Dejarnos asombrar por la Palabra

Muchas veces vivimos atendiendo a todas las demandas que las circunstancias nos plantean. Podemos hacerlo desde un corazón generoso, pero cuando algo en nuestro interior se queja, es bueno detenerse y escucharlo. Nos abrimos al mundo y a la vida, pero en el fondo, a veces, no podemos impedir una especie de insatisfacción que nos traspasa. ¿Qué está ocurriendo?

Nuestro control sobre la vida es muy limitado, es pasajero e incluso a veces es ilusorio. La vida no es lo que parece, no es simplemente lo que se nos presenta desde una mirada superficial. El mundo no es totalmente independiente de nuestro mirar. Es más bien esa síntesis de lo dado desde fuera y lo que cada uno pone para interpretarlo. Por eso es tan importante estar atentos, y valorar el poder que tiene ese lugar más hondo de nuestro ser, nuestra conciencia, nuestra “ermita interior”, desde el que podemos vivir de otro modo.

Pero no se trata de quedar encerrados en nosotros mismos, prisioneros de nuestra interioridad. Se trata de poder abrir los ojos desde esta hondura de nuestro ser, abrirlos a horizontes más amplios, desde la confianza del ser que somos, abrirnos a la belleza de la vida, de la naturaleza, de los otros. Ante la vastedad de un horizonte que nos sobrepasa y nos abraza al mismo tiempo, nuestros pulmones se ensanchan al igual que nuestra mente y nuestro espíritu, e incluso por unos momentos nos sentimos liberados de las preocupaciones ansiosas de nuestra mente.

Ahora bien, tampoco se trata de vivir en la mera exterioridad. Es muy fácil vivir fuera de nosotros mismos, alimentándonos de una actividad que ensancha nuestro ego, pero que nos aleja de nuestro centro, y que también termina resultando doloroso, en tanto que nos aleja de la verdad. Todo lo contrario, se trata de situarnos en una perspectiva mucho más grande, captando el sentido y la alegría de pertenecer a una humanidad común, de compartir el misterio de la vida con miles de especies, de estar interconectados con los distintos niveles del ser, todo armonizado desde la Providencia divina creadora y regeneradora. Es algo tan grandioso que hasta da vértigo, pero que ilumina nuestra pequeñez sin inflarla de orgullo.

En el fondo intuimos algo del Misterio que somos y del Misterio de la vida en la que estamos. Por eso, cuando solo vivimos desde la superficie, surge ese extraño malestar, una profunda queja en nuestro interior, una insatisfacción que en el fondo no es sino una señal que nos está invitando a despertar, que nos está empujando a vivir en Verdad.

Y, ¿cómo hacerlo? En la espiritualidad cristiana, el Evangelio nos muestra el camino. Creemos conocerlo por haberlo leído o escuchado, pero quizá sea necesario volver de nuevo, y prestar particular atención, con una apertura nueva, con una disposición más contemplativa, a aquello que la Palabra de Dios ha considerado necesario decirnos. Estas palabras son portadoras del Espíritu, fueron inspiradas y son inspiradoras cuando se acogen con el corazón. Pues el Espíritu Santo está presente a la vez en la letra de la Escritura y en el corazón del que la lee.

Es una práctica que cada cual está llamado a hacer, estando en sintonía con su propio corazón y sabiendo que tenemos ahí condensadas las enseñanzas fundamentales del Espíritu. Desde ahí, Dios puede hablarnos de nuevo, permitiéndonos reconocer el sentido espiritual de la Palabra, que es su verdadero sentido para el hoy.

San Isaac de Nínive, en el siglo VII, escribía:

“Discierne el sentido de la Palabra en todos los relatos que encuentres en la Escritura, haciendo que tu alma profundice en ellos, para que more en los conocimientos sublimes que están contenidos en la obra de los hombres iluminados. Aquellos que en su actividad son guiados hacia la iluminación de la gracia hacen constantemente la experiencia semejante a un perceptible rayo de luz que circula entre las palabras. Se trata de un rayo que distingue en el pensamiento las palabras superficiales de aquello que se ha dicho con pensamiento sublime, para que el alma se dilate…

Todas las cosas tienden hacia lo que les resulta semejante. Por eso, el alma que tiene en sí misma una porción del Espíritu, cuando escucha alguna cosa que esconde en sí una potencia espiritual, absorbe apasionadamente tales palabras. Pero aquello que está dicho de un modo espiritual y que esconde en sí un gran poder no en todos despierta el asombro”.

¡Qué hermoso sería dejarnos asombrar de nuevo por la Palabra de Dios! Y aprender a vivir desde este asombro, cada vez un poco más abiertos al Misterio. Anhelamos que el Amor de Dios así nos lo vaya permitiendo. En ello confiamos.

Pilar de Mambré