La paz del corazón

«El que guarda su lengua de hablar demasiado, guarda su corazón
de la tormenta de los pensamientos.
Ama el silencio por encima de todas las cosas,
porque te acerca al fruto que la lengua es incapaz de describir.»
San Isaac de Nínive
San Isaac de Nínive nos indica con estas sencillas palabras dos hechos fundamentales en los que merece la pena detenernos:
Por una parte, determina una especie de ley espiritual y psicológica: El ruido de la lengua alimenta el oleaje de la mente. Por ello la necesidad del silencio: si quieres guardar tu corazón de la tormenta de los pensamientos, comienza por guardar tu lengua de hablar demasiado.
Por otra parte, nos revela algo esencial: el silencio es el único vehículo capaz de transportarnos a lo inefable.
Su espiritualidad nos invita a apagar el ruido exterior para descubrir, a través de la compasión y la quietud, el amor sanador de Dios dentro del propio corazón. En el camino de la contemplación esto es esencial, como también lo es en una vida que busca estar en armonía con la Sagrada Presencia. Y como sabemos, contemplación y vida van de la mano.
La cuestión es que es casi un hábito generalizado, del que ya casi ni nos damos cuenta, el hecho de que nos pasamos el día consumiendo «ruido», escuchando, opinando, incluso discutiendo. Cuando hablamos en exceso, opinamos sin filtro o consumimos ruido, la mente se dispersa y pierde su centro. Existe un puente directo entre la palabra externa y el caos interno. Así lo han visto también otros Padres del desierto.
Para que el agua turbia de nuestra mente se asiente y se vuelva transparente, necesitamos silencio. Esta imagen del lago la utilizaba Evagrio Póntico para explicar que si la lengua no para de agitar el agua con palabras inútiles, el lodo del fondo sube y la visión espiritual se enturbia. De modo que el silenciamiento y la quietud que conlleva son requisitos básicos para la vida contemplativa.
De otro modo, pero en esta misma línea también confluye el pensamiento de Pascal, filósofo francés del siglo XVII, que tiene muy claro que el hablar constante y la búsqueda de distracciones, no son sino mecanismos de huida que el ego inventa para no enfrentarse al vacío y al ruido de su propio interior. De ahí deriva su famosa sentencia: «Todas las desgracias del hombre se derivan de una sola cosa: de no saber quedarse tranquilo en su habitación».
Pero esta advertencia sobre el peligro del mucho hablar y sobre la necesidad de la quietud no es un invento de Isaac de Nínive, ni de otros Padres del desierto, ni de los filósofos. Es algo que ya encontramos en los Evangelios en las enseñanzas de Jesús. Leemos, por ejemplo, en Mateo 6, 7-8:
«Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería serán escuchados. No os asemejéis, pues, a ellos, porque vuestro Padre sabe bien las cosas de que tenéis necesidad antes de que se las pidáis».
Con estas palabras se nos advierte claramente contra la palabrería vana, contra un modo de oración y por tanto de relación que cree que va a controlar la realidad multiplicando las palabras.
El mucho hablar es más bien síntoma de un alma desconfiada que intenta imponer al otro las propias ideas y soluciones. Jesús, en cambio, nos enseña que Dios no necesita ser informado porque ya lo sabe todo. Y por eso, la humilde calla. Y en su callar descansa en el Padre, con la confianza en que el Padre ya sabe, lo sabe todo. De este modo transforma su oración en un acto de presencia pura.
El Evangelio no solo confirma la intuición de San Isaac, sino que le da su fundamento teológico más hondo. Pero Isaac profundiza también en las implicaciones psicológicas que subyacen en el Evangelio: el silencio actúa como una fortaleza que protege el alma de las corrientes del mundo.
En este sentido encontramos la disposición de otros muchos místicos como por ejemplo San Juan de la Cruz, para quien multiplicar las palabras y los discursos racionales bloquea la unión con lo Divino. Y por eso afirma con profunda convicción esta sentencia con la que muchas veces comienzan los carmelitas su oración contemplativa: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma»
Y cuando escuchamos con el corazón la voz del Hijo, nos viene el eco de sus palabras, por ejemplo, este también muy repetido:
«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas;
y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola.
María ha elegido la parte buena,
que no le será quitada» (Lucas 10, 41-42)
Marta está agitada, estresada y su lengua se queja. Es el arquetipo de la «tormenta de los pensamientos» (logismoi) de la que habla Isaac. María, en cambio, en absoluto silencio físico y mental, custodiando la paz del corazón, permanece sentada a los pies del Maestro. Su silencio no es pasividad perezosa; es la actividad más alta del espíritu, la elección de sintonizar con la única Fuente real.
Jesús, en este contraste entre el despliegue de actividad y quietud, valida la postura de María como la «única necesidad». Cuando Jesús le dice a Marta que deje de agitarse por tantas cosas, nos está dando una enseñanza para todos. Nos está diciendo: detén el ruido exterior de tu lengua y de tus quejas para que puedas elegir «la parte buena»: ese silencio donde el Reino de Dios se vuelve transparente. Más que criticar a Marta, le está indicando, nos está indicando, el camino, porque quien no aprende el idioma del silencio se vuelve incapaz de escuchar la gracia.
Y esto nos conecta con la segunda parte de la cita de San Isaac:
«Ama el silencio por encima de todas las cosas, porque te acerca
al fruto que la lengua es incapaz de describir.»
El silencio nos introduce en el misterio: el silencio nos acerca a un «fruto» que trasciende el lenguaje. Al fruto inefable que la lengua no puede describir. Porque lo Divino, el Amor Puro y el Ser Real nunca se pueden definir y delimitar en nuestros registros conceptuales, solo se pueden intuir y experimentar desde la inteligencia amorosa del corazón.
Y esto lo reconoce incluso la filosofía analítica contemporánea, según la cual, las cosas más importantes de la existencia, como lo trascendente, y la misma estética, el sentido de la Belleza y la Bondad, están más allá de los límites del lenguaje lógico. En este sentido podemos recordar la célebre frase con la que termina el Tractatus de Wittgenstein: «De lo que no se puede hablar, es mejor callar». Y así es porque intentar atrapar el misterio en palabras es empequeñecerlo.
El lenguaje es solo, como dice una conocida fábula, «el dedo que señala a la luna, pero el dedo no es la luna». Quien se queda atrapado discutiendo sobre el dedo (es decir, las palabras), jamás contemplará la luz de la luna (es decir, el fruto luminoso del misterio). Por eso, sentimos la necesidad de apagar las palabras humanas para poder saborear la Presencia Divina, que es demasiado grande para caber en una definición. Callamos la boca para escuchar con el corazón.
En este sentido, amar el silencio «por encima de todas las cosas», como nos recomienda Isaac, no es un repliegue esquivo en nosotros mismos, no es un vacío estéril. Amar el silencio es el mayor acto de resistencia frente al ruido y las distintas presiones del mundo, que adormecen la conciencia. Dios habla el idioma del silencio. Por eso el silencio contemplativo es una decisión de soberanía interior, desde una confianza que nos abre a la Sagrada Presencia.
Pero, además en este humano-divino peregrinar, y esto puede resultar paradójico, nos abrimos al Misterio del Verbo creador, del que también su amor nos ha dado participación, y por ello redescubrimos la palabra humana como un algo mucho más hondo que un mero instrumento de comunicación. En definitiva, en este nivel hondo, ni el silencio anula la palabra, ni la palabra anula el silencio, cuando nos encontramos en esa órbita de la divinidad, transida de eternidad. Ambos se alían y se nos ofrecen para llevarnos más allá de nosotros mismos, si nos dejamos llevar.
Dios quiera que así sea en nuestra humanidad-fraternidad.
La foto pertenece a Rosa Sánchez
Hola! Es un texto escrito por nosotros en el blog. Cada dos o tres años solemos recopilar posts propios y…
Muy bueno, gracias por publicarlo. ¿Pertenece a algún libro u otro tipo de publicación que sea posible adquirir o descargar?
Este camino de la quietud consciente es la búsqueda de la paz interior. Ánimo
PEPA - MAYOR Estamos celebrando hoy, o deberíamos celebrarlo, "El Santísimo Nombre de María" , una memoria dedicada a la…
Gracias! Muchas palabras de este texto han resonado en mi corazón. Dios os siga bendiciendo