíritu Santo puede trascender incluso las leyes de la vida y de la muerte.

El cristianismo se expandió gracias a las persecuciones… El Espíritu Santo realizaba curaciones y señales prodigiosas al paso de los apóstoles y sus seguidores dotándoles de diversos carismas. Sin embargo, la historia de la Iglesia nos muestra la desaparición progresiva de esta acción del Espíritu Santo, al menos de modo manifiesto; pese a ello es verdad que hubo y hay santos y fundadores que han recibido esta gracia inestimable. Parece que la persona receptora del Espíritu Santo necesita cierta preparación; aunque este don se dé según la voluntad divina allí donde Él lo quiere y más allá de cualquier acción humana. “El viento sopla donde quiere” pero uno puede ponerse en posición de recibirlo.

Pentecostés no se produce inmediatamente, sino que antes hubo una oración permanente y una intensa comunión entre los primeros cristianos. También se transmitía por la imposición de manos de los que poseían el Espíritu en sí mismos y lo donaban al que estaba capacitado para recibirlo. La lectura de los Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles, deja muy claro que la persona de Cristo Jesús, evidenciaba su filiación divina mediante claros signos y señales asociadas a la curación de los cuerpos y las almas a una purificación de los pecados.

También se muestra que el Espíritu Santo enviado por mediación del Cristo desciende sobre los que le siguen, los cuales si actúan en Su Nombre, participan de signos y carismas para edificación y conversión del prójimo. Este Espíritu se manifiesta donde quiere sin mérito de nuestra parte, aunque suele estar relacionado con la práctica de la oración continua, la comunión sincera y fraterna, la profunda devoción a la persona de Jesús y la identificación con su tarea de redención.

El Espíritu Santo provoca conversiones masivas, motivadas no solo por la manifestación de signos extraordinarios, sino también por la elocuencia de los que lo poseen, que penetra los corazones y los transforma, como es notorio en la tarea apostólica de Pedro y de Pablo, por ejemplo. Pero cuando los hombres dejan de escuchar la inspiración del Espíritu, a medida que su vida deja de adecuarse a la enseñanza de Cristo, esta presencia comienza a declinar en ellos. Por lo general, la falta de coherencia entre lo que comprendemos del Evangelio y lo que practicamos, produce una desviación de la práctica que resulta en laxitud de nuestra vida.

No en vano, luego de pocos siglos, los Padres del desierto se apartaron del común de los fieles huyendo literalmente al desierto, intentando conservar viva la presencia del Espíritu que se iba perdiendo en las comunidades. Es posible ver en estos monjes antiguos, en su historia y relatos, como actuaba esta Presencia extraordinaria y salvífica en sus vidas para bien de innumerables almas. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y múltiples quebrantos ha sufrido el cuerpo místico de Cristo a través de cismas, reformas y mucha degradación muestra el mundo, dominado hoy más que nunca por la oscuridad y la confusión. Actualmente pareciera triunfar el nihilismo a través del consumo; los bancos son los nuevos templos y el dinero un dios omnipresente. La búsqueda desesperada de placeres no logra anestesiar el profundo vacío que vive en el alma de las gentes y los pueblos.

Leyendo los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, observamos que había conversiones profundas debido a la predicación inflamada por el Espíritu Santo; se producían verdaderas “metanoias” gracias a esa fuerza santa. Se curaba el alma y el cuerpo, se convertían las gentes a una vida nueva, porque los transmisores vivían una gracia viva que les venía de Dios. Vivían en sí mismos la experiencia de lo Divino.

¿Reverdecerá el árbol en una nueva primavera colmando sus ramas de flores y frutos? Mucho dependerá de si nos vaciamos de nosotros mismos, de si abandonando los pensamientos que son fruto de nuestra voluntad nos rendimos a lo que Dios nos pide. Entonces se hará un silencio y se escuchará el murmullo de la brisa suave, la misma que llevó a Elías a cubrir su rostro en profunda reverencia. 1RE 19, 3-15

¡Oh Señor, envía tu Espíritu!»

Texto propio del blog (Actualizado)

Publicado originalmente en “Dios habla en la soledad”

La vida cristiana bajo la acción del Espíritu Santo

El sufrimiento (I)

¿Qué es el sufrimiento?

Es lo que sentimos cuando nos consideramos separados Dios. Cuando creemos que lo que ocurre y lo que ocurrirá depende de nosotros y no de la voluntad divina.

Como en todas las cosas y temas podemos aproximarnos desde diferentes puntos de vista y planos de comprensión. Recuerda que todo depende de quién habla y de quién escucha, del nivel de comprensión desde el que cada uno se está comunicando y, sobre todo, del interés que guía el intercambio.

Por eso, también podríamos decir: El sufrimiento es el saldo de nuestro grado de resistencia a la voluntad divina. Esto no implica no actuar como consideramos mejor o correcto sino que se refiere al modo en que tomamos el resultado de las acciones. De allí que la actitud desde la cual vivimos configura la mayor parte del sufrimiento. Una situación ocurre y el modo en que la acojo o la recibo es mi actitud.

Si soy consciente de que ningún acontecimiento puede darse si no es por voluntad de Dios o al menos, porque Él lo ha permitido, la manera en que me abro a los hechos que suceden minimiza cualquier sufrimiento. Te recuerdo que el sufrimiento es mental y no estoy hablando del dolor que sentimos en el cuerpo. Pero aún en el caso del dolor físico, si nos hacemos conscientes que no puede darse sin mediación del designio divino, este resulta mucho más llevadero. La mayor parte del dolor es “sufrimiento” esto es un agregado de la mente vagabunda a lo que está ocurriendo.

Otro punto de vista complementario que podemos utilizar dice: El sufrimiento es el aviso de que debo rectificar el rumbo en aquel aspecto de mi vida donde se ha hecho manifiesto. Nosotros tendemos a quejarnos del sufrimiento en lugar de agradecer la indicación que llega hasta nosotros para que transformemos nuestra vida.

Cuando decimos “transformar la vida” nos referimos a vivir conforme a nuestro entendimiento más profundo. Por ejemplo: Si estoy convencido que la enseñanza evangélica es la mejor norma para orientarme en la vida diaria y ni siquiera pongo lo mejor de mí en ser coherente con ella, seguramente el sufrimiento me irá avisando a cada paso de esta contradicción. Incluso el sufrimiento tenderá aumentar mientras más sordo me haga a la voz del corazón o a la voz de la gracia en el fondo del alma.

Continúa…

Texto propio del blog

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El Espíritu Santo viene

Texto de Hesiquio de Batos

Lo único necesario

Hay tantas cosas que manejar, que corregir, que planificar…

No es así en realidad. Lo único que hay que hacer es tratar de concentrarse en la adquisición del hábito de la oración continua, en nuestro caso la repetición de La oración de Jesús. El cuerpo y la mente trabajan muy bien por si solos en el cumplimiento de nuestros deberes y tareas si dejamos los pensamientos a un lado y nos centramos en la oración.

Cuando hacemos esto, solo surgen pensamientos funcionales que tienen que ver con las tareas a las que nos abocamos, son pertinentes a la acción y no obstaculizan. En cambio, cuando estamos con la atención puesta en “el relato” sobre nosotros mismos, en esa divagación constante de los pensamientos acerca de lo que pasó, lo que pasará, lo que deseamos y las dificultades para ello etc. etc.; en definitiva, cuando nos sumergimos en ese universo en el cual nuestra idea de nosotros mismos es el centro en torno al cual todas las galaxias giran y a lo cual todo se remite, quedamos presos del ego y esclavos de las apetencias.

Más allá de los progresos en la búsqueda de la oración incesante, nuestra intención de orar en forma ininterrumpida es el único baluarte en el que podemos apoyarnos. Mantener esta intención y llevarla a la acción lo mejor que podamos es todo lo que tenemos. Apenas despertamos en la mañana, vienen los pensamientos e imágenes en torno a nuestra imagen de nosotros mismos, a ese constante centro de referencia universal que se basa en lo que nos gusta y lo que nos disgusta, lo que deseamos y lo que rechazamos y si nos dejamos llevar empezamos una fatigosa tarea: la de adecuar lo que va ocurriendo a lo que pretendemos y esto es imposible.

Los hechos y las cosas se desenvuelven según la voluntad de Dios y no según la mezquina búsqueda personal del placer. Menos mal que es así, no sabemos lo que nos conviene. El designio divino es el bien puro en acción y todo es para bien. Solemos darnos cuenta de esto mucho tiempo después de los sucesos, pero en algún momento nos convencemos que siempre la voluntad de Dios es mejor que nuestro parecer. Hay que abandonarse en Dios, obrar con la confianza de los hijos ante un padre/madre benevolente, descansar en una misericordia infinita que nada puede doblegar o apagar.

Pero entonces, ¿qué debo hacer?

Cada vez que te descubras siguiendo con tu atención las divagaciones de la mente, sean las que sean, volver a la oración interior, a la oración de Jesús o la que sea de tu agrado. Así de simple y sencillo, contundente. Verás que aparece una resistencia, un deseo de seguir los pensamientos sobre esto y aquello, nos da la impresión de que al “pensar” controlamos y manejamos lo que ocurrirá. Esto no es verdad. Los pensamientos van y vienen, haciendo la digestión de las vivencias según leyes propias del psiquismo. A nadie se le ocurre prestar atención a los sonidos y movimientos que se producen en el estómago y los intestinos cuando procesan los alimentos. Este es un proceso que se deja a su propia suerte porque sabemos que no podemos controlar dichas funciones.

Pero con los pensamientos sucede que los identificamos como nuestra propia voz y entonces les damos crédito, les asignamos el valor de etiquetar y juzgar lo que ocurre, cuando no son más que la cacofonía que produce la digestión de las experiencias múltiples que los acontecimientos han producido. Pero esto es muy difícil de aceptar, tenemos muchos años de educación en sentido contrario. Se produce una inmediata rebelión contra esto. Pero volviendo a tu pregunta: lo único que debes hacer es volver a la oración. Es una amorosa persistencia. Una reiteración del amor y la entrega a Dios, a Su presencia y voluntad. Cada vez que repites La oración de Jesús en realidad estás diciendo que aceptas que nada sabes, que nada puedes y que te abandonas en Aquél a quién todo lo debes y que ha hecho todo lo que conoces y no conoces.

Anteponer la oración del corazón a la divagación mental es un acto de aceptación del no saber, es incorporar “la docta ignorancia” que magistralmente Nicolás de Cusa reseñara en sus escritos. Un náufrago, a la deriva en alta mar, que ha perdido su bote y su salvavidas, al encontrar un madero se aferra a él y no lo soltará jamás, sabedor de que es su única esperanza. La oración continua, esa apelación constante a lo que sabemos nos abarca, es lo único que tenemos, la verdadera libertad.

Textos propios del blog (de libro en preparación)

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El valor de la lentitud

Nuestra verdadera patria

¿Qué es la muerte?

Padre… ¿Qué es la muerte?

Un tránsito. Es un pasaje desde un estado hacia otro estado. Aunque nos resulta muy difícil verlo de ese modo debido a nuestra identificación con el cuerpo. Se nos presenta como una desgracia y en realidad, la muerte es parte de la obra de la gracia. La muerte corporal es la concreción del llamado de Dios a Su seno.

A todos nos alegra llegar a la graduación cuando nos apuntamos en una carrera profesional. ¿Quién no desea graduarse? La muerte es la graduación en la escuela de la vida, no hay que estar triste. Aunque es normal por el peso de la ausencia del ser querido, es bueno espabilarse rápido y agradecer esa presencia que nos fue dada para compartir, ese modo en que Dios se nos ha mostrado, a través del otro, del semejante. Espabilarse implica dejar la tristeza a un lado como se deja un bolso que se carga y al llegar a casa se deja en el estante. La tristeza abre la puerta a cosas que no nos sirven. Hay que transformarla en esperanza de unión futura.

Nosotros tratamos de evitar la muerte a toda costa, porque tenemos dudas respecto de si efectivamente hay un más allá y de si esa otra vida es como se nos ha dicho, fuente de bienaventuranza. Esa duda nos genera incertidumbre y esa incertidumbre nos produce temor. Como no conocemos suficiente la vida del espíritu, como estamos muy poco habituados a tomar contacto con lo que verdaderamente somos; la muerte se nos presenta como un tragedia, como algo doloroso y terrible, pero la realidad es muy otra.

El espíritu que somos se eleva libremente hacia su hogar verdadero. No hay que olvidar cual es nuestra ciudadanía. Gran parte del sufrimiento que padecemos aquí es resultado de este olvido, esto es en parte “la caída” original. Vivimos en el exilio y todo exiliado siente una extrañeza, una nostalgia indefinible… una falta de contento profundo que no se calma del todo ni siquiera en los mejores momentos. Hay un anhelo inefable de verdad y plenitud. Aquí, creyéndonos simples cuerpos/mentes, es imposible alcanzar la libertad y la bienaventuranza de los hijos de Dios.

Pero… ¿cómo hacer para que esto no sea solo una creencia? Yo veo que creo en la vida futura y en la bienaventuranza inmortal, pero me doy cuenta con dolor que no estoy totalmente convencido. La muerte de mis seres queridos me aterroriza, mi propia muerte me da temor y me pregunto cómo serán las cosas “del otro lado” realmente; lo que se me ha dicho por educación se me presenta a veces como una fábula o mitología al contrastar esas creencias con la ciencia actual. Me pregunto cuál será la verdad y esto me deja como desamparado, con el ánimo inestable y me veo tratando a toda costa de prolongar mi vida, como si esta fuera la única que tengo.

Es entendible y es lo que sucede a la mayoría de las personas. Algunas se dan cuenta de esto que tú describes con honestidad y otras no lo advierten, lo tienen sumido en lo inconsciente y sólo los momentos críticos en ocasiones permiten que esto aflore a la superficie. Esto sucede porque los sentidos espirituales permanecen adormecidos desde muy pequeños. Se nos ha educado para atender a los sentidos físicos y vivimos ignorando que hay una visión espiritual, una escucha del espíritu, una textura propia de la mística, un perfume de Cristo y un sabor espiritual que identifica a la verdad. Es una manera de hablar tan solo porque no podemos expresarnos de otro modo que con un lenguaje. Pero cuando los sentidos espirituales se abren comenzamos a percibir una realidad muy diferente a la que nos hemos acostumbrado, la percepción cambia enteramente.

Uno empieza a percibir la gracia en todas partes, tan presente en todo como si fuera el aire que está por doquier o como el espacio mismo que permite que todo se extienda y aparezca ante nosotros. O también se percibe como luz, una luz que no es solo la luz del sol, es como una irradiación que se hace patente aflorando o emanando de la creación entera. Y esto es el Espíritu Santo cuando se hace presente en nosotros. Puede ser más fuerte o más suave esa presencia dependiendo de las circunstancias, pero siempre está allí.

Continúa…

Textos propios del blog (De libro en preparación)

Photo by Adrien Olichon

Enlaces:

15° Clase de Filocalía

Espiritualidad y salud mental

Hacerse disponible

Estás aquí en el centro de la vida cristiana, pues todo se reduce finalmente, a descubrir la voluntad de Dios y cumplirla. Pero si es verdad que te resulta fácil discernir esta voluntad a través de los mandamientos, dudas a menudo de que puedas descubrir lo que Dios espera de ti, en particular en tu situación presente.

Si quieres conocer la voluntad de Dios, la condición es “hacerte disponible”, es decir, ante una opción que tengas que hacer, el rehusar o preferir tal o cual alternativa, abandonando todo prejuicio que impida a Dios el darte a conocer en que dirección quiere que te comprometas. En una palabra no debes tener ninguna idea sobre la cuestión y aceptar entrar en los planes de otro que desvía siempre los tuyos.

Es tal vez la disposición fundamental para realizar una elección según Dios. Pero tal vez te hagas una pregunta: ¿cómo hacerme disponible si no lo estoy? Te diría que es preciso que te detengas, que te distancies de ti mismo y que interpeles a tu propio juicio. Son otras tantas actitudes que se viven bajo la mirada de Dios, en la oración, para descubrir las resistencias a la voluntad de Dios. Puede ocurrir que a través de esta oración, Dios te muestra claramente lo que espera de ti, pero no es ésta su costumbre; prefiere hablarte por medio de signos. No tomes demasiado pronto tus buenas intenciones por voluntades de Dios.

Hay también otra manera de descubrir esta voluntad, y es interrogar a tu afectividad profunda. Si gozas de una paz duradera y de una verdadera alegría, puedes decir que los proyectos que acompañan a tus sentimientos son queridos por Dios, pues el Espíritu Santo obra siempre en la alegría, la paz y la dulzura. Si por el contrario estás triste, desanimado e inquieto, puedes suponer que el proyecto está inspirado por el espíritu del mal. No puedes tener ninguna certeza si te fías del sentimiento de un solo instante. Por el contrario, si, a lo largo de un período más o menos dilatado, tal decisión va siempre ligada a la alegría y su contraria a la tristeza, hay motivo para creer que es Dios quien te envía la consolación del Espíritu y te sugiere que realices la acción correspondiente.

Con mucha frecuencia la paz se estabiliza en tu corazón después de esa opción libre. La experiencia de consolación o desolación que sigue a la elección confirmará esto último y te indicará claramente si estás en la voluntad de Dios.

Para descargar el PDF con el texto completo haced click aquí

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Abandono

Oración y pensamientos

Tengo dificultades para centrarme en la oración de Jesús, porque me aparecen pensamientos diversos acerca de Cristo, de si debo orar a Él o al Padre o de si esta oración me acercará o no a la paz interior; si debería elegir otra devoción o si cambiar la frase de la oración etc. etc. son muchos pensamientos y algunos de ellos se presentan como discusiones teológicas.

Hermano en Cristo Jesús, es muy normal que la mente ponga todo tipo de obstáculos a la oración de Jesús. Esta oración cuando su práctica es constante y firme arraiga en el corazón y aquieta la mente. Con esto quiero decir que nos acostumbramos a no pensar (en el pasado o en el futuro ni a deliberar acerca de las cosas) y a una acción espontánea más eficaz dejándonos guiar por la gracia. Nos quedan solo los pensamientos funcionales, que se requieren para el hacer las cosas cuando son necesarias. La mente se resistirá a esto ya que su naturaleza es divagación, manipulación de lo que pasa, continua deliberación en pos de objetivos para sentir placeres diversos.

Algunos practicantes son acosados por pensamientos malsanos otros por un discurrir más teológico o filosófico como parece ser tu caso. Pero en definitiva, sea cual sea la índole de los pensamientos, estas disquisiciones cumplen la función de distraer de la oración de Jesús. No conviene tratar de resolver las controversias que le suscita la mente, sino más bien llevar la atención de vuelta al corazón; esto puede ser en el sentido de órgano cardíaco o en el  significado de centro de la persona o esencia de los sentimientos de la persona.

Toda duda, toda ambivalencia emotiva es resuelta por la práctica constante de la oración de Jesús; pero es claro que esta perseverancia no es fácil de adquirir, porque a ello se oponen muchos años de hábitos nocivos en cuanto a dar a la mente el primer lugar. Tanto es así, que hemos llegado a creer que los pensamientos que se van presentando en el espacio consciente son nuestra propia voz. Esto es clave: mientras creemos que lo que piensa la mente es “lo que yo pienso” nos será muy difícil concentrarnos en la oración. Esto en un primer momento suele causar sorpresa y hasta una negación de plano.

¿Cómo que lo que pienso no lo pienso yo? ¿Quién lo piensa? Pues, se piensa por si mismo al influjo de los humores corporales, de los estímulos diversos del medio y según la impronta de supervivencia del organismo. No nos asombra que el hígado segregue las sustancias necesarias sin nuestra voluntad o que el corazón persista en su latido sin que hagamos nada para ello; o que crezca el cabello o que el diafragma suba y baje permitiendo que la atmósfera entre y salga de nuestro cuerpo. El cerebro es un órgano más que va procesando la información de los sentidos y clasificando y ordenando la memoria de las vivencias etc.. Pero no nos representa.

No hace falta creer en esto, solo observar con atención cómo es que se produce un pensamiento. ¿Cuando decidimos pensar en esto o en aquello? Es un tema a revisar en detalle y conviene hacerlo. Pero no será bueno extender demasiado este escrito. Solo le digo que en esta cuestión radica una clave importante que nos permite libertad respecto de los contenidos mentales o continuar con una cierta esclavitud hacia ellos. El camino de la oración de Jesús requiere un cambio de perspectiva respecto del valor de nuestros pensamientos como se dice en el libro La oración de Jesús, (Iniciación a la práctica) del cual aquí le dejo el enlace a la carta 1 que especialmente trata este tema.

Un saludo fraterno invocando el Santo Nombre de Jesús.

Textos propios del blog

Dos enlaces:

De la creencia a la experiencia

Colaciones de Casiano

Apatía por la oración

Hermano, desde hace varios meses siento tanta apatía por hacer oración. Me cuesta hasta la oración del corazón. No sé si será madurez o es otro proceso. Pero ya no es igual a hace unos años cuando me entusiasmaban tanto esos temas. Lectio divina hace muchos años que no hago, el santo rosario ocasionalmente. La confesión hace dos años que no voy. ¿Puedes decirme algo?

Hola hermano, saludos en Cristo. A todos nos suceden los ciclos o las subidas y bajadas en nuestra vida espiritual. Una cosa que ayuda, es que al caerse ahí nomás tratar de irse levantando. No quedarse “rascando la herida” porque es la oportunidad que tienen nuestras tendencias negativas para fortalecerse. Acuérdate que dicen en Filocalía: “Todo aquello sobre lo que se pone la atención se ve reforzado o crece”. Entonces lo más rápido que se puede hay que incorporarse, pedir la gracia de la sensación de la divina presencia y seguir adelante.

A la vez, el hacer un examen de conciencia y confesar por supuesto que sirve, pese a que implica poner la atención brevemente sobre lo hecho. En este caso la atención es hacia la purificación interior del alma y las crisis suelen prolongarse si se posterga la reconciliación. La sensación de estar en falta se va acumulando por el paso del tiempo y esto aplasta aún más la buena intención de elevar nuestro espíritu.

También, sucede que nos interesamos por un tema, lo descubrimos y nos agrada (por ejemplo la espiritualidad de la oración de Jesús) y comenzamos una especie de “luna de miel” en donde el entusiasmo es lo que prima. Pero claro, luego de varios meses esto declina naturalmente, porque la novedad ha pasado y es precisamente allí donde puede iniciarse el trabajo espiritual más profundo y cierto. Por lo general el ego espera resultados rápidos y cuando no los obtiene pierde el ánimo y se aboca a otra búsqueda que vuelva a entusiasmarlo. Esto suele llevarnos a un “turismo espiritual” al que luego cuesta ponerle fin. A la vez, si nada nuevo se encuentra vuelve la apatía.

Hay que recomenzar el camino, con paciencia, no pretendiendo mucho y sabiendo que sin la gracia nada podemos. ¿Que se necesita de nuestra parte? Poner lo mejor que podamos, hacer el mejor esfuerzo, nos damos cuenta de esto si nos miramos con verdad interna. No te andes comparando, ni siquiera contigo mismo años anteriores; son balances imaginarios que hacemos sin base real; todo va cambiando, en el cuerpo, en la mente, en el medio que nos rodea, en el mundo, por eso no es legítimo comparar un recuerdo que idealizamos de nosotros mismos años atrás con el ahora que percibimos en este momento de crisis.

La lectio divina, el santo rosario, son medios muy eficaces de crecimiento interior para quién se siente inclinado o llamado a esas formas de devoción. Puede que no sea tu caso o tal vez este momento que atraviesas necesite de otro acercamiento a la unción interior. Empieza la subida con aquello que sientas como una suave alegría secreta. Con esa forma de oración que te brinde calidez y confianza. No la evalúes en función de otros criterios. Lo importante ahora es recuperar el ritmo, los pasos ágiles y livianos que acerquen al sabor de la divina presencia. Cuando eso aparece ya te resulta más fácil guiarte. Un abrazo fraterno hermano, invocando el Santo Nombre.

Textos propios del blog

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Dos enlaces:

La Virgen de los desamparados

La mirada contemplativa

Preguntas sobre la contemplación

Quería hacerte unas preguntas sobre el curso y lo que voy leyendo en la página. En cuanto a la contemplación: Se habla de abrir los sentidos, atender a un sentido y centrarse en él y también se habla de cerrar los sentidos para la contemplación.  Pero como cerramos los sentidos? En mi meditación sedente procuro llevar mi mente al corazón y seguir la respiración acompasándola con la repetición de la plegaria.  ¿Es correcto? Al cabo de un tiempo, a veces, la plegaria va disminuyendo hasta quedarme en un silencio con la atención a… ¿Como decirlo?… Un vacío que me llena de atención, amor, consuelo… ¿Presencia? Es como estar atento a un vacío donde hay mucha atención y ningún pensamiento pasa por mi mente. Me imagino que es lo que debo hacer también en activo, aunque sea más difícil.

Hola hermano. Cuando decimos de abrir los sentidos, nos referimos a los sentidos espirituales, que suelen permanecer apagados, como dormidos o cerrados; lo que nos deja sin la percepción de ciertas realidades propias de la vida espiritual, de la “vida secreta del alma” como creo que dice algún autor. Una buena forma de despertarles es haciendo las cosas más lentamente, quedándose en silencio de a ratos solo estando sin atender a nada en particular o prestando atención a la intuición antes que al razonamiento posterior a esta, que suele pasar desapercibida. La intuición es una manifestación clara de estos sentidos espirituales.

Cuando nos referimos a atender a un sentido, (en este caso sentido físico) nos referimos a un modo útil de concentrar la mente. Puede ser un paso previo a la oración de Jesús o a la contemplación silenciosa. Como puedes comprobar: si pones tu atención en un sonido lejano, los demás sentidos disminuyen en su acción, luego los sonidos cercanos se escuchan con menos intensidad y “aumenta” aquél sonido lejano. Un minuto o dos y ya se siente una mayor calma y centramiento.

Cerrar los sentidos para la contemplación, tiene que ver con desatender a lo que llega por los sentidos físicos y dirigir la atención hacia la sensación de estar consciente. Por supuesto los estímulos siguen llegando a los sentidos, incluso desde el interior mismo del cuerpo, pero se trata de ignorarlos, atendiendo a lo que tú dices muy bien: “Al cabo de un tiempo, a veces, la plegaria va disminuyendo hasta quedarme en un silencio con la atención a… ¿Cómo decirlo?… Un vacío que me llena de atención, amor…” Podríamos decir llevar la atención desde el tumulto de percepciones, sensaciones y pensamientos hacia el silencio que está en el interior y que en cierto modo clama ser escuchado. Es un silencio que puede llegar a ser fuerte y mientras más intenso el silencio más nos sentimos inundados de paz e incluso como si fuéramos parte de esa paz. Una paz viva no adormecida. Lo de acompasar la respiración a la plegaria a alguna gente le sirve y a otra no. Lo esencial es atender al fondo de silencio que siempre está en lugar de al tumulto constante de los sentidos y pensamientos.

En la vida en activo no se puede desatender del mismo modo a los sentidos y percepciones. Lo que nos puede servir es tener la oración de Jesús como fondo constante de todo lo percibido. Cuando las actividades nos requieren mucho, este fondo de oración y/o adoración, queda apenas como un murmullo de tranquilidad y cuando hay espacios de menor acción vuelve a sonar con fuerza. Incluso hay veces que no se puede orar de tanto requerimiento exterior hacia nosotros. Pero en ese caso, podemos descansar en el fondo de confianza absoluta en la voluntad divina, que hemos ido cultivando durante la oración sedente o silenciosa.

En cuanto a la atención: Quería preguntarte también por ese tipo de atención que nos contabas creo que en la clase 12 que se caracteriza por ser como una atención en la que el que mira y la mirada es lo mismo. Esa atención  creo que decías “como desde atras”.

Claro si, mientras más nos acostumbramos a no reaccionar automáticamente a lo que sucede, se produce en nosotros una tendencia a crear un “espacio” entre el estímulo y la reacción. Este espacio nos permite testificar lo que ocurre, es una especie de constatación sin juicio o con menos juicios ocurriendo. Si esto se fortalece mucho, fruto de la práctica frecuente, puede pasar que por instantes deje de haber un alguien que es testigo y en ese sentido decimos que el que mira y la mirada se hacen lo mismo. La observación no reactiva suele sentirse como detrás de lo que acontece, como si uno mirara desde la parte posterior de la cabeza o incluso desde más atrás de ella. Bueno hermano, muchas gracias por tus preguntas que sirven para aclararnos a nosotros mismos, al recordar lo que se nos enseñara con mucho cariño en alguna oportunidad. Cristo nos cuida y sabe lo que necesitamos.

Texto propio del blog

Anexo a la 13 ° Clase de Filocalía

Dos enlaces:

Esta crisis ¿Nos hace más fuertes?

Blog Anawim

¿Soy el cuerpo o no lo soy?

Depende. Hay que establecer primero el plano de abstracción desde el cual se está preguntando. La primera distinción debería establecerse entre el ser y el poseer. ¿Puedo yo ser lo que poseo? Para que exista posesión es necesario que haya un poseedor. Es decir establecer diferencias entre un sujeto y un objeto. Este es mi auto, pero es claro para todos que no soy mi auto. Y si digo este es mi cuerpo quedaría claro desde ese plano expositivo que no soy mi cuerpo. Y si digo que soy mi cuerpo, ¿porqué lo sitúo en el mismo plano que mi auto al reclamar su posesión?

Cuando te roban el auto sufres una pérdida pero a nadie se le ocurre decir que se a perdido a si mismo. Cuanto te amputan una pierna se siente una grave pérdida, pero nadie siente que se ha menguado la extensión de su ser. Uno se siente ser el mismo, aunque no tenga a disposición un miembro del que antes se disponía. Hemos de admitir que el cuerpo es para nosotros una prótesis de la intención. Por eso, a él nos referimos como “mi cuerpo”. El lenguaje evidencia lo que nos ocurre en el interior. No es solo “una forma de decir”, la forma en que se dicen las cosas muestra la organización interior que de ellas tenemos.

Si digo “mi cuerpo” me estoy sintiendo distinto de él que viene a ser un objeto de la percepción del cual reclamo propiedad y derechos consecuentes. Es decir, el cuerpo deviene objeto, lo percibo y lo manejo muy relativamente como a los demás objetos. Esto no quita su sacralidad, ni su especialísima función, ni que deba ser redimido, elevado, purificado o lo que fuera. No lo hace malo ni bueno ni le impide su función en la salvación del alma. No aparece, al menos hasta aquí, ninguna contradicción con el hecho de la encarnación del Verbo.

Continuemos dando matices: Porque por ejemplo: ¿Esta casa es mía? Podría responderse que si tienes el título de propiedad es tuya. Y será correcto. Pero también podría decirse: “Nada te pertenece pues finalmente todo lo dejarás cuando dejes este mundo”, apenas la tienes en préstamo, y también sería correcto. En el primer caso, la respuesta surge de un espacio cuyos confines se dan en la legalidad establecida por el estado y la noción de propiedad privada de la época actual etc. Toda respuesta se da en el marco hasta donde llegó en apariencia la pregunta. En cambio, en el segundo caso, los confines se han extendido y la respuesta incluye aspectos no contemplados en la primera. Se ha incluído, en este segundo caso, el tema de la finitud humana, lo cual modifica abruptamente lo que pueda considerarse como propio.

Hay varios aspectos a dilucidar y hay que ir muy poco a poco. No parece sencillo. ¿Qué queremos decir cuando aludimos a la palabra “ser” y de igual modo, a que nos referimos cuando aludimos al “poseer”. ¿Cuando viene a ser que algo es y cuando resulta que algo es poseído? Percibo mi cuerpo, un auto y una nube que pasa. Sin embargo reclamo propiedad sobre dos de esos objetos de percepción (mi cuerpo y mi auto) pero no reclamo propiedad sobre la nube. ¿Debido a qué? Y… ¿quién es el que reclama propiedad sobre el cuerpo y el auto? En el caso del auto y de mi cuerpo el criterio de propiedad aparece dado por el manejo que de ellos tengo. A la nube no la manejo en absoluto. Bueno… al cuerpo bastante poco. Son muy escasas las funciones corporales que responden a mi voluntad. En tal caso, el auto se atiene a mis dictados con mucha más facilidad. Si este fuera el criterio, por carácter transitivo, yo vendría a ser más el auto que el cuerpo…

Notas no demasiado rigurosas, han de tomarse como reflexiones en voz alta, buscando claridad, mientras preparamos el próximo vídeo, sobre Evagrio Póntico y ante consultas recibidas.

Enlaces de hoy:

La base del silencio

Contemplación y misericordia

Obstáculos a la contemplación

“No podrás contemplar con pureza si te atas a
las cosas materiales y estás agitado por continuas
preocupaciones; porque la contemplación es supresión
de los pensamientos” (Evagrio, Sobre la Oración, 71)

Evagrio denomina «bella travesía» (kale apodemia) al camino que conduce a la contemplación a través de la apatheia perfecta. También la califica como una inmigración gnóstica hacia un lugar o estado que, en otra obra, también define, recurriendo a un concepto platónico, como «región de los seres incorpóreos» ¿Cómo se accede a ese sutil estado? Mediante la purificación a través de la meditación (oración pura). La meditación es el medio más adecuado para facilitar el encuentro con la parte más oscura de nuestro ser y propiciar la auto-observación, el reconocimiento de nuestros defectos y el deseo de desprendernos de ellos.

En este examen de conciencia que tiene por finalidad ablandar el ego, no hay que confundir el arrepentimiento (que nace de la sincera humildad) con el sentimiento de culpabilidad que procede del orgullo. Para Evagrio, la contemplación sin objeto o, como el la llama, la «oración pura», es la vía más eficaz del místico o del buscador espiritual porque con ella puede alcanzarse la visión contemplativa; “dulce es la miel, pero la visión de Dios es lo más dulce de todo” (KG 3,64). Pero bien entendido que la cima de la perfección no es el éxtasis místico. Este es un acontecimiento por el que verificamos la verdadera naturaleza del alma y comprendemos la futilidad de todo aquello que impide al intelecto ser él mismo.

En el tratado De oratione y en Skemmata explica la naturaleza y pasos para llegar a ver la “Luz” o la faz de Dios. Ante todo, es preciso ser «gnóstico», es decir, haber adquirido la ciencia espiritual. En Skemmata 2 escribe: «si alguien quiere ver el intelecto, despójese de todo concepto y se verá a sí mismo, semejante al
zafiro o al color del cielo». Para describir esta visión del intelecto por el mismo intelecto, recurre a un pasaje del Éxodo (24, 9-11) en el que los Setenta sustituyeron el nombre «Dios» por la expresión «lugar de Dios». El intelecto es «el lugar de Dios» y, cuando en momentos fugaces, se ve a sí mismo, se ve luminoso; «el intelecto se ve a sí mismo, pero también ve, en cierto modo, a Dios, porque se ve iluminado por la luz que es Dios». …

Extraído de “Métodos de meditación no dual”

Hermanas y hermanos, cualquier duda, aporte o consulta no dudéis en comunicaros por el Whatsapp o el correo electrónico. Podemos reunirnos por ese medio para intercambiar impresiones y resolver dudas hasta tener la seguridad necesaria por los medios de comunicación virtual. Esta es la última clase abierta de Filocalía, si tenéis interés en participar del curso podéis escribir al mail: bloghesiquia@gmail.com

Si queréis comentar públicamente hacedlo en la página de los alumnos regulares: Aquí

La afinidad profunda

Viene del post anterior

¿Y cómo puede uno discernir el carisma adecuado para el propio temperamento, el camino, la orden o regla de vida más conveniente para uno?

La vocación se manifiesta diferente en cada uno. En algunos surge como sutil inclinación del corazón, que se va acrecentando en la medida que se responde. En otros en cambio, es un arrebato, un impulso de fuerza inusitada que se afirma con el correr del tiempo como decisión inquebrantable. Existe también el caso de aquellos que no logran responder sin equívocos o con la unanimidad del alma y entonces, el llamado se muestra durante el transcurrir de la vida una y otra vez, sin forzar pero con persistencia. Es una “idea” que no se puede abandonar, un deseo cíclico que urge y que más crece cuanto más se lo escucha y se responde.

La vocación es un llamado, es un gusto, un ardor del corazón. Está relacionada con un “por hacer”, pero también con un modo de “ser”. Se nos llama a vivir según aquello a lo que nos sentimos convocados. Es una forma en la que se nos manifiesta el amor de Dios. La vocación no tiene edad. Puede llegar en la niñez o cuando joven, en la plenitud de las fuerzas. Aunque también suele mostrarse en cierto momento tardío de la vida, ser escuchada recién cuando se han acallado los tumultos de la juventud. Es ante todo un misterio que se consuma en el momento mismo en que se asume y se acepta.

Lo decisivo es re-conocernos llamados a cierto modo de ser y de hacer. Es este “aceptar el designio” con el que fuimos creados por Dios personalmente, lo que nos termina de formar como individuos. Puede llegar a ser toda una tarea reconocer la propia vocación, porque a veces es necesario silenciar los ruidos de otros impulsos en el alma. En ocasiones la cultura imperante, con sus “valores”, nos hace creer que debemos ser o hacer esto y aquello.

Llegamos a creer que somos nosotros los que deseamos tal o cual objetivo, sin advertir que somos impulsados por un modelo cultural que secretamente nos invade el sistema de creencias. Más allá de la circunstancia en que tomemos conciencia de la propia vocación, hay una forma coherente de responder a ella. La profundidad y entrega de nuestra respuesta, tiene mucha relación con la paz y la dicha que podamos encontrar en esta vida.

Como en todo es importante escuchar la voz del corazón o esa paz del alma que se manifiesta cuando uno se pone de acuerdo con la voluntad de Dios. Hay un alineamiento, una sensación de encaje y de completitud repentina en uno mismo. El gusto puede ser un indicador pero es solo superficial, ya que el gusto por algo puede variar; deberse a la novedad, a una sensación de identidad, a la imagen de uno mismo, etc.

Hay que descubrir la afinidad. Una planta que gusta del sol quizá pueda crecer y desarrollarse a la sombra, pero no lo hará en todo su potencial. Siempre estará restringida por ese ambiente que no le resulta del todo adecuado. Es importante encontrar nuestro lugar, ese sitio en el que “encajamos”. Este encaje es interno pero se manifiesta en lo externo. Todo se acomoda y empieza a fluir más fácilmente cuando permanecemos en nuestro ambiente propicio. Puede pasar un tiempo hasta que esto sea claro, pero más temprano que tarde se hará evidente.

Nuestra adecuación a un determinado carisma, vocación, regla ascética o situación de vida en general no puede valerse nunca de un forzamiento. Obviamente puede necesitar aplicar nuestra energía y doblegar nuestras tendencias nocivas, pero todo dentro del fluir de la gracia. Uno se siente conducido y apoyado por el despliegue de los acontecimientos. En todo caso, la elección que hagamos tiene que ser orientada más por el amor que por cualquier deliberación.

Hermanas y hermanos, cualquier consulta será bienvenida si queréis continuidad en el intercambio sobre este tema. Muchas veces no podemos responder los comentarios uno a uno, por razones de tiempo debido a otras ocupaciones, pero siempre intentaremos hacerlo a través de las publicaciones. Un saludo fraterno invocando el Santo Nombre de Jesús.

Dos enlaces sugeridos por hno. Sergio Cardona:

Comunidad Chemin Neuf

Comunidades Marianas de La Asunción

El turismo espiritual

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La tendencia consumista a la que nos hemos acostumbrado desde pequeños, debido a la influencia social y cultural de la época, tiene raíces profundas en nuestra personalidad. Un arraigo del que la mayor parte de las veces no somos conscientes.

Embarcada en una búsqueda espiritual comienza la persona a recorrer diferentes caminos; se conocen distintas doctrinas religiosas o, dentro de una misma religión, se van conociendo carismas diversos, puntos de vista acerca de la mejor ascética, de la mejor manera para llevar adelante los mandamientos y el desarrollo espiritual etc. etc.

Hasta allí, nada inconveniente, es el discurrir lógico de toda búsqueda, en cualquier campo de que se trate. Se prueban diferentes opciones para conocerlas y verificar el grado de afinidad o el resonar del alma ante cada una de ellas. Pero al igual que cuando alguien busca encontrar agua cavando en la tierra, deberá ir hasta cierta profundidad para hallarla, el camino espiritual ha de seguirse con intensidad, perseverancia y en profundidad para hallar aquello que se busca; que no es más que el sentimiento de unión con Dios o la percepción de Su presencia o la certeza de seguir lo que pide Su voluntad.

Si se efectúan muchas perforaciones aquí y allá y aún más allá también pero sin profundidad, no encontraremos el agua que buscamos, nunca nos acercaremos al río subterráneo que fluye fresco y silente en las profundidades del corazón. Luego de cierta exploración, quizá imprescindible en ciertas etapas de la vida, hay que tomar una determinación y seguirla hasta el final. En la medida de lo posible claro está y sin que medien razones de fuerza mayor. ¿Esta mal el cambio? De ningún modo. ¿No puede ser que el alma de la persona vaya madurando y necesite un cambio de carisma o regla de vida? Por supuesto que sí y esto puede ocurrir cuando se cambia de etapa vital o cuando han ocurrido transformaciones que exigen el cambio.

Pero debemos estar alertas para no caer en el turismo espiritual. ¿Cuál es la conducta del turista? Mira esto y aquello, saborea las comidas típicas del lugar, visita los lugares más renombrados, compra los souvenirs que allí se venden, saca un millar de fotos para agregar al “álbum de adquisiciones” y vuelve a casa, a sus viejos hábitos. Y esto puede favorecer la industria y renovar el ánimo transitoriamente, no puede criticarse; pero en el campo del crecimiento espiritual no ayuda sino que más bien dificulta.

La mente se llena de tantos contenidos, a veces contradictorios y disímiles, que la mente encuentra terreno fértil para hacer crecer la divagación. Al crecer la divagación y la circulación de los pensamientos, puede haber la sensación ocasional de progreso, pero no lo habrá realmente. El crecimiento espiritual es diferente de la especulación y de la deliberación interminable. Me dijo una vez mi maestro: “Has de elegir un camino y seguirlo hasta el final”. Y más aún: “Llegado el caso de que el camino o carisma elegido no fuera el más adecuado para tu temperamento interior, si lo sigues con firmeza y paciencia hasta el final, llegarás al mismo sitio al que vamos todos”.

¿Y cómo puede uno discernir el carisma adecuado para el propio temperamento, el camino o la orden o regla de vida más conveniente para uno?

Continúa

Hermanas y hermanos, cualquier lector que desee difundir un blog o página que considere útil para nuestra audiencia, puede enviarnos el enlace que si lo vemos adecuado lo difundiremos sin costo alguno. Un saludo fraterno invocando el Santo Nombre de Jesús.

La libertad interior

Este libro pretende abordar un aspecto fundamental de la vida cristiana: el de la libertad interior. Su objeto es muy sencillo: considero esencial que cada cristiano descubra que, incluso en las circunstancias externas más adversas, dispone en su interior de un espacio de libertad que nadie puede arrebatarle, porque Dios es su fuente y su garantía. Sin este descubrimiento, nos pasaremos la vida agobiados y no llegaremos a gozar nunca de la auténtica felicidad. Por el contrario, si hemos sabido desarrollar dentro de nosotros este espacio interior de libertad, sin duda serán muchas las cosas que nos hagan sufrir, pero ninguna logrará hundimos ni agobiamos del todo.

Texto completo para descargar aquí

Estimadas hermanas y hermanos en Cristo Jesús: El próximo lunes 20 de Abril realizaremos un encuentro virtual para los lectores en general y también para quienes participan del curso de Filocalía. Lo haremos Dios mediante, a las 20 horas de España, 15 horas de Argentina, 13 horas de Colombia y 12 horas de México central. Aquí les dejamos el enlace de la aplicación Zoom, en la cual continuaremos, ya que han realizado actualizaciones de seguridad en ella y funciona mejor. Hacer click aquí para el enlace .

La desesperación

“Ya no me aguanto este encierro. A veces siento desesperación, me agarra el miedo y no sé que hacer, es como si fuera a darme un ataque de pánico. Tengo ganas de gritar y no sé cómo calmar mi enojo con “NN” que vive conmigo. Dime una palabra por favor hermano que me ayude”.

Bien. Lo primero es detener la escalada de eso que llamas “desesperación”, que quiere decir “ya no puedo esperar”, uno pierde la capacidad de esperar y eso detona las llamadas crisis de pánico o alteración general que quitan toda posibilidad de situarse en la atención, en un posición consciente que te permita observar y poner freno a las reacciones automáticas.

Aunque parezca una tontería, no hay nada más eficaz al principio que dedicarse a darle un ritmo a la respiración. Sucede que respiración y frecuencia de los pensamientos van juntos. Son como los asientos del “subibaja” o balancín al que jugábamos cuando niños. La respiración es la manifestación más evidente de lo que ocurre en la mente y a la inversa también vale. Si la respiración es lenta y profunda no es posible que haya pensamientos agitados, no hay forma. De tal manera, es más sencillo dedicarse a darle un ritmo pausado al respirar, que intentar modificar los pensamientos desesperantes.

Lo primero entonces es darle profundidad y espacio al respirar, a ello debe dedicarse toda tu atención los primeros minutos. Suave y profundamente respiras, una y otra vez, hasta que en dos o tres minutos notas ya claramente un cambio en el descontrol en el que te hallabas inmerso, algo vuelve a ti, un cierto centrado que te devuelve tu humanidad, te pone atento en tí. Allí mismo empieza a repetir la oración de Jesús o la frase que a ti te resulte más entrañable y querida. Esa que te dulcifique el corazón, que te traiga la memoria del cobijo, del abrazo del amado de nuestra vida, Dios nuestro Señor.

Allí, ya se empieza a ganar la batalla. Respiración y oración se van alternando en la atención y me doy cuenta que yo me encuentro detrás de la alteración, que no soy la respiración ni soy la oración; me descubro como el espacio de silencio en el cual se dan el aire inspirado y espirado y el Santo Nombre que va y viene inundando de gracia todo lo que soy. Persiste allí, relaja el cuerpo que estaba tenso queriendo controlar en angustiada defensa lo que consideraba su final inminente. Deja tus cuidados en Dios; hazte consciente que tu vida en Él está sostenida y en nada más. Por más que parezca que tu salud depende de esto y de aquello, sabes que en definitiva, nada ocurre si Dios no lo quiere. ¿Cómo podría algo suceder sin el conocimiento de quién creó todo lo existente y de quién todo lo sostiene?

Descansa, el amor todo lo puede. Apóyate en Él a quién conoces bien a través de cada momento de paz y felicidad. Es él mismo quién yace como fondo de la desesperación, del miedo y del dolor. No temas, aunque no lo parezca a nuestra mente, nunca sucede nada malo, todo es para bien. No te dejes atrapar por la ilusión del control, de aquella voz que dice que las cosas dependen de ti… permite que la confianza inunde tu alma, abraza en tu corazón la resurrección del Cristo cósmico, de esa certeza inmutable que nunca muere; reconoce en todos los abrazos que ocurrieron en tu vida la misma calidez, el mismo amparo, la misma seguridad y abrigo. Repite junto al salmista:

¡Mi refugio está en el Muy Alto, mi amparo junto al Altísimo!

Texto propio del blog

Enlaces:

Blog del Padre José

La mirada contemplativa

Undécima clase de Filocalía

Estimadas/os en el amor a Cristo Jesús: Como os habíamos prometido, a raíz de la continuidad del confinamiento en España y otros países, ofrecemos una nueva clase de Filocalía para todos los lectores del blog sin restricción. Cualquier duda o consulta podéis comunicaros a través de los comentarios en esta misma publicación. Un saludo fraterno para todas/os invocando el Santo Nombre de Jesús resucitado.

El Pseudo Simeón

Haz click aquí para ir al Pseudo Simeón en Filocalía

Aquí debajo el audio del texto en el que se basa la 11° clase de Filocalía

Si te es posible efectúa una donación aquí

Una Pascua Nueva

Estimadas hermanas y hermanos en el amor a Cristo Jesús: Gracias por acompañarnos y compartir con nosotros el camino del Santo Nombre hacia la paz del corazón. Elevamos la voz de nuestras almas hacia el Señor de las alturas, para que nos fortalezca en la confianza, para que podamos entregarnos a Su designio y para que comprendamos el sentido profundo que nos muestra la evidencia: Todo es para bien. Un abrazo para todos en medio de la luz pascual.

Lockdown

Poema del Hermano Richard Hendrick

Sí, hay miedo.

Sí, hay aislamiento.

Sí, hay compras de pánico.

Sí, hay enfermedad.

Sí, incluso hay muerte.

Pero,

dicen que en Wuhan después de tantos años de ruido

puedes escuchar los pájaros otra vez.

Dicen que después de sólo unas semanas de silencio

el cielo ya no está lleno de humo

Es azul y gris claro.

Dicen que en las calles de Asís

la gente se está cantando

a través de las cuadrados vacíos,

manteniendo sus ventanas abiertas

para que los que están solos

puedan escuchar sonidos de familia alrededor.

Dicen que un hotel en el oeste de Irlanda

ofrece comidas gratis y entregas a domicilio.

Hoy una mujer joven que conozco

está ocupada difundiendo folletos con su número

a través del barrio,

para que los ancianos tengan alguien a quien llamar.

Hoy iglesias, sinagogas, mezquitas y templos

se están preparando para dar la bienvenida

y refugio a los sin hogar, a los enfermos y a los cansados.

En todo el mundo la gente se está desacelerando y reflexionando.

En todo el mundo las personas miran a sus vecinos de una manera nueva.

En todo el mundo la gente está despertando a una nueva realidad.

A lo grande que realmente somos.

Al poco control que realmente tenemos.

A lo que realmente importa.

Amar.

Así que rezamos y recordamos que…

Sí, hay miedo.

Pero no tiene que haber odio.

Sí, hay aislamiento.

Pero no tiene que haber soledad.

Sí, hay compras de pánico.

Pero no tiene que haber maldad.

Sí, hay enfermedad.

Pero no tiene que haber enfermedad del alma.

Sí, incluso hay muerte.

Pero siempre puede haber un renacimiento del amor.

Despierta con las decisiones que tomas en cuanto a cómo vivir ahora.

Hoy, respira.

Escucha, detrás de los ruidos que produce el pánico.

Los pájaros están cantando de nuevo,

El cielo se está despejando,

La primavera está llegando,

Y siempre estamos abarcados por el amor.

Abre las ventanas de tu alma

y aunque no seas capaz

de tocar a través de la plaza vacía,

Canta.

5° Meditación de Semana Santa

Ánimo, con Dios nada está perdido

Para mí la vida es Cristo…

Homilía antes de partir al exilio – San Juan Crisóstomo

Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.

¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Este es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga.» Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.

Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.

Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro.

Dos enlaces para hoy

Aquí la película Garabandal – Sólo Dios sabe –

Meditaciones de Semana Santa

Los condenados

Entré al templo apresurado, sin tener motivo para el apuro. Al sentarme pensé que era el mismo ritmo del mundo el que me hacía ir de prisa, como si algo me corriera o como si tuviera que llegar siempre a algún lugar preciso.

Nada de eso. nada me corría, no ahora, ya no más. Y nunca más cierto que a ninguna parte iba. Me acababan de dar el diagnóstico y era cuanto menos cruel. Cómo siempre en situaciones difíciles volvía a la fe. Como si esta sirviera solo como salvavidas, como refugio en las tormentas.

Que papel el de Dios en mi vida. Lo había buscado siempre pero me resultaba esquivo. Aparecía de cuando en cuando deslumbrante a través de alguna persona, situación o hecho particular y me enardecía de amor.

Luego parecía alejarse, se marchitaba la flor de nuestro encuentro y me preguntaba siempre porque razón así tenían que ser las cosas, ¡tan difíciles! Afuera el bullicio ensordecía, había bocinas, voces de todo tipo y sobre todo ansiedad, anhelo, deseo sin fin; en mí, en todos, en todas las cosas.

Dentro, la iglesia estaba silenciosa, pero también fría, vacía de gente y de sentimiento en mí. Estaba yo y estaba el miedo, allá al fondo bien lejos, la luz del Santísimo.

Era el frío del gran espacio sin gente, un templo solitario cada vez menos visitado. Poco a poco las religiones de la ciencia y del dinero fueron atrayendo nuevos y numerosos feligreses. Por si eso fuera poco, los escándalos y la maldad obscena brotaban de la misma Iglesia también, como si desde su propio corazón se le quisiera dar el golpe de gracia.

No tenía de que quejarme, en mi también la diosa razón, cada vez más apoyada tecnológicamente y el dios consumo, cada día con más ofertas y opciones me habían seducido hasta el cansancio. Las cosas que se descubrían, insoslayables, innegables, que durante décadas habían carcomido las almas, salían a la luz y servían para autojustificar el abandono y el alejamiento de aquello que antaño fue una luz sin mancha, un fuego de amor, un afán de servicio y oblación por Dios, por los demás, por el mundo todo.

Allí estaba yo, el condenado a la muerte corporal o el sentenciado a la espera de indulto. Lejos, sobre el altar, una figura macilenta, con manchas de sangre, cabizbaja, pendía de una cruz antigua y oscura. Estaba iluminado pobremente por una luz a mitad de la nave y por el resplandor rojizo que emitía el Sagrario, no muy distante del altar.

Continúa…