No me cabe duda de que el Espíritu Santo moraba en él. Supongo que vive en todos, pero me refiero a ese particular modo de presencia manifiesta que suele relatarse a veces en la literatura cristiana de distintas épocas. Personas que se han vaciado de lo que sobraba, que despojándose de lo que obstaculiza la gracia se dejan arrebatar por esa fuerza divina que lo transforma todo.
Quiero decir que en algún momento había vivido su Pentecostés personal y que eso permanecía como una irradiación. No era algo llamativo por fuera sino más bien lo que percibía quién lo miraba con atención y durante algún tiempo. Yo lo notaba por esa paz que le salía de las sonrisas o a través de su mirada viva, amable y aguda. Pero su seña particular era una tremenda ausencia de inquietud. Y la serena alegría era el rastro que dejaba esa calma interior.
De diversas formas y en distintos momentos le pregunté acerca de este particular estado que yo veía en él. «No tengo muchos deseos, tal vez eso es lo que percibís», decía como esquivando el bulto. Indagando fui descubriendo que no quería nada que no tuviera ya. Así de simple como suena, no había más secretos. De ahí que le fuera tan sencillo estar realmente sumergido en lo que hacía. «Nunca descansamos -afirmaba-, porque siempre estamos trajinados viajando hacia el momento siguiente en pos de algo que ni sabemos». Como si fuera un afán por el afán mismo.
En realidad desesperamos por la paz. Esa paz de estar donde y del modo en que se quiere estar. Pero como creemos que es algo exterior lo que me dará la paz, vivo más o menos crispado para poder «agarrar» eso que ilusoriamente me daría lo que me falta. El lector asiduo tal vez dirá «otra vez repitiendo la misma cosa este que escribe en el blog». Y tendrá razón.
Es que cuando me puse a pensar en escribir algo sobre Pentecostés, inevitablemente me aparece la simpleza aquella que recuerdo de él, siempre de vacaciones en el corazón, con una confianza tan grande en Dios que parecía ingenuidad. Mientras más tiempo pasa, más me doy cuenta de que los ingenuos somos nosotros, creyendo que los afanes y las prisas nos darán aquello que confusamente buscamos.
¡Ayúdanos Señor a encontrar tu Espíritu en este nítido ahora eterno que con generosidad nos regalas!
La imagen del post es «Otoño dorado» (1895) de Isaac Levitan
Invitaciones
Queridos amigos de la Fraternidad, este sábado 23 de mayo, a las 11 hs. de Argentina, 16 hs. de España se realiza el encuentro con el Evangelio, haciendo clic aquí tienen toda la información. Si es la primera vez que entran, lleguen varios minutos antes para poder recibirlos en el ámbito.
El día domingo podemos asistir a la misa de Pentecostés, oficiada desde la ciudad de Valencia, por el padre José Antonio Heredia. Esta se realiza en el enlace habitual de los oficios breves a las 14 hs. de Argentina, 19 hs. de España; y también es importante que llegues con tiempo de antelación si es la primera vez que te unes a nuestras celebraciones.

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