La paz del corazón
La principal dificultad para interiorizar la oración de Jesús y por lo tanto para que esta se haga muy frecuente o incesante en nuestra vida cotidiana, radica en el deleite que sentimos con la divagación. Mascullar pensamientos nos gusta tanto como esos dulces que comemos en exceso y de lo que luego nos lamentamos al quedar con malestar o empalagados.
No existe vicio más extendido ni arraigado en las personas y en la sociedad toda que la empecinada elucubración de naderías a la que llamamos pensamientos. No hablamos de la excepción, en donde inspirados de repente por una brisa del espíritu se manifiesta en las personas lo creativo; que se plasma por ejemplo en algunas composiciones musicales, en la poesía genuina, en ciertos inventos o en la lúcida exposición de las verdades comprendidas de repente por la gracia divina.
Esas irrupciones de lo sagrado plenas de originalidad, no derivan del pensamiento sino precisamente de su ausencia. Es la mente cuando calla lo que permite la vinculación nítida con el reservorio infinito de bien, belleza y bondad al que solemos llamar «la gracia del Señor».
¡Si supiéramos hasta que punto la interminable conversación somnolienta a nombramos respetuosamente como «pensamientos» es la principal causa de nuestros males!
En realidad no es la causa sino la manifestación; es la expresión del mal que vive en nosotros. ¿De qué mal? Del sonambulismo en que vivimos. No terminamos de ser humanos todavía. Estamos llamados a despertar en plenitud para vivir en la presencia de Dios. Y la mayor síntesis de lo que se ha llamado «la caída» o el pecado en la humanidad, es este estado de semisueño o duermevela en que nos movemos y que permite la desmesurada expansión del mal en el mundo.
Si de veras viviéramos, si despertáramos, ya no temeríamos; iríamos recobrando el paraíso en el corazón y eso rebosaría de nosotros hacia todo lo que hacemos y por donde anduviéramos. ¿Y cuál es la razón de este mal tan arraigado? Una especie de complacencia animal que creemos nos lleva al placer cuando en realidad nos deja en el seno del dolor. Por eso los padres hablan tanto de la sobriedad necesaria y de la atención vigilante. Debido a que es el modo de poder liberarnos de esta enfermedad de la mente y vivir en unión con Dios.
Orar sin divagar es lo mismo que decir «me dejo abrazar por el Señor». Vivir sin divagar es lo mismo que expresar su voluntad en todo lo que hago. ¡Que difícil y pretencioso que parece! Nada de eso, es el llamado original, nuestra vocación primera, es lo que permitirá que Su voluntad se plasme en mi vida sin desvíos ni postergaciones.
Lo que debes hacer es simple. Vive despierto y cuando duermas dormirás de verdad, profundamente. No establezcas momentos para rezar; es al revés. Vive orando y establece momentos para «pensar». Te lo digo de veras. ¿Consideras que has de resolver lo que harás con tal tema y aquel otro? Pues bien, siéntate en tu sillón cómodo y reflexiona sobre ello entre las cinco y las cinco treinta; lo que tu quieras. Pero hazlo a consciencia. Eso empieza a permitir el verdadero pensar, es decir da lugar a la comprensión y por lo tanto a la solución. Incluso puede que seas visitado de cuando en cuando por la inspiración. Sería una divagación dirigida, lo que la transforma de divagación en reflexión consciente.
El resto del tiempo dedícate a orar. La inmersión más fácil en el momento presente deriva de la oración continua. Es por esa puerta que se hace fácil llegar a la plena atención en el famoso «ahora». Ya te lo he dicho tan simple como esto: cada vez que venga una divagación, es decir todo el tiempo, déjala a un costado y repite «Señor Jesucristo, ten piedad de mí». Limítate a eso y verás bastante pronto madurar la fruta del silencio y de una percepción depurada.
¡Ah! Pero es cierto, hace falta una determinación del ánimo muy fuerte, un corazón valiente diríamos, para abandonar la divagación. ¿Sabes por qué? Porque es lo mismo que abandonar el ego. Esa entidad espectral que tanto da que hablar no es más que la divagación en acción. Abandona la digestión mental lo mismo que desatiendes los movimientos intestinales, la mente hará su función mucho más eficazmente si le sacas la atención.
Tu libertad es posible, es más, se expresa mediante la atención vigilante para reemplazar la divagación por el santo nombre. Y esto requiere paciente esfuerzo al principio, es decir voluntad. Esa expresión del espíritu humano cuando empieza a nacer.
Notas extraídas del cuaderno azul (conversando con mi maestro)- 2009 – elsantonombre.org
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