El abandono confiado

 

Lucas 6, 31
Cristo en el desierto

I. Verdades consoladoras.

Una de las verdades mejor establecidas y de las más consoladoras que se nos han revelado es que nada nos sucede en la tierra, excepto el pecado, que no sea porque Dios lo quiere; Él es quien envía las riquezas y la pobreza; si estáis enfermos, Dios es la causa de vuestro mal; si habéis recobrado la salud, es Dios quien os la ha devuelto; si vivís, es solamente a Él a quien debéis un bien tan grande; y cuando venga la muerte a concluir vuestra vida, será de su mano de quien recibiréis el golpe mortal.

Pero, cuando nos persiguen los malvados, ¿debemos atribuirlo a Dios? Sí, también le podéis acusar a Él del mal que sufrís. Pero no es la causa del pecado que comete vuestro enemigo al maltrataros, y sí es la causa del mal que os hace este enemigo mientras peca.

No es Dios quien ha inspirado a vuestro enemigo la perversa voluntad que tiene de haceros mal, pero es Él quien le ha dado el poder. No dudéis, si recibís alguna llaga, es Dios mismo quien os ha herido. Aunque todas las criaturas se aliaran contra vosotros, si el Creador no lo quiere, si Él no se une a ellas, si Él no les da la fuerza y los medios para ejecutar sus malos designios, nunca llegarán a hacer nada: No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo Alto, decía el Salvador del mundo a Pilatos. Lo mismo podemos decir a los demonios y a los hombres, incluso a las criaturas privadas de razón y de sentimiento. No, no me afligiríais, ni me incomodaríais como hacéis si Dios no lo hubiera ordenado así; es Él quien os envía, Él es quien os da el poder de tentarme y afligirme: No tendríais ningún poder sobre mí si no os fuera dado de lo Alto.

Si meditáramos seriamente, de vez en cuando, este artículo de nuestra fe, no se necesitaría más para ahogar todas nuestras murmuraciones en las pérdidas, en todas las desgracias que nos suceden. Es el Señor quien me había dado los bienes, es Él mismo quien me los ha quitado; no es ni esta partida, ni este juez, ni este ladrón quien me ha arruinado; no es tampoco esta mujer que me ha envenenado con sus medicamentos; si este hijo ha muerto… todo esto pertenecía a Dios y no ha querido dejármelo disfrutar más largo tiempo.

San Claudio de la Colombière

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El Abandono confiado a la

Divina Providencia

San Claudio de la Colombière

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Pintura de San Claudio Colombière

Claudio La Colombière, tercer hijo del notario Beltrán La Colombière y Margarita Coindat, nació el 2 de febrero de 1641 en St. Symphorien, Delfinado.

Trasladada la familia a Vienne, aquí recibió Claudio la primera educación escolar, que después completó en Lyón con el estudio de la Retórica y la Filosofía.

En este último período precisamente se sintió llamado a la vida religiosa en la Compañía de Jesús, si bien no conocemos los motivos que le llevaron a esta decisión. En cambio, sí nos ha dejado esta confesión en uno de sus escritos: «Sentía enorme aversión a la vida que abrazaba». Es fácil de comprender esta afirmación para quien se haya interesado por la vida de Claudio, cuya naturaleza, muy sensible a las relaciones familiares y de amistad, era también harto inclinada a la literatura y el arte, y a cuanto hay de más digno en la vida de sociedad. Pero no era hombre que se dejase guiar del sentimiento, por otra parte.

A los 17 años entró en el Noviciado de la Compañía de Jesús de Aviñón. En 1660 pasó del Noviciado al Colegio, en la misma ciudad, para concluir los estudios de Filosofía y pronunciar los primeros votos religiosos. Al terminar el curso fue nombrado profesor de Gramática y Literatura, función que desempeñó durante cinco años en dicho Colegio.

En 1666 se le envió a París, a estudiar Teología en el Colegio de Clermont; en la misma época se le confió una misión de gran responsabílidad. La notable aptitud demostrada por Claudio a los estudios humanísticos, unida a sus dotes de prudencia y finura, movieron a los Superiores a elegirlo preceptor de los hijos de Colbert, Ministro de Finanzas de Luis XIV.

Finalizados los estudios de Teología y ordenado Sacerdote, volvió de nuevo a Lyón en calidad de profesor durante un tiempo para dedicarse después enteramente a la predicación y a la dirección de la Congregación Mariana.

La predicación de La Colombière se distinguió siempre por su solidez y hondura; no se perdía en vaguedades sino que habilmente se dirigía al auditorio concreto y, con tan vigorosa inspiración evangélica, que infundía en todos serenidad y confianza en Dios. Las ediciones de sus sermones produjeron -y siguen produciendo hoy- abundantes frutos espirituales; porque, tenidos en cuenta el lugar y la duración de su ministerio, resultan menos envejecidos que los de otros oradores de mayor fama.

El año 1674 fue decisivo en la vida de Claudio. Hizo la Tercera Probación en la «Maison de Saint-Joseph» de Lyón y, en el mes de Ejercicios que es costumbre hacer, el Señor lo fue preparando a la misión que le tenía reservada. Los apuntes de este período nos permiten seguir paso a paso las luchas y triunfos de su espíritu, extraordinariamente sensible a los atractivos humanos, pero generoso con Dios.

El voto que hizo de observar todas las Constituciones y Reglas de la Compañía no tenía por objeto esencial la vinculación a una serie de observancias minuciosas, sino la realización del recio ideal de apóstol descrito por San Ignacio. Precisamente porque este ideal le pareció espléndido, Claudio lo asumió como programa de santidad. El subsiguiente sentimiento de liberación que experimentó junto con una mayor apertura de los horizontes apostólicos -testimoniados en su diario espiritual- prueban que ello había respondido a una invitación de Jesucristo mismo.

El 2 de febrero de 1675 hizo la Profesión solemne y fue nombrado Rector del Colegio de Paray-le-Monial. No faltó quien se sorprendiera de que un hombre tan eminente fuera destinado a una ciudad tan recóndita como Paray. La explicación se halla en el hecho de que los Superiores sabían que aquí, en el Monasterio de la Visitación, vivía en angustiosa incertidumbre una humilde religiosa, Margarita María Alacoque, a la que el Señor estaba revelando los tesoros de su Corazón; y esperaba que el mismo Señor cumpliese su promesa de enviarle un «siervo fiel y amigo perfecto suyo» que le ayudaría a cumplir la misión a que la tenía destinada: manifestar al mundo las insondables riquezas de su amor.

Una vez en su nuevo destino y mantenidos los primeros encuentros con Margarita María, ésta le abrió enteramente su espíritu y, por tanto, también las comunicaciones que ella creía recibir del Señor. El Padre dio su aprobación plena y le sugirió que pusiera por escrito lo que ocurría en su alma, a la vez que la orientaba y sostenía en el cumplimiento de la misión recibida. Cuando después, gracias a la luz divina que recibía en la oración y el discernimiento, estuvo seguro de que Cristo deseaba el culto de su Corazón, se entregó a él sin reservas, como atestiguan su dedicación y sus apuntes espirituales. En éstos aparece claro que, ya antes de las confidencias de Margarita María Alacoque y siguiendo las directrices de San Ignacio, Claudio había llegado a la contemplación del Corazón de Cristo como símbolo de su mismo amor.

Tras año y medio de permanencia en Paray, en 1676 el P. La Colombière salió hacia Londres, nombrado predicador de la Duquesa de York. Era una misión sumamente delicada, dados los sucesos que sacudían a Inglaterra en este momento; antes de finales de octubre del mismo año, el Padre ocupaba ya el apartamento a él reservado en el palacio de St. James. Ademas de predicar en la capilla y dedicarse a la dirección espiritual sin tregua, oral y escrita, Claudio pudo entregarse a la sólida instrucción religiosa de no pocas personas que habían abandonado la Iglesia Romana.

Y, si bien entre grandes peligros, gozó del consuelo de ver volver a muchos, hasta el punto de que al cabo de un año decía: «Podría escribir todo un libro sobre las misericordias de que he sido testigo desde que estoy aquí».

Esta intensidad de trabajo y el clima minaron su salud y comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de una afección pulmonar. Pero el P. Claudio prosiguió con su mismo plan de vida.
A finales de 1678 fue arrestado de repente, bajo la acusación calumniosa de conspiración papista.

A los dos días se le trasladó a la horrenda cárcel de King’s Bench y allí permaneció tres semanas sometido a graves privaciones, hasta que se le expulsó de Inglaterra por Decreto real.

Todos estos padecimientos fueron minando aún más su saludad que fue empeorando con altibajos a su vuelta a Francia. Habiéndose agravado notablemente, se le envió de nuevo a Paray. El 15 de febrero de 1682, primer Domingo de Cuaresma, al atardecer le sobrevino una fuerte hemotisis que puso fin a su vida El 16 de junio de 1929, el Papa Pío XI beatificó a Claudio La Colombière, cuyo carisma según Santa Margarita María Alacoque, consistió en elevar las almas a Dios siguiendo el camino de amor misericordia que Cristo nos revela en el Evangelio.

Extraído de Vatican

El abandono confiado

en la Divina Providencia

De la muerte del deseo

Pequeña ermita en cueva
Pequeña ermita

“No es libre quién luchando contra el deseo lo vence una y otra vez, sino quién ya no desea”.

Esta verdad profunda dicha por nuestro Padre en una de sus tantas charlas de dirección espiritual, es la respuesta a muchos  planteos que  el buscador de Dios se ha hecho a lo largo de la historia de la redención.

Examinando el tema del deseo en nuestra experiencia personal, nos damos cuenta que, luego de saciados, el ansia desaparece. La saciedad ha ido creciendo y la carencia se ha ido retirando; mientras la una crecía, la otra disminuía en correspondiente proporción. Ese que está satisfecho, ya no desea.

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo va aumentando nuevamente la carencia, quedando en la nada lo que fuera saciedad. Se reinicia nuevamente el devenir vicioso, en el cual corremos apresurados tras un objeto deseado, hasta que habiéndolo encontrado, fugazmente saciados, descansamos.

Pero el descanso es breve porque la saciedad no es profunda ni integral. Es una completitud aparente. Incluso a veces, apenas hartos en una determinada área, nos lanzamos ansiosos detrás de otros objetos, en otros ámbitos, para compensar otras ausencias.

Esta breve descripción del ir y venir incesante basta para reseñar los fundamentos básicos de la vida de la mayor parte de las personas. Nos encontraremos incluidos, si con verdad y con la humildad que la verdad trae, nos examinamos. Fijémonos sino en la lucha por la castidad, en la guerra contra los impulsos del vientre, en la necesidad de sentirnos importantes, en el ansia de riqueza; miremos simplemente nuestra propia historia.

Cuantas veces nos ha pasado, de festejar una victoria, de creernos ya poseedores de cierta virtud, solo para comprobar con pena y vergüenza que la caída se encontraba lista, apenas bajamos del podio en el cual festejábamos engreídos.

Queremos libertad para encontrar a Cristo en nuestros corazones y, a la vez, sabemos que no lo hallaremos sino somos en cierto modo libres. Si esclavos de los apetitos, no Lo reconocemos aunque toque a nuestra puerta. Si no toca a nuestra puerta no nos liberamos de la esclavitud de los sentidos. Y esta aparente paradoja que se manifiesta a través de la historia de la salvación, en el Cuerpo místico de Cristo, puede ser resuelta si apelamos con atención  a la enseñanza de los Padres del desierto, aquellos que en diversos grados de santidad nos marcan el camino.

¿Cómo hacemos para ya no desear? ¿Cómo podemos encontrar y quedarnos a vivir en la aldea de los impasibles? Porque el impasible es el que no puede ser conmovido por las pasiones. Pero ¿Cómo puede ser posible que alguien no sea movido de su sitial interior, de su centro de contemplación, de su núcleo de silencio? ¿Cómo puede hacerse posible que alguien no sea afectado  por los estímulos seductores del cuerpo o de la mente o de la corrupta sociedad?

Dice nuevamente nuestro padre: “No será alterado por las pasiones varias, quién permanezca poseído hasta el hueso por una pasión superior”.

Porque solo un gran amor, un total aniquilamiento en la pasión suprema, permite ignorar sin lucha constante cualquier otro brillo pasajero que intente encandilar.

Sólo un amor total, una pasión devoradora que sacie plenamente, permite permanecer fiel sin esfuerzos, sin guerra cruenta y lo que es mas importante, minimizando las posibilidades de caída.

Repito insistiendo…queremos no luchar contra el deseo sino ya no desear. ¿Pero cómo se hace para encontrar en nosotros semejante pasión por Dios? ¿Cómo nos enamoraremos de tal forma que arrebatados de continuo seamos fieles por gozo y gusto enaltecido?

Examinemos brevemente pero con paciencia este acontecer interior. ¿Cuándo ocurre que una persona se enamora de otra? Cuando habiendo conocido a alguien, siente una potente dulzura y atracción ante su vista, ante su cercanía…cuando habiendo sentido su aroma se ha visto transportado a un prado de delicias; ha sido la mirada o la sonrisa o el gesto de aquello que fue dicho… el enamoramiento es algo que se siente en uno debido a la presencia de aquella persona.

Es ese contacto inicial lo que me ha subyugado; es decir, lo que me ha sometido y lo que anhelo volver a sentir. Por eso andan los amantes persiguiéndose, queriendo recrear en cada encuentro lo sentido inicialmente. Porque aquello tan fuerte que lo conmovió se ha ido con ella, no ha quedado en él sino como recuerdo. Aquello ha dejado de estar presente sin la cercanía de quién lo producía. Y puede gozar el amante con el recuerdo, pero nunca como con la presencia viva.

Por todo esto es que San Juan de La Cruz, solo por citar un ejemplo luminoso, gime por la renovación de la presencia del amado, porque se le ha ido y lo ha dejado herido. Herido de gusto y ya nada lo puede saciar habiendo conocido tal manjar.

Es necesario contar con una fuerte experiencia personal de Dios y de su sagrado toque, para desearlo con intensidad. Habiendo probado la dulzura del Divino alimento, desearé el retorno de Aquél que me lo dio a probar.

Esta experiencia orientará los deseos, pero no bastará para librarse de caídas, porque si el Amado se demora, empezará mi anhelo a vagar y a detenerse en variadas concupiscencias que puedan hacerme olvidar la ausencia y el dolor que esta produce.

Dice en otra de sus cartas Hno. Valentín: «es necesario vivir con el objeto de nuestro amor, es necesaria la convivencia, la comunión permanente de Amado con amada para que no aparezca la nostalgia, para que no incurramos en olvido, para ser fieles por gozo y poseedores de una alegría sin lucha».

¿Tengo una experiencia tal de Dios en mí, que orienta todos mis deseos? ¿Es esta experiencia la de mas fuerte impacto en mi vida? ¿O en realidad cuando mas fuertemente he sentido ha sido con aquella otra experiencia? Según la respuesta será la orientación espontánea del conjunto de los deseos.

Porque los deseos tienen una mecánica y una tendencia. Es la de buscar primero lo que mas placentero se recuerda o lo que, no siendo lo mas placentero, es lo de más fácil obtención. Y aún cuando mi experiencia personal de Dios no sea plena, por alguna razón estoy aquí dedicado a buscar a Dios; nunca es por lo que he escuchado sobre  Él, sino que debo haber vivido algo de Dios para andar indagando en estos ámbitos, en estas lecturas.

Debemos entonces acrecentar nuestra experiencia personal de Dios, para que todos nuestros deseos se unifiquen. Debemos tener la experiencia de que Su goce es mas excelso y que vale la pena persistir.

¿Cómo haremos para acercarnos a Cristo? Aumentando nuestra coherencia de vida. ¿Cómo haremos semejante esfuerzo si no tenemos una experiencia tal que nos sostenga? Vuelve a mostrarse lo paradojal. Hay que pedir la gracia y hay que seguir la orientación del Padre espiritual.

Porque si queremos ir a un pueblo del que ignoramos la ubicación, no tenemos mas que preguntar y entonces por esas indicaciones nos dirigiremos hacia el objetivo. Es preciso que el que nos orienta sepa donde se halla el destino y, en estas materias, no conviene seguir a quién no ha visitado el lugar por experiencia personal. Hay que seguir las indicaciones de quién vive en aquel paraje.

Hay que empezar por un acto de confianza, de fe, buscando incrementar la experiencia personal de Dios, que nos ha traído hasta este punto. Debemos aumentar en gran forma la coherencia en la propia vida, precisamos enderezar los caminos para que pueda manifestarse en nosotros la metanoia, la transformación profunda.

Si queremos conocer al Señor íntimamente, debemos darnos cuenta de lo que pretendemos, de su importancia y ponernos a vivir acorde a ello. Y, como carecemos de la experiencia suficiente, debemos seguir instrucciones de un Padre espiritual.

Sea que estemos ya enamorados de Dios o que solo nos envuelva una fuerte atracción, debemos dar un salto, hacer un fuerte cambio de vida y de actitud, debemos poner toda la fuerza personal que encontremos en nosotros mismos para colaborar con la gracia que rogamos…porque si llegara a producirse, si llegáramos a sentir el soplo de Su brisa, si fuéramos atentos y sintiéramos su toque delicado, habría ya sobrados motivos para no desear sino el incremento de ese sagrado contacto.

Cuando eso se ha vivido, uno deja de desear otra cosa, se ansía solo lo que vale la pena, lo que mas dicha brinda. Y si fuera el caso de que nuestra cooperación con la gracia se hiciera decidida en extremo, si estuviéramos hablando de una santa obsesión, de una férrea determinación a vivir por Cristo, con Él y en Él, si pusiéramos todo en ello…habremos llegado al punto del Encuentro en el que huelga toda palabra posterior.

El deseo solo muere con la saciedad completa y para siempre.

Esto es, Dios, nuestro Señor.

elsantonombre.org

San Jerónimo

Grafía de San Jerónimo
Grafía de San Jerónimo

El Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años )y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, «teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos». Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.

En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania.

Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. «¡Mientes!», le replicaron. «Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón». Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.

«En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto», escribió años más tarde a Santa Eustoquia, «quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma … En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma». De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, monótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. «Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos», dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, «como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios». No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos.

Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: «Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo… Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer». Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno.

En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que «había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas». Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.

Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, como el de Santa Marcela, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustaquia (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos.

Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas «que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos».

No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustaquia, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. «Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas … Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas». Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. «Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo … Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio».

A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. «Saluda a Paula y a Eustaquia, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera», concluye aquella epístola. «Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros».

En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.

Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, «de manera que», como dijo Santa Paula, «si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos». Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. «Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones … Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita.

Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En su respuesta, Jerónimo le dijo: «Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor». Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: «Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?» Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: «Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas».

Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que «una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera», lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:

… Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.

(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)

Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse. Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender suyas eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación. Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. «Haces bien en utilizar esa piedra», dijo el Pontífice a la imagen, «porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado».

Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de las gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para ser admitido en el santuario de la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera. No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos, con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versión sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.

En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas».

De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

En los últimos años se hicieron muchos progresos en el estudio y la investigación de la vida de San Jerónimo. Es particularmente valioso el volumen Miscellanea Geronimiana, publicado en Roma en 1920, en ocasión de celebrarse el décimo quinto centenario de su muerte. Gran número de ilustres investigadores, corno Duchesne, Batifol, Lanzoni, Zeiller y Bulic, colaboraron en la formación de ese libro con diversos estudios sobre puntos de particular interés en relación con el santo. En 1922, hizo su aparición la mejor de sus modernas biografías, la de F. Cavallara, Saint Jéróme, sa vie et son ceuvre (1922, 2 vols). También se deben consultar las notas críticas M padre Peeters en Analecia Bollandiana, Vol. XLIII, PP. 180-184. En fechas anteriores, tenemos el descubrimiento hecho por G. Morin de los Comentarioli et Tractatus de San Jerónimo sobre los salmos, así como otros hallazgos (ver a Morin en Études, textes, découverts, pp. 17-25). Un artículo muy completo sobre San Jerónimo, escrito por H. Leclercq, aparece en el DAC., vol. vii, ec. 2235-3304, así como otro de J. Forget, en DTC., vol. viii (1924), ce. 894-983. En el siglo dieciocho Vallarsi y los bolandistas (septiembre, vol. viii) escribieron sendas obras minuciosas sobre el santo. Los escritos más antiguos sobre San Jerónimo, a excepción de la crónica de Marcelino (editado por Mominsen en MGH., Auctores Antiquissimi, vol. ii, pp. 47 y ss.), carecen de valor. La correspondencia y las obras de San Jerónimo fueron, son y serán siempre la fuente principal para el estudio de su vida. Ver también a P. Monceaux, en St. Jerome: the early years (1935) ; a J. Duff, en Letters of St. Jerome (1942) ; A. Penna, en S. Girolamo (1949) ; a P. Antin, en Essai sur S. Jeróme (1951) y el Monument to St. Jerome (1952), un ensayo de F. X. Murphy.

Adaptado de «Vidas de los Santos» de Butler, ed. española.
La versión electrónica del documento la realizaron
Las  Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María. SCTJM.

Extraído de Corazones.org

Mas sobre San Jerónimo

en Hesiquia


Antes de retirarse al desierto


Grafía de San Jerónimo en el desierto
Grafía de San Jerónimo en el desierto

¡Cuánto, cuánto me holgara de hallarme ahora entre vosotros y, aunque estos ojos míos no merecen mirarla, abrazar, con todo el júbilo de mi alma, vuestra admirable compañía! Ahí contemplaría un desierto más deleitoso que cualquier ciudad; vería lugares desamparados de moradores, sitiados, a manera de un paraíso, por ejércitos de santos.

Pero mis culpas han hecho que una cabeza cargada de todo linaje de crímenes no se junte con un coro de bienaventurados. Por eso, yo os suplico, ya que no dudo lo podéis alcanzar, que por vuestras oraciones me libréis de las tinieblas de este siglo. Ya os lo dije antes presente, y ahora por carta no ceso de manifestaros mi deseo: mi alma es arrebatada por el ansia más ardiente hacia esa manera de vida; a vosotros toca ahora que a la voluntad siga el efecto. A mí me toca el querer; a vuestras oraciones, que no sólo quiera, sino que pueda.

Yo soy como la oveja enferma descarriada del resto de la manada, y, si el buen pastor no me vuelve sobre sus hombros al aprisco, mis pasos resbalarán y, en el intento mismo de levantarme, daré conmigo mismo en el suelo. Yo soy aquel hijo pródigo que he malbaratado toda la parte de hacienda que mi padre me diera; y aún no me he postrado a los pies del que me engendrara, todavía no he empezado a repudiar los halagos de mis pasadas demasías.

Y ahora que un tantico he comenzado no tanto a dejar mis vicios cuanto a quererlos dejar, el diablo trata de envolverme en nuevas redes. Ahora me pone ante los ojos nuevos obstáculos y rodea todo mar y todo océano. Ahora, puesto en medio de este elemento, no puedo ni avanzar ni retroceder. Sólo me queda que por vuestras oraciones me empuje el soplo del Espíritu Santo y me conduzca al puerto de la codiciada orilla.

Carta de San Jerónimo a los anacoretas

antes de retirarse al desierto de Calcis

– B.A.C.- Carta 2 –

Sobre San Jerónimo

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No posesión

Cristo Salvador
Icono de Cristo Salvador por Rublev

Contaba un Padre que el abad Juan el Persa, por su mucha virtud, había alcanzado una profunda sencillez e inocencia. Vivía en Arabia, cerca de Egipto.

Un día pidió prestado un sólido y compró lino para trabajar. Vino un hermano y le suplicó: «Padre, dame un poco de lino para que me haga una túnica». Y se lo dio con alegría. Otro vino a pedirle otro poco de lino para hacerse un vestido y se lo dio también. Otros muchos vinieron a pedirle y a todos les daba con sencillez y alegría.

Más tarde se presentó el dueño del dinero que había recibido prestado, reclamando su moneda. Y le dijo el anciano: «Ahora te la traigo». Pero como no tenía nada que devolver, se fue al abad Jacobo, el ecónomo, para pedirle un sólido. Y por el camino encontró en el suelo un sólido, pero no lo tocó. Hizo oración y se volvió a su celda.

Y de nuevo volvió el hermano y empezó a enfadarse por causa del dinero prestado. Y le dijo: «Te lo devolveré». Se puso de nuevo en camino y encontró la moneda en el mismo sitio de antes, y de nuevo hizo oración y se volvió a su celda. Y de nuevo volvió a enfadarse el hermano, y el anciano le dijo: «Espera todavía una vez más y te traeré tu dinero».

Volvió al mismo sitio y encontró allí el sólido. Hizo oración y lo tomó. Y acudió al abad Jacobo y le dijo: «Padre, al venir hacia aquí, encontré esta moneda en el camino. Hazme la caridad de preguntar por los alrededores si alguno la ha perdido y si aparece dueño entrégaselo» El ecónomo anunció durante tres días el hallazgo pero nadie reclamó el sólido. Entonces Juan dijo al abad Jacobo: «Si nadie lo reclama se lo daré a aquel hermano porque se lo debo. Pues cuando venia a tu celda para que me prestases dinero para pagar mi deuda, lo encontré en el camino».

Y se admiró el abad Jacobo de que, agobiado por su deuda, al encontrar la moneda en el camino no la tomase al punto para devolverla a su acreedor. Pero todavía era más de admirar en él que si venia alguno y le pedía algo prestado, no se lo daba él mismo, sino que decía al hermano que le pedía: «Vete, y toma lo que te haga falta». Y cuando le devolvían lo que había prestado, decía: «Ponlo de nuevo en su sitio». Y si no le devolvía nada el que había recibido el préstamo, el anciano nunca se lo recordaba.

Un varón insigne vino de incógnito a Scitia trayendo dinero y pidió a un presbítero que lo repartiese entre los hermanos. El presbítero le dijo: «Los hermanos no lo necesitan». Como su insistencia resultase inútil puso la bolsa con las monedas de oro en la puerta de la iglesia. Y el presbítero dijo: «El que tenga necesidad que tome lo que estime conveniente». Pero nadie tocó el dinero, y algunos ni siquiera lo miraron. Y el anciano dijo al donante: «Dios ha aceptado tu ofrenda. Vete y da tu dinero a los pobres». Y el buen hombre se marchó muy edificado.

Un hermano preguntó a un anciano: «¿Me permites guardar dos monedas de oro para el cuidado de mis enfermedades?». El anciano vio que su deseo era guardarlas, y le dijo: «Bueno». Vuelto a su celda, el hermano se sintió intranquilo, y se preguntó: «¿Crees que el anciano dijo la verdad o no?». Y volvió de nuevo a la celda del anciano y arrepentido le rogaba insistentemente: «En el nombre del Señor, dime la verdad, pues estoy atribulado a causa de ese dinero». El anciano le respondió: «Te he dicho que lo guardaras porque he visto que ese era tu deseo. Sin embargo, no es bueno guardar más de lo que el cuerpo necesita. Si guardas esas dos piezas de oro, en ellas pones tu esperanza, y si las pierdes, Dios no se ocupará de ti. Depositemos en Dios nuestros cuidados, pues él cuida de nosotros».

de Sentencias de los Santos Padres

Extraído de Abandono.com


de Elías, el presbítero

Ermita junto al camino
Ermita junto al camino

El intelecto ensalzado hasta la cima de la ciencia contemplativa es iluminado; también lo es quién llega a las razones de las cosas, pero se oscurece nuevamente si se deja envolver por la pasión.

1. Es necesario que quién se dedica a la ciencia espiritual sepa cuando el intelecto se encuentra en la región de los conceptos, cuando en la de los pensamientos y cuando en la de la percepción sensible. Y es más, cuando está en ésta, si se trata de percepción sensible oportuna o inoportuna.

2. Si el intelecto no está en la región de los conceptos, estará seguramente en la de los pensamientos, puesto que si está con los pensamientos no está con los conceptos. Si en cambio está en la percepción sensible, está con todas las cosas.

4. El intelecto que se recoge en sí mismo no contempla nada, ni las realidades sensibles ni las del pensamiento, sino despojados conceptos y rayos divinos que hacen surgir paz y gozo.

6. El intelecto que se abre a muchas vías se convierte en insaciable. Pero si se recoge en la vía única de la oración, antes de llegar a la perfección se siente angustiado y pide insistentemente regresar allí adonde había venido.

7. El intelecto que descendió desde las alturas, no subirá allá otra vez sin haber vuelto perfecto su desprecio por las cosas de aquí aplicándose a las cosas de Dios.

10. Cuando hayas liberado tu intelecto de la voluptuosidad de los cuerpos, de las riquezas y de los alimentos, entonces Dios considerará puro también el don que le ofrecerás. Y, en cambio, se abrirán los ojos de tu corazón y podrás meditar con claridad las palabras de Dios escritas en él, que serán juzgadas por tu paladar espiritual mas dulces que la miel y que el panal, por la dulzura que destilan.

11. No podrás lograr que tu intelecto sea superior a la concupiscencia de los cuerpos, de las riquezas y de los alimentos no necesarios, si no lo induces para que vaya a la pura región de los justos, en la cual, el recuerdo de la muerte y el de Dios, al brotar, borran del corazón terrenal todos los embates de la concupiscencia.

12. Nada es mas terrible que el pensamiento de la muerte, ni más maravilloso que el recuerdo de Dios. En efecto, uno causa una saludable tristeza, el otro nos aporta alegría…pero es imposible que uno posea la segunda cosa si antes no pasa por la áspera experiencia de la primera.

13. Hasta que el intelecto no vea la gloria de Dios a rostro descubierto, el alma no podrá decir con la fuerza de su sentir: Más yo exultaré en el Señor, gozaré en su salvación. En efecto, sobre su corazón yace un velo, el del amor propio, para que no le sean revelados los cimientos de la tierra que son las razones de los seres. Y el velo no es quitado del corazón sin las penas voluntarias e involuntarias.

16. No ha sido todavía crucificado con Cristo quién aún posee los movimientos naturales de la carne; ni ha sido cosepultado con Él quién arrastra sus pensamientos síquicos. ¿Cómo entonces podría corresucitar con Él, para vivir una nueva vida?

Elías el presbítero – Capítulos gnósticos

Filocalia, vol II, pags. 438/39/40 – Ed. Lumen 2003

Imagen de: Zacarías Cerezo

Semillas de contemplación

Fotografía de T. Merton, Trapense
Fotografía de T. Merton, Trapense

El espíritu prisionero de su propio placer y la voluntad cautiva de su propio deseo no pueden aceptar las semillas de un placer mas alto y de un deseo sobrenatural.

Pues ¿cómo puedo recibir las semillas de la libertad si estoy enamorado de la esclavitud y cómo puedo acariciar el deseo de Dios si estoy lleno de otro deseo opuesto?

Dios no puede plantar en mí Su libertad, porque soy prisionero y ni siquiera deseo ser libre. Amo mi cautiverio y me encarcelo yo mismo en el deseo de las cosas que odio, y he endurecido mi corazón contra el verdadero amor.

Si yo buscara a Dios, cada acontecimiento y cada momento sembrarían, en mi voluntad, granos de Su vida, que un día brotarían en cosecha de milagro.

Porque es el amor de Dios el que me calienta bajo el sol y el amor de Dios el que hace caer la fría lluvia. Es el amor de Dios el que me alimenta en el pan que como, y Dios quién me alimenta también por el hambre y el ayuno.

Es el amor de Dios el que me manda los días de invierno, en que me siento frío y enfermo, y el ardiente verano, en que trabajo y mi ropa se empapa en mi sudor; pero es Dios quién alienta sobre mí en leves auras del río y en las brisas que vienen del bosque.

Su amor extiende la sombra del sicomoro sobre mi cabeza y manda al niño aguador a recorrer el linde del trigal con su cubo de agua fresca de la fuente, mientras los labradores descansan y las mulas permanecen bajo el árbol.

Si en todas las cosas considero solo el calor y el frío, la comida o el hambre, la enfermedad o el trabajo, la belleza o el placer, el éxito o el fracaso y el bien o el mal materiales que mis obras han logrado para mi propia voluntad, solo hallaré el vacío, no la felicidad. No seré nutrido, no hallaré plenitud. Pues mi alimento es la voluntad de Aquel que me hizo y que hizo todas las cosas para darse a Si mismo a mí a través de ellas.

Mi principal cuidado no debería ser encontrar placer o éxito, salud o vida, dinero o descanso, ni aún cosas como la virtud o la prudencia, ni mucho menos las opuestas: dolor, fracaso, enfermedad, muerte. Sino que, en todo lo que ocurre, mi único deseo, mi único gozo debería ser el saber:

«He aquí lo que Dios quiso para mí. En esto se halla Su amor y, al aceptarlo, puedo devolverle Su amor y con este entregarme a Él y crecer en Su voluntad hacia la contemplación, que es la vida eterna».

de «Semillas de contemplación»

de Tomás Merton OCSO

San Romualdo

ació San Romualdo en Rávena, por los años de 916.
Era su casa ducal, y aún en su tiempo se dejaba
distinguir con mucho lustre entre la principal
nobleza de Italia. Como criado nuestro Romualdo entre
las delicias de una casa opulenta, fácilmente se estrelló
contra los ordinarios escollos de la juventud; al regalo y á
la ociosidad se siguió bien presto la disolución. Iba á
precipitarse en la perdición, arrastrado del amor á los
deleites, é impelido con la fuerza del mal ejemplo,
cuando la Providencia le detuvo en medio del precipicio,
y, queriendo formar de él un modelo de santidad, se
sirvió de un caso bien funesto para el logro de sus altos
designios.
Sergio, padre de Romualdo, hombre ambicioso y
violento, tuvo cierta diferencia con un deudo suyo, que
quiso terminar por las bárbaras leyes del duelo; desafió á
su contrario, y llevó por segundo á su mismo hijo. Cayó
muerto el pariente á manos de Sergio y á vista de
Romualdo, quien quedó tan pesaroso del suceso, aunque
no había tenido en él más parte que una asistencia
involuntaria, que resolvió hacer fervorosa penitencia de
él.
Retiróse al monasterio de San Apolinario de Clase, á
una legua de Rávena, donde conversaba familiarmente
Romualdo con un religioso lego, hombre devoto y sencillo,
quien le representaba un día el peligro que corría su
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salvación si volvía á engolfarse en el borrascoso mar del
mundo; y como no ganase terreno hacia el fin que deseaba
en aquel corazón ocupado todavía de vanidades y
pensamientos mundanos, le dijo de repente con su
simplicidad acostumbrada: ¿Qué me darías tú si te
hiciese ver clara y distintamente con los ojos del cuerpo á
nuestro buen patrono San Apolinario? Sorprendido
Romualdo al oír una proposición tan no esperada, Yo te
juro, le respondió, que, como lo hagas, al punto me meto
fraile.—Pues has de velar toda esta noche en la iglesia, le
replicó el piadoso lego. Consintió Romualdo, y estando
los dos en oración, hacia la medianoche vio de repente á
San Apolinario vestido de pontifical, cercado de
resplandores, que con un incensario en la mano iba
incensando todos los altares de la iglesia; y, concluida
esta religiosa función, desapareció. Quedó atónito
Romualdo, y sintiendo en el mismo punto trocado su
corazón, se postró delante del altar de la Santísima
Virgen, y todo deshecho en lágrimas, prometió hacerse
religioso. Así refiere esta historia el bienaventurado San
Pedro Damiano.
Apenas amaneció, cuando Romualdo pidió con
instancia el hábito monástico en pleno capítulo. Los
monjes, que tenían bien conocido el genio de su padre,
no se atrevieron á recibirle desde luego, temiendo
alguna violencia; pero al cabo venció su perseverancia.
A los veinte años de su edad abrazó la regla de San
Benito. Comenzó, no á correr, sino á volar, por el camino
de la perfección. Los más ancianos se admiraban al ver
su humildad, su obediencia, su mortificación, su devoción
fervorosa. No contaba más que tres años de monje y ya
parecía varón consumado en la vida, espiritual; pero el
ardiente celo que mostró por la observancia de algunas
reglas, que había como abrogado la relajación, le hizo
odioso á los tibios y á los imperfectos. Mirábanle como á
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reformador importuno; y pasó tan adelante la
persecución, que se vio precisado á buscar en otra parte
asilo más seguro á su fervor y á su celo.
Retiróse, con licencia de sus superiores, á una
soledad de los estados de Venecia, donde vivía un
ermitaño llamado Marino.
Rezaba todos los días el Salterio en compañía de su
nuevo director: á los principios erraba casi todos los
versos; y Marino, para corregirle, le daba un golpe con
una vara en la oreja izquierda. Sufriólo Romualdo por
mucho tiempo sin hablar palabra, hasta qué un día le dijo
con mucha humildad: Que si le parecía, podría en
adelante castigarle en la otra oreja, porque iba
perdiendo el oído de ésta. Admiróse Marino viendo la
paciencia de su discípulo, y en lo sucesivo le trató con
menos severidad.
El cuidado que tenía de moderar en los otros las
demasías en la penitencia, daba bien á entender que
solamente era austero para consigo mismo. Era muy
celoso de la disciplina regular; pero su celo iba siempre
acompañado de prudencia y de discreción. Mientras él se
aplicaba á imitar las mayores penitencias de los
solitarios de Oriente, cuyas vidas leía continuamente,
tenía gran cuidado de que su ejemplo no moviese á sus
súbditos á imprudentes excesos ó demasías.
Ocupado Romualdo en estos ejercicios, supo que
Sergio, su padre, á quien Dios había dispensado la
singular gracia de sacarle del mundo y traerle á la
religión, rendido á las sugestiones del enemigo, estaba
resuelto á dejar la religión para volverse al mundo. Al
punto dejó su soledad, voló á Italia, y de tal manera supo
manejar aquel genio terco, duro é inconstante, que,
habiéndole confirmado en la vocación, tuvo el consuelo
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de verle morir penitente y muy arrepentido de sus culpas.
Luego que se supo en Italia que Romualdo estaba en ella,
acudieron á él de todas partes muchas personas para
entregarse á su dirección y gobierno. Fueron tantas, que
se vio precisado á fundar muchos monasterios,
obligándole á encargarse del gobierno del de Bañi, no
lejos de la ciudad de Sasina. Entabló una observancia tan
exacta, que, haciéndose intolerable á muchos monjes
imperfectos, y no pudiendo sufrir las mudas pero eficaces
reprensiones que les daba el ejemplo de su abad, no
pararon hasta arrojarle torpemente del monasterio.
Sintió Romualdo tanto este indigno tratamiento, que
resolvió no mezclarse más en el cuidado de la salvación
de los otros y de atender únicamente en adelante al
cuidado de la propia. Mas Dios le dio á entender que
este disgusto era amor propio, y que era tentación lo que
parecía virtud; pues éste era justamente el lazo que el
diablo le había armado con aquellas iniquidades.
Fue menester toda la autoridad del emperador Otón
II y un precepto formal y expreso del Arzobispo de
Revena para que se rindiese á las eficaces súplicas de
los religiosos del monasterio de Clase, que le habían
nombrado por su Abad; pero, apenas pudo restituir á su
debido lugar la disciplina monástica, cuando se
arrepintieron los mismos que le habían elegido, y al cabo
le obligaron á renunciar el empleo.
Al mismo tiempo que sus discípulos se resistían á sus
saludables instrucciones, no queriendo aprovecharse de
sus consejos, hacía en otros conversiones portentosas. El
conde Olivan, movido de las palabras de Romualdo, dejó
el mundo y tomó la cogulla de San Benito en el
monasterio del monte Casino. Un señor alemán, llamado
Tham, siguió el ejemplo del conde. Habiéndose
desgraciado la ciudad de Tívoli con el Emperador,
reconcilió á los vasallos con el Soberano; y, habiendo
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éste quitado la vida al senador Crescencio, violando la fe
de su palabra imperial, le obligó á ir á pie y descalzo
desde Roma á la iglesia de San Miguel, en el monte
Gárgano, haciendo pública penitencia y dando ejemplar
satisfacción de su pecado.
Retiróse San Romualdo á Parenzo, en la provincia de
Istria, donde fundó un monasterio, y nombró un abad de
su satisfacción que le gobernase. Después se recluyó por
espacio de tres años, y en esté largo encerramiento
enriqueció el Señor aquel fervoroso espíritu con nuevas y
abundantes gracias. Dióle una perfecta inteligencia de la
Sagrada Escritura, comunicóle el don de profecía, y le
añadió el de lágrimas tan copiosas, que se vio precisado
á no decir Misa en público.
Todo abrasado en el purísimo fuego del amor divino,
se le oía exclamar muchas veces cada día: ¡ Oh mi dulce
Jesús! ¡ Oh Dios de mi corazón! ¡ Oh amable Salvador mío!
¡ Oh dulzura inefable de los santos! ¡Oh delicia de las
almas puras! ¡Oh dulce Jesús, objeto infinito de todos mis
deseos!
Mas al fin fue preciso dejar aquella dulce soledad
por ir á fundar otro monasterio en Orvieto; pero, como no
le dejasen respirar los muchos que cada día le buscaban,
se retiró secretamente á otro colocado en la cima del
monte Sitria. Aquí fue donde padeció la más horrible
calumnia que podía atreverse á su venerable ancianidad,
sufriéndola por espacio de seis meses sin despegar sus
labios ni tomar otra satisfacción que de sí mismo en la
más rigurosa penitencia; y, durante este penoso ejercicio
de paciencia y de humildad, compuso una exposición de
salmos, que se guarda hoy en la Camáldula, escrita de su
mano.
Verdaderamente causa admiración que un solo
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hombre pudiese hacer tantas fundaciones; pero la más
célebre de todas fue la que hizo en Camálduli de
Toscana, sitio famoso en los valles del Apenino. Aquella
vehemente inclinación que tenía á la soledad le movió á
poner los ojos en este desierto. Quedóse un día dormido
cerca de una fuente, y vio en sueños una escala que,
fijada en tierra, llegaba con la parte superior al Cielo, y
reparó que sus religiosos, vestidos de blanco, iban
subiendo por ella. Despertó el Santo, no creyendo que el
sueño fuese sin misterio, escogió á algunos de los discípulos
suyos más fervorosos, y les dio el hábito blanco con
nuevas constituciones. Este fue el principio de la religión
camaldulense, que más ha de seiscientos años florece en
el campo del Señor, y conserva el día de hoy todo el
fervor de aquel primitivo espíritu que recibió de su santo
fundador, y ha dado tantos santos á la Iglesia.
Sintiendo Romualdo que se iba acercando ya el día
de su dichoso tránsito, se retiró á su monasterio de Valde-
Castro, donde veinte años antes había pronosticado que
había de morir. Allí fabricó una celdilla con un oratorio
para encerrarse en ella y guardar silencio hasta la
muerte; y, aunque cada día iban creciendo sus achaques,
no por eso se acostó en más cama que en el duro suelo,
ni se dispensó en sus ayunos y demás penitencias
ordinarias. En fin, sabiendo que era ya llegado el día en
que el Señor le quería premiar tantos trabajos, mandó
salir de la celda á los dos monjes que le asistían, con
orden de que no volviesen á entrar hasta el día siguiente.
Conociendo lo que podía ser, le obedecieron con
violencia, pero se quedaron á la puerta de la misma
celda para observar lo que pasaba. Pasó el Santo algún
tiempo en oraciones vocales; pero como los monjes no le
oyesen prorrumpir en sus acostumbrados afectos de amor
de Dios, ni en sus ordinarios suspiros, entraron en la
celdilla y hallaron que acababa de expirar. Murió, como
afirma San Pedro Damiano, que escribió su Vida quince
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años después de su dichoso tránsito, á los ochenta de su
edad. Fueron tantos los milagros que obró, así en vida
como después de su muerte, que, creciendo en todas
partes la opinión de su santidad, obtuvieron sus monjes
licencia del Papa para erigir un altar sobre su sepultura,
á los cinco años después que murió. Hallóse el santo
cuerpo casi tan sano y tan entero como el mismo día que
le habían enterrado. El año de 1032 se celebró
solemnemente su fiesta, con autoridad de la Santa Sede,
el día 19 de Junio, que era el de su dichoso tránsito. El de
1466, cuatrocientos treinta y cuatro años después de la
primera traslación, se volvió á hallar entero el santo
cuerpo; pero su fiesta concurría con la de los Santos
Gervasio y Protasio, y el papa Clemente VIII la fijó al día
7 de Febrero, que fue el de la referida primera traslación.

San Romualdo
San Romualdo

San Romualdo, como fundador de la Orden contemplativa de los Camaldulenses, es uno de los mejores representantes de la tendencia reformadora de fines del siglo x y del siglo xi, como reacción contra el deplorable estado de relajación en que se hallaba la Iglesia católica y gran parte de la vida monástica del tiempo. El movimiento renovador más conocido y más eficaz para toda la Iglesia en este tiempo fue el cluniacense, iniciado a principios del siglo x en el monasterio de Cluny. Pero en Italia tuvo manifestaciones características de un ascetismo más intenso, que tendía a una vida mixta, en que se unía la más absoluta soledad y contemplación con la obediencia y vida de comunidad cenobítica. El resultado fueron las nuevas Ordenes de Valleumbrosa y de los Camaldulenses y los núcleos organizados por San Nilo y San Pedro Damiano.

San Romualdo, de la familia de los Onesti, duques de Ravena, nació probablemente en torno al año 950 y murió en 1027. Es cierto que su biógrafo San Pedro Damiano atestigua que murió a la edad de ciento veinte años; pero ya los bolandistas corrigieron este testimonio, que, como resultado de modernos estudios, no puede mantenerse. Educado conforme a las máximas del mundo, su vida fue durante algunos años bastante libre y descuidada, dejándose llevar de los placeres y siendo víctima de sus pasiones. Sin embargo, según parece, aun en este tiempo, experimentaba fuertes inquietudes, a las que seguían aspiraciones y propósitos de alta perfección. Así se refiere que, yendo cierto día de caza, mientras perseguía una pieza, se paró en medio del bosque y exclamó: «¡Felices aquellos antiguos eremitas que elegían por morada lugares solitarios como éste! ¡Con qué tranquilidad podían servir a Dios, apartados por completo del mundo!»

Un hecho trágico le dió ocasión para abandonar el mundo. En efecto, su padre, llamado Sergio y hombre imbuído en los principios mundanos, se lanzó a un duelo con un pariente, obligando a Romualdo a asistir como testigo. Terminado el duelo con la muerte del adversario, Romualdo sintió tal remordimiento por aquella muerte y tal repugnancia por el mundo, que se retiró al monasterio benedictino de Classe, cerca de Ravena, con el fin de hacer penitencia. Tres años pasó allí entregado a las mayores austeridades, y al fin se decidió a suplicar su admisión en el monasterio. El abad tuvo especial dificultad por no contrariar a su padre Sergio; mas, por intercesión del arzobispo de Ravena, antiguo abad de Classe, le permitió al fin vestir el hábito benedictino, en aquel célebre monasterio.

Pero entonces comenzó un nuevo género de dificultades. La vida de observancia y penitencia del nuevo monje constituía una tácita reprensión para muchos religiosos de aquel monasterio, más o menos relajados. Por esto, se fue formando tal oposición contra Romualdo que, en inteligencia con el abad, se vió obligado a retirarse a un lugar solitario cerca de Venecia, donde se puso bajo la dirección de un tal Marino. Este, con sus formas rudas y su austera ascética, contribuyó eficazmente al adelantamiento de Romualdo en la perfección religiosa, y tal fue el ascendiente de santidad que ambos llegaron a alcanzar, que el mismo dux de Venecia, San Pedro Orseolo, se sintió impulsado a abandonar el mundo y entregarse a la vida solitaria. Así pues, ambos, juntamente con Pedro Orseolo, se dirigieran a San Miguel de Cusan, donde se entregaron a las más rigurosa vida solitaria. Movido por el ejemplo de su hijo, también el duque Sergio se retiró al monasterio de San Severo, cerca de Ravena, para expiar sus pecados. Sin embargo, después de algún tiempo, vencido por la tentación, intentaba volver a su antigua vida; pero entonces su hijo Romualdo, abandonando su retiro, acudió a su lado y consiguió mantenerlo en aquella vida de penitencia, en la que perseveró hasta su muerte.

La vida de San Romualdo durante los treinta años siguientes constituye un verdadero prodigio de ascetismo cristiano. En el monasterio de Cusan se puso bajo la dirección del abad Guérin, de quien obtuvo el permiso de retirarse a un lugar solitario, próximo a la abadía, donde se entregó durante tres años a las mayores austeridades.

Ponía ante sus ojos la vida de los santos y procuraba imitar los excesos de penitencia que ellos habían practicado. Como los antiguos anacoretas del desierto se habían impuesto ayunos rigurosísimos, Romualdo quiso también seguir su ejemplo. Durante estos años, Romualdo no comía más que el domingo, y aun entonces, una comida sumamente frugal.

En medio de todo esto, lo acometió el enemigo con las más molestas tentaciones. Poníale ante los ojos con la mayor viveza los atractivos de la vida del mundo, mientras, por otra parte, la representaba la inutilidad de los esfuerzos que realizaba y de la vida que llevaba. Frente a los repetidos asaltos del enemigo, Romualdo se entregó más de lleno a la oración, de donde sacaba la fuerza necesaria para mantenerse firme en la lucha. Según se refiere, el enemigo llegó a maltratar cruelmente su cuerpo, con el objeto de apartarlo de aquella vida de austeridad. Más aún, excitando en su imaginación durante la noche imágenes feas y espantosas, trataba de amedrentarlo con el ejercicio de la vida de perfección.

Pero Romualdo, fiel a la oración y puesta su confianza en Dios, salió victorioso de todas estas batallas. Hacia el año 999 volvió a Italia y se incorporó de nuevo al monasterio de Classe, donde, en una celda solitaria, continuó la vida de penitencia y de retiro que había comenzado. Allí se renovaron los asaltos del enemigo. Las crónicas antiguas refieren que, habiéndolo el demonio fiagelado cruelmente un día en el interior de su celda, Romualdo se dirigió al Señor con estas palabras: «Dulcísimo Jesús mío, ¿me habéis abandonado por completo en manos de mis enemigos?» Al oír el demonio el nombre de Jesús, huyó rápidamente, a lo que siguió una gran tranquilidad y dulzura del alma.

Pero Romualdo tuvo que superar otras muchas dificultades, con las que se fue purificando su alma y aquilatando su virtud, hasta disponerlo definitivamente a la fundación de la nueva Orden de los Camaldulenses. Estas dificultades le vinieron de sus mismos monjes. Viviendo él en su retiro, no lejos del monasterio de Classe, un rico caballero le envió una limosna de siete libras para que las distribuyera entre los monjes pobres. Así lo hizo él inmediatamente, repartiéndolo entre otros monasterios más pobres que el suyo, por lo cual los de su monasterio se enfurecieron contra él, y como ya estaban resentidos por sus grandes austeridades, lo tomaron aparte y, después de azotarlo bárbaramente, le obligaron a retirarse.

Pero, precisamente entonces, quiso el Señor valerse de él para la reforma de aquel monasterio de Classe. En efecto, hallándose a la sazón en Ravena el emperador Otón III, lleno siempre de los más elevados ideales de reforma eclesiástica, trabajó eficazmente para la reforma del monasterio de Classe, y para ello obtuvo de sus monjes que eligieran como abad a Romualdo. El mismo en persona fue en busca del solitario y lo introdujo como abad y reformador en la célebre abadía. Efectivamente, durante dos añosentregóse con toda su alma a la importante obra de la reforma del monasterio; pero, viendo que no lograba su intento, acudió al arzobispo de Ravena y al mismo Otón III, y puso en sus manos su báculo, renunciando a la dignidad de abad.

Tal fue el momento preparado por la Providencia para que iniciara su obra de fundador. En efecto, con toda la experiencia adquirida durante los largos años dedicados a la vida solitaria, e impulsado siempre por sus ansias de vida contemplativa y de la más absoluta soledad, pidió entonces a Otón III le concediera los terrenos y los medios para la construcción de un monasterio, donde pudieran entregarse a una vida mixta de contemplación, soledad y obediencia, y, efectivamente, el emperador le hizo construir uno en el lugar denominado Isla de Perea dedicado a San Adalberto, a donde se retiró Romualdo con algunos caballeros del séquito de Otón III, que se decidieron a seguirle. Poco después organizó otros centros de vida eremítica en Italia y en la Istria, y concibió el plan de construir uno en Val de Castro, consistente en un conjunto de celdas separadas, cuyos moradores debían llevar una vida de rigurosa soledad, entregados a la oración y penitencia, pero manteniendo la unión y vida de comunidad. Con esto debía realizarse su ideal de consagración a Dios.

Entre tanto, movido del ansia de derramar la sangre por Cristo, que siempre había sentido, obtuvo del Papa el permiso de predicar el Evangelio en Hungría. Púsose, en efecto, en marcha; pero, cuando estaba a punto de llegar a la meta de sus aspiraciones, se sintió atacado por una enfermedad, y como esto se repitiera cada vez que intentaba continuar su empresa, comprendió que no era aquélla la Voluntad de Dios, y así volvió a Italia.

Entonces, pues, se entregó con toda su alma a la realización definitiva de su ideal monástico. Afianzóse la fundación de Val de Castro; continuó organizando otros centros semejantes. Llamado a Roma por el Romano Pontífice, dedicóse algún tiempo al apostolado y, con la santidad de su vida y sus ardientes exhortaciones, logró la conversión de muchos pecadores; mas, volviendo a su ideal monástico, fundó diversos centros en las proximidades de Roma, entre los que sobresale el de Sasso Ferrato, donde permaneció algún tiempo. Precisamente en este lugar quiso el Señor que resplandecieran de un modo especial sus virtudes. En efecto, según refieren sus biógrafos, un señor, a quienRomualdo había tratado de convertir de su desordenada vida de impureza, lanzó contra Romualdo la más inicua calumnia. Dios permitió que los monjes, demasiado crédulos, se dejaran convencer, y así, impusieron al Santo una severa penitencia y le prohibieron celebrar la santa misa. Romualdo sobrellevó aquella deshonra con el más absoluto silencio durante seis meses; pero, transcurrido este tiempo, Dios mismo le ordenó que no se sometiera por más tiempo a una sentencia abiertamente injusta, pronunciada contra él sin autoridad y sin ninguna sombra de verdad. La primera vez que celebró la santa misa después de esta prueba apareció, según se refiere, arrobado en éxtasis.

Después de esto, ya iniciado el siglo XI, pasó seis años en Monte-Sitrio, donde había organizado un nuevo centro de vida ascética conforme a su ideal. El mismo era un ejemplo viviente de la vida de consagración a Dios: guardaba el más absoluto silencio; observaba las más rigurosas austeridades; rehusaba a sus sentidos todo lo que pudiera darles alguna satisfacción. El emperador Enrique I, sucesor de Otón III, en su primer viaje a Italia, quiso visitar a Romualdo, de cuya santidad y austeridades estaba ínformado. El resultado de la entrevista fue entregarle el monasterio de Monte-Amiato, en Toscana, para que introdujera en él algunos de sus discípulos. Así lo realizó él, en efecto, durante los años siguientes. A este tiempo se refieren diversos hechos milagrosos, que las crónicas le atribuyen; pero estas mismas observan que Romualdo procuraba siempre obrar los milagros de tal manera que no se le pudieran atribuir a él. Así se refiere que, cuando enviaba a sus discípulos a alguna misión, les daba pan y diversos frutos benditos, con los que Dios quiso obrar algunos milagros. Durante un sueño que tuvo por este tiempo al pie de los Apeninos, mientras andaba en busca de un lugar apropiado para sus monjes, según refieren las crónicas, vió en sueños una escala que subía de la tierra al cielo, por donde subían muchos religiosos en hábitos blancos.

Con esto, dió la forma definitiva a sus fundaciones. Así, al fundar en 1012 el monasterio de Campo Maldoli (que se abreviaba Camaldoli) puso en práctica el ideal de vida en celdas independientes, del más riguroso silencio, gran austeridad de vida, pero bajo la obediencia a su superior, vida común y demás obligaciones impuestas por la regla, a lo que se añadió el hábito blanco. En realidad, pues, la obra del fundador de los Camaldulenses, San Romualdo, no comienza en 1012 con el establecimiento del monasterio de Campo Maldolo o Camaldolo. Esta fundación, significa más bien el complemento final de San Romualdo. Su obra se prepara con la práctica de sus largos años de vida sol¡taria en los monasterios de Classe, Cusan y otros lugares en que vivió vida solitaria, y se realiza, desde principios del siglo XI, en la Isla de Perea, en Val de Castro, Sasso Ferrato, Monte-Sitrio, Monte-Amiato y, finalmente, en Camaldolo.

El motivo de haber tomado la Orden por él fundada el nombre de Camaldulense fue, como se interpreta comúnmente en nuestros días, porque en Camaldolo se realizó plenamente el ideal de San Romualdo. Por lo demás, es conocida la explicación que se ha dado tradicionalmente a esta denominación. Se supone que aquel monasterio se llamó Campo Maldolo por ser donativo de un caballero llamado Maldoli. Pero frente a esta explicación, se ha averiguado que la donación fue hecha por Teobaldo, obispo de Arezzo. En todo caso, consta que el nombre del monasterio fue Campo Maldolo o Camaldolo.

Tal fue la obra de San Romualdo, que halló en este monasterio su más perfecta realización, con lo cual se consolidó definitivamente este nuevo tipo de vida, mezcla ideal de la vida anacorética y cenobítica, que luego imitaron los cartujos y otras órdenes. Una vez establecido y bien organizado este monasterio, Romualdo volvió a su vida ambulante, visitando y afianzando los demás centros por él fundados. Finalmente, sintiendo que se aproximaba su fin, se retiró a Val de Castro, donde expiró el 7 de febrero de 1027, estando enteramente solo en su celda. Según se atestigua, veinte años antes había profetizado que moriría en este lugar, en esta fecha y en esta forma en que moría,

La Orden de los Camaldulenses fue aprobada definitivamente por Alejandro II (1061-1073) en 1072. Contaba entonces solamente nueve monasterios. El cuarto General, Beato Rodolfo, redactó en 1102 las constituciones definitivas, en las que se mitiga un poco el extremado rigor primitivo.

Bernardino Llorca S.I

Post sobre Camaldulenses

De los sacros montes a los santos desiertos


de la Acción y el Sentimiento

El espíritu alumbra en el silencio
Ermita en el camino

…Respecto de la acción, importa mucho saber que es lo que busco con ella, el deseo que lleva inscripto en su interior. Lo que la motiva es en verdad lo que hacemos cuando actuamos.

Es fundamental la transparencia, la verdad en la acción. Debe coincidir la motivación interior con aquello que se ve en mi actuar, sino habrá doblez e hipocresía.

Lo que hagamos debe ser útil en el presente y en el futuro y no generarse nunca una contradicción entre estos tiempos. Porque de ninguna manera el fin justifica los medios y porque tampoco es importante solo el ahora sino también las consecuencias que derivan hacia el mañana.

Todo lo que hagamos ha de poder realizarse ante la vista de Dios y de los semejantes, de otro modo no se debe hacer, porque esconde en sí algo que nos avergüenza. Esta vergüenza es signo de un alerta de la conciencia.

Cuando Adán y Eva se cubren no esconden sus cuerpos sino el deseo que los posee y los avergüenza.

Toda acción que efectuemos debe acercarnos a Dios, debe acercar a Dios a un ocasional testigo y su sentido debe estar mas allá del resultado de la misma.

El precepto evangélico de Lucas 6, 31 es la regla de oro de toda conducta: “Y tratad a los hombres como queréis que ellos os traten”.

Aquí trabajamos para que nuestra acción sea adoración o servicio a los hermanos sin considerar claro las de necesidad ineludible.

Vivir orando permite unir los tres componentes.

Todo sentimiento o emoción es un movimiento interior que se revela en la acción.

Lo que sentimos ante el otro, al mirar al otro, al tratarlo, es un tipo de hacer profundo que aunque velado por  las apariencias, constituye la verdadera acción que estamos efectuando.

…por eso, por ejemplo, dar limosna sintiendo asco, es en espíritu y en verdad, rechazar al otro; lo apartamos  interiormente y solo secundariamente le estaríamos dando  limosna.

Debemos llegar a sentir amor y esto enteramente como “deber-ser” supremo, no es mas que amar a Dios que se manifiesta en todo lo creado, mas allá del momento particular de ese ser que observamos o de dicha esfera de su obra.

Se debe llegar a sentir amor, por todo y todos sin impostación alguna, de dentro hacia afuera, siempre. Eso buscamos, por eso trabajamos y ello imploramos. Porque ese estado evidencia en uno la presencia de Cristo.

Ha de empezarse dejando de sostener los odios y las comparaciones. Esas afirmaciones mentales que me encumbran en detrimento de los demás, de esos que critico y acuso.

No sirve ceder por fuera y seguir sosteniendo la misma opinión interiormente. Es preciso renunciar a todo juicio, mirando siempre la viga en el propio ojo y solo en ello concentrarnos.

Si no siento amor, no veo a Dios en el otro. El Creador sabe que ese otro existe, sostiene y permite la continuidad de su vida y además esta permitiendo la ocurrencia de la situación que vivo y que me mortifica con ese prójimo.

Debemos preguntarnos siempre: ¿Para qué permite esta situación El Señor? Aunque no venga a nosotros una respuesta clara rápidamente, sabemos que no será para que convirtiéndonos en esclavos de la pasión la rechacemos coléricos.

¿Será para que manifestemos el amor de Cristo? ¿Será que me toca ser prisma de la luz redentora? o quizás a la inversa: ¿Me mostrará aquél que juzgo y rechazo un nuevo aspecto del rostro de Dios?

Si Dios permite y sostiene nuestras vidas y situaciones, no es creíble que Él ame a uno mas que a otro, porque sería creer en un Dios mudable, que sufre vaivenes de ánimo ante la conducta humana.

Una cosa son las alegorías y la simbología y la sígnica sagrada de La Biblia (part.  del A. T.) y otra cosa es el inmutable Ser de Dios.

Debemos tratar de hacer según la enseñanza de Cristo y de actuar en la Presencia de Dios, que ve lo que oculta el corazón, sin doblez, con pureza de acción. Seguimos un camino recto y simple, por ello silencioso. La acción pura no estorba, es silencio.

Y tratemos de acercar nuestros sentimientos al amor, empezando por no defender antagonismos, no sostengamos la oposición o el rechazo, llevemos al “enemigo” al altar de nuestra oración. Cuando nos hincamos en adoración, antes que nada presentemos a los por nosotros rechazados, los odiados, los criticados, aquellos que hemos expulsado de nuestro corazón.

Muchas veces la mente emite juicios y el corazón arde en adhesión a ellos; entronizados en la soberbia, olvidamos nuestras propias debilidades.

Venir a vivir aquí lejos del mundo, implica para nosotros la necesidad de reconciliarnos con todo lo vivido. No se puede permanecer aquí sin amar todo aquello que vivimos y todo aquello que dejamos. No venimos aquí por odio al mundo sino por afán de Dios, por búsqueda de eternidad.

La crítica, la murmuración no deben formar parte de nuestra comunidad y de nuestro mundo espiritual. Es un hábito corriente en el mundo, ponerse a hablar de los demás, afirmándose así en el propio ego, descargando tensiones mientras se lapida al semejante con la lengua. Eso no sucede aquí.

…porque odiar es dar energía a aquello que se rechaza y en cierto modo sostenerlo vivo. No odiar, abandonar. Entonces el corazón se recupera íntegro.

Abandonemos entonces toda crítica, toda afirmación que niegue lo ajeno, dediquémonos a buscar, encontrar y abrazar al Señor que mora en nuestros corazones.

…porque si amo a Cristo, lo amo todo entero. Con su humanidad y su divinidad y con sus momentos difíciles al igual que en la resurrección y ascensión. Lo amamos en el esplendor de la gloria y también cuando gime por tener el corazón angustiado.

Un vil asesino: alguien que no ha encontrado a Cristo vivo en él y escondido en cada cosa.

Un santo: alguien que Lo ha encontrado y  que ha develado como, cada paso biográfico, era un escalón hacia la gracia de la existencia espiritual.

Decimos entonces que la acción es una expresión del sentimiento y del pensamiento y que lo mental y lo emocional son en si mismos una forma de acción e influencia en los demás. Recordemos que ya desear es cometer adulterio… por lo cual, nos preocupamos aquí no solo de seguir la regla exteriormente sino en el espíritu.

Si encuentran dificultades, no teman, acudan al Hno. asignado para ayudarles en su camino de ascensión. La puerta es estrecha pero no tiene porqué atravesarse sin ayuda.

La palabra amor a sido dañada, vituperada, pisoteada. Suele confundírsela con apego, con compasión, con ternura, con mera lacrimosidad o sentimentalismo.

No somos quienes para definir correctamente la palabra amor, pero nos basamos en una concepción simple que dice:

Amo cuando deseo el bien del otro. Me amo a mi mismo cuando deseo mi propio bien. Ama al prójimo como a ti mismo…vive deseando el bien.

No hay mayor bien que encontrar a Dios en el corazón, escondido en nosotros mismos. Desear que El Espíritu Santo alumbre en nuestros corazones y en el de todos, esa es nuestra tarea principal y esta muy a la mano, es un movimiento de la emoción en dirección correcta.

Texto propio del blog

Link:

Interpretación y tendencias

Ermita del Charles de Foucauld en L'Assekrem
Ermita de Charles de Foucauld en L’Assekrem

Fragmentos

Aquello a los que nos sentimos llamados, nuestro deber… proviene de una fuente externa a nosotros y de una fuente interior. La primera, los Evangelios; la segunda, lo que sentimos como vocación personal.

En general, mas allá de cualquier magisterio, las personas interpretamos la escritura, de modo personal, leemos poniendo nuestro personal énfasis.

Es decir, que algunos atenderán a ciertas partes del Evangelio relegando otras y aquellos otros por el contrario, destacarán lo que  para los primeros, suele pasar inadvertido.

La subjetividad, parte ineludible de toda percepción, es la que hace de tamiz en cada lectura. Pero lo relevante, es que esa subjetividad puede estar participada por un deseo de perfección, por un llamado a la santidad o puede ser una visión mezclada con vicios irresueltos o por una tendencia acomodaticia hacia las propias pasiones.

Cuando leemos la Palabra, ¿nos guía el afán de hacerla molde de nuestra vida o el de conservar los hábitos que cargamos sin cambios dolorosos para el ego y sus variadas posesiones?

Y en lo que atañe a la vocación personal, creo que debe ser discernida con mucha atención, mediante un minucioso examen de las motivaciones internas. Hay que descubrir el “para qué” genuino de las acciones que voy a emprender, cualesquiera sean.

El señor, nuestro Dios nos habla a través de la buena nueva evangélica y a través del corazón, en lo íntimo subjetivo. Pero resulta que a unos el Evangelio parece decirles una cosa y a otros otra, produciéndose el fenómeno de –hacerle decir a Cristo lo que uno quiere que diga- no necesariamente con mala intención, sino influenciados por esto que destacamos, de las motivaciones internas no claramente vistas, no del todo conscientes, que a modo de compulsiones van guiando toda la interpretación.

Disculpa si me repito a veces, sucede que te escribo como si pensara en voz alta por la confianza que nos une y voy y vengo en el discurso hasta que acierto a decir lo que tengo para decirte.

Imagina cuanto más es desvirtuado y transformado según las apetencias lo subjetivo en sí, esto es, lo que no dependiendo en forma alguna de algo estable (como los evangelios) muda de continuo según mociones, locuciones, divagaciones, carencias, actitudes, humores fisiológicos y mudanzas anímicas. 

Existen multitud de fenómenos síquicosey Es por esta tremenda multiplicidad de mundos interiores, por esta curiosa composición de lo humano, que nos encontramos luego por ejemplo, con alguien que viviendo en la opulencia, se dice cristiano. Como si cupiera la posibilidad de pertenecer a Cristo, atesorando riquezas hasta la hartura.

Por eso, y lo sabes por nuestro pasado en común, que prefiero monjes y monasterios en la carencia, aún desmedida, antes que aceptar donativos y ayudas que sirven más para tranquilizar la conciencia pecaminosa de algunos que para edificar nuestras vidas.

Pero  siguiendo con lo anterior; es por esta diversidad interpretativa, que vemos a uno corriendo presuroso a visitar innumerables médicos, temeroso del síntoma que podría representar una afección, desesperado por evitar la ocasional presencia del dolor y a otro; permanecer tranquilo ante afecciones y dolores varios y aún ante la muerte inminente.

Como fue el caso de Nicolás, a quién seguro recordarás, quién adaptándose totalmente a la voluntad Divina, consideraba todo como obra de la gracia para su transformación íntima.

Así, entre uno y otro extremo se hallan todas las gradaciones posibles. ¿Quién obró bien? Para unos lo de Hno. Nicolás fue algo parecido al suicidio, negábase a recibir médicos, no queriendo oponerse a los designios de Dios. El decía y lo sostenía con coherencia total, que si Dios quisiera que el continuara con vida implementaría su curación. Y así murió, en la certeza de que ya le había llegado el tiempo de la misericordia, de dormir en la beatitud del Padre.

Para otros, entre los que me cuento, consideramos que era un santo anónimo, alguien que en el anonadamiento absoluto hizo llover muchas gracias sobre todos los que lo rodeábamos. Todo depende creo, de quién juzgue y de la genuina conciencia de cada uno. Y, en todo caso, mejor no juzgar, no sea que nos midan con la misma vara.

Querido hermano: En lo personal trato de evaluar las acciones ante la mirada de Dios. Me fijo si esto que hago podría hacerlo igualmente ante la mirada de Cristo. Si bien todo lo efectuamos en Su presencia, hago el ejercicio particular de imaginarlo ahí, delante de mí, viéndome en forma personal y esto ya suele dejarme claro respecto a la naturaleza de la acción que voy a ejecutar.

Por supuesto que no me estoy refiriendo a aquellos actos fácilmente discernibles a través de los mandamientos, sino a cuestiones no del todo regladas o clarificadas. Por ejemplo la proporción en el ayuno o los grados de mortificación personal, el esfuerzo que será necesario aplicar para solucionar alguna dificultad, el sitio y el modo de llevar adelante un apostolado, etc.

Una consideración especial atañe a lo que sabiendo que deberíamos hacer, no llevamos a cabo por debilidad personal. Este darnos cuenta de que quisiéramos hacer esto o aquello, de que quisiéramos ser mejores,  pero no nos animamos o no nos atrevemos… esta conciencia de lo querido distanciado de lo logrado, ayuda y nos cimenta en la verdad. Pidamos la gracia de mejorar cada día.

Distinto al caso de quién al no poder lo más, interpreta la norma según lo menos para mantenerse en la cima del “deber ser”.

Cristo pidió pobreza y he aquí que alguien nota que no es capaz de despojarse de todos sus bienes, muy bien; pero ese admitir lo que sucede, es un tipo de acto mas edificante que iniciar argumentaciones respecto a lo que se refería el Señor, arguyendo que era solo a una actitud de desapego interior, que por otra parte el que interpreta tampoco lleva a cabo.

Hace falta mas lectio. Leer los Evangelios con sumo cuidado puede sorprendernos. ¿Hemos leído a Cristo? Si bien siempre nos quedarán oscuridades, muchos versículos de sobre conocidos llegarán a iluminarnos si los leemos con el corazón abierto y pidiendo la gracia de no interpretar según nuestra mirada caída. No lo dudes, somos muy poco consecuentes con la enseñanza.

En el próximo retiro, les sugiero, si pudieran destinar unas horas a la reflexión acerca de la jornada cotidiana de cada uno. Hacer un esquema del día típico y luego fijarse con atención esmerada si todo ello cuadra con el mensaje de Nuestro Señor. Si miro mi día al prisma del Evangelio…¿Qué veo? Quedarán desnudos ciertos actos de inconsecuencia.

Ya que vas a estar con laicos estos días, te recomiendo brevemente:

Resulta muy interesante tamizar con la enseñanza de Cristo las horas que se pasan frente al televisor. Rápidamente concluirán que mas vale conversar en familia, y hasta compartir algún juego entre todos, leer o lo que fuera antes que someter las mentes propias y de los niños a los valores decadentes y consumistas que transmite ese medio.

Como no sea algún documental o programa de elevación, algunas películas hermosas muy raras, la actitud de un buen cristiano esta mas cerca de apagarlo que de encenderlo. ¿Será pedir mucha coherencia?

Se habla y se critica a las drogas como factor enajenante y esta muy bien y es muy cierto; pero ¿se enfatiza también en la verdadera narcosis necrotizante del alma que hacen los medios? Seguro que no. Se considera a esta una posición extrema y con ello se abre paso a la exacerbación de las pasiones ya desde corta edad.

Me he extendido demasiado. Eso es todo por ahora. Ruego a Cristo siga alentando en ti el deseo de perfección y santidad.

elsantonombre.org

Contemplación y redención

Santa Teresita de Lisieux

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Santa Teresita de Lisieux

TERESA MARTIN nació en Alençon, Francia, el 2 de enero de 1873. Dos días más tarde fue bautizada. en la Iglesia de Nôtre-Dame, recibiendo los nombres de María Francisca Teresa. Sus padres fueron Luis Martin y Celia Guérin, ambos venerables en la actualidad. Tras la muerte de su madre, el 28 de agosto de 1877, Teresa se trasladó con toda la familia a Lisieux.

A finales de 1879 recibió por vez primera el sacramento de la Penitencia. El día de Pentecostés de 1883, recibió la gracia especial de ser curada de una grave enfermedad por la intercesión de Nuestra Señora de las Victorias (la Virgen de la Sonrisa). Educada por las Benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884, después de una intensa preparación, culminada con una fuerte experiencia de la gracia de la íntima comunión con Cristo. Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación, con plena conciencia de acoger el don del Espíritu Santo mediante una participación personal en la gracia de Pentecostés.

Su deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, después de haber visitado la Santa Casa de Loreto y los lugares de la Ciudad Eterna, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa León XIII a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para poder entrar en el Carmelo con 15 años.

El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María.

En el Carmelo comenzó el camino de perfección trazado por la Madre Fundadora, Teresa de Jesús, con auténtico fervor y fidelidad, y cumpliendo los diferentes oficios que le fueron confiados (fue también maestra de novicias). Iluminada por la Palabra de Dios, y probada especialmente por la enfermedad de su queridísimo padre, Luis Martin, que falleció el 29 de julio de 1894, emprendió el camino hacia la santidad, inspirada en la lectura del Evangelio y poniendo el amor al centro de todo. Teresa nos ha dejado en sus manuscritos autobiográficos no sólo los recuerdos de la infancia y de la adolescencia, sino también el retrato de su alma y la descripción de sus experiencias más íntimas. Descubre y comunica a las novicias confiadas a sus cuidados; el camino de la infancia espiritual; recibe como don especial el encargo do acompañar con la oración y el sacrificio a dos hermanos misioneros (el Padre Roulland, misionero en China y el Padre Belliére). Penetra cada vez más en el misterio de la Iglesia y siente crecer su vocación apostólica y misionera para arrastrar consigo a los demás, movida por el amor de Cristo, su Único Esposo.

El 9 de junio de 1895, en la fiesta de la Santísima Trinidad, se ofreció como victima inmolada al Amor misericordioso de Dios. Por entonces escribe el primer manuscrito autobiográfico, que entregó a la Madre Inés el día de su onomástica, el 21 de enero de 1896.

Algunos meses más tarde, el 3 de abril, durante la noche del jueves al viernes santo, sufrió una hemotisis, primera manifestación de la enfermedad que la llevaría a la muerte, y que ella acogió como una misteriosa visita del Esposo divino. Entró entonces en una prueba de fe que duraría hasta el final de su vida, y de la que ofrece un emotivo testimonio en sus escritos. Durante el mes de septiembre concluye el manuscrito B, que ilustra de manera impresionante el grado de santidad al que había llegado, especialmente por el descubrimiento de su vocación en el corazón de la Iglesia.

Mientras empeora su salud y continúa el tiempo de prueba, en el mes de junio comienza el manuscrito C, dedicado a la Madre María de Gonzaga; entretanto, nuevas gracias la llevan a madurar plenamente en la perfección y descubre nuevas luces para la difusión de su mensaje en la Iglesia, en bien de las almas que seguirán su camino. El 8 de julio es llevada a la enfermería, donde otras religiosas recogen sus palabras, a la vez que se le tornan más intensos los dolores y las pruebas, que soporta con paciencia hasta su muerte, acaecida en la tarde del 30 de septiembre de 1897, a las 19:20 h. «Yo no muero, entro en la vida» había escrito a su hermano espiritual misionero, P. Mauricio Belliére. Sus últimas palabras, «Dios mío, te amo», sellan una vida que se extinguió en la tierra a los 24 años, para entrar, según su deseo, en una nueva fase de presencia apostólica en favor de las almas, en la comunión de los Santos, para derramar una «lluvia de rosas» sobre el mundo (lluvia de favores y beneficios, especialmente para amar más a Dios).

Fue canonizada por Pío XI el 17 de mayo de 1925, y el mismo Papa, el 14 de diciembre de 1927, la proclamó Patrona Universal de las Misiones, junto con San Francisco Javier.

Su doctrina y su ejemplo de santidad han sido recibidos con gran entusiasmo por todas las categorías de fieles de este siglo, y también más allá de la Iglesia Católica y del Cristianismo.

Con ocasión del Centenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II la declaró Doctora de la Iglesia por la solidez de su sabiduría espiritual, inspirada en el Evangelio, por la originalidad de sus intuiciones teológicas, en las cuales resplandece su eminente doctrina, y por la acogida en todo el mundo de su mensaje espiritual, difundido a través de la traducción de sus obras en una cincuentena de lenguas diversas. La ceremonia del nombramiento tuvo lugar el 19 de octubre de 1.997, precisamente en el domingo en el que se celebra la Jornada Mundial de las Misiones.

Texto de :

Historia de un alma

Texto del post extraído de:

webcatolicodejavier

Mas sobre Santa Teresita en:

corazones.org

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Comentario a Regla para eremitas

Atender a lo importante

 

Regla para eremitas es una referencia clara, muy útil y por ello a tener en cuenta en el momento de decidirse a iniciar una vía eremítica o a elevar la cualidad de lo que cada uno viene haciendo en el camino del recogimiento y el silencio interior.

Me pides un comentario a la misma y es muy difícil agregar algo a un escrito tan simple y claro. Puedo remitirme a contar lo que a mi se me suscita cuando recorro sus consejos, lo que me va transformando en el corazón o los significados e interpretaciones que voy asimilando.

De la introducción, me ha quedado muy grabada la idea de “horadar el instante” y pasar al otro lado que se menciona. Ese estar aquí y ahora al que se alienta cuando se exhorta a abandonar el pasado y no imaginar el futuro. No buscar razones  para escapar, no dejarse deslumbrar por el mundo que perece…toda la introducción me parece magnífica, una síntesis que debiéramos repetir con frecuencia.

“Horadar el instante” es para mí la síntesis quizás de toda la regla. Porque sin moverse ni mudarse puede uno traspasar todo el ruido del mundo interior y exterior e ingresar en la senda del Señor, ir a Su encuentro.

Es muy importante este concepto de la “mudanza” a la que se hace referencia: Tal vez pensabas que alcanzarías una vida mejor mudando de lugar o escapándote del tiempo. Nada de eso”. Nada se logra cambiando el lugar en que nos hallamos, salvo por el impacto del cambio un cierto tiempo, un breve tiempo. A todo lugar donde vayamos nos llevamos a nosotros mismos y por eso, vienen con nosotros los mismos problemas y debilidades y miserias que teníamos en el sitio anterior. Por eso la única mudanza importante es la mudanza del corazón, el cambiar el corazón, el purificarlo, mientras se realiza también la xenitía, ese apartamiento, ese sentirse peregrino en tierra extraña, tan caro para los monjes y anacoretas de todos los tiempos.

Pero ya ves, comienzo a extenderme y podría terminar hablando horas y no es lo que pretendes al pedirme un comentario a la Regla para eremitas de Fray Justo. Me pediste que te abriera las vivencias mas importantes que se me producen cada vez que la leo y entonces a eso trataré de atenerme. Entonces en cuanto a la introducción; “Aquí hallarás una pequeña senda para horadar el instante y el lugar en que te encuentras y pasar del otro lado. Más allá.”

Además de lo dicho, te comentaré hoy los tres primeros puntos de la primera parte, de la conducta y actitudes en la jornada.

Se dice en el primer punto:

Al comenzar el día, ármese, el lector, con la señal de la Cruz y conságrelo, todo entero, en un breve acto al Señor.

Esto de armarse con la cruz, con la señal de la cruz, me ha gustado especialmente, porque en el mundo de hoy, mas que nunca quizás, hace falta estar protegido, escudado y armado con la cruz. Y, por supuesto, esto de consagrar el día al Señor es lo fundamental que uno puede hacer, porque mas allá de las circunstancias de cada día, todo se lo podemos ofrecer a Él. Vivir el día junto a lo sagrado, hacer sagrado el día, depende de que cada cosa este dedicada Él y realizada en su Presencia. Eso es lo que yo leo cada vez que repito el primer punto de la regla. Vivir en medio de lo sagrado, hacer sagrado el día, consagrarlo como ofrenda, como acto de amor en Su presencia, esa es la intención que la frase me despierta.

Renuncie explícitamente, con una cortísima invocación, a cualquier vanidad o distracción durante la jornada. Haga el propósito, sinceramente, de no apartarse del Señor. Recuerde el aforismo de San Juan de la Cruz que nos enseña que sólo Dios es digno del pensamiento del hombre.

Dejar de lado cualquier vanidad o distracción, renunciar a ellas en la jornada. Hacer explicita con nuestros labios la renuncia a lo vano, a lo insustancial, a lo irreal. Esto de dejar la vanidad es dejar prácticamente todo lo que no sea del Señor. Es la renuncia mas propia de los eremitas por siglos. El eremita deja el mundo y se va al desierto, porque en el desierto no hay nada; solo él y Dios. La ida al desierto era la externalización de su renuncia a la vanidad, palabra que alude a lo vacío, a lo irreal, a lo falso, a lo que perece, lo caduco.

Dejar propiamente el mundo, aún cuando se viva en la ciudad, es abandonar toda secundariedad y solo pensar en Dios, todo remitirlo a Él, como se marca en este punto de la regla al hacer referencia al dicho de San Juan de la Cruz. Y luego me he concentrado en la palabra distracción, en ese estar tironeado por direcciones diferentes, por la divagación. Renunciar a lo vano y al vagabundeo mental que termina haciéndonos vagabundear en lo que hacemos, en la conducta. Hacer el propósito de no apartarse del Señor, por lo tanto no dedicarse a lo que no tiene valor y no distraerse, no andar “de aquí para allá”, es lo que me deja el segundo punto, que marca una clara actitud para toda la jornada.

Pida, en fin, con plegarias e invocaciones, la gracia de la contemplación y de su perseverancia.

Si. Recordar que todo es una gracia y pedir la gracia mas propia del eremita, la contemplación. No hay nada mas importante para quién marcha al desierto, que la gracia de la contemplación. El desierto cobra sentido en la contemplación del Señor y en la permanencia en ella. La contemplación como camino de vida, como modo de Ser y Estar en el mundo.

No busca el eremita solo la experiencia extraordinaria, la fugaz alteración de la conciencia tan propia de la sensualidad y lo psicodélico; sino que busca un modo de ser contemplativo, perseverar en el silencio. Pedir la gracia de la contemplación, sin ella el desierto aflige, es frío, la soledad puede asustar. Con la gracia de la contemplación, el desierto es un don inestimable.

 

Regla para eremitas

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Nueva Ortodoxia

Pentecostés
Pentecostés

Nosotros somos religiosos. Nuestra búsqueda de Dios es lo más importante de nuestras vidas y lo que nos une profundamente.

Esta búsqueda se ha hecho profesión monástica de vida y en algunos también profesión sacerdotal. Hemos abrazado lo monástico queriendo alcanzar la unidad interior con lo Divino y hemos querido ser puentes, comunicando esa gracia a los demás; sea a través de la actividad contemplativa o de otras actividades.

Como se dijo hace tiempo: Nosotros coincidimos en que no existe oposición entre acción y contemplación. Sabemos que la acción suprema, es la obra de la oración.

Nos hemos reunido porque nuestras miradas coinciden y porque respondemos a lo que vemos de un modo similar. Todos aquí contamos con una análoga visión de la historia, amamos a Cristo y a la Iglesia y somos católicos.

Tenemos entre manos unos pocos puntos simples y claros que nos sirven de guía, sintetizando lo trabajado estos días:

  1. La experiencia de Dios en esta vida es posible.
  2. Esa experiencia es lo que se ha conocido como descenso del Espíritu Santo.
  3. La vida sin el Espíritu Santo se nos aparece como vacía de sentido.
  4. La unidad de los Cristianos es el necesario paso previo a la evangelización del mundo.
  5. La Evangelización del mundo depende de que los cristianos vivan con coherencia la enseñanza de Cristo.
  6. La absoluta coherencia no es posible sin la recepción personal e íntima del Espíritu Santo.

Algunas consideraciones

a) Antiguamente, cuando se imponían las manos, una fuerza Divina pasaba a través del apóstol hacia el fiel creyente, convirtiendo sus costumbres y su manera de vivir la vida. La Buena nueva encarnaba en el bautizado.

b) Es esta ausencia de lo que se transmitía originariamente la causa de cuantos males se puedan encontrar en la historia de la iglesia y en su presente alicaído, casi mimetizada con la decadente sociedad actual.

c) La liturgia es sagrada morfología en tanto ambiente propicio para la manifestación de la gracia y sus diferentes dones. Sin embargo, la liturgia sin la Presencia del Espíritu Santo ha devenido muchas veces forma vacía. Aunque hay formas que favorecen y corresponden mas que otras, el tema central no está en el idioma ni en el misal que se use, ni siquiera en si se mira a Dios o al pueblo; sino en la ausencia de santidad de todos los oferentes.

d) El rito verdadero es aquél que transmite el Espíritu Santo o que hace presente a Cristo de manera manifiesta en el interior del fiel. En ese sentido el ritual sirve a la transmisión y no como sucede frecuentemente hoy, en donde el ritual viene a esconder la falta de sustancia sagrada en fieles y oficiantes.

e) Si es o no posible actualmente una reforma que vigorice a la iglesia pero sin escindirla sino todo lo contrario y si es posible resucitar hoy la vida de los primeros cristianos, predicando con una vida evangélica de absoluta coherencia… dependerá nos parece, de la generación de un nuevo pentecostés personal y comunitario que genere una nueva generación de apóstoles santos, que manifiesten el reino de Dios mediante incontrovertibles signos y claridades como lo hicieron nuestros Santos Padres.

f) No se necesita alejarse del Papa, ni entrar en controversias en donde a un argumento le sucede el otro en interminable Babel, ni separarse, ni alegar sede-vacantismo, ni pedir mitigaciones o estrechas observancias; se necesita El Espíritu Santo en uno mismo, vivo y presente a cada instante. Porque si Él esta en uno verdaderamente, nada podrá detener al Señor que se expresa a través del que lo porta.

g) Creo que una relectura atenta de los Evangelios nos es necesaria, una lectio profunda de la Buena Nueva y su sentido. Creo también que debería prescindirse de toda interpretación interesada, haciendo un esfuerzo por leer lo que allí se dice, simplemente, tomándolo como la Palabra de Dios que afirmamos que es.

h) El Espíritu sopla donde quiere pero suele preferir a los coherentes. Volvamos al mensaje de Cristo.

elsantonombre.org

“Apuntes para la elaboración de un manifiesto”.

Publicado inicialmente en Textos monásticos, el 17 /09/09

Reverencia

Abandono en Dios
Abandono en Dios

Puede haber una actitud meramente ritual o farisea, una conducta vaciada de espíritu, que consiste en la ejecución de la externalidad de un acto sin su correspondiente significación interior.

Abordamos este tema al principiar la participación en nuestra comunidad, porque debe evitarse a toda costa padecer ese modo de hacer, que termina vaciando de sentido la actividad espiritual.

Y no es algo que suceda intencional, este quedarse en la cáscara de las cosas sino que acontece inadvertidamente, como resultado de un planteo inicial equivocado.

Examinemos el caso de la reverencia.

Como habrán apreciado ya, todos nosotros nos inclinamos de manera reverente ante la Cruz que nos preside, una y otra vez, en cada ocasión que nos toca pasar frente a ella. Idéntica actitud adoptamos por supuesto ante el sagrario, en nuestro humilde oratorio.

Pero ¿que es lo que hacemos cuando respetuosos nos inclinamos ante la figura de lo sagrado?

Lo que hacemos es expresar con el cuerpo una realidad que vive en nuestro espíritu. Sentimos reverencia, admiración, tensión de amor y dejamos que nuestro cuerpo lo manifieste inclinándose, venerando.

Y no lo hacemos por deber, o para ser vistos por otros sino porque lo sentimos justo, correspondiente. Pero puede que suceda que no se esté animado por esa disposición del ánimo, puede que no se sienta eso siempre, puede que aún no se haya encontrado la posición espiritual adecuada.

Entonces tenemos aquí una costumbre que ustedes si desean permanecer habrán de adquirir, una forma que nos sirve de recordatorio y que nos va moldeando.

Nosotros no reverenciamos sino se corresponde a lo que sentimos y entonces, van a ver ustedes que algún monje por ahí, permanece quieto ante la Cruz, sin moverse, sin continuar su camino, quieto y concentrado.

Sepan que se halla buscando en su interior el lugar de la reverencia. Es que se ha salido hacia las cosas o se ha oscurecido su espíritu o divagando ha olvidado la maravilla de la vida.

No van a encontrar aquí si Dios nos lo permite, esas inclinaciones apresuradas, esas semi genuflexiones de compromiso, ese simulacro de postración que suele ser observable habitualmente en los templos de ciudad.

Por esa razón también les será perceptible que aquí se camina despacio, aquí no hay apuro porque la nuestra es sobre todo una labor interior. Labramos el campo del espíritu, intentando cultivarlo, para que nazca en el la flor que no caduca, ese impulso de amor que transforma la vida en acto de adoración.

Nosotros no queremos adorar en la salmodia o en la sagrada eucaristía, ni en el oficio de las horas o durante la lectio o el oficio iconográfico. Nosotros queremos adorar a todas horas, con la mirada, con el paso, con la respiración, con el servicio que nos toca brindar a los hermanos; nosotros queremos vivir adorando, queremos y para eso pedimos la gracia, convertirnos en llamas, en fuego ofrecido.

Así como el enamorado no hace otra cosa que pensar en su amada y hasta se lo llega a considerar enfermo de amor porque no puede hablar, ni pensar, ni hacer otra cosa que rondar en torno de su amada, del mismo modo queremos nosotros vivir en la devoción a Nuestro Señor, encontrando allí la saciedad completa.

Nos ejercitamos en encontrar ese estado y particularmente ante la Cruz y el Sagrario, como especiales momentos de veneración, al igual que ante el icono en cada celda.

Nosotros decimos: El Señor esta en todos lados, porque en el vivimos, nos movemos y existimos, pero nosotros no siempre lo reconocemos o sentimos. Por lo cual esos dos momentos que se corresponden a puntos precisos en el espacio, aquí en nuestro campo, son ocasión y recordatorio y ayuda para volver a Él, a su Presencia que no queremos abandonar.

Unos metros antes de la Cruz, varios pasos antes del altar, puede servirles repetir algo a lo que nos hemos acostumbrado los mas viejos aquí, una cierta letanía, que es personal, privada de cada uno, pero que trata de hacer consciente al monje de lo que se trata.

Voy a inclinarme ante El Señor, creador de los cielos y la tierra.

Voy a inclinarme ante El Señor, origen de toda existencia.

Voy a inclinarme ante El Señor, fuente de toda misericordia.

Voy a inclinarme ante mi Dios y Señor, padre de toda hierba y de todo árbol, generador de las manantiales y de las lluvias, de las aves y las cumbres…

Y así siguiendo cada uno a su manera personal, pero siempre tomando conciencia de esas cosas que aquí en medio de la naturaleza, se nos hacen tan patentes, tan hermosas y siempre denotando la presencia de Dios en ellas.

Verán que no es difícil adorar sinceramente cuando diariamente se observan las innumerables estrellas, exquisitas, indescriptibles, puras en su luminosidad. Cuando se vive el viento cambiante, las tormentas arrolladoras, los amaneceres radiantes.

Han venido aquí por amor a Dios encarnado en Cristo, guiados en secreto por el Espíritu. Correspondamos agradecidos y reverentes haciendo de nuestra vida entera un acto de alabanza.

Ustedes saben que nos organizamos para que delante del santísimo en el sagrario, haya siempre algún hermano arrodillado en adoración.

Sin embargo no ignoramos que eso pretende ser un símbolo de una adoración perpetua, de una devoción afectuosa que debe ser llevada a cabo en el templo de cada corazón.

A eso han venido, eso es lo importante y todo lo demás secundario.

Invoquemos ahora juntos a Jesucristo, por quién se dobla toda rodilla en los cielos y en la tierra y digámosle con unción…

 

elsantonombre.org

La Oración del corazón

Que se haga Tu voluntad
Que se haga Tu voluntad

…No es justo separar las dos etapas siguientes, la de la unificación de la conciencia y del corazón, y la de la transfiguración en la luz Divina.

…La oración de Jesús puede ayudarnos mucho a esta reconstitución de un eje vital bajo el sol del corazón.

Los viejos monjes dicen que no es necesario temer los momentos de plenitud (plérophoria), experimentada en el mismo cuerpo.

Enseñan, en la perspectiva de la resurrección, un uso no-pasional de la alegría de ser. Piden que se «circunscriba lo incorporal en lo corporal» hasta vivir con gratitud una humilde y grave sensación.

Caminar, respirar, alimetarse, tocar la corteza de un árbol, todo puede llegar a ser celebración. El Nombre de Jesús llega a ser una especie de llave que abre el mundo, un instrumento de ofrenda secreta, un colocar el sello divino sobre todo lo que existe. La invocación del Nombre de Jesús es un método de transfiguración del universo.

…Cuanto más conozco a Dios, más se me hace maravillosamente desconocido. Cuanto más conozco al prójimo, más lo reencuentro con la sorpresa de la primera vez. Cuanto más conozco la creación de Dios, más embargado quedo por su misterio…

Esta temporalidad hace aflorar grandes estratos de paz y de luz en la densidad de los seres y de las cosas, en la monotonía de las tareas cotidianas…Esta temporalidad, finalmente, tiene sabor de silencio. No el mal silencio del vacío, el silencio helado de los abandonados, sino el silencio pleno, el silencio divino, «ese lenguaje del mundo por venir», como decía Isaac el sirio.

La invocación debe entonces abrirse sobre el silencio. Primero por breves momentos de silencio intercalados entre los llamados. luego por una especie de planeo interior en el azul del corazón consciente, según una penetración de la interioridad «pneumática» del Nombre de Jesús…

Y cuando el espíritu está presente, no es necesario orar, sino callar en él…La oración de Jesús hace del corazón de cada uno una celda monástica donde se está sólo con el Único en el silencio.

La ascesis néptica enseña a callar. Pero el silencio cristiano es inseparable de una palabra renovada. En un momento dado, el silencioso, el hesicasta, recibe el carisma de la palabra de vida, que va del corazón al corazón…

Uno de los frescos mas notables del Athos representa un monje crucificado, del que brotan llamas. Aquellos que son como él, son «hombres apostólicos», que hablan de lo que experimentan, y su palabra es poderosa con todo el poder del espíritu…

de «La oración del Corazón»

Textos de un Monje de la Iglesia de Oriente y Olivier Clement

pags. 125 -132/33/34 – Ichthys 1981 – Argentina

Texto completo

Vita Antonii


Icono de San Antonio Abad
Icono de San Antonio Abad

Primeros Pasos En La Vida Monastica

Antonio fue egipcio de nacimiento. Como niño vivió con sus padres, no conociendo sino su familia y su casa; cuando creció y se hizo muchacho y avanzó en edad, no quiso ir a la escuela, deseando evitar la compañía de otros niños, su único deseo era, como dice la Escritura acerca de Jacob (Gn 25:27), llevar una simple vida de hogar. Por su puesto iba a la iglesia con sus padres, y ahí no mostraba el desinterés de un niño ni el desprecio de los jóvenes por tales cosas. Al contrario, obedeciendo a sus padres, ponía atención a las lecturas y guardaba cuidadosamente en su corazón el provecho que extraía de ellas. Además, sin abusar de las fáciles condiciones en que vivía como niño, nunca importunó a sus padres pidiendo una comida rica o caprichosa, ni tenía placer alguno en cosas semejantes. Estaba satisfecho con lo que se le ponía delante y no pedía más.

Después de la muerte de sus padres quedó solo con una única hermana, mucho mas joven. Tenía entonces unos dieciocho o veinte años, y tomó cuidado de la casa y de su hermana. Menos de seis meses después de la muerte de sus padres, iba, como de costumbre, de camino hacia la iglesia. Mientras caminaba, iba meditando y reflexionaba como los apóstoles lo dejaron todo y siguieron al Salvador (Mt 4:20; 19:27); cómo, según se refiere en los Hechos (4:35-37), la gente vendía lo que tenía y lo ponía a los pies de los apóstoles para su distribución entre los necesitados; y que grande es la esperanza prometida en los cielos a los que obran así (Ef 1:18; Col 1:5). Pensando estas cosas, entró a la iglesia. Sucedió que en ese momento se estaba leyendo el pasaje, y se escuchó el pasaje en el que el Señor dice al joven rico: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y d selo a los pobres; luego ven, sígueme, y tendrás un tesoro en el cielo (Mt 19:21). Como si Dios le hubiese puesto el recuerdo de los santos y como si la lectura hubiera sido dirigida especialmente a él, Antonio salió inmediatamente de la iglesia y dio la propiedad que tenía de sus antepasados: 80 hectáreas, tierra muy fértil y muy hermosa. No quiso que ni él ni su hermana tuvieran ya nada que ver con ella. Vendió todo lo demás, los bienes muebles que poseía, y entregó a los pobres la considerable suma recibida, dejando sólo un poco para su hermana.

Pero de nuevo, entró en la iglesia, escuchó aquella palabra del Señor en el Evangelio: No se preocupen por el mañana (Mt 6:34). No pudo soportar mayor espera, sino que fue y distribuyó a los pobres también esto último. Colocó a su hermana donde vírgenes conocidas y de confianza, entregándosela para que fuese educada. Entonces él mismo dedico todo su tiempo a la vida ascética, atento a sí mismo, cerca de su propia casa. No existían aún tantas celdas monacales en Egipto, y ningún monje conocía siquiera el lejano desierto. Todo el que quería enfrentarse consigo mismo sirviendo a Cristo, practicaba la vida ascética solo, no lejos de su aldea. Por aquel tiempo había en la aldea vecina un anciano que desde su juventud llevaba la vida ascética en la soledad. Cuando Antonio lo vio, «tuvo celo por el bien» (Gl 4:18), y se estableció inmediatamente en la vecindad de la ciudad. Desde entonces, cuando oía que en alguna parte había un alma que se esforzaba, se iba, como sabia abeja, a buscarla y no volvía sin haberla visto; sólo después de haberla recibido, por decirlo así, provisiones para su jornada de virtud, regresaba.

Ahí, pues, pasó el tiempo de su iniciación y afirmó su determinación de no volver mas a la casa de sus padres ni de pensar en sus parientes, sino de dedicar todas sus inclinaciones y energías a la práctica continua de la vida ascética. Hacía trabajo manual, pues había oído que «el que no quiera trabajar, que tampoco tiene derecho a comer» (2 Ts 3:10). De sus entradas guardaba algo para su mantención y el resto lo daba a los pobres. Oraba constantemente, habiendo aprendido que debemos orar en privado (Mt 6:6) sin cesar (Lc 18:1; 21:36; 1 Ts 5:17). Además estaba tan atento a la lectura de la Escritura, que nada se le escapaba: retenía todo, y así su memoria le serví en lugar de libros.

Así vivía Antonio y era amado por todos. El, a su vez, se sometía con toda sinceridad a los hombres piadosos que visitaba, y se esforzaba en aprender aquello en que cada uno lo aventajaba en celo y práctica ascética. Observaba la bondad de uno, la seriedad de otro en la oración; estudiaba la apacible quietud de uno y la afabilidad de otro; fijaba su atención en las vigilias observadas por uno y en los estudios de otros; admiraba a uno por su paciencia, y a otro por ayunar y dormir en el suelo; miraba la humildad de uno y la abstinencia paciente de otro; y en unos y otros notaba especialmente la devoción a Cristo y el amor que se tenían mutuamente.

Habiéndose así saciado, volvía a su propio lugar de vida ascética. Entonces hacía suyo lo obtenido de cada uno y dedicaba todas sus energías a realizar en sí mismo las virtudes de todos. No tenía disputas con nadie de su edad, pero tampoco quería ser inferior a ellos en lo mejor; y aún esto lo hacía de tal modo que nadie se sentía ofendido, sino que todos se alegraban por él. Y así todos los aldeanos y los monjes con quienes estaba unido, vieron que clase de hombre era y lo llamaban «el amigo de Dios» amándolo como hijo o hermano.

Combates Con Los Demonios

Pero el demonio que odia y envidia lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela, el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida. Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.

El enemigo vio, sin embargo, que era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre, derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces toda su confianza en las armas que están «en los músculos de su vientre» (Job 40:16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos sucios, pero el los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos (Js 16:21; Sir 7:19; Is 66:24; Mc 9:48). Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado.

Toda esa experiencia hizo avergonzarse al enemigo. En verdad, él, que había pensado ser como Dios, hizo el loco ante la resistencia de un hombre. El, que en su engreimiento desdeñaba carne y sangre, fue ahora derrotado por un hombre de carne en su carne. Verdaderamente el Señor trabajaba con este hombre, El que por nosotros tomó carne y dio a su cuerpo la victoria sobre el demonio. Así, todos los que combaten seriamente pueden decir: No yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Co 15:10).

Finalmente, cuando el dragón no pudo conquistar a Antonio tampoco por estos últimos medios sino que se vio arrojado de su corazón, rechinando sus dientes, como dice la Escritura (Mc 9:17), cambio su persona, por decirlo así. Tal como es en su corazón, así se le apreció: como un muchacho negro; y como inclinándose ante él, ya no lo acosó más con pensamientos -pues el impostor había sido echado fuera-, sino que usando voz humana dijo: «A muchos he engañado y a muchos he vencido; pero ahora que te he atacado a ti y a tus esfuerzos como lo hice con tantos otros, me he demostrado demasiado débil.»

¿Quién eres tú que me hablas así?, preguntó Antonio.

El otro se apresuró a replicar con voz gimiente: Soy el amante de la fornicación. Mi misión es acechar a la juventud y seducirla; me llaman el espíritu de la fornicación. ¡A cuantos no he engañado, que estaban decididos a cuidar de sus sentidos! ¡A cuántas personas castas no he seducido con mis lisonjas! Yo soy aquel por cuya causa el profeta reprocha a los caídos: Ustedes fueron engañados por el espíritu de la fornicación (Os 4:12). Sí, yo fui quien los hice caer. Yo soy el que tanto te molesté y que tan a menudo fui vencido por C,],LD.» Antonio dio gracias al Señor y armándose de valor contra él, dijo: Entonces eres enteramente despreciable; eres negro en tu alma y tan débil como un niño. En adelante ya no me causas ninguna preocupación, porque el señor esta conmigo y me auxilia, ver la derrota de mis adversarios (Sal 117:7).

Oyendo esto, el negro desapareció inmediatamente, inclinándose a tales palabras y temiendo acercarse al hombre.

Antonio Aumenta Su Austeridad

Esta fue la primera victoria de Antonio sobre el demonio; más bien, digamos que este singular éxito de Antonio fue el del Salvador, que condenó el pecado en la carne, a fin de que la justificación de la ley se cumpliera en nosotros, que vivimos no según la carne sino según el espíritu (Rm 8:3-4). Pero Antonio no se descuidó ni se creyó garantido por sí mismo por el hecho de que el demonio hubiera sido echado a sus pies; tampoco el enemigo, aunque vencido en el combate, dejó de estar al acecho de él. Andaba dando vueltas alrededor, como un león (1 P 5:8), buscando una ocasión en su contra. Pero Antonio habiendo aprendido en las Escrituras que los engaños del maligno son diversos (Ef 6:11), practicó seriamente la vida ascética, teniendo en cuenta que aun si no se podía seducir su corazón con el placer del cuerpo, trataría ciertamente de engañarlo por algún otro método, porque el amor del demonio es el pecado. Resolvió por eso, acostumbrarse a un modo mas austero de vida. Mortificó su cuerpo más y más, y lo puso bajo la sujeción, no fuera que habiendo vencido en una ocasión, perdiera en otra (1 Co 9:27). Muchos se maravillaron de sus austeridades, pero él mismo las soportaba con facilidad. El celo que había penetrado en su alma por tanto tiempo, se transformó por la costumbre segunda naturaleza, de modo que aun la menor inspiración recibida de otros lo hacía responder con gran entusiasmo. Por ejemplo, observaba las vigilias nocturnas con tal determinación que a menudo pasaba toda la noche sin dormir, y eso no sólo una sino muchas veces, para admiración de todos. Así también comía una sola vez al día, después de la caída del sol; a veces cada dos días, y con frecuencia tomaba su alimento cada dos días. Su alimentación consistía en pan y sal; como bebida tomaba solo agua. No necesitamos mencionar carne o vino, porque tales cosas tampoco se encuentran entre los demás ascetas. Se contentaba con dormir sobre una estera, aunque lo hacía regularmente sobre el suelo desnudo.

Despreciaba el uso de ungüentos para el cutis, diciendo que los jóvenes debían practicar la vida ascética con seriedad y no andar buscando cosas que ablandan el cuerpo; debían mas bien acostumbrarse a trabajar duro, tomando en cuenta las palabras del apóstol: Cuando mas débil soy, mas fuerte me siento (2 Co 12:10). Decía que las energías del alma aumentan cuanto más débiles son los deseos del cuerpo.

Estaba además absolutamente convencido de lo siguiente: pensaba que apreciaría su progreso en la virtud y su consecuente apartamiento del mundo no por el tiempo pasado en ello sino por su apego y dedicación. Conforme a esto, no se preocupaba del paso del tiempo sino que cada día a día, como si recién estuviera comenzando la vida ascética, hacía los mayores esfuerzos hacia la perfección. Gustaba repetirse a si mismo las palabras de san Pablo: Olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por lo que está delante (Flp 3:13), recordando también la voz del profeta Elías: Vive el Señor, en cuya presencia estoy este día (1 Re 17:1; 18:15). Observaba que al decir este día, no estaba contando el tiempo que había pasado, sino que, como comenzando de nuevo, trabajando duro cada día para hacer de sí mismo alguien que pudiera aparecer delante de Dios: puro de corazón y dispuesto a seguir Su voluntad. Y acostumbraba a decir que la vida llevada por el gran profeta Elías debía ser para el asceta como un gran espejo en el cual poder mirar siempre la propia vida.

Así Antonio se dominó a sí mismo. Entonces decidió mudarse a los sepulcros que se hallan a cierta distancia de la aldea. Pidió a uno de sus familiares que le llevaran pan a largos intervalos. Entró entonces en una de las tumbas, el mencionado hombre cerró la puerta tras él, y así quedó dentro solo. Esto era más de lo que el enemigo podía soportar, pues en verdad temía que ahora fuera a llenar también el desierto con la vida ascética. Así llegó una noche con un gran número de demonios y lo azotó tan implacablemente que quedó tirado en el suelo, sin habla por el dolor. Afirmaba que el dolor era tan fuerte que los golpes no podían haber sido infligidos por ningún hombre como para causar semejante tormento. Por la providencia de Dios, porque el Señor no abandona a los que esperan en El, su pariente llegó al día siguiente trayéndole pan. Cuando abrió la puerta y lo vio tirado en el suelo como muerto, lo levantó y lo llevó hasta la Iglesia y lo depositó sobre el suelo. Muchos de sus parientes y de la gente de la aldea se sentaron en torno a Antonio como para velar su cadáver. Pero hacia la medianoche Antonio recobró el conocimiento y despertó. Cuando vio que todos estaban dormidos y sólo su amigo estaba despierto, le hizo señas para que se acercara y le pidió que lo levantara y lo llevara de nuevo a los sepulcros, sin despertar a nadie.

El hombre lo llevó de vuelta, la puerta fue trancada como antes y de nuevo que solo dentro. Por los golpes recibidos estaba demasiado débil como para mantenerse en pie; entonces oraba tendido en el suelo. Terminada su oración, gritó: «Aquí estoy yo, Antonio, que no me he acobardado con tus golpes, y aunque mas me des, nada me separar del amor a Cristo» (Rm 8:35). Entonces comenzó a cantar: «Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla» (Sal.26:3).

Tales eran los pensamientos y las palabras del asceta, pero el que odia el bien, el enemigo, asombrado de que después de todos los golpes todavía tuviera valor de volver, llamó a sus perros, y arrebatado de rabia dijo: «Ustedes ven que no hemos podido detener a este tipo con el espíritu de fornicación ni con los golpes; al contrario llega a desafiarnos. Vamos a proceder con él de otro modo.»

La función del malhechor no es difícil para el demonio. Esa noche, por eso, hicieron tal estrépito que el lugar parecía sacudido por un terremoto. Era como si los demonios se abrieran paso por las cuatro paredes del recinto, reventando a través de ellas en forma de bestia y reptiles. De repente todo el lugar se llenó de imágenes fantasmagóricas de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, áspides, escorpiones y lobos; cada uno se movía según el ejemplar que había asumido. El león rugía, listo para saltar sobre él; el toro ya casi lo atravesaba con sus cuernos; la serpiente se retorcía sin alcanzarlo completamente; el lobo lo acometía de frente; y el griterío armado simultáneamente por todas estas apariciones era espantoso, y la furia que mostraba era feroz.

Antonio, remecido y punzado por ellos, sentía aumentar el dolor en su cuerpo; sin embargo yacía sin miedo y con su espíritu vigilante. Gemía es verdad, por el dolor que atormentaba su cuerpo, pero su mente era dueña de la situación, y, como para burlarse de ellos, decía: si tuvieran poder sobre mí, hubiera bastado que viniera uno solo de ustedes; pero el Señor les quitó su fuerza, y por eso están tratando de hacerme perder el juicio con su número; es señal de su debilidad que tengan que imitar a las bestias.» De nuevo tuvo la valentía de decirles: «Si es que pueden, seis que han recibido el poder sobre mí, no se demoren, ¡vengan al ataque! Y si nada pueden, ¿para qué forzarse tanto sin ningún fin? Por que la fe en nuestro Señor es sello para nosotros y muro de salvación.» Así, después de haber intentado muchas argucias, rechinaron su dientes contra él, porque eran ellos los que se estaban volviendo locos y no él.

De nuevo el Señor no se olvidó de Antonio en su lucha, sino que vino a ayudarlo. Pues cuando miró hacia arriba, vio como si el techo se abriera y un rayo de luz bajara hacia él. Los demonios se habían ido de repente, el dolor de su cuerpo cesó y el edificio estaba restaurado como antes. Antonio, habiendo notado que la ayuda había llegado, respiró más libremente y se sintió aliviado en sus dolores. Y preguntó a la visión: «¿Dónde estaba tú? ¿Por qué no apareciste al comienzo para detener mis dolores?»

Y una voz le habló: «Antonio, yo estaba aquí, pero esperaba verte en acción. Y ahora que haz aguantado sin rendirte, seré siempre tu ayuda y te haré famoso en todas partes.»

Oyendo esto, se levantó y oró; y fue tan fortalecido que sintió su cuerpo más vigoroso que antes. Tenía por aquel tiempo unos treinta y cinco años edad.

Antonio se Muda a Pispir

Al día siguiente se fue, inspirado por un celo aún mayor por el servicio de Dios. Fue al encuentro del anciano ya antes mencionado (3-5) y le rogó que se fuera a vivir con él en el desierto. El otro declinó la invitación a causa de su edad y porque tal modo de vivir no era todavía costumbre. Entonces se fue solo a vivir a la montaña. ¡Pero ahí estaba de nuevo el enemigo! Viendo su seriedad y queriendo frustarla, proyectó la imagen ilusoria de un disco de plata sobre el camino. Pero Antonio, penetrando en el ardid del que odia el bien, se detuvo y, desenmascaró al demonio en él, diciendo: » ¿Un disco en el desierto? ¿De dónde sale esto? Esta no es una carretera frecuentada, y no hay huellas de que haya pasado gente por este camino. Es de gran tamaño y no puede haberse caído inadvertidamente. En verdad, aunque se hubiera perdido, el dueño habría vuelto y lo habría buscado, y seguramente lo habría encontrado porque es una región desierta. Esto es engaño del demonio. ¡No vas a frustrar mi resolución con estas cosas, demonio! ¡Tu dinero perezca junto contigo!» (Hch 8:20). Y al decir esto Antonio, el disco desapareció como humo.

Luego, mientras caminaba, vio de nuevo, no ya otra ilusión, sino oro verdadero, desparramado a lo largo del camino. Pues bien, ya sea que al mismo enemigo le llamó la atención, o si fue un buen espíritu el que atrajo al luchador y le demostró al demonio de que no se preocupabas ni siquiera de las riquezas auténticas, él mismo no lo indicó, y por eso no sabemos nada sino que era realmente oro lo que allí había. En cuanto a Antonio, quedó sorprendido por la cantidad que había, pero atravesó por él, como si hubiera sido fuego y siguió su camino sin volverse atrás. Al contrario, se puso a correr tan rápido que al poco rato perdió de vista el lugar y quedó oculto de él.

Así, afirmándose más y más en su propósito, se apresuro hacia la montaña. En la parte distante del río encontró un fortín desierto que con el correr del tiempo estaba plagado de reptiles. Allí se estableció para vivir. Los reptiles como si alguien los hubiera echado, se fueron de repente. Bloqueó la entrada, después de enterrar pan para seis meses -así lo hacen los tebanos y a menudo los panes se mantienen frescos por todo un año-, y teniendo agua a mano, desapareció como en un santuario. Quedó allí solo, no saliendo nunca y no viendo pasar a nadie. Por mucho tiempo perseveró en esta práctica ascética; solo dos veces al año recibía pan, que lo dejaba caer por el techo.

Sus amigos que venían a verlo, pasaban a menudo días y noches fuera, puesto que no quería dejarlos entrar. Oían que sonaba como una multitud frenética, haciendo ruidos, armando tumulto, gimiendo lastimeramente y chillando: «¡Ándate de nuestro dominio! ¿Que tienes que hacer en el desierto? Tú no puedes soportar nuestra persecución.» Al principio los que estaban afuera creían que había hombres peleando con él y que habrían entrado por medio de escaleras, pero cuando atisbaron por un hoyo y no vieron a nadie, se dieron cuenta que eran los demonios los que estaban en el asunto, y, llenos de miedo, llamaron a Antonio. El estaba más inquieto por ellos que por los demonios. Acercándose a la puerta les aconsejó que se fueran y no tuvieran miedo. Les dijo: «Sólo contra los miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que se enloquezcan ellos mismos.»

Entonces se fueron, fortalecidos con la señal de la cruz, mientras él se quedaba sin sufrir ningún daño de los demonios. Pero tampoco se fastidiaba de la contienda, porque la ayuda que recibía de lo alto por medio de visiones y la debilidad de sus enemigos, le daban gran alivio en sus penalidades y ánimo para un mayor entusiasmo. Sus amigos venían una y otra vez esperando, por supuesto, encontrarlo muerto, pero lo escuchaban cantar: «Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite las cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios» (Sal 67:2). Y también: «Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé» (Sal 117:10).

Así pasó casi veinte años practicando solo la vida ascética, no saliendo nunca y siendo raramente visto por otros. Después de esto, como había muchos que ansiaban y aspiraban imitar su santa vida, y algunos de sus amigos vinieron y forzaron la puerta echándolas abajo, Antonio salió como de un santuario, como un iniciado en los sagrados misterios y lleno del Espíritu de Dios. Fue la primera vez que se mostró fuera del fortín a los que vinieron hacia él. Cuando lo vieron, estaban asombrados al comprobar que su cuerpo guardaba su antigua apariencia: no estaba ni obeso por falta de ejercicio ni macilento por sus ayunos y luchas con los demonios: era el mismo hombre que habían conocido antes de su retiro.

El estado de su alma era puro, pues no estaba ni encogido por la aflicción, ni disipado por la alegría, ni penetrado por la diversión o el desaliento. No se desconcertó cuando vio la multitud ni se enorgulleció al ver a tantos que lo recibían. Se tenía completamente bajo control, como hombre guiado por la razón y con gran equilibrio de carácter.

Por él sanó a muchos de los presentes que tenían enfermedades corporales y liberó a otros de espíritus impuros. Concedió también a Antonio el encanto en el hablar; y así confortó a muchos en sus penas y reconcilió a otros que se peleaban. Exhortó a todos a no preferir nada en este mundo al amor de Cristo. Y cuando en su discurso los exhortó a recordar los bienes venideros y la bondad mostrada a nosotros por Dios, «que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rm 8:32), indujo a muchos a abrazar la vida monástica. Y así aparecieron celdas monacales en la montaña y el desierto se pobló de monjes que abandonaban a los suyos y se inscribían para ser ciudadanos del cielo (Hb 3:20; 12:23).

Una vez tuvo necesidad de cruzar el canal de Arsinoé -la ocasión fue para una visita a los hermanos-; el canal estaba lleno de cocodrilos. Simplemente oró, se metió con todo sus compañeros, y pasó al otro lado sin ser tocado. De vuelta a su celda, se aplicó con todo celo a sus santos y vigorosos ejercicios. Por medio de constantes conferencias encendía el ardor de los que ya eran monjes e incitaba a muchos otros al amor de la vida ascética; y pronto, en la medida en que su mensaje arrastraba a hombres a través de él, el número de celdas monacales se multiplicaba y para todos era como un padre y guía.

Sobre las Virtudes

Un día en que él salió, vinieron todos los monjes y le pidieron una conferencia. El les habló en lengua copta como sigue:

«Las Escrituras bastan realmente para nuestra instrucción. Sin embargo, es bueno para nosotros alentarnos unos a otros en la fe y usar de la palabra para estimularnos. Sean, por eso, como niños y tráiganle a su padre lo que sepan y díganselo, tal como yo, siendo el mas antiguo, comparto con ustedes mi conocimiento y mi experiencia.

Para comenzar, tengamos todos el mismo celo, para no renunciar a lo que hemos comenzado, para no perder el nimo, para no decir: «Hemos pasado demasiado tiempo en esta vida ascética.» No, comenzando de nuevo cada día, aumentemos nuestro celo. Toda la vida del hombre es muy breve comparada con el tiempo que a de venir, de modo que todo nuestro tiempo es nada comparada con la vida eterna. En el mundo, todo se vende; y cada cosa se comercia según su valor por algo equivalente; pero la promesa de la vida eterna puede comprarse con muy poco. La Escritura dice: «Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil» (Sal 89:10). Si, pues, todos vivimos ochenta años o incluso cien, en la práctica de la vida ascética, no vamos a reinar el mismo período de cien años, sino que en vez de los cien reinaremos para siempre. Y aunque nuestro esfuerzo es en la tierra, no recibiremos nuestra herencia en la tierra sino lo que se nos ha prometido en el cielo. Más, aún, vamos a abandonar nuestro cuerpo corruptible y a recibirlo incorruptible (1 Co 15:42).

Así, hijitos, no nos cansemos ni pensemos que estamos afanándonos mucho tiempo o que estamos haciendo algo grande. Pues los sufrimientos de la vida presente no pueden compararse con la gloria separada que nos ser revelada (Rm 8:18). No miremos hacia a través, hacia el mundo, que hemos renunciado a grandes cosas. Pues incluso todo el mundo, y no creamos que es muy trivial comparado con el cielo. Aunque fuéramos dueños de toda la tierra y renunciaremos a toda la tierra, nada sería comparado con el reino de los cielos. Tal como una persona despreciaría una moneda de cobre para ganar cien monedas de oro, así es que el dueño de la tierra y renuncia a ella, da realmente poco y recibe cien veces más (Mt 19:29). Pues, ni siquiera, toda la tierra equivale el valor del cielo, ciertamente el que entrega una poca tierra no debe jactarse ni apenarse; lo que abandona es prácticamente nada, aunque sea un hogar o una suma considerable de dinero de lo que se separa.

«Debemos además tener en cuenta que si no dejamos estas cosas por el amor a la virtud, después tendremos que abandonarlas de todos modos y a menudo también, como nos recuerda el Eclesiastés» (2:18; 4:8; 6:2), a personas a las que no hubiéramos querido dejarlas. Entonces, ¿por qué no hacer de la necesidad virtud y entregarlas de modo que podamos heredar un reino por añadidura? Por eso, ninguno de nosotros tenga ni siquiera el deseo de poseer riquezas. ¿De qué nos sirve poseer lo que no podemos llevar con nosotros? ¿Por qué no poseer mas bien aquellas cosas que podamos llevar con nosotros: prudencia, justicia, templanza, fortaleza, entendimiento, caridad, amor a los pobres, fe en Cristo, humildad, hospitalidad? Una vez que las poseamos, hallaremos que ellas van delante de nosotros, preparándonos la bienvenida en la tierra de los mansos (Lc 16:9; Mt 5:4).

«Con estos pensamientos cada uno debe convencerse que no hay que descuidarse sino considerar que se es servidor del Señor y atado al servicio de su Maestro. Pero un sirviente no se va atrever a decir: «Ya que trabajé ayer, no voy a trabajar hoy.» Tampoco se va a poner a calcular el tiempo que se ya ha servido y a descansar durante los día que le quedan por delante; no, día tras día, como está escrito en el Evangelio (Lc 12:35-38; 17:7-10; Mt 24:45), muestra la misma buena voluntad para que pueda agradar a su patrón y no causar ninguna molestia. Perseveremos, pues, en la práctica diaria de la vida ascética, sabiendo de que si somos negligentes un solo día, El no nos va a perdonar en consideración al tiempo anterior, sino que se va a enojar con nosotros por nuestro descuido. Así lo hemos escuchado en Ezequiel (Ez 18:24.26; 33:12ss); lo mismo Judas, que en una sola noche destruyó el trabajo de todo su pasado.

Por eso, hijos, perseveremos en la práctica del ascetismo y no nos desalentemos. También tenemos en esto al Señor que nos ayuda, según la Escritura: «Dios coopera para el bien» (Rm 8:28) con todo el que elige el bien. Y en cuanto a que no debemos descuidarnos, es bueno meditar lo que dice el apóstol: «muero cada día» (1 Co 15:31). Realmente si nosotros también viviéramos como si en cada nuevo día fuéramos a morir, no pecaríamos. En cuanto a la cita, su sentido es este: Cuando nos despertamos cada día, deberíamos pensar que no vamos a vivir hasta la tarde; y de nuevo, cuando nos vamos a dormir, deberíamos pensar que no vamos a despertar. Nuestra vida es insegura por naturaleza y nos es medida diariamente por Providencia. Si con esta disposición vivimos nuestra vida diaria, no cometeremos pecado, no codiciaremos nada, no tendremos inquina a nadie, no acumularemos tesoros en la tierra; sino que como quien cada día espera morirse, seremos pobres y perdonaremos todo a todos. Desear mujeres u otros placeres sucios, tampoco tendremos semejantes deseos sino que le volveremos las espaldas como a algo transitorio combatiendo siempre y teniendo ante nuestros ojos el día del juicio. El mayor temor a juicio y el desasosiego por los tormentos, disipan invariablemente la fascinación del placer y fortalecen el nimo vacilante.

«Ahora que hemos hecho un comienzo y estamos en la senda de la virtud, alarguemos nuestros pasos aún más para alcanzar lo que tenemos delante (Flp 3:13). No miremos atrás, como hizo la mujer de Lot (Gn 19:26), porque sobretodo el Señor ha dicho: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de los cielos» (Lc 9:62). Y este mirar hacia atrás no es otra cosa sino arrepentirse de lo comenzado y acordarse de nuevo de lo mundano.

Cuando oigan hablar de la virtud, no se asusten ni la traten como palabra extraña. Realmente no está lejos de nosotros ni su lugar está fuera de nosotros; no, ella está dentro de nosotros, y su cumplimiento es fácil camino y cruzan el mar para estudiar las letras; pero nosotros no tenemos necesidad de ponernos en camino por el reino de los cielos ni de cruzar el mar para alcanzar la virtud. El Señor nos lo dijo de antemano: «El reino de los cielos está dentro de nosotros y brota de nosotros.» La virtud existe cuando el alma se mantiene en su estado natural. Es mantenida en su estado natural cuando queda cuando vino al ser. Y vino al ser limpia y perfectamente íntegra (Ecl 7:30). Por eso Josué, el hijo de Nun, exhortó al pueblo con estas palabras: «Mantengan íntegro sus corazones ante el Señor, el Dios de Israel» (Jos 24:26); y Juan: «Enderecen sus caminos» (Mt 3:3). El alma es derecha cuando la mente se mantiene en el estado en que fue creada. Pero cuando se desvía y se pervierte de su condición natural, eso se llama vicio del alma.

La tarea no es difícil: si quedamos como fuimos creados, estamos en estado de virtud, pero si entregamos nuestra mente a cosas bajas, somos considerados perversos. Si este trabajo tuviese que ser realizado desde fuera, sería en verdad difícil; pero dado que está dentro de nosotros, cuidémonos de pensamientos sucios. Y habiendo recibido el alma como algo confiado a nosotros, guardémosla para el Señor, para que el pueda reconocer su obra como la misma que hizo.

«Luchemos, pues, para que la ira no sea nuestro dueño ni la concupiscencia nos esclavice. Pues está escrito ‘que la ira del hombre no hace lo que agrada a Dios'(St 1:20). Y la concupiscencia ‘ cuando ha concebido, da a luz el pecado; y de este pecado, cuando esta desarrollado, nace la muerte (St 1:15). Viviendo esta vida, mantengámonos cuidadosamente en guardia y, como está escrito, guardemos nuestro corazón con toda vigilancia (Pr 4:23). Tenemos enemigos poderosos y fuertes: son los demonios malvados; y contra ellos ‘es nuestra lucha’, como dice el apóstol, ‘no contra gente de carne y hueso, sino contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestiales, es decir, los que tienen mando, autoridad y dominio en este mundo oscuro’ (Ef 6:12). Grande es su número en el aire a nuestro alrededor, y no están lejos de nosotros. Pero la diferencia entre ellos es considerable. Nos llevaría mucho tiempo dar una explicación de su naturaleza y distinciones, tal disquisición es para otros más competentes que yo; lo único urgente y necesario para nosotros ahora es conocer sólo sus villanías contra nosotros.

Mientras Antonio discurría sobre estos asuntos con ellos, todos se regocijaban. Aumentaba en algunos la virtud, en otros desaparecía la negligencia, y en otros la vanagloria era reprimida. Todos prestaban consejos sobre los ardides del enemigo, y se admiraban de la gracia dada a Antonio por el Señor para discernir los espíritus.

Así sus solitarias celdas en las colinas eran como las tiendas llenas de coros divinos, cantando salmos, estudiando, ayunando, orando, gozando con la esperanza de la vida futura, trabajando para dar limosnas y preservando el amor y la armonía entre sí. Y en realidad, era como ver un país aparte, una tierra de piedad y justicia. No había malhechores ni víctimas del mal ni acusaciones del recaudador de impuestos, sino una multitud de ascetas, todos con un solo propósito: la virtud. Así, al ver estas celdas solitarias y la admirable alineación de los monjes, no se podía menos que elevar la voz y decir: «¡Qué hermosas son las tiendas, oh Jacob! ¡Tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como huertos junto al río, como tiendas plantadas por el Señor, como cedros junto a las aguas» (Núm 24:5).

Antonio volvió como de costumbre a su propia celda e intensificó sus prácticas ascéticas. Día tras día suspiraba en la meditación de las moradas celestiales (Jn 14:12), con todo anhelo por ellas, viendo la breve existencia del hombre. Al pensamiento de la naturaleza espiritual del alma, se avergonzaba cuando debía aprestarse a comer o dormir o a ejecutar las otras necesidades corporales. A menudo, cuando iba a compartir su alimento con otros monjes, le sobrevenía el pensamiento del alimento espiritual y rogando que le perdonaran, se alejaba de ellos, como si le diera vergüenza de que otros lo vieran comiendo. Comía, por su puesto, porque su cuerpo lo necesitaba, y frecuentemente lo hacía también con los hermanos, turbado a causa de ellos, pero hablándoles por la ayuda que sus palabras significaban para ellos. Acostumbraba a decir que se debía dar todo su tiempo al alma más bien que al cuerpo. Ciertamente, puesto que la necesidad lo exige, algo de tiempo tiene que darse al cuerpo, pero en general deberíamos dar nuestra primera atención al alma y buscar su progreso. Ella no debería ser arrastrada hacia abajo por los placeres del cuerpo, sino que el cuerpo debe ser puesto bajo sujeción del alma. Esto, decía, es lo que el Salvador expresó: «No se preocupen por la vida, por lo que van a comer o beber, ni estén inquietos ansiosamente; la gente del mundo busca todas esas cosas. Pero su Padre sabe que ustedes necesitan todo esto. Busquen primero su Reino y todo esto se les dar dado por añadidura» (Lc 12:22.29-31; Mt 6:31-33).

La Persecución Del Emperador Maximino

Después de esto, la persecución de Maximino (en el año 311), que irrumpió en esa época, se abatió sobre la Iglesia. Cuando los santos mártires fueron llevados a Alejandría, él también dejó su celda y los siguió, diciendo: «vayamos también nosotros a tomar parte en el combate si somos llamados, o a ver a los combatientes.» Tenía el gran deseo de sufrir el martirio, pero como no quería entregarse a sí mismo, servía a los confesores de la fe en las minas y en las prisiones. Se afanaba en el tribunal, estimulando el celo de los mártires cuando los llamaban, y recibiéndolos y escoltándolos cuando iban a su martirio, quedando junto a ellos hasta que expiraban. Por eso el juez, viendo su intrepidez y la de sus compañeros y su celo en estas cosas, dio orden de que ningún monje apareciera en el tribunal o estuviera en la ciudad. Todos los demás pensaron conveniente esconderse ese día, pero Antonio se preocupó tan poco de ello que lavó sus ropas y al día siguiente se colocó al frente de todos, en un lugar prominente, a vista y presencia del prefecto. Mientras todos se admiraban y el prefecto mismo lo veía al acercarse con todos los funcionarios, el estaba ahí de pie, sin miedo, mostrando el espíritu anhelante característico de nosotros los cristianos. Como lo expresé antes, oraba para que también él pudiera ser martirizado, y por eso se apenaba por no haberlo sido.

Pero el Señor cuidaba de él para nuestro bien y para el bien de otros, a fin de que pudiera se maestro de la vida ascética que él mismo había aprendido en las Escrituras. De hecho, muchos, sólo con ver su actitud, se convirtieron en celosos seguidores de su modo de vida. De nuevo, por eso, continuó con su costumbre, de ir al servicio de los confesores de la fe y, como si estuviera encadenado con ellos (Hb 13:3), se agotó en su afán por ellos.

Cuando finalmente la persecución cesó y el obispo Pedro, de santa memoria, hubo sufrido el martirio, se fue y volvió a su celda solitaria, y ahí fue mártir cotidiano en su conciencia, luchando siempre las batallas de la fe. Practicó una vida ascética llena de celo y más intensa. Ayunaba continuamente, su vestidura era de pelo la interior y de cuero la exterior, y la conservó hasta el día de su muerte. Nunca bañó su cuerpo para lavarse, ni tampoco lavó sus pies ni se permitió meterlos en el agua sin necesidad. Nadie vio su cuerpo desnudo hasta que murió y fue sepultado.

Vuelto a la soledad, determinó un período de tiempo durante el cual no saldría ni recibiría a nadie. Entonces un oficial militar, un cierto Martiniano, llegó a importunar a Antonio: tenía una hija a la molestaba el demonio. Como persistía ante él, golpeado a la puerta y rogando que saliera y orara a Dios por su hija, Antonio no quiso salir sino que, usando una mirilla le dijo: «Hombre ¿por qué haces todo ese ruido conmigo? Soy un hombre tal como tú. Si crees en Cristo a quien yo sirvo, ándate y como eres creyente, ora a Dios y se te conceder .» Ese hombre se fue y creyendo e invocando a Cristo, y su hija fue librada del demonio. Muchas otras cosas hizo también el Señor a través de él, según la palabra: «Pidan y se les dará» (Lc 11:9). Muchísima gente que sufría, dormía simplemente fuera de su celda, ya que él no quería abrirle la puerta, y eran sanados por su fe y su sincera oración.

Huida a La Montaña Interior

Cuando se vio acosado por muchos e impedido de retirarse como eran su propósito y su deseo, e inquieto por lo que el Señor estaba obrando a través de él, pues podía transformarse en presunción, o alguien podía estimarlos más de lo que convenía, reflexionó y se fue hacia la Alta Tebaida, a un pueblo en el que era desconocido. Recibió pan de los hermanos y se sentó a la orilla del río, esperando ver un barco que pasara en el que pudiera embarcarse y partir. Mientras estaba así aguardando, se oyó una voz desde arriba: «Antonio, ¿a dónde vas y porque?»

No se desorientó sino que, habiendo escuchado a menudo tales llamadas, contestó: «Ya que las multitudes no me permiten estar solo, quiero irme a la Alta Tebaida, porque son muchas las molestias a las que estoy sujeto aquí, y sobre todo porque me piden cosas más allá de mi poder.» «Si subes a la Tebaida,» dijo la voz, «o si, como también pensaste, bajas a la Bucolia, tendrás más, sí, el doble más de molestias que soportar. Pero si realmente quieres estar contigo mismo, entonces vete al desierto interior.»

Pero, dijo Antonio, ¿quién me mostrará el camino? Yo no lo conozco. De repente le llamaron la atención unos sarracenos que estaban por tomar aquella ruta. Acercándose, Antonio les pidió ir con ellos al desierto. Ellos le dieron la bienvenida como por orden de la Providencia. Y viajó con ellos tres días y tres noches y llegó a una montaña muy alta. Al pie de la montaña había agua, clara como el cristal, dulce y muy fresca. Extendiéndose desde allí había una llanura y unos cuantos datileros.

Antonio, como inspirado por Dios, quedó encantado por el lugar, porque esto fue lo que quiso decir Quien habló con el a la orilla del Río. Comenzó por conseguir algunos panes de sus compañeros de viaje y se quedo sólo en la montaña, sin ninguna compañía. En adelante, miró este lugar como si hubiera encontrado su propio hogar. En cuanto a los sarracenos, notando el entusiasmo de Antonio, hicieron del lugar un punto de sus travesías, y estaban contentos de llevarle pan. También los datileros le daban un pequeño y frugal cambio de dieta. M s tarde, los hermanos, se las ingeniaron para mandarle pan. Antonio, sin embargo, viendo que el pan les causaba molestias porque tenían que aumentar el trabajo que ya soportaban, y queriendo mostrar consideración a los monjes en esto, reflexionó sobre el asunto y pidió a algunos de sus visitantes que les trajeran un azadón y un hacha y algo de grano.

Cuando se lo trajeron, se fue al terreno cerca de la montaña, y encontrando un pedazo adecuado, con abundante provisión de agua de la vertiente, lo cultivo y sembró. Así lo hizo cada año y les suministraba su pan. Estaba feliz de que con eso no tenía que molestar a nadie, y con todo trataba de no ser carga para otros. Pero más tarde, viendo que de nuevo llegaba gente a verlo, comenzó también a cultivar algunas hortalizas, a fin de que sus visitantes tuvieran algo más para restaurar sus fuerzas después del viaje tan cansado y pesado.

Al comienzo, los animales del desierto que venían a beber agua le dañaban los sembrados de la huerta. Entonces atrapó a uno de los animales, lo retuvo suavemente y les dijo a todos: » ¿Por qué me hacen perjuicio si yo no les haga nada a ninguno de ustedes? ¡Váyanse, y en el nombre del Señor no se acerquen otra vez a estas cosas!» Y desde ese entonces, como atemorizados por sus órdenes, no se acercaron al lugar.

Una vez los monjes le pidieron que regresara donde ellos y pasara algún tiempo visitándolos a ellos y sus establecimientos. Hizo el viaje con los monjes que vinieron a su encuentro. Un camello había cargado con pan y agua, ya que en todo ese desierto no hay agua, y la única agua potable estaba en la montaña de donde habían salido y en donde estaba su celda. Yendo de camino se acabó el agua, y estaban todos en peligro cuando el calor es mas intenso. Anduvieron buscando y volvieron sin encontrar agua. Ahora estaban demasiado débiles para poder caminar siquiera. Se echaron al suelo y dejaron que el camello se fuera, entregándose a la desesperación.

Entonces el anciano, viendo el peligro en que todos estaban, se llenó de aflicción. Suspirando profundamente, se apartó un poco de ellos. Entonces se arrodilló, extendió sus manos y oró. Y de repente el Señor hizo brotar una fuente donde estaba orando, de modo que todos pudieron beber y refrescarse. Llenaron sus odres y se pusieron a buscar el camello hasta que lo encontraron, sucedió que el cordel se había enredado en una piedra y había quedado sujeto. Lo llevaron a abrevar y, cargándolo con los odres, concluyeron su viaje sin más deterioros ni accidentes.

Cuando llegó a las celdas exteriores, todos le dieron una cordial bienvenida, mirándolo como a un padre. El, por su parte, como trayéndoles provisiones de su montaña, los entretenía con su narraciones y les comunicaba su experiencia práctica. Y de nuevo hubo alegría en las montañas y anhelos de progreso, y el consuelo que viene de una fe común (Rm 1:12). También se alegró de contemplar el celo de los monjes y al ver a su hermana que había envejecido en su vida de virginidad, siendo ella misma guía espiritual de otras vírgenes.

Después de algunos días volvió a su montaña. Desde entonces muchos fueron a visitarlo, entre ellos muchos llenos de aflicción, que arriesgaban el viaje hasta él. Para todos los monjes que llegaban donde él, tenía siempre el mismo consejo: poner su confianza el Señor y amarlo, guardarse a sí mismo de los malos pensamientos y de los placeres de la carne, y no ser seducido por el estómago lleno, como está escrito en los Proverbios (Prov 24:15). Debían huir de la vanagloria y orar continuamente; cantar salmos antes y después del sueño; guardar en el corazón los mandamientos impuestos en las Escrituras y recordar los hechos de los santos, de modo que el alma, al recordar los mandamientos, pueda inflamarse ante el ejemplo de su celo. Les aconsejaba sobre todo recordar siempre la palabra del apóstol: «Que el sol no se ponga sobre tu ira» (Ef 4:26), y a considerar estas palabras como dichas de todos los mandamientos: el sol no debe ponerse no sólo sobre la ira sino sobre ningún otro pecado.

Es enteramente necesario que el sol no condene por ningún pecado de día, ni la luna por ninguna falta o incluso pensamiento nocturno. Para asegurarnos de esto, es bueno escuchar y guardar lo que dice el apóstol: «Júzguense y pruébense ustedes mismos» (2 Co 13:5). Por eso cada uno debe hacer diariamente un examen de lo que ha hecho de día y de noche; si ha pecado, deje de pecar; si no ha pecado, no se jacte por ello. Persevere mas bien en la practica de lo bueno y no deje de estar en guardia. No juzgue a su prójimo ni se declare justo él mismo, como dice el santo apóstol Pablo, «Hasta que venga el Señor y saque a luz lo que está escondido» (1 Co 4:5; Rm 2:16). A menudo no tenemos conciencia de lo que hacemos; nosotros no lo sabemos, pero el Señor conoce todo. Por eso dejémosle el juicio a El, compadezcámonos mutuamente y «llevemos los unos las cargas de los otros» (Ga 6:2). Juzguémonos a nosotros mismo y, si vemos que hemos disminuido, esforcémonos con toda seriedad para reparar nuestra deficiencia. Que esta observación sea nuestra salvaguardia con el pecado: anotemos nuestras acciones e impulsos del alma como si tuviéramos que dar un informe a otro; pueden estar seguros que de pura vergüenza de que esto se sepa, dejaremos de pecar y de seguir teniendo pensamientos pecaminosos. ¿A quién le gusta que lo vean pecando? ¿Quién habiendo pecado, no preferiría mentir, esperando escapar así a que lo descubran? Tal como no quisiéramos abandonarnos al placer a vista de otros, así también si tuviéramos que escribir nuestros pensamientos para decírselos a otro, nos guardaríamos muchos de los malos pensamientos, de vergüenza de que alguien los supiera. Que ese informe escrito sea, pues, como los ojos de nuestros hermanos ascetas, de modo que al avergonzarnos al escribir como si nos estuvieran viendo, jamás nos demos al mal. Moldeándonos de esta manera, seremos capaces de llevar a nuestro cuerpo a obedecernos (1 Co 9:27), para agradar al Señor y pisotear las maquinaciones del enemigo.

Milagros y Visiones

Estos eran los consejos a los visitantes. Con los que sufrían se unía en simpatía y oración, y a menudo y en muchos y variados casos, el Señor escuchó su oración. Pero nunca se jactó cuando fue escuchado, ni se quejó cuando no lo fue. Siempre dio gracias al Señor, y animaba a los sufrientes a tener paciencia y a darse cuenta de que la curación no era prerrogativa suya ni de nadie, sino sólo de Dios, que la obra cuando quiere y a quienes El quiere. Los que sufrían se satisfacían con recibir las palabras del anciano como curación, pues aprendían a tener paciencia y a soporta el sufrimiento. Y los que eran sanados, aprendían a dar gracias no a Antonio sino sólo a Dios.

Había, por ejemplo, un hombre llamado Frontón, oriundo de Palatium. Tenía una horrible enfermedad: Se mordía continuamente la lengua y su vista se le iba acortando. Llegó hasta la montaña y le pidió a Antonio que rogara por él. Oró y luego Antonio le dijo a Frontón » Vete, vas a ser sanado.» Pero el insistió y se quedó durante días, mientras Antonio seguía diciéndole: «No te vas a sanar mientras te quedes aquí y cuando llegues a Egipto verás en ti el milagro.» El hombre se convenció por fin y se fue, al llegar a la vista de Egipto desapareció su enfermedad. Sanó según las instrucciones que Antonio había recibido del Señor mientras oraba.

Una niña de Busiris en Trípoli padecía de una enfermedad terrible y repugnante: una supuración de ojos, nariz y oídos se transformaba en gusanos cuando caía al suelo. Además su cuerpo estaba paralizado y sus ojos eran defectuosos. Sus padres supieron de Antonio por algunos monjes que iban a verlo, y teniendo fe en el Señor que sanó a la mujer que padecía hemorragia (Mt 9:20), les pidieron que pudieran ir con su hija. Ellos consintieron. Los padres y la niña quedaron al pie de la montaña con Pafnucio, el confesor y monje. Los demás subieron, y cuando se disponían a hablarle de la niña, el se les adelantó y les dijo todo sobre el sufrimiento de la niña y de como había hecho el viaje con ellos. Entonces cuando le preguntaron si esa gente podía subir, no se los permitió y sino que dijo: «Vayan y, si no ha muerto, la encontrar n sana. No es ciertamente mérito mío que ella halla querido venir donde un infeliz como yo; no, en verdad; su curación es obra del Salvador que muestra su misericordia en todo lugar a los que lo invocan. En este caso el Señor ha escuchado su oración, y su amor por los hombres me ha revelado que curar la enfermedad de la niña donde ella está.» En todo caso el milagro se realizó: cuando bajaron, encontraron a los padres felices y a la niña en perfecta salud.

Sucedió que cuando los hermanos estaban en viaje hacia él, se les acabó el agua durante el viaje; uno murió y el otro estaba a punto de morir. Ya no tenía fuerzas para andar, sino que yacía en el suelo esperando también la muerte. Antonio, sentado en la montaña, llamó a dos monjes que estaban casualmente sentados allí, y los apremió a apresurarse: «Tomen un jarro de agua y corran abajo por el camino a Egipto; venían dos, uno acaba de morir y el otro también morir a menos que ustedes se apuren. Recién me fue revelado esto en la oración.» Los monjes fueron y hallaron a uno muerto y lo enterraron. Al otro lo hicieron revivir con agua y lo llevaron hasta el anciano. La distancia era de un día de viaje. Ahora si alguien pregunta porque no habló antes de que muriera el otro, su pregunta es injustificada. El decreto de muerte no pasó por Antonio sino por Dios, que la determinó para uno, mientras que revelaba la condición del otro. En cuanto a Antonio, lo único admirable es que, mientras estaba en la montaña con su corazón tranquilo, el Señor les mostró cosas remotas.

En otra ocasión en que estaba sentado en la montaña y mirando hacia arriba, vio en el aire a alguien llevado hacia lo alto entre gran regocijo entre otros que le salían al encuentro. Admirándose de tan gran multitud y pensando que felices eran, oró para saber que era eso. De repente una voz se dirigió a él diciéndole que era el alma de un monje Ammón de Nitria, que vivió la vida ascética hasta edad avanzada. Ahora bien, la distancia entre Nitria a la montaña donde estaba Antonio, era de trece días de viaje. Los que estaban con Antonio, viendo al anciano tan extasiado, le preguntaron que significaba y el les contó que Ammón acababa de morir.

Este era bien conocido, pues venía ahí a menudo y muchos milagros fueron logrados por su intermedio. El que sigue es un ejemplo: «Una vez tenía que atravesar el río Licus en la estación de las crecidas; le pidió a Teodor que se le adelantara para que no se vieran desnudos uno a otro mientras cruzaban el río a nado. Entonces cuando Teodor se fue, el se sentía todavía avergonzado por tener que verse desnudo él mismo. Mientras estaba así desconcertado y reflexionando, fue de repente transportado a la otra orilla. Teodoro, también un hombre piadoso, salió del agua, y al ver al otro lado al que había llegado antes que él y sin haberse mojado se aferró a sus pies, insistiendo que no lo iba a soltar hasta que se lo dijera. Notando la determinación de Teodoro, especialmente, después de lo que le dijo, él insistió a su vez para que no se lo dijera a nadie hasta su muerte, y así le reveló que fue llevado y depositado en la orilla, que no había caminado sobre el agua, ya que sólo esto es posible al Señor y a quienes El se lo permite, como lo hizo en el caso del apóstol Pedro (Mt 14:29). Teodoro relató esto después de la muerte de Ammón.

Los monjes a los que Antonio les habló sobre la muerte de Ammón, se anotaron el día, y cuando, un mes después, los hermanos volvieron desde Nitria, preguntaron y supieron que Ammón se había dormido en el mismo día y hora en que Antonio vio su alma llevada hacia lo alto. Y tanto ellos como los otros quedaron asombrados ante la pureza del alma de Antonio, que podía saber de inmediato lo que había pasado trece días antes y que era capaz de ver el alma llevada hacia lo alto.

En otra ocasión, el conde Arquelao lo encontró en la montaña Exterior y le pidió solamente que rezara por Policracia, la admirable virgen de Laodicea, portadora de Cristo. Sufría mucho del estómago y del costado a causa de su excesiva austeridad, y su cuerpo estaba reducido a gran debilidad. Antonio oró y el conde anotó el día en que hizo oración. Cuando volvió a Laodicea, encontró sana a la virgen. Preguntando cuando se vio libre de su debilidad, sacó el papel donde había anotado la hora de la oración. Cuando le contestaron, inmediatamente mostró su anotación en el papel, y todos se asombraron al reconocer que el Señor la había sanado de su dolencia en el mismo momento en que Antonio estaba orando e invocando la bondad del Salvador en su ayuda.

En cuanto a sus visitantes, con frecuencia predecía su venida, días y a veces un mes antes, indicando la razón de su visita. Algunos venían sólo a verlo, otros a causa de sus enfermedades, y otros, atormentados por los demonios. Y nadie consideraba el viaje demasiado molesto o que fuera tiempo perdido; cada uno volvía sintiendo que había recibido ayuda. Aunque Antonio tenía estos poderes de palabra y visión, sin embargo suplicaba que nadie lo admirara por esta razón, sino mas bien admirara al Señor, porque El nos escucha a nosotros, que sólo somos hombres, a fin de conocerlo lo mejor que podamos.

En otra ocasión había bajado de nuevo para visitar las celdas exteriores. Cuando fue invitado a subir a un barco y orar con los monjes, sólo él percibió un olor horrible y sumamente penetrante. La tribulación dijo que había pescado y alimento salado a bordo y que el olor venía de eso, pero él insistió que el olor era diferente. Mientras estaba hablando, un joven que tenía un demonio y había subido a bordo poco antes como polizón, de repente soltó un chillido. Reprendido en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, el demonio se fue y el hombre volvió a la normalidad; todos entonces se dieron cuenta de que el hedor venía del demonio.

Otra vez un hombre de rango fue donde él, poseído de un demonio. En este caso el demonio era tan terrible que el poseso no estaba consciente de que iba hacia Antonio. Incluso llegaba a devorar sus propios excrementos. El hombre que lo llevó donde Antonio le rogó que orara por él. Sintiendo compasión por el joven, Antonio oró y pasó con él toda la noche. Hacia el amanecer el joven de repente se lanzó sobre Antonio y le dio un empujón. Sus compañeros se enojaron ante eso, pero Antonio dijo: «No se enojen con el joven, porque no es él el responsable sino el demonio que está en él. Al ser increpado y mandado irse a lugares desiertos, se volvió furioso e hizo esto. Den gracias al Señor, porque el atacarme de este modo es una señal de la partida del demonio.» Y en cuanto Antonio dijo esto, el joven volvió a la normalidad. Vuelto en sí se dio cuenta donde estaba, abrazó al anciano y dio gracias a Dios.

Son numerosas las historias, por lo demás todas concordes, que los monjes han trasmitido sobre muchas otras cosas semejantes que él obró. Y ellas, sin embargo, no parecen tan maravillosas como otras aún más maravillosas. Un a vez, por ejemplo, a la hora nona, cuando se puso de pie para orar antes de comer, se sintió transportado en espíritu y, extraño es decirlo, se vio a sí mismo y se hallara fuera de sí mismo y como si otros seres lo llevaran en los aires. Entonces vio también otros seres terribles y abominables en el aire, que le impedían el paso. Como sus guías ofrecieron resistencia, los otros preguntaron con qué pretexto quería evadir su responsabilidad ante ellos. Y cuando comenzaron ellos mismos a tomarles cuentas desde su nacimiento, intervinieron los guías de Antonio: «Todo lo que date desde su nacimiento, el Señor lo borró; pueden pedirle cuentas desde cuando comenzó a ser monje y se consagró a Dios. Entonces comenzaron a presentar acusaciones falsas y como no pudieron probarlas, tuvieron que dejarle libre el paso. Inmediatamente se vio así mismo acercándose -a lo menos, así le pareció – y juntándose consigo mismo, y así volvió Antonio a la realidad.

Entonces, olvidándose de comer, pasó todo el resto del día y toda la noche suspirando y orando. Estaba asombrado de ver contra cuantos enemigos debemos luchar y qué trabajos tiene uno para poder abrirse paso por los aires. Recordó que esto es lo que dice el apóstol: «De acuerdo al príncipe de las potencias del aire» (Ef 2:2). Ahí está precisamente el poder del enemigo, que pelea y trata de detener a los que intentan pasar. Por eso el mismo apóstol da también su especial advertencia: «Tomen la armadura de Dios que los haga capases de resistir en el día malo» (Ef 6:13), y «no teniendo nada malo que decir de nosotros el enemigo, pueda ser dejado en vergüenza» (Tt 2:8). Y los que hemos aprendido esto, recordemos lo que el mismo apóstol dice: «No sé si fue llevado con cuerpo o sin él, Dios lo sabe» (2 Co 2:12). Pero Pablo fue llevado al tercer cielo y escuchó «palabras inefables» (2 Co 12:2.4), y volvió, mientras que Antonio se vio a sí mismo entrando en los aires y luchando hasta que quedó libre.

En otra ocasión tuvo este favor de Dios. Cuando solo en la montaña y reflexionando, no podía encontrar alguna solución, la Providencia se la revelaba en respuesta a su oración; el santo varón era, con palabras de la Escritura, «Enseñado por Dios» (Is 54:13; Jn 6:45; 1 Ts 4:9). Así favorecido, tuvo una vez una discusión con unos visitantes sobre la vida del alma y qué lugar tendría después de la vida. A la noche siguiente le llegó un llamado desde lo alto: «¡Antonio, sal fuera y mira!» El salió, pues distinguía los llamados que debía escuchar, y mirando hacia lo alto vio una enorme figura, espantosa y repugnante, de pie, que alcanzaba las nubes, y además vio ciertos seres que subían como con alas. La primera figura extendía sus manos, y algunos de los seres eran detenidos por ella, mientras otros volaban sobre ella y, habiéndola sobrepasado, seguían ascendiendo sin mayor molestia. Contra ella el monstruo hacía rechinar sus dientes, pero se alegraba por los otros que habían caído. En ese momento una voz se dirigió a Antonio: «¡Comprende la visión!» (Dn 9:23). Se abrió su entendimiento (Lc 24:45) y se dio cuenta que ese era el paso de las almas y de que el monstruo que allí estaba era el enemigo, en envidioso de los creyentes. Sujetaba a los que le correspondían y no los dejaba pasar, pero a los que no había podido dominar, tenía que dejarlo pasar fuera de su alcance.

Habiéndolo visto esto y tomándolo como advertencia, luchó aún más para adelantar cada día lo que le esperaba.

No tenía ninguna inclinación a hablar a cerca de estas cosas a la gente. Pero cuando había pasado largo tiempo en oración y estado absorto en toda esa maravilla, y sus compañeros insistían y lo importunaban para que hablara, estaba forzado a hacerlo. Como padre no podía guardar un secreto ante sus hijos. Sentía que su propia conciencia era limpia y que contarles esto podría servirles de ayuda. Conocerían el buen fruto de la vida ascética, y que a menudo las visiones son concedidas como compensación por las privaciones.

Devoción a la Iglesia

Era paciente por disposición y humilde de corazón. Siendo hombre de tanta fama, mostraba, sin embargo, el más profundo respeto a los ministros de la Iglesia, y exigía que a todo clérigo se le diera más honor que a él. No se avergonzaba de inclinar su cabeza ante obispos y sacerdotes. Incluso si algún di cono llegaba donde él a pedirle ayuda, conversaba con él lo que fuera provechoso, pero cuando llegaba la oración le pedía que presidiera, no teniendo vergüenza de aprender. De hecho, a menudo planteó cuestiones inquiriendo los puntos de vista de sus compañeros, y si sacaba provecho de lo que el otro decía, se lo agradecía.

Su rostro tenía un encanto grande e indescriptible. Y el Salvador le había dado este don por añadidura: si se hallaba presente en una reunión de monjes y alguno a quien no conocía deseaba verlo, ese tal en cuanto llegaba pasaba por alto a los demás, como atraído por sus ojos. No era ni su estatura ni su figura las que lo hacían destacar sobre los demás, sino su carácter sosegado y la pureza de su alma. Ella era imperturbable y así su apariencia externa era tranquila. El gozo de su alma se transparentaba en la alegría de su rostro, y por la forma de expresión de su cuerpo se sabía y se conocía la estabilidad de su alma, como lo dice la Escritura: «Un corazón contento alegra el rostro, uno triste deprime el espíritu» (Pr 15:13). También Jacob observó que Labán estaba tramando algo contra él y dijo a sus mujeres: «Veo que el padre de ustedes no me mira con buenos ojos» (Gn 31:5). También Samuel reconoció a David porque tenía los ojos que irradiaban alegría y dientes blancos como la leche (1 S 16:12; Gn 49:12). Así también era reconocido Antonio: nunca estaba agitado, pues su alma estaba en paz, nunca estaba triste, porque había alegría en su alma.

En asuntos de fe, su devoción era sumamente admirable. Por ejemplo, nunca tuvo nada que hacer con los cismáticos melecianos, sabedor desde el comienzo de su maldad y apostasía. Tampoco tuvo ningún trato amistoso con los maniqueos ni con otros herejes, a excepción únicamente de las amonestaciones que les hacía para que volvieran a la verdadera fe. Pensaba y enseñaba que amistad y asociación con ellos perjudicaban y arruinaban su alma. También detestaba la herejía de los arrianos, y exhortaba a todos a no acercárseles ni a compartir su perversa creencia. Una vez, cuando uno de esos impíos arrianos llegaron donde él, los interrogó detalladamente; y al darse cuenta de su impía fe, los echó de la montaña, diciendo que sus palabras era peores que veneno de serpientes.

Cuando en una ocasión los arrianos esparcieron la mentira de que compartía sus mismas opiniones, demostró que estaba enojado e irritado contra ellos. Respondiendo al llamado de los obispos y de todos los hermanos, bajó de la montaña y entrando en Alejandría denunció a los arrianos. Decía que su herejías era la peor de todas y precursora del anticristo. Enseñaba al pueblo que el Hijo de Dios no es una creatura ni vino al ser «de la no existencia,» sino que «El es la eterna Palabra y Sabiduría de la substancia del Padre. Por eso es impío decir: ‘hubo un tiempo en que no existía’, pues la Palabra fue siempre coexistente con el Padre. Por eso, no se metan para nada con estos arrianos sumamente impíos; simplemente, ‘no hay comunidad entre luz y tinieblas’ (2 Co 6:14). Ustedes deben recordar que son cristianos temerosos de Dios, pero ellos, al decir que el Hijo y la Palabra de Dios Padre es una creatura, no se diferencian de los paganos ‘que adoran la creatura en lugar del Dios creador’ (Rm 1:25). Estén seguros de que toda la creación está irritada contra ellos, porque cuentan entre las cosas creadas al Creador y Señor de todo, por quien todas las cosas fueron creadas» (Col 1:16).

Todo el pueblo se alegraba al escuchar a semejante hombre anatemizar la herejía que luchaba contra Cristo. Toda la ciudad corría para ver a Antonio. También los paganos e incluso los mal llamados sacerdotes, iban a la Iglesia diciéndose: «Vamos a ver al varón de Dios,» pues así lo llamaban todos. Además, también allí el Señor obró por su intermedio expulsiones de demonios y curaciones de enfermedades mentales. Muchos paganos querían tocar al anciano, confiando en que serían auxiliados, y en verdad hubo tantas conversiones en eso pocos días como no se las había visto en todo un año. Algunos pensaron que la multitud lo molestaba y por eso trataron de alejar a todos de él, pero él, sin incomodarse, dijo: «Toda esta gente no es más numerosa que los demonios contra los que tenemos que luchar en la montaña.»

Cuando se iba y lo estábamos despidiendo, al llegar a la puerta una mujer detrás de nosotros le gritaba: «¡Espera varón de Dios mi hija está siendo atormentada terriblemente por un demonio! ¡Espera, por favor, o me voy a morir corriendo!» El anciano la escuchó, le rogamos que se detuviera y el accedió con gusto. Cuando la mujer se acercó, su hija era arrojada al suelo. Antonio oró, e invocó sobre ella el nombre de Cristo; la muchacha se levantó sana y el espíritu impuro la dejó. La madre alabó a Dios y todos dieron gracias. y él también contento partió a la Montaña, a su propio hogar.

Dando tal razón de sí mismo y contestando así a los que lo buscaban, volvió a la Montaña Interior. Continuó observando sus antiguas prácticas ascéticas, y a menudo, cuando estaba sentado o caminando con visitantes, se quedaba mudo, como está escrito en el libro de Daniel (Dn 4:16 LXX). Después de un tiempo, retomaba lo que había estado diciendo a los hermanos que estaban con él, y los presentes se daban cuenta de que había tenido una visión. Pues a menudo cuando estaba en la montaña veía cosas que sucedían en Egipto, como se las confesó al obispo Serapión, cuando este se encontraba en la Montaña Interior y vio a Antonio en trance de visión.

En una ocasión, por ejemplo, mientras estaba sentado trabajando, tomó la apariencia de alguien que está en éxtasis, y se lamentaba continuamente por lo que veía. Después de algún tiempo volvió en sí, lamentándose y temblando, y se puso a orar postrado, quedando largo tiempo en esa posición. Y cuando se incorporó, el anciano estaba llorando. Entonces los que estaban con él se agitaron y alarmaron muchísimo, y lee preguntaron que pasaba; lo urgieron por tanto tiempo que lo obligaron a hablar. Suspirando profundamente, dijo: «Oh, hijos míos, sería mejor morir antes de que sucedieran estas cosas de la visión.» Cuando ellos le hicieron más preguntas, dijo entre l grimas: «La ira de Dios está a punto de golpear a la Iglesia, y ella está a punto de ser entregada a hombres que son como bestias insensibles. Pues vi la mesa de la casa del Señor y había mulas en torno rodeándolas por todas partes y dando coces con sus cascos a todo lo que había dentro, tal como el coceo de una manada briosa que galopaba desenfrenada. Ustedes oyeron cómo me lamentaba; es que escuché una voz que decía: «Mi altar será profanado.»

Así habló el anciano. Y dos años después llegó el asalto de los arrianos y el saqueo de las Iglesias, cuando se apoderaron a la fuerza de los vasos y los hicieron llevar por los paganos; cuando también forzaron a los paganos de sus tiendas para ir a sus reuniones y en su presencia hicieron lo que se les antojó sobre la sagrada mesa. Entonces todos nos dimos cuenta de que el coceo de mulas predicho por Antonio era lo que los arrianos están haciendo como bestias brutas.

Cuando tuvo esta visión, consoló a sus compañeros: «No se descorazonen, hijos míos, aunque el Señor ha estado enojado, nos restablecer después. Y la Iglesia se recobrar rápidamente la belleza que le es propia y resplandecer con su esplendor acostumbrado. Verán a los perseguidos restablecido y a la irreligión retirándose de nuevo a sus propias guaridas, y a la verdadera fe afirmándose en todas partes con completa libertad. Pero tengan cuidado de no dejarse manchar con los arrianos. Toda su enseñanza no es de los Apóstoles sino de los demonios y de su padre, el diablo. Es estéril e irracional, y le falta inteligencia, tal como les falta el entendimiento a las mulas.

La verdadera sabiduria

Antonio tenía un grado muy alto de sabiduría práctica. Lo admirable era que, aunque no tuvo educación formal, poseía ingenio y comprensión despiertos. Un ejemplo: Una vez llegaron donde él dos filósofos griegos, pensando que podían divertirse con Antonio. Cuando él, que por ese entonces vivía en la Montaña Exterior, catalogó a los hombres por su apariencia, salió donde ellos y les dijo por medio de un intérprete: » ¿Por qué filósofos, se dieron tanta molestia en venir donde un hombre loco? Cuando ellos le contestaron que no era loco sino muy sabio, él les dijo: «Si ustedes vinieron donde un loco, su molestia no tiene sentido; pero si piensan que soy sabio, entonces háganse lo que yo soy, porque hay que imitar lo bueno. En verdad, si yo hubiera ido donde ustedes, los habría imitado; a la inversa, ahora que ustedes vinieron donde mí, conviértanse en lo que soy: yo soy cristiano.» Ellos se fueron, admirados de él, vieron que los demonios temían a Antonio.

También otros de la misma clase fueron a su encuentro en la Montaña Exterior y pensaron que podían burlarse de él porque no tenía educación. Antonio les dijo: «Bien, que dicen ustedes: ¿qué es primero, el sentido o la letra? ¿Y cuál es el origen de cuál?: ¿El sentido de la letra o la letra del sentido? Cuando ellos expresaron que el sentido es primero y origen de la letra, Antonio dijo: «Por eso quien tiene una mente sana no necesita las letras. Esto asombró a ellos y a los circunstantes. Se fueron admirados de ver tal sabiduría en un hombre iletrado. Porque no tenía las maneras groseras de quien a vivido y envejecido en la montaña, sino que era un hombre de gracia y cortesía. Su hablar estaba sosegado con la sabiduría divina (Col 4:6), de modo que nadie le tenía mala voluntad, sino que todos se alegraban de haber ido en su busca.

Y por cierto, después de éstos vinieron otros todavía. Eran de aquellos que de entre los paganos tienen reputación de sabios. Le pidieron que planteara una controversia sobre nuestra fe en Cristo. Cuando trataban de argüir con sofismas a partir de la predicación de la divina Cruz con el fin de burlarse, Antonio guardó silencio por un momento y, compadeciéndose primero de su ignorancia, dijo luego a través de un intérprete que hacía una excelente traducción de sus palabras: «Qué es mejor: ¿confesar la Cruz o atribuir adulterio o pederastias a sus mal llamados dioses? Pues mantener lo que mantenemos es signo de espíritu viril y denota desprecio de la muerte, mientras que lo que ustedes pretenden habla sólo de sus pasiones desenfrenadas. Otra vez, qué es mejor: ¿decir que la Palabra de Dios inmutable quedó la misma al tomar el cuerpo humano para la salvación y bien de la humanidad, de modo que al compartir el nacimiento humano pudo hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina y espiritual (2 P 1:4), o colocar lo divino en un mismo nivel que los seres insensibles y adorar por eso a bestias y reptiles e imágenes de hombres? Precisamente eso son los objetos adorados por sus hombres sabios. ¿Con qué derecho vienen a rebajarnos porque afirmamos que Cristo pereció como hombre, siendo que ustedes hacen provenir el alma del cielo, diciendo que se extravió y cayó desde la bóveda del cielo al cuerpo? ¡Y ojal que fuera sólo el cuerpo humano, y que no se cambiara o migrara en el de bestia y serpientes! Nuestra fe declara que Cristo vino para la salvación de las almas, pero ustedes erróneamente teorizan acerca de un alma increada. Creemos en el poder de la Providencia y en su amor por los hombres y que esa venida por tanto no era imposible para Dios; pero ustedes llamando al alma imagen de la Inteligencia, le impulsan caídas y fabrican mitos sobre su posibilidad de cambios. Como consecuencia, hacen a la inteligencia misma mutable a causa del alma. Porque en cuanto era imagen debe ser aquello a cuya imagen es. Pero si ustedes piensan semejantes cosas acerca de la Inteligencia, recuerden que blasfeman del Padre de la Inteligencia.

«Y referente a la Cruz, qué dicen ustedes que es mejor: ¿soportar la cruz, cuando hombres malvados echan mano de la traición, y no vacilar ante la muerte de ninguna manera o forma, o fabricar fábulas sobre las andanzas de Isis u Osiris, las conspiraciones de Tifón, la expulsión de Cronos, con sus hijos devorados y parricidios? Sí, ¡aquí tenemos su sabiduría!

¿Y por qué mientras se ríen de la Cruz, no se maravillan de la Resurrección? Porque los mismos que nos trasmitieron un suceso, escribieron también sobre el otro. ¿O por qué mientras se acuerdan de la Cruz, no tiene nada que decir sobre los muertos devueltos a la vida, los ciegos que recuperaron la vista, los paralíticos que fueron sanados y los leprosos que fueron limpiados, el caminar sobre el mar, y los demás signos y milagros que muestran a Cristo no como hombre sino como Dios? En todo caso me parece que ustedes se engañan así mismos y que no tienen ninguna familiaridad real con nuestras Escrituras. Pero léanlas y vean que cuanto Cristo hizo prueba que era Dios que habitaba con nosotros para la salvación de los hombres.

Pero háblennos también ustedes sobre sus propias enseñanzas. Aunque ¿que pueden decir de las cosas insensibles sino insensateces y barbaridades? Pero si, como oigo, quieren decir que entre ustedes tales cosas se hablan en sentido figurado, y así convierten el rapto de Coré en alegoría de la tierra; la cojera de Hefestos, del sol; a Hera, del aire; a Apolo, del sol; a Artemisa, de la luna; y a Poseidón, del mar: aún así no adoran ustedes a Dios mismo, sino que sirven a la creatura en lugar del Dios que creó todo. Pues si ustedes han compuesto tales historias porque la creación es hermosa, no debían haber ido mas allá de admirarla, y no hacer dioses de las creaturas para no dar a las cosas hechas el honor del Hacedor. En ese caso, ya sería tiempo que dieran el honor al debido arquitecto, a la casa construidas por él, o el honor debido al general, a los soldados. Ahora, ¿qué tienen que decir a todo esto? Así sabremos si la Cruz tiene algo que sirva para burlase de ella.»

Ellos estaban desconcertados y le daban vueltas al asunto de una y otra forma. Antonio sonrió y dijo, de nuevo a través de un intérprete: «Sólo con ver las cosas ya se tiene la prueba de todo lo que he dicho. Pero dado que ustedes, por supuesto, confían absolutamente en las demostraciones, y es éste un arte en que ustedes son maestros, y ya que nos exigen no adorar a Dios sin argumentos demostrativos, díganme esto primero. ¿Cómo se origina el conocimiento preciso de las cosas, en especial el conociendo de Dios? ¿Es por una demostración verbal o por un acto de fe? Y qué viene primero: ¿el acto de fe o la demostración verbal?» Cuando replicaron que el acto de fe precede y que esto constituye un conocimiento exacto, Antonio, dijo: «¡Bien respondido! La fe surge de la disposición del alma, mientras la dialéctica vine de la habilidad de los que la idean. De acuerdo a esto, los que poseen una fe activa no necesitan argumentos de palabras, y probablemente los encuentran incluso superfluos. Pues lo que aprendemos por la fe, tratan ustedes de construirlo con argumentaciones, y a menudo ni siquiera pueden expresar lo que nosotros percibimos. La conclusión es que una fe activa es mejor y más fuerte que sus argumentos sofistas.

«Los cristianos, por eso, poseemos el misterio, no basándonos en la razón de la sabiduría griega (1 Co 1:17), sino fundado en el poder de una fe que Dios nos ha garantido por medio de Jesucristo. Por lo que hace a la verdad de la explicación dada, noten como nosotros, iletrados, creemos en Dios, reconociendo su Providencia a partir de sus obras. Y en cuanto a que nuestra fe es algo efectivo, noten que nos apoyamos en nuestra fe en Cristo, mientras que ustedes lo hacen basados en disputas o palabras sofísticas; sus ídolos fantasmas están pasando de moda, pero nuestra fe se difunde en todas partes. Ustedes con todos sus silogismos y sofisma no convierten a nadie del cristianismo al paganismo, pero nosotros, enseñando la fe en Cristo, estamos despojando a sus dioses del miedo que inspiraban, de modo que todos reconocen a Cristo como Dios e Hijo de Dios. Ustedes en toda su elegante retórica, no impiden la enseñanza de Cristo, pero nosotros, con sólo mencionar el nombre de Cristo crucificado, expulsamos a los demonios que ustedes veneran como dioses. Donde aparece el signo de la Cruz, allí la magia y la hechicería son impotentes y sin efecto.

«En verdad, dígannos, ¿dónde quedaron sus oráculos? ¿Dónde los encantamientos de los egipcios? ¿Dónde sus ilusiones y fantasmas de los magos? ¿Cuándo terminaron estas cosas y perdieron su significado? ¿No fue acaso cuando llegó la Cruz de Cristo? Por eso, es ella la que merece desprecio y no mas bien lo que ella ha echado abajo, demostrando su impotencia? También es notable el echo de que la religión de ustedes jamás fue perseguida; al contrario en todas partes goza de honor entre los hombres. Pero los seguidores de Cristo son perseguidos, y sin embargo es nuestra causa la que florece y prevalece, no la suya. Su religión, con toda la tranquilidad y protección que goza, está muriéndose, mientras la fe y enseñanza de Cristo, despreciadas por ustedes a menudo perseguidas por los gobernantes, han llenado el mundo. ¿En qué tiempo resplandeció tan brillantemente el conocimiento de Dios? ¿O en qué tiempo aparecieron la continencia y la virtud de la virginidad? ¿O cuándo fue despreciada la muerte como cuando llegó la Cruz de Cristo? Y nadie duda de esto al ver a los mártires que desprecian la muerte por causa de Cristo, o al ver a las vírgenes de la Iglesia que por causa de Cristo guardan sus cuerpos puros y sin mancilla.

«Estas pruebas bastan para demostrar que la fe en Cristo es la única religión verdadera. Pero aquí están ustedes, los que buscan conclusiones basadas en el razonamiento , ustedes que no tienen fe. Nosotros no buscamos pruebas, tal como dice nuestro maestro, con palabras persuasivas de sabiduría humana (1 Co 2:4), sino que persuadimos a los hombres por la fe, fe que precede tangiblemente todo razonamiento basado en argumentos. Vean, aquí hay algunos que son atormentados por los demonios.» Estos eran gente que habían venido a verlo y que sufrían a causa de los demonios; haciéndolos adelantarse, dijo: «O bien, sánenlos con sus silogismos, o cualquier magia que deseen, invocando a sus ídolos; o bien, si no pueden, dejen de luchar contra nosotros y vean el poder de la Cruz de Cristo.» Después de decir esto, invocó a Cristo e hizo sobre los enfermos la señal de la Cruz, repitiendo la acción por segunda y tercera vez. De inmediato las personas se levantaron completamente sanas, vueltas a su mente y dando gracias al Señor. Los mal llamados filósofos estaban asombrados y realmente atónitos por la sagacidad del hombre y por el milagro realizado. Pero Antonio les dijo: » ¿Por qué se maravillan de esto? No somos nosotros sino Cristo quien hace esto a través de los que creen en El. Crean ustedes también y verán que no es palabrería la que tenemos, sino fe que por la caridad obrada por Cristo (Ga 5:6); si ustedes también hacen suyo esto, no necesitarán ya andar buscando argumentos de la razón, sino que hallarán que la fe en Cristo es suficiente.» Así habló Antonio. Cuando partieron, lo admiraron, lo abrazaron y reconocieron que los había ayudado.

Medico de almas

Tal es la historia de Antonio. No deberíamos ser escépticos porque sea a través de un hombre que han sucedido estos grandes milagros. Pues es la promesa del Salvador: «Si tienen fe aunque sea como un grano de mostaza, le dirán a ese monte: ¡Muévete de aquí!, y se mover ; nada les ser imposible» (Mt 17:20). Y también: «En verdad, les digo: Todo lo que le pidan al Padre en mi nombre, El se los dar … Pidan y recibirán» (Jn 16:23 ss.). El es quien dice a sus discípulos y a todos los que creen en El: «Sanen a los enfermos…, echen fuera a los demonios; gratis lo recibieron, gratis tienen que darlo» (Mt 8:10).

Antonio, pues, sanaba no dando órdenes sino orando e invocando el nombre de Cristo, de modo de que para todo era claro que no era él quien actuaba sino el Señor quien mostraba su amor por los hombres sanando a los que sufrían, por intermedio de Antonio. Antonio se ocupaba sólo de la oración y de la práctica de la ascesis, por esta razón llevaba su vida montañesa, feliz en la contemplación de las cosas divinas, y apenado de que tantos lo perturbaban y lo forzaban a salir a la Montaña Exterior.

Los jueces, por ejemplo, le rogaban que bajara de la montaña, ya que para ellos era imposible ir para allá a causa del séquito de gente envueltas en pleito. Le pidieron que fuera a ellos para que pudieran verlo. El trató de librarse del viaje y les rogó que lo excusaran de hacerlo. Ellos insistieron, sin embargo, incluso le mandaron procesados con escoltas de soldados, para que en consideración a ellos se decidiera a bajar. Bajo tal presión, y viéndolos lamentarse, fue a la Montaña Exterior. De nuevo la molestia que se tomó no fue en vano, pues ayudo a muchos y su llegada fue verdadero beneficio. Ayudó a los jueces aconsejándoles que dieran a la justicia precedencia a todo lo demás, que temieran a Dios y que recordaran que «serían juzgados con la medida con que juzgaran» (Mt 7:12). Pero amaba su vida montañesa por encima de todo.

Una vez importunado por personas que necesitaban su ayuda y solicitado por el comandante militar que envió mensajeros a pedirle que bajara, fue y habló algunas palabras acerca de la salvación y a favor de los que lo necesitaban, y luego se dio prisa para irse. Cuando el duque, como lo llaman, le rogó que se quedara, le contestó que no podía pasar más tiempo con ellos, y los satisfizo con esta hermosa comparación: «Tal como un pez muere cuando está un tiempo en tierra seca, así también los monjes se pierden cuando holgazanean y pasan mucho tiempo entre ustedes. Por eso tenemos que volver a la montaña, como el pez al agua. De otro modo, si nos entretenemos podemos perder de vista la vida interior. El comandante al escucharle esto y muchas otras cosas más, dijo admirado que era verdaderamente siervo de Dios, pues, ¿de dónde podía un hombre ordinario tener una inteligencia tan extraordinaria si no fuera amado por Dios?

Había una vez un comandante -Balacio era su nombre-, que era como los partidario de los execrables arrianos perseguía duramente a los cristianos. En su barbarie llegaba a azotar a las vírgenes y desnudar y azotar a los monjes. Entonces Antonio le envió una carta diciéndole lo siguiente: «Veo que el juicio de Dios se te acerca; deja, pues, de perseguir a los cristianos para que no te sorprenda el juicio; ahora está a punto de caer sobre ti.» Pero Balacio se echó a reír, tiró la carta al suelo y la escupió, maltrató a los mensajeros y les ordenó que llevaran este mensaje a Antonio: «Veo que estás muy preocupados por los monjes, vendré también por ti.» No habían pasado cinco días cuando el juicio de Dios cayó sobre él. Balacio y Nestorio, prefecto de Egipto, habían salido a la primera estación fuera de Alejandría, llamada Chereu; ambos iban a caballo. Los caballos pertenecían a Balacio y eran los más mansos que tenía. No habían llegado todavía al lugar, cuando los caballos, como acostumbraban a hacerlo, comenzaron a retozar uno contra otro, y de repente el más manso de los dos, que cabalgaba Nestorio, mordió a Balacio, lo echó abajo y lo atacó. Le rasgó el muslo tan malamente con sus dientes, que tuvieron que llevarlo de vuelta a la ciudad, donde murió después de tres días. Todos se admiraron de que lo dicho por Antonio se cumpliera tan rápidamente.

Así dio escarmiento a los duros. Pero en cuanto a los demás que acudían a él, sus íntimas y cordiales conversaciones con ellos lo hacían olvidar sus litigios y hacían considerar felices a los que abandonaban la vida del mundo. De tal modo luchaba por la causa de los agraviados que se podía pensar qué el mismo y no los otros era la parte agraviada. Además tenía tal don para ayudar a todos, que muchos militares y hombres de gran influjo abandonaban su vida agravosa y se hacían monjes. Era como si Dios hubiera dado un médico a Egipto. ¿Quién acudió a él con dolor sin volver con alegría? ¿Quién llegó llorando por sus muertos y no echó fuera inmediatamente su duelo? ¿Hubo alguno que llegara con ira y no la transformara en amistad? ¿Que pobre o arruinado fue donde él, y al verlo y oírlo no despreció la riqueza y se sintió consolado en su pobreza? ¿Qué monje negligente no ganó nuevo fervor al visitarlo? ¿Qué joven, llegando a la montaña y viendo a Antonio, no renunció tempranamente al placer y comenzó a amar la castidad? ¿Quién se le acercó atormentado por un demonio y no fue librado? ¿Quién llegó con un alma torturada y no encontró la paz del corazón?

Era algo único en la práctica ascética de Antonio que tuviera, como establecí antes, el don de discernimientos de espíritus. Reconocía sus movimientos y sabía muy bien en que dirección llevaba cada uno de ellos su esfuerzo y ataque. No sólo que él mismo fue no fue engañado por ellos, sino que, alentando a otros que eran hostigados en sus pensamientos, les enseñó como resguardarse de sus designios, describiendo la debilidad y ardides de espíritus que practicaban la posesión. Así cada uno se marchaba como ungido por él y lleno de confianza para la lucha contra los designios del diablo y sus demonios.

¡Y cuántas jóvenes que tenían pretendientes pero vieron a Antonio sólo de lejos, quedaron vírgenes por Cristo! La gente llegaba donde él también de tierras extrañas, y también ellos recibían ayuda como los demás, retornando como enviados en un camino por un padre. Y en verdad, y ahora que ya partió, todos, como huérfanos que han perdido a su padre, se consuelan y conforman sólo con su recuerdo, guardando al mismo tiempo con cariño sus palabras de admonición y consejo.

Muerte de Antonio

Este es el lugar para que les cuente y ustedes oigan, ya que están deseosos de ello, como fue el fin de su vida, pues en esto fue modelo digno de imitar.

Según su costumbre, visitaba a los monjes en la Montaña Exterior. Recibiendo una premonición de su muerte de parte de la Providencia, habló a los hermanos: «Esta es la última visita que les hago y me admiraría si nos volvemos a ver en esta vida. Ya es tiempo de que muera, pues tengo casi ciento cinco años.» Al oír esto, se pusieron a llorar, abrasando y besando al anciano. Pero él, como si estuviera por partir de una ciudad extranjera a la suya propia, charlaba gozosamente. Los exhortaba a «no relajarse en sus esfuerzos ni a desalentarse en las práctica de la vida ascética, sino a vivir, como si tuvieran que morir cada día, y, como dije antes, a trabajar duro para guardar el alma limpia de pensamientos impuros, y a imitar a los pensamientos santos. No se acerquen a los cismáticos melecianos, pues ya conocen su enseñanza perversa e impía. No se metan para nada con los arrianos, pues su irreligión es clara para todos. Y si ven que los jueces los apoyan, no se dejen confundir: esto se acabar , es un fenómeno que es mortal y destinado a su fin en corto tiempo. Por eso, manténganse limpios de todo esto y observen la tradición de los Padres, y sobre todo, la fe ortodoxa en nuestro Señor Jesucristo, como lo aprendieron de las Escrituras y yo tan a menudo se los recordé.»

Cuando los hermanos lo instaron a quedarse con ellos y morir allí, se rehusó a ello por muchas razones, según dijo, aunque sin indicar ninguna. Pero especialmente era por esto: los egipcios tienen la costumbre de honrar con ritos funerarios y envolver con sudarios de lino los cuerpos de los santos y particularmente el de los santo mártires; pero no los entierran sino que los colocan sobre divanes y los guardan en sus casas, pensando honrar al difunto de esta manera. Antonio a menudo pidió a los obispos que dieran instrucciones al pueblo sobre este asunto. Asimismo avergonzó a los laicos y reprobó a las mujeres, diciendo que «eso no era correcto ni reverente en absoluto. Los cuerpos de los patriarcas y los profetas se guardan en las tumbas hasta estos días; y el cuerpo del Señor fue depositado en una tumba y pusieron una piedra sobre él (Mt 27:60), hasta que resucitó al tercer día.» Al plantear así las cosas, demostraba que cometía error el que no daba sepultura a los cuerpos de los difuntos, por santos que fueran. Y en verdad, ¿qué hay más grande o más santo que el cuerpo del Señor? Como resultado, muchos que lo escucharon comenzaron desde entonces a sepultar a sus muertos, dieron gracias al Señor por la buena enseñanza recibida.

Sabiendo esto, Antonio tuvo miedo de que pudieran hacer lo mismo con su propio cuerpo. Por eso, despidiéndose de los monjes de la Montaña Exterior, se apresuró hacia la Montaña Interior, donde acostumbraba a vivir. Después de pocos meses cayó enfermo. Llamó ó a los que lo acompañaban -había dos que llevaban la vida ascética desde hacía quince años y se preocupaban de él a causa de su avanzada edad-, y les dijo: «Me voy por el camino de mis padres, como dice la Escritura (1 R 2:2; Js 23:14), pues me veo llamado por el Señor. En cuanto a ustedes estén en guardia y no hagan tabla rasa de la vida ascética que han practicado tanto tiempo. Esfuércense para mantener su entusiasmo como si estuvieran recién comenzando. Ya conocen a los demonios y sus designios, conocen también su furia y también su incapacidad. Así, pues, no los teman; dejen mas bien que Cristo sea el aliento de su vida y pongan su confianza en El. Vivan como si cada día tuvieran que morir, poniendo su atención en ustedes mismos y recordando todo lo que me han escuchado. No tengan ninguna comunión con los cismáticos y absolutamente nada con los herejes arrianos. Saben como yo mismo me cuidé de ellos a causa de su pertinaz herejía en contra de Cristo. Muestren ansia de mostrar su lealtad primero al Señor y luego a sus santos, para que después de su muerte los reciban en las moradas eternas (Lc 16:9), como a mis amigos familiares. Grábense este pensamiento, téngalo como propósito. Si ustedes tienen realmente preocupación por mí y me consideran su padre, no permitan que nadie lleve mi cuerpo a Egipto, no sea que me vayan a guardar en sus casas. Esta fue mi razón para venir acá, a la montaña. Saben como siempre avergoncé a los que hacen eso y los intimé a dejar tal costumbre. Por eso, háganme ustedes mismos los funerales y sepulten mi cuerpo en tierra, y respeten de tal modo lo que les he dicho, que nadie sino sólo ustedes sepa el lugar. En la resurrección de los muertos, el Salvador me lo devolver incorruptible. Distribuyan mi ropa. Al obispo Atanasio denle la túnica y el manto donde yazgo, que él mismo me lo dio pero que se ha gastado en mi poder; al obispo Serapión denle la otra túnica, y ustedes pueden quedarse con la camisa de pelo. Y ahora, hijos míos, Dios los bendiga. Antonio se va, y no esta más con ustedes.»

Después de decir esto y de que ellos lo hubieron besado, estiró sus pies; su rostro estaba transfigurado de alegría y sus ojos brillaban de regocijo como si viera a amigos que vinieran a su encuentro, y así falleció y fue a reunirse con sus padres. Ellos entonces, siguiendo las órdenes que les había dado, prepararon y envolvieron el cuerpo y lo enterraron ahí en la tierra. Y hasta el día de hoy, nadie, salvo esos dos, sabe donde está sepultado. En cuanto a los que recibieran las túnicas y el manto usado por el bienaventurado Antonio, cada uno guarda su regalo como un gran tesoro. Mirarlos es ver a Antonio y ponérselos es como revestirse de sus exhortaciones con alegría.

Este fue el fin de la vida de Antonio en el cuerpo, como antes tuvimos el comienzo de la vida ascética. Y aunque este sea un pobre relato comparado con la virtud del hombre, recíbanlo, sin embargo, y reflexionen en que caso de hombre fue Antonio, el varón de Dios. Desde su juventud hasta una edad avanzada conservó una devoción inalterable a la vida ascética. Nunca tomó la ancianidad como excusa para ceder al deseo de la alimentación abundante, ni cambió su forma de vestir por la debilidad de su cuerpo, ni tampoco lavó sus pies con agua. Y, sin embargo, su salud se mantuvo totalmente sin perjuicio. Por ejemplo, incluso sus ojos eran perfectamente normales, de modo que su vista era excelente; no había perdido un solo diente; sólo se le habían gastado las encías por la gran edad del anciano. Mantuvo las manos y los pies sanos, y en total aparecía con mejores colores y más fuerte que los que usan una dieta diversificada, baños y variedad de vestidos.

El hecho de que llegó a ser famoso en todas partes, de que encontró admiración universal y de que su pérdida fue sentida aún por gente que nunca lo vio, subraya su virtud y el amor que Dios le tenía. Antonio ganó renombre no por sus escritos ni por sabiduría de palabras ni por ninguna otra cosa, sino sólo por su servicio a Dios.

Y nadie puede negar que esto es don de Dios. ¿Cómo explicar, en efecto, que este hombre, que vivió escondido en la montaña, fuera conocido en España y Galia, en Roma y Africa, sino por Dios, que en todas partes hace conocidos a los suyos, que, más aún, había dicho esto en los comienzos? Pues aunque hagan sus obras en secreto y deseen permanecer en la oscuridad, el Señor los muestra públicamente como lámparas a todo los hombres (Mt 5:16), y así, los que oyen hablar de ellos, pueden darse cuenta de que los mandamientos llevan a la perfección, y entonces cobran valor por la senda que conduce a la virtud.

Epílogo

Ahora, pues, lean a los demás hermanos, para que también ellos aprendan cómo debe ser la vida de los monjes, y se convenzan de que nuestro Señor y Salvador Jesucristo glorifica a los que lo glorifican. El no sólo conduce al Reino de los Cielos a quienes lo sirven hasta el fin, sino que, aunque se escondan y hagan lo posible por vivir fuera del mundo, hace que en todas partes se lo conozca y se hable de ellos, por su propia santidad y por la ayuda que dan a otros. Si la ocasión se les presenta, léanlo también a los paganos, para que al menos de este modo puedan aprender que nuestro Señor Jesucristo es Dios e Hijo de Dios, y que los cristianos que lo sirven fielmente y mantienen su fe ortodoxa en El, demuestran que los demonios, considerados dioses por los paganos, no son tales, sino que, más aún, los pisotean y ahuyentan por lo que son: engañadores y corruptores de hombres.

Por nuestro Señor Jesucristo, a quien la gloria por los siglos. Amén

de Atanasio, Obispo, a los hermanos en el extranjero

Versión de la Vita Antonii en .pdf

Perspectiva

Espinas de Cristo
Espinas de Cristo

El clima es fresco, la visibilidad amplia y profunda, la quietud extrema.

Un silencio total envolvía al aire que parecía corpóreo y de tan quieto, vivo.

Respirar era tan grato que más que inhalar el aire, lo bebíamos.

Los colores de las hojas y hasta las tonalidades y vetas de las piedras, resultaban nítidas, la percepción estaba como cambiada, desmedida.

Un ave de altura se deslizó planeando cerca, trazando semi curvas, esbozando quizá esquemas más complejos.

Bien a lo lejos el horizonte parecía curvarse y nos resultó fácil adivinarnos pendiendo, colgados del planeta.

Esta repentina conciencia de orbe contenido y universo conteniendo, nos situó imprevistamente en el centro de una pequeñez perturbadora.

Sin volición alguna nos pareció ser, en ese instante, el centro de la humanidad sufriente y nos sentimos vibrar con un clamor de siglos.

Arreciaba la belleza en el entorno y mientras mas anochecía mas hermoso se ponía. Pese a todo nos sentimos forasteros, sitiados por enraizada nostalgia.

Es que no se puede concebir tanta belleza sin la inexplicable sustancia que a todo lo contiene y es allí donde se nos desnudaba la carencia.

Porque en el marco de la nada nos abrumó Su Presencia, que indisoluble se cernía y se posaba, convergiendo entre lo solo y lo silente.

¡Abrázanos Señor y llévanos contigo para siempre!

elsantonombre.org

Aspectos de la vocación eremítica

Antonio El Grande

No pretendo diseñar un tratado de la vida solitaria. No pretendo añadir absolutamente nada a la luminosa tradición.

Sólo es mi intención ahora hablar de la ermita escondida en el corazón, de la vocación a la soledad de todo viandante. Porque nada existe en la Iglesia que no sea una suerte de arquetipo para otras realidades, ya que comulgan todas en el mismo Misterio del Único Cuerpo Místico de Jesucristo.

Los caminos de la soledad se descubren, con harta frecuencia, en las horas de dolor, de sufrimiento. Sobre todo cuando ese mismo dolor es escondido y sin testigos; cuando –en suma- se cae en la cuenta de que nadie lo conoce y pasa desapercibido para cualquier observador.

Esta es una condición que abre la profundidad: no recibir atención. Se trata, en efecto, de una vida sin testigos. Cuando el peregrino acierta a descubrir esa calidad inaudita de su tesoro, que supera cualquier estima o valoración humana, se dará cuenta de la urgencia de mudar su atención y de dirigirla hacia otro horizonte.

La primera nota que vamos a destacar es lo que podemos denominar aceptación. En efecto, comporta una actitud y un hábito de reflexión, asumiendo, con seriedad y júbilo, lo que es dado desde el principio: el propio cuerpo y la propia historia. Y, al mismo tiempo, el ámbito de la peregrinación, a saber, el espacio y el tiempo, la hora y el lugar.

Ahora bien, esta aceptación no se realiza de una sola vez en algún momento ideal de la vida. Al contrario, su urgencia se va manifestando con el tiempo, con la misma experiencia. Y aquello que parece que debiera darse al inicio se da, sin embargo, al final.

Por otra parte aceptación no significa resignación. Cuando ya no queda más remedio, cuando las circunstancias ahogan, en suma, cuando todas las salidas están cerradas no queda otra que aceptar lo que toca… Pero no ha de ser así. Precisamente de este modo resignado se pierde toda la bondad de la situación y la oportunidad de pasar más adelante.

Aceptar se entiende, ante todo, como una actitud contemplativa que empieza por maravillarse y admirarse. Y asume el don, sin más, como cosa propia y con gozo.
No es el sufrimiento el que ha de invalidar o disminuir la aceptación en la vida del peregrino. Quizá sea a raíz de una pena, de algún fracaso, como llegue a entrever lo mejor de su actitud. Porque, tantas veces, el dolor hace transparente la muralla que nos separa de la verdad.

Queda señalado este primer paso, cuyas consecuencias y características son múltiples. Sin duda una aceptación verdadera comporta la asunción de lo que se posee, de algún modo, o de lo que no se posee en absoluto. Y, desde luego, lo que al prójimo respecta y pertenece. Todo lo cual es una disposición para el gozo de ser, de abrir los ojos a la irrenunciable aurora. Es claro que estamos proponiendo otra visión u otra forma de entender lo que comporta o no comporta poseer.

Es posible que lo que aprendemos a aceptar en los otros lo llevemos también en el corazón. La alegría por el bien ajeno acabará por dar al sujeto eso que ha sabido descubrir y valorar en otros, con independencia de sí mismo y con generosidad. Por otra parte, con la delicadeza de sus sentimientos, ha pasado más allá de lo aparente y de lo inmediato y superado cualquier vulgaridad egoísta.

Aprender a aceptar es el comienzo de un camino. Y habrá, a cada paso, descubrimientos singulares a raíz de la transparencia de las cosas. El peregrino sabe que su andar es de un valor inmenso. Cada período, cada jornada, cada ocasión, cada vuelta es de inimaginable fecundidad.

Surge de los acontecimientos una constatación peculiar, que no podemos pasar por alto. El deseo del corazón sobrepasa las ocasiones, las figuras, las imágenes, los tiempos y los lugares que se ofrecen en este mundo para satisfacerlo. Desde luego que esta es una verdad muy vieja. Cualquiera puede alcanzarla a partir de su experiencia por más modesta que ésta sea… Pero la respuesta comporta que ya mismo pueda encontrar el peregrino su propia senda.

No se trata de aguardar a mañana ni de sacudir los aires con indignación por nuestra indigencia. Reconocemos que no hay caminos, ni instituciones, que lleguen a responder en plenitud. Por tanto cualquier limitación abrirá otras puertas en zonas más profundas e inesperadas.

La vida solitaria es, en realidad, un descubrimiento maravilloso de nuestra condición más profunda y de esa persona escondida que late y vive bajo las apariencias de una estructura, del “yo” falso y postizo de la superficie.

La recuperación del “fondo del alma”, el descenso al corazón, de nuevo hallado, indican el camino que todo peregrino sigue hacia la plenitud.

Téngase presente que esta condición no se adquiere. Simplemente se descubre ya existente cuando se es llamado. Llega la hora con sencillez y no acertamos a fijar fecha alguna… ¿Cuándo empezó? ¿En qué momento me di cuenta de este especial llamado a la soledad interior?

Todo esto no cuenta, carece de importancia. Lo que debe subrayarse es la originalidad del hecho, porque, en efecto, cada caso es irrepetible y no se reduce caprichosamente a ningún género. Dios llama personalmente y los caminos conciernen a los que por allí andarán.

Tampoco es necesario hacer algo. La primera actitud de quien es llamado a la soledad interior es aprestarse y permanecer a la escucha. Es una atención nueva para estar y quedarse en el corazón.

Fray Alberto E. Justo OP

Extraído de:

Flor del Yermo


San Juan Casiano

San Juan Casiano
Fresco de San Juan Casiano

El patriarca de la vida monástica, a quien se llama simplemente Casiano, nació hacia el año 360, probablemente en Dobruja, ciudad de Rumania. No es imposible que haya luchado contra los godos en la batalla de Andrinópolis. Alrededor del año 380, partió con un amigo suyo llamado Germán, a visitar los Santos Lugares. Ambos se hicieron monjes en Belén.

Pero en aquella época, el centro de la vida contemplativa era Egipto. Así pues, los dos amigos se trasladaron allá y visitaron uno a uno en la soledad a los famosos santos varones «que estaban llamados a desempeñar una alta misión en el mundo: no sólo la de orar por él, sino la de edificar e instruir a las generaciones futuras» (Ullathorne). Durante algún tiempo, Casiano y Germán llevaron vida eremítica bajo la dirección de Arquebio.

Después, Casiano se trasladó al desierto de Esquela para hablar con los anacoretas que habitaban en cuevas excavadas en la ardiente roca y para vivir en los «cenobios» o monasterios de los monjes. No sabemos por qué razón, Casiano emigró a Constantinopla hacia el año 400. Ahí fue discípulo de San Juan Crisóstomo, quien le confirió el diaconado. Cuando se depuso al gran santo, contra todas las leyes canónicas y contra toda justicia, Casiano fue uno de los legados enviados a Roma para defender la causa del arzobispo ante el Papa San Inocencio I. Tal vez en Roma recibió la ordenación sacerdotal, pero no volvemos a saber nada de él hasta que le encontramos en Marsella, varios años después.

Ahí fundó Casiano dos monasterios: uno para monjes, en el sitio en que había sido sepultado el mártir San Víctor, y otro para religiosas. Casiano y sus monasterios habían de irradiar en el sur de la Galia el espíritu y el ideal ascético de Egipto. Para guía e instrucción de sus discípulos, Casiano compuso sus «Conferencias» o «Colaciones» y las «Reglas de la vida monástica.»

Ambas obras estaban destinadas a ejercer una influencia inmensamente mayor de lo que su autor pudo sospechar. En efecto, San Benito las recomendó, junto con las «Vitae Patrum» y la Regla de San Basilio, como la mejor lectura que sus monjes podían hacer después de la Biblia. También es sensible la influencia de Casiano en la Regla de San Benito y en su espiritualidad, de suerte que puede decirse que Casiano influenció a la cristiandad entera a través de San Benito.

En los cuatro primeros libros de las «Reglas de la vida monástica» describe la forma de vida que deben llevar los monjes; el resto de la obra está consagrado a las virtudes que deben tratar de adquirir y a los pecados mortales en los que más peligro tienen dé caer. Casiano dice en el prefacio de dicha obra: «No voy a describir milagros y prodigios ni a contar anécdotas. Porque, aunque mis mayores me contaron muchas cosas increíbles y aunque me ha sido dado presenciar algunas con mis propios ojos, el repetirlas produce simplemente asombro en el lector, pero no contribuye a instruirle en el camino de la perfección.» Tal sobriedad es característica de Casiano.

Es curioso que el Martirologio Romano no mencione a Casiano. Sin duda que Baronio no quiso incluirle en él, porque en su época se le consideraba como el iniciador y el principal exponente de las enseñanzas que ahora se conocen con el nombre de semipelagianismo. Casiano expuso su teoría en su tratado «Acerca de la Reprobación y de la Gracia», en el curso de una controversia acerca de San Agustín; basándose en dicho tratado, se puede tachar a Casiano de «anti-agustinista», pero no de semipelagiano. El santo pasó todo el resto de su vida en Marsella, donde murió hacia el año 433. Los bizantinos celebran su fiesta el 29 de febrero.

No existe ninguna biografía contemporánea de Casiano; pero en Acta Sanctorum, julio, vol. V, se encontrarán muchos documentos referentes a él. Véase también la introducción a la edición de sus obras, hecha por Petschening, en el Corpus script. eccl lat. de Viena. E. C. S. Gibson tradujo al inglés las obras de Casiano (1894). Muchos de los autores que escriben sobre los orígenes del monaquismo aluden frecuentemente a Casiano; por ejemplo, Herwegen, Albers y C. Butler. En los últimos años, se ha escrito mucho sobre el santo: cf. L. Cristiani, Cassien (2 vols., 1946), y la obra de O. Chadwick, John Cassian (1950), que es todavía mejor que la anterior desde el punto de vista biográfico y contiene una bibliografía muy completa; DHG., vol. XI.

Extraído de:

misa_tridentina

Más sobre Casiano


El demonio del mediodía

Jesús es descendido de la Cruz
Jesús es descendido de la Cruz

atonía psychés *

Una vez esta pasión se ha apoderado del corazón del monje, al punto le causan horror y enfado el lugar y la misma celda donde vive.

No muestra más que desdén y desprecio para con los hermanos, tanto los que viven con él como los que viven a distancia, tildándolos de negligentes y poco espirituales. Todo el trabajo que debe hacer en el recinto de su celda, cúmplelo con desidia y flojedad. Es incapaz de permanecer en ella y aplicarse a la lectura.

Se queja constantemente de que no aprovecha en la virtud estando tanto tiempo en la celda; suspira, murmura y se duele, diciendo que, mientras viva en compañía de tales monjes, no sacará fruto alguno. Se tiene por persona de consideración, que podría gobernar a otros y aprovechar a muchas almas, y no le ha sido posible todavía formar a nadie o ganarlo para sí con su doctrina.

Alaba en demasía a los monasterios distantes o que están en parajes lejanos. Dice que esos lugares ofrecen mayores ventajas para el progreso espiritual e inclusive son más idóneoas para la salud…No queda pues, otro remedio que salir cuanto antes e irse a otra parte.

Pero no está en esto todo; sigue aún un cortejo de desgracias e inquietudes. Ha llegado por ejemplo, la hora quinta, la hora sexta del día. La pereza suscita en todos sus miembros una laxitud inmensa, acompañada de un hambre terrible. Tanto es así, que le parece que está extenuado, rendido, cual si hubiera realizado un largo camino o un trabajo ímprobo, o como si hubiera ayunado dos o tres días consecutivos.

Ansioso, dirige la mirada en todas direcciones y comprueba desmoralizado que no se observa un solo hermano en el horizonte. Nadie viene a verle. Y suspira despechado. Sale, entra, deambula por una y otra parte, mira una vez más el tiempo que hace y el correr del sol. Se impacienta al ver lo despacio que va este hacia el ocaso.

La confusión se cierne sobre su espíritu y diríase envuelto en una calígine tenebrosa. Se siente vacío, carente de toda vida espiritual. En tal situación, ante este asalto formidable, no ve otro remedio que esta disyuntiva: o hacer una visita a un hermano o consolarse a sí mismo conciliando el sueño.

Añádase a esto que la misma dolencia le sugiere, so color de necesidades aparentes o de cortesía, visitar a ciertos hermanos enfermos. No importa que vivan lejos; cuanto más, mejor. Esa misma enfermedad le dicta ciertos deberes de piedad y religión.

Así, pongo por caso, se cree en la obligación de favorecer y proteger a sus familiares y parientes… existe tal mujer piadosa consagrada a Dios, desprovista de la ayuda y socorro de sus padres; ni que decir tiene que es de su incumbencia visitarla…

Instituta 10, 1-3

Juan Casiano

Ed. Neblis, 1983

* Este síntoma a sido llamado también acedía, anxietas o taedium cordis; su identificación con el mediodía es porque dicen los monjes antiguos que asalta al monje hacia la mitad de la jornada y ha sido considerada por algunos estudiosos (Por ej. A. Guillaumont) la tentación por excelencia del solitario. Podría traducirse también como torpor, pereza, desaliento, disgusto, tristeza. En «De octo spiritibus malitiae» es Nilo de Ancira quién la llama atonía psichés: flojedad del alma.
Nota de Hesiquia blog

Vocaciones

Experiencia de Dios

Madre de Dios de Novgorod
Madre de Dios de Novgorod

Hija consagrada al servicio de Cristo:

En tanto no te hagas señora del cuerpo, para conservarlo tranquilo y quieto, no habrá iluminación espiritual. Menos aún acciones que no resulten de la búsqueda desesperada del cuerpo por los placeres múltiples.

Debes darte cuenta, que hasta no lograr este señorío sobre lo corporal, todo lo que hagas resulta de la apetencia sensorial, del querer los sentidos recibir impresiones fuertes. Ellos buscan variaciones continuas desde su estado previo.

Has de aquietar esta necesidad inscrita en los órganos de percepción, de recibir constantemente estimulación del ambiente. Este instinto puesto allí para servir a la conservación de lo físico, ha caído también junto con toda nuestra naturaleza.(Gn. 3)

De hecho atiende a lo que te digo a continuación, porque no peligra ahora tu vida de la materia sino la vida espiritual, única y verdadera vitalidad.

Desligar las vivencias del mudable y constante flujo de los sentidos es imprescindible si de recibir el Espíritu Santo se trata. Encandilados por las sensualidades de lo perceptible fuera, no advertimos sus impulsos y mociones, dentro.

Esta sensualidad innata corporal busca contacto de apego expandiéndose en la esfera de lo concupiscible, de lo adquirible en cuanto poseíble y en el campo de la egolatría. Has de saber que lo que atesoran estas esferas de acción de los sentidos es intensidad de experiencias, que producen atadura y  sujeción como ancla clavada profundamente en el lodo. Recuerda que detrás del ansia de lo que parecen objetos, personas o sucesos en el mundo, yace el afán por sentir fuertemente.

Te insisto: No se busca lo que parece que se busca sino la intensidad que de todo ello deriva. De allí que sexualidad y comida sean tan llamativos antojos, porque conmueven notablemente lo sensorio; pero inequívocamente a poco de saciarse reclaman nuevo sustento y de esto resultan encadenamientos sin fin.

Y si la saciedad genital o del vientre es frecuente, irá necesitando cada día el sentido mas estimulación para alcanzar igual contento, por lo cual se abre paso rápidamente a cualquier extremo.

También, mediante el apresamiento de objetos diversos se va obteniendo la sensación correspondiente a estos y entraña terrible ligadura el deseo de acumulación, porque a poco de tenerse pierde cada objeto la capacidad de originar el placer que producía; haciéndose necesarias cosas cada vez mas sofisticadas para alcanzar nuevamente la pasajera satisfacción.

Es así como puedes observar acaudalados hacendados corriendo afiebrados de una finca a la otra y de un palacio al otro, insaciables ya, persiguiendo un gozo cada vez mas esquivo, que antaño disfrutaran con la posesión de su primera hacienda, unos pocos días. Y, aunque no lo saben, darían todo lo que tienen por alcanzar la paz, que es lo que ignoradamente buscan en todo eso que adquieren.

Triste situación también la del poseído por el afán de notoriedad, motivación corriente  en los doctos y eruditos, aunque de ello no suelen librarse tampoco los simples. Has de entenderlo: quién va tras la admiración de los demás, busca sentirse henchido y prendado de si, con la voluptuosidad que a ello corresponde.

Algunos porque tienen momificadas de tan turbias las emociones y con la fama les parece revivir. Y otros, porque sufriendo de continuo el dolor de rechazarse a si mismos, logran con el aprecio ajeno estimarse un poco. Paradójico pero cierto, descubrirás en los mas engolados y afectados, el oculto vituperio y escarnio que se hacen por alguna inconfesable mancha que con culpa lacerante los llaga como herida supurante.

No habiendo logrado aceptarse miserables, ni arrepentirse profundamente, han invocado en lugar del perdón, la gloria del mundo, queriendo con ello olvidar lo que llevan dentro.

Hija en Cristo, precisando ahora la substancia a la cual quiero llegar desde el principio: esta esclavitud nuestra al soma y psiqué tienen su causa no en donde parece, esto es en los sentidos corporales, sino en una falta de plenitud, que es anterior.

¿Porqué razón sale tan presuroso el cuerpo al mundo mediante los sentidos?

Porque lo que siente ya de por sí, no lo está saciando. No siente en si mismo plenitud ninguna sino fragilidad y temor y angustia. Cual cáscara vacía experimenta el horror de no ser o mejor dicho, de ser solo carencia.

Este no poder aquietarse tiene como raíz no las pasiones sino la ausencia de Dios en el interior del hombre. Y esta ausencia deja al cuerpo como cadáver que se agita por la inercia de su origen, presa fácil del hervidero de la sanies de la carne.

Este cuasi cadáver que empieza a ir de aquí para allá como tamo llevado por el viento, cae víctima de su barbarie intrínseca porque habiendo sido originalmente animado por el Divino soplo, sin él queda como simple bestia desgarrada entre tensiones opuestas. (Sal 1, 4) (Gn. 2, 7 y Gn. 6, 3)

Debes tener la certeza de que sin el Espíritu Santo, sin este Divino soplo en nosotros, caemos bajo el imperio de lo pasional sin remedio y toda lucha contra ello estará amenazada continuamente por la derrota. Por eso decían algunos monjes antiguos que luchaban contra la carne hasta el fin de sus días. Porque no puede ella ser vencida desde ella misma.

En cambio aquellos que eran inhabitados por el Santo Espíritu de Dios, vencían de una vez y permaneciendo no obstante vigilantes, se aposentaban en una beatitud que les permitía regalar múltiples carismas.

Apreciada Hija en Cristo:

Solo recibiendo la gracia santificante que da vida verdadera, solo con un corazón hecho fuego pentecostal, podrás librarte de la causa raíz de toda voluptuosidad. Y entonces apartarte de los deseos corporales no resultará cuesta demasiado empinada sino incluso camino llano. ¿Pero que puedes hacer para precipitar Su venida en ti? Me dices que oras de continuo sin alumbrarlo en tu interior.

Te digo: La experiencia de Dios, la venida en uno del Espíritu Santo, la iluminación; debe ser el máximo deseo o mejor, el único deseo. Esa es la llave veraz, la puerta estrecha pero abierta, el camino seguro. Puedes orar días y noches y por años sin frutos, si mientras oras deseas otras cosas y no solo a Dios. Pero dificulto que tengas constante oración sin ese aquilatado deseo.

Toda acción y pensamiento y sentimiento debe someterse tanto en lo interior como en lo exterior al objeto de nuestro amor. Nada debes hacer, ni decir, ni pensar que no te lleve a Dios; mide todo según esa vara y debes hacer de este deseo profundo el único sentimiento. Esto que voy a hacer, esto que miro, esto que discurro, ¿me acerca o me aleja de Lo único importante?

¿Quieres la experiencia de Dios en ti? Entonces no quieras nada más. Ni respeto ajeno, ni admiración, ni justicia, no quieras ninguna razonable cosa ni irrazonable, no digas, no pienses, no masculles, solo deséalo intensamente y llámalo en la oración con ese fuego del ansia concentrada solo en Él.

¿Él Señor no viene? Gime, solloza, duélete y pídele con gritos interiores que te dignifique para recibirlo. Pide misericordia y sé paciente sin perder el vivo deseo. No busques soluciones parciales, no quieras componendas o mitigación o esta o aquella condición exterior para pasar tus días, porque nada tiene sentido sin Él y nada se resuelve realmente sin la curativa y devastadora Presencia del Espíritu Santo.

Digo devastadora porque cuando viene deja en ruinas la individualidad mezquina que no es otra cosa sino el cuerpo cadavérico en acción.

Pero difícilmente se unifique tu deseo si antes no se produce en ti una comprensión penetrante de la insustancialidad del mundo. Porque no hay sentido ni sustancia en el mundo sin Dios en la mirada fluyendo desde el corazón de Cristo, que es el Espíritu Santo. Tienen razón, en ese sentido los que dicen que el mundo es ilusión, porque sin Dios semeja fantasmales figuras móviles y cambiantes que danzan hacia la muerte en perpetuo rugido sufriente.

No te dejes engañar: Toda alegría que veas en el siglo, es efímera y viene a soportar brevemente la angustia de fondo que espera palpitante para atacar. Observa que al mas bello y al mas famoso y al mas poderoso, le llega la vejez, la enfermedad y la muerte.

Si fundas tu vida en la carne, si a la carne te asimilas, sufrirás el destino de toda carne que es la putrefacción final. Pero si invocas al mas Alto para que te conceda el destino mayor al que fuimos destinados, tendrás un arca y una tarea y una prosperidad espiritual. (Gn.6, 5 – 9, 17)

Me acuerdo de ti en mis oraciones y te recuerdo con calidez de padre, por eso te hablo con claridad y rudeza, para darte lo mejor que puedo. Puedo asegurarte que el paraíso esta aquí mismo, retirándote un poco hacia atrás de los sentidos, buscando el latido expansivo de una luz que no quema ni se apaga.

elsantonombre.org

Sitio recomendado:

vaticanlibrary

 

San Isidoro de Pelusio

icono de San Isidoro de Pelusio
icono de San Isidoro de Pelusio

Se cree comúnmente que Isidoro*, nacido en Alejandría y muerto hacia el año 435, fue abad de un monasterio de las montañas cerca de Pelusium, en Egipto. Sin embargo, investigaciones recientes han puesto de manifiesto que no hay razón para suponerle jefe de una comunidad cenobítica. Nuestra fuente más antigua de información sobre él es Severo de Antioquía, y éste nunca alude a esa condición. Le llama “sacerdote, correcto en la fe, lleno de sabiduría y de conocimientos bíblicos.” Dice que vio la carta de un asceta en la que se saluda a Isidoro, como “venerable sacerdote Isidoro, altar de Cristo, vaso sagrado para el servicio de las iglesias, tesoro de Sagrada Escritura.” Así, pues, el documento más antiguo, que data prácticamente del tiempo mismo de Isidoro, nada dice de que fuera abad. Es más, las 2.000 cartas que todavía se conservan de él no justifican ese título. Lo encontramos por vez primera en losApophthegmata Patrum, que introducen seis de sus sentencias con “dijo el abbas Isidoro de Pelusium.” Sin embargo, aquí el título no quiere decir presidente de una comunidad; significa simplemente “Padre del desierto” o “Padre le los monjes,” es decir, un ermitaño que instruía a otros en a vida espiritual. Es de notar también que las listas oficiales le los santos de la Iglesia griega, el Menologium de Basilio II y el Synaxarium ecclesiae Constant., no llaman abad a Isidoro. Le llamó así por vez primera en el siglo VI el diácono romano Rústico, que preparó una selección de 49 cartas de Isidoro, las tradujo al latín y las agregó a las Actas del concilio de Efeso. En el pomposo encabezamiento de la primera de estas cartas se le llama doctor ecclesiaeabbas monasterii circa Pelusium. Pero este testigo es de dudosa autoridad.

En resumen, Isidoro era un sacerdote de Pelusio, famoso por su piedad y por sus conocimientos de Sagrada Escritura, como atestigua Severo. Sus cartas prueban que llevó una vida monástica y gozó de gran reputación entre los ascetas, hasta el punto de que se le puede llamar Padre de los monjes, pero difícilmente “jefe de un monasterio” o abad de un cenobio. Efrén, patriarca de Antioquía, nos informa que nació en Alejandría. No se conoce la fecha de su nacimiento, pero ocurrió probablemente hacia el año 360. Nicéforo Calixto (Histeccl. 14,53) señala que Isidoro fue discípulo de San Juan Crisóstomo; pero no hay por qué tomar esta afirmación al pie de la letra. Sus cartas no suponen una relación personal tan estrecha entre ambos, a pesar de las alabanzas entusiastas que Isidoro prodiga varias veces al gran obispo y predicador (Ep. 1,152. 156). Focio (Ep. 2,44) le menciona juntamente con Basilio Magno y Gregorio Nacianceno entre los antiguos maestros cristianos de la epistolografía y llama expresamente a Isidoro modelo, no sólo de vida sacerdotal y ascética, sino también de estilo y de fraseología.

Sus Cartas.

Efectivamente, la correspondencia de Isidoro revela una personalidad extraordinaria, con educación clásica y una excelente formación teológica. Su fuente principal es la Sagrada Escritura; pero conoce también los escritores cristianos antiguos. Algunas de sus cartas están copiadas, palabra por palabras, de Clemente de Alejandría, tal como lo ha demostrado Fruechtel. Isidoro sostiene que las mismas ciencias profanas tienen gran valor si están glorificadas por la verdad divina (3,65). El cristiano debería extraer alimento, como una abeja, aun de los escritos de los filósofos paganos (2,3). Sus favoritos son Demóstenes, Platón, Aristóteles y Hornero. Son tan numerosas las citas que hace de algunos de ellos, por ejemplo de Demóstenes, que constituyen una base para estudios de critica textual. A su gran saber juntó un vivo interés por todas las cuestiones referentes al mundo y a la Iglesia, a la jerarquía y al laicado, al gobierno secular y al eclesiástico, a la moral y al dogma. Impertérrito e inflexible, se atreve a emitir juicio sobre emperadores y obispos, a advertir y aconsejar a los de arriba y a los de abajo.***

La colección de sus cartas cubre un período de casi cuatro décadas, desde el año 393 hasta el 433; toca una gran variedad de temas y afecta a gran número de personas. Es una pena que la edición clásica deje mucho que desear. Es la que se publicó en París en 1638, editada nuevamente por Migne (PG 78); comprende 2.012 cartas en cinco libros. Esta división en cinco secciones no está justificada ni por el contenido ni por los manuscritos. C. H. Turnen y K. Lake han llamado la atención sobre el Codex B 1 de Grottaferrata, que es el manuscrito más antiguo y el más importante de las cartas de Isidoro, Íque, sin embargo, no ha sido compulsado hasta ahora. Todas as ediciones existentes están basadas en la colección de dos mil cartas que se hizo, en el siglo que va del año 450 al 550, en el monasterio acoimeta de Constantinopla. Este Corpus Isidorianum lo menciona Facundo, obispo de Hermiana, en su Pro defensione trium capitulorum (PL 67,573), compuesto entre los años 546 y 548. Dieciocho años más tarde, el diácono romana Rústico tuvo también acceso a dicha colección, independientemente (Acta Concil. oecum. ed. Schwartz 1,4,1,25). Este último dice que la colección consistía en cuatro códices, con quinientas cartas cada uno. En las 2.012 cartas de Migne hay 19 repeticiones, por lo menos. Sería insensato dudar que la cifra de 2.000 resultó de una selección que hicieron los acoimetas con el deliberado propósito de alcanzar un numen” redondo. De hecho, Severo de Antioquía habla de “casi tres mil” (CSCO Scriptores Syri, ser.4 t.6, ed. Lebon, 182-3) y lo confirma el Léxico de Suidas (2,668). Una nueva edición critica a base del manuscrito de Grottaferrata no sólo proporcionaría un texto muy mejorado, sino que restablecería el orden primitivo de las cartas.

A pesar de todo, las dos mil cartas que se conservan batan a hacer de la correspondencia de Isidoro un caso único en el período patrístico. Su forma es una ilustración del principio de elegancia sin afectación que profesaba el autor (Ep.·5 133), mientras que su contenido toca temas teológicos, así como profanos. Entre los últimos están las cartas que dirigió a las autoridades civiles para interceder en favor de la ciudad de Pelusium (2,25; cf. 1,175); a Quirinio, prefecto de Egipto (1,174-5), censurándole por haber hecho uso de la fuerza; al emperador Teodosio II, exhortándole a ser benigno y generoso, por ser éstas las nobles virtudes del gobernante (1,35).

La mayor parte tratan de cuestiones exegéticas. El autor sigue el método histórico y gramatical de la escuela de Antioquía (cf. vol.·1 p.415s) y rechaza el alegorismo (4,117). Condena el intento de ver por doquier figuras de Cristo en el Antiguo Testamento, porque ello incitará a paganos y herejes a sospechar de los pasajes verdaderamente mesiánicos (2,195; cf. 2,63; 3,339). El Antiguo Testamento es una mezcla de historia y profecía, pero no hay que confundirlas (2,63; 4,203). Con todo, admite las interpretaciones alegóricas cuando sólo sirven para la edificación. De las cartas de carácter exegético, más de sesenta están dedicadas a las epístolas paulinas.

No pocas de estas misivas tratan de temas ascéticos y morales. Lo mismo contienen reglas sencillísimas de moral como principios muy elevados de perfección, y son una prueba de la profundidad de la sabiduría de Isidoro y de su honradez de alma. El reino de Dios se funda en la pobreza voluntaria y en la abstinencia (1,129), pero sólo después que se hayan cumplido todos los mandamientos y practicado todas las virtudes (1,287). No basta el ascetismo (1,129); lo esencial es el espíritu. Dice, por ejemplo: “No eres un asceta perfecto si tienes la comida, la bebida y la cama de San Juan Bautista. Para alcanzar la perfección tienes que tener su espíritu” (1,162) La virginidad está tan por encima de la vida de matrimonio como lo está el cielo sobre la tierra y el alma sobre el cuerpo (4,192); pero la virginidad sin amor o la virginidad sin huí lid no tiene valor (1,286). Así son los principios que nunca se cansa de recordar a los monjes, sacerdotes y obispos que no viven a la altura de su vocación.

Aspectos Teológicos.

Son muy interesantes las cartas que nos revelan a Isidoro como teólogo dogmático.En muchas de ellas defiende la cristología eclesiástica contra diversas herejías. Así, por ejemplo, afirma ante todo la divinidad de Cristo en contra de los arrianos y los refuta mediante una concienzuda interpretación literal de la Sagrada Escritura. Como consideraba a los arrianos como los enemigos más peligrosos, pensaba que su principal área como teólogo consistía en derrotarlos (1,389). Sus analistas precisos de los textos bíblicos(3,335; 1,353; 3,334; 3,31; 1,67; 3,166; 4,142; 1,139; 4,166), su método filológico para desentrañar su significado y su sistema científico de exégesis cusan una vez más la influencia de la escuela de Antioquía. Usa repetidas veces la expresión nicena homoousioshomoousiotes (1,67,422; 3,18,31,112,334,335; 4,99,142). Alude, además explícitamente a este concilio en su carta 4,99: “Hay que al santo sínodo que se reunió en Nicea, sin añadir ni quitar nada, porque, lleno del Espíritu de Dios, ha enseñado la verdad.”

Por otra parte, contra los maniqueos defiende la humanidad verdadera de Cristo(1,102; 2,133). “De la posteridad de Abrahán, Dios escogió a su madre y de ella asumió carne. De esta manera se hizo verdaderamente hombre, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (1,264).

Ocho, al menos, de las cartas de Isidoro están dirigidas a Cirilo de Alejandría: 1,310.323.324.370; 2,127; 3,306; 5,79. 268. En una de ellas (1,310) no vacila en reprochar al patriarca su proceder en Efeso:

La simpatía apasionada no ve con claridad, pero la antipatía no ve en absoluto. Si quieres verte inmune de ambas deficiencias de visión, no te entregues a afirmaciones violentas, sino que debes someter a justo juicio todas las acusaciones. Dios mismo, que conoce todas las cosas antes de que ocurran, consintió en bajar y ver los lamentos de Sodoma; con ello nos enseña la lección de considerar despacio las cosas y ponderarlas bien. Muchos de los que se reunieron en Efeso hablan satíricamente acerca de ti, como de hombre inclinado a seguir sus animosidades personales y no como de uno que busca rectamente la causa de Jesucristo.

Esta amonestación no le impide, sin embargo, exhortar a Cirilo en otra carta (1,324) a no sacrificar una tilde de su doctrina. Solicita del emperador Teodosio que ponga freno a aquellos oficiales de la corte que en Efeso trataron de asumir autoridad judicial en materias de fe (1,311).

En la cuestión de la unión hipostática, Isidoro rechaza tanto la mezcla como la separación de las dos naturalezas en Cristo. Pone en guardia al lector Timoteo contra los maniqueos, que enseñaban que en Cristo sólo hay una naturaleza (1,102) Habla claramente de δύο φύσεις y εν πρόσωπον και μία υπόστασις(1,23.303.323.405), anticipándose así, en cierta manera, a la definición de Calcedonia.

Escritos que se han perdido

En sus cartas, Isidoro menciona ocasionalmente dos tratados que compuso. Por dos veces (2,137 y 228) se refiere a un opúsculoContra los griegos (Λόγος πρός Ελληνας) y una vez (3,253) a un escrito Sobre la no-existencia del Destino (Λογίδιον περί του μη εΐναι είμαρμένην). Al parecer, el primero correspondνa a una carta que ya no existe, y el segundo hay que identificarlo con la extensa carta que escribió al sofista Harpocras (3,154).

*Los miembros del Movimiento Nueva Ortodoxia consideran a San Isidoro de Pelusio como principal referente antiguo de su espiritualidad

Texto extraído de:

ConoZe

otra versión

El Paraíso recobrado

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Virgen con el niño

La presencia del Espiritu Santo enardece el corazón y lo colma de entusiasmo, de dulzura, de gozo inenarrable. Nuestros autores no se cansan de insistir en este punto, revelándonos a menudo su propia experiencia. Así, Ammonas promete a sus discípulos para cuando reciban el Espíritu Santo:

«Estaréis libres de todo temor y se apoderará de vosotros un gozo celestial, de manera que, permaneciendo aún en el cuerpo, seréis como si ya hubiérais sido transportados al reino»

Y Macario no sabe como expresar la felicidad y el gozo interior y apela a diferentes imágenes tomadas de los placeres mas espléndidos de la vida humana: un banquete real, una boda. Y señala a continuación como uno de los frutos mas estimados del Espíritu, esto es, la perfección de la gnosis, la iluminación (photismós), cuando añade:

«Otras veces, la gracia lo introduce en el conocimiento de misterios que ninguna lengua ni ninguna boca puede expresar, dándole una clarividencia, una sabiduría, una ciencia del Espíritu inefables e insondables»

Y en otro pasaje escribe el Santo:

«Noche y día estoy rogando para que la fuerza divina crezca en vosotros y os revele los mayores misterios de la divinidad, que no me es fácil pronunciar con la lengua, porque son grandes, y no son de este mundo, y no se revelan sino a quienes limpiaron su corazón de toda mancha y de toda la vanidad de este siglo, y a aquellos que tomaron sus cruces y aun fortificaron sus almas y fuieron obedientes a Dios en todas las cosas»

La acción del Espíritu transforma profundamente al hombre interior. Lo Diviniza, lo deifica…

El mismo hombre exterior refleja esta profunda transformación bajo la acción del espíritu, como lo comprobaba San Antonio:

«Todo el cuerpo es transformado y se somete al poder del Espíritu. Y pienso que se le concede ya alguna parte del cuerpo espiritual que recibirá en la resurección de los justos».

Extraído de: «El monacato primitivo»,

Tomo II, cap. 8 (El paraíso recobrado) Pags. 305 y 306

de García M. Colombás, 1974 B.A.C.

Máximo el Confesor

San Máximo el Confesor
San Máximo el Confesor

Se llama a San Máximo «el Confesor» en razón de sus trabajos y sufrimientos por la fe cristiana. Fue Máximo uno de los más distinguidos teólogos del siglo VII, verdadera columna de la ortodoxia contra la herejía monotelita. Nació hacia el año 580, en Constantinopla. En su juventud entró a servir en la corte y llegó a ser el principal de los secretarios del emperador Heracleo. Pero, al cabo de algún tiempo, renunció a su cargo (tal vez porque el emperador defendía ciertas opiniones heréticas) y tomó el hábito monacal en Crisópolis (actualmente Skutari). Ahí escribió algunas de sus obras de mística y fue elegido abad. En el año 638 murió San Sofronio, patriarca de Jerusalén, a quien Máximo llamaba su maestro, padre y profesor. Entonces, el santo se convirtió en el gran campeón de la ortodoxia contra el monotelismo del emperador Heracleo y de su sucesor, Constante II. San Máximo, gran confesor de la fe y notable autor místico, murió a los ochenta y dos años. Dejó muchos escritos; entre otros, algunos comentarios alegóricos de la Sagrada Escritura y de las obras de Dionisio Areopagita, un dialogo entre dos monjes sobre la vida espiritual y la «Mystagogia», que es una explicación de los símbolos de la liturgia.

Catequesis de Benedicto XVI sobre Máximo el Confesor

Imagen extraída de:

Primeros Cristianos

Texto breve extraído de:

Ortodoxia

Del amor propio

Cristo del Consuelo
Cristo del Consuelo

56. El amor propio, como se dijo muchas veces, es la causa de todos los pensamientos pasionales. De él nacen los tres pensamientos capitales de la concupiscencia: la gula, el amor por el dinero, y la vanagloria. De la gula, nace el de la fornicación; de la vanagloria, el de la soberbia. Todos los otros siguen a alguno de estos tres: la cólera, la tristeza, el rencor, la envidia, la maledicencia, y todos los demás.

57. Principio de todas las pasiones es el amor propio; término, la soberbia. Y el amor propio es el afecto irracional por el cuerpo: el que lo rechaza, rechaza con él todas las pasiones de él derivadas.

63. El que ha obtenido el conocimiento de Dios y ha, realmente, gozado de la dicha que de esto proviene, desprecia todos los placeres generados por la potencia concupiscible.

70. Si después de haber erradicado un poco las causas de las pasiones, nos dedicamos a las contemplaciones espirituales, pero sin dedicarnos a ellas para siempre, durante esta misma ocupación, fácilmente volveremos de nuevo a las pasiones de la carne, y así no extraeremos otro fruto mas que un simple conocimiento unido a presunción, cuyo término será el progresivo oscurecimiento de la conciencia y la completa desviación del intelecto hacia las cosas materiales.

72. Dios ha creado el mundo invisible y el mundo visible, y es por lo tanto Él mismo quién ha hecho el alma y el cuerpo. Y si el mundo visible es tan bello, ¿cuánto mejor lo será el invisible? Si además, este es mejor que aquél, ¿cuánto mejor que ambos será Dios, que los ha creado? En consecuencia si el Artífice de todas las cosas bellas es mejor que todas las criaturas, ¿porque motivo el intelecto, dejando de lado lo mejor, se ocupa de lo peor? Me refiero a las pasiones de la carne. ¿No es tal vez claro, que esto sucede porque el intelecto, teniendo comercio y costumbre con las pasiones desde el nacimiento, no ha tenido todavía una perfecta experiencia de Aquel que es mejor y superior a todas las cosas?

Entonces con el largo ejercicio de continencia respecto de los placeres y de la meditación en las realidades divinas, lo arrancaremos poco a poco de este estado; se dilatará progresando, poco a poco, en las realidades divinas, y reconocerá su propia dignidad. Y al final dirigirá a Dios todo su deseo.

«Sobre la caridad»,

Máximo el confesor Extraído de Filocalia,

tomo II, pags. 93 y ss. – Ed. Lumen, Arg. 2003

Enlace:

Necesidad de vocaciones


Necesidad del Espíritu Santo

Christ in Gethsemane
Christ in Gethsemane

«Nuestra religión es una religión del milagro, de la presencia del Espíritu Santo, de esa fuerza que primero en la actividad de Jesús y luego en la de los apóstoles, irrumpe en medio de lo cotidiano de manera extraordinaria, mutando las leyes.

Leer los Evangelios es asistir a una permanente muestra del poder de Dios que actúa en el mundo transformándolo.

Jesucristo cura a los enfermos y lo hace de una manera especialísima: limpiándoles de sus pecados, porque la enfermedad del cuerpo está asociada al pecado del alma, y la acción del Espíritu Santo puede trascender incluso las leyes de la vida y de la muerte.

El cristianismo se expandió gracias a las persecuciones. El Espíritu Santo realizaba curaciones y señales prodigiosas al paso de los apóstoles, dotándoles de diversos carismas. Sin embargo, la historia de la Iglesia nos muestra la desaparición progresiva de esta acción del Espíritu Santo, aunque es verdad que hay santos y fundadores que han recibido esta gracia inestimable.

Parece que la persona receptora del Espíritu Santo necesita cierta preparación, aunque este don se da según la voluntad divina allí donde quiere, más allá de cualquier acción humana. El viento sopla donde quiere pero uno puede ponerse en posición de recibirlo.

Pentecostés no se produce inmediatamente, sino que antes hubo una oración permanente y una intensa comunión entre los primeros cristianos. También se transmite por la imposición de las manos de los que poseen el Espíritu, aunque no a cualquiera, sino al que es apto moralmente, como se observa en el caso de Simón, el mago.

La lectura de los Evangelios de los Hechos de los Apóstoles, deja muy claro que la persona de Cristo Jesús Mesías, evidenciaba su filiación divina mediante claros signos y señales, asociadas a la curación de los cuerpos y las almas, a una purificación de los pecados.

También, que el Espíritu Santo enviado por mediación de Cristo desciende sobre los que le siguen perteneciendo, los cuales, si actúan en Su Nombre, harán los mismos signos, en incluso otros, para edificación y conversión del prójimo.

Este Espíritu se manifiesta donde quiere relacionado con: la oración continua, la comunión apostólica, la profunda devoción a la persona de Cristo y la identificación con su redención.

El Espíritu Santo provoca conversiones masivas, motivadas no solo por la manifestación de signos extraordinarios, sino también por la elocuencia de los que lo poseen, que penetra los corazones y los transforma, como es notorio en la tarea apostólica de Pedro y de Pablo, por ejemplo.

Pero cuando los hombres dejan de escuchar la inspiración del Espíritu, a medida que su vida deja de adecuarse a la enseñanza de Cristo, empieza a declinar su presencia en ellos. En ocasiones es una desviación teórica que da lugar a múltiples herejías, y en otra es una desviación de la práctica con una laxitud de vida.

No en vano, los Padres del desierto se apartaron del común de los fieles, huyendo literalmente al desierto, intentando conservar vivo el Espíritu. Es posible ver en ellos, en su historia y relatos, como actuaba esta Presencia extraordinaria y salvífica en sus vidas para bien de innumerables almas.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces y múltiples quebrantos ha sufrido el cuerpo místico de Cristo a través de cismas y reformas, y mucha degradación muestra el mundo, dominado hoy más que nunca por la oscuridad y el pecado. Por eso, me pregunto; ¿Es posible que nuestra Iglesia vuelva a ser de Cristo? Es decir, que viva en ella el Espíritu Santo que la cohesionó e hizo expandirse en sus orígenes. Y, si esto es posible, ¿qué debemos hacer nosotros para que lo sea?

Estas preguntas son fundamentales, hoy más que nunca, en una época donde parece triunfar el nihilismo y la alineación consumista. Porque si en un grupo de cristianos actuales irrumpiera un nuevo Pentecostés que mostrara los signos que difundieron la Buena Nueva en los principios, se acabarían las discusiones y las divisiones en las Iglesia. Ya no sería cuestión de si tienen razón los tradicionalistas o los progresistas, de si hay que hacer esto o lo otro. Si el Espíritu Santo habitara nuevamente entre nosotros, sería una experiencia profundamente conmovedora, no solo para los que la recibieran, sino para los que presenciaran sus manifestaciones. Aunque la ciencia se ha entronizado como diosa, sucumbiría ante las verdaderas manifestaciones del Espíritu Santo.

Leyendo los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, observamos que había una conversión profundad de los oyentes por la predicación inflamada por el Espíritu, y curaciones verdaderas operadas por esa misma fuerza santa. Se curaba el alma y el cuerpo, se convertían las gentes a una vida nueva, porque los transmisores vivían una vida nueva que les venía de Dios. Vivían en sí mismo la experiencia de lo Divino.

¡Oh Señor, envía tu Espíritu!»

elsantonombre.org

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

 

 

Imagen extraída de:

aidanharticons

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Carta a Teodoro

Grados de la Oración Teresiana

Santa Teresa de Jesús
Santa Teresa de Jesús

En el “Libro de la Vida», Santa Teresa hace un paréntesis en el relato de su autobiografía a partir del capítulo 11, para presentarnos un itinerario oracional, que ella describe como «cuatro maneras de regar el huerto». El huerto es el alma. Teresa se sirve de esta comparación para exponer los cuatro grados de la oración:

“6…ha de hacer cuenta el que comienza, que comienza a hacer un huerto en tierra muy infructuosa que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas y ha de plantar las buenas. Pues hagamos cuenta que está ya hecho esto cuando se determina a tener oración un alma y lo ha comenzado a usar. Y con ayuda de Dios hemos de procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y tener cuidado de regarlas para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar muchas veces a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes.

7. Pues veamos ahora de la manera que se puede regar, para que entendamos lo que hemos de hacer y el trabajo que nos ha de costar, si es mayor que la ganancia, o hasta qué tanto tiempo se ha de tener.

Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras: o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo; o con noria y arcaduces, que se saca con un torno; yo lo he sacado algunas veces: es a menos trabajo que estotro y sácase más agua; o de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortelano; o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho.

8. Ahora, pues, aplicadas estas cuatro maneras de agua de que se ha de sustentar este huerto -porque sin ella perderse ha-, es lo que a mí me hace al caso y ha parecido que se podrá declarar algo de cuatro grados de oración, en que el Señor, por su bondad, ha puesto algunas veces mi alma. Plega a su bondad atine a decirlo de manera que aproveche a una de las personas que esto me mandaron escribir…”

Primer grado de oración:

“De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo, como tengo dicho, que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están acostumbrados a andar derramados, es harto trabajo”,  (V.11,9)

En este primer modo de oración se experimenta trabajo y esfuerzo, por no estar acostumbrado a recogerse en el interior del alma. El hombre está “derramado” hacia el exterior y por eso su oración es costosa y con escaso fruto. Sentirá malestar y disgusto cuando a pesar de su trabajo en recogerse y meditar no halle en sí más que sequedad y sinsabor. Santa Teresa invita a quienes comienzan este camino a no quedarse en una praxis de la oración que solo agrada al sentido. No hay que quedarse preso del ejercicio de la oración dura, sino abrirse a una relación de amistad desinteresada. Es la amistad pura. Así nos enseña: «Pues sabe le contenta (a Dios) con aquello (ejercicio de oración seca), y su intento no ha de ser contentarse a sí,  sino a él…”(V.11,13).

En este grado el orante debe mantenerse en la oración con el ejercicio de la meditación, es decir, discurrir con el entendimiento. Con buenos libros que le lleven al trato de amistad con Dios, o pensando sobre las grandezas de Dios, sus misericordias, su amor, etc. Pero la santa insiste en que no se le vaya en esto todo el tiempo de la oración. Sino que “se representen delante de Cristo, y sin cansancio del entendimiento, se estén hablando y regalando con él”. “Mire que le mira” (V. 13,11)

Teresa advierte que el orante no debe intentar suspender la actividad del entendimiento para ayudarse a la oración, sino dejar que Dios se lo suspenda cuando quiera. No está en nosotros procurarnos sentir los gustos de Dios, de lo contrario perdería el tiempo, quedándose el alma “boba y fría”.

Por lo tanto, en esta primera manera de regar el huerto se saca el agua del pozo, esto es, discurriendo con el entendimiento.

Segundo grado de oración:

En el segundo grado de oración se saca el agua con una noria: “…con noria y arcaduces, que se saca con un torno (yo lo he sacado algunas veces), es a menos trabajo y sácase más agua” (V. 11,7)

Aquí el orante experimenta en sí unos gustos muy particulares que no vienen de ninguna manera procurados por su mucho discurrir o meditar en las cosas de Dios. Aunque en este grado no se ha de dejar del todo la oración mental, Teresa nos habla de la oración de quietud, que es precisamente una comunicación de Dios al alma en la que la persona siente en sí un recogimiento hacia lo profundo de su ser, en el que su voluntad siente y goza claramente de unos gustos, contentos, que no había conocido antes en ninguna cosa de este mundo: “Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa sobrenatural, porque en ninguna manera puede ganar aquello por diligencias que haga” (V. 14,3)

Es sobrenatural, es decir por encima de lo que el hombre puede hacer. Viene de Dios que se comunica al alma. Dios actúa directamente en la voluntad intensificando el amor. Cautiva al alma: “¡Oh Jesús y Señor mío, qué nos vale aquí vuestro amor!, porque éste tiene el nuestro tan atado que no deja libertad para amar en  aquel punto a otra cosa sino a Vos!”(V.14, 2)

La persona ve con certeza que estuvo el Señor con ella. Va creciendo en virtudes: “comienza a perder la codicia de lo de acá”(V.14,8). Además desea ratos de soledad para gozar más Dios, “porque comienza el Señor a encender el verdadero amor suyo”. El alma siente que la oración es principio de todos los bienes y que por nada querría dejarla.

Tercer grado de oración:

En este grado de oración el agua con que se riega esta huerta del alma “es agua corriente de río o de fuente, que se riega muy a menos trabajo, aunque alguno da el encaminar el agua. Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi él es el hortelano y el que hace todo” (V.16,1)

Nuevamente Dios sale al encuentro del orante con una acción mucho más abundante. Teresa nos habla del sueño de potencias como oración propia en esta tercera manera de riego. La experiencia de la gracia es mucho más clara que en la oración anterior. “Es un sueño de las potencias que ni del todo se pierden, ni entienden cómo obran”. La acción de Dios alcanza al hombre en su interior, en las potencias, de manera más intensa que en la oración de quietud. Esta acción de Dios “adormece” al hombre con relación a todo lo creado, porque está profundamente cautivo por Dios. La persona siente en sí “embriaguez y desatino de amor”. “Glorioso desatino, una celestial locura” (V.16,1-2). Es una “unión muy conocida de toda el alma con Dios”(V.17, 4) aunque entiende con claridad que no es del todo unión de todas las potencias. A diferencia de la oración de quietud, aquí el alma tiene más “soltura” para moverse en las actividades de la vida, aunque entiende bien que la mejor parte está con Dios: “atada y gozando”(V.16,2). “… coge Dios la voluntad, y aun el entendimiento, a mi parecer, porque no discurre, sino está gozando de Dios, como quien está mirando y ve tanto que no sabe hacia dónde mirar…” (V.17,5) “Háblense aquí muchas palabras en alabanzas de Dios sin concierto, si el mismo Señor no las concierta; al menos el entendimiento no vale aquí nada. Querría dar voces en alabanzas el alma, y está que no cabe en sí; un desasosiego sabroso.” (V.16,2)

La actitud de la persona en esta oración es de dejarse del todo en los brazos de Dios, porque su alma ya no es suya sino de Dios. Ya no querría vivir sino en El. El alma se ve  fortalecida en las virtudes “Ya, ya se abren las flores, ya comienzan a dar olor” (V.16,3) deseosa de servir a su Señor.

Cuarto grado de oración:

“… es agua que viene del cielo para con su abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua” (V. 18,9). Se trata de la oración de unión de todas las potencias en la que la acción de Dios envuelve y domina a la persona. Santa Teresa describe así la oración de unión: “Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza. Entiéndese que se goza un bien adonde juntos se encierran todos los bienes, mas no se comprende esto bien. Ocúpanse todos los sentidos en este gozo, de manera que no queda ninguno desocupado para poder en otra cosa exterior ni interiormente” ocuparse. (V.18, 1) El alma “siente con un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda con una manera de desmayo… toda la fuerza exterior se pierde y se aumenta en las del alma para mejor poder gozar de su gloria. El deleite exterior que se siente es grande y muy conocido” (V.18, 10) La acción de Dios es tan fuerte que suspende todas las potencias, de modo que  el orante no puede ocuparse en nada. “Dios coge al alma y la lleva consigo” “Viene un ímpetu tan acelerado y fuerte, que veis sentir y sentís levantarse esta nube (de la gran Majestad de Dios)”.

En esta oración hay una concentración total de la persona entera en Dios: interior y exterior. Santa Teresa llama a esta gracia de unión levantamiento de espíritu o vuelo de espíritu y unión.

Es importante dejar en claro que a esta oración de unión se llega normalmente después que el orante se ha ejercitado durante largo tiempo en la oración mental. Aunque también puede ser concedida, por gracia de Dios, estando todavía muy atrás en el camino.

Autor:

Pablo Gómez

pablocarmelita@hotmail.com

Algunas ideas han sido extraídas de una material sobre los Modos de Oración Teresiana, preparado por las Monjas Carmelitas de Cádiz.
Las citas son del “Libro de la Vida”, en Obras Completas de Santa Teresa de Jesús, editada por Monte Carmelo.2003

Sitios recomendados:

www.cipecar.org

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Ensayo sobre  Santa Catalina de Siena

Sor Teresa Benedicta de la Cruz – Edith Stein

Sor Benedicta de La Cruz
Sor Benedicta de La Cruz - Monja, Carmelita Descalza, mártir

¿Quién fue esta mujer?

Cuando Edith Stein, la última de once hermanos, nació en Breslau el 12 de octubre de 1891, la familia festejaba el Yom Kippur, la mayor fiesta hebrea, el día de la expiación. «Esto hizo, más que ninguna otra cosa, que su madre tuviera una especial predilección por la hija más pequeña». Precisamente esta fecha de su nacimientó fue para la carmelita casi un vaticinio.

El padre, comerciante de maderas, murió cuando Edith no había cumplido aún dos años. La madre, una mujer muy religiosa, solícita y voluntariosa, una persona verdaderamente admirable, al quedarse sola, debió hacer frente tanto al cuidado de la familia como a la gestión de la gran hacienda familiar; pero no consiguió mantener en los hijos una fe viva. Edith perdió la fe en Dios. «Con plena conciencia y por libre elección dejé de rezar».

Obtuvo brillantemente la reválida en 1911 y comenzó a estudiar germanística e historia en la Universidad de Breslau, más para tener una base de sustento en el futuro que por auténtica pasión. Su verdadero interés era la filosofía. Le interesaban también los problemas de la mujer. Entró a formar parte de la organización «Asociación Prusiana para el Derecho Femenino al Voto». Más tarde escribía: » como bachiller y joven estudiante, fui una feminista radical. Perdí después el interés por este asunto. Ahora voy en busca de soluciones puramente objetivas».

En 1913, la estudiante Edith Stein se fue a Gottinga para asistir a las clases universitarias de Edmund Husserl, de quien llegó a ser discípula y asistente, consiguiendo con él el doctorado. Por aquellos tiempos, Edmund Husserl fascinaba al público con un nuevo concepto de verdad: el mundo percibido no solamente existía de forma kantiana, como percepción subjetiva. Sus discípulos entendían su filosofía como un viraje hacia lo concreto. «Retorno al objetivismo». Sin que él lo pretendiera, la fenomenología condujo a no pocos discípulos y discípulas suyos a la fe cristiana. En Gottinga Edith Stein se encontró también con el filósofo Max Scheler y este encuentro atrajo su atención sobre el catolicismo. Pero todo esto no la hizo olvidar el estudio con el que debía ganarse el pan en el futuro y, en 1915, superó con la máxima calificación el examen de Estado. No obstante, no comenzó el periodo de formación profesional.

Al estallar la primera guerra mundial escribía: «ahora ya no tengo una vida propia». Siguió un curso de enfermería y prestó servicio en un hospital militar austríaco. Fueron tiempos difíciles para ella. Atendía a los ingresados en la sección de enfermos de tifus y prestaba servicio en el quirófano, viendo morir a hombres en la flor de su juventud. Al cerrar el hospital militar en 1916, siguió a Husserl a Friburgo en Brisgovia, donde obtuvo el doctorado «summa cum laude» con una tesis «Sobre el problema de la empatía «.

Por aquel tiempo le ocurrió un hecho importante: observó cómo una aldeana entraba en la Catedral de Frankfurt con la cesta de la compra, quedándose un rato para rezar. «Esto fue para mí algo completamente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que he frecuentado los creyentes acuden a las funciones. Aquí, sin embargo, una persona entró en la iglesia desierta, come si fuera a conversar en la intimidad. No he podido olvidar lo ocurrido». En las últimas páginas de su tesis de doctorado escribió: «ha habido personas que, tras un cambio imprevisto de su personalidad, han creído encontrar la misericordia divina». ¿Cómo llegó a esta afirmación?
Edith Stein tenía gran amistad con el asistente de Husserl en Gottinga, Adolf Reinach y su esposa. Adolf Reinach muere en Flandes en noviembre de 1917. Edith va a Gottinga. Los Reinach se habían convertido al Evangelio. Edith tenía cierta renuencia ante el encuentro con la joven viuda.

Con gran sorpresa encontró una creyente. «Este ha sido mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que transmite a sus portadores… Fue el momento en que se desmoronó mi irreligiosidad y brilló Cristo». Más tarde escribirá: «lo que no estaba en mis planes estaba en los planes de Dios. Arraiga en mí la convicción profunda de que -visto desde el lado de Dios- no existe la casualidad; toda mi vida, hasta los más mínimos detalles, está ya trazada en los planes de la Providencia divina y, ante los ojos absolutamente clarividentes de Dios, presenta una coherencia perfectamente ensamblada».

En otoño de 1918, Edith Stein dejó la actividad de asistente de Edmund Husserl porque deseaba trabajar independientemente. La primera vez que volvió a visitar a Husserl después de su conversión fue en 1930. Tuvo con él una discusión sobre la nueva fe de la que la hubiera gustado que participara también él. Tras ello escribió una frase sorprendente: «Después de cada encuentro que me hace sentir la imposibilidad de influenciar directamente, se agudiza en mí el impulso hacia mi propio holocausto».

Edith Stein deseaba obtener la habilitación para la libre docencia, algo que, por aquel entonces, era inalcanzable para una mujer. A este respecto, Husserl se pronunciaba así en un informe: «Si la carrera universitaria se hiciera accesible a las mujeres, la podría recomendar encarecidamente más que a cualquier otra persona para el examen de habilitación». Más tarde, sin embargo, se le negaría la habilitación a causa de su origen judío.

Edith Stein vuelve a Breslau. Escribe artículos en defensa de la psicología y de las humanidades. Pero lee también el Nuevo Testamento, Kierkegaard y el opúsculo de los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola. Se da cuenta de que un escrito como éste no se le puede simplemente leer, sino que es necesario ponerlo en práctica.

En el verano de 1921 fue durante unas semanas a Bergzabern (Palatinado), a la finca de la Señora Hedwig Conrad-Martius, una discípula de Husserl. Esta señora, junto con su esposo, se había convertido al Evangelio. Una tarde Edith encontró en la biblioteca la autobiografía de Teresa de Ávila. La leyó durante toda la noche. «Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad».

Considerando retrospectivamente su vida, escribía más tarde: «mi anhelo por la verdad era ya una oración».

En enero de 1922 Edith Stein se bautizó. Era el día de la Circuncisión de Jesús, la acogida de Jesús en la estirpe de Abraham. Estaba erguida ante la fuente bautismal, vestida con el blanco manto nupcial de Hedwig Conrad-Martius, que hizo de madrina. «Había dejado de practicar mi religión hebrea y me sentía nuevamente hebrea solamente tras mi retorno a Dios». Ahora tendrá siempre conciencia, y no sólo intelectualmente, sino de manera tangible, de pertenecer a la estirpe de Cristo. En la fiesta de la Candelaria, una fiesta cuyo origen se remonta también al Antiguo Testamento, fue confirmada por el Obispo de Espira en su capilla privada.

Después de su conversión, lo primero que hizo fue volver a Breslau. «Mamá, soy católica». Las dos lloraron. Hedwig Conrad-Martius escribió: «mira, dos israelitas y en ninguna de ellas hay engaño» (cf. Jn 1, 47).

Inmediatamente después de su conversión, Edith Stein aspira a entrar en el Carmelo, pero sus consejeros espirituales, el Vicario general de Espira y el Padre Przywara, S.J., le impiden dar este paso. Acepta entonces un empleo de profesora de alemán e historia en el Instituto y seminario para maestros del Convento dominico de la Magdalena de Espira hasta Pascua de 1931. Por insistencia del Archiabad Raphael Walzer, del convento de Beuron, hace largos viajes para dar conferencias, sobre todo sobre temas femeninos. «Durante el período inmediatamente precedente y también bastante después de mi conversión… creía que llevar una vida religiosa significaba renunciar a todas las cosas terrenas y vivir solamente con el pensamiento puesto en Dios. Gradualmente, sin embargo, me he dado cuenta de que este mundo exige de nosotros otras muchas cosas…, creo, incluso, que cuanto más se siente uno atraído por Dios, más debe «salir de sí mismo», en el sentido de dirigirse al mundo para llevar allí una razón divina para vivir». Su programa de trabajo es enorme. Traduce las cartas y los diarios del período precatólico de Newmann y la obraQuaestiones disputatae de veritate de Tomás de Aquino, en una versión muy libre por amor al diálogo con la filosofia moderna. El Padre Erich Przywara, S.J., la incitó a escribir también obras filosóficas propias. Aprendió que es posible «practicar la ciencia al servicio de Dios… sólo por tal motivo he podido decidirme a comenzar una serie de obras científicas». Encuentra siempre las fuerzas necesarias para su vida y su trabajo en el convento benedictino de Beuron, al que va para pasar allí las fiestas más importantes del año eclesiástico.

En 1931 termina su actividad en Espira. Intenta de nuevo obtener la habilitación para la libre docencia en Breslau y Friburgo. Todo en vano. Compone entonces una obra sobre los principales conceptos de Tomás de Aquino: «Potencia y acción». Más tarde hará de este ensayo una obra mayor, desarrollándola bajo el título de Endliches und ewiges Sein (Ser finito y Ser eterno) en el convento de las Carmelitas de Colonia. No fue posible imprimir esta obra durante su vida.

En 1932 se le asigna una cátedra en una institución católica, el Instituto de Pedagogía científica de Münster, donde tiene la posibilidad de desarrollar su propia antropología. Aquí encuentra la manera de unir ciencia y fe, y de hacer comprensible esta cuestión a otros. Durante toda su vida sólo quiso ser «instrumento de Dios». «Quien viene a mí, deseo conducirlo a Él «.

En 19331a noche se cierne sobre Alemania. «Había oído ya antes algo sobre las severas medidas contra los judíos. Pero ahora comencé de pronto a entender que Dios había puesto una vez más su pesada mano sobre su pueblo y que el destino de este pueblo era también el mío». El artículo de la ley de los nazis sobre la raza ariana hizo imposible que continuara su actividad docente. «Si aquí no puedo continuar, en Alemania ya no hay posibilidades para mí «. «Me había convertido en una extranjera en el mundo».

El Archiabad Walzer, de Beuron, ya no le impidió entrar en un convento de Carmelitas. Durante el tiempo que estuvo en Espira había hecho ya el voto de pobreza, castidad y obediencia. En 1933 se presenta a la Madre Priora del Monasterio de Carmelitas de Colonia. «Solamente la pasión de Cristo nos puede ayudar, no la actividad humana. Mi deseo es participar en ella».

Una vez más Edith fue a Breslau para despedirse de su madre y de la familia. El 12 de octubre fue el último día que pasó en su casa, el día de su cumpleaños y, a la vez, la fiesta hebrea de los tabernáculos. Edith acompaña a su madre a la sinagoga. Fue un día nada fácil para las dos mujeres. «¿Por qué la has conocido (la fe cristiana)? No quiero decir nada contra Él. Habrá sido un hombre bueno. Pero ¿por qué se ha hecho Dios? » . Su madre lloró. A la mañana siguiente Edith tomó el tren para Colonia. «No podía tener una alegría arrebatadora. Era demasiado tremendo lo que dejaba atrás. Pero yo estaba tranquilísima, en el puerto de la voluntad de Dios». Cada semana escribirá después una carta a su madre. No recibirá respuesta. Su hermana Rosa le mandará noticias de casa.

El 14 de octubre Edith Stein entra en el monasterio de las Carmelitas de Colonia. En 1934, el 14 de abril, tuvo lugar la ceremonia de toma de hábito. El Archiabad de Beuron celebró la misa. Desde aquel momento Edith Stein llevará el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz.

Escribe en 1938: «bajo la Cruz entendí el destino del pueblo de Dios que entonces (1933) comenzaba a anunciarse. Pensaba que entendiesen que se trataba de la Cruz de Cristo, que debían aceptarla en nombre de todos los demás. Es verdad que hoy entiendo mejor estas cosas, lo que significa ser esposa del Señor bajo el signo de la Cruz. Aunque ciertamente nunca será posible comprender todo esto, puesto que es un secreto». El 21 de abril de 1935 hizo los votos temporales. El 14 de septiembre de 1936, en el momento de renovar los votos, murió su madre en Breslau. «Hasta el último momento mi madre ha permanecido fiel a su religión. Pero, puesto que su fe y su firme confianza en su Dios… fue lo ultimo que permaneció vivo en su agonía, confío en que haya encontrado un juez muy clemente y que ahora sea mi más fiel abogada, para que también yo pueda llegar a la meta».

En el recordatorio de su profesión perpetua, el 21 de abril de 1938, hizo imprimir las palabras de San Juan de la Cruz, al que dedicará su última obra: «que ya sólo en amar es mi ejercicio «.
La entrada de Edith Stein en el convento de las Carmelitas no fue una huida. «Quien entra en el Carmelo no se pierde para los suyos, sino que le tienen aún más cercano; y esto porque nuestra profesión es la de dar cuenta de todos a Dios «. Dio cuenta a Dios sobre todo de su pueblo.

«Pienso continuamente en la reina Ester, que fue sacada de su pueblo para dar cuenta ante el rey. Yo soy una pequeña y débil Ester, pero el Rey que me ha elegido es infinitamente grande y misericordioso. Esto es un gran consuelo » (31.10.1938).

El 9 de noviembre de 1938 se puso de manifiesto ante todo el mundo el odio que tenían los nazis a los judíos. Arden las sinagogas, se siembra el terror entre las gentes judías. La Madre Superiora de las Carmelitas de Colonia hace todo lo posible para llevar al extranjero a Sor Teresa Benedicta de la Cruz. La noche de fin de año de 1938 cruza la frontera de los Países Bajos y la llevan al monasterio de Carmelitas de Echt, en Holanda. Allí redacta su testamento el 9 de junio de 1939.

«Ya desde ahora acepto con gozo, en completa sumisión y según su santísima voluntad, la muerte que Dios me haya destinado. Ruego al Señor que acepte mi vida y muerte… de manera que el Señor sea reconocido por los suyos y que su Reino venga con toda su magnificencia para la salvación de Alemania y la paz del mundo… «.

Ya en el monasterio de Carmelitas de Colonia, a Edith Stein se le había dado permiso para dedicarse a las obras científicas. Allí había escrito, entre otras cosas, De la vida de una familia judía. «Deseo narrar simplemente lo que he experimentado al ser hebrea». Ante «la juventud que hoy es educada desde la más tierna edad en el odio a los judíos…, nosotros, que hemos sido educados en la comunidad hebrea, tenemos el deber de dar testimonio».

En Echt, Edith Stein escribirá a toda prisa su ensayo sobre Juan de la Cruz, el místico doctor de la Iglesia, con ocasión del cuatrocientos aniversario de su nacimiento, 1542-1942. En 1941 escribía a una religiosa con quien tenía amistad: «una scientia crucis (la ciencia de la cruz) sólamente puede ser entendida si se lleva todo el peso de la cruz. De ello estaba convencida ya desde el primer instante y de todo corazón he pronunciado: Ave, Crux, Spes unica (te saludo, Cruz, única esperanza nuestra)». Su estudio sobre San Juan de la Cruz lleva como subtítulo: » La ciencia de la Cruz «.

El 2 de agosto de 1942 llega la Gestapo. Edith Stein se encuentra en la capilla con las otras Hermanas. En cinco minutos debe presentarse, junto con su hermana Rosa, que se había bautizado en la Iglesia Católica y prestaba servicio en las Carmelitas de Echt. Las últimas palabras de Edith Stein que se oyen en Echt están dirigidas a Rosa: «Ven, vayamos, por nuestro pueblo».

Junto con otros muchos otros judíos convertidos al cristianismo, las dos mujeres son llevadas al campo de concentración de Westerbork. Se trataba de una venganza contra el comunicado de protesta de los obispos católicos de los Países Bajos por los progromos y las deportaciones de los judíos. «Jamás había pensado que los seres humanos pudieran llegar a ser así, y tampoco podía pensar que mis hermanas y hermanos debieran sufrir así… cada hora rezo por ellos. ¿Oirá Dios mi oración? En todo caso, oye ciertamente sus lamentos». El Prof. Jan Nota, cercano a ella, escribirá más tarde: «para mí, ella es, en un mundo de negación de Dios, una testigo de la presencia de Dios».

Al amanecer del 7 de agosto sale una expedición de 987 judíos hacia Auschwitz. El 9 de agosto Sor Teresa Benedicta de la Cruz, junto con su hermana Rosa y muchos otros de su pueblo, murió en las cámaras de gas de Auschwitz.

Con su beatificación en Colonia el 1 de mayo de 1987, la Iglesia rindió honores, por decirlo con palabras del Sumo Pontífice Juan Pablo II, a «una hija de Israel, que durante la persecución de los nazis ha permanecido, como católica, unida con fe y amor al Señor Crucificado, Jesucristo, y, como judía, a su pueblo «.

Recomiendo sobre Edith Stein:

gesuiti.it

Texto extraído de:

Vatican.va

Aproximación a una Regla de vida

 

Cerca de las ermitas
¡Muéstranos tu rostro Señor!

La Ascesis Corporal

Nepsis – Sobriedad

Ayuno de los sentidos

– Castidad

  • Debe ser total y absoluta. Del cuerpo, de las miradas, de las palabras y de los pensamientos.

– Austeridad

  • En la alimentación, el descanso, la higiene y la recreación.

– Pobreza

  • No poseer nada. Nunca comprarse nada. Hacer de la desposesión el único bien.

La Ascesis mental

Àpáteia – Impasibilidad

Ayuno de la mente

 Verdad

  • Jamás  faltar a la verdad, ni en las palabras ni en los gestos  o actitudes.
  • No actuar según el cálculo de lo conveniente. No especular.

– Mansedumbre

  • Aceptar todo como venido de Dios.  No enojarse.  No quejarse, no compadecerse  a sí mismo.

– Humildad

  • No buscar destacar en nada. Permanecer en silencio. Servir a los demás como al mismo Dios.

La Vida Espiritual

Hesyquía – Silencio

Paz del Corazón

– Eucaristía Diaria

  • Es lo mas importante que ocurre en la vida, incorporar a Cristo en nosotros, ofrecerle nuestro ser. No faltar nunca a La Santa Misa.

– Sacro Oficio

  • Unido a todo el cuerpo místico de Cristo, participar de la redención del mundo. Reza todas las horas del Oficio Divino, con unción, reverencia y amor.

– Oración Continua

  • Repite incesantemente la Oración de Jesús o pronuncia sin interrupción Su Santo Nombre; con los labios, la mente y el corazón. Que permanecer en Su Presencia sea como respirar, un acto continuo irrenunciable.

– Duplicar los talentos

  • Reconoce tu talento y ofrécelo al servicio de la Causa de Cristo, devuelve con creces lo que has recibido. Sirve a la Iglesia con devoción allí donde seas mas útil y necesario.

Algunas consideraciones

Ayuno de los sentidos

–          Todo placer que permitas a los sentidos corporales, te será reclamado luego en forma de hábito esclavizante. Vivirás atado a los recuerdos y al deseo de los placeres que hayas vivido.

–          Pero si te niegas, a medida que transcurra el tiempo, serás liberado de lo viejo y te afirmarás en el hombre nuevo, vivo en Cristo. La vida y las costumbres de los justos se te harán naturales.

Castidad

–          Debes ser intransigente con la virtud de la castidad, porque así como no hay ayuda mas grande para el crecimiento espiritual que la virtud de la pureza, tampoco hay esclavitud mas recia que la de la lujuria. Se casto a toda costa; para lograrlo, invoca al Señor Jesucristo ante cualquier tentación y considera como falta a la pureza una mirada, un pensamiento, un tema equívoco de charla. Se estricto en esto y verás la recompensa en una creciente libertad de lo que domina al mundo.

Austeridad

–          Come moderadamente, sin esperar la saciedad.

–          No comas carne de ningún tipo, esta te conduce a la lascivia y se opone a una atenta vigilia. Conspira contra la oración, embota la mente.

–          No condimentes los alimentos, acepta el sabor que a ellos ha dado El Señor en la creación. Persevera y verás que el sabor natural es agradable y no encadena los sentidos.

–          Bebe solo agua en las comidas y en los refrigerios alguna bebida propia del lugar donde vives, mientras no sea embriagante ni turbe la atención de tu conciencia.

–          Trata de no dormir mas de seis horas y, si puedes, divídelas en dos períodos. Recuéstate en el piso, sobre alguna madera o cobertura que te proteja del frío pero que no sea mullida. Abrígate con una manta lo necesario pero no consientas al cuerpo con una comodidad excesiva. El tiempo te mostrará también que dormir-velando sin placer ni dolor es posible y que colabora con el sostenimiento de una oración incesante. No uses almohada o apoya la cabeza en un simple tronco imitando a Los Padres del desierto.

–          Mantén limpio tu cuerpo, tanto como deseas limpia la mente y el espíritu. Usa siempre agua fría y desecha todo tipo de afeites y amaneramientos. El simple jabón crudo bastará.

–          Desecha todo divertimento del mundo. Si te sientes saturado o asfixiado, camina, respira hondo, cambia de lectura espiritual o conversa de algo edificante con algún hermano muy cercano; aplícate a algún trabajo manual o al servicio del prójimo, pero no mires televisión, verdadero instrumento de perdición y animalización de las personas. Si acudes a estos medios tecnológicos, que sea para edificación (ver una película cristiana) o para evangelización (Difusión en internet de la buena noticia) y solo para eso.

Pobreza

–          No poseas lo que usas. Conténtate con algunos pocos libros, la ropa indispensable para tu trabajo y vida cotidiana, uno o dos iconos. Manéjate según lo necesario(1) y suprime lo superfluo. Cuídate de la sensualidad “espiritual” que te lleva a poseer múltiples objetos religiosos, es la misma vieja avaricia solo que disfrazada. Se pobre como lo fue Cristo.

–          Cuando El Señor habló de pobreza lo hizo en los dos sentidos, material y espiritual. Cuídate de las interpretaciones “convenientes” que afirman la necesidad de la pobreza espiritual, silenciando la necesidad de la pobreza material. Todo aquél que tiene mas de lo necesario para vivir, que atesora lujos, o mantiene hacienda sin tenerla al servicio de los demás(2), no esta siguiendo El Evangelio de Cristo. No lo tomes de ejemplo.

–          Recuerda, lo único necesario es servir a Cristo y a Su Iglesia, evitar a toda costa el pecado e internalizar la enseñanza evangélica. Lo demás sobra o esconde la debilidad de la persona que no puede prescindir.

Ayuno de la mente

Verdad

–          Además de seguir los mandamientos que conoces, esfuérzate en no manipular la realidad según tus apetencias. Cuídate especialmente de la mentira, recurso fácil de acomodamiento de los sucesos a tu particular conveniencia. No mientas nunca, aún a costa de tu prestigio. Niégate a responder si te ves obligado por la conciencia, pero no incurras en la falsedad.

Mansedumbre

–          La ira es la puerta al infierno y follaje del orgullo, cuya raíz la soberbia, encadena al tentador. No te enojes nunca. Recuerda que la violencia es patrimonio de los débiles, de los que sin tener fundamento veraz necesitan imponerse de cualquier modo.

–          La esencia y el modo de manifestación son una misma cosa. Pasa a través, como El Señor en medio de la turba, confiado en Él y no en tus ínfulas. Las más de las veces, la ira nace de la vanidad y el engreimiento y si bien hay una ira santa, como la de Nuestro Señor con los mercaderes del templo, examina con atención tu conciencia antes de ejercitarla, no sea que motivaciones egoístas la estén alentando.

Humildad

–          Si nos examinamos un poco se nos devela el horror de nuestra miseria. Aún en gracia y en salud espiritual; librados a nuestra sola fuerza sucumbimos.

–          Sabemos que si Él Señor no construye la casa en vano se esfuerzan los constructores, por lo cual ánclate en esta convicción y certeza nacida de la conciencia del pecado y la debilidad.

–          No afectes humildad. No es humilde quién se rebaja sin sentirlo, sino quién se conoce y no se olvida que no es capaz de añadir un milímetro a su estatura.

Notas

(1)    Se entiende por necesario aquello imprescindible para la continuidad de la vida o de la actividad de que se trata. Lo que de no hacerse o no tenerse pone en peligro la integridad o continuidad.

(2)    No es tener la hacienda al servicio de los demás, la paga miserable, la servidumbre o el aprovechamiento de los demás mediante la explotación, para aumentar las propias arcas. Sino aquella de la cual, habiéndose separado lo necesario para su mantenimiento, reparte su utilidad entre quienes lo necesitan de modo inteligente (No la dádiva inconducente, sino la que genera autonomía creciente (Generar emprendimientos laborales etc.)

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Vía Cordis

La verdad del Corazón

Cristo en el descendimiento
Cristo en el descendimiento

La teoría de la verdad es un nivel interesante de conocimiento, pero no es la verdad. Principalmente porque involucra solo una parte del hombre, su entelequia.

La práctica de la verdad es cosa muy buena y útil, pero no es la verdad, porque abarca solo el aspecto motriz del hombre, sus movimientos en el mundo.

De esto que se puede practicar la verdad sin comprenderla o comprendiéndola, no practicarla.

En cambio, existe una vivencia que implica percepción, intuición y certeza, que envolviendo práctica y teoría, las supera.

Esta integralidad de la experiencia deriva de la verdad que puede hallarse en el corazón.

Pareciera este órgano o la facultad aludida cuando se habla de él, un modo sintético de aprehensión de lo real, que permite el alumbramiento de la verdad en el interior humano y su proyección en lo cotidiano.

La verdad encuentra en el corazón un ámbito que puede contenerla. Es este centro del Ser el lugar propicio para que viva la verdad y crezca expandiéndose a todo quehacer.

El corazón admite manifestaciones del espíritu no estructurables por otras capacidades humanas. Esto se debe quizás, a que solo la totalidad de la potencialidad humana puede acceder a la verdad y esta esencialidad no contingente, hace base firme solo en la médula del alma.

La Verdad es Dios y Dios es verdad porque ES.

En cierta manera, la verdad del corazón es experiencia de Dios, porque lo del corazón es lo nuestro propio en cuanto Ser. Somos el corazón o mejor dicho, allí reside todo lo que somos.

Quiero decir, el hombre ES su corazón, allí habita su intención profunda, su verdadera práctica y conocimiento. Porque no podemos definir al hombre por sus manifestaciones, ni por sus elaboraciones, ni por su lenguaje, sociabilidad o historicidad. Ni siquiera por su presunta capacidad de transformarse a si mismo. No nos bastan esas miradas porque no lo alcanzan por completo.

Pero si digo que el individuo es la intención profunda que anima su corazón y que esa intención es un desgarrado anhelo de Dios, en tanto verdad última; daré con la sustancia básica que a toda nuestra expresión contiene.

Porque no hay ni ha habido un solo pensamiento, ni un solo sentimiento o acción que no estuviera movido por la búsqueda afanosa de la Verdad-Dios, aún cuando se la haya nombrado de diversas formas.

La Verdad-Dios es lo absoluto, lo totalmente no relativo, y en ese sentido es lo infinito porque lo que caracteriza al ser de lo absoluto es que no puede dejar de SER.

Si la comprensión del cristianismo y la acción cristiana nuestra no están sostenidas en una experiencia íntima de Dios-verdad en el corazón; no evangelizaremos porque no portamos a Cristo y a Su espíritu en nosotros.

Declamaremos Cristianismo  o lo imitaremos con las conductas pero no será auténtico Cristianismo.

Por eso resulta común ver a eruditas luminarias viviendo una vida de tibia incoherencia o a tantas acciones caritativas y solidarias que sin embargo no encienden ni transforman.

Porque el Cristianismo resulta de una experiencia interior del amor de Cristo que se convierte en amor por Cristo. Y no es como dicen, que en estos tiempos el Cristianismo se manifiesta de otro modo, sino que lo de estos tiempos no manifiesta Cristianismo.

Porque Cristianismo es pobreza y oración continua y comunidad de bienes y carismas del espíritu. Porque el Cristiano, gracias al poder de Cristo y en Su nombre, sana a los enfermos, expulsa a los demonios y verdaderamente limpia de todo pecado  y sus consecuencias.

Es en estos tiempos trágicos donde la humanidad parece reducida a básicos mecanismos primitivos de acción y reacción, donde el sentido de la vida parece radicar en la obtención de algún nuevo producto tecnológico o en la eliminación de algunas arrugas que afean el rostro, donde a veces se siente vergüenza de pertenecer a la especie humana… cuando renace la esperanza.

Es necesario no creerse los jóvenes el mensaje y modelo difundido por los medios de contaminación masiva de que ser santo o buen cristiano es sensiblona beatería o amanerada santería. Por el contrario, ser Cristiano implica suma valentía para no dejarse llevar de las narices por los ideales actuales, en donde se proclama como máximo logro de vida comprar ciertos objetos o vestir de cierto modo o reírse de cuanta estupidez se ofrece a la vista como esparcimiento.

Ser Cristiano hoy, lo ha sido siempre, es una actitud viril de no necesitar las mil blanduras para el bien-estar. Es el recio carácter de no ponerse primero que los demás, sino a su servicio. Es poder prescindir de todas las tonterías del mundo quedando libre de la hipnosis consumista para vivir un destino sagrado.

Ser Cristiano es ser de Cristo, es no necesitar la fuga de mi mismo mediante la alienación de las diversas drogas o de la diversión anestesiante.

El Cristiano prescinde porque no necesita y no necesita porque vive en si mismo la experiencia de Dios. Y, si no la vive la pide, porque sabe que no tiene otro sentido la vida aquí.

En esta sagrada conmemoración del martirio de Juan El Bautista, nuevamente en la historia una voz clama en el desierto y nos llama a una conversión profunda.

Juan nos llama con su martirio a ser coherentes. A decir la verdad, a vivirla y a soportar las consecuencias que se derivan de ella. Juan denunció y Juan murió. Juan, fue cristiano.

Porque el llamado a la santidad y a la perfección es tan solo un llamado a ser Cristianos, de Cristo. Porque no puede concebirse a la luz del Evangelio un Cristiano que no sea Santo. Porque sino se es Santo no se es Cristiano. Y entiendo por Santo no al perfecto sino al que anhela y gime por adecuarse a la enseñanza de Cristo, aunque tropiece.

Si observamos detenidamente la vida de los Santos históricos, vemos que su perfección libre de pecados fue solo una cumbre de su vida mística. Lo que los caracterizó no fue la ausencia de manchas sino su enconada y valiente búsqueda de seguir a Cristo.

Juan El Bautista nos anuncia la venida del Cristo Hijo de Dios, Salvador del mundo, porque si bien El Señor vendrá para todos según está anunciado, puede venir para cada uno desde hoy mismo si escuchamos el llamado de Juan a enderezar los caminos.

El Cristianismo es la experiencia interior de las bienaventuranzas proclamadas por Cristo o el avance decidido hacia esa experiencia; que a diferencia del resto de las experiencias de la vida alienada, no es efímera y pasajera, sino fundante y total.

Porque el Cristianismo es una vivencia abarcante y transformadora que plenifica la vida desde su raíz, es la intima certeza de un corazón encendido que se sabe hijo y a esa realidad se confía.

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La oración continua y la iglesia

Cristo en Emaús
Cristo en Emaús

Estimado Amigo:

Te contesto algunas preguntas que me haces llegar de esos tus amigos que tanto anhelan la oración continua y que se encuentran con dificultades.

Aquí es necesario poner en claro varios puntos que se aconsejan de diferente modo según el director espiritual de que se trate y según el libro que se lea.

Creo yo que la experiencia personal es decisiva para poder aconsejar a otros en este camino, aunque claro las personas somos diferentes y distinto nos actúa la gracia. Por eso antes que nada ponerse a orar, que con eso se va a progresar.

La repetición incesante de la oración con los labios, precisa de soledad y es muy útil si uno puede acompañarla del sentimiento correspondiente.

Se observa al rato dos vertientes que discurren en la mente. El acto mental que sostiene la oración vocal y por el otro el acto mental divagatorio, fantasioso, distraído. Se encuentra uno con que a veces se va la atención hacia las fatuidades y a veces hacia la oración.

No hay que hacer luchar a una corriente con la otra, sino deslizarse hacia el corazón, esto es conectarse a lo que digo a Dios mas profundamente; centrarme en la intención que anida en mi oración.

Por eso cuando alguien dice el “Señor ten piedad” dice… Señor purifícame! y otro dice Señor perdóname! y otro Señor abrázame! y así muy variable según cada quién.

Esto no es problema. Es una situación inicial que se da en la oración. Se advierte una división en uno, diferentes voces. La voz de los labios, la de los diálogos de la mente y la voz de la necesidad momentánea del alma, eso que pide uno en realidad cuando pide.

En este estadio, ir pasando de lo vocal a lo mental ayuda, interioriza. Porque puede fácilmente lo vocal ir por un lado y lo mental por otro, pero mas difícilmente si la que “voca” es la mente. De este modo es  como la fuerza de la imaginación se ve disminuida por la oración.

¿Y de que sirve la oración vocal? Puede sacarnos de un estado de dispersión y concentrarnos, puede favorecer la creación en nosotros de un clima propicio. Hay gente que gusta mucho de la oración vocal y le sirve, pero requiere ciertas condiciones, por ejemplo que el lugar donde nos hallamos la permita.

Algunos aconsejan basarse en un número de repeticiones, como el staretz de nuestro peregrino ruso, con la finalidad de generar costumbre y facilitar luego el acceso a la oración del corazón. Es un muy buen método pero complicado al principiante en la vida actual. Hay gente que lleva las cuentas con un rosario y hay otros que no cuentan las repeticiones.

El criterio debe ser lo que mas ayuda a permanecer en oración. Cuándo te pones con las cuentas, ¿te ayuda o te dificulta? Cada uno debe ir practicando y probando.

No olvidemos que lo que se busca es el continuo recuerdo de Dios y esto es vivir en la presencia resultando con ello un gozoso abandono.

Cuando vas de la celda a la capilla pasando por el claustro, ¿va El Señor contigo? ¿Dónde esperas encontrarlo, en los salmos? Porque esta contigo cuando tomas el breviario, cuando te sientas, cuando duermes. La oración es un diálogo, un llamado mutuo, es una búsqueda que en un mismo acto encuentra, porque llamar al Señor es haberlo encontrado.

¿Que es sino ese anhelo que tienes de Él?

Es Él mismo que llama.

Lo que debe acrecentarse es tu intención de ir hacia Dios. Esta intención, este tender interno es lo que debe robustecerse. No quiero esto, no quiero aquello, ni eso otro, ni tampoco ese otro beneficio. Solo quiero encontrarte Señor y quedarme a vivir contigo.

No quiero encontrarte y perderte para volver a encontrarte y volver a perderte. Te quiero conmigo, ahora y siempre, tanto como el aliento o mi propia mirada.

Nuestra querida Iglesia católica y también nuestros hermanos de los patriarcados, a lo largo de la historia de la Salvación, han reseñado y practicado muchos métodos de oración. Caminos unos mas bellos que otros, adecuados para cada idiosincrasia.

Y de cada oración plantada con raíz, el fruto de una Orden, un nuevo carisma, un modo de alabanza. Hay tanta belleza escondida en el proceso de surgimiento de cada Orden y en cada monasterio, en cada ermita…

Hay situaciones complejas y difíciles aquí y allá, momentos de eclipse y surgimiento, pérdidas y crecimientos vocacionales; desvíos de la impronta original y reformas hacia el origen…pero no seamos periféricos…

La historia de la Iglesia y muy particularmente la historia monástica, es la historia de la búsqueda que el hombre ha hecho de Dios y el relato de cómo Dios ha ido al encuentro de los hombres. No veamos instituciones y coyunturas, descubramos el anhelo profundo del ser irredento que ha clamado la gracia por siglos. Veamos al Padre que llama a sus hijos perdidos en la espesura del monte.

Porque no puede hablarse de lo que no se ama, porque lo que no se ama no se conoce. No puede  hablarse de la iglesia desde fuera de ella.

Dile a ese amigo preocupado por los acontecimientos actuales que no se desaliente, que la Iglesia es un modo de estarse Dios en el mundo y que la oración es un modo de estarnos nosotros en Dios.

Un día vino al mundo Cristo Salvador elevando nuestra condición caída y revelando el valor de la muerte y su sentido. Pero no olvidemos que esta volviendo. Porque el redentor del mundo se aproxima nuevamente y cada vez está mas cerca.

Porque aunque no podemos saber ni el día ni la hora, nuestros corazones sienten un amor creciente, tan nuevo y refrescado, que no puede sino corresponderse a la presencia del amado.

elsantonombre.org

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

Links:

Traditional Vocations

Una Mirada diferente

Transverberación del Corazón de Santa Teresa de Jesús


El Extasis de Santa Teresa de Bernini
El Extasis de Santa Teresa de Bernini

El 26 de Agosto El Carmelo Teresiano celebra

la Transverberación del Corazón de Teresa de Jesús, su madre.

Un don para toda la Iglesia.

Ya toda me entregué y di,

y de tal suerte he trocado,

que mi Amado es para mi,

y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador

me tiró y dejó rendida

en los brazos del amor,

mi alma quedó caída.

Y cobrando nueva vida,

de tal manera he trocado,

que es mi Amado para mí,

y yo soy para mi Amado.

Hierome con una flecha

enherbolada de amor,

y mi alma quedó hecha

una con su criador.

Yo ya no quiero otro amor,

pues a mi Dios me he entregado,

y mi Amado es para mí,

y yo soy para mi Amado.

Poesía Nº 3: Sobre aquellas palabras “dilectus meus mihi”

“Entre las virtudes de Teresa, brilló con luz propia la caridad divina. Este amor se fue avivando en ella gracias a las innumerables visiones y revelaciones con que Cristo la favoreció. Una vez el Señor la tomó por esposa. En otra ocasión Teresa vio un ángel que con un dardo encendido le transverberaba el corazón. De resultas de estas mercedes celestiales, sintió la Santa tan abrasadamente el amor divino en las entrañas, que, inspirada por Dios, emitió el voto, difícil en extremo, de hacer siempre lo que ella creyese más perfecto y para mayor gloria de Dios”

(Gregorio XV, Bula de canonización).

Relato de la Transverberación:

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”

Libro de la Vida, Cap 29, 13

Las citas han sido extraídas de la Edición de Monte Carmelo de las Obras Completas de Santa Teresa de Jesús. Burgos 2004.

Texto aportado por:

Pablo Gomez

(pablocarmelita@hotmail.com)

Sitio recomendado:

Carmelitas descalzos

Una forma de vencer

Ante la Cruz
Ante la Cruz

Estimado Joaquín:

La paz de Cristo sea contigo.

Como sabes, según tu pedido, me propongo escribirte, partiendo de mi experiencia, sobre la disolución de los apetitos, en cuanto y hasta donde he podido llegar en ello por Su misericordia.

Pero para eso, debo iniciar acordando contigo acerca de lo que entiendo por tal. Y no podré avanzar en el estudio de su disolución, si antes no comprendemos su proceso de formación y enraizamiento.

Como es que el apetito esclaviza al hombre y como es posible liberarse de esa cadena malsana es entonces nuestro tema en común; para lo cual invoco a Jesucristo, Señor de todas las luces, para que me brinde algo de ellas y así poder asistirte en esta hora difícil que atraviesas.

El apetito antes que otra cosa es una tensión interior.

Es un impulso que tiende hacia el objeto de su deseo. Decir apetito y decir deseo es casi lo mismo. O, en todo caso, diría que el apetito es el arco tenso, la flecha el deseo y aquello que se ansía el blanco al que se busca atinar.

El apetito se da en cuerpo y mente y enferma el alma o, si quieres, se manifiesta en el cuerpo y el alma contaminando con ello al espíritu, lo esencial del hombre.

El apetito es una sed, una herida abierta, un extremo que siempre ansía su opuesto. Pero no puede haber arco tenso, ni flecha, ni blanco anhelado sino hay arquero dispuesto; en este caso, la memoria corporal y el cuerpo mismo.

Porque poco más es el cuerpo que un amasijo de memorias múltiples.

El apetito tuvo su nacimiento en lo necesario, pero creció y se fortaleció con la memoria del placer. Hablar de los apetitos es hablar de nuestra naturaleza caída y por tanto referirnos al pecado.

El hombre necesita agua y allí está el instinto guiándonos en su busca, pero luego de saciada la sed atesoramos el recuerdo que con la saciedad vino. Y este recuerdo de lo placentero vivido, paradójicamente, aumenta nuestra sed, la próxima vez.

A la necesidad (la sed) le ha correspondido su objeto (el agua) y todo esto es según natura, porque incluso la memoria servirá de orientación en el futuro cuando la sed asalte nuevamente. Hasta allí hay un funcionamiento edénico, armonía con las leyes de la creación.

¿Pero cómo ha sucedido que hoy, esclavizados por innúmeros apetitos, nos debatimos para liberarnos de la hoguera de nuestras asfixiantes pasiones?

Porque, hay que admitirlo, el estado del hombre hoy es, en general,  asimilable a un revoltijo de ansias.

Sigo. El recuerdo de cada placer vivido, llama como animal inquieto suplicando su repetición. Por eso sabrás, que mientras mas saciedad mas necesidad, contrariamente a lo que pudiera suponerse; porque este hartazgo colmado nos ha cargado con la nueva memoria  de un gran placer.

El apetito se manifiesta en los sentidos, como una necesidad de estos por calmar su sed y mientras mas goce de estos, mas memoria reclamará hartura en el futuro.

Por eso creo, también, que a los ricos les será difícil entrar en el reino de lo espiritual, porque las riquezas dan muchos placeres y esto los carga de pesados recuerdos voluptuosos, a los cuales sirven y esclavizados andan, buscando repetirlos sin calma ninguna.

Porque hay un placer de naturaleza corporal y un placer de naturaleza espiritual, surgiendo el primero del contacto entre los sentidos y las cosas y el segundo del contacto entre el espíritu del hombre y Dios.

Por eso es necesario liberarse de los apetitos mas groseros si se quiere gustar algo del amor de Dios y abandonarlos completamente si se pretende sumergirse en Él.

El placer corporal viene de lo de fuera y hace depender lo de adentro y el placer espiritual nace dentro e ilumina lo de afuera; incluyendo en esto al cuerpo mismo,  que renace, libre.

Pero, querido Joaquín, aún con el riesgo de extenderme demasiado, no puedo avanzar contigo hacia la disolución de los apetitos sino indago brevemente en la naturaleza del placer mismo, que es lo que busca toda apetencia, traduciendo esta inclinación mediante deseos diversos de variados objetos y formas.

Porque, ¿qué busca alcanzar la sed a través del agua? Saciedad. Y, ¿qué cosa extraña es esta saciedad tan poderosa, que nos postra a todos a los pies de su trono?

Pacífica quietud, silencioso relajamiento, distensión suma.

Porque todos los sentidos se crispan y tensan cuando buscan, porque carecen y todos ellos se aflojan y distienden cuando dejan de buscar, al completarse.

Mira los ojos en la noche cerrada, como se abren desmesurados, tensos buscando la luz. Y el oído, aguzado al extremo, tratando de percibir el peligro en la espesura. Observa sino la lengua y la boca toda cuando a la vista del manjar se regodea. Todo en ellos es tensión anhelante.

En cambio, atiende a los ojos, cuando contemplan un hermoso paisaje, al oído siguiendo una delicada sinfonía, a la boca luego de calmar la sed. Todo en ellos entonces es distensión y quieta tranquilidad. En esos momentos, nada quieren y parecen dormidas las apetencias.

De lo cual y por muchas otras manifestaciones podemos deducir que la esencia del placer es quietud y la del dolor inquietud. Porque no habría movimiento si algo no se quisiera. A lo placentero corresponde lo distenso y a lo doloroso lo tenso. Y esto se evidencia a todo el que con atención se observa.

Pero es propio de la naturaleza caída la afición al pecado y el buscar esa distensión que es placer, mediante el goce de los sentidos y avivando los apetitos; porque es propio de la caída haber vuelto la cabeza a los goces eternos para contentarse con los efímeros.

Hemos olvidado que el distendernos y el tensarnos, son actos interiores y no simple reflejo de lo que circunda.

Hay un modo de restablecer en nosotros la condición originaria, que requiere sin duda de la gracia y de Su inmensa misericordia; esto es de convivir con El Señor desde ya en el Reino que está dentro de nosotros, una manera de abandonar este exilio aúnque continuemos todavía en esta tierra.

Porque si liberas al cuerpo de la tiranía que lo esclaviza, si logras gustar un placer mas elevado y duradero que aquel que brinda la satisfacción de los apetitos de los sentidos; comprobarás que esta esclavitud  es simple costumbre y no te parecerá muy alta la cumbre del desinterés por lo corporal.

Porque no es cosa tan difícil esta conversión de costumbres  si la oración está presente y la intención de encontrar a Dios es verdadera.

Observa los primeros días de tu nueva ascesis, como a la avidez de los apetitos le corresponde la angustia y el vacío en tu alma. Escruta con detenimiento esta relación, mediante la cual, saciando algún sentido pretendes olvidar la aflicción interior, que es miedo y desamparo y mudadizos vaivenes que no controlas.

El vacío, la ansiedad, la conciencia del error, la angustia y el miedo a la muerte quedan enmascarados y su ardor velado por el goce que buscas y encuentras en los sentidos.

Debes primero comprender y poder afirmar esto por experiencia: que si no estás en Su presencia estás volcado hacia las cosas y buscando fuera lo que no hallas dentro.

Es decir, El Señor no está en tu corazón o bien, estando no lo percibes, porque esta ocupada la posada por otros intereses.

La sed de Dios, es decir el apetito por Él ha de ser el mas grande. Entonces es necesario hacerle lugar. Si tienes sed de Dios, debes beber a Dios y no hartarte de otras bebidas. No porque se te demore encontrarle, te embriagues de vino ajeno.

Por eso, la ascesis corporal encuentra cauce favorable si hay ansia de Dios, esto es de aquél goce que no termina.

Todos buscan el placer y también el monje y el eremita, solo que nosotros lo queremos continuo.  Goce de quietud y paz en sus queridos brazos al abrigo de lo imperecedero.

Comienza concentrando tu anhelo de Dios, aspirando a Él con todas tus fuerzas y reuniendo todo el caudal de tus recursos para la eliminación de un solo hábito nocivo.

Escoge un vicio o pecado que traiga ruindad y pena a tu vida y elimínalo para siempre.

Para lograr esto necesitas pedir la gracia con la oración, esforzarte al máximo unos pocos días y que el hábito a eliminar no sea el peor o el que mas esclavo te tiene. De otro modo empezarías queriendo derribar al enemigo mas grande arriesgandote con esto  a perder la batalla.

Escoge solo alguna malsana costumbre que quieras extirpar de tamaño medio. Te lo digo, el resto de la ascesis saldrá con bien si logras matar a este primer enemigo.

Esto se debe a que habrá en ti una nueva memoria, un nuevo recuerdo del placer, pero en este caso de la victoria conseguida, del gozo de la novedosa libertad adquirida. Porque muchas veces no notamos la cadena y la opresión que nos hacía hasta que no nos la quitamos.

Cuando luego de unos pocos días percibas que el hábito ha perdido fuerza y que sus reclamos son menos airados, estarás probando una mínima porción  de la libertad que da El Señor a Sus hijos. Nueva libertad de la carne para consagrar la vida a la contemplación de Dios.

Este primer escalón o esta primera cadena que se habrá cortado merced a Su gracia y a tu participación esforzada, trae innumerables dones. Por eso, el último paso depende en mucho del primero.

Pero veamos con detenimiento cual debe ser la naturaleza de tu esfuerzo para acompañar a la gracia. Al interrumpir la costumbre nociva, cualquiera sea medianamente importante, sentirás que tu vida cae en un vacío angustiante, como si perdiera todo sentido.

Aquello que abandonas te parecerá imprescindible para que las cosas puedan continuar. El hábito te reclamará, te llamará y por mil maneras tratará tu mente de quitarle importancia a esta tarea ascética para que la dejes.

La vida ordinaria, está sostenida en hábitos, al modo de pilares; la vida de la gracia tiene en Su misericordia todo fundamento. Por eso, al faltar uno de los pilares todo temblará y no será fácil. Pero cada día y a cada hora te sentirás fortalecido mientras experimentas con intensidad aquella sensación que el hábito venía a ocultar.

Esa inquietud que sentirás, ese desasosiego que te pide continuar con la costumbre aquella, es la emoción de la cual escapabas mediante el vicio.

El único lugar adonde ir, la única salida con sentido está en Sus brazos, que son la expresión de Su voluntad. Tu esfuerzo entonces debe estar en no salir corriendo a apagar el fuego de la tensión interior con el vicio que la amortigua, sino en permanecer viviendo ese dolor, conociendo su naturaleza, ayudándote con la oración y con algún hábito nuevo y saludable que reemplace al anterior, durante los primeros tiempos al menos.

Como sabes, nuestro peregrino ruso cuenta de esa práctica bienhechora de leer el evangelio cada vez que le acometía el alcoholismo al capitán aquél, que se liberó luego de la ebriedad.

No cedas, porque esta es la puerta estrecha y sabes las mil gracias que detrás de ella se guardan.

Con el tiempo, menos del que crees, tendrás la nueva rutina de extirpar los vicios que oscurecen tu alma. Verás como te ayuda El Señor una vez que te decidiste por el camino que lleva hacia Él.

Con fuerza renovada irás abandonando deleites corporales que ahora te parecen necesarios y los irás reemplazando por prácticas espirituales salvíficas.

Pero desde el estado en que te hallas te parece árido el desprendimiento y sufrido lo espiritual. Debes creerme. No te pase lo que a mucha gente, que leyendo la vida de los santos y aún admirándolos, se les aparece como imposible un camino donde solo ven sufrimiento. Muchos de ellos vivían en el gozo espiritual y era su yugo suave y su carga ligera.

Abandona también toda idea de mérito porque no lo hay, confía y verás que se hará experiencia en ti la quietud y la paz y la distensión, que antes obtenías por corto tiempo, saciando alguno de los sentidos.

Se restablecerá la matriz Divina, según la cual el espíritu brinda todo goce y paz y desde allí fluirá hacia el cuerpo y el mundo y las cosas; y no como hasta ahora donde desesperamos por satisfacer todos los sentidos, de manera que no vaya a surgir patente y nítida en nosotros, la conciencia de la muerte y del temor y de la distancia que hemos puesto entre nosotros y Lo mas querido, lo mas genuinamente sentido.

Te digo Joaquín y ya me voy despidiendo; que tener al cuerpo dócil como servicial compañero, brinda gran libertad al espíritu que este utiliza para permanecer en suave quietud.

Y es esta quietud sin apremios la que regala dones y primicias.

Por eso que no te desaliente el pecado cometido. En mi experiencia lo he vivido. Existe en nosotros los humanos, un increíble sentimiento, un verdadero tesoro escondido que permanece sano, sin mancha y a la espera.

Ese tesoro es accesible cuando podemos reconocer genuinamente, que la única y verdadera ansia es arrojarnos en Sus brazos como niños perdidos en el regazo de la madre, para regocijarnos en su calor y su cuidado.

elsantonombre.org

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

 

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San Basilio

SAN BASILIO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

San Basilio, aquel portentoso varón que mereció el epíteto de Grande, tan eminente en erudición y en sabiduría como adornado de todas las virtudes, nació en Cesárea de Capadocia hacia el año 328. Fue hijo de San Basilio y de Santa Emilia, nieto de Santa Macrina, hermano de San Gregorio Niceno, de San Pedro, obispo de Sebaste, y de Santa Macrina la Moza, á cuya gran santidad confesa­ba el mismo San Basilio haber debido, así él como sus hermanos, la resolución de abandonarlo todo y retirarse del mundo.

Habiendo nacido de padres tan virtuosos y en el seno de una fa­milia tan santa, fácilmente se deja discurrir el cuidado con que le criarían. Luego que supo hablar, dio claras muestras de su noble índole y de su apacible natural; sus preguntas, sus respuestas y, sus prontitudes dieron luego á conocer la penetración y la vivacidad de aquel prodigioso ingenio. Quiso encargarse de su primera educación su abuela Santa Macrina, y, viendo su padre los grandes talentos que descubría su hijo para adelantar en las ciencias, le aplicó sin perder tiempo á los estudios, en los que hizo Basilio tan rápidos pro­gresos que, habiendo aprendido cuanto había que aprender en las letras humanas, á los quince años le envió á la capital del imperio para que se dedicase á las facultades mayores, en las que hizo los mayores progresos.

No teniendo ya que adelantar en Constantinopla, determinó pasar á Atenas, emporio entonces de las ciencias, de la elocuencia y de las floridas letras de toda la Grecia, donde encontró á Gregorio de Nacianzo, que por el mismo fin había venido de Alejandría. Eran los dos, con corta diferencia, de una misma edad, de igual ingenio y de costumbres muy parecidas; circunstancias todas que estrecharon desde entonces aquella fina amistad que los unió indisolublemente hasta el último aliento.

Señalóse muy desde luego Basilio entre toda aquella república de sabios por su elocuencia y por su profunda erudición; y como su aplicación era tan grande, en breve tiempo fue ge­neralmente reconocido por uno de los hombres más sabios de su si­glo. Estaba muy versado en la historia; era eminente en la poesía; hablaba todas las lenguas sabias y poesía con perfección todas las ciencias.

Mientras el ingenio y la sabiduría de Basilio daban materia á la admiración y á los aplausos de Atenas, concurrió á estudiar en la misma Universidad Juliano, primo hermano del emperador Constan­cio, tan conocido después por el renombre de Apóstata. Movido de la gran reputación de Basilio y de Gregorio, solicitó su amistad; pero en su misma fisonomía descubrieron el monstruo que abrigaba el seno del imperio en aquel joven.

Acabados sus estudios en Atenas, regresó Basilio á Cesárea, acer­cándose ya á los veintisiete años de su edad. Ejercitó desde luego la abogacía, defendiendo algunos pleitos con tan universal aplauso, que andaba ya deliberando si se dedicaría á esta gloriosa profesión, consagrando sus estudios á la defensa de la justicia, cuando el Cielo se valió de su hermana mayor Santa Macrina para retirarle de las vanidades del mundo.

Hallábase esta santa doncella en compañía de su madre Santa Emilia, después de haber hecho á Dios el sacrificio de su virginidad; y, viendo que su hermano se dejaba llevar con algún exceso de los aplausos que le granjeaban su reputación y sus talentos, le habló un día con tanta eficacia y con tanta unción sobre la falsa brillantez de los aparentes bienes de esta vida, que desde aquel punto tomó la generosa resolución de volverlos las espaldas, y de anhelar únicamente por los inmutables y verdaderos de la eterna.

Convencido Basilio con las razones de su santa hermana, pero mucho más movido por el interior impulso de la divina gracia, no la dio otra respuesta que la que le salió á los ojos en un sosegado llanto. Entonces (dice el Santo en una de sus epístolas) desperté como de un profundo sueño, comencé á descubrir sin nubes la luz del Evangelio, y conocí por la primera vez la vanidad y la inanidad de la humana sabiduría. Resolvió, pues, no dedicarse al ejercicio de otra ciencia que á la de los santos, y partió en busca de modelos y de maestros á Egipto, á Palestina y á otras partes.

Cuando volvió á Cesárea, le ordenó luego de lector el obispo Dia­neo, temiendo que otra Iglesia se adelantase á apropiársele; pero no perdiendo por eso su inclinación á la soledad, se juntó con ciertos so­litarios, cuya vida parecía acercarse mucho á la que hacían los monjes de Egipto y del Oriente.

No faltaron algunos que le advirtieron cómo aquellos hombres estaban notados de sospechosos de arria­nismo; pero, viendo las bellas exterioridades de su afectada virtud, creyó que aquellos dichos eran efectos de la maledicencia y de la envidia, hasta que, habiéndolos tratado más de cerca, reconoció eran lobos carniceros cubiertos con piel de mansas ovejas; desde aquel punto se declaró enemigo mortal del arrianismo, cuyos par­ciales no tuvieron contrario más formidable.

Impelido siempre de su amor á la soledad, se retiró á un desierto de la provincia del Ponto, donde él solo practicó todas las grandes virtudes que había observado en los anacoretas de Egipto y de Pa­lestina.

Hiciéronse famosos los desiertos del Ponto con el retiro de Basilio, concurriendo de todas partes mucho número de personas para entre­garse á su gobierno. Dióles unas reglas en que se contenía la más elevada perfección; y fueron, por decirlo así, como la fuente universal donde bebieron las suyas los santos fundadores de las sagra­das familias.

Hicieron cuanto pudieron los vecinos de Neocesarea para llevar al Santo á aquella ciudad; pero no fue posible vencerle á que abandonase su retiro, hasta que le obligó á ello el celo y la caridad. Estos dos motivos le arrancaron de él, poniéndole en preci­sión de partir á Cesárea para hacer presente al obispo lo mucho que había escandalizado á la Iglesia firmando el famoso formulario de Rímini. Conoció el prelado que le habían engañado, y reparó el es­cándalo con su pública retractación.

Muerto el obispo de Cesárea, le sucedió Eusebio en aquella Silla; y, conociendo bien el extraordinario mérito de nuestro Santo, sin dar oídos á su humildad ni á su resistencia, le ordenó de presbítero, y luego le mandó que predicase en su iglesia. Aunque Basilio se halló precisado á dejar su amada soledad, no por eso perdió la inclinación al retiro, viviendo en medio de Cesárea como pudiera en el Ponto, en cuanto le permitían las funciones de su sagrado ministerio.

Entró en celos el obispo á vista de la universal estimación y de la general confianza que mereció á todos Basilio, y le dio no poco en qué me­recer. Tratábale con tanto desabrimiento, y aun con tanta indigni­dad, que faltó poco para que todos los buenos se amotinasen contra el prelado; y se hubiera introducido un cisma en la Iglesia de Ce­sárea á no haberle prevenido la prudencia de nuestro Santo, que se­cretamente huyó de la ciudad y se retiró á su desierto del Ponto. Si­guióle á él su amigo Gregorio de Nacianzo; pero, como la Iglesia de Cesárea no podía vivir sin Basilio, el mismo obispo Eusebio trabajó con San Gregorio para que restituyese á ella á su amigo; y éste no se hizo mucho de rogar, especialmente cuando llegó á entender que los arríanos triunfaban con su ausencia, prometiéndose echar por tierra la fe en Cesárea. Noticioso de su vuelta el emperador Valente, ciego fautor del arrianismo, hizo cuanto pudo para ganarle á nuestro Santo en favor de su partido; pero despreció sus promesas y se burló de sus amenazas.

Murió en este tiempo el obispo de Cesárea; luego comenzaron los arríanos á poner en movimiento cuantas máquinas y artificios pudie­ron discurrir para que recayese la futura elección en sujeto de su parcialidad, cundiendo el espíritu de división hasta en los mismo» católicos; pero pudo más el mérito que la maquinación, y salió electo Basilio. En vano se resistió, se escapó y se empeñó en ocultarse; fuéle preciso al fin rendirse á tan visible disposición de la Divina Providencia, y fue consagrado el día 14 de Junio de 370. Triunfó la religión católica luego que Basilio ocupó el trono epis­copal.

Vióse revivir en Cesárea el espíritu y el fervor de la primitiva Iglesia, pasando los fieles en ella muchas ve­ces desde media no­che hasta el medio día siguiente: ¡Y qué consuelo es pa­ra mí, escribe el Santo á un amigo suyo, verlos comul­gar á todos el miér­coles, el viernes, el sábado y el domin­go de cada semana! Ligado íntima mente con San Atanasio, con San Me­lecio, con todos los obispos santos del Oriente, pero sin­gularmente con la Silla Apostólica de Roma, declaró gue­rra mortal al arrianismo; hizo cuanto pudo, por reducir á los macedonianos, y fue el azote cruel de cuantos enemigos conspiraron contra la divinidad y contra la humanidad de Jesucristo.

Persiguióla con furor el emperador Valente, habiendo abrazado sin disimulo el arrianismo, y no se olvidó de Basilio en su cruel per­secución. Descubrió nuestro Santo la hipocresía y los errores de Eustaro, obispo de Sabaste; y animado éste de la venganza que le ins­piraba su misma confusión, determinó perderle, enconando contra. Basilio el ánimo del Emperador; hazaña que le costó poco esfuerzo.

Irritado el príncipe furiosamente contra él, partió á Cesárea, y, cuan­do estaba ya muy cerca de ella, despachó un oficial llamado Modes­to, con orden de intimar de su parte al obispo que, ó comunicase con los arríanos ó saliese desterrado de la ciudad. Entró en ella Modesto¡ con mucho estrépito, hizo llamar á San Basilio, y, sin respetar su dignidad ni su persona, le preguntó luego con grosera altanería: Dime, pobre hombre, ¿en qué piensas cuando no quieres obedecer al Emperador, á quien se rinde todo el mundo?—Pienso…, le iba á responder nuestro Santo con su natural gravedad, serenidad y compos­tura; pero, interrumpiéndole Modesto, añadió luego: Pensarás en que no eres de la religión del Emperador. Y bien, ¿qué motivo ten­drás para no serlo?—Porque Dios me lo prohíbe, respondió Basilio. ¿Pues por qué casta de hombres nos tienes á nosotros?, replicó el oficial.—Por unos hombres ilustres, según él mundo, dignos de nuestro respeto; pero que al fin no sois la regla de lo que debemos creer, res­pondió el obispo.—Irritado Modesto á vista de tan generosa constan­cia, le dijo enfurecido: Por lo menos, ya temerás experimentar los efectos de mi poder.¿Qué efectos?, respondió Basilio.—La confisca­ción, el destierro, los tormentos y aun la misma muerte, respondió el oficial.—Nada de eso habla conmigo, repuso el obispo; el que nada tiene, no teme la confiscación; salvo que necesites estos trapos viejos y algunos pocos de libros; á esto se reducen todos mis bienes. Destie­rro no le conozco, porque para mí todo el mundo lo es, no recono­ciendo otra patria que la Celestial; los tormentos poco daño pueden hacer á quien apenas tiene cuerpo para padecerlos: al primer golpe se acabarán todos para mí; la muerte no la temo como castigo, antes la deseo como gracia, pues me llevará cuanto antes á mi Dios, para quien únicamente vivo. Asombrado Modesto de aquel tesón, dijo al Santo: Hasta ahora, ningún hombre ha tenido valor para hablarme de esa manera.Será sin duda, respondió Basilio, porque hasta ahora no habrás tratado con algún obispo; que éstos, en semejantes ocasio­nes, no se explican de otro modo.A lo menos, replicó el oficial en tono más moderado, ya estimarás en algo tener en tu ciudad al Emperador; y, en conclusión, todo se reduce á quitar del símbolo la pa­labra consubstancial.— Yo estimaría mucho, repuso el Santo, ver al Emperador reconciliado con la Iglesia, y exento de todo error en la fe; y, por lo que toca al símbolo, no sólo no sufriré que se quite ni añada una sola palabra, pero ni aun toleraré que se altere la material colocación de las voces.En fin, concluyó Modesto, vete con Dios, y te doy toda esta noche para que lo pienses bien.Mañana seré el mismo que hoy, respondió Basilio. Despidióle el oficial con bastante urbanidad, y, partiendo enseguida á encontrarse con el Emperador, le dijo no había que esperar cosa alguna del obispo de Cesárea.

No pudo Valente disimular la grande estimación que hacía de aquella heroica virtud. Quiso concurrir á la iglesia el día de la Epi­fanía; dejóse ver en ella rodeado de sus guardias; quedó admirado cuando vio el concurso del innumerable pueblo, pero mucho más cuando notó el orden, la modestia y la majestad con que se celebraba a los divinos Oficios, á los cuales asistió y el sermón que predicó nuestro Santo. Hallóse presente á todo San Gregorio de Nacianzo quien asegura habló Basilio con tanta elevación, sobre las materias de la fe, que todos los asistentes quedaron como, extáticos, y todos fueron, testigos de la admiración del príncipe, que tributó grandes honores al Santo, le dio muchas y muy ricas posesiones para, sustentar á los pobres leprosos, y cesó de perseguir á los católicos; bien que duraron poco estas treguas de la persecución, porque los arríanos hicieron creer al Emperador que se interesaba el honor de su soberanía en obligar á Basilio á entrar en su comunión, tomando, por pretexto para desterrarle su constante y valerosa resistencia.

Expedido el decreto de destierro, estaba todo dispuesto para la ejecución, y pronto Basilio para partir, cuando de repente se halló asaltado de una ardiente y maligna calentura, que le puso á las puertas de la muerte el hijo del Emperador, llamado Galates, niño de pocos años, y la emperatriz su madre atormentada de vivísimos dolores. Recurrieron entonces a las oraciones del Santo, que ya es­taba para meterse en el coche y salir á su destierro, cuando recibió un recado muy respetuoso de Valente, rogándole pasase á ver á su hijo. Partió derecho á Palacio, y luego que entró en él se sintió el príncipe muy aliviado; pero Basilio protestó que no pediría á Dios por su vida sino con la precisa condición de que se le había de permitir instruir al príncipe en la religión católica, la que aceptó el Emperador, como lo testifica San Efrén. Entonces hizo oración San Basilio, y al punto quedó el niño enteramente sano; pero, olvidado después Valente de lo que había prometido, y engañado de los arrianos, dejó que le bautizase un obispo de esta secta, y, recayendo el príncipe en su enfermedad, murió dentro de pocos días.

Ni por eso abrió los ojos el Emperador para reconocer el origen de su desgra­cia; segunda vez resolvió desterrar á San Basilio. Tomó una pluma para firmar el decreto, y se le hizo pedazos entre las manos. Cogió otra segunda, y, negándole la tinta, jamás pudo formar una letra con ella; echó mano de la tercera, y, rompiéndose luego en muchos trozos, le comenzó á temblar la mano, llenándose de pavor. Hizo pe­dazos el papel, revocó la orden y dejó en paz á Basilio.

Fue testigo de tantos prodigios Modesto, prefecto del Pretorio, y, asombrado de ellos, se convirtió á la fe, siendo en adelante uno de los más firmes y más celosos católicos. No fue tan dichoso Eusebio vicario del mismo prefecto. Mandó sacar de la iglesia, á una viuda que se había refugiado a ella y oponiéndose á esto San Basilio, le hizo comparecer en su tribunal. Cuando le vio en él mandó que le quitasen la capa; alargóla luego el Santo, añadiendo estaba pronto á despojarse también de la túnica.

Ofendióse el vicario de esta no­ble intrepidez, teniéndola por insulto, y le amenazó con que le ha­ría castigar; desnudó Basilio parte del esqueleto de sus huesos, cu­biertos de la arrugada piel, diciéndole estaba aparejado para reci­birlos golpes. Cegóse Eusebio de cólera, y, arrebatado de ella, iba á precipitarse en los mayores excesos cuando le dieron noticia de que, sabedor el pueblo del tratamiento que hacía á su santo obispo, se había alborotado y tenía sitiado el palacio del mismo prefecto, re­suelto á tomar venganza. Lleno de pavor Eusebio, se arrojó á los pies de Basilio, pidiéndole perdón con la mayor humildad y rogándole apretadamente le sacase de aquel peligro. Compadecióse el San­to, sosegó el tumulto y salvó al prefecto la vida.

Dejándole ya en paz el Emperador y sus ministros, consagró al Señor esta quietud y el corto resto de sus débiles fuerzas corporales. En medio de las más laboriosas ocupaciones, nunca perdió de vista el estado religioso.

En todo estaba su vigilancia pastoral. Erigió en Sasimo un obispa­do, para el cual nombró á San Gregorio de Nacianzo; ejecutando lo mismo en otras ciudades de su provincia, á las que proveyó de santos y vigilantes pastores. Además del Compendio ó Suma de la Moral, nos dejó un Tratado del Espíritu Santo, la Obra de los seis días, el Tratado sobre algunos salmos, otro sobre Isaías, cinco li­bros contra la herejía de Eunomio, dos sobre el bautismo, uno de la virginidad, y diferentes Homilías sobre asuntos escogidos.

Acercábase el fin de la vida de nuestro Santo, cuando San Efrén, diácono de Edesa, en Mesopotámia, movido de su gran reputación, vino expresamente por conocerle, por tratarle y por oírle. Al primer sermón que le oyó, comenzó á deshacerse en alabanzas de San Basilio delante de todo el pueblo. Preguntóle el Santo la razón, y res­pondió: Porque, mientras tú estabas predicando, estaba yo viendo so­bre tus hombros una paloma de maravillosa blancura que te estaba inspirando todo lo que decías. Pocos días después de esta visita quiso el Señor premiar los trabajos de su siervo, cuya solicitud pasto­ral le acompañó hasta el último suspiro, pues poco antes de expirar impuso las manos sobre muchos de sus discípulos para proveer de ministros dignos á todas las iglesias que tenían falta de ellos.

En fin, lleno de merecimientos entregó el alma á su Criador el primer día del año de 378, siendo de solos cincuenta y uno de edad; llorado, no sólo de los buenos, sino hasta de los judíos y aun de los mismos pa­ganos. Toda su provincia le lloró como á su padre, y en toda la Igle­sia fue venerado por modelo de obispos católicos, por doctor de la verdad. Desde el mismo día en que murió comenzó á solemnizarse su fiesta, de manera que las honras fueron triunfos, y fueron genera­les. Pronunciaron su panegírico su hermano San Gregorio Niseno, San Anfiloquio, San Efrén y San Gregorio de Nacianzo. Dióse á su cuerpo sepultura en la iglesia catedral, ansiando todos por lograr alguna reliquia suya. Las familias religiosas le pueden justamente considerar como su primer patriarca, y la Iglesia universal le honra como á uno de sus más ilustres Santos Padres de la Iglesia.

P. Juan Croisset, S.J.

La Misa es en honor del Santo, y la oración la siguiente:

Suplicámoste, Señor, que oigáis las oraciones que os ofrecemos en la solemne fiesta de vuestro siervo y confesor San Basilio, librandonos de nuestros pecados por la intercesión y por los méritos del que te sirvió con tanta fidelidad. Por Nuestro Señor, etc.

La Epístola es de la segunda del apóstol San Pablo a Timoteo, cap. 1.

Carísimo: Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar á los vivos y á los muertos por su venida y por su Reino, que prediques la palabra; que instes á tiempo y fuera de tiempo; que reprendas, supliques, amenaces con toda paciencia y enseñanza. Porque vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, antes bien juntarán muchos maestros conformes á sus deseos, que les halaguen el oído, y no querrán oír la verdad, y se convertirán á las fábulas. Pero tú vela, tra­baja en todo, haz obras de evangelista, cumple con tu ministerio. Sé templado. Porque yo ya voy á ser sacrificado, y se acerca el tiempo de mi muerte. He pelea­do bien, he consumado mi carrera, y he guardado la fe, Por lo demás, tengo reser­vada la corona de justicia que me dará el Señor en aquel día, el justo Juez; y no sólo á mí, sino también á todos los que aman su venida.

REFLEXIONES

«Tiempo vendrá en que los hombres no podrán sufrir la doctrina sana, y, movidos de curiosidad, buscarán maestros sobre maestros que los hablen al gusto de su paladar, negando los oídos á la ver­dad y concediéndolos á las fábulas.» Pregunto: ¿no es éste un ver­dadero retrato de las costumbres de este desgraciado siglo? ¿En cuál otro se ha visto á los cristianos menos inclinados á sufrir que se les enseñe la doctrina sana y verdadera? Las más esenciales, las más terribles verdades de la religión, ó se intentan debilitar con vanas sutilezas, ó se les niega la entrada como á enemigas de la tranquili­dad y del reposo. Unos no las quieren oír porque los espantan, y otros no las quieren considerar porque los turban.

Jamás hubo tanta curiosidad como en este siglo; pero ¿qué curio­sidad? No ya una curiosidad respetuosa, dócil, inocente, sino una curiosidad fiera, arrogante, orgullosa, temeraria, indicio de un co­razón corrompido, de un entendimiento limitado y de una presun­ción sin límites. Aborrécese la verdad, porque se aborrece la virtud. Es la virtud una luz que incomoda mucho á los ojos achacosos; dis­gusta la claridad, porque representa á cada uno como es; ciérranse los oídos á la verdad, porque abate el orgullo, hace oposición á las pasiones y oprime furiosamente al amor propio. Oyense las fábulas de buena gana, porque el espíritu del mundo y nuestro propio espí­ritu está muy inclinado y es muy fecundo en ilusiones. ¿Por ventura el día de hoy nos alimentamos de otra cosa? ¿Sirve el Evangelio de regla á las costumbres de aquellos que se gobiernan por el espíritu del mundo? Pero ¿acaso tenemos otra regla? Cualquiera otra doctrina es error, es ilusión, es fábula, es delirio. ¡Ah, Señor, y cuántos mueren así!

El Evangelio es del cap. 14 de San Lucas, y el mismo que el dia 5.

MEDITACIÓN

De los pocos discípulos que tiene Jesucristo.     ■

Punto primero,—-Considera que no basta ser cristianos para ser verdaderos discípulos de Jesucristo. El bautismo nos constituye miembros de¡ su místico cuerpo, nos hace parte de su pueblo; pero solamente somos discípulos suyos vistiendo su librea, observando sus máximas y siguiendo sus ejemplos. Apenas hay verdad de nuestra religión más inculcada que ésta: repítela el Salvador casi á cada pagina del Evangelio. Pero ¿qué condiciones nos pide para admitirnos en su servicio? No hay cosa más expresa ni mas especificada: El que quiere venir en pos de Mí, y no aborrece á su padre, á su madre, á sus hermanos (aun esto es poco), y no se aborrece á sí mismo, no puede ser mi discípulo. Pero ¿bastará para serlo creer en Jesucristo y seguirle? De ningún modo. Muchas turbas creían en El y le seguían, pero se volvían á sus casas, con cuya ocasión dijo la senten­cia que acabamos de referir; añadiendo después, que además de re­nunciar todo aquello que más sé ama, y fuera de negarse á si mis­mo, si alguno no lleva también su cruz, no puede contarse en el nú­mero de sus discípulos. En otra parte dice: El que no lleva su cruz y me sigue, no es digno de Mí. Fácilmente se comprende lo que signifi­can estas condiciones: Aborrecer sus parientes, renunciar lo que más se ama, negarse á sí mismo, llevar la cruz y seguir á Jesucristo. No es menester grande ingenio para penetrar el sentido de estos orácu­los ; pero tampoco se necesita un ingenio peregrino para inferir de ellos que el número de los discípulos de Cristo debe ser muy limitado.

Punto segundo. — Considera que la doctrina de Jesucristo es igualmente especulativa y práctica; enseña lo que se ha de creer y muestra cómo se debe vivir. La fe regla el entendimiento, y los pre­ceptos el corazón. Es preciso creer, pero es indispensable vivir como se cree.

La señal (dice Jesucristo) por donde se conocerá que sois discípu­los míos, será si os amáis, unos á otros. No es menos rara el día de hoy esta señal que la precedente; y, sino, pregunto: ¿es en estos tiempos la caridad una virtud muy común entre los cristianos? ¿Qué significan si no esas antipatías, esas aversiones, esas diferencias en­tre las familias? ¿Qué significan esas venganzas, esas enemistades que reinan en todos los pueblos? No se ve hoy en todos ellos sino pleitos, disensiones y discordias. Ni aun en el claustro encuentra ape­nas seguro asilo la caridad.

La emulación, la envidia, el interés y la ambición siembran la discordia en todas partes. Cada cual se ama á sí mismo; pero ¿ama igualmente á sus hermanos? ¡Ah, que casi ya no se tiene por vicio la indiferencia ni aun la frialdad!

¿Adonde se fueron aquellos dichosos días, aquellos felices tiempos en que los fieles no tenían más que un alma y un corazón?

¿Será posible, Señor, que después de estos toques que me dais, des­pués de estas reflexiones con que me favorecéis, todavía no mude de conducta y no enmiende mi vida? Posible y muy posible sería; pero confío en vuestra piedad que, con vuestros poderosos auxilios, han de ser eficaces estas reflexiones, firmes mis resoluciones, y que desde este mismo punto comenzaré á ser vuestro verdadero discípulo, acreditándolo con la reforma general de mis costumbres.

JACULATORIAS

Padre mío, ya no soy digno de apellidarme hijo tuyo; tendréme por dichoso si me admites en el número de tus menores siervos.— Luc, 15.

Resuelto estoy, Señor, á ser vuestro humilde siervo: ilustrad mi entendimiento para conocer vuestra voluntad y para obedecerla.— Ps. 118.

PROPÓSITOS

1.    Ser verdadero discípulo de Cristo, es guardar la ley, no tener apego á los bienes criados, llevar su cruz, vivir según sus máximas y seguirle. Por estas señales ¿conoces muchos discípulos del Salva­dor? ¿Te conoces por ellas á ti mismo? ¡A cuántos que llevan su li­brea los desconocerá algún día! Se explicó más de una vez sobre éste punto con la mayor claridad. Ninguno puede ser verdadero dis­cípulo suyo, si no se niega á sí mismo, si no sigue las máximas del Evangelio, si no lleva su cruz todos los días. Dime si te conoces á ti mismo en este retrató de los verdaderos discípulos de Cristo. ¿No te has avergonzado alguna vez del Evangelio? ¿No antepones muchas de las máximas del mundo á la de tu divino Maestro? ¿No te corres tal vez de manifestarte por discípulo suyo en presencia de todo el mundo? Mira de aquí adelante con horror esta indecente vergüenza. Acuérdate de que el mismo Cristo desconocerá también por discípu­los suyos delante de su Padre Celestial á los que no le conocieren á El por su Maestro delante de los hombres.

2. Para arreglar toda tu conducta, consulta únicamente las máxi­mas de la religión, los ejemplos de los santos y el fervor de las al­mas virtuosas. Ten presente este motivo cuando aconsejes y cuando corrijas; en el examen de la noche no dejes de indagar siempre si pasaste el día como verdadero discípulo de Cristo, siendo éste el tí­tulo que más debes apreciar entre todos los de esta vida.

Fragmentos de la Regla

Basilian Sisters

Enseñanza de San Basilio sobre El Espiritu Santo

Hesichía del corazón

 

1. La sobriedad es un método espiritual que, si es duradero y se lleva a cabo voluntariosamente, con la ayuda de Dios, libera a todo hombre de pensamientos pasionales y de palabras y obras malvadas, y en la medida que sea posible, dona el conocimiento seguro de un Dios incomprensible…es propiamente la pureza del corazón, que por su grandeza y por su belleza – o para decirlo mejor, por nuestra negligencia – es rara hoy en día en los monjes.

3. La sobriedad es la vía de toda virtud y es un mandamiento de Dios; se la denomina también hesichía del corazón; alcanza la perfección mediante la ausencia de toda fantasía y es la custodia del intelecto.

5. La atención es el silencio ininterrumpido del corazón, de todo pensamiento; silencio que siempre perenne e ininterrumpidamente respira e invoca a Cristo Jesús…

7. …Pero la continuidad genera la costumbre, y la costumbre genera una natural frecuencia de la sobriedad; y esta, durante el tiempo del combate, poco a poco, según la situación, genera la contemplación.

24. Pero el intelecto no puede vencer por si mismo la fantasía que le proviene de los demonios. Que no se confíe en esto. Pues siendo astutos, fingen que se dejan vencer y le ponen la zancadilla al mismo tiempo, a través de la vanagloria, por ejemplo; pero si invocamos el nombe de Jesús, no tienen fuerza, ni siquiera por un momento para mantenerse de pie y engañarlo.

135. Cuando caemos en las tribulaciones, en los desconocimientos, en las desesperaciones, deberemos hacer en nosotros mismos lo que hizo David, es decir, volcar nuestro corazón en Dios, y contarle al Señor nuestra tribulación y por lo que pedimos, tal como lo sentimos...

138. Encontraremos ligereza y alegría cuando, estando en la tribulación que nos aportan los muchos pensamientos irracionales, nos reprochamos con verdad y sin pasión, o bien le contamos todo al Señor como a un hombre. Con estas dos cosas encontraremos completo reposo de toda tribulación.

de  Hesiquio de Batos  en

«a Teódulo. Discurso para las eminencias máximas…» 

en pag. 231 y ss. en Filocalia, tomo I, ed. Lumen – 2003 – Argentina 

Recomendamos: 

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Siervas del Espíritu Santo
de la Adoración Perpetua

Vía cordis

Se respira sin falta, el aire entra y sale mas allá de nuestra voluntad.

Inexorable, el cuerpo se va quemando un poco con cada exhalación.

Cuando se camina, una pierna adelanta a la otra en el breve momento en que permanecemos solo sobre una.

Inadvertido mecanismo, cada paso es desplazar el peso sobre uno de los miembros manteniendo un equilibrio inestable.

Al mirar se representa lo percibido. Y este formarse dentro la imagen de lo de fuera, consiste en un imaginar perpetuo, que independizándose luego de la percepción, remite a la memoria en constante divagación.

Respirar, caminar y observar tornan herramientas para anclar la oración en el centro de la persona, si es que se ha decidido profundamente dar al corazón el trono, el cetro y la corona de nuestra vida.

Que a cada respiración corresponda sagrada invocación y que a cada paso le incumba una oración, es liviana y gozosa actividad  para los que han renunciado a la mente vagabunda.

Esto es propiamente abandonarla a toda ella, porque errante es su tendencia y nómada su enjundia.

Desistir de valorar todo imaginar, eludir todo recordar, acordar en uno la insustancialidad de lo mental, sitúa a las puertas del corazón.

Porque la mente deviene instrumento apto si sirve a un corazón pleno, inundado del Espíritu Santo. De otro modo es ruido que perjudica.

Por eso, no hay método de oración que enraíce en la persona si antes no reniega del valor de los pensamientos, sordos ecos de los meandros orgánicos,  que sin la gracia operante, estorban.

Puede empezarse el ejercicio hacia el corazón, haciendo lento el caminar en todo desplazamiento cotidiano y poniendo en cada paso el Nombre del Señor.

Camino diciendo el Santo Nombre y sino, no camino.

En la celda, a cada inhalación, la invocación; a cada exhalación la súplica. 

Se debe respirar lento, profundo, suave; alimentándose del aire o como si este fuera apetitosa bebida.

Ya en la actividad asignada o en la quietud de la celda; atravesar los pensamientos como insignificante bruma. Saberse caminante divisando el faro, no fijarse en la niebla sino en lo que puede verse a pesar de ella, esto es: la oración sin pausa, que desnuda la intención, que luego vestirá la gracia.

Porque el deseo de la oración cordial ilumina el atajo y quita la maleza. Subordinar todo a esta obra, estimándola por encima de cualquier otra presteza, facilita el reinado del músculo supremo, analogía corporal de Jesucristo en el mundo.

Ocurre que toda fuerza de Él viene y hacia Él vuelve. Porque todo encuentra en Él su sentido. Ya que la invocación atenta escucha el latido, sacraliza los pasos y confiere al aire inspirado dotes de gracia.

La oración del corazón no es solo o no es tanto que a cada pulso le corresponda la repetición del Nombre, sino mas bien la asimilación en uno del corazón de Cristo; que vive donado, descubriendo la voluntad del Padre.


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Aproximación a una Regla de Vida

La Pobreza

La pobreza de espíritu es el grado máximo de la humildad. Es la mentalidad de aquel que sabe que Dios lo es todo, y que lo creado no es nada, y que por consiguiente él mismo no es nada.

San Pablo la define muy bien a contrario cuando escribe: «Si alguno cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo» ( Cal., 6, 3) .Y el propio Cristo decía a Santa Catalina de Siena: «Yo soy El que es, tú eres la que no es». «El que es»: en griego, ho ôn, expresión ritualmente inscrita en el icono de Cristo, exactamente en su aureola, y que permite al que medita ante la imagen recibir la misma enseñanza que Santa Catalina y hacerla suya interiormente.

Porque la criatura no es nada por sí misma, pues no tiene en sí misma su razón suficiente y no posee nada propiamente. Es rigurosamente nula frente al Principio divino y enteramente dependiente de Él. 

La pobreza de espíritu consiste en ser consciente de todo eso. Y la conciencia inmediata de esa actitud es el desprendimiento.

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Aquí estoy Señor para hacer Tu Voluntad
Aquí estoy Señor para hacer Tu Voluntad

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  La ermita virtual

de la Índole humana y la Vida buena

Cristo cargando La Cruz (El Greco)
Cristo cargando La Cruz (El Greco)

El hombre verdaderamente razonable tiene un solo deseo: creer en Dios y agradarle en todo.

En función de esto -y solamente de esto – formará su alma, de modo que sea del agrado de Dios, dándole gracias por el modo admirable con que su providencia gobierna todas las cosas, incluso los eventos fortuitos de la vida.

Está, pues, fuera de lugar, agradecer a los médicos por la salud del cuerpo aun cuando nos suministran fármacos amargos y desagradables, y ser ingratos con respecto de Dios por las cosas que nos parecen penosas, sin reconocer que todo sucede de la forma debida, en nuestra ventaja, según su Providencia.

Considera libres no a aquellos que lo son en cuanto a su condición externa, sino a aquellos cuyo modo de vivir y de actuar es libre. Porque no conviene llamar realmente libres a los príncipes que son malvados o desenfrenados: éstos son esclavos de las pasiones de la materia.

La libertad y la felicidad del alma están constituidas por la límpida pureza y el desprecio por las realidades temporales. El que busca la vida virtuosa y ocupada por el amor de Dios debe abstenerse de estimarse a sí mismo y a toda gloria vacía y mentirosa,  para aplicarse con buena disposición a esta vida, y a una conveniente enmienda de su propio juicio: el intelecto estable y amante de Dios es un medio de ascensión hacia Dios y camino hacia Él.

Es libre el que no es esclavo de los placeres . Por el contrario, gracias a su prudencia y temperancia, domina su cuerpo y se conforma, con mucha gratitud, con lo que le es dado por Dios, aunque fuera muy poco. Cuando hay sintonía entre el intelecto amante de Dios y el alma, todo el cuerpo está en paz, aun sin quererlo. Porque si lo quiere el alma, todo impulso corporal puede ser controlado.

Extraído de Antonio «El Grande» en Filocalia

Tomo I – Ed. Lumen 2003 – Arg-

De la dubitación y la evidencia

La Oración en Santa Teresa de Jesús

Santa Teresa de Jesús
Santa Teresa de Jesús

Algunas Nociones Teresianas sobre la Oración:


Oración Mental: Santa Teresa dice en el capítulo ocho de su autobiografía. “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5). Esta definición coloca a la oración en el concepto de la amistad. Está claro que es Dios quien comienza esta amistad. Por lo tanto, nuestra oración personal es una respuesta al Amor que Dios ya ha manifestado en la Revelación de Jesucristo. La oración es un arte que debemos cultivar ya que requiere disponer de un tiempo que  reservamos para dedicarnos al “Amigo”; el Amigo es Jesucristo, que es la clave de la oración teresiana.

Oración Vocal: Cuando Teresa habla de oración vocal se refiere a la oración que utiliza plegarias compuestas, es orar con unas frases y sentimientos “prefabricados”, como la oración del Padrenuestro o un salmo. Santa Teresa no desprecia este tipo de oración, solo exhorta a que repitamos las palabras entendiendo lo que decimos, con atención. Rezar bien nuestras oraciones vocales es una forma de oración mental; no hay diferencia entre oración vocal y mental cuando rezamos con “concierto” (atención) la vocal. Para Teresa, la primera lección para aprender a meditar es decir nuestras oraciones vocales con atención y afecto.

Meditación: La meditación es considerada por Teresa una manera de oración. Es la oración del esfuerzo. Implica un esfuerzo ascético para pensar en el Señor y  para amarlo. Meditación es el tipo de oración anterior a la contemplación, es la forma de orar de las tres primeras Moradas del Castillo Interior y de las primeras “formas de riego” que menciona en el Libro de la Vida. En los escritos de Teresa de Jesús, la meditación tiene el sentido de “reflexión”, y nos da varios ejemplos de qué entiende por  “discursos del entendimiento” (6M 7, 10). Las actividades propias de la meditación comprenden el uso de la imaginación, del razonamiento y de la voluntad en la oración. Meditar es también seguir piadosamente y a grandes líneas la oración de un libro de meditaciones: “Tenéis libros tales adonde van por días de la semana repartidos los misterios de la vida del Señor y de su Pasión y meditaciones del juicio e  infierno y nuestra nonada y lo mucho que debemos a Dios, con excelente doctrina y concierto para principio y fin de la oración” (C 19, 1). Teresa  se abre a este uso reflexivo de un libro de meditaciones y lo recomienda a quienes lo encuentren útil. Sobre todo en los principiantes. En resumen: la meditación es, básicamente, toda forma de oración menos la contemplación infusa; por lo tanto comprende todas las etapas de oración que presuponen el uso normal de todas nuestras capacidades mentales en la búsqueda de Dios, siempre bajo  la guía de la Gracia Divina.

Dimensión contemplativa de la Oración Teresiana: Las enseñanzas de Teresa apuntan hacia la contemplación. Para Santa Teresa la meditación es una oración ascética, que depende de nuestros esfuerzos según vamos utilizando nuestras potencias con la ayuda de la Gracia. La contemplación no puede ser producida por nuestros esfuerzos personales, es totalmente gratuita, es un don. Podemos disponernos a recibirla por medio del crecimiento de las virtudes y orando de manera muy sencilla y afectiva. Pero la contemplación es una experiencia infusa de la Presencia de Dios. Habitualmente, comienza en las cuartas Moradas, que es la primera de las moradas místicas con la experiencia del recogimiento pasivo; luego florecerá en la oración de quietud. En cierta forma, toda la oración teresiana es contemplativa por el hecho de que la Santa siempre tiene los ojos del alma puestos en la contemplación.

Ideas más importantes del Magisterio Oracional de Santa Teresa:

  • Concepto de Oración:tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama” (V.8, 5)
  • Clave Cristológica, siempre Centrada en la Humanidad de Cristo: “Poned los ojos en Cristo”… “Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima…” (V22.6)

“…es muy buen amigo Cristo por que le miramos hombre y vemosle con flaquezas y trabajos y es compañía…” (V 22.10)

  • Desasimiento: “… es gran negocio comenzar las almas oración comenzándose a desasir de todo genero de contentos y entrar determinadas a solo ayudar a llevar la Cruz de Cristo, como buenos caballeros que sin sueldo quieren servir a su rey…” (V15, 11)
  • Malos pensamientos:No Haga caso de malos pensamientos…”(V. 11.10)
  • Nunca dejar la oración, a pesar de las dificultades: “La verdadera caída es dejar la oración” (V. 15.3)
  • En periodos de Sequedad: “…Ayúdele a llevar la cruz y piense que Toda la vida vivió en ella (en sequedad) y no quiera acá su reino ni deje jamás la oración. Y así se determine, aunque para toda la vida le dure esta sequedad, no deje caer a Cristo con la Cruz…” (V.11.10)
  • Confianza: “Guíe su majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros sino suyos” (V 11.12)
  • Deseos: “…conviene mucho no apocar los deseos, sino creer en Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a  tan alto estado.” (V13.2)
  • Humildad como virtud fundamental: “… todo este cimiento de la oración va fundado en la humildad y que mientras mas se abaja un alma en la oración, mas la sube Dios.” (V22.11) “Humildad que es andar en Verdad” (6M10, 7)

Autor del texto:

Pablo Gomez

(pablocarmelita@hotmail.com)

Sitios Recomendados:

ocds.com

sistersofcarmel

Sinopsis de la Vida

«Las Moradas» en pdf

Algunas ideas han sido extraídas del articulo de  Fray Sam Athony Morello OCD:  “Lectio Divina y Práctica de la Oración Teresiana” en: www.ocds.com.ar

No tener nada que dejar

Icono de la Trinidad
Icono de la Trinidad

–          Sin apariencias, sin adornos y aun clavada en una cruz, hay que adorar a la Verdad. La verdad se ha de decir, no porque agrade o desagrade, sino porque aprovecha. Pero también a veces, conviene callarla, para no hacer daño. Lo mismo que se priva de luz a los ojos enfermos.

–          La adversidad te enseña a desear la paz; pero tú, ciego, te empeñas en querer aquellas cosas, cuya codicia y apego te imposibilita tener tal paz. No sean las cosas temporales la causa de tu paz. Vil e insegura es la paz fundada en semejante causa. Es la paz de los brutos. Tu paz ha de ser como la de los ángeles: nacida de la verdad.

–          Como si no existiese aún, o como si ésta pudiera hacerse, trabaja el hombre sin descanso por labrarse la propia felicidad. La verdadera dicha del hombre –Dios– existe ya, no hay que labrarla, sino alcanzarla por amor. Tan absurdo es pretender construir la propia felicidad, como intentar hacer a Dios; y pensar que ésta no existe, es como pensar que no existe Dios.

–          Si nos gozamos en lo mismo que los brutos, es decir, en la lujuria como los perros, en la gula como los cerdos, etc., nuestra alma se hace semejante a estos animales, ¡y no nos causa horror! ¿Preferiría yo tener el cuerpo de un perro antes que el alma? Si nuestro cuerpo adquiriese por el pecado de lujuria la forma de perro, lo mismo que la adquiere el alma, ¿a quién no causaríamos horror?, ¿quién nos podría tolerar? Mejor y más llevadero sería volverse bestia nuestro cuerpo permaneciendo el alma en su dignidad –en la imagen de Dios–, que hacerse el alma bestial, conservando el cuerpo forma humana. Y tanto más lamentable y monstruosa es esta transformación, cuanto el alma sobrepasa al cuerpo en dignidad.

–          Con gusto se apega el hombre al amor de las cosas materiales y vanas. Y esto lleva consigo, inevitablemente, el temor y el dolor por perder lo que ama: ya porque se lo quiten, ya porque el objeto mismo se eche a perder. Fuente de vanas angustias y temores, y de muchas preocupaciones, es el amor a lo perecedero.

–          Te apegaste a una nota sola del Gran Concierto; y por eso te turbas cuando el Sapientísimo Director continúa sin detenerse la marcha de la composición musical. Te es arrebatada la nota amada por ti exclusivamente, y siguen las demás por su turno. Ten en cuenta que Él no dirige el concierto sólo para ti, ni según tu voluntad, sino según la suya. ¿Te molestan las notas que siguen? Es porque te obligan a irte de la que tú amabas desordenadamente.

–          Quien quiere hacer ladrillos, prepara un patio donde ponerlos por algún tiempo. No para que queden allí sino para trasladarlos a otra parte una vez secos. Así el tal lugar no está destinado a ningún ladrillo en particular, sino, indistintamente, para todos los que allí se han de hacer. Del mismo modo, el mundo donde vivimos lo hizo Dios para todos los hombres que habían de ser creados y después trasladados a otra parte, cuando les llegue el turno. Y, como el alfarero quita a los unos, para hacer sitio a los recién hechos, así Dios, con la muerte de los unos –especie de traslado– prepara el lugar a los venideros.

–          Necedad y locura, es pues, dejar al corazón echar raíces en el sitio provisional, y no pensar ni preocuparse del lugar definitivo. A los ladrillos no puede parecerles duro ni injusto su traslado: con esta intención fueron puestos.

–          A todo te apegas: a la comida, al vestido, al sueño. Vives desterrado, no por haber salido de tu tierra natal, sino por haber puesto tu amor, tu apetito y tu afecto fuera de su verdadero centro.

–          ¿Te duele dejar esto o lo otro? Ponte en camino de no tener nada que dejar. Porque quien adquiere lo que no puede retener, se pone en camino de tener mucho que dejar y de qué dolerse.

Extraído de:“Pensamientos” de Padre Guigo

Imagen extraída de:

creer para ver

Sitio Recomendado:

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Fundamentos de la jornada

A los pies de Cristo
A los pies de Cristo

–          Al despertar, lo primero que debes hacer es invocar al Señor Jesucristo, del modo que puedas, con devoción o sin ella; simplemente tenerlo en la boca, repetir su nombre, mientras te higienizas y vistes preparándote para el día.

–          Ignora todo sentimiento o pensamiento negativo que pueda sobrevenirte, se deben al cuerpo que aún medio aletargado se niega a servirte.

–          Una vez dispuesto y adecuadamente listo, pero antes de hacer cualquier actividad que sea que hagas, busca la sensación de Su presencia. No hay nada mas importante que situarte en ella.

–          Hay signos claros de que te has ubicado a “Su lado”. Tu mirada tiende a percibir la belleza de lo que observas, aún si no lo es desde los cánones de perfección establecidos. Hay como una apreciación de lo bello que transcurre y una cierta percepción amorosa que naturalmente te acompañará. Sin estos signos, no estás donde debes estar para ServiLe adecuadamente.

–          Si esto te falta, careces de lo esencial, no tendrá sentido lo que hagas. Por lo tanto sumérgete en la oración, vocal o mental o aquella por la que sientas especial predilección; pidiéndole al Señor que te acompañe haciéndote sentir Su gracia.

–          Si los compromisos te impiden seguir en oración, trata de mantener la invocación en tu mente, aún en las actividades, persistiendo en la búsqueda de aquello que transforma toda actividad en sagrada expresión.

–          Cuando trates con los demás, busca esa perspectiva que te permite ver en ellos lo más positivo. No hay persona por mas alejada de la gracia que esté, que no tenga alguna cualidad. Aprende a distinguirla y apóyate en ella para descubrir en el otro, los rasgos de Dios.

–          La in habitación del Espíritu Santo en nosotros es lo único que puede colmarnos, no quiere el ser humano otra cosa en realidad, aunque no lo sepa. Esa plenitud es lo que busca la humanidad en todo lo que hace.

–          Por eso debes aprender a ver en las actividades de los demás tu mismo impulso, aunque en distinto momento del camino hacia Dios.

–          En suma, cuando el amor inunde tu mirada derramándose así sobre toda persona o situación, habrás llegado adonde se te espera desde el principio mismo de las cosas. Por eso, cuando te sientas lejos de allí invoca al Señor y dile: ¡Ven Señor y mira a través de mis ojos! ¡Santifica esta circunstancia!

–          Recuerda a Roberto, el Abad de Ciudad de La Paz en Belgrado, cuando aconsejaba el ejercicio de preguntarse con frecuencia: ¿Quién esta mirando  ahora por mis ojos?

–          Finalmente hijo, utiliza el simple método de hacer en todo, aquello que a tu Señor agradaría. Aunque sabemos que Él se encuentra mas allá de toda variación y movimiento, esta consideración te servirá mucho, porque la conciencia no podrá engañarse respecto de la índole de cada actividad si lo pones a Él como medida.

–          Ante cada suceso di internamente: “Bendito el que viene en nombre del Señor”; porque aunque a veces no parezca, todo acontecer viene de Él y para nuestra edificación espiritual.

–          Entonces, actúa en todos y cada uno de tus pasos para agradarLe , busca en ti su mirada amorosa hacia toda manifestación y acepta cada momento como enviado para ti, por su particular providencia.

–          Si haces lo que te digo, llegarás a la bahía de todos los Santos, donde recalan gozosos los navegantes de la gracia, repostando en el puerto de la impasibilidad. Podrás así continuar el viaje hasta el país del abrazo silencioso, la región del perpetuo cobijo, allí donde reina Cristo, en la única y verdadera tierra prometida.

elsantonombre.org

Publicado por Ed. Narcea en

«Dios habla en la soledad»

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Trapenses II

Monje Trapense
Monje Trapense

«Nos levantamos a las dos -escribió a su hermana- y vamos a la iglesia, donde recitamos durante dos horas en voz alta los salmos en el coro.

Después, durante hora y media, se está libre: se lee, se reza, los sacerdotes celebran su misa. Hacia las cinco y media volvemos al coro para seguir recitando salmos -es el oficio de «prima»- y se oye la misa de la comunidad.

Después se va al capítulo, donde se hacen algunas oraciones, el superior comenta una parte de la regla y, si alguno ha cometido una culpa, se acusa en público y recibe la penitencia correspondiente, que no es jamás severa. Después, más tiempo libre -tres cuartos de hora- para leer y orar cada uno por su cuenta; luego se recita en el coro la «tercia».

Hacia las siete se comienza el trabajo: al salir de «tercia» el superior señala el trabajo a cada uno. Se hace éste hasta las once, hora en que se dice la «sexta». A las once y media vamos al refectorio. Después de la comida -una comida monacal- nos dirigimos a la habitación para dormir hasta la una y media de la tarde.

Tres cuartos de hora de intervalo para las plegarias particulares de cada uno o la lectura. A las dos y media, vísperas. Después de éstas, trabajo hasta las seis menos cuarto. A las seis, oración. A las seis y cuarto, cena. Un poco de tiempo libre y, a las siete y cuarto, lectura para toda la comunidad, en capitulo. Después «completas», canto de la salve y a la cama. Vamos a dormir a las ocho…»

Los trapenses no tienen celdas separadas, duermen todos juntos en una desnuda habitación. Adiós cámara familiar de otro tiempo, adiós cuarto número 82 de la escuela de Saumur con su cómoda tumbona, adiós garçoniere de Pont-á-Mousson, adiós apartamento de Paris, adiós tiendas marroquíes…

Pero ¿por qué había elegido la trapa? «Por amor, por amor», escribía.

……………………..

«Somos una veintena de trapenses, comprendidos los novicios -escribió Carlos algún tiempo después a su hermana Maria de Blic-. Hay ganado, bueyes, cabras, caballos, asnos, cuanto es necesario para una labor agrícola en gran escala.

En las barracas se alojan también una veintena de huérfanos católicos -comprendidos entre los cinco y los quince años- y una quincena de obreros laicos -curdos que abandonaron el bandolerismo para hacerse agricultores-, sin contar un número siempre variable de huéspedes, en el verdadero sentido de la palabra, pues ya sabes que los monjes son esencialmente hospitalarios…

Mi alma tiene una profunda paz, una paz que desde el instante en que llegué no me ha dejado, y que cada día es más grande, si bien comprendo cuán poco es mía y cuánto, por el contrario, es un puro don del Señor».

de Beato Charles de Foucauld, entonces Hermano María Alberico

Extraído de:

misticavita

Lectura sugerida:

Los martires de Tibhirine

Sitio Web:

Trapenses Trapenses I

Imagen extraída de:

fotografia.net


de Teolepto de Filadelfia

Cuando hayais suprimido, en lo exterior, las distracciones; cuando hayais en lo interior renunciado a los pensamientos, vuestro espíritu despertará a las obras y las palabras espirituales.

El comercio con vuestros prójimos y amigos será cambiado por vuestra relación con las distintas virtudes. No existirán más los vanos discursos inseparables de las relaciones mundanas: la meditación y la elucidación de las divinas palabras impresas en vuestro espíritu iluminará e instruirá vuestra alma.

El relajamiento de los sentidos es una cadena para el alma; cuando son sujetados ella recobra libertad…detened entonces las frecuentaciones con lo exterior y batallad en vuestro interior con los pensamientos hasta haber hallado el lugar de la oración pura, la casa donde habita Cristo; Él os iluminará por su ciencia, os deleitará por su visita y os hará encontrar alegría en las pruebas sufridas por Él y por haber rechazado, como lo hubieráis hecho  con la amargura, los placeres del mundo.

Las ocupaciones mundanas imprimen recuerdos en el alma de la misma forma que los pies dejan su huella sobre la nieve…si en la práctica vagamos con nuestros pensamientos alrededor de ataduras frecuentemente irrazonables, ¿cuándo haremos morir el sentido de la carne?. ¿Cuándo viviremos la vida según Cristo que hemos abrazado?

Abandonando la sociedad del mundo se cumple materialmente la práctica de las virtudes. Pero para grabar en vuestra alma los buenos recuerdos, para lograr que las palabras divinas fijen allí voluntariamente su residencia, es necesario , mediante oraciónes sostenidas y acompañadas de compunción, borrar de nuestra alma el recuerdo de acciones anteriores.

La iluminación producida por el recuerdo perseverante de Dios, unido a la contricción del corazón, corta los malos recuerdos como una navaja…permaneced en la colmena de vuestro monasterio y, desde allí, esforzaos por penetrar en el «castillo» interior del alma, en la mansión de Cristo donde reinan sin contradicción, paz, alegría y quietud.

Renuncia a recuerdos y pensamientos

(pags. 159/60/61 de «La Filocalia de la Oración de Jesús»)

Ed. Lumen, Argentina 1979

Icono de Nuestra Señora
Icono de Nuestra Señora

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Objetivo de Divina Vocacion

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Entre la Fe y la razón

Contemplación y redención

Juan bautista
Icono de Juan El Bautista

Es necesario profundizar la contemplación para así cumplir con nuestra misión de iluminar con la palabra.

Porque la eficacia transformadora de la predicación y el testimonio, surge del silencio contemplativo, que es agredido y asediado de continuo por la época; orientada al industrialismo y la razón.

Nuestra relajación es consentimiento a la vanidad del mundo. Necesitamos volver a la oración profunda mediante el creciente despojo de lo superfluo. Nos es preciso vencer las tentaciones de lo insubstancial.

Es muy necesario para nosotros, monjes llamados a lo contemplativo, regenerar la experiencia interior desde la cual se produce la inflamación que da testimonio y que predica.

Cuando todo lo que hacemos nace de la experiencia personal del Espíritu Santo, los que nos rodean creen y se convierten a Dios. Nos parece difícil la redención en este siglo caído y vil porque esa redención no se ha producido en nosotros.

O, porque habiendo resucitado Cristo un día en nuestros corazones, en aquél luminoso momento de la profesión; ha vuelto a ser crucificado por nuestra pereza y nuestro olvido y el burdo sensualismo.

No hay fundamentos para abandonar el puerto seguro de la impasibilidad en la adoración, no hay razones buenas si nos alejan del sagrario.

Unámonos a Cristo en el corazón amante para no ser corrompidos por la ponzoña de la lógica materialista, que parece triunfar cada vez que se invoca la razón sobre la fe.

En el desierto clama una voz que pide preparar el camino del Señor, enderezando nuestra conducta.

Si dejamos todo apoyo perceptible, refugiándonos en Aquél que está detrás de todo, habremos entrado en el desierto. En el mismo momento en que depositamos nuestra entera confianza en Él, nos encontraremos rodeados de desierto. Allí vive el tentador pero también el bautista que anuncia la próxima venida y exhorta a prepararse mediante purificación.

En ese momento solitario, en medio de la vastedad de la nada, surge clara la conciencia del pecado. Es en esta inmensidad abismal, al abrirse la extensión inconmensurable hacia arriba y en toda dirección, cuando alumbra la conciencia de la pequeñez, se hace patente la ignorancia y grita el alma por cobijo y amparo.

El desierto es el ambiente propicio para la iluminación que purifica para siempre al corazón, porque es el reflejo exterior de la pobreza espiritual.

A través de la simplicidad se llega a los lugares yermos donde gobierna la aridez. Allí nos unificamos en el deseo de lo Alto, al evidenciarse la desnudez de nuestra mezquina individualidad. En esta intemperie tan inclemente se agiganta el misterio que lleva el hombre dentro.

Porque tamaña orfandad y tan abyecta soledad no pueden sino equilibrarse  con portentosa bondad, con apresurado cobijo, con crecida y eterna redención.

Porque la redención y la salvación de Cristo son respuesta al gemido de la humanidad de todos los tiempos, al clamor de estos, nosotros, los caídos.

Por eso, el bautista, representa a esa parte de la humanidad, que arrepentida exhorta a la conversión y anuncia la venida.

Ateniéndonos a lo necesario y abandonando todo deseo anunciemos la salvación que se acerca, porque se viene El Señor nuestro Dios, acercándose vertiginoso desde la incalculable distancia de la perpetua cercanía. ¡Anunciemos la venida del Cristo, el retorno del Señor!

Porque en el silencio del corazón hemos escuchado el latido de Su amor y porque nuestro pequeño cuerpo se quema ya como devota luminaria.

El arrepentimiento permite recibir la Divina Presencia y acoger El Espíritu Santo, que transita los desiertos produciendo tormentas, mutando las formas.

Encontremos la disposición del corazón que abre los sentidos a la gracia, cumpliendo así nuestra original función, como cálices del divino fluir de lo existente.

 

Ego y Ascesis

elsantonombre.org

La mejor parte

San Bruno, orando en el yermo
San Bruno, orando en el yermo

Tú, que eres mi Señor,

Tú, cuya voluntad prefiero a la mía.

No me es posible contentarme con palabras al presentarte mi oración.

Escucha mi grito que te suplica

como un inmenso clamor…


Tú, de quien me he constituido siervo:

Te ruego con perseverancia e insistiré en mi ruego,

hasta merecer alcanzar tu favor.

Pues no anhelo un bien de la tierra;

no pido más que lo que debo pedir:

sólo a Ti…


¡Ten piedad de mí!

Y pues inmensa es tu misericordia

y grande mi pecado,

ten piedad de mí inmensamente en proporción a tu misericordia.


Entonces podré cantar tus alabanzas,

contemplándote, Señor.

Te bendeciré con una bendición

que perdurará a lo largo de los siglos;

te alabaré con la alabanza y la contemplación,

en este mundo y en el otro, como María,

de quien nos dice el Evangelio, que ha escogido la parte mejor.


Amén.

( Oración atribuida a San Bruno )

Texto enviado por

cartusialover

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Web Oficial:

Chartreux

Regla de vida:

Estatutos de la Cartuja

Abba bruno y los padres del desierto

Pensamientos de Padre Guigo


San Bruno

San Bruno
San Bruno

San Bruno, restaurador de la vida solitaria en el Occidente, gloria de su siglo, admiración del mundo cristiano y fundador de una de las más ilustres y más santas religiones de la Iglesia de Dios, nació en Colonia por los años de 1060. Era su familia de las más antiguas y de las más nobles del país, y sus padres más distinguidos por su ejemplar virtud que por sus grandes riquezas y por el esplendor de su sangre. Merecióles Bruno su particular cariño por su bello natural, por su entendimiento claro, vivo y despejado, por una memoria feliz, por su gran docilidad y su virtud, junta con la tierna devoción que profesaba á la Santísima Virgen María.

Sobresalió mucho en las letras humanas, pero mucho más en la sagrada teología y en el estudio de los santos Padres; de manera que constantemente era reputado por uno de los más hábiles doctores de su tiempo. Enviáronle á Paris para que se perfeccionase en aquella Universidad;  graduóse en ella, y, aunque todavía muy joven, enseñó con aplauso la filosofía.

Extendida con admiración la fama de la santidad y de la sabiduría de Bruno, San Anón, arzobispo de Colonia, no quiso que su Iglesia estuviese privada por más tiempo de un sujeto que tanto la podía ilustrar. Llamóle y proveyó en él un canonicato de la iglesia de San Cuniberto de Colonia. Confirióle los  primeros órdenes sagrados; pero, creciendo cada día su reputación, luego que murió S. Anón le eligió la Iglesia de Reims por su magistral, y poco después fué nombrado cancelario y rector de las escuelas públicas.

Era San Bruno el ejemplo y la admiración de todo el clero; edificaba á toda la ciudad con la pureza de sus costumbres, cuando por vías simoniacas se introdujo Manasés en la Silla arzobispal de Reims, procurando  mantenerse en ella por todo género de violencias y de disoluciones. Pero, habiendo sido ignominiosamente arrojado de la Silla arzobispal el indigno prelado, después de excomulgado por el legado del Papa, convinieron todos en que fuese sucesor el santo magistral, que, noticioso de esto, se sobresaltó mucho. Escapóse secretamente y supo, esconderse tan bien, que fué preciso proceder á la elección de otro, la que recayó en Reynaldo de Bellay, tesorero de la santa iglesia de Tours.

Hallábase nuestro Santo en París cuando murió, recibidos todos los sacramentos, un famoso doctor de aquella Universidad, hombre, al parecer de todos, de una suma bondad, generalmente reputado por muy virtuoso; y, llevado á la iglesia para darle sepultura, cuando se le estaba cantando el Oficio de difuntos de cuerpo presente, al llegar á la cuarta lección, que comienza Responde mihi, el cadáver levantó la cabeza en el féretro, y con voz lastimosa exclamó: Por justo juicio de Dios soy acusado; dicho esto, volvió á reclinar la cabeza como antes.

Apoderóse de todos los asistentes un general terror, y se determinó dilatar para el día siguiente los funerales. Este día fué mucho mayor el concurso, volvióse á entonar el Oficio, y, al llegar á las mismas palabras, vuelve el cadáver á levantar la cabeza y exclamar con voz más esforzada y más lastimera : Por justo juicio de Dios soy juzgado.

Duplicóse en todos los concurrentes el espanto, y se resolvió diferir la sepultura para el tercer día. En él fué inmenso el concurso; dióse principio al Oficio como los días precedentes, y cuando se cantaron las mismas palabras levanta el difunto la cabeza, y con voz verdaderamente horrible y espantosa exclamó: No tengo necesidad de oraciones: por justo juicio de Dios soy condenado al fuego sempiterno. Ya se deja discurrir la impresión que haría en los ánimos de todos un suceso tan funesto. Hallóse presente Bruno á este triste espectáculo, y se le grabó tan profundamente que, retirándose todo estremecido y todo horrorizado, determinó dejar cuanto tenía y enterrarse en algún horroroso desierto, para pasar en él toda la vida, entregado únicamente á ejercicios de rigor, de mortificación y de penitencia. Parecía necesario un suceso tan trágico para una resolución tan generosa. Estando en estos pensamientos, le entraron á ver seis amigos suyos; y, apenas tomaron asiento, cuando, con las lágrimas en los ojos, les dijo : Amigos, ¿en qué pensamos? Condenóse un hombre que, á juicio de todos, hizo siempre una vida tan cristiana; pues ¿quién podrá fiarse ya con seguridad del testimonio que le dé su equivocada conciencia! Movidos todos aquellos amigos, ya de lo que habían visto, ya de lo que le acababan de oír, protestaron que todos estaban en el mismo pensamiento y en la misma resolución, prontos todos á seguirle. Llamábanse éstos Laudino, que, después de San Bruno, fué el primer prior de la gran Cartuja; Esteban de Bourg y Esteban de Dié, ambos canónigos de San Rufo, en Valencia del Delfinado; un sacerdote, por nombre Hugo, y dos laicos, que se llamaban Andrés y Guerino. Comenzaron á discurrir sobre el desierto adónde se retirarían, y los dos canónigos de San Rufo dijeron que en su país había un santo Obispo, cuyo obispado tenía muchos bosques, muchos peñascos inaccesibles y muchos sitios inhabitables. Era este santo prelado San Hugo, obispo de Grenoble, célebre por su santidad, y uno de los, mayores prelados de su siglo Aplaudieron todos este parecer.

Hecha por San Bruno la dimisión de su prebenda y la renuncia de todo, tomó el camino del Delfinado con sus seis compañeros, y se echó á los pies del santo Obispo de Grenoble. Acordóse entonces San Hugo de un sueño que había tenido la noche antecedente, en que le pareció veía al mismo Dios que se estaba fabricando, á Sí propio un templo en un desierto de su obispado, que se llamaba la Cartuja, y que siete estrellas, elevadas de la Tierra en forma de círculo, iban delante del mismo Obispo como para mostrarle el camino. Mandólos sentar á todos, y, habiéndolos preguntado el asunto de su viaje, tomó la palabra San Bruno, y, después de referirle el prodigioso suceso de París, le suplicó fuese servido señalarlos algún desierto donde pasasen la vida haciendo penitencia y retirados de todo humano comercio. Luego que San Hugo entendió su relación, los refirió, los explicó y los aplicó la visión que habla tenido, no dudando que aquellos siete forasteros estaban significados en las siete estrellas misteriosas. Abrazólos con ternura, alabó sus generosos intentos, ofreciólos el desierto dé la Cartuja, y se le pintó de esta manera: Si, buscáis un sitio inaccesible á los hombres, no hallaréis otro que menos haya pisado humana planta; pero advertid que es una silenciosa soledad, cuya vista sola estremece y horroriza. Viendo que esta pintura, lejos de acobardarles, encendía más su fervor, añadió: Conozco claramente que Dios os destina para esta horrorosa soledad: el mismo Señor sabrá manténeros en ella. Detuvolos algunos días en su palacio para que se recobrasen de las fatigas del camino; y, después, el mismo Prelado los acompañó, hasta ponerlos en posesión del sitio que los señalaba. No contento concederlos todo el derecho que á él pertenecía, se ofreció á indemnizar al señor de las pretensiones que podía tener, aunque no fuese más que para el ejercicio de la caza, todo con el fin de que ninguna cosa pudiese turbar ni inquietar su soledad. Lo primero que hicieron Bruno y sus compañeros fué fabricar un oratorio ó capilla en honor de la Santísima Virgen, con unas celdillas á moderada distancia unas de otras, en un terreno que se extiende un poco entre tres grandes peñascos, á cuyo pie brota una pequeña fuente, que hoy se llama la fuente de San Bruno.

Tal fué la célebre época ó el nacimiento de la admirable religión de los cartujos (lema: Stat Crux dum volvitur Orbis y también: Cartuja numquam reformata quia numquam deformata), porción tan distinguida y tan estimada en el rebaño del Señor, seminario de santos, gloria de la religión, y uno de los baluartes más firmes del Cristianismo, de aquella venerable religión que puede contar tantos predestinados como individuos, y que después de casi setecientos años conserva el vigor y el espíritu de su primitivo instituto, sin haber aflojado ni sufrido nunca la más mínima relajación. Todos eligieron por superior suyo á San Bruno, y San Hugo le nombró por tal á pesar de su resistencia, siéndolo en la realidad por su raro mérito y por su eminente virtud. Era el más humilde, el más pobre, el irás mortificado, el más observante, y no padecía posible modelo más cabal de la vida monástica.

Pero cuando más contentos estaban aquellos santos solitarios, disfrutando el consuelo y la dulzura del gobierno de San Bruno, tomando su vida por modelo de la suya, se vieron muy á pique de perderle para siempre. Habíale conocido y tratado mucho en Reims el Papa Beato Urbano II, y, resuelto á valerse de su capacidad y sus consejos para el gobierno de la Iglesia, le expidió un breve mandándole pasase luego á Roma, cuando apenas había seis años que con su pequeña tropa estaba retirado en la Cartuja. Fué indecible la aflicción de todos sus hijos cuando se consideraron en la triste necesidad de separarse de su amado Padre, y no hallaron consuelo sino en la resolución que tomaron todos de seguirle y de acompañarle. Mantuviéronse firmes en ella, por más que hizo nuestro Santo para persuadirlos, empeñándoles su palabra, de que muy presto daría la vuelta. No los pudo reducir, respondiéndole todos que, como estuviesen en su compañía, siempre serían solitarios, y con efecto le siguieron.

Encargó San Bruno el cuidado de su ermita á Seguin, abad de Casa-Dios; y, recibida la bendición de San Hugo, partió á Roma con seis compañeros. Fué recibido del Papa con todos los testimonios y demostraciones de estimación y de afecto que se pueden imaginar. Detúvole cerca de su persona, y le hizo de su Consejo Eclesiástico, para consultarle en los negocios de conciencia y de religión. A sus compañeros se les dió una casa en la ciudad, donde procuraban vivir retirados; pero presto experimentaron que no hallaban aquella facilidad para la meditación, para el coro, para la oración y para el recogimiento que se habían prometido. Poca dificultad tuvo San Bruno en persuadirlos que se volviesen á su amada soledad. Nombró por prior en su lugar á Lauquino ; y recibida la bendición del Papa, con un breve dirigido á San Hugo para que los volviese á poner en posesión de su desierto, se restituyeron á la Cartuja.

Pero, luego que volvieron á los ejercicios de su primitivo fervor, faltó poco para que del todo los perdiese una violenta tentación. Sobresaltado el demonio á vista de aquellos primeros principios, los metió en la cabeza que era tentar á Dios empeñarse en una vida tan rigurosa y tan superior á las fuerzas de la naturaleza. Conferenciando un día sobre este punto, se les apareció un venerable anciano, y les dijo que no tenían razón para desconfiar de la asistencia del Cielo, y que la Santísima Virgen los tomaría á todos debajo de su especial protección, con tal que todos fuesen muy exactos en rezar cada día las siete horas canónicas de su Oficio parvo. Dicho esto, desapareció el santo viejo, que todos conocieron era el apóstol San Pedro; y consagrándose todos á la santísima Madre de Dios, pusieron toda la Orden debajo de su protección, renovaron el propósito de no abandonar el desierto, de no admitir la más mínima moderación en la severidad de su instituto, y al instante se disipó aquella tentación. De aquí tuvo principio la ley de los cartujos de rezar todos los días cada uno en particular el Oficio parvo de la Virgen.

Mientras tanto, no pudiendo San Bruno tener licencia del Papa para volverse á la dulce compañía de sus queridos hijos, los instruía y los esforzaba continuamente por medio de sus cartas. Pero haciendosele cada día más dura y más tediosa la estancia en la corte de Roma, y suspirando incesantemente por su amada soledad, hubiera en fin conseguido á fuerza de reiteradas instancias el permiso que solicitaba, si á este tiempo no hubiesen llegado á Roma los diputados de Reggio en Calabria, con la pretensión de que se les diese á Bruno por Arzobispo. Gozosísimo el Papa de ilustrar la Iglesia de Dios con tal Prelado, se le concedió al instante; pero Bruno le importunó tanto con sus ruegos y con sus lágrimas, que al cabo cedió Su Santidad, y le dió licencia para que se volviese á su desierto. No obstante este permiso, y el habérsele admitido la renuncia del arzobispado, entró en nuevas dudas sobre si le convendría ó no le convendría retirarse á su antigua soledad. Estaba el Papa para partir á Francia, y recelaba que, hallándose en el reino la corte pontificia, le empeñasen en nuevas ocupaciones y negocios; por lo que, teniendo noticia de que había en el centro de la Calabria un desierto aun mucho más horroroso que el de la Cartuja, resolvió no pensar ya más en ésta, y desterrarse para siempre de su país. Retiróse, pues, con algunos discípulos que había juntado en Roma al desierto de la Torre, en el obispado de Squilache, donde se entregó totalmente á la contemplación y á los ejercicios de la más rigurosa penitencia.

Cuanto más cuidado ponía San Bruno en ocultarse, más se complacía la divina Providencia en darle á conocer al mundo. Saliendo un día á cazar en el bosque de Squilache Rogerio; conde de Sicilia y de Calabria, quedó extraña, pero gustosamente sorprendido, viendo capilla, celdas y solitarios en aquel desierto. Trabó conversación con San Bruno, y, habiéndose informado de su manera de vida, quedó tan prendado y formó tan alto, concepto de la virtud y del extraordinario mérito de nuestro Santo, que, en señal de lo mucho que le veneraba, hizo dar mayor extensión á su ermita; asignóle una posesión que estaba cercana á ella, junto con el monasterio de San Juan, todo para su sustento, y mandó edificar una iglesia, que San Bruno dedicó á la Santísima Virgen, su tierna y favorecida devoción.

Tenía San Bruno muy presentes á sus primeros discípulos de la Cartuja, y así les envió ciertas constituciones, para que en todas partes fuese uniforme la vida de los cartujos. Con este mismo fin hizo un viaje á Calabria Lauduino, á quien el Santo había nombrado por prior en su lugar, para conferenciar con él extensamente. Pero no bien se habla puesto en camino para restituirse á Francia, cuando cayó enfermo San Bruno con cierto y claro conocimiento de que aquella enfermedad le había de llevar á la sepultura. Entonces todo creció visiblemente en él; su fervor, su devoción, su celo y hasta su misma penitencia. El domingo siguiente, 6 de Octubre, recibidos todos los sacramentos, armado con su cilicio, y un devoto crucifijo arrimado á los labios, entregó apaciblemente su espíritu en manos de su Dios el año de 1101, aun no cumplidos los cincuenta de su edad, al décimocuarto de la fundación de la Cartuja en el Delfinado, y al quinto después de su retiro á la Calabria.

Fué honoríficamente enterrado su cuerpo en la iglesia de Nuestra Señora, que también se llamaba de San Esteban, y se le dió sepultura detrás del altar mayor, haciéndola gloriosa el Señor con mucho número de milagros. Fué el primero de todos una milagrosas fuente que el mismo día de su entierro brotó junto á su sepultura, cuyas aguas fueron saludables para todo género de enfermedades. Comunicado á sus hijos el espíritu de retiro, de soledad, de silencio y de humildad que resplandeció en el santo Patriarca., se contentaron por largo tiempo con invocarle en particular, sin hacer fiesta pública á su ilustre fundador, hasta que, en el año de 1514, el papa León X mandó que se solemnizase públicamente el día 6 de Octubre. Entonces elevaron el santo cuerpo los cartujos de la Calabria para exponerle á la pública veneración. Colocáronle después debajo del altar mayor; aunque, para satisfacer la devoción de los pueblos, separaron su santa cabeza, y la engastaron en un preciosísimo relicario, enviando á la gran Cartuja la mandíbula inferior con los dientes. También se repartieron varias reliquias á las Cartujas de Colonia, de Nápoles, de París, de Friburg, de Brisgau, de Bolonia, y á algunas otras. El papa Gregorio XV mandó insertar su oficio en el Breviario Romano, y Clemente X ordenó que se celebrase con rito doble.

P. Juan Croisset, S.J.

chartreux

Cartusia Lover

Evagrio, el Monje

Evagrio Póntico
Evagrio Póntico

Evagrio, este hombre sabio e insigne que floreció alrededor del año 380, fue promovido poel gran Basilio a la dignidad de lector y, por el hermano de éste, Gregorio de Nisa, fue ordenado diácono. Fue instruido en las Sagradas Palabras por Gregorio el Teólogo: por éste fue incluso nombrado archidiácono, cuando le fuera encargada la iglesia de Constantinopla, según Icéforo Calisto, libro 11, capítulo 42. A continuación, abandonadas las cosas del mundo, abrazó la vida monástica.

Siendo realmente sutil al entender y habilísimo en exponer lo que entendía, Evagrio ha dejado muchos y variados escritos. De entre los mismos, han sido elegidos para este libro, el presente discurso a los hesicastas y sus capítulos sobre el discernimiento de las pasiones y de los pensamientos, en cuanto que son textos muy oportunos y de gran aplicación.

Las noticias a propósito de Evagrio nos fueron proporcionadas especialmente por Paladio en la Historia lausíaca (texto griego e italiano en la edición, a cargo de Ch. Mohrmann y C. J. Bartelink, Fundación L. Valla, A. Mondadori 1974). Su nacimiento se sitúa alrededor del año 345 en Íbora en el Ponto. Tal como nos lo dice Nicodemo, fue promovido a lector y luego a diácono.

Bastante tentado por la vida mundana, en momento de serio peligro para su castidad, mientras se encontraba en Constantinopla, a continuación de un sueño premonitorio, partió para Jerusalén. Allí vivió por un breve período en la casa de Melania la Anciana, ilustre dama romana, quien había convocado a su alrededor, en el Monte de los Olivos una comunidad monástica. Durante su estancia allí, muchas dudas asaltaron a Evagrio, con respecto a su decisión de abandonar el mundo pero, apoyado por Melania y tomando como una nueva señal divina una enfermedad que lo aquejara, partió hacia Egipto poco después. Se estableció primeramente y por dos años, en el desierto de Nitria y luego en las Celdas, donde vivió hasta su muerte que sobrevino aproximadamente en el año 399.

Profundamente convencido respecto del valor de la austera vida monástica en el desierto, Evagrio la conoció – y la vivió – acudiendo a las fuentes, manteniéndose en frecuente contacto con Macario el Grande, iniciador de la vida monástica en el desierto de Scete, conociendo también al otro Padre Macario. El ambiente en el cual Evagrio vivió hasta su muerte su vida monástica contrastó, por cierto, con la estructura intelectual de la cual estaba dotado y con su gran cultura. No por ello dejó de sentir una profunda admiración por la sabiduría práctica de esos santos ancianos, frecuentemente provenientes de familias campesinas pobres. Y más aún: además de vivir esta vida del desierto, llegó a ser un teórico de la misma.

Seguidor de Orígenes, terminó, lamentablemente por extremizar justamente las teorías más discutibles de su maestro. Esto echó una sombra sobre su figura, a tal punto, que muchos de sus escritos nos fueron transmitidos al amparo de algún gran nombre de ortodoxia más afirmada. El nombre de Evagrio fue envuelto en la condena del origenismo y, por lo tanto, condenado por el Concilio de Constantinopla III (680-681), por el Concilio Niceno II (787) y por el Concilio de Constantinopla IV (869-870).

De Evagrio se puede encontrar traducido al francés el Tratado sobre la plegaría en Y. Hausherr, Les leçons d’un contemplatif : le traité de l’oraíson d’Evagre le Pontique, Paris, Beauchesne, 1960, y el Tratado práctico en la colección Sources Chrétíennes 170-171. Tanto el Tratado sobre la plegaria como el Tratado práctico, se pueden encontrar traducidos también al inglés, reunidos en un único volumen, en las ediciones Cistercians Publications, Massachusetts, Spencer, 1970.

Obras

  1. A Propósito Del Discernimiento De Las Pasiones Y de los pensamientos
  2. Los Sueños
  3. El Demonio de la Tristeza
  4. La Vanagloria
  5. Evágrio Pôntico – Ditos Espirituais dos Padres do Deserto
  6. Discurso Sobre La Oración

Texto e imagen extraídos de:

ecclesia

Regla para eremitas

Para los que vivimos en cualquier parte.

En el mundo o fuera de él

más allá de todo mundo

y en cualquier tiempo

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LECTOR:

Tienes la oportunidad de dejar este mundo y de seguir al Señor. No dudes un instante. No permanezcas observando lo que queda atrás, en el camino, ni sueñes con tu fantasía, gestando fantasmas en un futuro que no es y que, seguramente, nunca será.

Deja. Aventúrate, en cambio, por las sendas de la Eternidad, que ya están a tu disposición. No sólo no están lejos sino que en este mismo instante se abren para ti.

Tal vez pensabas que alcanzarías una vida mejor mudando de lugar o escapándotedel tiempo. Nada de eso. Aquí hallarás una pequeña senda para horadar el instante y el lugar en que te encuentras y pasar del otro lado. Más allá.

No te turbe tu pasado. No te angustie el mañana. Simplemente estás aquí y ahora con el Señor. Es Él quien te llama.

Y no quieras saber otra cosa. No te pierdas en vericuetos ni te distraigas en tu propio laberinto. No te justifiques buscando razones para escapar de la senda del Señor. Que no te deslumbren los espejismos de un mundo que perece.

Aquí intentamos no caer en el precipicio de la muerte. Aquí pedimos al Señor la Salvación… No pretendemos dar lecciones sino aprender a abrir las puertas de par en par al Salvador.

Abre estas páginas y reconoce, en ellas, una insinuación. Una suerte de invitación a subir mucho más alto. Solo son un punto de partida.

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PRIMERA PARTE

Conducta y actitudes en la jornada

1. Al comenzar el día, ármese, el lector, con la señal de la Cruz y conságrelo, todo entero, en un breve acto al Señor.

2. Renuncie explícitamente, con una cortísima invocación, a cualquier vanidad o distracción durante la jornada. Haga el propósito, sinceramente, de no apartarse del Señor. Recuerde el aforismo de San Juan de la Cruz que nos enseña que sólo Dios es digno del pensamiento del hombre.

3. Pida, en fin, con plegarias e invocaciones, la gracia de la contemplación y de su perseverancia.

4. Sepa que el diablo lo tentará con muchisimas distracciones u ocupaciones disfrazadas de la razón de bien. Rechace, con vigor, estos engaños y no viva volcadohacia afuera sino recogido y advertido. Pida al Señor el don del discernimiento y busque la paz. Su principal ascesis sea el silencio.

5. No por mucho empeñarse logrará mejores resultados. Combata la ansiedad que lo oprime y permanezca quieto, atento al silencio interior. El Señor no quiere esos sus trabajos y sus cosas sino a toda su persona. No pierda el tiempo.

6. El mundo, en el que le toca peregrinar, se asemeja al caos. La mayoría de los hombres, en los centros urbanos, vive en desorden y desarmonía. No tema, ni se deje atrapar por ningún lazo. Sobre todo, no preste atención a lo efímero.

7. La mano izquierda no ha de saber lo que hace la derecha. Transcurra la jornada en olvido de sí.

8. Recuerde que lo más grande siempre resulta incómodo. Con la ayuda de Dios vencerá cualquier asedio. El Verbo de Dios, en la estrechez e incomprensión de este mundo, en su humillación y obediencia, no pierde grandeza sino que es exaltado.

9. No se apresure. Deténgase y sosiéguese. No haga una cosa después de otra con precipitación. Anímese a dejar que se vaya su medio de locomoción. No corra detrás de nada. Vuélvase a cerrar delicadamente las puertas cuando pasa a través de ellas y, como aprenden los Cartujos en su Noviciado, no las cierre de un golpe sino articulando su mecanismo. Entre paso y paso descubrirá el silencio.

10. Interrumpa, con frecuencia, sus movimientos. Respire hondo e invoque al Señor antes y después de cada paso. Sosiéguese. No se apresure ni en hablar ni en responder.

11. No se apresure por hacer esto o aquello. Con antelación a cualquier trabajo o empeño diga una jaculatoria. Desconfíe de sus propias urgencias.

12. Sea firme en sus convicciones, pero siempre dispuesto y pronto para abrazar la verdad.

13. Trabaje en silencio, sin decir lo que hace. No busque reconocimiento ni aplauso. Acepte lo que la misma Providencia le depara en todo lo que se refiere a sus acciones.

14. Sepa, en todo lo que emprende, que su Patria verdadera es el Cielo y que ahora se halla en el misterio del exilio. Pero no olvide que encontrará ya el cielo en su alma. Su mismo espíritu le anticipa la eternidad.

15. No establezca ni se ate con un horario rígido. Adhiera a un orden armónico que pueda, fácilmente, adaptar. Busque también la belleza en la sucesión de las horas.

16. Intente integrar las sorpresas, esto es: lo imprevisto. No desvanezca ante ello. La vida contemporánea abunda en lo que no se aguarda. En ocasiones se trata de las trampas del diablo para que pierda el equilibrio en su camino. No preste atención ni se angustie, que todo pasa. Continúe como si nada ocurriera, morando en el silencio de su propio interior. Cultive la paz.

17. Aprenda a vivir en algunos minutos o, quizá, en algunas horas, lo que otros viven a lo largo de todo su tiempo. Así la soledad, el retiro, el recogimiento… Seamonje de un sólo día. Aproveche los momentos y las auroras. Descubra en las horas y en los paisajes, en la música y en toda manifestación de la belleza, la hondura de su verdadera soledad interior.

18. Se ha dicho que el verdadero hombre es el del verdadero día, del eterno día. Es capaz de vivir toda la vida en un solo día. Quizá porque todas sus jornadas son las de siempre. Oriéntese, pues el lector y peregrino, hacia el último día. Cada instante le entregará la Eternidad.

19. Aprenderá a prolongar los instantes privilegiados, cuando el tiempo es atravesado verticalmente. Así la Santa Misa, como toda celebración de la Liturgia en la que haya participado. Y aún aquéllas que le son lejanas, en el tiempo y en el espacio. Únase, por dentro, a la vida que no ve y que, sin embargo, requiere de su plegaria y de su vigilia.

20. Lo mismo en los instantes de silencio y de recogimiento. Especialmente descubra el misterio religioso de la noche y haga de esas horas su propio desierto.

21. Tenga en cuenta que velar en la noche puede ser mayor que esconderse en el fondo del desierto. La soledad –decía André Louf– era un porción del mundo que servia al ermitaño para situarse en el universo. La porción que ahora le pertenece es: tiempo. Vigile y vele, según sus posibilidades, y proyecte su vigilia en todas las horas.

22. Tenga presente lo que enseñaba San Isaac el Sirio: si un monje, por razones de salud, no pudiese ayunar, su espíritu podría, por las solas vigilias, obtener la pureza de corazón y aprender a conocer en plenitud la fuerza del Espíritu Santo. Pues sólo quien persevera en las vigilias puede comprender la gloria y la fuerza que se esconden en la vida monástica.

23. Permanezca en vigilia por medio de la oraciones breves. Practique la Lectura espiritual y, a ser posible, rece, diariamente, todas las horas del Oficio Divino.

SEGUNDA PARTE

Elementos generales

El lector ha de tener en cuenta su posición con respecto al mundo, una vez que lo ha dejado todo por Dios. La formulación exacta es la siguiente: se ha dejado a sí mismo y ha acudido al llamado del Señor que es su vida. Antes que cualquier decisión posterior se ha postrado para adorar. Con ello reconoce el primado de la contemplación.

Ahora, con abandono, siga su camino y observe:

24. No afincarse en época ni en lugar alguno. Renunciar decididamente a cualquier forma de poder aún cuando aparezca conveniente o con el pretexto de contribuir a formas apostólicas. Despojarse de cualquier medio y presentarse en el Nombre y la Palabra de Dios. No apelar a ninguna alianza ni servirse de ella.

25. No habitar espiritualmente ningún lugar transitorio. Los cristianos habitan el mundo pero no son del mundo… los cristianos viven de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos (Ep Diogn. VI.3 y 8), Habitan sus propias patrias como forasteros… Toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña (Ibid. V.5). Ser, por tanto, peregrino en el desierto de este mundo.

26. Abandonarlo todo en el Señor. Abandonar todo es consecuencia de la metanoia. Lo que caracteriza el desierto interior es el total abandono en el Señor. La apatheia cristiana – ha dicho Hans Urs von Balthasar – es lo contrario de una técnica hecha para protegerse del sufrimiento, es el puro abandono al amor eterno, más allá del placer y del dolor. Dejar de lado previsiones e inquietudes. Péguy decía que no es mayor pecado la inquietud que la pereza.

27. La renuncia a cualquier poder de este mundo, comporta armarse de las propias fatigas. La misma palabra koposutilizada por San Juan (Jn. 4,38) y por San Pablo (I Cor. 3,8) para designar las fatigas del apostolado es empleada en los Apotegmas de los Padres para expresar los trabajos del monje.

28. Dejar cualquier compromiso con el poder de este mundo implica, desde luego, disponerse a la contemplación y a la única obra de Dios.

29. El peregrino no ha de temer la lucha sino confiar en la Gracia del Señor con humildad y con paciencia. Tenga presente el siguiente texto de Diadoco: La impasibilidad no consiste en no ser atacado por los demonios, pues entonces deberíamos, como lo dice el Apóstol, irnos de este mundo (I Cor. 5,10), sino en permanecer inexpugnables cuando nos atacan (XCVIII-160).

30. Practique el silencio interior según el siguiente Apotegma: El Abad Isaac estaba sentado un día junto al Abad Poimén; se oyó, entonces, el canto de un gallo. Aquél dijo: ¿es posible oír esto aquí, Abad? El otro respondí: ¿Isaac, por qué me fuerzas a hablar? Tú y los que se te asemejan escucháis esos sonidos, pero el hombre vigilante no se preocupa por ello (Poimén 107 – Sentencias 245).

31. Convertirse en discípulo que sabe escuchar y discernir. En muchas ocasiones los sonidos manifiestan el silencio. En efecto, lo importante no es lo que llega sino cómo lo recibimos.

32. Permanecer débil y vulnerable, sin fuerzas, sin alianzas comprometedoras, sin tratados ni defensas. En lugar de espiritualidades, dar lugar al Espíritu.

33. Tenga el corazón fijo en Dios y cuando padezca la adversidad o sufra algún despojo, o lo que sea, no se compadezca a sí mismo ni se observe, no guarde en la memoria ni recuerde. Pase por encima de las miserias de este mundo, respetando y aceptando el nivel de cada cosa.

TERCERA PARTE

El Recogimiento

34. El recogimiento es lo esencial de esta Regla. Se entiende por recogimiento la unificación interior de la persona en la Presencia de Dios.

35. Aún cuando no pudiera, por motivo válido, ser observado uno u otro de los artículos de esta Regla, bastará esta tercera parte para cumplir con ella.

36. Vivir de la Presencia de Dios en todo tiempo y lugar y someterle todo.

37. Estos artículos no se refieren, desde luego, a cuanto compete al cristiano en su condición de tal. Presuponen el llamado a la santidad y a la unión con Dios. En cambio apuntan al recogimiento habitual de los que perciben una especial vocación a la contemplación y a la intimidad con el Señor.

38. La Contemplación consiste en atender y adherir a la Presencia de Dios en el fondo, raíz y centro de nuestro ser. Teniendo en cuenta que ésta es una gracia, viva de ella y pídala constantemente. Recuerde que el contemplativo no conoce más o menos que otros, sino que –como decía un cartujo– es capaz de extasiarse donde los demás pasan con indiferencia.

39. La Contemplación no es un camino de conocimiento sino un llamado a una experiencia que trasciende todo camino o proyecto.

40. Disponga de un tiempo infinito para Dios. Practique, asiduamente, la Lectura espiritual.

41. Si, alguna vez, se hallara en un ambiente adverso y descubriera que los más cercanos son los más distantes, convierta todo ello en escuela de Caridad y aprenda a trascender, por lo alto o por lo bajo, las imposiciones de cualquier lugar.

42. No deje de combatir. Sea fiel y constante. Huya de los laberintos. La lucha es siempre saludable. Sea perseverante en las pruebas.

43. Silencio y recogimiento. Solo Dios basta. En un corazón puro no existen más disonancias ni distancias con Dios. Está abierto al Misterio y se halla en conformidad con la Voluntad del Padre. El auténtico silencio es propio de un corazón puro, semejante y unido al Corazón de Dios. Podrá, pues, vivir en un silencio completo cuando descanse sin reparos, como un niño, en el mismo Señor.

44. El silencio consiste, sobre todo, en callar para oír algo siempre más grande. Deje sus análisis y el alud de sus deducciones. Permita que el silencio se manifieste en su interior. Puede estar muy empeñado en todo tipo de actividades y, al mismo tiempo, gozar del silencio, que es patrimonio del alma y expresión de Dios.

45. No cometa agresiones ni abuse de cuanto pasa. Respete y no se apresure a responder o a intervenir en lo que sea. Mira con benevolencia. Todo está a su favor.

46. Libérese de todo lo que no lo atañe. No dependa de personas o de situaciones. Calle las voces que lo lleven a analizar en exceso. Busque su refugio y su auxilio en sólo Dios. Nunca será defraudado.

47. Corazón puro. Unificado en el Señor. Va a Dios por Dios. Dios mismo es su vida. Que la invocación del Nombre de Jesús le recuerde, constantemente, la Presencia del mismo Señor y su unidad interior e intima en Él.

48. Encuentre el misterio del desierto en su proprio interior y en cuanto eventualmente lo circunda.

49. Toda desolaciónprueba podrá conducirlo, si así lo quiere, al Misterio de Cristo.

50. Es propio del solitario estar con el Señor en su Agonía. Ofrezca y consagre las horas y el sufrimiento consciente de su fecundidad.

Padre Fray Alberto E. Justo, O.P.

Aspectos de la vocación eremítica

Camino hacia la aurora

ermitaño urbano

De la duda y la evidencia

Icono Bizantino de la Anunciación

La dubitación surge cuando el centro soy yo, en cuanto ego.

Por lo contrario, cuando el interés radica en hacer lo que agrada al Señor, en cuanto seguir la voluntad suya enteramente, se dan los signos claramente en el corazón. Esto es: En la conciencia que se vuelve sobre si misma ante la Presencia de Dios.

No puede equivocarse el bien intencionado en esto: El hombre interior sabe a ciencia cierta si esa o aquella acción se corresponde con su Sagrado deber.

El deber ante Dios, no excluye la congoja o aún el temor, sin embargo subyace la paz profunda de estar haciendo lo que El Señor quiere.

En general, menudencias distraen al ser esencial, queriendo apartarlo  de Su centro. Importa llegar a estar con Dios y solo eso, a uno y a todos los hombres.

Todo problema, toda duda y angustia, surgen ante la ausencia de la Sagrada Presencia.

Si en Dios…¿qué temo? Temo porque no siento a Dios conmigo. Y si a Dios no siento es porque algo quiero para mi que no es estar con Dios.

Porque si lo quiero a Él se silencia todo movimiento en mí, y al esto producirse, Su santa presencia emerge evidente, al no estar ya el  claro reflejo de la conciencia movido por las múltiples apetencias.

De suerte que todo movimiento surge del ansia y toda quietud de la gracia; el ansia busca el placer y la gracia a Dios, volviéndose hacia el sitio de donde provino.

Ignorantes erramos creyendo felicidad el hartazgo del sentido, absortos en el velo de la medianía, abrazamos la miseria; sin saber que al inclinarnos hacia la total renuncia, el abandono sin límites y la sumisión completa, recalaríamos en el puerto de Sus brazos haciéndonos Uno con Él.

En lo que atañe a la ascesis de los sentidos, la resistencia se manifiesta ante el cambio pretendido. El vicio ejerce inercia, oponiéndose a la purificación que quisiéramos operar.

Es decir que la resistencia muestra la voluntad nueva que la actúa, queriendo mutar la esclavizante costumbre en liberadora praxis. Esta fuerza de lo nuevo libre, ha de sostenerse  apenas un poco, lo suficiente hasta que el sentido acoja la penitencia con el mismo gusto con que antes  lo malsano.

En muy poco tiempo, mucho menos que lo que el tentador pretende que creamos; toda la percepción adecúa su linde al nuevo rigor, disfrutando ahora el pan desnudo y simple como antes el manjar untuoso, acogiendo el duro lecho sin ablandes con el mismo regocijo que antes, los mullidos edredones.

Pero  vale aclarar, que este disfrute y regocijo que se hallan también en la rusticidad de la regla, no encadenan reclamando a cada paso nueva manifestación; sino que van soltando al cuerpo hacia una experiencia de la libertad por entero novedosa, hacia una liviandad y extrañeza de los apetitos e ínfulas que antes constituían su vida por entero.

Y es por cierto este nuevo espacio rústico, libre de afeites y amaneramientos y consentimientos varios, en el que comienza a mostrarse el rostro de Aquél, que ajeno a toda riqueza habla en el corazón de la pobreza.

Porque El Señor es simple como el agua y liviano como el aire; el cuerpo torna entonces instrumento del espíritu transponiéndose así el obstáculo en medio.


Monje eremita, misionero en el desierto

Eremita en el desierto
Eremita en el desierto

Padre, en tus manos me pongo,
haz de mi lo que quieras. 
Por todo lo que hagas de mi, te doy gracias. 
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal de que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas. 
No deseo nada más, Dios mío. 
Pongo mi alma entre Tus manos, te la doy, Dios mío,
con todo el ardor de mi corazón porque te amo, 
y es para mi necesidad de amor el darme,
el entregarme entre tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.

Oración de Abandono


«Dios mío, el lugar y el tiempo son los adecuados, estoy aquí en mi casita, ya anochece, todo duerme, no se oye más que la lluvia y el viento y algún gallo lejano que… a pesar mío, me recuerda la noche de tu pasión… ¡Enséñame a orar, Dios mío, en esta soledad, en este recogimiento! Aquel que ama y está frente al Bienamado, ¿podrá alejar sus ojos de Él?  Orar es mirarte, porque Vos siempre estás allí, ¿podría yo, si te amo de verdad, no mirarte sin descanso?”

(Nota escrita durante un Retiro)


Webs Relacionadas:

Hermanitas   –  Foucauld

Imagen extraída de:

Abandono


Beato Charles de Foucauld

 

 

Monje eremita y misionero
Monje eremita y misionero

 

 

Beato Charles de Foucauld

Soldado, geógrafo, Trapense, lingüista, Ermitaño, sacerdote diocesano

(1858 Estrasburgo – 1916 Hoggar)

 

Un joven entra en un confesionario de la iglesia de San Agustín, en París, se inclina ante el sacerdote y dice: «Señor párroco, no tengo fe; vengo a pedirle que me instruya». El sacerdote lo examina con la mirada« «Póngase de rodillas, confiésese con Dios y creerá. –Pero, no he venido para eso« –¡Confiésese!». El que quería creer, siente en ese momento que el perdón es la condición para alcanzar la luz. Arrodillado, confiesa toda su vida. Una vez el penitente ha recibido la absolución de sus pecados, el párroco prosigue: «¿Está usted en ayunas? –Sí. –¡Vaya a comulgar!». El joven se acerca inmediatamente a la santa mesa; era su «segunda primera Comunión»« El hecho acontece a finales de octubre de 1886. Ese sacerdote, famoso por su habilidad a la hora de dirigir almas, es el párroco Huvelin, y ese joven de 28 años se llama Charles de Foucauld.

Nacido el 15 de septiembre de 1858 en Estrasburgo, en el seno de una familia muy cristiana, Carlos pierde a su madre y a su padre el mismo año, en 1864. Se hace cargo de él, y también de su única hermana, María, su abuelo el señor Morlet, coronel retirado. Carlos es afectuoso, ardiente y estudioso, convirtiéndose en el objeto de los mimos del abuelo, para quien los arrebatos del muchacho merecen una indulgencia secreta y pasan por ser una señal de su temperamento. El señor Morlet y los niños se establecen en Nancy en 1872. A partir de entonces, Carlos adquiere la costumbre de mezclar sus estudios con multitud de lecturas elegidas sin discernimiento. El resultado es que, al final de sus años de escolaridad, ha perdido la fe, «y no era el único mal, confiará más tarde« Dejamos que los niños entren en el mundo sin darles las armas indispensables para combatir a los enemigos que encuentran en ellos y fuera de ellos, y que les aguardan en tropel. Los filósofos cristianos han resuelto, desde hace mucho tiempo y con gran claridad, infinidad de cuestiones que cada joven se plantea febrilmente sin sospechar que la respuesta existe, luminosa y límpida, a dos pasos de él». Él mismo insistirá en que sus sobrinos sean educados por maestros cristianos: «Nunca tuve un maestro malo, pero la juventud necesita ser instruida no por neutros, sino por almas creyentes y santas, y además por personas que sean capaces de dar razón de sus creencias y de inspirar en los jóvenes una firme confianza en la verdad de la fe«».

Todo impiedad, todo deseo del mal

Con el título ya de bachillerato, curioso de todo, decidido a disfrutar aunque triste, Carlos se va a París para preparar el ingreso en la academia militar de Saint-Cyr. Él mismo dirá que era todo egoísmo, todo vanidad, todo impiedad, todo deseo del mal« Es tal su pereza que, en el transcurso del segundo año, es expulsado« Sin embargo, es admitido en la academia en 1876, uno de los últimos de la promoción. En 1878, pasa a la academia de caballería de Saumur, donde vive, según testimonio de un amigo, «una existencia de dulce filósofo epicúreo»; Carlos vive a todo tren, se viste con extrema afectación y organiza fiesta tras fiesta. Su tío se alarma y lo dota de tutela judicial, lo que encoleriza en extremo al sobrino. En 1880, el subteniente Foucauld parte con su regimiento hacia Argelia. Una joven se reúne allí con él, presentándose como su esposa legítima, pero cuando sus superiores se percatan de la verdad, le instan a que envíe a su compañera a Francia. Ante la negativa absoluta de Carlos, la sanción no se hace esperar: es declarado en situación de disponible por indisciplina y mala conducta. Se produce entonces en Argelia la insurrección del caudillo musulmán Bu’Amama, y Foucauld no puede hacerse a la idea de que sus camaradas vayan a combatir, acariciando el honor y exponiéndose al peligro, sin él. Se le concede entonces permiso para incorporarse al regimiento. «En medio de los peligros y privaciones de las columnas expedicionarias –dirá uno de sus amigos, el general Laperrine– demostró ser un soldado y un jefe«».

Tiene veinticuatro años y es seducido por el silencio habitual de los países del norte de África, por el espacio, lo imprevisto y lo primitivo de la vida, el misterio de sus habitantes« Presenta su dimisión del ejército y se lanza a una expedición de lo más difícil: explorar Marruecos, un país entonces muy cerrado, sobre todo a los cristianos. Acompañado de un rabino judío nacido en ese país, Carlos, que se hace pasar también por rabino, atraviesa la frontera en junio de 1883, recorriendo Marruecos durante once meses. Varios instrumentos de medida, que disimula entre los pliegues de la ropa, le permiten, aun a riesgo de ser sorprendido, realizar observaciones y tomar notas sobre ese país todavía desconocido. En mayo de 1884, regresa a Francia cargado de datos científicos que recoge en su Reconnaissance au Maroc, libro que le vale enseguida la estima del mundo científico.

Su familia lo acoge con alegría y afecto. Aunque conocen sus excesos y su estado de ánimo, no le hacen ningún reproche, sino que, antes al contrario, lo felicitan por el éxito de su aventura y lo ponen en contacto con la sociedad más selecta en cualidades espirituales y convicciones cristianas. Carlos ha quedado impresionado por lo que ha visto en el norte de África, y en especial por esa continua invocación a Dios. Todo el aparato religioso de la vida musulmana le mueve a reflexionar: «¡Y yo que no tengo religión!». Piensa incluso en hacerse musulmán, pero al primer examen se percata de que la religión de Mahoma no puede ser la verdadera, «ya que es demasiado material». A pesar de la agradable vida que lleva, su tristeza no hace más que aumentar. En sus horas libres, abre los libros de los filósofos paganos, pero sus respuestas le parecen pobres«

Nadie se lo ha podido arrebatar

Y he aquí que, providencialmente, una tarde de 1886, Carlos se topa con el párroco Huvelin, en casa de su tía Moytessier. La ternura de ese hombre de Dios por los pecadores conmueve a los más indiferentes; él piensa, por ellos, en la hora definitiva en que serán juzgados y condenados para siempre. Aquella tarde, el intercambio de ideas entre ambos resulta banal, pero la Providencia convierte aquello en la causa inmediata de la confesión que operará un cambio total en la vida de Foucauld. En noviembre de 1888, Carlos embarca hacia Tierra Santa, recorriéndola durante cuatro meses. Le seduce sobre todo Nazaret; le inspira un amor que no se apagará con la vida oculta, la obediencia y la humilde condición voluntariamente elegida. Pues piensa en quien vivió allí treinta años, y de quien el párroco Huvelin decía: «Hasta tal punto Nuestro Señor ocupó el último lugar, que nunca nadie se lo ha podido arrebatar». Tras su regreso, tres retiros espirituales le ayudan a discernir su vocación: Dios lo llama a ser monje trapense. A finales de 1889, abandona sus bienes y parte a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Ardèche. El 26 de enero de 1890, el padre abad le entrega el hábito, recibiendo el nombre de fray Alberico.

Sus treinta y dos años se adaptan sin esfuerzo al régimen del monasterio; lo único que resulta difícil a su naturaleza orgullosa es la obediencia. En sus combates, le sostiene su intención inicial: «Quería entrar en la vida religiosa para acompañar a Nuestro Señor en sus penas« Jesús me toma de la mano, introduciéndome en su paz y alejando la tristeza en cuanto pretende aproximarse». El 27 de junio de 1890, fray Alberico ve realizado un proyecto del que había hablado al abad nada más llegar: ser destinado a un monasterio muy pobre situado en Siria, la Trapa de Akbés, a fin de poder vivir en el anonimato, todavía más pobre, y de encontrarse próximo a Tierra Santa, donde trabajó y sufrió el Hijo de Dios. En ese lugar, los religiosos viven en medio de una población formada por kurdos, sirios, turcos y armenios, que se convertirían –escribe– en «un pueblo valiente, laborioso y honrado, si fuera instruido, gobernado y sobre todo convertido« Nos corresponde a nosotros labrar el porvenir de esos pueblos. El porvenir, el único porvenir, es la vida eterna, y esta vida no es más que una corta prueba que prepara para la otra« La predicación en los países musulmanes es difícil, pero los misioneros de tantos siglos pasados supieron vencer otras muchas dificultades« Seamos ejemplo de una vida perfecta, de una vida superior y divina».

En 1892, unos meses después de haber pronunciado los votos, fray Alberico recibe la orden de iniciar estudios teológicos para convertirse en sacerdote. A pesar de la «extrema repugnancia» que siente hacia todo lo que le aleje del último lugar que ha venido a buscar, se pone manos a la obra. Al mismo tiempo, expone al padre abad general la persistente atracción que siente por un género de vida todavía más humilde, fuera de la orden cisterciense. El padre abad le manda llamar a Roma para que curse dos años de estudios. Obediente, fray Alberico llega en octubre de 1896. No obstante, el abad general le concede la facultad de abandonar la Trapa, a partir del mes de enero, y de seguir la llamada de Dios.

«Gozo hasta el infinito»

Fray Carlos de Jesús –es el nombre que adoptará en adelante– regresa entonces a Nazaret. Las religiosas clarisas lo admiten como criado: «Gozo hasta el infinito de ser pobre, vestido de obrero, en esa baja condición que fue la de Jesús«». Son muchas las horas que pasa en adoración ante el Santísimo Sacramento. Un día, deja escapar de su corazón estas notas de agradecimiento: «Dios mío, todos debemos cantar tus misericordias, todos nosotros que hemos sido creados para la gloria eterna y redimidos por la sangre de Jesús, por tu sangre, Señor y Jesús mío, que estás junto a mí en este sagrario; pero, si todos debemos hacerlo, ¡yo mucho más!, yo que desde la infancia he estado rodeado de muchos favores, que soy hijo de una santa madre, que aprendí de ella a conocerte, a amarte y a rezarte en cuanto pude entender una palabra. Y los catecismos, las primeras confesiones« aquellos ejemplos de fervor recibidos en el seno de mi familia« y, tras una larga y completa preparación, aquella primera Comunión«».

«Y cuando, a pesar de tantos favores, empezaba a separarme de ti, con cuánta dulzura me llamabas a ti por mediación de la voz de mi abuelo, con cuánta misericordia me impedías caer en los últimos excesos conservando en mi corazón mi ternura hacia él« Pero, a pesar de todo ello, por desgracia yo me alejaba, me alejaba cada vez más de ti, de ti Señor mío y vida mía« y por eso mi vida empezaba a ser una muerte, o más bien era ya una muerte a tus ojos« Y en aquel estado de muerte, aún me conservabas: había desaparecido toda fe, pero el respeto y la estima por la religión habían permanecido intactos«».

«Y por la fuerza de las cosas, me obligaste a ser casto, y enseguida, al devolverme a finales del invierno de 1886 al seno de la familia, en París, la castidad se convirtió para mí en algo dulce y en una necesidad del corazón. Fuiste tú quien lo hizo, Dios mío, sólo tú; porque yo, por desgracia, no estaba para nada. Esto era necesario para preparar mi alma a la Verdad, porque el demonio es demasiado dueño de un alma que no es casta para dejar que entre la Verdad« Y tú, Dios mío, no podías entrar en un alma donde el demonio de las pasiones inmundas reinaba como amo y señor« Dios mío, ¿cómo podría cantar tus misericordias?«».

«Te secundaba una hermosa alma, pero con su silencio, su dulzura y su perfección; ella se dejaba ver, era buena y esparcía su atractivo perfume, pero no actuaba. Y tú, Jesús mío, mi Salvador, hacías de todo por dentro y por fuera. Entonces me concediste cuatro gracias. La primera consistió en inspirarme este pensamiento: puesto que esa alma es tan inteligente, la Religión en la que tan firmemente cree no podría ser una locura, como creo yo. La segunda consistió en inspirarme este otro pensamiento: puesto que la Religión no es una locura, quizás la Verdad que no está en la tierra en ninguna otra religión, ni en ningún sistema filosófico, se encuentre allí. La tercera consistió en decirme: estudiemos pues esta Religión, tomemos un profesor de religión católica, un sacerdote instruido, y veamos qué ocurre. La cuarta consistió en la gracia incomparable de dirigirme al párroco Huvelin« Y desde entonces, Dios mío, todo ha sido un encadenamiento de gracias« Una marea ascendente, ¡siempre ascendente!».

Una Misa más, cada día

La reputación de santidad de fray Carlos se propaga sin él saberlo. La abadesa de las clarisas de Jesusalén le exhorta a prepararse para el sacerdocio. Para vencer sus resistencias, le hace observar que, en el caso de que aceptara, habría cada día en el mundo una Misa más en la tierra. Si ha recibido dones, ¿acaso son para él solo? Este argumento le hace vacilar; una respuesta del párroco Huvelin hace el resto. Fray Carlos regresa entonces a Francia, a Nuestra Señora de las Nieves, donde se prepara para la ordenación, que tiene lugar el 9 de junio de 1900. ¿Qué hará en adelante? Con la aquiescencia del obispo de Viviers y del párroco Huvelin, irá a llevar el Evangelio a los pueblos del Sahara, que se encuentran entre los más abandonados«

La vida del padre Carlos de Jesús se desarrolla a partir de entonces en el desierto: primero en Beni-Abbès, en el sur de Orán, y luego en Tamanrasset, en el macizo del Hoggar, a 1.500 kilómetros al sur de Argel. Es perfectamente consciente de ser el primer sacerdote de la historia en residir y celebrar la santa Misa en aquellos lugares. Su objetivo es abrir el corazón de los musulmanes –árabes y también tuaregs–, facilitándoles el contacto con la civilización cristiana y con un sacerdote, a fin de permitir, más tarde, su evangelización con misioneros en el pleno sentido del término. Con esas gentes ejercita una caridad generosa y desinteresada, hablándoles de Dios y enseñándoles los preceptos de la religión natural.

Se ha dicho que el padre Foucauld no predicaba de ningún modo la fe y que se limitaba a una presencia muda en medio de los musulmanes. Ya el general Laperrine se irritaba por ello, según anotó en su diario: «¿Y sus conversaciones? ¿Y su ropa?». Cuando alguien se presenta ante la puerta de la ermita, fray Carlos aparece, con la mirada llena de serenidad y la mano tendida, envuelto en una gandura blanca, en la cual hay cosido un corazón rojo coronado por una cruz. Esa imagen del Sagrado Corazón proclama la fe de ese hombre blanco, y toda su vida pone de manifiesto el Evangelio. Los indígenas no se equivocan. En un informe dirigido al prefecto apostólico del Sahara, fray Carlos anota: «Para los esclavos (la esclavitud era práctica corriente en el desierto), dispongo de una pequeña habitación donde los reúno«; poco a poco, les enseño a rezar a Jesús« Los viajeros pobres encuentran también en la Fraternidad un humilde albergue y una pobre colación, con una buena acogida y algunas frases para conducirlos al bien y a Jesús«». A un amigo le escribe: «Me aflige ver a los niños vagabundeando, sin ocupación, sin instrucción, sin educación religiosa« Unas pocas hermanas de la caridad conseguirían, en poco tiempo y con la ayuda de Dios, que todo este país se entregara a Jesús».

Una receta contra la tristeza

Hace ya mucho tiempo que sueña con reunir una comunidad a su alrededor: los «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús», misioneros que harían conocer y amar a Jesús mediante una vida de oración, de caridad y de pobreza, en medio de esos pueblos inmensos que no conocen al único Salvador. Sin embargo, escribe: «En este momento tengo una gran paz, que durará lo que Jesús quiera. Tengo el Santísimo Sacramento, el amor de Jesús; otros tienen la tierra, y yo a Dios« Cuando estoy triste, tengo una receta: rezo los misterios gloriosos del rosario, y me digo que importa bien poco, después de todo, que yo sea miserable y que no llegue el bien que deseo. Porque todo ello no impide que el Bienamado Jesús –que desea el bien mil veces más que yo– sea bienaventurado, eterna e infinitamente bienaventurado!«».

Cuando estalla en Europa la guerra de 1914-18, el padre lleva ya nueve años establecido en el Hoggar. De las seis tribus tuaregs entre las cuales vive, tres se han sometido a Francia y le son fieles, pero las demás aprovechan el conflicto europeo para insuflarles el espíritu de revuelta. Son conscientes de la influencia preponderante que tiene el ermitaño sobre los Tuaregs-Hoggar: «El gran interés de Tamanrasset, escribe en enero de 1914 un médico francés, es la presencia del padre Foucauld. Ha conseguido, mediante su bondad, santidad y sabiduría, una gran celebridad entre la población». Así, el padre se convierte en el objetivo de los rebeldes, que organizan un golpe de mano. El 1 de diciembre de 1916, se acercan sin hacer ruido al fortín donde éste reside y llaman a la puerta, que el eremita entreabre sin recelo, capturándolo y maniatándolo. Consciente de lo que ocurre, se prepara para la muerte. ¡Por fin ha llegado el momento tan deseado de reunirse con el Bienamado! «Soportemos todos los insultos –había escrito–, los golpes, las heridas, la muerte, rezando por quienes nos odian« a imitación de Jesús, sin otro fin ni utilidad que declararle que le amamos».

Sorprendidos por dos soldados fieles a Francia, los conjurados enloquecen. Quien se encarga de custodiar al padre le dispara a bocajarro en la cabeza. El padre Carlos de Foucauld se desliza lentamente a lo largo de la pared y se desploma: está muerto« víctima de su celo de amor por esos pueblos en los que la luz de la fe nunca había brillado. Ha dedicado su vida a darles a conocer el verdadero Dios encarnado en Jesucristo, a hacerles experimentar la misericordia de la que él mismo se ha beneficiado de forma tan manifiesta y de la que ha querido, por gratitud, erigirse en heraldo. Hasta el 21 de diciembre, el capitán de La Roche, que manda el sector del Hoggar, no puede entrar en Tamanrasset. En la tumba del padre, planta una cruz de madera. Después, al penetrar en la ermita fortificada que los bandidos han saqueado, encuentra el rosario del padre, un vía crucis que había dibujado con esmero con pluma en unas tablillas, una cruz de madera con una hermosísima imagen de Cristo«

Una custodia en la arena

Al remover el suelo con el pie, el joven oficial descubre en la arena una pequeña custodia donde permanece todavía encerrada una sagrada forma. La recoge con respeto, la limpia y la envuelve en un paño. Cuando llega el momento de dejar Tamanrasset, la coloca delante de él, en la silla del dromedario, recorriendo de ese modo los 50 kilómetros que separan Tamanrasset de Fort-Motylinski. ¡Es la primera procesión del Santísimo Sacramento que se realiza en el Sahara! El capitán de La Roche recuerda una conversación que había mantenido con el padre Foucauld: «Si le ocurriera alguna desgracia –preguntaba–, ¿qué habría que hacer con el Santísimo Sacramento? –Hay dos soluciones: realizar un acto de contrición perfecto y comulgar usted mismo, o bien enviar la sagrada forma por correo a los Padres Blancos». No puede resignarse a la segunda solución; así pues, tras llamar a un suboficial, antiguo seminarista y cristiano ferviente, el capitán se pone unos guantes blancos que nunca antes ha usado para abrir la custodia. Ahí esta la sagrada forma, tal como el sacerdote la había consagrado y adorado. Ambos jóvenes se preguntan quién de los dos va a recibirla. Finalmente, el suboficial se arrodilla y comulga.

En Beni-Abbès, Carlos había establecido un régimen de vida donde la oración ocupaba el primer lugar: santa Misa y acción de gracias, breviario, vía crucis, rosario« Pero la adoración de la Santísima Eucaristía superaba todo lo demás, ya que le dedicaba tres horas y media cada día, repartidas en tres momentos de silencio. En su diario puede leerse: «Mayo de 1903. Hoy se cumplen treinta años de mi primera comunión, de la primera vez que recibí a Nuestro Señor« Y ahora llevo a Jesús en mis miserables manos. ¡Ponerse Él en mis manos! Y ahora, noche y día, disfruto del santo sagrario y poseo a Jesús, por así decirlo, para mí solo. Y ahora consagro cada mañana la Sagrada Eucaristía, y cada noche doy con ella la bendición».

Mediante su ardiente amor hacia Jesús en el sagrario, fray Carlos se adelantaba a la llamada que, un siglo más tarde, el siervo de Dios Juan Pablo II lanzaba a toda la Iglesia: «Queridos hermanos y hermanas« Aquí está el tesoro de la Iglesia« En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia? En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos» (Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, 59, 60, 62).

Carlos de Foucauld, que fue beatificado en Roma el 13 de noviembre de 2005 amó la Eucaristía como si viera en ella, con sus propios ojos, a Cristo presente. Pidámosle que encienda en nuestras almas un amor cada vez más ardiente hacia Él, que quiere permanecer entre nosotros para ser nuestro confidente, nuestro apoyo, nuestro amigo verdadero y fiel.

Dom Antoine Marie osb

Texto extraído de:

annussacerdotalis

Webs relacionadas:

charlesdefoucauld

Hermanitas de Jesús

Artículo sobre su espiritualidad eucarística

Versión muy completa de la vida

de Anacoretas

San Romualdo eremita

A).- Los principios del anacoretismo cristiano.

Los primeros anacoretas consideraban a Elías y Juan Bautista  como sus predecesores; a imitación de Cristo, que se retiraba al desierto para ayunar y orar, algunos cristianos empezaron a llevar una vida de austeridad y trato con Dios en la soledad. Los orígenes de este movimiento son oscuros, pero sabemos que en los s. iv y v adquirió grandes proporciones en Egipto, Siria, Palestina, cte.; de manera que muy pronto hubo anacoretas en todo el orbe cristiano. S. Jerónimo pretende que S. Pablo de Tebas fue el primero de todos; pero la existencia de este personaje es incierta. En cambio no puede dudarse que el copto S. Antonio adquirió la mayor influencia y popularidad, hasta merecer el título de «padre de los monjes cristianos».

Otros solitarios santos y famosos fueron, en Egipto, Ammonas, Arsenio, Juan de Licópolis, ambos Macarlos, Pablo el Simple y otros muchos, que constituyen la serie incomparable de los «Padres del yermo». En Siria y Mesopotamia, no pocos adoptaron formas de ascetismo tremendas y espectaculares; entre todas sobresale la de los estilitas, que vivían en lo alto de una columna (stylos), a ejemplo -de S. Simeón el primero y más famoso. El a. floreció abundantemente en Palestina, la tierra de Jesús; sobre todo en el desierto de Judá. Institución originaria de Palestina fue la laura, suerte de compromiso entre el a. y el cenobitismo (vida de comunidad), pues los solitarios vivían en cabañas, no muy distantes entre sí, durante la semana; los domingos, en cambio, llevaban vida de comunidad en el cenobio, que toda laura poseía y en el que, además, se formaban los solitarios hasta que se les consideraba aptos para el combate del desierto.

Otro tipo de a. que floreció abundantemente en todas partes y en todos los siglos fue el de los reclusos y reclusas, que vivían encerrados en una celda. Muchos anacoretas, por el contrario, adoptaron la xeniteía o peregrinatio, y, a imitación de los «evangelistas» de la Iglesia primitiva, pasaban su vida en los caminos, hospedándose de ordinario en los monasterios o en las ermitas que encontraban; en los orígenes, fue la xeniteía un género de ascetismo muy estimado, pero degeneró, y S. Agustín y S. Benito fustigaron muy duramente a los monjes que llamaban girévagos.

B).- Primeras agrupaciones

Los solitarios que vivían completamente aislados, fueron la excepción. Con el fin de ayudarse mutuamente en lo espiritual y en lo material, solían agruparse en colonias más o menos numerosas y organizadas, que de ordinario tuvieron por principio un anacoreta famoso, como S. Antonio o S. Macarlo el Grande (v.), al que acudían los discípulos en busca de dirección espiritual.

En el centro de la colonia se levantaba una iglesia, servida por uno o varios monjes sacerdotes, una panadería y otras dependencias necesarias; los anacoretas vivían en cabañas, grutas o sepulturas abandonadas, solos o en pequeños grupos de dos o tres, generalmente formados por un anciano y sus discípulos, y proveían a su propio sustento y al de los pobres con el producto de su trabajo manual; sólo los sábados y domingos se reunían en la iglesia para celebrar la Eucaristía y cantar el oficio divino en comunidad, y ocasionalmente celebraban reuniones -las célebres colaciones- para tratar de temas espirituales o de los asuntos de la colonia. En todo el mundo cristiano gozaron de gran celebridad y fueron muy visitadas las colonias anacoréticas de Nitria, las Celdas y Escete, situadas no muy lejos de Alejandría.

En Occidente, S. Martín de Tours (m. 397; v.) fundó una colonia parecida en Marmoutiers (Francia) y S. Honorato (m. ca. 431), otra en una de las islas de Lérins, que más bien puede clasificarse entre las lauras. En los s. Iv y v, el a. tenía ya muchos seguidores en Italia, Francia y España; a fines de esta época empezó a arraigar fuertemente entre los celtas, que rivalizaron y aun superaron a los monjes sirios en materia de ascetismo corporal. Pero los solitarios de Occidente no tuvieron los historiadores y panegiristas que relataron las gestas de sus hermanos de Oriente, y nos son muy poco conocidos.

C).- Clases de ermitaños.

El a. tuvo su edad de oro en la época patrística. En ella surgió, arraigó y se propagó; aparecieron sus grandes adalides y prototipos; se creó su ideal de espiritualidad. Desde entonces aparecieron también las tres clases de solitarios que distingue J. Leclercq a propósito del ascetismo. medieval: los monásticos, los independientes y los agrupados en asociaciones de diversos tipos.

Los anacoretas pertenecientes a un cenobio son los más conocidos, pero no los más numerosos. Los monasterios solían tener ermitas, a las que se retiraban, temporal o definitivamente, monjes, abades o incluso obispos que habían sido monjes. A veces estos solitarios vivían en una torre o en una celda apartada del mismo, monasterio, aunque sin intervenir en la vida de la comunidad. No son raros los casos de cenobitas que practican el a. itinerante. Todos estos anacoretas estaban bajo la obediencia del abad y en íntima relación con la comunidad.

Los ermitaños independientes fueron los más numerosos, los más heterogéneos y, salvo excepción, los menos conocidos. Unos practicaban la estabilidad, vivían de continuo en una ermita determinada; otros, por temperamento o para huir de visitantes y discípulos, eran itinerantes o cambiaban con frecuencia de ermita. Unos abrazaban el a. a perpetuidad; otros, sólo por un tiempo.

Este último era el caso de tantos ermitaños que se hacían cenobitas, o de cenobitas que terminaban su vida como solitarios; S. Juan Crisóstomo, S. Gregorio de Nacianzo, S. Jerónimo, Casiano, S. Benito, S. Juan Clímaco, por no citar más que unos pocos nombres de una serie que se prolonga hasta nuestros días, practicaron el a. por un tiempo. La morada de estos ermitaños independientes solía ser una gruta, una cabaña o una modesta casita, de ordinario contigua a una iglesia u oratorio; su hábito, de las formas, telas y colores más diversos; su alimentación, a veces, extremadamente austera, y otras, mucho menos. Unos practicaban la pobreza más estricta, mientras otros poseían bienes, además de la ermita. Unos hacían los votos religiosos; otros, no.

Con frecuencia se mezclaban con el pueblo humilde y gozaban del respeto y amistad de todos, aunque a veces se burlaran de ellos. Entre ellos no fueron raros los sacerdotes y aun hubo hombres de gran cultura e ingenio; pero, en general, eran gente sencilla, a veces completamente iletrada y, por tanto, presa fácil del fanatismo y la herejía.

Finalmente, hay que tener en cuenta las agrupaciones anacoréticas de muy diferentes tipos que tanto abundaron a lo largo de los siglos. Unas pequeñas y otras grandes, unas singulares y otras que formaron verdaderas congregaciones, unas que respetaban casi íntegramente la iniciativa individual y otras que sujetaban a sus miembros a una disciplina minuciosa; tales agrupaciones suelen tener por origen a un santo personaje al que se juntaron numerosos discípulos. Algunas de ellas supieron combinar el a. con el cenobitismo. La mayor parte desapareció o evolucionó hacia la vida de comunidad perfecta.

Acaso habría que añadir aquí otra clase de a.: la de los falsos ermitaños. Las literaturas de todos los países los conocen y caracterizan muy bien. Son pobres que desean sobrevivir en circunstancias difíciles; gente perezosa, truhanes, vividores, que explotan la caridad pública; malhechores que se esconden bajo el sayal. Pero tales individuos, que por desgracia abundaron demasiado, sólo pueden darnos una mala caricatura del a., del que no fueron producto, sino rémora y descrédito. Tampoco entran propiamente en el cuadro de los ermitaños los seglares que se llaman así por cuidar de un oratorio o capilla situado en el campo, que en castellano lleva impropiamente el nombre de ermita.

D).- Desarrollo del anacoretismo.

Puede decirse, en general, que el a. conservó en la Iglesia de Oriente el carácter que le imprimió la época patrística. El Oriente cristiano es esencialmente tradicionalista. Aunque el cenobitismo fue ganando terreno y muchas lauras y colonias de ermitaños se convirtieron en monasterios o desaparecieron al empuje del Islam y de otros invasores, el a. siguió teniendo muchos adeptos hasta los tiempos más recientes. Un centro de singular importancia para la vida monástica surgió en Monte Athos (v.), que empezó a ser habitado por ermitaños y donde el a. continúa teniendo seguidores en nuestros días.

En Tesalia, en Capadocia, en Rusia, se desarrolló un pujante y variado a. S. Serafín. de Sarov (m. 1833; v.) puede considerarse como prototipo de los innumerables ermitaños rusos que subsistieron hasta la revolución bolchevique. En los últimos tiempos, por desgracia, el a. oriental, víctima de diferentes ‘circunstancias, ha disminuido mucho tanto en número como en calidad.

En Occidente, la concepción patrística del desierto se mantuvo sin cambios hasta el s. x. Mas, al par del cenobitismo, el a. se fue organizando y reglamentando mejor. Para hacerse solitario se exigía la autorización del obispo (o del abad, si se trataba de un monje). Conocemos gran número de anacoretas benedictinos. Los reclusos y reclusas eran numerosos, sobre todo en los monasterios; sus celdas solían estar adosadas a la iglesia y a través de un ventano asistían a Misa y a los oficios. Nunca hubo a. mejor vigilado.

A fines del s. x, el a. occidental se vuelve más y más cenobítico y clerical, y al propio tiempo se relaciona íntimamente con el movimiento en favor de la vida común del clero y la institución de los canónigos regulares. Surgen una serie de formas originales de soledad organizada y semicenobítica: Fonte Avellana, ilustrada por S. Pedro Damián (m. 1072); Monte Vergine, fundada por S. Guillermo de Vercelli (m. 1142); Pulsano (ca. 1120); Grandmont, obra de S. Esteban de Muret (m. 1124), etc. Estos institutos perdieron pronto su carácter eremítico. Otros dos, en cambio, perduran hasta hoy como órdenes semieremíticas: los camaldulenses (v.) y los cartujos (v.).

En los s. XIII y xiv, las congregaciones eremíticas de los silvestrinos, celestinos y olivetanos desembocaron pronto en el cenobitismo rígido. Originariamente ermitaños del Monte Carmelo, los carmelitas (v.) no olvidaron del todo su primitiva vocación. El a. tuvo también mucha importancia en los orígenes franciscanos (v.), ideal que rebrotó con frecuencia en las ramificaciones de la gran familia seráfica; los capuchinos, p. ej., fueron al principio ermitaños franciscanos, y entre los numerosos terciarios anacoretas destaca la figura polifacética de Raimundo Lulio (v.).

Los siete primeros padres de los servitas (v.) vivieron como ermitaños en unas cuevas del Monte Senario, y ermitaños fueron asimismo S. Francisco de Paula (v.) y los primeros mínimos. En realidad, apenas hay orden o congregación religiosa que no tenga nada que ver con el anacoretismo.

Es notable que, sobre todo desde el s. xiii, gran parte del a. puede llamarse paradójicamente «comunitario». Es un a. sin desierto real, sin soledad; que no conserva más que la práctica del silencio como salvaguarda del «desier. to interior». Así, en 1256, nació la Orden de los Ermitaños de S. Agustín que no tiene nada de específicamente eremítico. La olvidada Orden dé San Pablo, hoy muy reducida y cenobítica, se formó en Hungría y alcanzó la aprobación pontificia en 1308; el estudio de su- historia nos depara muchas sorpresas.

Varios grupos de anacoretas se pusieron bajo la protección de S. Jerónimo y dieron origen a varias congregaciones jeronimianas de tipo conventual; una de ellas, la más importante, es la Orden de los Jerónimos (v.) españoles.

La Reforma protestante fue un duro golpe para el a. occidental. Sin embargo, los s. xvi y xvii acusan un renacimiento eremítico tanto en Europa como en América: al parecer, en Perú, Chile, Colombia, etc., hubo numerosas ermitas y ermitaños. Pablo Giustiniani (m. 1528) fundó la vigorosa congregación camaldulense de Monte Corona. Los ermitaños del Tardón dieron origen a la española Orden de S. Basilio. Entre los eremitorios europeos ninguno fue tan visitado ni alabado como el de Montserrat (v.), que reorganizó García de Cisneros.

En el s. XVII se dieron estatutos bien definidos a los ermitaños de numerosas diócesis y se fomentó o impuso su reunión en pequeñas comunidades de un cenobitismo rudimentario. En España hay que señalar especialmente el famoso Desierto de Nuestra Señora de Belén, cerca de Córdoba, que fue erigido en Congregación de ermitaños de S. Pablo en 1613 y subsistió hasta 1957, y la Congregación de ermitaños de S. Pablo y S. Antonio, que empezó a formarse en tiempo de Juan de la Concepción (m. 1688), agrupó finalmente a todos los ermitaños de Mallorca y sigue floreciente en nuestros días.

Más duro que el golpe de la Reforma protestante fue el que asestó al a. occidental la Revolución francesa con sus secuelas. Tan rara llegó a ser la vida eremítica, que el Código de Derecho canónico (1917) la ignora por completo. Los diversos intentos de resucitarla en el s. xix habían fracasado casi sin excepción.

El moderno movimiento eremítico parece mucho más prometedor. Cuenta ya con notables realizaciones. No sólo camaldulenses y cartujos han hecho diversas fundaciones, sino que también los carmelitas han abierto varios «desiertos» y los franciscanos, «retiros»: han reaparecido los ermitaños independientes -hombres y mujeres-, en las inmediaciones de diversos monasterios ha empezado a reflorecer el a. monástico, y han surgido nuevas agrupaciones, como los Ermitaños de María Inmaculada, en los Pirineos franceses, y, sobre todo, los Ermitaños de S. Juan Bautista, en el Canadá, que llevan una vida estrictamente solitaria. Charles de Foucauld (v.) es el ermitaño más célebre de nuestro tiempo.

Extraído de:

Eremitas

Libertad


A Sus pies
A Sus pies

del Hermano Rafael Arnáiz

785. Por encima del monasterio pasan volando algunos días, aviones que surcan el cielo con velocidades prodigiosas. El ruido de sus motores atemoriza a los pajarillos que anidan en los cipreses de nuestro cementerio.
Enfrente del convento y atravesando la finca, existe una alquitranada carretera (1) por la que circulan a todas horas camiones y coches de turismo, para los cuales la vista del monasterio no ofrece ningún interés.
También atraviesa los campos de la Trapa, una de las principales vías férreas de España(2). Pasan los trenes tan cerca del muro de la Abadía que cuando son muy rápidos, hacen trepidar todas las paredes de la casa y de la iglesia.

Todo eso es fuera.

Dentro, hay un centenar de hombres, a los cuales no les interesa todo ese movimiento. Todo eso, dicen que es libertad. Todo lo contrario, o sea, el monje en su claustro, dicen que es encierro.
Mas el hombre que medite un poco, verá cuán engañado está el mundo en medio de eso que él llama libertad; verá que la verdadera libertad está muchas veces encerrada en las cuatro paredes de un convento. La libertad del cuerpo, no es libertad, pues éste está supeditado en el hombre carnal, a su carne y a sus pasiones, y en el hombre espiritual, a su espíritu.
La libertad del espíritu, tampoco es verdadera libertad, pues mientras viva junto al cuerpo es prisionero que no puede volar.

786. ¿Dónde está, pues, la libertad?
Está en el corazón del hombre que no ama más que a Dios. Está en el hombre cuya alma, ni está apegada al espíritu ni a la materia, sino sólo a Dios.
Está en esa alma, que no se supedita al «yo» egoísta, en esa alma que vuela por encima de sus propios pensamientos, de sus propios sentimientos, de su propio sufrir y gozar.
La libertad está en esa alma cuya única razón de existir es Dios, cuya vida es Dios y nada más que Dios.
El espíritu humano es pequeño, es reducido, está sujeto a mil variaciones, altas y bajas, depresiones, decepciones, etc… y el cuerpo… ¡con tanta flaqueza!

787.  La libertad está, pues, en Dios y el alma que de veras saltando por encima de todo, asiente en El su vida, se puede decir que goza de libertad dentro de lo que cabe, para el que aún está en el mundo.
El que ama algo que no sea Dios o que a El represente de una manera indirecta, como es por ejemplo el amoral prójimo, a los Santos…, a la Santísima Virgen. El que pone su corazón en algo fuera de El…, no sabe lo que es gozar de libertad, aunque atraviese los cielos de España en avión y las tierras todas del mundo en los más rápidos trenes.

«Mi cuaderno» – 15 de diciembre de 1936 –

Texto extraído y más textos del Beato en:

statveritas

link:

Abadía San Isidro (Dueñas)


del Abad Abraham

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¿Qué privación podrá entristecer hondamente a aquel que reconoce que todo lo que los otros pueden arrebatarle no le pertenece y protesta con valentía: «Nada trajimos al mundo y nada podemos llevarnos de él?

¿Que indigencia podrá abatir la fuerza de un hombre que no quiere llevar alforja para el camino, ni dinero en su cinto, ni túnica que le proteja de la intemperie, sino que con el Apóstol se gloría en ayunos frecuentes, en hambre y sed, en frío y desnudez?

¿Que trabajo, que orden, por ardua que sea, de su anciano; podrá turbar la tranquilidad del corazón  de quién, no teniendo voluntad propia, va adelante en todo cuanto se le ha mandado no solo con paciencia, sino inundado de alegría; que a ejemplo de Nuestro Salvador, no busca hacer su voluntad, sino la del Padre; diciéndole él mismo: «No se haga como yo quiero, sino como quieres tu?».

…Y entonces por una sin razón luchamos contra el consejo que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende -o abandona- cuanto, y ven y sígueme».  Es decir, que queremos conservar los bienes de la tierra. De ahí las innumerables cadenas conque el demonio nos tiene presos.

…nos torturará sin cesar con el azote de los cuidados terrenos, tomando de nosotros mismos ocasión de lacerarnos…Y Salomón atestigua asimismo: «Por donde uno peca, por ahí es atormentado». Los mismos placeres que amamos constituyen en sí mismos nuestro tormento.

…»si proceden por la senda recta, hallarán suaves los caminos de la justicia». Somos nosotros repito, los que volvemos ásperos con los guijarros de nuestros deseos, los rectos y fáciles senderos del Señor.

Extraído de «Colaciones II« de Juan Casiano, XXIV –
«Conf. del Abad Abraham, de la mortificación».
Pags. 467/8 NEBLI – Madrid – 1961

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Sobriedad e impasibilidad

Sobriedad

(Nepsis)

Es una especie de ayuno espiritual que consiste en cuidar el intelecto, la mente y el corazón no alterados ni excitados por las pasiones y las distracciones, para permitir al hombre que permanezca en la oración. (1 P 4,7)

Es la actitud propia del cristiano que siempre tiene que «permanecer en Cristo»     (Jn 15, 4 y ss.) con todas sus facultades, y constituye  por si mismo todo el programa de la vida monástica. En la tradición bizantina, los santos monjes maestros de oración son llamados precisamente (Nípticos)

Impasibilidad

(àpáteia)

Estado de reintegración del alma en su pureza y libertad originales. Para ciertos autores tiende a indicar una verdadera liberación de las pasiones, para otros, es mas bien un regreso al buen uso de las pasiones que Dios originariamente creó orientadas hacia el bien. El término, de todos modos, no debe entenderse con ese matiz negativo de» indiferencia» que tiene en el uso común; dicha liberación es, al contrario, asimilable a la pureza del corazón, y se dirige a la caridad.

(Extraídos de glosario de términos, en Filocalia, tomo 3, Argentina 2005, ed. Lumen)

Jesús muere en la Cruz
Jesús muere en la Cruz

Imagen extraída de:

dioceseofgrandrapids

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Fuerza de Dios

Grafía de San Romualdo

Según lo acordado, seguiré al Superior adonde vaya, permaneciendo en silencio dialogaré con él en los momentos que me indique. Tengo libertad para tomar notas.

Luego del aguacero, llegamos a su celda. Después de orar un rato ante “La Crucifixión”, comienza a trabajar sobre un icono que estaba cubierto en la mesita lateral. Aunque está apenas esbozado, me parece reconocer las líneas de “La Resurrección”.

Su trabajo, me queda claro ahora, es liturgia. La precisión de los movimientos, la reverencia en la mirada, los labios que se mueven apenas perceptibles; sobre todo la lentitud, esa manifiesta parsimonia que evidencian todos ellos, hace cúspide en el Superior.

Aquí no hay apuro porque no hay ansiedad, ellos están “en casa” y no van a ningún lado, han llegado ya.

El manejo de los óxidos, el arreglo de los pequeñísimos pinceles, el preparado de la madera…todo se reviste de sacralidad, reforzada por las asiduas genuflexiones que realiza el monje. Observo que no tiene ante sí modelo alguno; interrogado luego sobre esto me dijo:

“Antes de comenzar un icono, este debe estar impreso en uno. Esa imagen ha de ser una internalización y no solo una memorización. Si uno va a buscar la salvación mediante este oficio santo, debe crear un espacio interior de silencio, donde la morfología sagrada pueda vivir”.

Yo rezaba un poco, tomaba notas, leía y observaba. El monje alternaba oraciones con iconografía. Luego de varias horas tuve oportunidad de preguntarle algunas cosas mas en extenso. Le interrogué acerca de cómo era posible llevar semejante tipo de vida. Le explicaba que, según mi entender, a la gente le parecería insufrible una vida con tan poca “diversión”, tan austera y retirada.

Me dijo que los que estaban allí lo hacían guiados por un particular gusto. Que la vocación se manifiesta como una atracción, como un anhelo y un creciente amor por eso a lo que uno es llamado. El llamado al desierto es un impulso muy específico y una de las características es que devora el ser del hombre. Comentó que los llamados al yermo no descansan hasta encontrarse en el y lo describía como un apremio gozoso.

Me impactó especialmente lo que dijo luego respecto de la necesidad que cada eremita tenía de recibir el Espíritu Santo para perseverar en el trabajo ascético planteado. Me comentó partes de su regla, realmente severa y dijo que sin la presencia del Espíritu Santo no era posible respetarla como es debido.

Le pregunté como se manifestaba el Espíritu Santo en su experiencia personal y me dijo:

“Supongo que depende de las personas, sin embargo entre nosotros hay una experiencia similar. El Espíritu empieza a percibirse como un cambio en el tono corporal, como una sensación diferente en el cuerpo todo, aunque suele empezar siendo mas intensa en la frente y las manos, en el rostro también.

Es como una vibración muy suave a la vez que intensa, es como si el cuerpo ardiera sin dolor, como una fuerza que a uno lo atraviesa. Esto se acompaña de una gran tranquilidad del corazón y de una alegría profunda que se va por la mirada hacia todo lo que uno ve.

Esta presencia del Espíritu se hace mas fuerte y notable y hasta mas gozosa mientras mas quieto se esté; la agitación no hace que El Señor se vaya pero si que uno lo sienta menos. También hay un silencio en la mente, como si no hubiera pensamiento, una disposición benévola para todo lo que pueda venir…”

Yo tomé notas textuales de lo que dijo aprovechando que lo decía despacio para ayudarme en la tarea. Me comentó después, que por esa razón, por ese gozo, que aunque mas o menos intenso era permanente, el yugo era suave y la carga ligera. Que ninguno de los que allí estaban padecía la forma de vida, que no estaban allí sufriendo en forma alguna sino todo lo contrario.

Se hizo la hora de Vísperas y salimos hacia la gruta. Estaba casi oscuro pero la luna, aunque baja todavía, ayudaba.

¡Grande eres Señor…fuente de toda inmensidad!

elsantonombre.org

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

Aproximación a una Regla de Vida

Imitatio Christi

Junto a la cruz

 Extractos:

¡Oh, Dios, que eres la Verdad! Hazme permanecer para siempre unido a ti en el amor…en ti está todo lo que quiero y deseo.

Toda la perfección de esta vida tiene consigo cierta imperfección; y toda nuestra especulación no carece de alguna oscuridad.

Mientras mas humilde y mas sujeto a Dios sea uno, tanto mas sabio y sosegado será en todo…cuando el hombre desea desordenadamente alguna cosa, pierde el sosiego. El soberbio y el avaro nunca están tranquilos; el pobre y el humilde de espíritu viven en mucha paz.

Pero si alcanza lo que desea, siente luego pesadumbre por el remordimiento de la conciencia; porque siguió su apetito, el cual nada aprovecha para alcanzar la paz que busca. En resistir las pasiones, pues, se halla la verdadera paz del corazón, y no en seguirlas. No hay paz en el corazón del hombre carnal, ni del que se entrega a lo exterior, sino en el que es fervoroso y espiritual.

Cierra tu puerta sobre ti y llama a tu amado Jesús; permanece con Él en tu aposento, que no hallarás en otro lugar tanta paz.

(de «La Imitación de Cristo» de Tomás de Kempis)

Texto Completo

 Imagen extraída de:

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La Oración del Corazón

de Nicéforo, el monje


Extracto de La Filocalía: (1)(2)

PREGUNTA (a Nicéforos)(3): Hemos aprendido de las anteriores evidencias que el trabajo practicado por los santos padres resultaba grato a Dios; y que existe un cierto trabajo que rápidamente libera al alma de las pasiones y que por amor la une a Dios. Práctica que es indispensable a cualquiera que conmuevan estas cosas. Todas nuestras dudas están ahora despejadas y nos sentimos firmemente convencidos de ésto. Pero te rogamos nos enseñes qué es la atención de la mente y cómo capacitarse para adquirirla, porque tal trabajo nos es absolutamente desconocido.

RESPUESTA (de Nicéforos): En el nombre de nuestro Señor Jesucristo Quien dijo: «sin mí vosotros no podéis hacer nada» (Juan, XV, 5). Habiéndolo invocado para que me ayude, trataré en la medida que me sea posible, mostraros qué es la atención y cómo, Si Dios lo permite, se puede tener éxito en adquirirla.

Algunos de los santos han llamado atención a la preservación de la mente, otros, a la protección del corazón y aún otros, despertar la han llamado y así muchos nombres semejantes.

Pero todos estos nombres significan la misma cosa. Exactamente como de un pan uno puede decir: una rebanada, un trozo, o un pedazo, así debéis entender todas estas expresiones. Respecto de la atención misma y sus rasgos característicos, lo estudiaremos a continuación.

Atención es una señal de sincero arrepentimiento.

La atención es la imagen o apariencia que el alma puede tener de sí misma, rechazando al mundo y ascendiendo hacia Dios.

La atención es el renunciamiento del pecado y la adquisición de la virtud.

La atención es la indudable certeza del perdón de los pecados.

La atención es el comienzo de la contemplación o, más bien, su condición necesaria: porque por medio de ella, Dios se aproxima y se revela a la mente.

Atención es la serenidad de la mente o, dicho de otro modo, es mantenerse imperturbable, sin divagaciones en el don de la misericordia divina.

Atención significa detener los pensamientos, es la morada del recuerdo de Dios y la casa del tesoro donde yace el poder de resistir todo lo que pueda venir.

Por consiguiente, la atención es también el origen de la fe, la esperanza y el amor; porque aquél que carece de fe no puede resistir todas las aflicciones provenientes del mundo y aquél que no las sufre voluntariamente, tampoco puede decir: «El es mi refugio y mi fortaleza» (Salmos, X, VI, 2), y aquél que no tiene al Todopoderoso como su refugio, no puede ser verdaderamente sincero en su amor por El.

Este trabajo, el mayor de todos los grandes trabajos, puede ser realizado por muchos y aún por todos, si son debidamente entrenados. Pocos hombres reciben este don directamente de Dios, sin necesidad de enseñanza y trabajan por compulsión interior y al calor de su fe. Pero lo que es excepción no es la ley.

De manera que es necesario buscar un maestro que no esté él mismo en error, seguir sus instrucciones y así aprender a distinguir, en materia de atención, defectos y excesos de la derecha y de la izquierda, los que surgen por medio de sugerencias diabólicas.

De su propia experiencia acerca de las tentaciones, él nos explicará qué es lo necesario hacer y nos mostrará correctamente la senda mental que deberemos entonces seguir con menos impedimentos.

Si no estuviere tal maestro a vuestro alcance, se debe buscarlo, sin reparar en esfuerzos. Pero si, a pesar de tal búsqueda, no es encontrado, entonces, con espíritu contrito, invocando a Dios y orándole asiduamente y con humildad, trabajad según explicaré.

Vosotros sabéis que nuestra respiración es la inhalación y exhalación del aire. El órgano que sirve para ésto son los pulmones que rodean al corazón, de manera que el aire que circula por ellos envuelve de paso al corazón.

Esta respiración es, por consiguiente, el camino natural hacia el corazón. Por lo que, habiendo reunido vuestras mentes dentro de vosotros mismos (lo que también es atención), conducidla hacia el canal respiratorio a través del cual el aire llega al corazón y, junto al aire inhalado, forzad la mente a descender dentro del corazón y mantenedla allí.

Acostumbraos a ello, hermanos, no salgáis del corazón demasiado pronto, aunque al comienzo experimentéis gran soledad en tal aislamiento y reclusión. Pero cuando os acostumbréis a ello, empezaréis, al contrario, a disgustaros del sinsentido del girar exterior, por lo que no se hará desagradable ni tedioso permanecer adentro.

Exactamente como un hombre que ha estado alejado de su hogar al regresar es invadido de alegría al ver a sus niños y esposa, y los abraza y todo lo que les diga será poco, del mismo modo, el unirse al propio corazón, es experimentado con inexpresable alegría y deleite.

Entonces uno ve que el reino de los cielos está verdaderamente dentro de nosotros; y viéndolo ahora en sí mismo, uno lucha y se esfuerza con oración pura a mantenerlo y fortalecerlo allí, comprendiendo que todo lo externo no es importante e inatractivo por completo.

Cuando vosotros entréis así al lugar del corazón, según he indicado, dad gracias a Dios y, solicitando su misericordia, conservad siempre este trabajo y el os enseñará cosas que por ningún otro medio podríais jamás aprender. Más aún, vosotros deberíais saber que a medida que la mente se establezca firmemente en el corazón, no debe dejársela allí en silencio y ociosidad, sino repetir constantemente la oración: «Señor, Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí» y no cesar de hacerlo. Pues esta práctica, alejando los sueños de la mente, la torna evasiva e impenetrable a las sugestiones enemigas y la conduce cada día más y más a amar y desear vehementemente a Dios.

Si, sin embargo, y a pesar de todos vuestros esfuerzos no lográis entrar en el reino del corazón según he descrito, haced lo que os diré ahora y, con la ayuda de Dios, encontraréis lo que buscáis.

Vosotros sabéis que en todo ser humano el hablarse internamente depende del pecho. Así, pese a estar nuestros labios silenciosos, es en el pecho donde conversamos y hablamos a nosotros mismos, rezamos, cantamos salmos y hacemos muchas otras cosas de mayor inconveniencia. Entonces, habiendo ahuyentado todo pensamiento de este conversar interno (lo que puede hacerse si se lo desea), dadle al pecho la siguiente corta oración: «Señor, Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí» – y forzadla, a pesar de cualquier otro pensamiento, para tener solamente este sonido adentro.

Si vosotros trabajáis de esta manera con permanencia con toda atención, entonces con el tiempo ésto abrirá el camino hacia el corazón que ya he descrito. No es posible dudar de ésto, pues lo hemos comprobado en nosotros mismos por experiencia.

Si vosotros trabajáis de esta manera con un fuerte deseo y con gran atención, llenos de dulzura, una completa gama de virtudes vendrá: amor, alegría, paz y otras, por medio de las cuales, toda petición que hagáis será respondida en el nombre de Jesús Cristo, nuestro Señor, a Quien, con el Padre y el Espíritu Santo, sea dada honor y gloria, poder y adoración ahora y siempre y por siempre jamás. Amén.

Notas:

1.(Traducción directa del Ruso) «Philokalia»
2.Estoy digitalizando una versión basada en la traducción del francés de Editorial Lumen, algo mas extensa y con varias palabras diferentes. Pronto la tendrán disponible.

3. Nota biográfica:

Nuestro Santo padre Nicéforos vivió una vida de intenso trabajo espiritual en el sagrado Monte Athos, muriendo poco después del año 1340. Fue maestro y guía de Gregorio de Salónica (Palamas), en el estudio del método de entrenamiento para la obtención de la más alta sabiduría según testimonio de su propio discípulo.

En silencioso recogimiento no perturbado por problemas mundanos y manteniendo su atención puesta exclusivamente en sí mismo, alcanzó la indescriptible unión interna con el Dios Eterno, recibiendo en su corazón la bendita iluminación de la Gracia Divina. Exaltado por este divino don es como un padre guiándonos con sus escritos a través del mismo camino. Seleccionó de los libros y vidas de los Santos Padres, pasajes relativos a la sobriedad, a la atención y oración, agregando finalmente consejos derivados de su propia experiencia e invitándonos a todos a elevarnos hacia la más perfecta comunión con el Señor por medio de la oración de la mente y del corazón.

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Icono de Simeón el estilita

San Charbel Makluf

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Vida de San Charbel

Niñez:

San Chárbel nació en el Líbano en Biqa´ Kafra (pueblo situado a 140 Kms de Beirut) el 8 de mayo de 1828; fue el quinto hijo de los Antonio Majlúf y Brígida Chidiac, piadoso matrimonio católico de rito Maronita que se dedicaban al campo.

A los ocho días de nacido, el 16 de mayo de 1828 recibió el bautismo y la confirmación en la parroquia de su pueblo natal. Su nombre fue el de “José” (Youssef, en árabe), en honor del santo Patriarca y castísimo esposo de la inmaculada Virgen María.

Su temprana infancia transcurrió en paz y tranquilidad, rodeado de su familia y sobre todo de la insigne devoción de su madre, quien toda su vida practicó de palabra y de obra su fe católica, dando con ello un bello ejemplo a sus hijos que se vieron bendecidos por el don del santo temor de Dios.

Lamentablemente, esta paz terminó cuando él, todavía muy pequeño y contando con tres años de edad, quedó huérfano de padre al morir en guerra, pues había sido requerido por el ejército turco para enfrentarse contra las tropas egipcias. Era el año 1931.

Su madre, ante la necesidad de sacar adelante a sus cinco pequeños vuelve a contraer matrimonio con un ejemplar hombre que, años más tarde, fuera también ordenado sacerdote.

Su primaria la curso en la Escuela Parroquial, ubicada a un costado de la Iglesia. En sus ratos no académico ayudaba a su padrastro y hermanos en las faenas del campo. A los 14 años se le empieza a manifestar externamente su inclinación hacia las cosas religiosas. Solía ir a cuidar un rebaño de ovejas y, de repente, “desaparecía” a veces por espacio de una hora. Se había ido a “hacer oración”. Tanto su padrastro como sus dos tíos paternos (que eran ermitaños de la Orden Libanesa Maronita) le daban consejo y animaban a acrecentar su amor a Dios., con esas prácticas de piedad.

Llamamiento:

A partir de los 20 años comienza a plantearse en serio su vocación sacerdotal. Sin embargo, le hacen muchas sugerencias sus familiares, por su personalidad tan definida, de que busque una buena mujer para contraer matrimonio. En concreto hay una estupenda y guapa jovencita a quien no le es indiferente. Podrían hacer bonita pareja. Él, sin decir nada, iba rumiando todo en su corazón a través de su cálida oración diaria.

Es entonces cuando, a los 23 de año edad toma una radical actitud: sin avisarle a nadie deja su casa materna y se dirige al monasterio de nuestra Señora de Mayfuk para ingresar de monje. Es así como en 1851 diera su primer paso hacia la vida religiosa. Una vez hecha su consagración, como todo monje, cambió su nombre por el Chárbel, en honor de un mártir del siglo IV. Se convertía así en monje de la Orden Libanesa Maronita, fundado por San Antonio Abad.

Seminario:

Su noviciado lo realizó en el monasterio de San Marón, en Annaya. Fue ahí donde profesó los votos perpetuos como monje. En 1853, después de sus votos, se traslado al convento de san Cipriano, en Kfifen, donde cursó el quinquenio de formación filosófica y teológica. Desde entonces resaltó por su observancia a la Regla de la orden.

Sacerdote:

El 23 de julio de 1859 a los 31 años de edad, recibió la ordenación

sacerdotal en la residencia patriarcal de Bkerke con la imposición de manos de: S.E.R. Mons. José Al-Marid, durante el patriarcado de Su Beatitud Paul Pierre Massad.

Al poco tiempo de ser ordenado sacerdote sus superiores lo asignaron nuevamente al Monasterio de San Marón en Annaya.

Aquí pasó largos años de vida sacerdotal hasta que el 13 de febrero de 1875 solicitó permiso para ingresar a una ermita.

El permiso le vino dado luego de que probadas sus virtudes humanas tuviera lugar un incidente “milagroso” conocido como el “milagro de la lámpara”. Un par de hermanos le intentaron hacer un broma y llenaron su lámpara de aceite con agua. La sorpresa fue mayúscula cuando ésta ardió.

Ermitaño:

Vivió heroicamente su compromiso de eremita, celebrando la Divina Liturgia diariamente (ordinariamente lo hacía a las 11:00 a.m), practicando el ayuno y la mortificación, con largas jornadas de oración, incluso por las noches y atendiendo cálidamente a cuantos pasaban por su ermita a recibir algún consejo o ayuda espiritual.

Una mañana del 16 de diciembre de 1898 mientras celebraba la Santa Misa a las 11:00 a.m. se sintió mal antes del ofertorio. Luego de un breve descanso prosigio la celebración. Pero al llegar a la fracción del Pan sufrió un desmayo y no pudo continuar más. Un sacerdote acompañante terminó la Misa y el Padre Chárbel fue llevado a su celda mientras llega la ayuda médica: había sufrido una embolia. Duró paralizado durante nueve días y, en la víspera del 25 de diciembre, la gran solemnidad de Navidad, murió en olor de santidad. Era el 24 de diciembre de 1898 a las 11:00 p.m. Sus últimas palabras se dirigieron a Jesús, José y María.

Elevado a los Altares:

Andando el tiempo, y en vista de los milagros que hacía y del culto de que era objeto, el P. Superior General Ignacio Daher se dirigió a Roma en 1925 para solicitar de Su Santidad el Papa Pío XI la apertura del proceso de beatificación del ermitaño P. Chárbel. Pero no fue hasta que Su Beatitud Paul Pierre Meouchi, patriarca de Antioquia y de todo el oriente, impulsó enérgicamente todo el proceso cuando por fin, durante la clausura del Concilio Vaticano II (Diciembre de 1965), Su Santidad el Papa Pablo IV, lo beatificó, con las siguientes palabras: “un ermitaño de la montaña libanesa está inscrito en el número de los Bienaventurados… un nuevo miembro de santidad monástica enriquece con su ejemplo y con su intercesión a todo el pueblo cristiano. El puede hacernos entender en un mundo fascinado por el confort y la riqueza, el gran valor de la pobreza, de la penitencia y del ascetismo, para liberar el alma en su ascensión a Dios”.

Era la primera vez en la Iglesia Católica desde el siglo X que un sacerdote oriental era elevado a los altares. El cardenal Meouchi, incansable defensor de las Iglesia Católica Oriental veía así coronada una de sus múltiples tareas como Patriarca en una difícil época en que la Iglesia Católica Latina comenzaba a redescubrir al oriente cristiano. San Chárbel fue, ha sido y sigue siendo un gran apóstol en la iglesia de occidente, pues su vida santa es un anuncio, en sí misma, del rico patrimonio espiritual del oriente.

El 9 de octubre de 1977 durante el Sínodo de los Obispos, el mismo Papa Pablo VI canonizó al beato Chárbel, elevándolo a los altares con la siguiente formula: “en honor de la Santa e Individua Trinidad para exaltación de la fe católica y promoción de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y nuestra, después de madura deliberación y tras implorar intensamente la ayuda divina… decretamos y definimos que el beato Chárbel Majlúf es “santo” y lo inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que sea venerado como santo con piadosa devoción en toda la iglesia. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo”.

Texto extraído de:

San Charbel


Toufic, eremita actual (desierto Sirio)

Toufic

De origen alauí, se bautizó a los 20 años tras experimentar una fuerte llamada a la vida contemplativa. Vive en una cabaña construida por él mismo y se alimenta de frutos salvajes.

DAMASCO- Un sendero estrecho y pedregoso serpentea colina arriba, entre arbustos y zarzales . El silencio es casi absoluto, roto apenas por el canto de los grillos y las cigarras. De pronto, en lo alto de una colina surge una gran cruz de madera y un poco más abajo se levanta un tugurio de piedra y barro. Aquí, en lo alto del monte Oronte, al norte de Siria, vive Toufic, el último ermitaño.
Antes incluso de preguntarme quién soy y de dónde vengo, me invita a sentarme y me ofrece un sorbo de agua en una lata. De barba descuidada y mirada profunda, lleva colgado de un sayo raído un pesado rosario con las cuentas desgastadas. Toufic se ha retirado a estas montañas hace más de cuatro años, tras una vida de búsqueda en lugares de Siria y de Líbano.

En la tierra que durante siglos ha dado a la Iglesia santos, anacoretas y monjes (las ruinas del monasterio de San Simeón Estilita, no lejos de Alepo, dan testimonio todavía hoy de esas páginas luminosas de la historia del cristianismo), Toufic es el último superviviente. Una vocación poco comprendida, e incluso en algunos momentos obstaculizada. «Toufic es un personaje que puede parecer extravagante, difícil de comprender», nos confía el párroco del pueblo vecino. «Y sin embargo, constato una gran rectitud de vida, un empeño ascético digno de los grandes santos del pasado. Quizá a través de él el Señor, también aquí, nos quiere llamar a una vida de más sencillez, oración y contemplación», sostiene.

Fue una iluminación
Nacido en 1959, en una aldea de la costa, Toufic proviene de una familia alauí, una secta del islam chiita muy presente y potente en Siria. «Desde que era pequeño», cuenta el eremita, «notaba una poderosa llamada a la vida contemplativa y a la soledad. Pero nadie me había hablado nunca de Jesucristo y de la Virgen. Por las noches soñaba a menudo con una mujer con un vestido del color del cielo, que me llamaba, pero ni siquiera imaginaba quién podría ser. Fue durante el servicio militar, en Líbano, cuando descubrí la identidad de la Señora. Conocía a algunos sacerdotes maronitas, y en una iglesia vi la imagen con la que había soñado durante años. Fue una iluminación», reconoce.

A los 18 años, Toufic se convierte e inicia el camino del catecumenado. Dos años después, recibe el bautismo. Durante unos años permaneció como laico en un monasterio maronita, pero su vocación volvió a llamar con insistencia. «Los superiores intentaban ayudarme, mandarme a conventos más solitarios, pero al final encontraba demasiado mundana la vida en el monasterio», sostiene.

Toufic decidió dejar Líbano y volvió a su patria. Vivió de la caridad de la gente, como un monje mendicante. Más tarde se aisló en algunas de las grutas que tiempo atrás habitaron los ermitaños de los primeros siglos del cristianismo.

Un día, recorriendo los viejos caminos que también Pablo y los primeros apóstoles pisaron para llegar a Antioquía, Toufic llegó a estas latitudes. Decidió construirse una cabaña de madera y pieles y se alimentó de bayas y frutos salvajes. Sólo tras una furiosa nevada, hace dos inviernos, se resignó a construirse un refugio más sólido. Su vida se rige por el ritmo de vigilias y ayunos, pero también por una simple y espontánea oración de intercesión por todos aquellos -tanto cristianos como musulmanes- que se dirigen a él para recibir consejo o ayuda. «Hace unas semanas llegó hasta aquí un hombre muy bien vestido, propietario de un hotel. Me pidió llorando que le ayudara a liberarse de los espíritus que le atormentaban cada noche. Yo no tengo recetas ni exorcismos que ofrecer. Sólo la cruz de Jesucristo tiene el poder de expulsar los demonios, así que le dije que se dirigiera a Cristo y a la Virgen, y que yo rezaría por él. Ayer volvió aquí, sonriente, como renacido. Vivir de Jesús le ha sanado definitivamente», reconoce, feliz.

G. Cafulli 2007-01-24

Texto e imagen extraídos de:

conocereisdeverdad


Sagrada Presencia

Virgen del Encuentro

(Viene de «El primer monje»)

Vivir en el asombro y la reverencia.

No es cierto que lo que permite el asombro es la novedad. Puede uno asombrarse de ver algo pese a conocerlo mucho o a pesar de su repetición incesante. El asombro es una actitud atencional, un acto de conciencia, un darse cuenta de la propia pequeñez y de la inmensidad en la que nos hallamos sumidos y de la propia ignorancia.  A través del asombro estamos ya a un paso de lo sagrado.

El reconocimiento de la propia ignorancia abre la puerta al sentimiento reverente, permite reconocer la sagrada presencia.

Observando un amanecer, hay quién se emociona y conmovido adora la inmensidad del suceso y existe quién ignorando la belleza que se le presenta permanece indiferente.

Para instalarse en el sentimiento de reverencia ante lo existente y por lo tanto para percibir la Divina presencia, es necesario librarse del velo de las preocupaciones.

El apurado, esta ocupado. Tiene quehaceres. Tiene muchos velos que le ocultan el sol. Lo ve pero no lo mira, no lo tiene en cuenta, porque esta en realidad masticando sus afanes y preocupaciones que son en verdad siempre, el fruto de la apetencia.

Y no se trata de suspender toda actividad, que hasta a los eremitas nos es imposible, sino de suspender, de eliminar el ansia que acompaña todos nuestros movimientos. No es el desplazamiento del cuerpo lo que me aparta de la divina presencia, sino la ansiedad que acompaña esa acción. Y esta ansiedad deriva de mi posesión de algo allá, en el futuro, de estar deseando algo que no tengo y que creo que esa acción me va a dar. 

Por eso te decía para ese nuevo amigo que tienes, que pregunta; que le daría un pequeño método, un caminito hacia la reverencia que es lo que permite el vivir en la Presencia.

Cuando uno anda junto a Dios, cuando vivimos bajo su mirada, “asombrados” (1) por su inmensidad, estamos plenos y un suave gozo invade nuestros actos, miradas y movimientos; allí, nada que decir. Allí todo está resuelto porque confiamos en la Providencia y en que el devenir no será sino la expresión de Su voluntad y por lo tanto lo mejor para todos, incluidos nosotros mismos.

Cuando no estoy en ese estado de Ser, cuando camino solo, me doy cuenta que soy esclavo de la angustia o del tedio o de la preocupación o de esa “seriedad” tan poco seria. Así que este pequeño método empieza cuando uno se da cuenta de que no esta con Dios al lado por decirlo así, llanamente y en confianza.

Es en este darme cuenta que no estoy como debo y como quiero estar, que no estoy como he sido llamado a estar, es decir, en la plenitud de la gracia, gozoso en Su servicio; es ahí cuando debo detenerme un momento y preguntarme: ¿Qué estoy deseando? ¿Detrás de que me estoy apresurando? Apresurarse es bajo presión. ¿Qué me está presionando?

Enseguida sabremos de que se trata; esto o aquello. Una cuestión económica, afectiva, del futuro, lo que sea. Quizás solo eso que debo hacer mas tarde y que no se como resultará. Bueno. Ahí está el primer paso, la pregunta por el deseo y la respuesta.

El segundo paso es recordarse que uno quiere desear solo a Dios. No quiero otra cosa. Quiero al Señor conmigo, esto es la suma de todas las cosas. No quiero esto o aquello, quiero todos los bienes y los quiero para siempre, la ambición máxima. Dios.

No quiero la buena nota en el examen, ni aquel nuevo trabajo u objeto a comprarme o la aprobación y reconocimiento de aquella persona. Quiero un bienestar total y permanente. El monje es en realidad alguien muy ambicioso. No se conforma con poco.

Pero ¿Qué relación tiene esto con lo anterior? Cuando yo quiero algo, lo que quiero en verdad es la sensación que ese algo me va a producir. Me imagino con eso logrado y me imagino en paz y contento. Lo que queremos todos, estar en paz y con alegría, vivir así vale la pena y nadie lo discute. Pero lo único que da la paz y la felicidad es la Presencia de Dios y no los objetos cualesquiera que sean.

Vivir en Tu casa Señor todos los días de mi vida. Eso es lo que hay que desear, a ese supremo anhelo deben someterse todos los otros; porque quién encuentra la Divina Presencia lo ha encontrado todo. Entonces este segundo paso es un recordarse que uno lo que quiere es vivir en la Presencia del Señor y no “eso otro”.

El tercer paso es confiar en Su acción, en Su Providencia. No creerse que de uno dependen las cosas, cualesquiera que sean y de lo que se trate.  Siempre decimos “Si Dios quiere”. ¡Ese es el punto! Su voluntad nos rige y a ella debemos someternos y hacer en concordancia con ella.

Cuando uno vive en Su Presencia, siente por decirlo de alguna manera, lo que debe hacer en cada situación sin problema. Uno siente dentro del corazón si lo que va a hacer apaga o enciende el sentimiento de Su Presencia. No haré nada que me aparte de Su amor, del amor de Cristo. ¿Qué me apartará del amor de Cristo? Mi propia acción anhelante ninguna otra cosa. Mis anhelos cuando no se centran en hacer Su voluntad. Por supuesto no es el amor de Cristo el que se aparta sino que nosotros de percibirlo, de sentirlo en nosotros. Nos tornamos opacos y Su luz no pasa a través nuestro.

Es sencillo, ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo y someter toda búsqueda, toda acción y todo sentimiento y pensamiento a ello. Lo que debo hacer en cada situación concebible se puede saber a la luz de esos dos mandamientos del Señor. Todo someter a ello. ¿Quién va a ir a hacer tal cosa?, ¿Qué le diré a aquella persona?, ¿Cómo contestarle a ese requerimiento? Según ese único criterio.

La gente que vive en la ciudad y que tiene compromisos previos, tiene todo un tumulto de cosas que le presionan para andar ocupado en cuestiones. Pero la vida se irá tornando apacible  y mansa si someto todos mis deseos al deseo de Su Presencia viva en mí y si actúo guiado por sus mandamientos y confiado a Su providencia.

El Señor ve mas allá de lo que yo veo, por lo tanto, si actúo conforme a su mandato, que las cosas salgan como salgan, por algo será. Claro, por Su voluntad.

Dice alguien que está amargado. ¿Y porque? Y …porque no puedo comprarme aquello que ansío. Bueno. Lo que le amarga no es no poder comprarse eso, sino andar deseando cosas que no hay que desear.

Lo único que debemos desear es la Presencia del Señor y seguir sus mandatos. De ese modo la vida se encamina y uno viene a poseer luego lo necesario. Uno debe desear agradarle. Uno debe querer consumar lo que El nos destinó. Uno debe desear poder decir con el Apóstol: No soy yo sino Cristo que vive en mí.

Entonces confiar en El y actuar según su ley que es muy simple, la ley del amor.

Pero en lo cotidiano, cuando estamos metidos en el ruido, no es fácil ponerse en esa actitud. Ponerse en Presencia.

Una forma que he utilizado y que me sirvió mucho desde antes de venir a este tipo de vida ha sido esto que te decía de la reverencia.

Cuando me di cuenta que El Señor estaba en todas partes y que todo era asombroso, empecé a comportarme con mayor cuidado, como cuando pasa uno ante el Santísimo en la iglesia. Con reverencia, no de cualquier manera. Uno reconoce allí, lo sagrado.

Empecé a trasladar ese sentimiento a cualquier momento y acción. Empecé a moverme secretamente en esa sintonía. No se trata de que uno se ponga a hacer genuflexiones en todas partes llamando la atención, sino que viva esa genuflexión interiormente, en secreto. Y empecé a lavarme las manos mas lento, porque no era un lavado sino una limpieza, una purificación para mejor obrar y actuar. Y caminé mas lento, porque si me apuraba perdía el sentimiento de reverencia. Y tomaba los objetos con cuidado como se toma un cáliz y trataba a los demás con el respeto y diligencia con que se los trata en una iglesia.

Esto no es para nada nuevo, simplemente es la forma en que me acostumbré a vivir atento a la Presencia y muchos monjes lo enseñan con su propia particularidad en textos como La Filocalía. Esta es la síntesis del método que le quería comentar a tu amigo.

Porque hay una particularidad muy interesante en esto. Si estoy en la Presencia, el moverme conforme a ello, cuidar los gestos y todo lo que hago, ayuda a mantenerme en ella. Pero si no estoy sintiendo “los pasos del Señor”, sino que estoy en esa mediocridad habitual, volcado fuera de mí, hacia las cosas y apetitos; el empezar poniendo la gestica hace que el sentimiento venga.

Te digo, que me ha pasado estando en oración, de experimentar esa sequedad, ese estar medio sin ganas, tironeado por el cuerpo hacia el sueño o hacia la comida o cualquier otra apetencia, y en  ese momento empezar a comportarme como si estuviera en mi viva la Fe. Poner las manos en la posición de quién tiene fe, acomodar el cuerpo como lo acomodaría quién siente viva la Presencia de aquel a quién ora.

Para no alargar demasiado este diálogo: Si estoy sintiendo la Presencia, me muevo con reverencia para conservar protegido ese sentimiento y sino siento la Presencia, me muevo como si lo sintiera, para invocarla, para hacerla presente con el cuerpo, que eso luego llamará al sentimiento y al silencio de los pensamientos.

Actuar ante lo Sacro, sacralizar la vida, cada momento, esto nos unifica.

Porque realmente vivo en la casa del Señor, rodeado de sus ornamentos, en medio de un templo muy grande poblado de infinitas luminarias. Vivir asombrados y permaneciendo reverentes ante el Supremo creador, inmersos en este maravilloso universo, rodeados de vidas múltiples, atravesados por los rayos invisibles de un Cristo que sigue resucitando cada día, en nuestro  propio corazón.

Jesucristo se levanta del sepulcro de mi corazón, cada vez que me admiro y agradezco la existencia, cuando acepto sus misterios y esta pequeña ignorancia que soy; Jesucristo resucita en mi y para todas las gentes nuevamente, cada vez que reconozco en el mundo su templo y en la vida y las cosas el desarrollo de una liturgia permanente.

Escucha como ya cantan de nuevo los pájaros, lo creas o no, están iniciando Visperas.

(1) Asombrados: Bajo su sombra

elsantonombre.org

Imagen extraída de:

iconografiaargentina

Soledad

¡Ay del que está solo!, dijo Salomón.

Sí, ¡ay de mí!, solo, si tú no estás conmigo o yo contigo. Por dichoso y sumamente feliz me tengo si siento que tú estás conmigo.

Señor, me atedio de mí mismo cuantas veces siento que tú no estás conmigo.

Cuantas veces estoy contigo, tantas veces estoy también conmigo; no estoy conmigo siempre que no estoy contigo.

Y… ¡ay de mí! cuántas veces no estoy contigo. Sin ti no puedo existir. Imposible me sería subsistir de cualquier modo que fuere, en mi cuerpo o en mi espíritu, sin tu poder presente. Ni te desearía ni te buscaría sin el auxilio de tu gracia presente. Nunca te encontraría si tu misericordia y tu bondad no salieran a mi encuentro.

Más como en todo esto yo estoy contigo, siento tu gracia que obra en mí. Es un bien para  mí, como la existencia, la vida. En el Señor se gloría mi alma.

Guillermo de Saint-Thierry (s. XII)

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Icono de Santa María del Encuentro

Imagen extraída de:

ermitavirtual.com

San Serafín de Sarov

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El Hombre

El 19 de julio de 1759, un niño nació en la familia del mercader Isidoro Mochnine, en Kursk, y recibió el nombre de Prokhore.

Kursk era una ciudad de provincia como había muchas en Rusia, con las casas bajas flanqueadas por empalizadas que bordeaban calles mal pavimentadas, pero a menudo sombreadas por bellos árboles.

Isabel, hija de Pedro el Grande, reinaba entonces sobre un país que se recuperaba lentamente de las sacudidas terribles que le había infligido, a principios de siglo, su padre, implacable revolucionario imperial. En la corte se bailaba mucho. Pero en Moscú, se fundaba la Academia de Ciencias así como la de Bellas Artes. Los pabellones de caza, las «ermitas» románticas, los palacios con muros verde manzana, con pilares blancos y cornisas doradas, debidos a la imaginación desbordante del arquitecto italiano Rastrelli, salían de la tierra por orden de la gozosa Emperatriz. En sus horas de arrepentimiento – ya que las tenía – la devota soberana reclamaba iglesias y conventos.

Fue, entonces, una iglesia, cuyo plano fue diseñado por el célebre Rastrelli, lo que la ciudad de Kursk decidió ofrecer. Los trabajos se confiaron a Isidoro Mochnine, padre del pequeño Prokhore, quien poseía una fábrica de ladrillos y tenía reputación de ser un empresario de la construcción, integro y consciente. Joven aún, murió antes de terminar su obra. Su viuda se encargó de ello.

¿Qué se sabe de esta mujer a la que Prokhore (él no tenia más de tres años a la muerte de su padre) deberá lo mejor de sí mismo? Careciendo de su retrato, uno se la imagina como una de esas matronas rusas, ligeramente obesa, los rasgos regulares, la frente serena, firme con dulzura, inteligente sin ostentación, trabajadora sin ruido y sin descanso. No sólo encontraba el tiempo de administrar su comercio y su casa, de enseñar a sus dos hijos, Alexis y Prokhore, de vigilar la construcción de la iglesia, sino que además gozaba con llevar a su casa, instruir, dotar y casar convenientemente a las huérfanas cuya suerte, en esos tiempos, era muy triste.

Probablemente él heredó de su madre su amor por el trabajo bien realizado, su horror por la pereza y sus ojos de un azul muy puro.

Prokhore tenía siete años cuando, por primera vez, lo «sobrenatural» lo toca en esta calma existencia provinciana. Durante una visita, en compañía de su madre, a la iglesia en construcción, cayó de lo alto del andamiaje que rodeaba el campanario y se levantó indemne.

A los diez años – ya iba a la escuela – una enfermedad cuya naturaleza se ignora, amenazaba con llevarlo. Agata estaba preocupada por la vida de su hijo cuando éste la hizo partícipe de un hermoso sueño que acababa de tener: la Santa Virgen se le había aparecido para anunciarle que ella vendría a curarlo en persona. Ahora bien, algunos días más tarde, un icono de Nuestra Señora de Kursk, estimado como milagroso, fue llevado en procesión por las calles de la ciudad. Cuando se aproximaba a la casa de los Mochnine, estalló una tormenta, acompañada de una lluvia diluviana. Para proteger al icono, se la entra en el patio. Agata le lleva su hijo y el enfermo se cura. ¿Diversos hechos como se lee a veces en los periódicos? ¿Pequeños «milagros» anodinos con los que los creyentes son gratificados al menos una vez en su existencia? Pero había más.

«Eres feliz, viuda, dijo un día a la valiente Agata un «loco en Cristo» que tenía reputación, como muchos de ellos de conocer el porvenir, «eres feliz de tener un hijo que se tornará un poderoso intercesor delante de la Santa Trinidad, un hombre de oración para el mundo entero.» Se sintió ella impresionada por su predicción. ¿Su hijo era un «niño predestinado»? El carácter de Prokhore se afirmaba. El pertenecía a una raza viril. La ciudad de Kursk está situada en la frontera de las estepas. Desde siempre, sus habitantes fueron llamados a luchar contra los invasores.

Avido de heroísmo, sin embargo, no se entusiasmaba con las hazañas de los guerreros el joven Prokhore Mochnine. El soñaba con otras luchas. Lo atraían combates más peligrosos: las hazañas ascéticas de los santos oponiéndose a las fuerzas del demonio.

¿Se sorprendió Agata cuando él pide su bendición para ir, en compañía de otros cinco, en peregrinaje a Kiev, para orar en el monasterio de las Grutas a fin de conocer la voluntad de Dios sobre su porvenir? Probablemente no. ¿Sabía ella que aquel loco en Cristo del que su hijo se había hecho amigo, ejercía sobre él una influencia siempre creciente? Una cosa era clara: el comercio familiar del que se ocupaba el mayor de los Mochnine, no interesaba al menor. Kiev era una ciudad santa, «la madre de las ciudades rusas,» donde, en 989, el Príncipe Vladimir bautizó a su pueblo en el Dnieper; donde un dependiente del Monte Athos fundó el célebre «Monasterio de las Grutas,» matriz de la cultura cristiana de todo el país. Allí encontró Prokhore la respuesta que buscaba; se la dio un anciano «staretz» llamado Dositeo; quien aprobó su deseo de entrar en religión y lo orientó hacia un monasterio del que el joven había escuchado hablar ya: el «Desierto de Sarov.»

«Ve sin temor, habría dicho Dositeo, y permaneced. Allí es donde salvarás tu alma y terminarás tu peregrinaje terrenal. Familiarízate con el recuerdo constante de Dios. Apela a su Santo Nombre, y el Espíritu Santo vendrá a habitar en ti y guiará tu vida con toda santidad.»

Prokhore estaba gozoso. Precisamente se sentía atraído hacia el Desierto de Sarov. Muchos de sus conciudadanos se encontraban ya allí. Pero la separación de su madre fue dolorosa. El se arrojó a sus pies. Llorando ella le dio a besar los iconos familiares y pasó por su cuello una cruz de cobre de forma octogonal sobre la que estaba representado el Señor crucificado. Jamás dejó esta cruz el hijo de Agata. La llevo hasta su muerte sobre el pecho y pidió que después de ésta, la pusieran en su ataúd. Luego, el bastón de viajero en la mano, en compañía de dos de los cinco amigos con que había hecho el peregrinaje a Kiev, emprendió la ruta. Alrededor de seiscientos kilómetros separaban Sarov de Kursk.

El Desierto

La palabra «desierto» en hebreo significa algo o alguien abandonado – a la naturaleza a las bestias – una «tierra que no está sembrada» (Jr. 2:2). En ruso, «pustynia»: desierto, viene de «pusto,» «pustota»: lo vacío. El sentido profundo de los dos términos es idéntico. En el desierto, se puede estar abandonado por Dios, o abandonar todo para Dios. En el vacío de todo, y particularmente de sí mismo, uno se aproxima a Dios después de haber rechazado las tentaciones propuestas por el Adversario.

En este sentido, el desierto no es obligatoriamente una extensión de arena como el Sahara. El bosque de Sarov, situado al norte de la Gobernación de Tambov y al sur de aquel de Nizhni-Novgorod, en el centro de Rusia, poseía todo lo que se requiere para servir de «desierto.» El bosque se cierra sobre sí mismo, sirviendo de protección a los ladrones y a los fuera de la ley. Sólo en el siglo XVII un monje de nombre Teodosio osó levantar una cabaña sobre el terraplén del viejo campamento. Asolado por malhechores, debió partir. Otro, Gerósimo, tomó su lugar. Fue un tercero, Isaac, quien, a principios del reinado de Pedro el Grande, fundó un monasterio, al que dotó con una severa regla. El permiso de construir una iglesia lo dio el último Patriarca de Moscú. Entusiasmados, los monjes lo erigieron en cincuenta días. Se cuenta que durante su consagración, alegres repiques sacudieron el bosque. ¿De donde venían? Ni en el nuevo monasterio, ni en los alrededores, había una sola campana.

El Novicio

Una fría tarde de noviembre, – el 20 de noviembre de 1778 -, Prokhore y sus compañeros percibieron finalmente, a través de los grandes abetos negros, los muros blancos del monasterio. En la iglesia, se cantaban las vísperas. En la dulce penumbra, los cirios se quemaban frente a los iconos.

Al día siguiente, día de la Presentación en el Templo, el joven se presenta al higúmeno. Tenía diecinueve años y era hermoso: alto, ancho de hombros, la tez clara, los pómulos ligeramente salientes, la nariz afilada, los ojos muy azules. Todo su ser presentaba algo de sano, de virginal y de fuerte. Originario como él de la ciudad de Kursk, el Padre lo recibió con bondad. Seducido por la franqueza del joven, por la claridad de su mirada, le tomó afecto desde el principio.

Como novicio, Prokhore fue nombrado, en primer lugar, sirviente de la celda del Padre ecónomo. Luego, fue asignado a diferentes trabajos, a los que, en los monasterios de Oriente, se llama «obediencias.» Alternativamente fue panadero, carpintero y sacristán. Como san Sergio, prefería el oficio de carpintero, el de Cristo en Nazaret. Por su habilidad se lo apodó «Prokhore el Carpintero.» Artesano de alma, como muchos rusos, fabricaba con amor pequeñas cruces de madera de ciprés que los peregrinos compraban gustosamente. Dotado de una fuerza física poco común, ayudaba a los monjes en la tala y transporte de los abetos por el río. «El trabajo físico y el estudio de las Santas Escrituras contribuyen a guardar la pureza,» decía, siguiendo a san Isaac el Sirio, uno de sus autores preferidos.

Se lo amaba en el monasterio por su entusiasmo y su buen humor. «¡Entonces yo era alegre!.. dirá más tarde a una religiosa. La alegría no es un pecado, Madrecita, al contrario, Ella aleja la fatiga; y ya que de la fatiga proviene el desaliento, ¡nada peor que ella para el alma!»

«Cuando yo entré en el monasterio, cantaba en el coro. Sucedía, a veces, que los hermanos estaban muy fatigados, entonces el canto se resentía. Algunos ni siquiera acudían. En cuanto a mí, mi goce, como estaba siempre tan alegre, cuando ellos se reunían, yo les decía algo gracioso, y ellos olvidaban su cansancio. En la casa de Dios, es desagradable hablar o hacer algo inconveniente, no es correcto, pero una palabra afable, divertida, animosa, no es un pecado, Madrecita. Ayuda al espíritu del hombre a mantenerse en el goce delante del rostro de Dios.»

Estas descripciones nos muestran una reproducción casi fiel del futuro Padre Serafín: su hablar tan característico, intencionalmente popular; su hábito de tutear a sus interlocutores llamándolos «mi alegría,» (lo que en ruso suena bien), horror por el desaliento y el pesimismo.

No se debe creer que el noviciado de este joven desbordante de vida, amante del canto, sensible a la belleza, se desarrollaba sin choques. «Hasta los treinta y cinco años, es decir hasta la mitad de nuestra vida terrenal, confesará más tarde, grande es el esfuerzo que se necesita realizar para defenderse, del mal. Muchos no lo logran y se alejan del camino recto para seguir sus propias inclinaciones.» Qué hacer para perseverar? Una serie de consejos prodigados a un postulante, arrojan cierta luz sobre los años jóvenes de Prokhore el Carpintero. Helos aquí:

«Sea cual fuera la manera por la que has entrado a este monasterio, no pierdas valor: Dios está aquí. La vida monástica no es fácil. A la primer decepción, es necesario no desear dejar el monasterio. El novicio debe tener la voluntad de perseverar.

«Viviendo en esta santa casa, haz esto: permanece atento en la iglesia, familiarízate con los oficios, vísperas, completas, vigilias nocturnas, maitines, lecturas de las horas. Durante la Liturgia, permanece de pie, los ojos fijos sobre un icono o un cirio. Que la hediondez de tus distracciones no se mezcle con el incienso de la salmodia. En tu celda, aplícate a la lectura, sobre todo del Salterio. Relee cada versículo muchas veces, a fin de grabarlo en tu memoria. Si tienes trabajo, hazlo. Si se te llama para una obediencia, ve. Trabajando, repite continuamente la plegaria:

«Señor Jesucristo, Hijo de Dios,

ten piedad de mí, pecador.»

Orando, escúchate a ti mismo, es decir, une tu espíritu al corazón. Al principio, un día o dos, o más, ora con tu razón, pronunciando separadamente cada palabra. Luego, cuando el Señor haya reconfortado tu corazón, por su gracia, en unión con el Espíritu, tu plegaria fluirá sin interrupción y estará siempre contigo, regocijándote y alimentándote. Cuando obtengas este alimento espiritual, es decir el diálogo con el mismo Señor, ¿para qué ir a las celdas de los hermanos aun cuando te inviten? En verdad os digo: el amor por la charlatanería es también el amor de la pereza. Si no te comprendes a ti mismo, ¿dé qué puedes discutir con los otros? ¿qué puedes aprender de ellos? Calla. Calla todo el tiempo, recuerda siempre la presencia de Dios y de su Nombre. No entres en conversación con nadie, cuídate de criticar a los burlones y a los parlanchines. Sé sordo y mudo.

«En el refectorio, no mires lo que comen los demás y no juzgues, presta, en cambio, atención a ti mismo, alimentando tu alma con la plegaria. Al mediodía, come según tu apetito. A la noche, abstenete. La glotonería no es para el monje. Miércoles y viernes, si es posible, no tomes más que una sola comida, y el Angel del Señor se acercará a ti. Es necesario, sin embargo, alimentarse lo suficiente para que el cuerpo, reconfortado, sea un auxiliar para el hombre en el cumplimiento de su deber. De lo contrario, puede pasar que, estando debilitado el cuerpo, el alma flaquee. El ayuno no consiste solamente en comer raramente, sino en comer poco. No es razonable ayunar para quien, habiendo esperado con impaciencia la hora de la comida, se vuelca con voracidad – corporal y mental – al consumo del alimento. El verdadero ayuno, por otra parte no consiste sólo en domar el propio cuerpo, sino en privarse, a fin de dar pan a quien no lo tiene.»

«Todas las noches no duermas menos de cuatro horas: la décima, la undécima, la duodécima y una hora después de medianoche. Si te sientes fatigado, puedes, después del mediodía, hacer una siesta… Es lo que hice desde mi juventud. Conduciéndote así, no estarás triste sino en buena salud y alegre. Y permanecerás en el monasterio hasta el fin de tus días.»

«La primera virtud del novicio será la obediencia; ella es el mejor remedio para el enojo, enfermedad peligrosa y difícil de evitar si no se siguen estrictamente las disposiciones del superior. Al mismo tiempo que la obediencia, el joven monje ha de practicar la paciencia. Sin murmurar, debe soportar vejaciones e injurias.»

«El hábito monástico es la aceptación de las ofensas y las calumnias. Un monje debe ser semejante a una vieja chancleta, utilizada hasta la cuerda.»

«Sin pruebas, no hay salvación. No se convierte uno en monje sin la plegaria y la paciencia, como no se va a la guerra sin llevar armas.»

Un escollo: las mujeres.

«Huye como del fuego de estas cornejas pintadas. Con frecuencia, ellas transforman a un guerrero del rey en esclavo de Satanás. Las virtuosas deben evitarse tanto como las otras.»

El corazón del monje se debilita siempre por el trato con el sexo femenino.

«Desde la entrada al monasterio, y hasta su muerte, la vida del monje no es más que una lucha terrible contra lo mundano, la carne y el diablo. No es monje aquel que en tiempo de guerra cae a tierra y se rinde sin combatir.»

Estos consejos son los de un hombre maduro. Pero reflejan los problemas de los jóvenes religiosos de todos los tiempos.

Viniendo del fondo de las edades, una voz parece responder: «Es monje aquel que guarda su corazón y aspira a amoldar lo Incorporal en una morada de carne.» Quien habla es san Juan Clímaco, higúmeno del siglo VII del monasterio de Santa Catalina en el Sinaí. Los años no cambiaron en nada los preceptos de la ascesis, al menos en la ortodoxia.

La Herencia del Hesicasmo

Trabajando, repite continuamente la plegaria: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador…» «Acuérdate siempre de la presencia de Dios y de su santo Nombre.» En Kiev, el «Anciano» Dositeo, ¿no había pronunciado las mismas palabras?

El recuerdo constante de la presencia divina y la invocación del santo Nombre de Dios remonta a la más alta antigüedad bíblica. En la oración enseñada por Cristo a sus discípulos, la primera invocación es: «Que tu Nombre sea santificado.» Los Apóstoles, desde el principio de su predicación, habían puesto el acento sobre el nombre de Jesús, a1 que invocaban para curar a los enfermos y representaba tanto una fuerza como una fuente de salvación.

Al Nombre de Jesús, expresando su gloria, pertenece una fuerza salvadora y vivificante, de allí la difusión progresiva entre los monjes, luego entre todos los cristianos, de la «oración de Jesús.»

El Nombre de Jesús implica su presencia. «Entre el Nombre y aquel que el Nombre invoca no se podría introducir una navaja de afeitar» dijo un teólogo ruso contemporáneo.

Ella tiene dos cimas. Una se alcanza cuando la plegaria convertida en parte integrante del hombre deja de ser algo que el hombre dice, para transformarse en algo que se dice en él. Cuando el Espíritu establece su morada en el hombre, este no puede dejar de orar, ya que el Espíritu no cesa de orar en él… En lo sucesivo, él no domina la plegaria durante períodos de tiempo determinados, sino en todo tiempo. Incluso cuando descansa, la plegaria está en él secretamente, ya que «El silencio de la impasibilidad es plegaria» dijo Isaac el Sirio. «Sus pensamientos son mociones divinas, los movimientos del intelecto purificado, son voces mudas que cantan en el secreto esta salmodia a lo invisible.» Pero el Sirio se apresura a agregar: «Difícilmente se encontraría en toda una generación un hombre que se haya aproximado a este conocimiento de la gloria de Dios.»

La segunda cima está inundada por una luz que la ortodoxia califica como no creada. Pese a la prohibición que se les hizo de «meditar» sobre algunos episodios de la vida de Cristo, de tomarse imágenes en sus espíritus, los adeptos a la «oración de Jesús,» se beneficiaban, a veces, con visiones luminosas que no eran, ni efecto de su imaginación, ni el efecto de una luz meteorológica simbólicamente interpretada, sino una teofania – una revelación divina – tan real como la del Monte Tabor prefigurando la gloria del Resucitado, tal como la luz sin fin que iluminará a la Jerusalén Celestial y cuya luminaria será el Cordero (Ap. 2:23).

¿Estaban los monjes de Sarov al corriente de la doctrina y las prácticas hesicastas? De acuerdo con los consejos prodigados al postulante, y que acabamos de citar, la respuesta es afirmativa. Desde principios del siglo XIV, los escritos sobre el hesicasmo se propagaron a través de los países eslavos y ganaron Rusia. San Sergio de Radonez tenía conocimientos de ellos. La experiencia de luz no creada no le era extraña. En el siglo XV, un Nil de la Sora, eremita de la «Tebaida del Norte» allende el Volga, erudito que hablaba corrientemente el griego, habiendo permanecido largo tiempo en el Monte Athos, dejó a sus descendientes espirituales una Regla inspirada por los grandes maestros de la doctrina hesicasta: Juan Clímaco, Isaac de Nínive, Simeón el Nuevo Teólogo. Los textos que restan «constituyen a la vez un ejemplo importante de fidelidad absoluta a la tradición hesicasta bizantina y de una remarcable simplicidad espiritual que caracterizaba a la persona misma de Nil y que constituirá el rasgo más destacado de los santos rusos posteriores.» Esto se debe recordar. Los santos rusos restando interés a la especulación teológica, contribuyeron con frecuencia, por un cierto lirismo cósmico, a humanizar la mística hesicasta; ellos acentuaron, mucho más que los griegos, las implicaciones sociales del monaquismo eremita.

Las dificultades, y las persecuciones que la Iglesia rusa conoció en el curso del siglo XVIII, no lograron vaciar el alma rusa de su deseo de Dios. Más numerosos que nunca, los peregrinos surcaron el imperio a la búsqueda de esta Verdad-Justicia que la vida sobre la tierra parecía negar. Y he aquí, que algunos de entre ellos se dedicaron a traer de Moldavia excelentes noticias: había allí, en los confines de Rumania, un monje ruso, un verdadero «staretz,» Paissy Velitchkovsky, alrededor del cual la vida monástica, conforme a las más auténticas tradiciones, se reorganizó. Millares de monjes se habían reunido ya en su monasterio. En cuanto a Paissy mismo, hablando muchas lenguas, él traducía incansablemente del griego las obras de la literatura patrística y sobre todo, las obras de los santos hesicastas con los cuales se había familiarizado durante una prolongada permanencia en el Monte Athos. El único retrato que se tiene de él lo representa frágil bajo los amplios pliegues de un manto monacal, su dulce rostro absorbido por un par de ojos enormes. Se decía que con frecuencia estaba enfermo. Encogido sobre su lecho como un niño, pero rodeado de diccionarios, él dictaba a numerosos secretarios sus traducciones. Su influencia en Rusia fue enorme. Por todas partes a fines del siglo XVIII, a principios del XIV, se encuentran a sus discípulos, o los discípulos de estos últimos. Dositeo de Kiev, quien orientó a Prokhore Mochnine hacia el Desierto de Sarov, fue uno. Pero nada de lo que Paissy tradujo tuvo un éxito comparable al de la Filocalia – en griego «amor a lo Bello» en ruso «Dobrotolubiye»; «Amor al Bien» – recopilación de adagios patrísticos, publicada en 1782 en Venecia por un obispo griego en estado de rebelión contra las autoridades otomanas de su diócesis, Macario de Corinto (1731-1805), en colaboración con un monje de la Montaña Santa, Nicodemo el Hagiorita (1749-1809). Sin preocuparse por las repeticiones, esta recopilación reunía una entidad de textos cuyos autores fueron los grandes contemplativos. Comenzaba por los Padres del Desierto del silgo IV y llegaba hasta los restauradores del siglo 14 una larga cadena de autores. La traducción rusa apareció en San Petersburgo en 1793, a fines del reinado de Catalina II, gracias a los esfuerzos del eminente metropolitano Gabriel. Pero se sabe que dieciséis años antes de su aparición oficial, Dositeo de Kiev estaba ya familiarizado con el espíritu de su contenido.

La oración hesicasta que el eremita de Sarov practicaba incansablemente se convierte, en, «una llave que abre el mundo, un instrumento de ofrenda secreta, una aplicación del sello divino sobre todo lo que existe.» «La invocación del Nombre de Jesús es un método de transfiguración del universo.» Aquel que ora sin cesar adquiere el conocimiento del lenguaje de la creación. El escucha la alabanza de las criaturas y comprende cómo es posible conversar con ellas.

La Enfermedad

Hesicasta consciente o no, el celo que Prokhore el Carpintero desplegó en el Desierto de Sarov casi termina por conducirlo a la tumba. Se piensa que su enfermedad era una hidropesía; la sufre durante tres años y ella termina por postrarlo en cama. El recurrir a la medicina no existe en la tradición monástica. No hay doctores en el Monte Athos. Pero desesperado por la vida de su preferido, el Padre Abad que no dejaba nunca su celda, estaba dispuesto a enviar por un médico, cuando, ante el asombro de todos, el enfermo curó. ¿Qué habrá pasado? Se supo mucho más tarde.

La Santa Virgen que en Kursk había llegado bajo el aspecto de un icono, para salvar al niño enfermo, regresaba, esta vez en Persona para salvar al joven novicio del Desierto de Sarov. Llegó en compañía de los Apóstoles Pedro y Juan. Volviéndose hacia ellos, ella pronunció extrañas palabras: «El es de nuestra raza» dijo, refiriéndose al moribundo. Cosas así no se inventan. ¿Cómo habrían llegado el espíritu de un aspirante a la humildad? «Ella posó sobre mi frente su mano derecha, contaba en su vejez; en su mano izquierda llevaba un cetro con el cual, tocó al pobre Serafín. En este jugar – sobre mi cadera derecha – se formó un hueco. Por allí corrió el agua. Y es así como la Reina del Cielo salvó al humilde Serafín.» Una profunda cicatriz en la cadera testimoniaba el milagro.

Monje-Sacerdote

Serafín… Ocho años después de su entrada al Desierto de Sarov, Prokhore, de veintisiete años de edad, considerado digno de llevar el hábito monástico, fue recibido el 13 de agosto de 1786 en la comunidad del Desierto. Sin pedir su aprobación se le impuso el nombre de Serafín que, en hebreo, quiere decir: «Reluciente.» Muy tempranamente sería ordenado diácono. Pero, antes, tenia que pagar una deuda de gratitud: con la bendición de sus superiores partió a recaudar fondos para construir una pequeña iglesia, testimonio de sus sufrimientos, en el lugar donde fue visitado y curado.

Demás está decir que en el curso de este fatigante viaje a través del país, había ido hasta Kursk, abrazado una última vez a su madre y predicho a su hermano Alexis que lo seguiría de cerca a la tumba, lo que, pasado el tiempo, sucedió. Pero no se pensó jamás en la impresión que esta larga caminata a través de la tierra rusa pudo dejar en un hombre joven marcado por el sufrimiento, y, de hecho, particularmente receptivo.

Más tarde fue ordenado diácono. Nuevamente, desplegó su celo; demasiado, pensaban algunos monjes. No se había visto jamás a un diácono prepararse para la Liturgia dominical orando toda la noche en la iglesia. Terminado el oficio, aún dudaba en partir. ¿Habría amado, como un puro de espíritu, servir continuamente al Señor olvidándose de comer y beber? Mientras cantaba el coro, le sucedía, decía, ver pasar a los ángeles; vestidos con ropas blancas, brillantes como relámpagos, ellos atravesaban la iglesia cantando mejor que los monjes. En verdad, pensaban estos últimos, los ángeles toman parte en la celebración de la eucaristía. Durante la Gran Cuaresma, en las liturgias de los presantificados, ¿no se proclama: «Hoy las fuerzas celestiales concelebran invisiblemente con nosotros»? Pero el Padre Serafín ¿no exageraba pretendiendo verlos? Este hombre calmo, sólido, equilibrado, este buen obrero que había sido Prokhore el Carpintero, ¿se transformaba en uno de esos «místicos» de los que desconfía, como de la peste, la severa sobriedad tradicional del monaquismo oriental?

Un día, durante la solemne liturgia del Jueves Santo, después de haber bendecido a la asistencia y pronunciado las palabras: «y por los siglos de los siglos,» en lugar de retirarse, como lo exigía el desarrollo del oficio, el Padre Serafín permaneció fijo en su lugar, inmóvil, ausente de todo. Comprendiendo que le había pasado algo insólito, dos jerodiáconos lo tomaron de los brazos y lo condujeron detrás del altar. Su inmovilidad duró tres horas. «Estaba deslumbrado como por un rayo de sol, explicó a su confesor y al Padre Pacomio. Volviendo los ojos hacia esa luz vi a Nuestro Señor y Dios, Jesucristo, con el aspecto del Hijo del Hombre en su Gloria, brillando con una luz inefable y rodeado por los ejércitos celestiales: ángeles, arcángeles, querubines y serafines. Viniendo de la puerta oeste, caminando en los aires, El bendijo a los celebrantes y a los asistentes. Luego, entrando en su icono cerca de la puerta real, El cambió de aspecto, siempre rodeado por las órdenes celestiales que con su brillo iluminaban toda la iglesia. En cuanto a mí, tierra y ceniza, fui objeto de una bendición especial.» Los viejos monjes escuchaban atentamente. Después, sabios y experimentados como eran, lo pusieron severamente en guardia contra las visiones en general y las tentaciones del orgullo en particular. Pero el Padre Serafín ya no era un novicio. El sabía que la humildad es el cimiento que sostiene el edificio de la perfección espiritual. Pero sabía también que una vez comprometido en el camino de la unión con Dios, el hombre no puede detenerse más.

El Padre Serafín había entrado en ese mundo invisible al que pocos hombres tienen acceso. Pero él no decía: soy rico. Al contrario, su sed de contemplación no hacía más que crecer. Ordenado sacerdote, no se sentía menos atraído por la gran soledad del desierto verdadero. La contemplación de un anacoreta es más preciosa de «lo que fue jamás el sacerdocio, según la orden de Melquisedec.» Allí hay un misterio.

El higúmeno Pacomio murió. Su enfermedad retuvo al Padre Serafín en el monasterio. Una vez desaparecido el anciano al que había cuidado como a un hijo, pidió a su sucesor, el Padre Isaías, permiso para retirarse al bosque y dejó el monasterio con una dispensa oficial. Se conoce la fecha de su partida: el 20 de noviembre de 1794, vísperas de la Presentación en el Templo de la Santa Virgen, exactamente dieciséis años después de su entrada. Tenía treinta y cinco años, etapa importante, según sus propias palabras, en la vida de un hombre.

El Eremita

Existe una carta escrita a un amigo por el staretz Paissy Velichkovsky con respecto a la vida eremítica de la que dijo: «Debes saber, amigo muy querido, que el Espíritu Santo dividió la vida monástica en tres categorías: la vida eremítica; la vida en compañía de dos o tres hermanos en un skit y la vida cenobítica. La vida eremítica debe comprenderse como una existencia lejos de los hombres, en el desierto. El eremita se remite sólo a Dios, a El le concierne la salvación de su alma, el alimento, la vestimenta, y toda necesidad terrenal. El no espera más que en El en todos los combates del alma y del cuerpo, sólo El es su ayuda y su esperanza en este mundo. Pero esta existencia es posible para los maduros espiritualmente, los que viven en paz consigo mismos. En cuanto a los novicios que no se comprometen: si 1o hacen frívolamente, cuidado con ellos, si caen en la apatía, la distracción o la duda; ningún hombre se encontrará cerca de ellos para levantarlos.» El Padre Serafín hizo la experiencia.

«Los que viven en los monasterios, dirá, luchan con los enemigos del género humano como si lo hicieran con palomas; los anacoretas – como si lo hicieran con leones y leopardos.»

Pero ¿quiénes son estos «enemigos del género humano»? ¿Contra quién se entabla esta lucha en el vacío? El hombre del siglo XX sabe todavía que su destino, en gran parte, depende de ella. En la opinión de los antiguos, el Universo estaba administrado por espíritus que gobernaban los astros y residían «en los cielos» o «en los aires.» Ellos coincidían en parte con lo que San Pablo llamó «los rudimentos del mundo» (Gá. 4:3). Infieles a Dios, quisieron – y lo lograron – sojuzgar al hombre en el Pecado. Pero Cristo vino a liberar a la humanidad de su esclavitud, a arrancarla del imperio de las tinieblas. «El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Col. 1:15-20).

En consecuencia he aquí el trabajo para un místico, para un anacoreta. La salvación del mundo depende de él. Volviéndose sobre sí mismo, él se encerrará en la «celda interior» de su corazón, para encontrar allí, «más profundamente que el pecado,» el comienzo de un ascenso en el curso del cual, el universo se le aparecerá más y más unido, más y más coherente, impregnado por fuerzas espirituales, tomando un todo en la mano de Dios.

El «Desierto Lejano»

El bosque que sirvió de «desierto» al Padre Serafín era inmenso y sombrío. Los abetos se levantaban como mástiles de navíos. Algunos tenían muchos metros de circunferencia. En una modesta «isba» situada sobre una orilla escarpada del río Sarovca, a seis kilómetros aproximadamente del monasterio, tenía lugar su eremita. Un icono en un rincón, una sartén en el otro, un pedazo de tronco a manera de silla – era todo. ¿Un lecho? Inútil. El bautizó el conjunto «Monte Athos.»

Un eremita, para preservarse del tedio, tiene necesidad de un estricto empleo del tiempo. La jornada del Padre Serafín comenzaba a medianoche; seguía la regla de San Pacomio el Grande, en vigor entre los Padres del Desierto. Para comenzar, recitaba el Oficio, los maitines y las alabanzas. A las nueve, era el momento del tercio, la sexta y la novena. Finalmente, después del mediodía, cantaba las vísperas y las completas. A la caída de la noche, recitaba las oraciones preludiando el sueño, acompañadas de numerosas prosternaciones como habitualmente hacen los monjes orientales. En cl intermedio, la oración del corazón, ininterrumpida, rimaba sus actividades. En su inmenso deseo de vincular todo a Jesús, él había dado a los alrededores nombres bíblicos. En «Nazaret,» cantaba los himnos «akathistes» a la Virgen; recitaba la sexta y la novena en el «Gólgota»; leía el evangelio de la Transfiguración en el «Monte Tabor, y entonaba en «Belén» la «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos.»

El Padre Serafín cultivaba una huerta. Como abono, utilizaba el musgo húmedo que, con el torso desnudo, iba a buscar a los pantanos, ofreciendo «la carne rebelde» a las picaduras de los tábanos y los mosquitos. Así pasaba el invierno y llegaba la primavera, con el aire tibio trayendo el olor de la nieve que se funde, de 1a savia que sube. Era la primavera – la Resurrección – Pascuas: Abandonando su ermita, el Padre Serafín pasaba la primer semana de Gran Cuaresma en el monasterio, privándose completamente de alimento, repitiendo con sus hermanos la plegaria de penitencia de San Efrén el Sirio.

«La plegaria y el ayuno, la soledad y la abstinencia, forman el cuarteto que conduce al alma hacia el Reino de Dios» decía el habitante del «Pequeño Desierto Lejano.» La lectura era una de las ocupaciones favoritas de este hombre de aire libre. El Evangelio que llevaba en un bolso, detrás de su espalda, lo acompañaba a todas partes. Cada día leía algunos capítulos, «aprovisionando» de este modo su alma. Ya que el alma debe alimentarse con la palabra de Dios.» «Es necesario habituar al espíritu a que se sumerja en la ley de Dios,» enseñará. Su conversación, en efecto, no será a menudo más que una serie de paráfrasis de textos bíblicos libremente aplicados a situaciones dadas.

La soledad de un ermita llama y facilita la llegada del Espíritu. «Para el descenso del Espíritu, dirá Serafín de Sarov, conviene estar escuchando el absoluto silencio. Como la lectura se toma superflua, una vez que el Espíritu se posesionó del hombre, la plegaria no necesita más de palabras.» ¿Había llegado al estado señalado por Isaac el Sino, donde «el silencio de la impasibilidad es plegaria»?

Las Bestias

«A medianoche, cuenta el Padre José, un testigo ocular, los osos, los lobos, las liebres y los zorros, los lagartos y los reptiles de todo tipo, rodeaban la ermita. Habiendo terminado sus plegarias, el asceta salía de su celda y se dedicaba a alimentarlas.» Otro testigo, el Padre Alejandro, intrigado, había preguntado una vez cómo el poco pan seco contenido en su bolsa podía ser suficiente al Padre Serafín para satisfacer a tal cantidad de animales. «Hay siempre bastante» fue la tranquila respuesta. Un gran oso, en particular, gozaba de la intimidad del santo hombre. Los relatos referidos a su encuentro, a primera vista poco tranquilizante, con este habitante de los bosques, fueron dejados por el Padre Alejandro así como por otras personas. Lo que los asombraba sobre todo, era el goce, que el Padre Serafín irradiaba entonces. Sonriendo, enviaba al oso con un encargo, y el animal regresaba, caminando sobre sus patas traseras, portador de un panal de miel que el anacoreta ofrecía amablemente a sus visitantes. Entre las representaciones póstumas de Serafín de Sarov, las más populares fueron aquellas en las que se lo ve sentado bajo un abeto, dando un pedazo de pan a un oso.

«¿Qué es un corazón caritativo? se preguntó san Isaac el Sirio. Es un corazón que se inflama de caridad por la creación entera, por los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por todas las criaturas. Es por eso que tal hombre no cesa de orar, tanto por los animales y los enemigos de la Verdad, como por quienes le hacen mal, a fin de que sean conservados y purificados. Incluso ora por los reptiles, movido por esa piedad que se despierta en el corazón de los que se asimilan a Dios.»

Después de Macario de Egipto, de san Francisco de Asís, de Sergio de Radonez, Serafín de Sarov actualizaba este magnífico texto.

La Oración

Cuando era tentado por el demonio él ayunaba y oraba sin cesar durante mil días y mil noches, de pie o arrodillado sobre una gruesa piedra plana, o en una cueva cavada bajo su isba, Serafín de Sarov exclamó, como el publicano del Evangelio: «¡Señor Jesús, ten piedad de mí, pecador!» Nadie sabrá jamás a qué imágenes horribles, a qué tentaciones, tan sutiles como atroces, respondía ese grito de alarma. Pero Cristo estaba allí. «¿Quién nos separará del amor de Cristo? exclamó san Pablo, ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?.. Por la cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los príncipes, ni potestades, ni el presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro. 8-35-38).

El Recluso

«La obediencia, para el monje, es más importante que el ayuno y la plegaria.» El Padre Serafín lo había afirmado y actuaba en consecuencia. Por obediencia, este hombre que había pasado los cincuenta años, asceta brioso, dejaba su retiro forestal donde durante dieciséis años se había complacido en alabar a su Señor y su Dios. Sin embargo, el período de silencio que el Espíritu le había impuesto no había terminado todavía. ¿Cómo perseverar en un monasterio en plena actividad, ruidoso, lleno de visitantes y peregrinos? El pidió al higúmeno la bendición para enclaustrarse en su antigua celda y recibir allí los sacramentos.

Así pasaron cinco años. Un día, el recluso abrió su puerta, sin salir de su celda. Los que querían verlo podían entrar. Siempre mudo, se ocupaba en sus actividades cotidianas. Cinco años después comenzó a responder preguntas, a dar consejos. Al principio, sólo los monjes lo visitaban. Rápidamente fueron seguidos por los laicos. La Virgen misma había dado la orden al recluso de recibirlos. Su carisma no se agotaba más. Pero él, no dejaba su sombrío reducto. La falta de aire y de ejercicio le causaba dolores de cabeza insoportables. El salía a la noche, ocultamente. Una o dos veces se lo vio así, cerca del cementerio, transportando algo pesado y murmurando la plegaria de Jesús. «Soy yo, soy yo, el pobre Serafín… ¡Cállate, mi goce!» decía. Sintiendo que sus fuerzas se debilitaban, él pidió a Dios el permiso para terminar su reclusión. Y el permiso llegó. La noche del 25 de noviembre, fecha que conmemora a los Santos Clemente de Roma y Pedro de Alejandría, la Virgen María se le apareció mientras dormía y lo autorizó a dirigirse a su ermita. Habiendo obtenido la bendición del higúmeno, el recluso, después de dieciséis años de prisión voluntaria, salió y se dirigió hacia el bosque.

A Plena Luz

«Viene tanta gente a ver al Padre Serafín» decía, no sin humor, el higúmeno Nifonte, «que no se cierran las puertas del monasterio, antes de medianoche.»

A partir del momento en que Serafín de Sarov dividió su tiempo entre el bosque y su celda monástica dejó de pertenecerse. De ahora en adelante pertenecía a las multitudes. Tenía sesenta y seis años. Los primeros dieciséis años de su vida religiosa los había pasado en el monasterio. El hombre maduro -a partir de los treinta y cinco años – se había ocultado en el bosque, había elegido enclaustrarse durante dieciséis años en su celda monacal. Un medio siglo casi de preparación para un ministerio que debía durar ocho años. ¿Había vivido fuera del tiempo ese medio siglo? Nada indica, en las pocas informaciones que se posee al respecto, la menor influencia de los acontecimientos contemporáneos sobre la formación espiritual de Serafín de Sarov.

Era 1825, año en el que Serafín de Sarov daba fin a su reclusión. Un monje que, más tarde, debía contar la historia a un oficial de marina que ingresó en la religión en el Desierto de Sarov, vio, cierta vez, que al caer la tarde, una «troica» se detenía frente a la escalinata. Llegando a su encuentro, el staretz saludó, inclinándose, al oficial que descendió del carruaje. Los dos se retiraron luego a la celda del Padre y permanecieron allí encerrados durante casi tres horas. Era de noche cuando el desconocido salió para retomar su lugar en el carruaje. El staretz que lo acompañaba pronunció, desde lo alto de la escalinata, a manera de adiós, estas misteriosas palabras: «Recuerda, Señor, lo que te dije, y hazlo.» El monje que, intrigado, se habría ocultado para escuchar: vio que se trataba del Emperador.

El «humilde» Serafín, en posesión de la paz de Cristo, había prodigado sus consejos y dado su bendición al soberano, dueño de una sexta parte del globo; desde la cima de su gloria ¿habría visto el abismo de todas las vanidades?

El Staretz

«Staretz» – así se llamaría en lo sucesivo al eremita de Sarov. Literalmente, «staretz» quiere decir «anciano,» «gerontes» en griego. Tomado en sentido monástico es un padre espiritual, un Maestro. En los monasterios orientales, los «ancianos» dirigían a los novicios. Grandes santos fueron formados por los «staretz.» Simeón el Nuevo Teólogo proclamaba deber todo a su staretz, Simeón el Piadoso. Pero en Rusia, el «starchestvo» – el ministerio del staretz – puesto en vigor nuevamente por Paissy Velichkovsky a fines del siglo XVIII, se convirtió en una verdadera institución que jugó en la historia del país un papel considerable. Serafín de Sarov fue el primero, el más grande de estos hombres de Dios. Después de su muerte, el carisma del «starchestvo» – bajo cuya forma «la santidad de los tiempos pasados regresó a la vida en la santidad moderna de manera tan tradicional, y a la vez tan sorprendente por su novedad» – pasó al «Desierto» de Optina donde, convertida en «hereditaria,» se manifestó en muchas generaciones de «startzi» que se sucedieron hasta la Revolución. Como se sabe, Tolstoi y Dostoievsky fueron a Optina a buscar la sabiduría. Y, convertido por su mujer, el filósofo Kireyevsky escribió: «Todos los libros, todas las obras del espíritu no valen a mis ojos tanto como el ejemplo de un santo staretz.»

El ejemplo, sí. Ya que es por el ejemplo que predicaban estos elegidos del Espíritu. Ellos mismos debían haber hecho sus experiencias y así demostrar dignamente los dones logrados. Un guía inexperto es peligroso. «El Señor no bendice a los que se limitan a enseñar, sino más bien a los que por la práctica interior de los mandamientos merecieron ver y contemplar en sí mismos la luz brillante y rutilante del Espíritu y que, en esta visión, en este conocimiento y este influjo, conocieron por el Espíritu lo que deben decir y lo que deben enseñar a los otros,» escribió Simeón el Nuevo Teólogo.

Con su bondad acostumbrada, muy rusa, Serafín de Sarov confirmaba las palabras del gran bizantino. «Ejecutar lo que se enseña es tan difícil como subir piedras a la cima del campanario. Tal es la diferencia entre la enseñanza y la práctica.»

Como la reputación del staretz Serafín crecía día a día, las multitudes invadían el Desierto de Sarov. ¿Por qué viajaban allí? Buscaban un auténtico staretz, un Maestro espiritual.

Un pequeño viejo, todo blanco, todo encogido, todo seco con los ojos azules y una sonrisa incomprensiblemente radiante. Su acogida para todos, en la misma. «¡Buenos días, mi alegría!» y también: «¡Cristo resucitó!» – Saludo pascual, dado a sus compatriotas.

Resueltamente optimista decía: «No seguimos el camino del desaliento – proclamaba golpeando alegremente el piso – Cristo todo lo vence. El resucitó a Adán. Restauró a Eva en su dignidad. ¡El dio muerte a la muerte!»

El Objetivo de la Ascesis

La coronación de las hazañas ascéticas es el amor.

Encerrado en el silencio perfecto, el recluso intercede con su plegaria por el mundo entero. «Pero aquél, dijo Isaac el Sirio, que entra en relación con los hombres e ignora sus miserias, creyendo ser más fiel de este modo a las austeridades de su regla, no es misericordioso, sino cruel. Quien no visita a un enfermo no verá la luz. Quien aleje su rostro de un afligido, verá entenebrecerse su jornada. Y los hijos que no escuchan la voz del sufrimiento irán, ciegos, tanteando, a buscar sus moradas… Llega para cada existencia su hora, su lugar y su particularidad.»

Hubo un tiempo en que el Padre Serafín hacía barricadas con troncos de árboles en el camino del Pequeño Desierto lejano, rehusaba hablar con sus semejantes y velaba su rostro delante de ellos. Ahora, había llegado a un estado de participación, de ofrenda y de renuncia a sí mismo.

– Admitamos, decía, que yo cierre la puerta de mi celda. Los que vendrán, esperarán una palabra de aliento, me implorarán, en nombre de Dios, que abra. Al no recibir respuesta, ellos se irán tristes. ¿Qué excusa podría darle a Dios, el día de su Terrible Juicio?

Su paciencia era inagotable. Escuchaba a cada uno con atención y dulzura. Pero no abría a todos por igual los tesoros de sus carismas. – No se debe, decía, abrir sin necesidad el corazón a otros. Entre mil habrá tal vez uno sólo, capaz de entrar en su misterio. Con un hombre natural, se debe hablar de cosas humanas. Pero con aquel que tiene la inteligencia abierta a lo sobrenatural, se debe hablar de cosas celestiales.

La Clarividencia

«¡Yo sé!» decía el staretz. Pero, ¿cómo lo sabia? Uno de sus amigos, el Padre Antonio, higúmeno del monasterio de Visokogorsk y asiduo visitante de Sarov, fue un día testigo de la conversación entre el santo hombre y un negociante de Vladimir. Lo veía por primera vez, pero leía su alma como en un libro abierto. El Padre Antonio le preguntó a continuación cómo lograba penetrar en lo más íntimo de cada conciencia sin preguntas, sin esperar confidencias.

La respuesta del staretz nos abre los ojos. «El venta hacia mí, respondió, refiriéndose al mercader, viendo en mí a un servidor de Dios; y como yo, indigno Serafín, me considero un pobre siervo de Dios, lo que Dios ordena a su servidor, yo lo transmito. El primer pensamiento que me llega, estimo que es Dios quien lo envía, y hablo sin saber lo que pasa en el alma de mi interlocutor, pero creyendo que es la voluntad de Dios y que e para su bien. A veces, confiándome en mi propia razón, yo respondía, pensando que era fácil. En ese caso, se producían errores. Como el hierro se da al yunque, yo doy mi voluntad a Dios. Actúo como El quiere. No tengo voluntad propia.» «Pero el Padre Antonio afirmó entonces que el staretz, veía el alma de un hombre, como un rostro en un espejo, a causa de la pureza de su espíritu. El Padre Serafín puso su mano derecha sobre la boca del higúmeno.» «No, mi goce, no se debe hablar así. El corazón humano no está abierto más que para Dios. Si el hombre se acerca, El ve cuán profundo es el corazón del otro» El staretz no iba del hombre a Dios, sino de Dios al hombre. El no hacía psicoanálisis, sino que escuchaba la voz del Espíritu.

Consejos

Entre los visitantes que recibía, había, naturalmente, muchos monjes y clérigos. Uno de ellos, nuestro higúmeno de Visokogork, Antonio, el que había planteado al staretz preguntas concernientes a su clarividencia, corrió un día a hacerlo participe de la angustia que lo inquietaba. Creyendo próxima su muerte, él se despedía de todos en su monasterio. «Tú no entiendes como debieras, mi goce, le dijo afectuosamente el staretz. Tú dejarás tu monasterio, pero no morirás. Serás ubicado a la cabeza de otro gran Monasterio.» La predicción no tardó en realizarse. El Padre Antonio fue designado por el Metropolit Filaret de Moscú para representarlo como vicario en la abadía de La Trinidad de San Sergio. Las recomendaciones que le hizo el Padre Serafín en esa ocasión, fueron sobre el comportamiento de los superiores: «Sé, para tus monjes, una madre antes que un padre. Todo superior debe ser – y permanecer – para sus ovejas como una madre razonable. Una madre amante no vive para ella, sino para sus hijos, sufre sus enfermedades con amor; ella purifica a los que están mancillados, los lava dulcemente, apaciblemente, los viste con ropas limpias y nuevas; los calza, los conforta, los alimenta, los consuela. Y trata de cuidarlos de manera de no escuchar jamás la menor queja de su parte. Tales niños están ligados a su madre. Así, cada superior debe vivir no para él, sino para sus ovejas. Debe ser indulgente con sus debilidades; soportar con amor sus enfermedades; recubrir los males de los pecadores con emplastos de misericordia; levantar con dulzura a los que caen; purificar a los que están mancillados por el vicio, imponiéndoles una penitencia suplementaria de oración y ayuno; vestirlos con la virtud por la enseñanza y el ejemplo; ocuparse constantemente de ellos y salvaguardar su paz interior para no escuchar jamás de su parte ni grito, ni queja. Entonces, ellos harán lo posible para procurar al superior la tranquilidad y la paz.» Las recomendaciones hechas por San Francisco de Asís a los Superiores de sus fundaciones son extrañamente similares. El también empleó el término de «madre.»

Las Mujeres

En esta celda tan frecuentemente visitada, Serafín recibía también muchas mujeres. ¿No había dicho un día que era necesario desconfiar, como de la peste, de «estas cornejas pintadas»? Envejecido, lleno como estaba de fuerza espiritual, su actitud hacia ellas había cambiado. Primero entre los santos rusos, él debía ocuparse de su muerte, prever el papel, que, en el futuro, les estaba reservado.

«No olvidaré jamás, mientras una de ellas, que, habiendo él orado conmigo delante del icono de la Madre de Dios, puso sobre mi cabeza sus manos calientes; yo sentí de pronto una fuerza vivificante expandirse a través de mi cuerpo entero. Levanté los ojos sobre el Padre y vi que lloraba. Una de sus lágrimas cayó sobre mi frente. ¿Lloraba por mí? No osé preguntarle…

¿Lloraba por la suerte de tantas mujeres, esclavas de dueños inhumanos, de maridos cuya brutalidad asesinaba sus almas y sus cuerpos, de los huérfanos sin dote y sin sostén de los que se ocupaba su madre, Agata Mochnine, de santa memoria? Es lo más probable.

Hablando a las personas casadas, el staretz no entraba en los detalles de 1a vida conyugal. Se contentaba con pedir a los esposos la fidelidad recíproca y el amor que aseguran a la familia la estabilidad y la paz.

El Taumaturgo

El Padre Serafín discernía los espíritus, predecía el futuro, mantenía relaciones telepáticas con los ermitaños que vivían a millares de kilómetros de distancia, respondía las cartas sin abrirlas jamás. Tenía el don de la levitación y de la bilocación y he aquí que se le acordó el don de hacer milagros y curar a los enfermos. ¿Se regocijó por ello?

«Los verdaderos santos no solamente no desean hacer milagros, sino que, cuando este don les es conferido, lo rehusan. No es sólo delante de los hombres que no quieren este don, sino en lo secreto de su corazón. Si algunos aceptaban este don, era por necesidad… otros por orden del Espíritu Santo que actuaba en ellos, ninguno por azar, sin necesidad.»

El primero tocado por el milagro se llamaba Miguel Mansurov. Propietario territorial del poblado de Noutch en la provincia de Nizhni-Novgorod, joven, alegre, de un físico agradable, la vida le sonreía cuando una extraña enfermedad lo postró. Perdió el uso de sus piernas, pedazos de huesos caían de sus pies. Desalentado por tratamientos médicos ineficaces, se hizo transportar a Sarov y, con lágrimas en los ojos, suplicó al staretz que lo curara.

«¿Crees en Dios?» preguntó por tres veces el santo hombre. «Si tú crees, mi goce, todo es posible a aquel que cree.»

Habiendo obtenido una respuesta afirmativa, entró en celda, y regresó portando un poco de aceite proveniente de la lámpara que quemaba delante del icono de la Virgen. Con este aceite, friccionó los pies y las piernas del enfermo repitiendo: «Por la gracia recibida de Dios, yo te curo.» A continuación, colocó en los pies de Mansurov medias de tela; trajo de su celda una cantidad de pequeños trozos de pan seco, llenó con ellos los bolsillos de la levita del joven hombre, y le ordenó entrar a pie en la hostería.

Mansurov no se sentía seguro. Por largo tiempo había perdido el uso de sus piernas. Pero una vez puesto de pie, sintió que tenía fuerzas para mantenerse. Lleno de gozo, se prosternó delante del staretz Serafín. Este lo levantó y, severamente, le dijo que no era a él, sino a Dios a quien debía agradecer.

Feliz, Mansurov regresó a su casa, hacia su joven mujer alemana que había desposado durante su servicio militar en las Provincias Bálticas. Pero al poco tiempo él se puso a reflexionar: ¿Agradecer a Dios? ¿Cómo? Regresó a Sarov y le planteó su inquietud al staretz Serafín. El «anciano» lo miraba con amor infinito. Pero la respuesta que dio llenó a Mansurov de consternación.

-He aquí, mi goce, dijo alegremente, tú darás todo lo que posees a Dios y guardarás para ti la mendicidad voluntaria.

¿Era aquella «la terrible dulzura del Evangelio»? Miguel pensó en su joven mujer, habituada a una vida fácil, amante del lujo. El precio exigido por su cura, ¿no era excesivo?

-No tengas miedo, agregaba el staretz. El Señor no te abandonará jamás, ni en esta vida, ni en la otra. Ora. Reflexiona. Y regresa a verme.

Contrariamente al joven hombre rico del Evangelio, Miguel Mansurov aceptó.

Habiéndose propagado la cura del joven propietario territorial, los enfermos afluyeron a Sarov, tanto más cuanto la misma Santa Virgen parecía bendecir e impulsar esta nueva actividad de su elegido. El día en que abandonó su prisión voluntaria para dirigirse al bosque, Ella le apareció en el camino acompañada por San Juan, golpeó el suelo con su cetro y «una fuente de agua clara brotó.» El agua de esta fuente sería más curativa que la de la piscina de Bethesda, dijo Ella. El Padre Serafín cercó esta fuente con un muro, e hizo allí un pozo. Más tarde, se construyó encima de este pozo, una capilla y se canalizó el agua en dos pabellones diferentes, uno para uso de los hombres y otro para las mujeres. La semejanza con Lourdes (donde la Virgen apareció veintitrés años más tarde) es sorprendente. El agua de Sarov tenía todas las propiedades del agua de Lourdes, pero era aun más fría, su temperatura no pasaba de los 4 grados. Sin embargo, como en Lourdes, no se registró jamás un caso de enfriamiento, y los bañistas, al salir, proclamaban experimentar un bienestar extraordinario.

El higúmeno Nifonte

«Nadie es profeta en su tierra,» dice la Biblia. Cuando más se abría al mundo el Padre Serafín, más milagros hacía; pero los monjes del Desierto de Sarov lo miraban con suspicacia y animosidad. El Padre Abad, sobre todos, desaprobaba a este Anciano no-conformista, cuya presencia modificaba la marcha normal de la vida monástica. Una «instantánea,» cuyo autor es el Padre Antonio, higúmeno del monasterio de Visokogorsk, asiduo visitante del Desierto, es reveladora en este sentido.

«Llegué una vez a Sarov, comenta, a visitar al higúmeno Nifonte al que se consideraba seriamente enfermo. Grande fue mi asombro, cuando lo encontré con perfecta salud. Viendo mi sorpresa, me hizo el siguiente relato : El Padre Serafín vino a buscarme y trajo con él un pedazo de pan negro que me tendió diciendo: «Tú estás enfermo, Padre. Ordena que te preparen una sopa de pescado y bébela comiendo este pan; esto te dará fuerzas y, con la ayuda de Dios, te curarás» – ¡Que dices, staretz! Hace ya bastante tiempo que no como nada, que no puedo comer nada, y el pan negro me fue prohibido por los doctores.- «Tus doctores no leen el salterio. Y en el salterio está escrito: el pan fortificará el corazón del hombre. Entonces come un poco de este pan.» E insistió de tal modo que no pude rehusar. Se procuró un poco de pescado y se hizo una sopa con él. Yo comencé a sorberla comiendo el pan que trajo el Padre Serafín; él vigilaba para que comiera todo. Cuando hube terminado, dijo: «Ahora está bien, con la ayuda de Dios, recobrarás tu salud.» Apenas hubo partido, sentí un fuerte deseo de dormir, y yo, que desde hacía tiempo estaba privado del sueño, dormí profundamente. Cuando desperté, estaba bañado en sudor. La enfermedad había desaparecido. Ahora, me siento bien.

– Qué piensas, Padre Antonio, concluyó el higúmeno de Sarov ¿ será realmente un taumaturgo nuestro Padre Serafín?

Diveyevo

Pero nada de lo que hizo o dijo el staretz exasperó tanto a los monjes del Desierto de Sarov, como la fundación de un convento de mujeres. Sin embargo, él ¡lo había actuado por su propia voluntad!. «En Diveyevo, dirá, no di un paso, ni clavé un clavo sin la voluntad de la Madre de Dios, la muy Santa Virgen María.»

Todo comenzó cuando aun era Diácono. Dirigiéndose una vez al entierro de un rico benefactor del monasterio, junto con el Padre Pacomio, éste último se detuvo en Diveyevo procurando noticias de una enferma, la piadosa viuda Agata Melgunov quien, durante años, había vivido en ese pobre poblado, convirtiéndose en su benefactora. Ella había construido una iglesia para sus habitantes y, con la bendición del higúmeno de Sarov, había fundado allí una pequeña comunidad. Sintiendo la proximidad de su muerte, Agata pidió la extrema unción y envió al Superior del Desierto tres pequeños bolsos – uno lleno de oro, otro de plata, y el tercero con monedas de cobre – todo lo que quedaba de su fortuna. Confiándole su pequeño peculio, la moribunda suplicó al Padre Pacomio no abandonar a sus «huerfanitas,» las hermanas de su joven comunidad.

«Madre mía, habría respondido el viejo hombre, yo no pido más que hacer tu voluntad… Pero soy viejo y sólo Dios sabe cuánto tiempo me resta para vivir. En tanto que el jerodiácono Serafín, que está aquí, es joven y vivirá el tiempo necesario para ver crecer y desarrollarse tu comunidad. A él debes confiarla. La misma Santa Virgen lo instruirá y le mostrará lo que se debe hacer.»

Pasando por Diveyevo dos días más tarde, los Padres encontraron a la santa mujer en su ataúd. Era el 13 de junio de 1789. Llovía muchísimo. Pero antes de compartir, después del entierro, una comida con las mujeres, el joven jerodiácono Serafín, aún misógino, partió bajo el chaparrón para recorrer a pie los doce kilómetros que separaban Diveyevo de Sarov, y, sin preocuparse, aparentemente por las monjas se retiró al bosque y se enclaustró.

Pero he aquí que un día – era en 1823 – el Padre Serafín, de sesenta y cuatro años, envió a buscar a Miguel Mansurov que acababa de curarse. Miguel había vendido todos sus bienes y, dejando de lado el dinero como lo deseaba el staretz, se instaló, en compañía de su mujer alemana, en una casita comprada en Diveyevo, soportando pacientemente las burlas de sus amigos y el mal humor de su esposa.

Habiéndose presentado el joven hombre, el staretz, tomó una pequeña estaca, hizo el signo de la cruz, bajó la estaca y pidió a Mansurov que hiciera lo mismo. Luego saludó y dijo: «Ve, batiushka, a Diveyevo. Al llegar, te pondrás frente a la ventana del ábside central de la iglesia de Nuestra Señora de Kazán (construida por la Madre Agata). Luego darás 10 pasos (el número exacto fue olvidado), te encontrarás en un sendero-límite; de allí, contarás 10 pasos y 1legarás a un campo; darás aún 10 pasos y te encontrarás en un prado; allí, en el centro – bien en el centro – plantarás esta estaca. He aquí, batiushka, lo que te pido que hagas.»

Mansurov partió y, llegado a Diveyevo, se sorprendió al encontrar, todo exactamente como el staretz le indicó. Plantó la estaca y regresó a Sarov, donde el Padre Serafín lo recibió exultante de gozo.

Pasó un año. Como el staretz, no hablaba de la pequeña estaca, Miguel Mansurov concluyó que la había olvidado. Pero un hermoso día el Padre Serafín lo llamó y, esta vez, le confió cuatro pequeñas estacas.

– Acércate, batiushka. «Ve de nuevo a Diveyevo y allí, alrededor de la pequeña estaca plantada el último año, clava, a igual distancia, estas cuatro estacas. Y para mayor seguridad – a fin de que quede bien marcado el emplazamiento – reúne piedras y rodea cada estaca con un montón de ellas.»

Cuando Mansurov regresó, el staretz, sin una palabra, lo saludó. Nuevamente, la extraordinaria luminosidad de su rostro asombró al joven hombre.

¿Qué significaba esta extraña pantomima? ¿Cómo el Padre Serafín, que no había puesto los pies en Diveyevo desde el entierro de la Madre Agata en 1789, podía conocer, treinta y cuatro años más tarde, la distancia exacta entre los campos y los prados detrás de la iglesia? En todo caso, es a partir de este momento que comenzó todo.

Nació una nueva comunidad. La «Comunidad Molinera» (llamada a causa del molino «alimentador de las huérfana,» que se construyó sobre el emplazamiento marcado por las pequeñas estacas), debía diferenciarse netamente de la antigua comunidad de la Madre Agata. Sólo las vírgenes podrían formar parte de ella, y la Misma Virgen María sería la Superiora.

Las reclutas del Padre Serafín no estaban tan entusiasmadas. Las penurias de la comunidad donde estarían llamadas a vivir atemorizaban su buen sentido campesino. ¿A qué aventura las empujaba el staretz?

– ¡No, Batiushka, no! ¡Yo no quiero, no puedo! exclamaba Xenia Poutkov, hija de cultivadores ricos, comprometida con un joven al que amaba, y a la que el staretz pedía que tomara el velo.

– Escucha, mi alegría. Yo te diré un secreto. Por el momento, no lo reveles a nadie: es la misma Madre de Dios la que eligió el lugar para esta comunidad. Todo lo que Ella quiera darnos, lo tendremos: un molino, luego una iglesia…

-Y, en su vejez contaba Xenia, convertida en Madre Capitolina, que al poco tiempo llegó una señorita – Elena Mansurov, la hermana de Miguel. Niña mimada de grandes ojos negros – alegre, viva, agradable – prometida a los diecisiete años, que había roto sin razón su compromiso. Al regreso del entierro de su abuelo, una visión aterrorizante la orientó hacia la vida religiosa: le pareció ver un enorme dragón negro arrojarse sobre ella, escupiendo llamas. Es verdad que estaba bajo la impresión de su primer contacto con la muerte, presa de una fuerte fiebre. Sin embargo, tomó la visión seriamente, abandonó su vida mundana, se sumergió en lecturas piadosas y no soñó más que en tomar el velo y la vida monástica. Pero el Padre Serafín, al que fue a consultar, la recibió haciéndole bromas:

-Eh, Matushka, ¿que son esas historias? Entrar al convento ¿de dónde sacas esa idea? ¡Tú debes casarte, mi alegría!

Elena lloró, oró a la Santa Virgen y su deseo de entrar al convento no hizo más que crecer. Después de haberla puesto a prueba, el staretz la envió, finalmente, a Diveyevo y la nombró «superiora terrenal» de la comunidad virginal.

Las Iglesias

Sólo faltaba a la Comunidad Molinera una iglesia. Nuevamente, el staretz hizo venir a Miguel Mansurov. «Mí alegría, dijo, nuestra pobre pequeña comunidad no tiene iglesia,» las hermanas están obligadas a frecuentar la iglesia parroquial donde se celebran matrimonios y bautismos. La Reina de los Cielos desea que tengan una iglesia para ellas. Entonces, mi alegría, construyamos, para mis huerfanitas, una iglesia en honor de la Natividad del Hijo de la Virgen.

– Bendecidnos, Batiushka, respondió alegremente Miguel, siempre presto para ejecutar la voluntad de su bienamado staretz; era feliz sabiendo que el dinero que había dejado de lado después de la venta de sus bienes, serviría para la construcción de una casa de Dios. Muchas personas habían propuesto al Padre Serafín ayudarlo a construir una iglesia en Diveyevo – pero él siempre se había negado.

-Recuerda, una vez por todas, le decía a Xenia que venía a comunicarle un ofrecimiento, que no todo dinero es agradable al Señor y a su Santa Madre. No todo lo que se quiere donar entrará en mi convento, Matushka. La Reina del Cielo no acepta todo lo que se le ofrece; hay dinero y dinero. A menudo él es el fruto de la violencia, de las lágrimas y de la sangre. No tenemos nada que hacer con ese dinero. No debemos aceptarlo.

La iglesia se terminó en 1829 y se consagró, como lo quería expresamente el staretz, el 6 de agosto, fiesta de Transfiguración del Señor. Una cripta, dedicada a al Santa Madre de Dios, se agregó y consagró el año siguiente, en la fiesta de la Natividad de la Virgen.

Pero, ¿Para qué, se podría preguntar, tantas iglesias? Es que ellas son los centros, no geográficos sino cósmicos, de un universo destinado a hacer eucaristía. Partiendo de la iglesia, la bendición del aceite, del pan, del vino y del trigo, consagra los elementos de toda la superficie del planeta.

– La tierra bajo nuestros pies es santa, decía el staretz. Todos los que viven aquí se salvarán. ¿Sabíais que el enemigo eligió por domicilio este lugar y sus alrededores? Pero el Señor misericordioso me permitió expulsar a esa tropa de Satán.

Después que Elena Mansurov pronunció sus votos ante el jeromonje Hilarión de Sarov, el staretz la nombró sacristana, con Xenia Poutkov como adjunta. En presencia del cura, Padre Basilio les dio instrucciones precisas concernientes a los oficios y el mantenimiento interior. Dos monjes de Sarov debían ayudar al Padre Basilio a enseñar a las hermanas las rúbricas y el canto litúrgico. Si bien jamás iba él mismo a Diveyevo, el staretz, de lejos, vigilaba todo; deseaba que todo fuera impecable. El quería un cirio encendido, noche y día, delante del icono del Salvador, y que una lamparilla permaneciera eternamente iluminando 1a cripta, delante del icono de la Madre del Verbo. El simbolismo de estas pequeñas luces que él decía le era agradable a Dios y que hacía remontar a Moisés, le era muy querido. Mientras él vivió, contaba Xenia, no sabíamos qué era comprar cirios. Se le llevaban muchos y él, nuestro Batiushka, los guardaba todos para Diveyevo.

La Regla de la Comunidad

La regla con la que la Soberana del Cielo dotó a la joven comunidad era de las más simples: la oración de Jesús y la obediencia eran sus fundamentos. Tres «Padre Nuestros,» tres «Yo os saludo, María» y el recitado del Credo eran suficientes, mañana, mediodía y tarde, para la práctica cotidiana de estas campesinas que, para alimentarse, continuaban trabajando en sus campos, acompañando sin embargo – y esto era lo más difícil – sus actividades cotidianas con la ininterrumpida oración del corazón. Hesicasta convencido, el Padre Serafín no había dudado, pese a las críticas, en hacer de esta conversación a solas con el Señor, la base misma del nuevo edificio. La lectura ininterrumpida del Salterio en la iglesia, por doce hermanas especialmente asignadas a esta tarea, era sin embargo obligatoria, así como el canto al Paráclito, el Espíritu Santo, un oficio a la Virgen – el domingo antes de la liturgia.

Las múltiples obediencias que él imponía a las hermanas de la Comunión Molinera, tocaban a menudo el absurdo. Así, apenas llegadas a Diveyevo, provenientes de Sarov donde habían trabajado toda la jornada, él las hacía regresar al «Desierto,» obligándolas a recorrer muchos kilómetros a pie, sin haber tenido tiempo de descansar ni de comer. A veces, caminando toda la noche, ellas llegaban al alba delante de la celda del staretz cuya puerta estaba cerrada.

Pero sucedía también que las jóvenes monjas, sacudiéndose bajo el yugo, decidían dejar la Comunidad Molinera. Siempre misteriosamente llamadas en el mismo momento en que se aprestaban a partir, iban a arrojarse a los pies del Padre al que no era necesario confesar su tentación, él la conocía.

A la obediencia ciega – acto de fe – respondía el milagro. Así, durante la epidemia de cólera que atacó en 1830, el staretz predijo que nadie caería enfermo ni en el convento, ni en el exterior, a condición de no salir sin bendición. La vida cotidiana de las hermanas estaba tejida de pequeños milagros que terminaron por aceptar como formando parte de su existencia bajo la conducción de su Batiustka. Ya se tratase de un caballo, pesadamente cargado, incapaz de trepar una pendiente; de una cosecha de papas; del molino que, en un día de fuerte viento giraba peligrosamente rápido – el milagro intervenía siempre.

La Muerte

El Gólgota ya proyectaba su sombra sobre esta obra. Rusia estaba en guerra con Polonia. Mientras marchaba en pos de los ejércitos, el General Kuiprianov se detuvo en Sarov, conoció a Miguel Mansurov y, encantado por su personalidad abierta y agradable, impresionado por el sentido práctico y el desinterés con que se ocupaba de los asuntos del staretz, pensó que sería un intendente ideal para administrar sus dominios mientras él guerreaba en el Oeste. El staretz, por razones diferentes, fue de la misma opinión.

-Si quiere arrebatarte, mi goce, dijo a su fiel «Mishenka» -¿qué hacer? Me has servido bien. Ve ahora a servir a otra parte. Los campesinos del general son pobres, desamparados, su vida es dura. Es necesario no abandonarlos. Ocúpate de ellos, mi goce. Se bueno y trátalos con dulzura. Ellos te amarán, te escucharán y regresarán a Cristo. Es por eso, sobre todo, que te envío. Lleva a tu mujer contigo; y volviéndose hacia Ana Mansurov le dijo:

– Sé para él una mujer sabia; no le permitas encolerizarse, es necesario que te escuche. Y partieron contentos.

Sin embargo, la tragedia los aguardaba en la región hacia la cual se dirigían. Una epidemia asolaba el lugar. Era la malaria que, siendo esa zona pantanosa, alcanzaba allí estado endémico.

Al cabo de dos años también Miguel cayó enfermo. Entonces, escribió a su hermana rogándole pedir la ayuda del staretz. Ella, acompañada de Xenia, se dirigió a Sarov.

-Tú siempre me obedeciste, le dijo el «Anciano.» Y he aquí , mi goce, que debo darte una orden para que obedezcas.

– Os escucho , Batiushka.

– Tu hermano Miguel está muy enfermo. El debe morir. Pero aun tengo necesidad de él para el convento, para las huerfanitas. Entonces, lo que debo pedirte es lo siguiente: muérete, en su lugar.

-Bendecidnos, Batiushka, respondió Elena, muy calma.

El la miró largo tiempo, hablándole de la vida eterna. Ella escuchaba sin decir palabra.

– ¡Batiushka! gritó ella. ¡Tengo temor de la muerte!

Al grito desesperado de Elena: «¡Batiushka! Tengo miedo de morir» él respondió dulcemente: «No es para nosotros sentir temor, mi goce. Para ti y para mí, esto será la felicidad.» Ella pidió permiso para retirarse, pero, apenas franqueado el umbral de la puerta, cayó desvanecida. El staretz la acostó, la mojó con agua bendita y le dio de beber.

Habiendo regresado a Diveyevo, Elena guardó cama. «No me levantaré más» dijo. Impresionable como era, no es sorprendente que el shock que acababa de sufrir precipitara su deceso. Ella partió con buen aspecto, munida de los sacramentos de la Iglesia, rodeada de visiones celestiales. Era la víspera de Pentecostés. Se contaba que, al día siguiente, en tanto se cantaba en la liturgia el Himno de los Querubines, Elena, a la vista de toda la asistencia, habría sonreído tres veces, el rostro radiante, en su ataúd descubierto.

-¿Por qué llorar? No seáis necias, mis goces – decía el staretz a Xenia y a las hermanas, inconsolables por la pérdida de su «superiora terrenal» – debierais haberla visto volar hacia el Reino de Dios.

Tristes Presentimientos

Grande es el poder del hombre, del hombre guiado por el Espíritu. Ya lo dijo Jesús: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre» (Jn. 14:12). Serafín de Sarov había penetrado varias veces en el «otro mundo,» desde donde a éste se lo ve diferente, desde donde se lo juzga de otro modo, donde uno se regocija, en tanto que aquí se llora, y donde desaparecen, para el común de los mortales, las almas de los difuntos. El oraba mucho por los muertos. A veces sucedía, según sus propias palabras, que arrancaba del furor de los demonios, a las almas a las que ellos impedían subir hacia las esferas celestiales.

Su propia muerte se aproximaba. El staretz lo había advertido. Se sentía envejecer. Las multitudes, que en número siempre creciente invadían el Desierto y lo perseguían en el bosque, lo cansaban. Penosa también era la animosidad del higúmeno Nifonte y de la mayoría de los monjes hacia su obra preferida – el convento de Diveyevo. Pero, lo peor de todo era la actitud falsa y melosa de quien habría de mostrarse como el enemigo número uno de la bienamada fundación: Iván Tijonovich Tolstosheyev.

Pequeño burgués de la ciudad de Tambov, Tolstosheyev, dotado para la pintura, poseedor de una bella voz, no estaba desprovisto ni de cualidades, ni de encanto. Se lo llamaba «el pintor.» ¿Se había equivocado, por una vez, el staretz? ¿Había hecho del joven su confidente? Los recuerdos que, más tarde, este último publicó, podrían dejarlo creer. Clarividente, ¿el Padre Serafim se habría retractado luego, dejando el corazón de Iván presa de una especie de amor-odio? Inteligente y ambicioso, él resolvió hacer carrera presentándose, después de la muerte del staretz, como su discípulo preferido y su sucesor en Diveyevo.

«Cuando iba a Sarov, se lee en las declaraciones de Miguel Mansurov, hecha después de la muerte del staretz y contadas en la Crónica de Diveyevo, no veía nada reprensible en Iván Tijonovich. Lo encontraba poco simpático pero, sin embargo, entraba a su casa, invitado por él, a beber una taza de té. Un día, Batiushka me preguntó de donde venía. «De beber té en lo del pintor de Tambov,» respondí. «Ay, mi goce, ¡no vayas jamás allí!» Eso te será perjudicial. No es de buen corazón que te invita, sino para espiar. «Después de esto, yo suspendí mis visitas.» Es extraordinario como Batiushka sabía las cosas de antemano y cómo nos protegía de todo mal.

También a las hermanas las prevenía:

– Mi alegría, decía a la Madre Eudoxia, yo os puse en el mundo espiritualmente y no os abandonaré. El padre Iván pide que después de mi muerte os entregue a él. Pero, no, ¡yo no os cederé! Su corazón, y los corazones de los que son como él serán fríos hacia vosotras. El dijo: «¡Tú estás viejo, Batiushka, dame tus jóvenes!» y lo pidió con un corazón frío. Tú le responderás, Matushka, en mi nombre, que no sois su problema.»

«Un corazón frío» repetía el staretz con angustia. Iván Tijonovich tendría el corazón frío. ¿Por qué este temor del anciano delante de la frialdad del falso discípulo? Porque el demonio, padre de la mentira, es frío.

En estas horas difíciles, precedentes a su muerte, cuando el staretz sufría con el pensamiento de los perjuicios que, iba a causar al feudo de su Soberana ese hombre falso y sin escrúpulos, la Reina del Cielo acudía a reconfortar a aquél, a quien llamaba «Liubemtz mío» – palabras de ternura popular, algo entre «mi muy amado» o «mi preferido.»

«Una vez, contó en sus memorias el Padre Basilio Sadovsky, tres días después de la fiesta de la Asunción de la Virgen, yo iba a ver al Padre Serafín a Sarov y lo encontré solo en su celda. El me recibió muy graciosamente y me hablo de la vida de los santos agradables a Dios, dignos de diversos carismas, de visiones maravillosas, e incluso de visitas de la Reina del Cielo en persona. Después de conversar largo tiempo de este modo, me preguntó: ¿Tienes un pañuelo, Batiushka?» Yo respondí afirmativamente. «Dámelo.» Yo se lo di. El lo desplegó y, sacando de una cazuela, puñados de pequeños bizcochos, blancos como no los había visto jamás, llenó con ellos mi pañuelo. «Yo también fui visitado por una reina» decía, «esto es lo que resta de su paso.» Mientras pronunciaba estas palabras, su rostro estaba tan alegre tan brillante, que es imposible describirlo. Anudó fuertemente el pañuelo, y dijo: «Ve, Batiushka, a tu casa, come estos bizcochos y ofrécele a tu «amiga» (así llamaba siempre a mi mujer); luego ve a la comunidad y coloca tres bizcochos en la boca de cada una de tus hijas espirituales.»

Yo era joven aún, continuó el Padre Basilio. No comprendí que la Reina de los Cielos lo había visitado. Pensé simplemente que una reina terrenal había ido a verlo de incógnito, y no osaba preguntarle cuál. Más tarde el hombre de Dios me explico de que se trataba. «La Reina del Cielo – la misma Reina del Cielo, Batiushka, visitó al pobre Serafín. ¡Qué goce para nosotros, Batiushka! La Madre de Dios recubrió con su gracia inefable al pobre Serafín. ¡Que goce para nosotros, Batiushka. «Liubimetz mío,» – mi preferido – se digno decir la bendita Soberana, pídeme lo que quieras.» ¿Comprendes, Batiushka? ¡Qué gracia! Pronunciando estas palabras, el hombre de Dios, lleno de alegría, se volvía enteramente luminoso. «Y el pobre, el miserable Serafín pidió a la Madre de Dios por sus huerfanitas, rogando que todas ellas se salven. Y la Madre de Dios prometió al pobre Serafín ese goce inefable.»

Un año y nueve meses antes de su muerte, el staretz tuvo la dicha de recibir una última visita, la duodécima, de la Celestial Visitante. Era en el alba del 25 de marzo de 1831, día de la Anunciación. La Madre Eudoxia fue testigo de esta visión, como antes el monje Miguel, en la Abadía de la Santa Trinidad, lo había sido de la última aparición de la Muy Pura a San Sergio.

Después de haber orado, dijo el staretz a la religiosa: «No tengas miedo. Acércate a mí.» En ese momento, se oyó un ruido semejante al del viento en el bosque. Brilló una luz celestial, se escucharon cantos y la celda se llenó de perfumes. El staretz cayó de rodillas y, con los brazos alzados al cielo exclamó: «¡Oh Virgen bendita! ¡Soberana Toda Pura, Madre de Dios.» Y aparecieron dos ángeles, portadores de palmas.

Después Ella hizo su entrada, precedida por el Precursor y por San Juan el Evangelista, a quien Ella había tomado como hijo al pie de la Cruz y que siempre la acompañaba. La seguían doce vírgenes, con sus cabellos de oro, sueltos sobre sus hombros, brillantes de piedras preciosas. Incapaz de soportar su visión, la religiosa cayó a tierra y perdió el conocimiento. La Virgen María la tomó de la mano y la levantó.

La Madre Eudoxia vio entonces que el staretz no estaba ya de rodillas delante de su Soberana Celestial, sino de pie, conversando con Ella de igual a igual, con toda simplicidad. En cuanto a la Reina del Ciclo, ella le hablaba familiarmente, como a un pariente próximo. La conversación duró largo tiempo, pero la Madre Eudoxia no comprendió más que las últimas palabras:

«Mi Preferido, Liubimetz mío, – dijo la Muy Pura, pronto estarás con nosotros.»

Y la deslumbrante visión se desvaneció.

Semejante intimidad con la Virgen María puede parecer extraña, incluso chocante, hasta el punto de invalidar el testimonio de la Madre Eudoxia. Sin embargo, un hombre Como San Simeón, e1 Nuevo Teólogo, afirma la posibilidad de tal intercambio. «Aquél que se enriqueció con la riqueza Celestial, quiero decir con la presencia de Aquel que dijo: ‘Yo y mi Padre, vendremos y haremos en él nuestra morada,’ ese se mantiene cerca de Dios, conversando con El como un amigo con otro amigo, confiado en presencia de Aquel que habita en la luz inaccesible.»


Nota: Se habla con alguien que está presente. Hablar a Dios es Orar. «Orad sin cesar,» dijo san Pablo. Felizmente, «Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Ro. 8:26). No se puede separar a Jesús y al Espíritu Santo. Pero, ¿el Espíritu haría Su morada en un ser de pensamientos dispersos, con vestimentas mancilladas por el pecado? Seguramente no. Para comenzar, es necesario arrepentirse. A continuación, poner en guardia al corazón para defenderlo del ataque de las tentaciones, de los pensamientos perjudiciales, y de esa loca de la casa, la imaginación, de la que se sirve el enemigo para engañar a los inexpertos con visiones seudo-celestiales. Es por eso que los consejos dados al postulante dicen: «Orando, escúchate a ti mismo, es decir une tu espíritu a tu corazón» (la unión de la inteligencia al corazón, considerado como centro, es indispensable). «Luego, cuando el Señor haya avivado tu corazón con su gracia, en unión con el Espíritu, tu plegaria fluirá sin cesar…» Este modo de plegaria nacido en el desierto, elaborado en los monasterios de Oriente a través de los siglos, convertido en una verdadera doctrina aprobada por la Iglesia, recibe el nombre de Hesicasmo, del griego, paz interior, calma, tranquilidad, quietud, silencio.

El texto ha sido extraído de

fatheralexander

La imagen fue extraída de

oriente-cristiano.blogspot

Texto interesante sobre la actualidad de su mensaje en:

actualidad del mensaje de San Serafín

El primer monje

Icono de San Pablo de Rublev

(viene de «El Monje Interior»)

Sabes que se ha dicho y más de una vez, que Adán fue el primer monje. ¿Y como no? Está muy bien dicho, porque el primer hombre vivía en una naturaleza esencial, en plena inocencia; esto es sin malicia, sin doblez, sin fines egoístas y desde ese estado escuchaba los pasos del Señor, convivía con Él. (Cuando novicios, nos reíamos con un amigo, diciendo que el hombre fue hecho seglar y que luego de probar el fruto del conocimiento del bien y del mal, se hizo monje)

Pero muy bien, eso dice la Sagrada Escritura y son muchas las enseñanzas que de ella pueden extraerse, incluso en esta primera parte del Génesis. Pero yo voy a contarte la historia del primer monje después de la caída, luego del pecado original, en un tiempo en que los hombres no vivían ya el vínculo sagrado con la naturaleza, en donde esta les pesaba, tanto en su cuerpo como fuera de el, se le hizo difícil vivir al hombre, el sufrimiento empezó a ser parte de su vida porque se había desconectado de su origen, dejó de ser auténticamente hombre.

Esta breve historia para ilustrar, dice que estaba un hombre primitivo, un cavernícola haciendo lo que hacía todo cavernícola, es decir que estaba cazando o comiendo o durmiendo o procreando y luego de vuelta cazando o comiendo… y lo demás. Y de repente un día, este primitivo vivió la experiencia interior del asombro. Vivió la inimitable e incomparable experiencia del maravillarse.

Iba caminando un día por ahí, en busca de presa y cansado, se sentó a la sombra. Y junto al árbol, apoyada levemente en la base de su tronco, vio una flor. Y sin desearlo y sin saber porqué, se dio cuenta que moraba en ella increíble geometría. No miró la flor sino que la contempló. La observó con asombro, maravillándose, quedó pasmado.

Un sentimiento nuevo estaba sintiendo junto a la sorpresa y al asombro, algo que miles de años después definirían los estudiosos como… reverencia. Este cavernícola sintió reverencia.

Y quedó trastornado, distinto, en su tribu empezaron a notarlo raro. Para colmo, este hombre antiguo no sabía explicar las cosas como hacemos ahora, que empezamos a clasificar y a categorizar y todo eso que nos tranquiliza ante lo nuevo, aunque nos aleja de la pureza de corazón.

Así que esta historia continúa unos días después, con este antepasado nuestro que volvía a vivir algo inusitado, siempre iniciándose con el asombro, con la maravilla como puerta de ingreso a la vivencia extraordinaria.

Era de noche y había perdido el rumbo, no acertaba a volver al desfiladero que lo introducía en la senda de regreso a su hogar… y levantó la vista y vio las estrellas, por primera vez. Y, como con la flor, siempre las había visto, pero lo habitual le mutaba en extraordinario y no sabía porque ni se lo preguntaba, le sucedía y lo conmocionaba.

Quedó tieso, shockeado por las estrellas, pero mas que por ellas por el espacio. Lo golpeó la percepción del espacio y no como categoría sino como inmensidad de la existencia inconcebible. Quedó deslumbrado por la inmensidad y al mismo tiempo por su propia presencia minúscula en medio de el.

Como te imaginarás, se sintió mucho mas extraño todavía entre los suyos, tenía la mirada ida y empezó a perder eficacia e interés en las actividades del grupo. Al poco tiempo, ya no era buen cazador, ni buen procreador y hasta comía menos y dormía solo de a ratos. Porque le siguieron pasando estas cosas inauditas.

A veces se ponía a respirar voluntariamente y se sorprendía de ese entrar y salir de esa sustancia invisible en su cuerpo;  y otra vez, junto al arroyo, escuchó el ruido del agua y la sintió muy bella y fue como música para él.

Fenómeno tras fenómeno, de maravilla en maravilla, fue creciendo en él como cultivado por invisible mano, una profunda y genuina extrañeza. Así fue que se quedó aislado del grupo un día, mientras permanecía distraídamente absorto en las hormigas y su discurrir. Este hombre primitivo, perplejo y confuso se quedó solo.

Fue entonces cuando colmado de paradojal ignorancia se postró en tierra balbuceando una alabanza. No sabía lo que era alabar ni a quién iba dirigida, no tenía en su mente los nombres y las formas que hoy tenemos, pero tenía la mas pura y honda reverencia.

Y ya no encontró otra actitud que mas le conviniera a su sentir y así fue en él restablecido el Edén, cuando ya no quiso sino alabar.

Porque le cesó todo yugo y al desear solo enaltecer ese sentimiento, encontró que en realidad estaba todo dispuesto para el hombre. Porque entonces pudo comer con muy poco y todo lo hallaba al alcance de sus manos y bebía de salutíferos manantiales y dormía en cuevas abrigadas con hierba.

Este primitivo hizo de la quietud su divisa y de la forma en que miraba oración. De a poco todo se le transformó en elemento de adoración y todos sus gestos fueron traspasados de amor. Este hombre fue el primer monje…

Algo interesante de esta historia, redactada con cándida simplicidad, es que podría recrearse en nosotros cada día. Estamos rodeados de maravillas y cada una es un gesto de Dios. Todo esta rebosando del Señor. Esta en la tierra que pisamos y en el cielo que miramos y en el aire que respiramos y en nuestro corazón latiendo y en el perro aquel y en los ojos de todo hermano. No hay hierba que no esté llena de Dios.

Yo sé que a quién no ha vivido el nacimiento de esta particular reverencia en su corazón se le dificulta compartir la vivencia, porque las cosas que describo le resultan comunes, sin demasiada gracia, porque sus apetencias están en otras cosas y estos deseos dificultan alcanzar el estado de percepción necesario. Lo entiendo.

Por eso, quiero responder a tu amigo; como llevar al corazón cotidiano a esta vivencia de la Presencia del Señor. Como ver en todo a Jesucristo, como advertir su corazón manso en medio del tumulto y la competencia y el desenfreno y la voracidad.

Yo no soy quién, pero te voy a dar lo que me parece un método adecuado para aquél que sintiéndose llamado a vida de oración y a vida de recogimiento, se encuentre en medio del mar de la vida y no sepa como profundizar esa experiencia. Y hay muchos caminos y métodos y esta muy bueno, porque esta diversidad sirve a gente diversa.

(Continua en Reverencia y Sagrada presencia)

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Desde la ermita

 

Vivir centrado en Dios

Jesucristo cura a un hombre ciego

La vida exterior que tienes es el reflejo de tu vida interior.

Pero, debes tener en cuenta, que esto se da con un cierto retardo. Mas precisamente, la vida que tienes en lo exterior, es el reflejo de la vida interior que tenías, hace un tiempo.

Si cambias en tu interior, si se produce en ti la metanoia; esto llevará a que cambie tu vida exterior, toda tu exterioridad, mas temprano que tarde.

Pero muchas veces buscamos el cambio fuera para que repercuta dentro y eso no es muy eficaz, porque la propia interioridad termina tiñendo o contaminando el nuevo medio con las viejas miradas.

Es cierto, no lo niego, que lo que pasa fuera de nosotros nos influye, pero solo en la periferia de nuestro Ser, no nos determina.

Lo mas importante es crear el Monje interior, porque si este nace y se fortalece terminará generándose la exterioridad adecuada, la vida que necesitas, el medio favorable al desarrollo de este hombre nuevo.

Y ¿qué es el Monje interior? Es la unificación de los deseos.

¿Quieres vivir centrado en Dios? ¿quieres permanecer en Su Presencia? ¿te gustaría que tu vida se pareciese al Edén y pudieran escucharse Sus pasos?

Entonces debes querer eso, solo desear eso y no aquella otra cuestión por más justificada que se halle. No es ese libro que quieres comprar el que te iluminará, ni ese viaje, ni esa entrevista o encuentro el que te lo permitirá… ni ese trabajo mas tranquilo, ni esa nueva casa o aquél monasterio o que te encarguen otra función.

No hace falta ninguna condición previa para encontrarle, solo es preciso unificar los deseos.

Dios no se esconde, es más, esta a la vista, a toda hora y en cada lugar. Pero nosotros atendemos a otras cosas. No abandonamos los intereses que nos alejan de Él. Siempre tenemos requisitos o pre requisitos o problemas que solucionar antes.

Me estoy refiriendo antes que nada a una cuestión de la atención. No de la conducta, que cambiará por si sola o luego del cambio atencional. ¿A que cosas le prestas atención? Eso es lo importante.

Esta muy bien que cada quién atienda a lo que le parezca, pero si quieres ser monje, monje interior antes que nada. Y ¿Por qué quieres ser monje? Porque sientes un movimiento interno que te impulsa, que te lleva hacia eso. Eso es un llamado, una tendencia del corazón.

Ser monje es Ser Uno como la palabra lo indica y esa unificación nos lleva a Su presencia permanente.

Negarse a si mismo, es dejar de lado tus apetencias particulares.

Cuando centras tu deseo en Él empieza a serte manifiesto; se nota Su presencia, Su acción, Su providencia inestimable.

Pero debes pedir esta gracia y no esas cuarenta y cinco otras cuestiones. Se vive en un constante ruido interior, un parloteo incesante, un divagar continuo…se mira sin mirar, se habla sin hablar, no hay autentica vida porque estamos rumiando apetencias dentro.

El Señor es la fuente de todas las delicias y de esas que no terminan, no tiene dones efímeros. Quererlo solo a Él esa es la clave para unificarse.

Te contaré la historia del primer monje, eso te servirá y le servirá a tu nuevo amigo que pregunta. El primero de los primeros, no si el de Siria o el de Sinaí, o si en Egipto en realidad o si en India o Persia. Te contaré la historia del monje primitivo, de quién fue monje sin saberlo.

elsantonombre.org

Publicado porEd. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

Continúa en El primer monje

 

 

Desde la ermita

 

La Nube del No saber

Tal es el proceder de todo verdadero amor.

El amante se despojará plenamente

de todo, aun de su mismo ser, por aquel a quien ama.

No puede consentir vestirse con algo si no es del pensamiento de su amado.

Y no es un capricho pasajero.

No, desea siempre y para siempre permanecer desnudo

en un olvido total y definitivo de si mismo.

Así, pues, para mantenerte firme y evitar las trampas,

mantente en la senda en que estás.

Deja que tu incesante deseo golpee en La Nube del No Saber

que se interpone entre ti y tu Dios.

Penetra esa nube con el agudo dardo de tu amor,

rechaza el pensamiento de todo lo que sea inferior a Dios

y no dejes esta actividad por nada.

La misma obra contemplativa del amor por

si misma llegará a curarte de todas las raíces del pecado.

Por ello te apremio a que deseches todo pensamiento sabio o sutil por

santo o valioso que sea. Cúbrelo con la espesa nube del olvido porque en

esta vida solo el amor puede alcanzar a Dios, tal cual es en sí mismo,

nunca el conocimiento.

Mientras vivimos en estos cuerpos mortales, la agudeza

de nuestro entendimiento permanece embotada por limitaciones materiales

siempre que trata con las realidades espirituales y más especialmente con

Dios. Nuestro razonamiento, pues, no es jamás puro pensamiento,

y sin la asistencia de la misericordia divina nos llevaría muy pronto al error.

Así, pues, has de rechazar toda conceptualización clara tan pronto como

surja, ya que surgirá inevitablemente, durante la actividad ciega del amor

contemplativo.

Si no las vences, ellas ciertamente te dominarán a ti.

Pues cuando más desees estar solo con Dios, más se deslizarán a tu mente con

tal cautela que solo una constante vigilancia las podrá detectar.

Puedes estar seguro de que si estás ocupado con algo inferior a Dios,

lo colocas por encima de ti mientras piensas en ello y creas una barrera entre ti y Dios.

Has de rechazar, por tanto, con firmeza todas las ideas claras por piadosas

o placenteras que sean.

Créeme lo que te digo: un amoroso y ciego deseo hacia Dios solo

es más valioso en si mismo, más grato a Dios y a los santos,

más provechoso a tu crecimiento y de más ayuda a tus amigos, tanto vivos

como difuntos, que cualquier otra cosa que pudieras hacer.

Y resulta mayor bendición para ti experimentar el movimiento interior de este amor

dentro de la oscuridad de la nube del no-saber que contemplar

a los  ángeles y santos u oír el regocijo y la melodía de su fiesta en el cielo.

(Extractos de«La Nube del No saber«, anónimo inglés del siglo XIV)

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Icono de la Anunciación

Extraído de Marianistas

Santa Catalina de Siena

 

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Vida de Santa Catalina de Siena 

 

Primera parte

Capítulo I

 

De los padres de Catalina y su condición social 

Vivía en la ciudad de Siena, en Toscana, un hombre llamado Jácomo, descendiente de la familia de los Benencasa, un hombre sencillo, leal, temeroso de Dios y cuya alma no estaba contaminada por ningún vicio. Después de haber perdido a sus padres casó con una aldeana llamada Lapa, mujer que no tenía ninguno de esos defectos tan comunes en la actualidad. Era trabajadora, prudente y conocedora de las cosas del hogar; como todavía vive, aquellos que la conocen pueden dar testimonio de sus cualidades. El matrimonio vivió en paz y aunque de clase humilde, gozó de cierta posición entre sus conciudadanos, disfrutando, además, de bienes de fortuna superiores a su categoría social. Dios lo bendijo con numerosa descendencia que ambos cónyuges se encargaron de guiar por los caminos de la virtud.

Como Jácomo -tenemos muchas razones para creerlo -se encuentra gozando de la bienaventuranza, bien puedo yo aquí hacer su elogio. Lapa me ha asegurado que era de condición tan pacífica y tan moderado en sus palabras, que jamás lo vio enojado a pesar de haber sido muchas las ocasiones en que pudo haberlo estado; y cuando algún miembro de su familia daba muestras de estar dominado por la pasión de la ira y se expresaba con palabras violentas, él siempre trataba de calmar a esa persona diciéndole alegremente: «Vamos, vamos; no digas nada malo, y así podrá Dios darte su bendición».

Habíale en cierta ocasión un conciudadano suyo injuriado gravemente reclamándole una suma de dinero que él no le debía, y, empleado la influencia de sus amigos para arruinarle. A pesar de esto jamás quiso que en presencia suya se hablase mal de aquel hombre y, como Lapa manifestase en una oportunidad que eso no era una falta, él le reprochó dulcemente: «-Déjale, querida, en las manos de Dios; el Señor le hará comprender su error y acudirá en nuestra defensa». Pronto tuvieron realización estas palabras; la verdad se descubrió de una manera casi milagrosa; el culpable fue condenado y se reconoció la injusticia de sus acusaciones.

El testimonio de Lapa está por encima de toda sospecha; todos cuantos la conocen la creen incapaz de una mentira por leve que sea esta. Actualmente tiene ochenta años y es tan sencilla y de conciencia tan recta, que aunque quisiera mentir, no podría hacerlo. Los amigos de Jácomo pueden también dar testimonio de su sencillez, de su rectitud y de sus virtudes. Era tan medida en sus palabras, que en su familia, particularmente la parte femenina de ella, no podía tolerar la más ligera incorrección en el lenguaje. Una de sus hijas, de nombre Buenaventura, casó con un joven de Siena, llamado Nicolás. Este joven recibía en su casa a amigos de su edad, cuya conversación era a veces un tanto libertina. Esta fue la causa de que la esposa empezase a sentirse tan deprimida que lentamente empezó a resentirse su estado de salud. Inquirió Nicolás la causa de este profundo malestar, a lo que ella contestó: «-Jamás he oído en la casa de mi padre lenguaje parecido al que se emplea en esta; mi educación ha sido muy distinta, y te aseguro que si las cosas continúan así, pronto acabarán con mi vida».

Tal respuesta inspiró al esposo un gran respeto hacia ella y hacia su familia; prohibió a sus amigos que pronunciasen delante de la joven palabras que pudieran ofender sus oídos. Obedecieron ellos y de esta manera la corrección que reinaba en el hogar de Jácomo sirvió para suprimir la licencia de lenguaje que inficionaba la de su yerno.

La ocupación de Jácomo era preparar los tintes usados para el teñido de lanas, de donde provino su sobrenombre de Tintorero. La hija de este virtuoso artesano estaba destinada a ser esposa del Rey de los Cielos.

Lo relatado anteriormente ha llegado a mis oídos de boca de la misma Catalina, o bien de religiosos o seglares que fueron vecinos, amigos o parientes de Jácomo.

 

Capítulo II

Nacimiento de Catalina. Su infancia. Circunstancias maravillosas 

Lapa dio a luz de un solo parto a dos delicadas criaturas del sexo femenino (1347), y no pudiendo criar a ambas, se vio en la necesidad de confiar una de ellas a manos extrañas. Púsoles los nombres de Catalina y Juana. La segunda no tardó en volver al cielo con la gracia bautismal, y Catalina, que fue la elegida por la madre para criarla a sus pechos, vivió lo suficiente para ser una gran santa y salvar muchas almas con el ejemplo de sus virtudes. Lapa se consoló pronto de la muerte de la otra hija, consagrando a la superviviente sus más tiernos cuidados. Más de una vez reconoció la buena mujer que amaba a esta más tiernamente que a los demás hijos, sin duda, porque fue la única, entre los veinticinco que tuvo, a quien pudo dedicar sus atenciones maternales.

Catalina fue criada como algo que pertenece a Dios desde el instante de su nacimiento. Tan pronto como pudo caminar por sí misma, se la disputaron parientes, amigos y convecinos para llevarla a sus casas, pues cuantos la veían, instantáneamente sentían despertarse en ellos intenso cariño hacia la niña, y querían tenerla a su lado para disfrutar de su discreta conversación y de las gracias infantiles que la adornaban. Encontraban tanto placer en su compañía, que no la llamaban Catalina sino Eufrosina, palabra que significa alegría, satisfacción. Es muy probable que aquellas gentes ignorasen este significado y, por otra parte, ignoraban lo que yo supe más tarde, y es que Catalina había resuelto imitar a Santa Eufrosina, y puede haber ocurrido también que en su media lengua infantil hubiese proferido alguna palabra parecida a Eufrosina, y los que la oyeron, empezaron a llamarla con este nombre.

En su adolescencia se realizó cuanto prometía su infancia. Sus palabras poseían un extraño poder para inclinar las almas hacia Dios. Tan pronto como alguien conversaba con ella, sentía que el corazón se despojaba de tristezas, que olvidaba las penas y los sinsabores de la existencia y una paz inenarrable se apoderaba de su espíritu, algo así como debió ocurrirles a los apóstoles en el monte Tabor cuando uno de ellos exclamó: «Es bueno que permanezcamos aquí». (Bonum est nos hic esse.)

Apenas había cumplido los cinco años recitaba un «Ave María», arrodillándose en cada peldaño de la escalera de su casa, siempre que subía o bajaba por la misma. Desde entonces, según ella misma me manifestó, empezó a elevar el pensamiento de las cosas visibles a las invisibles. Dios se dignó recompensar sus piadosos sentimientos y alentarla para perseverar en ellos, enviándole una maravillosa visión.

Tenía Catalina seis años de edad cuando su madre la envió juntamente con su hermanito Esteban, a la casa de la hermana de ambos, Buenaventura, para llevar a esta un recado. Cumplida la comisión, los niños regresaban a su casa por un lugar conocido por el nombre de Valle Piatta, cuando Catalina, levantando los ojos al cielo, vio frente a ella, en dirección a la iglesia de los frailes predicadores, un espléndido trono ocupado por nuestro Señor Jesucristo, vestido con ropas pontificales y adornada la sagrada frente con una tiara. A su lado estaban San Pedro, San Pablo y San Juan Evangelista. La niña permaneció rígida, extasiada en la contemplación de Aquel, que así se manifestaba a ella para cautivar de una manera más completa su devoto corazón. El Salvador le dirigió una mirada llena de serena majestad, le sonrió con benigna ternura y tendiendo la mano, le echó la bendición en la forma que lo hacen los obispos.

Mientras ella estaba contemplando así a Nuestro Señor, su hermanito Esteban continuó su camino creyendo que Catalina le acompañaba. Al notar que ella se había quedado atrás, volvió la cabeza y vio que la niña permanecía ensimismada mirando al cielo. La llamó entonces y al no obtener contestación, volvió sobre sus pasos y tomándola de una mano, le dijo: «-Vamos. ¿Qué estás haciendo ahí?». Catalina pareció despertar entonces de un profundo sueño, miró a su hermano un instante y le dijo: «-Si hubieses visto lo que acabo de ver yo, no me habrías sacado de tan dulce contemplación». Sus ojos volviéronse de nuevo hacia el cielo, pero todo se había desvanecido con gran sentimiento de Catalina, que empezó a llorar, reprochándose haber bajado la mirada.

A partir de este instante Catalina ya no pareció ser una criatura; sus virtudes, su manera de ser, sus pensamientos fueron superiores a cuanto podía esperarse de su edad. El fuego del amor divino inflamaba su corazón e iluminaba su inteligencia y todas sus acciones estaban de acuerdo con las normas del Evangelio. Según ella misma me manifestó, el Espíritu Santo sin ayuda alguna humana, le reveló la vida que siguieron los Padres del Desierto y le propuso imitase a algunos santos, especialmente a Santo Domingo. Y fue tan grande el deseo que experimentó de seguir su ejemplo, que no podía pensar en otra cosa que no fuese esto, y con asombro de todos, buscaba lugares retirados donde poder castigar su frágil cuerpecito con unas pequeñas disciplinas. Permanecía en constante oración y para ello abandonaba los juegos propios de su edad, sus palabras eran cada día más escasas y acortaba su ración de comida. El ejemplo de Catalina influía sobre otras niñitas de su edad que se reunían para oír sus piadosos razonamientos e imitaban en cuanto les era posible, sus devotas prácticas. Se reunían en una habitación apartada de la casa, practicaban austeridades corporales con ella y rezaban el «Padre Nuestro» y el «Ave María» tantas veces como Catalina les decía. Esto era un preludio de lo que había de suceder después.

Nuestro Señor se dignaba alentar estos actos de virtud por medio de manifiestas gracias. Su madre me dijo, y ella me lo confirmó después, que muchas veces cuando se disponía a subir la escalera de su casa, se sentía trasportada por manos invisibles sin tocar el suelo con los pies y con tanta rapidez, que la buena Lapa temblaba por temor de que fuese a caer. Así llegaba a lo alto de la escalera; este prodigio ocurrió no solamente en presencia de la madre, sino a la vista de otras personas que estaban allí de visita.

El conocimiento de la vida de los Padres del Desierto, que de manera milagrosa le fuera revelado, la indujo a consagrarse a la vida solitaria; pero ignoraba la manera de llevar a cabo este proyecto. Y Dios que la destinaba a llevar otro género de vida, no le facilitó los medios de realizarlo, dejándola con los sueños de su imaginación. Pero consecuente en su propósito, una mañana se puso en camino en busca del desierto y, habiéndose provisto prudentemente de un pan, dirigió sus pasos hacia la casa de su hermana Buenaventura, que vivía cerca de una de las puertas de la ciudad. Salió por fin de esta por primera vez en su vida y tan pronto como alcanzó a ver el valle y notó que las viviendas raleaban, creyó encontrarse cerca del desierto. Siguió andando hasta encontrar una especie de gruta y entró en ella convencida de que había cumplido su deseo. Se arrodilló y oró fervorosamente; pero Dios que aceptaba los piadosos deseos de su esposa, aunque tenía otros designios con respecto a ella; quiso dar muestra de lo gratas que le habían sido sus intenciones. Apenas había empezado su fervorosa oración, fue levantándose lentamente del suelo hasta tocar con la cabeza la bóveda de la gruta, y así permaneció hasta la hora de Nona.

Por fin a la hora en que el Salvador terminó sus sufrimientos en la Cruz, descendió nuevamente a tierra, y el Señor le reveló entonces que el momento de su sacrificio no era llegado aún y que debía retornar a la casa de sus padres. Al abandonar la gruta sintiose perpleja con respecto al camino que debía seguir para volver a casa, temiendo, por otra parte, que su ausencia tan larga hubiese alarmado a su familia. Entonces se encomendó a Dios y en un abrir y cerrar de ojos la santa niña fue transportada hasta las puertas de Siena, desde donde volvió rápidamente al hogar. Nunca manifestó a nadie este episodio de su vida, a no ser a sus confesores, entre los cuales el autor de este libro se considera el más indigno.

Capítulo III

Que trata del voto de virginidad hecho por Catalina y de un acontecimiento ocurrido

en sus primeros años 

La aparición de Nuestro Señor ejerció tan poderosa influencia sobre el corazón de Catalina, que en él quedaron destruidos los gérmenes del amor propio, el que fue sustituido por el de Jesús y el de su santa madre la Virgen María. Todo lo que no fuese esto parecíale miseria y corrupción, y su deseo supremo fue unirse más y más con su Salvador. El Espíritu Santo le otorgó la gracia de hacerla comprender el grado de pureza de cuerpo y alma necesario para agradar al Creador y ella deseó ardientemente poder consagrarle el tesoro de su virginidad. Pidió a la Reina de los Ángeles y de las Vírgenes que intercediese ante Dios para que Este le diese la luz necesaria a fin de poder comprender lo que fuese más conveniente para la salvación de su alma, expresando al mismo tiempo sus deseos de practicar en la tierra un modo de vida propio de los espíritus angélicos. Repitió fervorosamente sus oraciones en este sentido durante largo tiempo hasta que un día, inspirada sin duda por el espíritu de Dios, invocó a la Virgen María y terminó su plegaria en la siguiente forma: «Prometo a tu Hijo y te prometo a Ti no aceptar jamás otro esposo y conservarme con todas las fuerzas de mi alma pura y sin mancha».

De esta manera quedó Catalina unida a su divino esposo por el voto de virginidad y la bienaventurada Madre de Jesús llevó a cabo la ceremonia nupcial, que se realizó de una manera milagrosa, según veremos en el transcurso de nuestra narración.

Después de este voto perpetuo, Catalina avanzó rápidamente en el camino de la santidad; por imitación a Cristo crucificó su inocente cuerpo y resolvió abstenerse en cuanto le fuese posible de toda clase de alimentos nutritivos. Cuando le servían carne, se la daba secretamente a su hermano Esteban o la ponía, sin que la viesen, en un lugar retirado. Continuó mortificando su cuerpo con las disciplinas, bien sola, bien en compañía de amiguitas de su misma edad. Sentía un celo ardiente por la salvación de las almas y una especial devoción hacia los santos, particularmente hacia Santo Domingo, cuya caridad apostólica le había hecho conocer el Señor.

La niña avanzaba en edad, pero su fe, su esperanza y su caridad eran muy superiores a lo que podría suponerse dados sus tiernos años; su manera de conducirse inspiraba el respeto y la admiración de las personas mayores. He aquí una anécdota que Lapa me ha relatado muchas veces:

«Apenas contaba Catalina diez años de edad cuando Lapa, que deseaba que se dijese una misa en honor de San Antonio, la envió al cura de la parroquia para comunicarle sus deseos y le llevase al mismo tiempo unas velas y el estipendio correspondiente. La piadosa niña cumplió el encargo de su madre y dejándose llevar por su devoción, quedó para asistir al santo sacrificio, no volviendo a casa hasta que este estuvo terminado. La madre, cuya intención era que regresase una vez que hubiese hablado con el sacerdote, juzgó que su ausencia se había prolongado demasiado, y la reprendió con alguna aspereza y hasta echó una maldición contra las personas que, a su entender, pudieron haberla entretenido en el camino. La niña escuchó la reprimenda sin replicar, pero momentos después llamó a su madre aparte y con humildad no exenta de cierta gravedad, le dijo: -Querida madre, cuando cometa una falta o ejecute mal tus órdenes, castígame si es tu voluntad y oblígame a hacer mejor las cosas; pero te ruego encarecidamente que no maldigas a nadie por culpa mía, porque eso es impropio de tus años y a mí me causa mucha pena.

»La madre quedó muy sorprendida por la lección que acababa de darle la criatura y más edificada aún que sorprendida cuando supo que Catalina había tardado por asistir a la santa misa y no jugando por el camino como ella había creído».

Capítulo IV

Del relajamiento en el fervor de Catalina, que Dios permitió para aumentar su gracia y de su gran paciencia para sufrir persecuciones por el amor de Cristo 

La Sabiduría increada, que gobierna todas las cosas, permite a veces la caída de sus santos, de manera que puedan estos levantarse de nuevo y servirle con mayor fervor, avanzar con renovada prudencia en el camino de la perfección y conseguir más espléndidas victorias contra el enemigo de su salvación.

Cuando Catalina, que había consagrado a Dios su virginidad, llegó a la edad de doce años, nunca salía sola de casa, de acuerdo con las normas establecidas con respecto a las mujeres solteras. Tanto sus padres como sus hermanos, que ignoraban la solemne promesa de la niña, pensaron en encontrarle un compañero digno de sus méritos, y procuraron, la madre sobre todo, que su aspecto exterior estuviese de acuerdo con tal propósito. Por consiguiente la obligó a peinarse el cabello de una manera adecuada, le compró vestidos propios de una adolescente que desea hallar al hombre con quien ha de unirse en matrimonio y la instó a que tanto el rostro como el cuello y los brazos estuviesen adornados como para agradar al supuesto pretendiente. Catalina, cuyos propósitos eran muy otros, se los ocultó a sus padres por temor a desagradarles, sometiéndose a las exigencias maternas aunque contra su voluntad. Lapa, que no dejó de notar la repugnancia con que se prestaba Catalina a sus exigencias, sintiose disgustada y llamó en su ayuda a su hija Buenaventura, a quien pidió tratase de convencer a la jovencita de que debía vestir y adornarse de acuerdo con su edad. Conocía muy bien el cariño de Catalina hacia su hermana y por consiguiente confiaba en la influencia que esta podía ejercer sobre aquella.

No se engañó Lapa en sus presunciones, pues tanto con la palabra como con el ejemplo influyó Buenaventura de tal manera en el ánimo de su hermana, que esta empezó a dedicarse al cuidado de su «toilette», sin que por esto renunciara al voto formulado. Posteriormente  se acusó de esta falta con tantas lágrimas y sollozos, que cualquiera hubiese creído que había cometido un gran crimen. Y ahora que esta flor preciosa ha sido trasplantada a los jardines celestiales, puedo revelar algunos secretos que redundarán en la mayor gloria de Dios y decir lo que pasó entre nosotros a este respecto.

Esto ocurría siempre que hacía confesión general, en la que ella siempre daba señales de la más fervorosa contrición. Yo sabía muy bien que todas las almas santas descubren faltas donde en realidad no las hay y que exageran mucho las imperfecciones que cometen. Pero como Catalina daba muestras de creer que había merecido la condenación eterna, yo pensé que era mi deber preguntarle si al obrar en aquella forma había renunciado a su voto de virginidad. Ella me contestó que no y que ni siquiera se le había ocurrido semejante pensamiento. Entonces insistí preguntándole si, sin desear quebrantar su voto de virginidad, había tenido la intención de agradar a los hombres en general o a alguno en particular, a lo que ella me contestó que nada había tan penoso para su espíritu como la vista de los hombres o el encontrarse entre ellos. Cuando los aprendices de su padre, que vivían en la misma casa de estos, iban adonde estaba ella, con gran asombro de todos huía como si se hubiese encontrado con una serpiente. Tampoco se sentaba a la puerta de la calle o se asomaba a las ventanas para ver a los que pasaban. Pues, entonces -le pregunté yo- ¿cómo puedes creer que el cuidado que ponías en tu arreglo personal te haya hecho merecedora del infierno? Catalina me contestó que ella había amado excesivamente a su hermana al querer dar gusto a esta antes que cumplir la voluntad del Señor, y entonces volvían a comenzar sus lágrimas. Y cuando le dije, por fin, que podría haber una imperfección pero no el quebrantamiento de un precepto, ella exclamó: «-¡Señor…, mi padre espiritual está disculpando mis pecados!». Un ser que sin merecerlas ha recibido tantas gracias de su Criador ¿puede ser tan vil y despreciable que haya perdido su tiempo en adornar su cuerpo miserable para agradar a una mera criatura?

Esta conversación prueba que aquella hermosa alma estuvo siempre libre de pecado mortal, que conservó siempre la virginidad de cuerpo y de alma y que jamás manchó su pureza ni de hecho ni de palabra. En todas sus confesiones generales y lo mismo en las particulares, no encontré más faltas que las que acabo de relatar. Todo su tiempo estaba consagrado a la oración, a la meditación y a la edificación de sus vecinos. No se concedía más que un cuarto de hora de sueño por día. Durante sus comidas (si es que merece este nombre la pequeña cantidad de alimento que tomaba) oraba y meditaba en lo que Dios le había enseñado. Sé, y de ello puedo dar testimonio ante la Iglesia, que durante el tiempo que duró mi conocimiento con ella, le era más penoso el acto de tomar algún alimento que lo es para el que está hambriento el verse privado de él.

Es inconcebible que cometiese algún pecado ser que tan continuamente estaba ocupado con Dios; sin embargo se acusaba con tanto dolor y conseguía encontrarse tantas imperfecciones, que un confesor que no conociese a fondo su vida, podría haberse engañado y encontrar pecados donde realmente no existían. Me he detenido tanto en esta falta, de Catalina para poner de manifiesto hasta qué grado de perfección había llegado su alma.

Buenaventura, que había conseguido que su santa hermana dedicase algún tiempo a los cuidados de su «toilette», no logró inspirarle el deseo de complacer al mundo, ni que disminuyese el fervor de sus plegarias y meditaciones. Por otra parte, Nuestro Señor no quiso permitir que su dilecta esposa fuese alejada de su corazón y destruyó el obstáculo que se oponía a esta santa unión. Buenaventura, que inducía a su hermana a iniciarse en el camino de la vanidad, murió de parto en la flor de su edad. Su muerte contribuyó a que Catalina comprendiese más hondamente la vanidad de las cosas de este mundo y se consagró con renovado fervor al servicio de su divino esposo. De esta época data su devoción a Santa Magdalena, a quien pidió la gracia de una contrición semejante a la suya, y como esta devoción fuese en aumento, Nuestro Señor y la Virgen María le dieron a esta Santa en calidad de madre y maestra, como más adelante se verá.

El enemigo de la salvación, comprendiendo que sus estratagemas habían sido descubiertas y que aquella a quien deseaba perder, había buscado refugio con mayor ardor que antes en el seno de su divino esposo, resolvió buscarle obstáculos en su misma casa y atraerla hacia el mundo por la violencia de sus persecuciones. Consecuente con su propósito inspiró a sus parientes la determinación de obligarla a contraer enlace para llenar el hueco que había dejado en la familia la muerte de Buenaventura. Catalina, iluminada por la luz de lo alto, intensificó sus plegarias, sus meditaciones y sus austeridades, esquivando la compañía de los hombres y mostrando de todas las maneras a su alcance la inflexibilidad de su resolución de no entregar a un simple mortal el corazón que fuera ya aceptado por el Rey de los Reyes.

Sus padres no perdonaron medio para vencer la resistencia de Catalina y se pusieron en relación con un fraile predicador a quien confiaron, como amigo de la familia, la tarea de conseguir el consentimiento de la joven. Prometió él emplear sus buenos servicios para este fin, pero cuando hubo conversado con ella y la encontró tan firme, su conciencia le obligó a ponerse de parte de Catalina y en lugar de seguir adelante con la misión que le fuera encomendada, le dijo: «-Puesto que has resuelto consagrarte a Dios y los que te rodean se oponen a tu propósito, demuestra que tu vocación es irrevocable. Córtate el cabello por completo; acaso así te dejarán tranquila».

Catalina recibió el consejo como venido del cielo; tomó unas tijeras y se cortó sus hermosas trenzas, que ahora le eran odiosas, pues suponía que habían sido la causa de aquella falta que tanto la afligía. Cuando Lapa la vio con el velo que se puso para cubrir la ausencia de las trenzas, le preguntó el porqué de aquella novedad. Catalina, que no se atrevía ni a decir una mentira ni a confesar lo que había hecho, contestó con un tono de voz que su madre no entendió lo que decía. Entonces tiró del velo y vio que la cabeza de su hija estaba despojada de sus hermosas trenzas. «-¡Ah hija, qué has hecho!» -gritó la mujer indignada. Catalina volvió a ponerse el velo y se retiró en silencio. A los gritos de la madre acudió toda la familia, y cuando se enteraron de lo que había ocurrido, todos dieron rienda suelta a una violenta indignación.

Esto fue la causa de una nueva persecución contra Catalina, más terrible aún que la anterior; pero ella triunfó de todos con la ayuda del cielo, sirviéndole para unirse más a Él. La abrumaron con palabras injuriosas y malos tratamientos; le dijeron que tenía que dejarse crecer nuevamente el cabello y que no disfrutaría de un sólo instante de paz hasta tanto que no consintiese en obedecer sus determinaciones. También resolvió la familia que en lo sucesivo desempeñaría las funciones más humildes de la casa; despidieron a la ayudanta de la cocinera y la sustituyeron con ella. Diariamente la llenaban de afrentas, aun de aquellas que son más sensibles para los corazones femeninos y al mismo tiempo le proponían que aceptase contraer enlace con una persona de elevada posición, no escatimando medios para obligar a Catalina a aceptar. Pero ella, en vez de ceder, cada día se sentía más fuerte con la ayuda de la divina gracia. El Espíritu Santo le había enseñado la manera de concentrarse en lo más hondo de su alma y desafiar desde este retiro cualquier impulso que la inclinase a ceder en sus propósitos. Cuando fue obligada a dejar la habitación que ocupaba en la casa de sus padres, nadie, ni nada, pudo sacarla de este refugio interior, cumpliéndose aquella sentencia del Evangelio que dice: «El reino de Dios está dentro de nosotros mismos». Regnum Dei intra nos est. (LUC. XVII, 21.) Por otra parte, ya había dicho el Profeta: «Toda la gloria de la hija del rey está en su interior». Omnis gloria filias regis ab intus. (PS. XLIV, 14).

El Espíritu Santo inspiró también a Catalina los medios para soportar las afrentas y mantener en medio de sus tribulaciones la paz de su alma. Se imaginaba que su padre representaba al Salvador y su madre a la Santísima Virgen; sus hermanos y parientes eran para ella los apóstoles y los discípulos del Señor. De aquí que sirviese a todos ellos con tanta devoción y placer que los asombraba. De esta manera tenía gusto en complacer a su divino esposo; la cocina se convirtió para ella en un santuario y, cuando se sentaba a la mesa, alimentaba su espíritu con la presencia, visible para ella sola, del Salvador. ¡Oh riqueza de la Sabiduría Eterna!, ¡cuán numerosas y admirables son tus maneras de ayudar a quienes tienen depositada su esperanza en Ti! Tú puedes sacarlos en salvo de cualquier peligro y conducirlos a puerto seguro en medio de las más grandes tempestades.

Catalina meditaba en la recompensa que el Señor le había prometido y sufría todas estas pruebas no sólo con paciencia sino con alegría y su espíritu rebosaba en los más dulces consuelos mientras desempeñaba sus obligaciones. Como no se le permitía tomar una habitación para ella sola, sino que tenía que compartir la de otra persona de la familia, eligió la de su hermano Esteban, que estaba soltero; además podía aprovechar la ausencia de este durante todo el día, así como de su profundo sueño por la noche para entregarse a sus oraciones. Imploraba en ellas a Dios que se dignase proteger su virginidad, repitiendo como Santa Cecilia aquel verso del salmista: Fiat, Domine, cor meum et corpus meum inmaculatum (PS. CXVIII, 80). Su devoción le comunicó tales energías, que a medida que aumentaban las persecuciones crecía su goce espiritual y sus hermanos que la observaban constantemente no podían por menos que decirse unos a otros: «Estamos vencidos». El padre que era mejor que los demás observaba en silencio su manera de conducirse y cada día se fue convenciendo más de que la santa jovencita seguía la inspiración de Dios y no las fantasías de una muchacha obstinada y caprichosa.

Un día, mientras la sierva del Señor oraba fervorosamente en el cuarto de su hermano, con la puerta abierta pues le había prohibido que la cerrase, su padre entró para tomar algo que necesitaba en la ausencia del muchacho. Al pasear la mirada en torno, vio a su hija arrodillada en un rincón con una paloma, blanca como la nieve, posada sobre la cabeza y que, al acercarse él, voló dándole la sensación de que había desaparecido a través de la madera de la ventana. Preguntó a Catalina con respecto a la paloma y ella contestó que no la había visto ni sabía que hubiese en el cuarto pájaros de ninguna clase. Esto la llenó de asombro y despertó en su espíritu serias reflexiones.

Catalina sentía fervientes deseos de realizar el proyecto que había acariciado desde la infancia, o sea, vestir el hábito de la orden fundada por Santo Domingo, con la esperanza de que así podría cumplir más fácilmente su voto de virginidad. Consecuente con este deseo, oraba continuamente a Dios por la intercesión de aquel santo, que tanto celo había desplegado por la salvación de las almas y nuestro Señor la alentó con la siguiente visión. Durante el sueño le pareció ver a los fundadores de las distintas órdenes religiosas entre los cuales estaba Santo Domingo, a quien reconoció por un lirio de deslumbrante blancura que tenía en la mano y que ardía sin consumirse. Todos ellos y cada uno en particular, la invitaron a elegir una orden donde servir a Dios más perfectamente. Catalina se volvió hacia Santo Domingo, a quien vio avanzar hacia ella y ofrecerle un hábito de las «Hermanas de la Penitencia», que son muy numerosas en Siena. El santo le dirigió entonces las siguientes consoladoras palabras: «-Hija, ten valor, no te desalientes, no temas obstáculo alguno, porque pronto llegará el día en que vistas el piadoso hábito que deseas». Esta promesa llenó su corazón de alegría; dio las gracias al gran Santo Domingo y de sus ojos brotaron abundantes lágrimas que la despertaron volviéndole el uso de los sentidos.

Esta visión la confortó dándole tantos ánimos que ese mismo día reunió a sus padres y hermanos y con gran firmeza les dijo: «Hace mucho tiempo que habéis resuelto que yo debo casarme y habéis hecho fuerza para que lo haga. Sabéis muy bien que miro con horror ese proyecto y mi conducta debe haberos convencido de ello. Sin embargo, hasta ahora no he tenido una explicación con vosotros por el respeto que debo a mis padres, pero mi deber me obliga a no seguir callando. Debo hablaros con sinceridad, haceros saber el compromiso que he adquirido y que no data de ahora sino desde mi más tierna infancia. Sabed por consiguiente que he hecho voto de virginidad, y no con ligereza, sino deliberadamente y con perfecto conocimiento de lo que hacía. Ahora que tengo más edad y un conocimiento más perfecto de la  naturaleza de mis actos, insisto con la gracia de Dios en mi resolución, y será más fácil pulverizar una roca que hacerme desistir de mi propósito. Renunciad, pues, a vuestros proyectos con respecto a mi enlace; me es imposible satisfaceros con respecto a esto, porque antes se ha de obedecer a Dios que a los hombres. Si queréis retenerme en esta casa en calidad de sirvienta, desempeñaré las tareas que queráis imponerme y estén a mi alcance; si por el contrario, queréis echarme de ella, eso no me hará cambiar mi resolución. Mi esposo es dueño de todas las riquezas del cielo y de la tierra y su poder me protegerá y proveerá abundantemente todas mis necesidades».

Al oír estas palabras, todos los presentes se fundieron en lágrimas en forma tal que ninguno acertó a contestar. La hasta entonces temerosa y callada jovencita acababa de manifestar con calma y firmeza su resolución irrevocable: estaba dispuesta a dejar la casa de sus padres juntamente con todo lo que esto suponía, antes que renunciar a ella.

Cuando la emoción de los presentes se hubo calmado, el padre, que amaba tiernamente a Catalina y temía aún más a Dios, recordó el misterioso incidente de la paloma juntamente con otros detalles no menos significativos que observara en la vida de su santa hija, y dio la siguiente respuesta: «-El Señor nos guarde de oponernos más a la resolución que Él te ha inspirado; la experiencia nos demuestra y ahora lo vemos con toda claridad, que no has procedido con ligereza sino movida por la gracia divina. Cumple pues el voto que has formulado; haz todo lo que el Espíritu del Señor te inspire, pues en lo sucesivo nadie se opondrá a ello. Persevera en tus piadosas prácticas y pide a Dios por nosotros para que seamos dignos de las promesas del esposo que te ha elegido en tan tierna edad». Y volviéndose a su esposa e hijos, agregó: «Que ninguno de los presentes contradiga a mi hija querida o intente desviarla de su piadosa resolución; que sirva al Señor como ella quiere. Jamás podríamos pretender para ella una alianza mejor, pues no es un mortal a quien recibimos en nuestra familia sino al hombre-Dios, que nunca muere». Tras estas palabras, un poco de llanto, sobre todo de parte de la madre, que tan tiernamente amaba a su hija. Por su parte, Catalina se regocijó en el Señor, a quien dio gracias por la victoria que acababa de obtener. También agradeció humildemente a sus padres la libertad que acababan de otorgarle y se dispuso a hacer uso de ella de la mejor manera que le fuese posible.

Capítulo V

Que trata de las austeras penitencias de la santa y de las persecuciones de su madre 

Tan pronto como Catalina tuvo libertad para servir a Dios de acuerdo con sus fervientes deseos, se dedicó al cumplimiento de sus propósitos de la manera más admirable, procurándose una habitación independiente donde le fue posible la soledad y el aislamiento necesarios para dar rienda suelta a su deseo de atormentar su inocente cuerpo. Sería imposible describir las austeridades que practicó y el ardor con que buscó la presencia de su divino esposo.

Desde la infancia, Catalina apenas había probado la carne; ahora se la prohibió de la manera más absoluta y tanto se habituó a la privación de este alimento que terminó por no poder soportar el olor de él sin que su estómago se resintiese. Un día la encontré en estado de extrema debilidad, porque no había probado alimento alguno. Entonces hice que pusiesen un poco de azúcar en el agua que estaba a punto de beber. Al notarlo ella, me dijo: «Veo que usted está deseoso de extinguir lo poco de vida que todavía me queda». Al preguntarle por qué me decía eso, me contestó que se había acostumbrado en tal forma a los alimentos desabridos, que cualquier cosa dulce, la enfermaba. Lo mismo le ocurría con cualquier alimento de origen animal. En cuanto al vino, lo tomaba tan mezclado con agua, que no conservaba ni el sabor ni el olor característicos y apenas se veía en él algo que recordase la rica coloración de los vinos del país. A la edad de quince años renunció por completo a él y bebía únicamente agua pura. Y restringiendo día por día la cantidad de los alimentos llegó a no comer más que un pedacito de pan y algunos vegetales sin cocer.

Su cuerpo estaba desfallecido a consecuencia de la debilidad y sometido a insoportables indisposiciones; el estómago era incapaz de desempeñar sus funciones y sin embargo la falta de alimento no disminuía su resistencia física. Su existencia era un milagro, y los médicos que la reconocieron me manifestaron que el caso no tenía explicación científica. Durante todo el tiempo que tuve el privilegio de ser testigo de su vida no tomó alimento ni ingirió bebida en cantidad suficiente para sostenerla y sin embargo lo soportaba con alegría aunque a costa de grandes sufrimientos y extraordinaria fatiga.

Guardémonos de suponer que esto era consecuencia natural de una dieta determinada y una abstinencia metódica y gradual. Para mí es evidente que su resistencia estaba mantenida por el ardor de su espíritu, porque cuando este sobreabunda y se sacia con el alimento celestial, el cuerpo soporta fácilmente el tormento del hambre.

Su lecho estaba formado por unas tablas sin cobertura de ninguna clase. Sobre ellas se sentaba para meditar o se arrodillaba para orar y por fin se tendía para dormir sin despojarse de ninguna parte de su vestido, hecho de lana en su totalidad. Usaba también en calidad de camisa un género tejido con crin, que después cambió por una cadena de hierro tan ceñida en torno del cuerpo que le penetraba en la carne. Esto, lo supe por sus compañeras, que algunas veces se veían en la necesidad de sacársela a causa de la gran fatiga que le producía y que en algunos casos hasta llegaba a producirle desmayos. Cuando ya en el ocaso de su vida aumentó su debilidad de una manera alarmante, la obligué, en virtud de la santa obediencia, a quitarse esta cadena que tan gran dolor le ocasionaba.

Al principio prolongaba sus oraciones hasta la hora de maitines; más adelante, consiguió dominar el sueño en tal forma que sólo dormía media hora día por medio, no permitiéndose ni siquiera este breve reposo sino cuando la extrema debilidad de su cuerpo la obligaba a tomárselo. Según me confesó en cierta ocasión, ninguna victoria sobre sí misma le costó tanto, ni ninguna fue tan difícil de conseguir como la referente al sueño.

Si hubiese encontrado personas capaces de comprenderla, habría pasado los días enteros con sus noches hablando de Dios; sus discursos, en vez de debilitarla, parecían fortalecerla, pues cuando hablaba de las cosas santas parecía recobrar el vigor de la juventud y al terminar de hablar, caía en la languidez y la abandonaba la energía de que acababa de dar muestra en forma maravillosa. Algunas veces me hablaba de los profundos misterios de Dios y, como ella no se cansaba nunca y yo no poseía la sublime elevación de su espíritu, me dormía. Ella, absorta en Dios, no se daba cuenta y seguía hablando. Cuando se percataba de que yo me había dormido, me despertaba elevando el tono de voz, recordándome que estaba perdiendo preciosas verdades y consideraciones al dejarla que hablase a las paredes.

Léanse las vidas de los «padres del desierto», recórranse las páginas de las Sagradas Escrituras…; en vano tratará de encontrarse un caso parecido. En esos relatos leemos que Pablo el Ermitaño vivió durante largos años en la soledad, pero milagrosamente un cuervo le llevaba todos los días medio pan para que se alimentase. El famoso San Antonio practicó asombrosas austeridades, pero le animaba en su penitencia el ejemplo de otros ermitaños que le visitaban en su retiro, pues según refiere San Jerónimo que el santo eremita Hilarión fue, durante su juventud, a verlo y enseñarle los secretos de la vida solitaria así como los medios de vencer al enemigo común de las almas. Los dos santos Macario y Arsenio y muchos otros tuvieron maestros que les enseñaren los caminos del Señor. Todos ellos vivieron en la paz que les proporcionaba su retiro bajo la sombra protectora del mismo monasterio, mientras que Catalina vivió no en un convento ni en la soledad sino en el seno de su familia, sin dirección espiritual y rodeada por obstáculos de todas clases, consiguiendo, a pesar de todo, un grado tal de obediencia jamás alcanzado por ningún otro santo. Es cierto que Moisés ayunó dos veces durante un período de cuarenta días; Elías también repitió ese largo ayuno y el Evangelio nos cuenta que El Salvador quiso darnos ejemplo haciendo lo propio. Pero estos largos períodos de abstinencia fueron hechos aislados. Cuando Juan el Bautista fue llevado por el espíritu de Dios al desierto, su alimento consistió en miel y langostas, pero esto no era un ayuno absoluto. Se cuenta de Santa Magdalena que ayunó durante treinta y tres días, habiéndose retirado para este fin a una cueva cavada en cierta roca que aún se muestra a los fieles.

Los ejemplos que acabo de citar nos dan a entender con cuanta magnificencia y con qué inextinguible bondad enriquece Dios a sus santos al conducirlos por el camino de la perfección. Demuestran también las admirables virtudes de Catalina y que la Iglesia bien puede decir de ella sin desmedro ni injuria para los otros santos: «¡Ninguna se encuentra semejante a ella!». Non est inventus similis illi. El infinito poder de Dios, que santifica a las almas, puede otorgarles, cuando lo cree conveniente, una gloria particular.

Un hecho más servirá de broche a todo lo que he dicho de Catalina con respecto a este punto y hará comprender a mis lectores hasta qué extremo había debilitado su cuerpo y sometido su entendimiento. Según me informó su propia madre, antes de iniciar sus penitencias poseía una resistencia física tan extraordinaria que fácilmente podía cargar sobre sus hombros un peso suficiente para un caballo y subir con él rápidamente los dos pisos que tenía la casa. Su cuerpo era dos veces más fuerte y tenía el doble de peso que a los dieciocho años. Sin embargo llegó a estar tan débil que sólo un milagro podía sostenerla. Cuando yo la conocí el espíritu había agotado en tal forma sus energías físicas, que al verla cualquiera diría que su fin estaba muy próximo. Sin embargo poseía admirables energías, sobre todo cuando se trataba de la salvación de las almas. Entonces olvidaba todas sus dolencias y, siguiendo el ejemplo de su patrona Santa Magdalena, sufría en el cuerpo y oraba con el espíritu, el que comunicaba a sus miembros exhaustos la superabundancia de sus energías.

La antigua serpiente a quien ella había vencido no cesó sin embargo en sus esfuerzos por atormentarla. Esta vez se dirigió a Lapa, a quien conocía y consideraba como verdadera hija de Eva y consiguió, valiéndose del cariño de madre que la mujer profesaba a su hija, inmiscuirse en las penitencias de la santa. Cuando Lapa descubrió que Catalina dormía sobre unas tablas desnudas la obligó por la fuerza a ir a su habitación y la acostó en su propio lecho. Entonces Catalina, dócil a las lecciones de la sabiduría, cayó de rodillas a los pies de su madre y con palabras llenas de humildad y de dulzura le pidió que no se enojase, prometiéndole que reposaría a su lado según su voluntad. Acostó en un extremo del lecho y cuando comprendió que su madre estaba dormida, se levantó furtivamente y volvió a sus devotos ejercicios. Esto no duró mucho, porque Satanás, irritado por la constancia de la santa, despertó a Lapa. En vista de esto, Catalina buscó el medio de dejar tranquila a su madre y al mismo tiempo satisfacer sus deseos de penitencia. Colocó debajo de la sábana, en el lugar que ella debía ocupar, una o dos tablas; pero no pasaron muchos días antes de que la madre se diese cuenta, y entonces, viendo que todos sus esfuerzos resultaban inútiles, terminó por decir a Catalina: «-Veo que nada consigo; por consiguiente, haz lo que te dé la gana, pero al menos no me lo ocultes». Así pudo la santa seguir la inspiración divina.

Capítulo VI

Donde se trata de la prueba de las termas y de cómo consiguió tomar el hábito

del glorioso Santo Domingo 

Catalina reanudó sus piadosos ejercicios y hablaba continuamente a sus padres de los grandes deseos que tenía de entregarse más por completo a su divino esposo. También solicitó a las «Hermanas de la Penitencia», que seguían la regla de Santo Domingo, que accediesen a recibirla entre ellas y le permitiesen vestir su hábito. Su madre, afligida por sus continuas solicitudes y no atreviéndose, sin embargo, a oponerse directamente a sus deseos, trató de distraerla un poco de sus austeridades y sin darse cuenta de ello, se convirtió en cómplice de Satanás al proyectar tomar unos baños calientes y que Catalina la acompañase. Pero la esposa del Señor combatió con armas invencibles y todos los ataques del espíritu del mal redundaron en beneficio de ella y en acrecimiento de su santidad. En las termas encontró un medio de torturar su cuerpo, pues con el pretexto de bañarse mejor, se acercaba a los canales por donde penetraban en los baños las aguas sulfurosas y recibía en sus delicadas carnes un calor tal que la hacía sufrir más aún que la cadena de hierro que permanentemente llevaba ceñida al cuerpo. Cuando Lapa me refirió este episodio de la vida de Catalina, esta me manifestó que había solicitado la permitieran bañarse cuando ya se habían ido las demás bañistas, pues estaba segura de que no le permitirían hacer lo que tenía pensado. Y al preguntarle cómo había podido soportar semejante tortura sin morir, me contestó con una simplicidad de paloma que me dejó pasmado: «-Mientras estaba allí, pensaba en las penas del infierno y del purgatorio y pedía a mi Criador, a quien tantas veces he ofendido, que se dignase aceptar a cambio de los tormentos que tengo merecidos, los que yo sufría entonces voluntariamente, y el pensamiento de que me hacía la merced de consentirlo, me llenaba de tal consolación celestial que me sentía feliz en medio de mi dolor». 

Al regreso intentó vanamente Lapa conseguir de Catalina que disminuyese sus penitencias; pero la santa hizo oídos sordos a las solicitudes de su madre y le pidió en cambio que insistiese ante las «Hermanas de Penitencia» para que no continuasen rehusándole el hábito que tan ardientemente deseaba. Lapa, vencida por tales ruegos, que se repetían diariamente, renovó su petición, contestándole las hermanas que no era costumbre dar el hábito a jóvenes doncellas sino a viudas de edad madura que se habían consagrado a Dios. Estas religiosas no vivían en clausura, sino que cada una de ellas vivía en su propio domicilio. Lapa regresó a casa con esta respuesta, que indudablemente fue menos penosa para ella que para su piadosa hija.

La esposa de Cristo no se intranquilizó por la negativa; confiaba en la promesa que había recibido del Cielo y solicitó de nuevo su admisión. Dijo a su madre que no estaba desanimada y le pidió que hablase otra vez con las hermanas. Lapa accedió al fin a los ruegos de su hija, pero sin conseguir mejor resultado.

Mientras tanto, Catalina había contraído una enfermedad que en aquel tiempo era muy frecuente entre las personas jóvenes de la región. La Providencia tenía sus designios. Lapa quería tiernamente a todos sus hijos, pero de una manera particular a Catalina. Por consiguiente, la pobre madre permaneció sentada al lado del lecho de la enferma suministrándole todas las medicinas imaginables y buscando la manera de consolarla. Pero Catalina, que en medio de sus sufrimientos perseguía con renovado ardor el objeto de sus deseos, aprovechó la oportunidad que se le ofrecía al ver a su madre tan solícita y dispuesta a otorgarle lo que le pidiese. «-Madre -le dijo dulcemente-, si quieres que recobre la salud, trata de conseguirme el hábito de las «Hermanas de Penitencia». Estoy convencida de que Dios y Santo Domingo, que me inspiran ese camino, me llevaran a ellos y por consiguiente, tú no volverás a verme en esta vida si no sigo el camino que me han indicado».

Lapa dio rienda suelta a las lágrimas al oír estas palabras de su hija, y como temía perderla, fue nuevamente a ver a las hermanas a quienes habló de una manera tan insistente y persuasiva, que por fin consiguió que rectificasen su anterior resolución. «Si no es de una belleza extraordinaria, la recibiremos en atención a usted -le contestaron-, pero si es demasiado linda, no podremos hacerlo, pues es nuestra obligación evitar los inconvenientes que pudieran sobrevenir de la malicia de los hombres, sobre todo en los tiempos que corremos».

Lapa las invitó a que fuesen a su casa y juzgasen por sí mismas. Entonces, tres o cuatro hermanas elegidas entre las más prudentes y de inteligencia superior la acompañaron para ver a Catalina y juzgar acerca de su vocación. Por cierto que no pudieron formar juicio con respecto a su apariencia física, pues tenía todo el cuerpo cubierto por una erupción -consecuencia de la enfermedad- que la desfiguraba por completo. Además su belleza no era excesiva aun estando en perfecto estado de salud. Pero si no pudieron juzgar su aspecto con los ojos, la oyeron hablar con tan gran fervor y notaron en ella una sabiduría tan profunda que quedaron encantadas, comprendiendo que la madurez de su mente no estaba de acuerdo con su edad, ya que muy pocas personas entradas en años podrían compararse con ella en virtudes.

Se retiraron pues las hermanas llenas de piadosa alegría y espiritual edificación y dieron cuenta de su visita a sus compañeras, quienes, después de consultado el caso con los frailes de la Orden, celebraron capítulo y admitieron a Catalina por unanimidad, hecho lo cual anunciaron a la madre que en cuanto la aspirante se encontrase restablecida de su dolencia podía ir a la iglesia de los Frailes Predicadores para recibir el hábito de Santo Domingo con las acostumbradas ceremonias, en presencia de los hermanos y hermanas de la orden.

Al recibir tan grata nueva, Catalina derramó lágrimas de alegría y dio fervorosas gracias a su Divino Esposo y a Santo Domingo, quien al fin cumplía su promesa. Le imploró también para que le devolviese la salud, no para librarse de los sufrimientos que la enfermedad le ocasionaba, sino para cumplir más prontamente el primero y más intenso deseo de su corazón. Sus ruegos fueron oídos, pues al cabo de pocos días se encontró completamente bien. Dios no podía dejar de escucharla al pedirle que removiese un obstáculo que se interponía en el camino de su mayor gloria y que redundaría en bien de un alma que le amaba tan tiernamente.

La madre buscó ahora pretextos para retardar el feliz día de la recepción del santo hábito; pero todo fue en vano, pues tanto insistió Catalina que el día señalado no tuvo más remedio que acompañarla a la iglesia, donde en presencia de muchos hermanos y hermanas de la orden, así como de los frailes predicadores, que dirigían la congregación, le fue impuesto el hábito, cuyos colores blanco y negro representan la humildad y la inocencia. Tengo para mí que ningún otro hábito habría sido tan adecuado para ella; todo blanco o del todo negro habría tenido un significado incompleto: el color gris, proveniente de la mezcla de ambos, habría representado   -31-   sus mortificaciones, pero no la brillante inocencia de su pureza virginal. Catalina fue la primera virgen recibida en Siena entre las hermanas de penitencia; muchas la siguieron después, por lo cual bien pueden aplicarse las palabras del rey David:Adducentur regi virgines post eam. (PS. LIV, 15.) En seguimiento de ella las vírgenes fueron presentadas al Señor. Si las hermanas hubieran reflexionado más seriamente, presumo que no habrían tardado tanto en acceder a sus solicitudes, pues Catalina era más merecedora que ellas de llevar un hábito que simboliza la inocencia y la humildad, ya que la inocencia de la virginidad es superior a la castidad de la edad madura.

Capítulo VII

Origen y fundación de las «Hermanas de Penitencia» de Santo Domingo y su modo de vida 

Los siguientes datos los he sacado de manuscritos que consulté en Italia, de informes suministrados por personas ancianas de la orden y de la historia de nuestro bendito fundador Santo Domingo. Este glorioso defensor de la fe católica y valiente soldado de Cristo combatió tan victoriosamente las herejías surgidas en el sur de Francia y en Italia que, por su mediación y la de sus discípulos, según se demostró luego con motivo de su canonización, fueron convertidos, en Lombardía sólo, más de cien mil herejes.

Pero el veneno del error había corrompido los entendimientos hasta tal extremo que los beneficios eclesiásticos estaban usurpados por legos que los transmitían en herencia como si se tratase de bienes comunes. Los obispos se veían obligados a mendigar su propia subsistencia y por lo tanto carecían de autoridad para impedir semejantes abusos y se veían privados por carencia de medios materiales de ayudar a los pobres. Santo Domingo, que había elegido la pobreza como su propia porción, no quiso ver a la Iglesia en tal estado de indigencia y resolvió poner cuanto estuviese a su alcance para devolverle su antigua opulencia. Consecuente con este santo propósito reunió a varios seglares, a quienes sabía animados por el espíritu del Señor, y organizó con ellos una piadosa milicia, cuyo fin era recuperar las riquezas de la Iglesia y defenderlas oponiéndose a la injusticia de los herejes. Aquellos que se enrolaron, juraron hacer cuanto estuviese a su alcance para conseguir los fines propuestos, llegando, si fuese necesario, hasta el sacrificio de su fortuna y aun el de su propia vida. Pero como las esposas de estas personas podrían a veces ofrecer obstáculos a los fines de la congregación, Santo Domingo las indujo a prometer solemnemente que no se opondrían a los propósitos de sus maridos, sino que, por el contrario, les prestarían su decidida ayuda. Los asociados tomaron la denominación de Hermanos de la Milicia de Jesucristo. Deseando el santo fundador distinguirlos de los demás seglares por algún signo exterior y señalarles algunas obligaciones particulares, dispuso que los colores de sus vestidos, cualquiera forma que tuviesen, fuesen los del hábito que llevaban los religiosos de su orden, o sea, el blanco y el negro, símbolos de la inocencia y la humildad. Les impuso además la obligación de recitar cierto número de padrenuestros y avemarías, para suplir con ellos las horas canónicas, cuando no podían asistir a los oficios divinos.

Más tarde, cuando nuestro bendito padre Santo Domingo había dejado la tierra para dirigirse a las moradas celestiales, y sus numerosos milagros decidieron a la Iglesia a incluir su nombre en el catálogo de los santos, los hermanos y hermanas de la Milicia de Jesucristo resolvieron honrar el nombre de su fundador tomando el título de Hermanos de Penitencia de Santo Domingo. Por otra parte, los merecimientos del santo y el trabajo apostólico de su orden habían extirpado casi por completo la herejía; los combates exteriores no eran ya necesarios, pero quedaba por vencer aún mediante la penitencia el enemigo interior de las almas y de aquí que la nueva denominación fuese más adecuada que la anterior.

Cuando el número de los frailes predicadores hubo aumentado y Pedro (virgen y mártir) se manifestó entre ellos como una radiante estrella al triunfar sobre sus enemigos, más con su muerte que durante su vida, la manada de lobos que desolaba la viña del Señor fue aniquilada y Dios devolvió la paz a su Iglesia. Las razones que promovieron la fundación de la Milicia de Jesucristo no existían ya y la asociación perdió por consiguiente su carácter militar.

Cuando los hombres que formaron parte de ella murieron, sus viudas, habituadas a la vida religiosa que habían llevado, renunciaron a un nuevo matrimonio y perseveraron en sus prácticas piadosas hasta la muerte. Otras viudas que no habían contraído los mismos compromisos, pero que no querían casarse nuevamente, imitaron a las Hermanas de Penitencia y adoptaron su regla para purificarse de pasadas faltas. Gradualmente fue creciendo su número en las diversas ciudades de Italia y los frailes predicadores fueron sus directores espirituales de acuerdo con el espíritu de Santo Domingo. Pero, como no había nada establecido con respecto a esta dirección, un fraile español llamado Munio, religioso de santa memoria que había gobernado a toda la orden, escribió la regla que aún subsiste. Esta regla no es en realidad lo que corresponde a una orden religiosa, pues no exige los tres votos, que son la base de toda orden propiamente tal.

Como las Hermanas de Penitencia fuesen aumentando en número y santidad, el soberano Pontífice Honorio IV, en consideración a sus méritos, les concedió mediante una bula permiso para oír los oficios divinos en las iglesias de los frailes predicadores, aun en tiempo de entredicho. Juan XXII, después de haber promulgado la bula Clementina, los begardos y begüinos, declaró formalmente que sus prohibiciones no alcanzaban a las Hermanas de Penitencia de Santo Domingo, existentes en Italia y cuya regla no necesitaba ninguna innovación.

Capítulo VIII

De los admirables progresos de Catalina en los caminos del Señor y

de algunas gracias particulares que recibió 

Catalina no pronunció los tres votos de religión al tomar el hábito de Santo Domingo, pero tomó la resolución de cumplirlos fielmente. Con respecto al de castidad no podía haber sido de otra manera, puesto que ya había formulado el de virginidad perpetua. Prometió pues obedecer al Padre Maestro de las Hermanas de Penitencia en todo cuanto le ordenase y lo mismo con respecto a la superiora. Durante toda su vida fue tan fiel a esta promesa que en el lecho de muerte pudo declarar a su confesor que no recordaba haber faltado una sola vez a ella.

También observó de una manera perfecta el voto de pobreza. Cuando vivía en la casa de sus padres y reinaba en ella la abundancia, jamás tomó algo para sí misma, únicamente para dar limosna a los pobres, pues su padre le había dado amplias facultades con respecto a este punto. Amaba tanto la pobreza que, según confesó, nada podía consolarla de que esta no existiese también en su familia y pedía a Dios ardientemente que se dignase hacer pobres a sus padres. «-Señor -solía decir-, ¿no es mejor que te pida para mis padres y hermanos los bienes de la eternidad? Yo sé que los de la tierra van acompañados de peligros y enfermedades; por eso quiero que los míos no estén expuestos a ellos».

Dios escuchó sus ruegos; circunstancias extraordinarias redujeron a sus padres a una extrema pobreza sin culpa de ellos, como puede probarse con el testimonio de personas que los conocieron.

Una vez establecidos estos cimientos, Catalina comenzó a construir el edificio de su perfección, aprovechando a la manera de industriosa abeja cualquier ocasión que se le presentase para avanzar en él, y adoptando todos los medios posibles para hacer una vida más retirada y más unida a su divino esposo.

Con el fin de mantenerse incontaminada por el mundo se propuso observar el más riguroso silencio y no hablar más que cuando tenía que hacerlo con su confesor en el sacramento de la Penitencia. El confesor de Catalina que me precedió declaró por escrito que la santa observó esta resolución durante tres años. Permanecía constantemente en su celda a no ser cuando iba a la iglesia, y no saliendo de ella ni aun para tomar su alimento, que, como ya se ha dicho, era tan escaso, y que jamás dejaba de derramar lágrimas al tomarlo ofreciendo a Dios el tributo de su corazón ansioso de penitencia. ¡Quién podría hacer un recuento de sus vigilias, sus plegarias, sus meditaciones y sus suspiros en la soledad de que ella supo rodearse en su misma casa en medio del bullicio de la ciudad! Había ordenado su tiempo en tal forma que velaba mientras los frailes dominicos, a quienes ella llamaba sus hermanos, estaban entregados al sueño, y cuando oía el segundo toque de maitines, decía a su divino esposo: «-Señor, mis hermanos, que te sirven, han estado durmiendo hasta ahora y yo estuve velando por ellos en tu presencia pidiéndote que los preserves de las acechanzas del enemigo. Ahora que ellos se levantan para ofrecerte sus plegarias, protégelos y permíteme que tome un corto reposo». Entonces se tendía sobre sus tablas, usando como almohada un pedazo de madera.

Aquel a quien ella amaba recreábase con su fervor y la alentaba con nuevas gracias. No queriendo que su fiel cordero careciese de pastor y que un discípulo tan deseoso de adelantar estuviese sin un buen maestro, él mismo se aparecía en la pequeña celda de Catalina y le enseñaba las cosas más convenientes para su adelanto espiritual. «-Tened la seguridad, padre -me dijo en una oportunidad- que nada de lo que sé concerniente a los caminos de la salvación me ha sido enseñado por un mero hombre. Fue mi señor y maestro, el amado esposo de mi alma, Nuestro Señor Jesucristo, quien me lo reveló mediante sus inspiraciones y sus apariciones. Él me ha hablado lo mismo que yo os hablo ahora». Esto me lo dijo al comienzo de sus visiones, cuando las percibió mediante los sentidos externos y temía ser engañada por Satanás. Pero Nuestro Señor, lejos de ofenderse por este temor, ensalzó su prudencia. «-El viajero -le dijo- debe estar siempre en guardia, porque está escrito: Bendecido sea el hombre que vive en el temor (PROV. XXVIII, 14). Si tú lo deseas, te enseñaré a distinguir mis visiones de las del enemigo». Y como Catalina se lo pidiese ardientemente, Nuestro Señor continuó: «-Sería fácil iluminar tu espíritu directamente y mostrarte la manera de distinguir desde el principio cuál es el origen de tus visiones; pero para utilidad y beneficio de los demás, te diré lo que enseñan los doctores a quienes he dado a conocer mi verdad. Mis visiones comienzan con el terror y terminan con paz; su llegada o su presentación es esperada con cierto amargor que poco a poco se va convirtiendo en dulzura. Lo contrario ocurre con las visiones del espíritu malo: comienzan siempre con cierto goce espiritual, pero siempre terminan sumergiendo al alma en la intranquilidad. Y esto es así porque nuestros caminos son diferentes. El camino de la penitencia y de los mandamientos aparece al principio áspero y penoso, pero a medida que avanza por él el espíritu se va haciendo fácil y agradable. El camino del malo, por el contrario, es halagador en sus comienzos, pero no tardan en aparecer la turbación y el peligro. Te daré una señal más que es infalible. Mis visiones hacen humilde al alma que las recibe pues le hacen comprender lo indigna que es de ellas. Pero como el demonio es el padre de la falsedad y el príncipe del orgullo, solamente puede dar aquello que posee y sus visiones siempre engendran en el alma cierta estimación de sí misma que la excita a la vanidad. Examínate por consiguiente con minuciosidad y ve si tus visiones proceden de la verdad o del extremo opuesto: la verdad excita a la humildad; la falsedad crea el orgullo».

A partir de este momento sus visiones celestiales y sus comunicaciones con Nuestro Señor se multiplicaron en forma tal que la más animada conversación entre dos amigos entrañables no bastaría para dar una idea del intercambio de pensamientos entre Catalina y su divino esposo. Sus oraciones, sus meditaciones y su lectura espiritual, sus vigilias y su corto reposo, todos estos actos estaban bendecidos por la divina presencia. Estas relaciones sobrenaturales son la causa y origen de su abstinencia, de su admirable doctrina y de los milagros obrados por su intercesión y de los cuales Dios se dignó hacernos testigos durante su vida.

En el principio de mi relación con ella, había oído tantas cosas maravillosas referentes a su vida, que vacilé bastante antes de creerlas; Dios permitió que así fuese para mayor bien. Intenté de todas las maneras posibles descubrir los medios de asegurarme de si los fenómenos extraordinarios que se operaban en ella provenían de Dios o de cualquiera otra causa, es decir, si eran verdaderos o falsos. He encontrado, especialmente entre las mujeres, a muchas personas de fantasía desbordada, cabezas que se trastornan con facilidad y que por consiguiente están más expuestas que otras a las seducciones de Satanás. Ciertos detalles me llenaban de turbación y sentí el deseo de verme asegurado por Aquel que no  puede engañarnos ni engañarse. Pensando en esto se me ocurrió de pronto la idea de que si podía obtener de Dios por la intercesión de Catalina una contrición por mis pecados superior a la que sentía habitualmente, esto sería un signo indudable de que todo lo que ocurría era proveniente del Espíritu Santo, pues nadie puede tener una verdadera contrición si Dios no se la inspira, y aunque ignoramos si somos dignos de odio o de amor, la contrición de corazón es señal y prueba de que estamos en la gracia del Señor.

No dije a nadie una sola palabra acerca de los pensamientos que me preocupaban y pedí directamente a Catalina que se dignase obtener de Dios la remisión de mis pecados. Ella me contestó con alegría llena de caridad que cumpliría mi encargo y entonces yo agregué: que para quedar tranquilo y saber que mis deseos habían quedado satisfechos quería tener una prueba, a saber, una contrición extraordinaria de mis pecados. Ella me aseguró que la conseguiría, y al día siguiente, mientras estaba conversando conmigo, su mente se volvió insensiblemente hacia Dios y empezó a hablar de la ingratitud de que damos muestras cuando ofendemos a Nuestro Señor. Mientras hablaba, yo tuve una clara y distinta visión de mis pecados: me vi, despojado de todas las cosas, en la presencia de mi Juez y sentí que merecía la muerte como la merecen los malhechores cuando son juzgados por la justicia de los hombres. Vi también la bondad de mi Juez quien por su divina gracia me había llamado a su servicio y reemplazado la muerte por la vida, el temor por la esperanza, la tristeza por la alegría, la vergüenza por la gloria. Estas visiones mentales triunfaron en tal forma sobre mi dureza de corazón que comencé a derramar torrentes de lágrimas por mis pecados, llegando a hacerse tan profundo mi dolor que pensé iba a morir a consecuencia de él.

Catalina, cuyos ruegos habían sido escuchados, guardó silencio dejándome entregado a mis lágrimas y sollozos. Momentos después y cuando aún me duraba la sorpresa por aquella disposición de ánimo que acababa de sentir de una manera tan intensa, recordé mi pedido y la promesa que ella me había hecho la víspera, y volviéndome hacia la esposa del Señor, le dije: «-Esto no es la gracia que pedí ayer. -Es lo mismo -contestó ella y agregó-: No olvide el don que acaba de hacerle el Señor». Mi compañera y yo quedamos llenos de gozo y de edificación, pero yo exclamé como el incrédulo Santo Tomás: «-¡Mi Señor y mi Dios!» Dominus meas et Deus meus. (SAN JUAN XX, 28.) 

Otra prueba recibí de la santidad de Catalina, prueba que redunda en honor de ella y confusión mía. Estaba postrada en cama a consecuencia de sus sufrimientos y me hizo saber que deseaba hablar conmigo con respecto a una revelación. Fui y me acerqué a su camastro y ella, a pesar de la fiebre que la consumía, empezó a hablarme de Dios y de las cosas que le habían sido reveladas durante el día. Eran estas tan extraordinarias que, olvidando lo que acababa de ocurrirme a mí mismo, me pregunté: «-¿Deberé dar crédito a, lo que me está diciendo?» Mientras yo la miraba en un estado de perplejidad, la expresión de su rostro cambió adquiriendo la apariencia del de un hombre de carácter duro que me estuviese mirando con fijeza y que me llenó de terror. Su rostro ovalado indicaba la plenitud de la vida y todo su aspecto daba una impresión tal de majestad que revelaba bien a las claras la santa presencia de Dios. Imposible concebir una expresión tan dominadora y majestuosa como la que en este momento tenía el rostro de ordinario tan apacible y manso de Catalina. Yo quedé completamente aterrorizado y exclamé levantando ambas manos: «-¡Oh! ¿Quién me mira de esa manera?» Catalina contestó: «-Es el que es». La visión desapareció y nuevamente vi el rostro de Catalina, que instantes antes no podía reconocer. Mi inteligencia fue iluminada entonces con tan abundante luz, sobre todo con respecto a lo que estábamos tratando, que entonces comprendí aquellas palabras del Señor, cuando prometió la llegada del Espíritu Santo: «Et quae ventura sunt annunciabit vobis». (SAN JUAN XVI, 13.)

Capítulo IX

De la admirable doctrina que le enseñó Nuestro Señor y de cómo ella la adoptó por norma de su vida 

Examinemos ahora el edificio espiritual de la perfección de Catalina con la gracia de Aquel que fue la piedra fundamental de la construcción, y así como las almas fieles encuentran vida y fortaleza en la palabra del Señor, aprovechemos las lecciones que ella recibió directamente de la boca del amado Maestro.

Según manifestó Catalina a sus confesores, en el comienzo de sus visiones Nuestro Señor se le aparecía mientras ella estaba meditando, y le decía: «-Comprende, hija mía, qué eres tú y quién soy Yo. Si aprendes estas dos cosas, recibirás las bendiciones de lo alto. Tú eres lo que no es; Yo soy el que es por excelencia. Si tu espíritu se penetra profundamente de esta verdad, el enemigo no podrá engañarte y evitarás todas sus acechanzas; nunca consentirás en hacer algo que sea contra mis mandamientos y adquirirás sin dificultad la gracia, la verdad y la paz».

En estas breves y sencillas palabras, ¿no encontramos la «longitud, anchura y profundidad» de que habla San Pablo a los cristianos de Éfeso? Nuestro Señor le dijo también en otra aparición: «-Hija, piensa en Mí y yo pensaré continuamente en ti». Catalina interpretó estas palabras en el sentido de que Dios le ordenaba mediante ellas desterrar del corazón todos los pensamientos propios y no pensar en otra cosa sino en Él, sin estar preocupada por ella misma ni por su salvación de manera que ninguna distracción pudiese penetrar en su espíritu, pues Dios lo sabe todo y provee a las necesidades de los que piensan en Él y ponen en este pensamiento la suprema felicidad. De aquí que cuando nosotros expresábamos alguna ansiedad o temor por nosotros o por nuestros hermanos, ella solía decirnos: «-¿A qué os preocupáis? Dejad todo en manos de la Providencia. En medio de los mayores peligros Dios vela por vosotros y siempre os protegerá». Esta virtud de la esperanza se la infundió su Divino Esposo cuando le dijo: «-Yo pensaré continuamente en ti». 

Recuerdo que estando a bordo de un barco con ella y otras muchas personas, el viento amainó en tal forma a eso de medianoche, que el piloto llegó a alarmarse. Estábamos en un canal peligroso y si el viento nos tomaba de costado, estábamos en peligro de ser arrojados contra la costa. Yo puse en conocimiento de Catalina la situación en que nos encontrábamos y ella me contestó con la misma entonación con que me hablaba siempre: «-¿Por qué se preocupa usted por estas cosas o permite que su espíritu se distraiga por tales pequeñeces?». Yo guardé silencio, pues las palabras de Catalina me habían devuelto la calma; pero el viento empezó poco después a soplar en la dirección temida por el piloto y entonces yo lo puse en conocimiento de Catalina. «Que cambie de rumbo en el nombre de Dios y se deje llevar en la dirección del viento que el Cielo le enviará». El piloto obedeció y retrocedimos, pero ella oró con la cabeza inclinada hacia adelante y apenas habríamos recorrido una distancia equivalente a un tiro de arco, cuando cambió el viento en forma favorable. Así pudimos llegar a puerto a la hora de maitines.

Esta anécdota de la vida de Catalina no debía figurar aquí pues interrumpe el orden cronológico, pero la relato porque sirve para el fin que me propongo. Efectivamente, cualquiera que reflexione verá que la segunda verdad fluye como consecuencia de la primera. Si un alma reconoce que en sí misma no es nada, y que existe solamente por Dios, no confiará en sí misma para cualquier clase de acción, sino en la intervención divina tan sólo. Esa alma pondrá toda su confianza en el Señor y «colocará todos sus pensamientos en Él» según la frase del salmista. Esto no le impedirá el hacer por ella misma todo cuanto le sea posible, porque esta santa confianza proviene del amor y el amor produce en el espíritu el deseo del objeto amado, deseo que excita al alma a la realización de todos los actos capaces de satisfacerlo. La actividad está en relación con el amor, pero aquella no le impide poner su confianza en Dios y rechazar cualquier clase de seguridad en las propias fuerzas, puesto que el conocimiento que ha adquirido de su propia pequeñez y de la grandeza del Creador así se lo enseña.

Me habló con frecuencia del estado en que se encuentra un alma que ama a su criador y solía decirme que «el espíritu termina por no darse cuenta de sí mismo y por olvidarse no sólo de sí sino de todos los demás seres». Y como le pidiese una aclaración de esto, me dijo: «El alma que comprende su pequeñez y que se convence de que todo lo bueno que posee proviene de su Creador se resigna tan perfectamente y se sumerge de una manera tan total en Dios que todas sus actividades se dirigen hacia Él y se ejercitan en Él. Ese alma no quiere salirse del centro en el cual ha encontrado la perfección de la felicidad y esta unión de amor aumenta diariamente en ella y la transforma, por así decirlo, en Dios, de manera que es incapaz de tener otros pensamientos, otros deseos u otro amor que no sea el de Él. Este es un amor que no puede desviarse de su objeto porque el alma sigue necesariamente a la voluntad divina y no hace nada ni desea nada fuera de la voluntad de Dios».

En esta unión del alma con Dios Catalina encontró otra verdad que ella enseñó de una manera constante a aquellas personas a quienes dirigía. El alma unida a Dios -decía- le ama en la misma proporción con que detesta la parte sensitiva de su propio ser. El amor de Dios engendra necesariamente el odio al pecado, y cuando el alma descubre que el germen del pecado se encuentra en sus propios sentidos y que es en ellos donde tiene sus raíces, no puede por menos que aborrecer a sus propios sentidos y tratar, no de destruirlos, por supuesto, sino de aniquilar el vicio que hay en ellos, cosa que no puede conseguir sin grandes y continuos esfuerzos. Esta raíz del pecado existirá eternamente, pues según San Juan, «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros» (San Juan, Ep. primera, 1, 8).

«Oh, eterna bondad de Dios -exclamaba Catalina- ¿qué has hecho? De las faltas sacas virtud, de las ofensas, perdón, y en lo vil y despreciable haces brotar los pimpollos del amor. Hijos míos, procurad tener un santo odio de vosotros mismos; este os hará humildes; os dará paciencia en las tribulaciones, moderación en la prosperidad, cautela en la manera de conduciros, y así os haréis gratos a Dios y a los hombres». Y agregaba: «-¡Ay! ¡Ay de aquella alma que no posee este santo odio, pues donde no existe este, reinará el amor hacia sí mismo, y el amor hacia sí mismo es la causa de todos los pecados y la raíz de todos los vicios!».

Esta misma doctrina se encuentra en las palabras que el Apóstol oyó en el cielo, cuando pidió al Señor que le librase de la tentación. «La fortaleza se perfecciona en la debilidad» y agrega: «Yo me glorío de mi debilidad para que el poder de Cristo pueda habitar en mí».

Por consiguiente podemos sacar en conclusión que las enseñanzas de Catalina tuvieron como fundamento la firme roca de la virtud, que es Jesucristo.

Capítulo X

De las admirables victorias que obtuvo sobre las tentaciones y de

su extraordinaria intimidad con Nuestro Señor 

El rey pacífico erigió la fortaleza del Líbano con el fin de defender a Jerusalén contra Damasco. El altanero príncipe de Babilonia, enemigo de la paz, montó en cólera, reunió sus ejércitos contra ella y ansió destruirla. Pero aquel que da y conserva la paz rodeó la fortaleza con magníficas e inexpugnables defensas y no sólo las flechas del enemigo resultaron impotentes sino que se volvieron contra los mismos que las lanzaban, y les dieron la muerte. De una manera análoga, cuando la antigua serpiente vio a Catalina, tan joven, subir a tan alto grado de perfección, se enfureció no tanto por ella misma sino por la gran cantidad de almas que por su intermedio habrían de salvarse, y por el gran beneficio que habrían de aportar a la Iglesia sus virtudes y sus enseñanzas. Por consiguiente buscó en su infernal malicia la manera de seducirla. Pero el Dios de misericordia que permitía tales ataques para aumento de la gloria de su esposa, dio a esta tan excelentes armas de combate que la guerra resultó más beneficiosa para su espíritu que la misma paz. Primero le inspiró el pensamiento de pedir a Dios el don de la fortaleza. Así lo hizo ella insistentemente durante algunos días y Dios en recompensa a sus plegarias, le dio las instrucciones siguientes:

«Hija, si quieres adquirir la fortaleza debes imitarme. Yo podía con mi divino poder haber frustrado los esfuerzos de Satanás y tomado otras medidas para anularlos, pero quiero instruirte mediante mis ejemplos y enseñarte a vencerle por medio de la cruz. Si quieres tener poder sobre tus enemigos, toma la cruz como salvaguardia. ¿No te han enseñado mis apóstoles que yo corrí con alegría hacia una muerte tan ignominiosa como la del Calvario? (Hebr. XII, 2). Acepta por consiguiente las pruebas y las aflicciones; súfrelas no sólo con paciencia sino con placer; son tesoros duraderos, pues cuanto más sufras por mí, más te parecerás a mí y, de acuerdo con las enseñanzas del Apóstol, cuanto más te parezcas a mí en los sufrimientos, más cerca estarás de mí en la gracia y en la gloria. Considera, por consiguiente, mi amada hija, en atención a mí las cosas amargas como si fuesen dulces y ten la seguridad de que tu fortaleza acrecerá siempre».

Catalina sacó tanto provecho de esta lección que posteriormente a ella sufrió las más duras pruebas con tanta alegría que, según me confesó, nada le servía de tanto consuelo como las penas y las aflicciones. Sufría cuando estaba privada de ellas, porque estaba segura de que eran las gemas preciosas que habían de enriquecer su corona celestial.

Cuando el Dios de los Cielos y de la tierra hubo provisto de tales armas a la que estaba predestinada a defender su causa, permitió que el enemigo avanzase y asaltase la fortaleza. El demonio la atacó por todas partes e hizo esfuerzos terribles por derribarla. Comenzó por las tentaciones más humillantes y las presentó delante de su imaginación no sólo durante el sueño sino por medio de excitantes fantasmas que desfilaban ante sus ojos y oídos atormentándola de mil distintas maneras. Estos combates son horribles de describir, pero la victoria que les siguió debe ser una fuente de alegría para las almas puras. Catalina combatió valerosamente contra sí misma mortificando su carne con