Esfuérzate por entrar en la cámara secreta

Farol de vidrio encendido sobre una mesa de mosaico, de noche.

«Esfuérzate por entrar en la cámara secreta de tu propio interior y allí descubrirás la cámara del cielo. Porque ambas son una misma cosa, y entrando en la una, contemplas las dos.»

Isaac de Nínive

Dios no es un ser lejano, al que hay que alcanzar mediante méritos o fórmulas exteriores. El «Cielo» y el «fondo de nuestra alma» comparten las mismas coordenadas espirituales. Son la misma cosa. No necesitamos acumular conocimientos abstractos, ni seguir eternamente buscando en distintas tradiciones.

Jesús en el Evangelio nos dice lo mismo: «el Reino de Dios está dentro de vosotros». Lucas 17, 21

“El Reino” es una manera de denominar esa Realidad interior y Presente. “Entrar en la cámara secreta de tu propio interior” es encontrarte inmerso en el territorio, en el espacio donde Dios reina (aunque no es un territorio ni un espacio, de algún modo hay que simbólicamente denominarlo).

En este sentido para enseñarnos a comunicarnos con nuestro Dios, con nuestro Padre y Creador, todos hemos escuchado, quizá muchas veces, la enseñanza de Jesús: «Tú, cuando ores, entra en tu cámara, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará».

Jesús no está hablando evidentemente de una habitación física; está hablando de una disposición del espíritu. «Cerrar la puerta» es en primer lugar apartarse de las miradas ajenas, es detener el hablar superficial del ego, y distanciarse de la autorreferencialidad. En lo secreto, nos liberamos de las máscaras y recuperamos nuestra verdadera identidad ante el único que no juzga por las apariencias. Pero ¿cómo es esa cámara secreta? ¿Cómo es esa celda interior? Al denominarla así, pues de algún modo hay que nombrarla, podríamos imaginar un lugar angosto, interior pero estrecho… Nada más lejos de la realidad, porque traspasado el umbral, traspasada la puerta estrecha, se abre un abismo sin fondo, el misterio del Dios que nos habita. Al entrar en la cámara secreta, no nos sumergimos en la nada, sino en una relación de amor donde nuestro ser se encuentra inmerso en el Ser, donde nuestra libertad se encuentra con la libertad divina, con la presencia del Dios trinidad, del Dios relación.

San Isaac y el Evangelio vienen a enseñarnos lo mismo: Párate. Deja de correr. Detén esa loca carrera detrás de las cosas de fuera, renuncia a seguir buscando. Todo lo que buscas ya lo llevas puesto, ya está en ti. Simplemente ábrete a su Presencia.

Al tiempo, todos sabemos que este entrar en la cámara secreta es fruto de la gracia, es un don. Pero entonces, ¿por qué Isaac dice “Esfuérzate por entrar en la cámara secreta”?

¿Cómo entender este “esfuerzo”? No se trata de un forzamiento contrario a nuestra naturaleza, sino de un reconocer la necesidad de volver a nuestro verdadero ser. No se trata meramente de un esfuerzo intelectual, ni tampoco del esfuerzo de logros en grandes retos exteriores. Es quizá, más bien, el esfuerzo de la sobriedad y la quietud, como nos enseñan los padres népticos. Es el valor de quedarte en silencio, de cerrar la puerta al ruido del mundo, a las opiniones ajenas y a la tormenta de los propios pensamientos.

Pero creo que hay mucho más, creo que es sobre todo el esfuerzo de amar. “Esfuérzate en amar”, puede parecer una contradicción en los términos, pues entendemos el amor como un acto de libertad no como un forzamiento interior. Creo que todos podemos tener experiencia de cómo en las circunstancias adversas, o con ciertas personas que nos hacen daño, lo que instintivamente nos puede brotar, más que el amar es el rechazar, por no decir, el llegar incluso a odiar cuando las situaciones son extremas. Pero con esos sentimientos negativos en el corazón, es imposible entrar a nuestra cámara secreta, es imposible acercarse al que es todo Amor. Cuando nuestro corazón está enturbiado por el rencor y la falta de amor, nos quedamos atrapados en los muros de nuestro ego herido, incapaces también de acoger el perdón y el amor. Porque el doble mandamiento del amor que nos recuerda el Señor (Mt, 22-40) nos muestra las exigencias fundamentales de la voluntad de Dios. Una llama de espada vibrante sigue custodiando la entrada del Paraíso.

Sólo cuando desde la humildad, sueltas tu orgullo dolido por las vicisitudes de la vida, por las relaciones dolorosas, a veces con los más cercanos; sólo cuando perdonas y limpias tu corazón de las sombras del rencor, cuando con sinceridad pones también la debilidad del otro en las manos de Dios; sólo entonces se abre de nuevo la puerta de la Sagrada Estancia interior. Y la clave para todo esto está en el encuentro de un Amor más grande y poderoso, que es lo único que realmente nos capacita para salir de nuestro propio ego y sus interesados intereses.

Entonces, el esfuerzo deja de ser esfuerzo. Quizá nos queda un curioso “esforzarse por dejar de esforzarse”, para simplemente amar, y descender o ascender, según se mire, a la propia y desnuda verdad en lo secreto, a esa amplitud de Soledad Sonora, de Fuente de Vida, de Verdadero Amor.

Porque la cámara secreta no es un lugar de aislamiento egoísta; es el único lugar donde con fe y confianza nos vaciamos de nosotros mismos para poder ser llenados por Dios. Es el lugar donde solo podemos entrar si nuestro corazón está dispuesto a amar, a escuchar y a ser amado y escuchado en total privacidad.

Escribía Máximo el Confesor: “Los mandamientos del Salvador no tienen más que un objetivo: Liberar la mente del desorden y del odio, llevarla al amor de Dios y del prójimo, de donde nace el esplendor del conocimiento santo de sus obras”1.

Creo que todos podemos comprobar cómo cuando nos atrevemos a vivir el mandamiento del Amor, tal como Cristo nos lo enseña (incluyendo el amor a los “enemigos”), recuperamos nuestra libertad interior y aprendemos a vivir con humildad. Y sólo desde ahí tiene sentido nuestra oración contemplativa, solo desde ahí podemos ir vislumbrando, contemplando, la Realidad de la Presencia de Dios en el fondo de nuestras vidas y de toda vida.

Y en este sentido nos dirigiría San Máximo también a nosotros estas sentencias:

“Si has sido agraciado por Dios con un conocimiento parcial, no descuides el amor y la sobriedad. Pues purificando la zona apasionada del alma, el amor y la sobriedad te preparan siempre el camino del conocimiento.”

“El camino del conocimiento es la impasibilidad y la humildad. Sin ellas, nadie verá a Dios”2

Imposible pues entrar en la cámara secreta y ser contemplativos sin Amor, y sin sus frutos de humildad e impasibilidad.

“Entrar en la cámara secreta” entonces, no es solo silenciar el ruido del mundo, las ideologías y el deseo de aprobación humana, ni tampoco solamente desconectarse de los sentidos y de las preocupaciones del ego, y ni siquiera metódicamente recoger la mente y hacer que descienda al corazón. Entrar en lo secreto es todo eso, pero es mucho más, es entrar en el mismo Amor del Hijo, del Padre y del Espíritu.

Que el Señor nos lleve de su mano en este caminar y que nosotros nos dejemos llevar.

Pilar de Mambré


1 Cuarta Centuria de los capítulos sobre el amor. N.56.
2 Cuarta Centuria de los capítulos sobre el amor. N.57 y 58.