La paz del corazón
En la cultura y en el momento histórico en el que nos encontramos puede resultar extraño hablar de humildad, cuando lo prioritario parece ser una especie de exaltación de la autoafirmación, la no dependencia y la autonomía.
La humildad no tiene hoy buena fama, y quizá es también porque además de no practicarla, se la desconoce realmente.
Muchos la confunden con un complejo de inferioridad, o con la inseguridad o la falta de carácter. En definitiva, hoy hablar de humildad como algo positivo, en la mayoría de los ambientes, no es algo aceptable, en tanto que esta condición es asociada con la debilidad, la baja autoestima, el menosprecio de sí mismo y otros aspectos similares.
Es muy fácil mimetizarse con el ambiente y caer en los mismos prejuicios, olvidando el sentido profundo de la humildad, olvidando incluso las mismas palabras de Jesús, que es «manso y humilde de corazón» y que nos invita a ser como Él (una nueva forma de ser, un cristificarnos).
En este sentido y anhelando recuperar una valoración y vivencia positiva de la humildad, nos encontramos con la enseñanza de un gran maestro espiritual, Isaac de Nínive, que ya en el siglo VII ahonda con gran profundidad en lo que supone el don de la humildad. En muchos de sus discursos encontramos referencias al respecto1. Ahora tomamos prestadas algunas de sus palabras, por ejemplo:
«La humildad es una fuerza misteriosa que, cuando el hombre la recibe, reviste su alma con el mismo traje que usó el Creador al descender a la tierra.
Quien se cubre con ella, camina protegido, porque el mismo Dios habita en su mansedumbre y los demonios huyen
al ver la ropa de su Señor.»
Estas palabras de Isaac no pueden menos de sorprendernos. Isaac nos sitúa inmediatamente a otro nivel, más allá de lo meramente psicológico. Hablar de humildad significa, nada más y nada menos, hablar de Dios. Así lo entiende Isaac al decirnos que la humildad es el vestido de la divinidad.
«La humildad de Dios es “nuestro cuerpo”, del que él se ha revestido cuando ha descendido entre nosotros, aquel cuerpo en el cual “ha escondido el resplandor de su grandeza” … El inicio de la humildad consiste en revestir la propia humanidad a imagen de Cristo, aceptar esta humanidad y adherirse a ella de manera plena»2
Ya en estas palabras vislumbramos la hondura de la humildad: más que una cuestión psicológica o moral, es una cuestión de orden ontológico, es decir que corresponde al nivel mismo del ser, del ser que somos. Por tanto, algo que atañe a cualquier ser humano. Así, para nosotros, el abrirnos al don de la humildad comienza pues por reconocer el orden real de las cosas: Dios es el Creador, nosotros somos las criaturas en relación de dependencia con Él. No somos la fuente, simplemente el cauce.
Cuando reconocemos esta realidad básica, y nos ponemos en armonía con ella, estamos en nuestro verdadero ser, y esto tiene un gran poder sobre nosotros mismos y nuestra manera de vivir y relacionarnos.
En primer lugar, nos produce un descanso mental absoluto, porque dejamos de cargar con el peso de tener que ser un dios para nosotros mismos, o para los demás. Y en este sentido, es una liberación de la distorsión antinatural que produce el orgullo, y que todos podemos experimentar cuando, desde nuestra inconsciencia, vivimos como si fuéramos el centro del universo, el juez de los demás, y el dueño de nuestros logros o de nuestras vidas. Además, desde el orgullo y la arrogancia, en lugar de evitar el sufrimiento, fácilmente podemos ser heridos, pues cualquier crítica alcanza a un ego inflado.
En cambio, desde la humildad no nos sentimos inferiores o superiores a nadie; simplemente dejamos de compararnos con los demás porque nuestros ojos están orientados hacia otro lugar, están dirigidos hacia el Misterio de la Divinidad y de la Vida. Desde esta base, son muchos los maestros espirituales que reconocen, aunque lo expongan con distintos términos, que la humildad nace del conocimiento de Dios y del conocimiento de nosotros mismos.
Desde ahí, desde ese conocimiento, tiene mucho sentido otra dimensión de la reflexión de Isaac cuando nos anuncia que la humildad entendida como «el traje de la divinidad» se convierte para nosotros en «escudo protector». Así es, pues, el humilde, al vestir el ropaje de Dios, se vuelve «invisible» a los ataques del mundo y del enemigo. El humilde, al verse inundado por la Presencia Divina, queda tan asombrado por la grandeza de Dios que se olvida de sí mismo. Ya no compite, ya no se defiende. Su paz es imperturbable porque está anclada fuera de las valoraciones humanas, con la mirada puesta solo en Dios. No hay nada que herir en alguien que ya no defiende su propia importancia y que comienza a vivir en una santa indiferencia. Es como si la verdadera humildad tuviera el poder de conceder a la persona una soberanía interior, que no es medible desde los parámetros del mundo.
En la oración del corazón, en la oración contemplativa, cuando nos revestimos del Nombre de Jesús estamos «usando» el «traje del Creador». Ese «cubrirnos con su manto» no es algo relativo a la exterioridad de nuestro ser, sino algo muy íntimo, en relación con la identificación de nuestra verdadera esencia que nos va acercando a la cristificación, a la unión más plena con el Cristo interior.
En la oración, entramos en relación, volvemos a casa, a nuestro centro, a nuestro más profundo centro donde Dios nos habita. Y, al volver a casa como el hijo pródigo, podemos recibir de las manos del Padre bondadoso, que se alegra de nuestro regreso, el manto de la humildad. Por eso mismo, ante la presencia protectora de la invocación del Santo Nombre repetida con mansedumbre, y acogida con humildad, hasta los demonios (las distracciones dañinas, los pensamientos de vanidad, los reproches del ego) huyen.
«Pero, todo esto es posible únicamente porque es el Espíritu quien lo concede; más aún, la humildad es el mismo Espíritu Paráclito, dice Isaac. El hombre solo tiene que seguir a su Señor, “asimilarse a él”, aprender de él, porque él es el manso y humilde de corazón»3
También San Juan de la Cruz, en la Declaración de la Primera Canción del Cántico espiritual, explica que el mayor obstáculo para encontrar a Dios es buscarse a sí mismo. Por eso el alma herida de amor es purificada de su inconsciente orgullo espiritual mediante el dolor de la ausencia, y poco a poco va descubriendo que el único camino para que el Amado se manifieste es el vacío de sí misma, es decir, la perfecta humildad, que supone: conocimiento, aceptación y olvido de sí. Entonces es cuando dejan de afectarle los vaivenes espirituales, porque es Dios quien empieza a actuar en ella. Ahí comienza a manifestarse el poder de la humildad.
Jesús es nuestro verdadero maestro de humildad. Ojalá nos dejemos enseñar por Él en este proceso de nuestro caminar vital y espiritual. Pues el camino místico, para que Dios sea el centro, conlleva un inevitable descentramiento del «falso yo», para poder «andar en verdad», que no es sino otro modo de nombrar lo que es la humildad. Y esto nada tiene que ver con la baja autoestima o la humillación, es más bien cuestión de aceptación de la realidad, de dejarse amar y aprender a amar.
Y si Dios quiere seguiremos tratando sobre la humildad con la esperanza de que, conociéndola más, la amemos más y algún día se nos conceda su don.
Pilar de Mambré
1 Por ejemplo, el discurso 82 de la Primera Colección está centrado en este tema.
2 Isaac de Nínive, El don de la humildad, ed. Sígueme. Pg. 129
3 Idem.
Vivo en Costa Rica, me uno a la oración incesante 5.30 am hora CR, no sé si hago bien la…
[…] Este post es copia del original publicado en 2024 […]
Muchas felicidades y bendiciones por el 5 aniversario de este bello espacio espiritual, gracias por tanta inspiración
Muchas gracias por la información. Sería maravilloso que en los horarios pudieran incluir a Chile. Saludos, María Eliana González Serrano
Bendita la santa que nos ha hecho pasar estos ratos tan buenos dejando por un ratito nuestra alma en sus…