La paz del corazón
“Quien lee de un modo superficial palabras maravillosas, hace que también su corazón se vuelva superficial y lo priva de aquel santo poder que concede al corazón el dulce gusto por aquellas enseñanzas que pueden provocar en el alma el sentido de la maravilla”.
Isaac de Nínive (Col I, 1)
Cuando se me invita a escribir, sinceramente tengo la sensación de que “todo está ya dicho” y que lo mejor sería permanecer en silencio, en ese Silencio hondo de la Presencia. Pero, la vida es paradójica y la realidad antinómica, y entonces desde ese Silencio profundo, desde la belleza de la naturaleza que contemplo, desde la lectura de la Palabra, desde la Paz del corazón, hay algo en mí que comienza como a inquietarse, a agitarse como movido por una suave brisa que va tomando cada vez más fuerza.
Esa brisa suave se va convirtiendo en un viento más impetuoso, que me invita, que casi me arrastra y me lleva a compartir… Pero, curiosamente, cuando venciendo mis resistencias interiores me dispongo a dejarme llevar por ese aliento interior surge algo desde el exterior, por ejemplo, una llamada de teléfono, una avería, algún pequeño contratiempo, que viene a obstaculizar el proceso… Así, volver una y otra vez sobre las palabras empieza a convertirse en una especie de combate interior… Entonces me detengo, aquieto mi ser e invoco la presencia del Espíritu y con suavidad le pido: “Si Tú lo quieres, hazlo Tú”. Sé que desde mi debilidad no puedo, pero también sé que con Él lo puedo todo.
Desde esta disposición interior os comparto hoy la posibilidad de alcanzar o mejor de ser alcanzado por el sentido de la maravilla, como dice Isaac de Nínive, desde un acercamiento renovado a las Sagradas Escrituras. “Aquellos que en su actividad son guiados hacia la iluminación de la gracia hacen constantemente la experiencia semejante a un perceptible rayo de luz que circula entre las palabras. Se trata de un rayo que distingue en el pensamiento las palabras superficiales de aquello que se había dicho con pensamiento sublime, para que el alma se dilate”. (Col I, 1)
¿Cómo acercarnos verdaderamente a la Palabra? Nuestra escucha, o nuestra lectura, es muchas veces demasiado rápida. Creemos conocer ya la Palabra, pues la hemos oído o leído muchas veces, y entonces el riesgo es dejarnos fluir en ella como por las aguas de un rio: todo pasa y no queda nada, solo el sonido del discurrir. Todo se diluye, también nuestro corazón. Vayamos más despacio. En muchas ocasiones se habla de “profundizar” en la Palabra de Dios, y ciertamente es muy necesario.
Pero para que ese ahondar no sea un frío análisis racional, o un “rumiar” puramente mental, quizá previamente debamos aprender a acariciar la Palabra y a dejarnos acariciar por la Palabra. Con esto evidentemente no quiero decir que nos quedemos en la superficie de la Palabra, sino todo lo contrario. Al igual que en una relación amorosa, la caricia hecha desde el corazón, despierta nuestros sentidos y nos mueve a amar; con la Palabra, como con la Vida, también se trata de entrar en intimidad amorosa. Acariciar la Palabra es un acercarse amorosamente a ella: amar y dejarse amar, y desde ahí hacer sin miedo esa inmersión profunda en el Espíritu de la Palabra y en nuestro propio corazón, en el Espíritu, que nos lleva a una vida nueva, una vida enamorada.
Como dice Pedro: “Vosotros habéis vuelto a nacer no de una semilla mortal, sino de una inmortal: a través de la Palabra Viva y Eterna de Dios” (1Pe 1,23) El Silencio es esencial en la vida espiritual, pero la Palabra es la otra cara de ese Silencio primordial. En este sentido, entendemos que las palabras de la Sagrada Escritura son portadoras del Espíritu, son palabras inspiradas y por ello mismo inspiradoras. Son Palabras hechas para el corazón, y nuestro corazón, el centro esencial nuestro ser, justamente está hecho para poder acoger libremente la Palabra, la Vida, la Luz y el Amor que contienen.
Cuando estamos en sintonía con nuestro propio corazón, es decir cuando estamos despiertos al espíritu que somos, y nos acercamos con respeto, con dulce amor a la Palabra, entonces algo acontece entre nuestro espíritu y el Espíritu de la Palabra: un reconocimiento profundo, una plenitud de sentido más allá de la mera compresión intelectual, una relación armoniosa, luminosa y amorosa. Esto, ciertamente, no acontece siempre, pero basta con que haya ocurrido una sola vez para que el camino quede abierto.
En este sentido, nos invita Isaac de Nínive: “Discierne el sentido de la Palabra en todos los relatos que encuentres en las Escrituras, haciendo que tu alma profundice en ellos, para que more en los conocimientos sublimes que están contenidos en la obra de los hombres iluminados”. (Col I, 1) Pero esto no es más que el comienzo de todo un proceso, en el que poco a poco vamos abandonando la superficialidad en la que podía transcurrir nuestra vida, para dirigirnos hacia una profunda interioridad en la que hay mucho por descubrir.
El corazón se pone en movimiento, hay un espacio interior en el que se está desarrollando una vida nueva, una vida del Espíritu: la asombrosa aventura de nuestra vida. En ella seguiremos profundizando y compartiendo, si Dios quiere. Nos despedimos por hoy con un último consejo de Isaac de Nínive:
“Sé fiel a la lectura, hecha en la quietud,
para ser conducido al asombro en todo tiempo”
(Col I,4)
[…] Este post es copia del original publicado en 2024 […]
Muchas felicidades y bendiciones por el 5 aniversario de este bello espacio espiritual, gracias por tanta inspiración
Muchas gracias por la información. Sería maravilloso que en los horarios pudieran incluir a Chile. Saludos, María Eliana González Serrano
Bendita la santa que nos ha hecho pasar estos ratos tan buenos dejando por un ratito nuestra alma en sus…
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