La paz del corazón
Helen Novaes
Un día de silencio. Este es el día que más nos puede enseñar sobre el vacío.
La ausencia de la presencia luminosa de Jesús es un choque brutal para quienes lo seguían, magnetizados por esa presencia indescriptible.
Jesús concentró en sí mismo todo el potencial que una presencia física humana puede expresar en su plenitud.
Como Él era lleno, llenaba todo a su alrededor… cuando estabas con Él no quedaban espacios vacíos. Aunque no todas sus palabras, gestos y decisiones eran entendidas, había una plenitud indiscutible en su compañía. Su mirada, su sonrisa, el timbre de su voz y la calidez de su tacto decían lo indecible y aclaraban toda oscuridad.
La presencia de Jesús moviliza lo más profundo y verdadero de cada persona. La presencia de Jesús llegaba al núcleo existencial de cada criatura con la cual se encontraba y ésta inmediatamente se identificaba con Él y se sentía similar a Él, aunque les fuera completamente desconocido.
En Jesús la gente se veía reflejada. Cuando la gente miraba a Jesús, reconocían la verdad sobre su propia identidad. Su propia grandeza y valor. Aunque no se reconocían como verdaderos hijos de Dios, así se sintieron cuando la mirada penetrante de Jesús los traspasó y susurró silenciosamente en su interior la respuesta a la pregunta más fundamental de todo ser humano: reconocer quién eres…
En la presencia de Jesús aparecía toda nuestra dignidad, altura y potencial. No quedava ningún espacio vacío. No faltaba nada, no hacía falta nada más…
Pero hoy es el sábado del vacío. Él no lo está. Aunque ya sabemos por dónde volvera a brillar la esperanza y ésta ya anticipe un magnífico amanecer de reconciliación entre lo humano y lo divino. Aún así, hoy es el día para aprender de la ausencia y el vacío…
Y al final, el vacío se revelará como la única forma capaz de contener la plenitud. Misteriosamente, el vacío de la presencia de Jesús permite afrontar la realidad de nuestra humanidad.
El dolor de la impotencia. La soledad de las preguntas aún sin respuesta: ¿dónde estás Señor? ¿Porque a dónde vas yo aún no puedo ir? ¿Qué hago con tu falta? ¿Hacia dónde proceder? ¿Cuál es el significado de mi propia existencia? ¿Cómo afrontar esta percepción constante de injusticia? ¿Por qué tanto dolor en medio de nuestra existencia?
Y la respuesta es la no respuesta. Es el silencio que se entrega al descanso del no saber…
Es el abrazo de esta condición vulnerable de preguntas sin respuestas exactas…
Es la aceptación de lo más humano de nosotros: nuestras debilidades e impotencias. Es la comprensión de que es precisamente esto en nosotros lo que atrae tanto a Dios. Lo que Dios más ama de nosotros no son nuestras virtudes sino nuestros “imposibles”.
Es en estas cosas imposibles que nos entregamos a Él… en el vacío de nuestras manos es donde nos entregamos… Le entregamos lo que realmente somos. Y así, confiados, frágiles, abandonados de certezas, cediendo el control, como un niño que por fin descansa en el regazo amoroso de su madre, o como en esos momentos de descanso sereno y profundo después de un día de duro trabajo físico cuando el cansancio nos vence y el cuerpo se entrega al sueño sin recelo ni preocupación… no hay resistencia.
Es sábado de entregar las resistencias, sin ver nada concreto todavía. Es el sábado de no querer comprender, sólo aceptar el dolor, acogerlo, abrazarlo como parte fundamental y fundadora del proceso de encuentro con la verdad redentora.
Sin el silencio del sábado es imposible comprender la revelación de la Pascua que es precisamente un pasaje…
¿Qué es lo que necesitamos atravesar? ¿Superar? ¿Pasar por?
Sin la experiencia del vacío no hay experiencia de plenitud.
No importa que repitas esas cosas, pués ojalá pudiera recordarlas a cada instante. GRACIAS
Claro que sí, escribe al equipo de Acogida a este correo: elsantonombreblog@gmail.com Cualquier persona puede participar. Te esperamos!
Hola. Me gustaría pertenecer a esta fraternidad. Gracias
Inmensamente agradecida de haberlos encontrado! Se unen las búsquedas dispersas de muchos años! 🙏🏼 Gracias Señor!
Puede que sea lo mismo, pero nunca es igual. Un abrazo grande suplicando el Don. Santo y feliz día.