La paz del corazón
El terreno era agreste, llegar ya era difícil por su lejanía de la ciudad y la caminata sobre piedras desiguales no hacía cómoda la caminata. Esto me obligaba a llevar pocas cosas y me angustiaba un poco. ¿Y si me aburría? ¿Y si necesitaba esto o aquello? Yo ya lo sentía mi maestro espiritual pero estábamos en una etapa donde no me confiaba enteramente, no era todavía para mí ese remanso de tranquilidad luminosa que tanto amé después.
A veces me molestaban mucho sus afirmaciones y me sentía raro y cuando ese ánimo me agarraba, por momentos temía estar junto a un loco. En todo caso, su pacífica y lúcida dicha se me contagiaba al poco rato. Si me resistía interiormente a la escucha la pasaba mal, en cambio cuando confiaba el mundo se transformaba. El mundo mental y el otro el de afuera. Las cosas cambiaban de color y había nitidez, la vida se hacía vivible y agradable.
Tuvo varias casitas o ermitas diferentes a lo largo de los años. En ocasiones le ordenaban volver al monasterio, de vez en cuando era la naturaleza la que lo obligaba a trasladarse un poco, y una que otra vez la salud y yo mismo lo intimábamos a ser razonable y a mejor situarse. En realidad “el razonable” era él y mi sentido común la verdadera demencia. Pero comprenderlo llevó tiempo y muchas caídas en cuenta.
Esta ermita que recuerdo y en donde conversamos de estas cosas me gustaba mucho. Era casi toda de piedra completada con algunos troncos muy gruesos. El techo era de chapas pero recubierto afuera de muchas hojas y ramas de pino y maderas varias y vaya a saber que más, esto la hacía más térmica y evitaba que cuando llovía las chapas hicieran ruido. La chimenea construida por él mismo, de pequeñas piedras cementadas, era el rincón necesario y ahí cerca nomás, en ángulo, los iconos.
¡Tenía tan pocas cosas! La cama era de estilo turco sin respaldos y bajita, el colchón durísimo y no usaba sábanas, las colchas lisas sobre el cuerpo siempre. Unos pocos libros, tan escasos como los enseres de cocina. La Filocalía ¡Ah sí, la Filocalía! ¡Como la amaba! Me pregunto ahora si tal vez hubiera reaccionado en caso de que se la rompiera o tirara al fuego. Me lo imagino llorando quedo, pero más por el apego persistente que hubiera descubierto que por los libros en sí.
En fin, no mucho más, cuatro cajones con algo de ropa, el hábito “para la ciudad”, muchas velas y los materiales de pintura. Todo lo necesario para la iconografía, muy ordenadito, en otra esquina del cuarto y el icono que estuviera escribiendo cubierto de lienzo mientras no lo escribía. Me molestaba mucho que hubiera que sentarse en banquitos de madera sin almohadón. “Es que por esas pequeñas cosas empieza la autocomplacencia” me dijo.
Tenía razón. Después sería un sillón y luego un apoya pies y quizá más adelante un edredón, tal vez una almohada para reposar la cabeza, y sin querer ya tenías las pantuflas puestas. De allí a un enorme televisor comiendo pochoclos había un paso. Nos reíamos de estas cosas. Pero no crean que era un alguien escrupuloso, enfermo de rigor o fundamentalista. Para nada. Era amigable, respetuoso de la intención ajena y a su lado se respiraba libertad. Ahora, si le preguntabas, te explicaba el origen, el medio y el final de tal o cual costumbre que ejercitaba. Y siempre terminaba dándole la razón.
Una cosa lleva a la otra me decía, tanto para abajo como para arriba. La vida se debate entre la luz y la oscuridad y esa opción se abre en cada momento. Cada acto es un umbral que te lleva a un escenario diferente. Igual que en los libros de elige tu propia aventura. La dirección y la luminosidad en esa nueva situación depende de lo que haces en cada momento.
Debes tener en cuenta – me decía – que este hacer en cada instante es ante todo espiritual. Esto por supuesto se mostrará en la acción material, en tu comportamiento, pero la índole de tus movimientos serán espirituales. El tema me fascinaba y me ponía ansioso.
Lo que importa en lo que haces, es ante todo el para qué lo haces. Y esto es un atributo espiritual, se le ha llamado la intención. Resulta que cuando no tienes atención vigilante sobre ti mismo, las intenciones son automáticas y responden a la ley de la carne. ¿Qué es la ley de la carne? Eso que domina mis miembros y que deriva de la idolatría. La idolatría del yo. La religión que practicamos la mayoría de las personas: el egoísmo. Está el capitalismo, el socialismo, el budismo, el cristianismo, el judaísmo, el islamismo y el egoísmo. Esta última es la religión con más adeptos y enfatizaba la frase con gestos enérgicos y se reía fuerte.
Sin atención la intención es necesariamente mezquina. No hay vueltas. Incluso lo aparentemente altruista no es por otros sino por ti. Para sentirte bien con ello. El problema es que lo automático, nos lleva a un escenario cada vez más sufriente, donde acumulamos contradicciones. A cierta altura de la vida, tenemos un cansancio o fatiga moral de tal magnitud que nos lleva a una gran tristeza. Esta se queda en el fondo de todo lo que miramos y hacemos y se hace quiste en el alma.
Desde el punto de vista espiritual, no hay actos insignificantes; lo propio del espíritu no se mide con los criterios de la materia. Puede que tu levantes una hojita caída y la pongas en la basura, solo eso; pero si lo hiciste con impecabilidad y ante la presencia de lo sagrado… abrió una puerta, cruzaste un umbral, te habilita para el paso siguiente. Puede ser una influencia mayor y más benéfica que dar un discurso a una multitud. ¿Y dónde está la diferencia? En la atención global con la que lo hiciste, en la intención y en la actitud orante.
Me acuerdo perfectamente que me levanté y fui a servirme más café en la estufa. Evoco con nitidez que mientras caminaba esos cuatro pasos sentí agradecimiento profundo y alegría cristalina. En ese momento lo amé sin decírselo, con gratitud, y recuerdo que pensé, “él sabe lo que estoy sintiendo”.
Siempre ten en cuenta que lo que te digo son formas que uso para intentar explicar lo inexplicable, solía decirme en maneras diferentes. ¿Y por qué no es explicable? Porque las explicaciones son para y desde la mente y la realidad del espíritu no es mental, la abarca por entero como al mismo lenguaje. La mente desde la mirada espiritual es como una confluencia de ríos tumultuosos. Me decía que imaginara un pequeño lago adonde llegaran ríos rápidos y caudalosos, desde lo alto, desde lo bajo, con piedras, con ramas, con basura, con peces, con cualquier cosa. Es un lugar muy ventoso también y cae granizo y a veces sale el sol y por si fuera poco, ¡de vez en cuando cae un meteorito! Y se reía disfrutando de las palabras que escuchaba salir de su boca.
“La mente es nada” recuerdo haber anotado. Es solamente un punto de convergencia de impulsos, como esos paradores precarios al lado de largas rutas, la gente llega tan rápido como se va y desde todas partes. Los pensamientos. ¡Ah los pensamientos! Son impulsos traducidos desde las vísceras, pero también reflejo de los anhelos, de las búsquedas y vienen de fuera también. Como las corrientes marinas o los vientos repentinos y cambiantes. Incluso hay pensamientos que son dictados, susurrados, receptados… ¡Madre mía!
Los pensamientos son un punto de contacto con el mundo espiritual, en ti y fuera de ti. Lo que ocurre es como querer escuchar una sinfonía con un aparato de radio dañado y mal sintonizado; no hay manera de que llegues a percibir la belleza de la música, todo está allí distorsionado. ¿Quién susurra allí hermano? pregunté con inquietud, ya que la idea de entidades girando alrededor y hablándome al oído no contribuía a dejarme tranquilo precisamente. “Todo habla todo el tiempo, todo emite su efluvio espiritual; es el espíritu de las cosas, de las personas, de los ambientes, de la memoria que queda grabada en los lugares… pufff!” hacía con un gesto de hartura, como diciendo “ni te lo imaginas”. Pero no tengas miedo, aparece confuso mientras duermes la siesta de los sentidos espirituales. Cuando se despiertan todo se ve muy claro.
No es como las películas de terror me decía. Es mas bien como atravesar una multitud pacientemente, sabiendo nuestro destino, con precisión en la dirección y persistencia de propósito. “No hay nada que temer nunca, si llevas contigo el nombre de Dios”. ¿Cómo es eso?, pregunté medio alterado. El santo nombre de Jesús, repetido con fe, cariño y confianza es como una credencial Vip en el mundo de lo espiritual. Te abre paso por todos lados y nadie se interpone o si se cruza algún corajudo aparecen varios guardias para ayudarte, como si fueras muy importante. Nos reíamos y quedábamos en silencio. Un mate o un café reiniciaba el diálogo o abría un nuevo tema.
Pero dígame más le pedía… yo lo que quería era poder verificar que eso era real y no una linda fantasía. Es que el valor de las cosas no es lo que se ve de las cosas o lo que se supone que valen. Por ejemplo, me explicaba con paciencia y gusto; en este mundo de aparente materia, si andas con varios millones encima, se te abren todas las puertas. O si andas con varias ametralladoras en el cinto, todos se apartan y te dejan pasar. En la realidad espiritual, esa que es la que sostiene y manifiesta todo lo que vemos, la moneda más valiosa es la fe, que es salvaguarda y protección. Cuando ya ves ese mundo con tus propios sentidos espirituales, te haces ciudadano y aprendes a comportarte según las leyes de ese reino.
¿Y usted por eso se vino aquí, para pelear con los demonios como San Antonio abad? ¡No! Al contrario, acá se está muy tranquilo, hay menos tráfico. El tufo* estaba en el convento, en la ciudad. Antes habrá sido en el desierto. Ahora si quieres pelear con demonios quédate en las ciudades, son gobernadas por ellos. Pero claro, lo decía con tan buen humor y ánimo liviano que mi sensación era ambigua. Pero tengo claro ahora que todas mis dudas derivaban de una ceguera profunda, de un endurecimiento pertinaz del corazón.
No importa que repitas esas cosas, pués ojalá pudiera recordarlas a cada instante. GRACIAS
Claro que sí, escribe al equipo de Acogida a este correo: elsantonombreblog@gmail.com Cualquier persona puede participar. Te esperamos!
Hola. Me gustaría pertenecer a esta fraternidad. Gracias
Inmensamente agradecida de haberlos encontrado! Se unen las búsquedas dispersas de muchos años! 🙏🏼 Gracias Señor!
Puede que sea lo mismo, pero nunca es igual. Un abrazo grande suplicando el Don. Santo y feliz día.