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La paz del corazón
Nuestra mirada configura el mundo en que vivimos. Ante un mismo objeto (una montaña, una flor, una ave etc.) distintas personas veremos con matices a veces muy diferentes. Es decir, veremos un ave, pero alguien se admirará de la belleza de esa criatura viviente y de su armonía al volar y otro puede decir «son ratas con alas», como alguien me dijo una vez, al observar unas palomas picoteando en la mesa de una terraza. Una montaña puede ser un obstáculo en mi camino o una oportunidad de atisbar el paisaje distante cuando llegue a la cumbre. Y así con todo.
¿Y de qué está hecha la propia mirada? De lo vivido, que ha dejado huella en mí. De lo que anhelo vivir o de lo que creo que viviré en el futuro. Y, por supuesto, de lo que considero mi presente y de lo que me digo de este presente que vivo. Los tres tiempos mentales dan forma a la percepción; nunca percibimos pasivamente como simple espejo. Además, hay una intención que guía nuestro modo de mirar. Somos como un espejo de agua siempre móvil que modifica lo que en él se refleja. Solo cuando nos encontramos en quietud y en paz, con una actitud de entrega, puede que el espejo sea límpido y sirva para reproducir la luz y los colores que llegan a él.
¡Oh fondo silencioso y sagrado que vives en mí! ¿Cuándo te encontraré? Ya mismo. Camina hacia la quietud interior, ve al recinto amplio y despojado desde el cual surge el aliento. Es el mismo punto desde el cual nace, si te dispones a escuchar, el gemido inefable del Espíritu. Atiende con calma al «Señor Jesucristo… Señor Jesucristo…» que no cesa de elevarse allí. Al final, nuestra esencia se parece más al aromático incienso que sacraliza el ambiente que a cualquier otra cosa.
Dar prioridad a lo esencial
“Busquemos primero el Reino y la Justicia de Dios, y se nos darán también todas estas cosas” (Mt. 6,33)
En medio de las numerosas responsabilidades, compromisos y distracciones de la vida, es fácil perder de vista lo que realmente importa. Perseguimos muchas cosas y dejamos en segundo plano nuestra comunión con Dios, nuestra familia, nuestros valores y el cuidado de nuestra propia alma.
Las prioridades correctas producen paz, mientras que una vida desordenada genera ansiedad y desgaste. Dar prioridad a lo esencial significa detenernos y evaluar dónde hemos invertido nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro corazón. Cuando Dios está en el centro, las demás áreas encuentran dirección y equilibrio.
Nosotros no dejemos de mirar a lo alto! Allí desde donde se nos ve, se nos mira y se nos espera. Aleluya!