“Si Tú quieres… permaneceré”

“Quien afirma vivir sin preocupaciones y al mismo tiempo conducirse en la virtud no sabe ni siquiera de dónde nace esta virtud en el alma. Pero nosotros sabemos por experiencia cuales son las cosas que providencialmente nos van conduciendo por el camino de la excelencia: por medio de las tentaciones se abre ante el alma la puerta de los cielos”
Isaac de Nínive, Discursos Espirituales.
Primera colección. D 59,12. Pg. 532

De la raíz de nuestro ser, con poco que nos detengamos más allá de las apariencias y el ruido, brota una nostalgia indefinible, un anhelo que nos es propio y al mismo tiempo nos supera. Es algo que nos atrae y al mismo tiempo nos genera inquietud. Por eso, al mismo tiempo que deseamos ahondar y profundizar en el Misterio, también muchas veces nos encontramos huyendo de él, refugiándonos en las más variadas distracciones y solicitudes para evitar el sufrimiento del vacío, de la profundidad desconocida que nos habita.

Y esto es justamente lo peor que podemos hacer. Necesitamos la fortaleza de permanecer, como podamos. En el Evangelio, en las Palabras de Cristo, encontramos nuestra esperanza, él nos dice: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn16). Jesús nos llama a ser nosotros mismos y a encontrar nuestro propio camino con él, sin miedos, porque él ya ha vencido y sólo en él encontramos la paz. Con él y como él aprendemos a decir de corazón: “no estoy solo, porque está conmigo el Padre” (Jn16).

Aunque estemos en la oscuridad y el abatimiento, sabemos que somos llamados a una gran transformación, que, en germen, en potencia, ya está en nuestra propia naturaleza, hecha a imagen y semejanza de Dios, pero que necesita despertar. Es todo un proceso que necesita de la Gracia que nos viene dada y de nuestra disposición para acogerla. Y aun sabiéndolo, a veces simplemente sentimos una gran impotencia, una conciencia grande de nuestra pequeñez ante el Misterio tan insondable de la vida. Entonces, sabemos que tenemos que detenernos y escuchar: “¡Escuchadlo!” nos dice la voz del Padre. Sí, porque sólo en esa escucha, que proviene de una atención vigilante y amorosa se puede dar el encuentro.

Para que el germen de luz, la chispa divina, que ya está en nuestro interior, en el núcleo de nuestro ser, en nuestro corazón, pueda brotar, es necesario ese silencio hondo en el que podamos encontrarnos en intimidad con la Presencia de Jesús, y dejarnos interpelar por su Presencia y su Palabra, por su Amor. Esto es justamente lo que buscamos en la oración y en la vida contemplativa. Pero a veces nos encontramos con un corazón endurecido, donde ese germen de fuego divino y de luz parecen haberse extinguido. No pasa nada, es el peso de nuestro dolor por situaciones vividas lo que nos ha podido ensombrecer el corazón, pero ni siquiera eso puede hacer desaparecer nuestra verdadera esencia.

Por eso, de cualquier modo, como podamos, lo esencial es permanecer con fe y confianza, sabiéndonos necesariamente en su Presencia, aunque no la sintamos. En este sentido me gustaría que nos detuviéramos un momento en dos breves frases con las que solemos concluir nuestra oración contemplativa, que creo que a todos nos suponen una cierta liberación, como si se nos quitara un peso de encima. Me refiero a ese “Estuvimos para ti. Estuvimos como pudimos”.

Sobre esta cuestión me gustaría aportar tres pinceladas, tres breves consideraciones: una más en el orden reflexivo, otra sobre la práctica contemplativa, y una tercera orientada a la vida cotidiana.

1º En primer lugar, con estas dos breves frases: “Estuvimos para ti. Estuvimos como pudimos”, reconocemos realmente nuestro propósito, nuestro deseo de estar para Dios. Y al mismo tiempo, reconocemos nuestras limitaciones. Creo que este reconocer “estuvimos como pudimos”, nos tranquiliza y nos libera, porque nos pone en una actitud de sinceridad. Aunque nuestro propósito de estar para Dios es real, también puede ser real el que se nos mezclen o añadan otros propósitos más o menos conscientes. Por ejemplo, nos es difícil desprendernos de nuestro deseo de paz interior, o dejar a un lado nuestro deseo de solucionar conflictos de entendimiento con nuestros seres queridos o no queridos, o soltar nuestro deseo de avanzar en nuestro camino espiritual, o desasirnos de nuestras sombras, de querer salir de algún estancamiento en el que estemos, etc.

En realidad, todos esos deseos no son malos, son muy legítimos. Pero no son el objetivo central de la oración contemplativa. Y como lo sabemos, podemos no sentirnos del todo sinceros y auténticos cuando decimos que queremos “estar sólo para Él”, y en realidad se nos están atravesando otras muchas cosas que nos alejan de Él. Por otra parte, siempre nos viene bien recordar la afirmación con la que solemos iniciar la oración: “aquí estoy para Ti”. Esta es una actitud esencial, tanto en la oración como en la vida cotidiana porque sin ella, nuestra búsqueda fácilmente puede convertirse en un simple afán de autorrealización, en el sentido del egoísmo, de la actitud egocéntrica apropiativa incluso de los “dones” espirituales.

Pero la verdad es que tampoco nos tenemos que agobiar con conseguir ese propósito, pues en la contemplación queremos estar simplemente para Dios, más allá de todo propósito. Queremos estar con Dios, como cuando estamos de vacaciones, sencillamente estar, con el gozo de ser y estar. Así, simplemente entregamos nuestro tiempo e intentamos dirigirnos una y otra vez a Dios con confianza. En la Sagrada Escritura se nos dice “Buscad sólo a Dios y todo lo demás se os dará por añadidura” Y con esta actitud vamos a la contemplación: Nos ocupamos de Él, y confiamos en que Él se ocupará de nosotros; no quizá como nosotros queremos, sino como Él quiera. Nos vaciamos para dejarnos llenar. Es Él quien nos transformará.

La expresión “estuvimos como pudimos”, que muchas veces decimos al finalizar nuestra oración, nos aporta sinceridad, y también nos enseña a vaciarnos de nuestra prepotencia y reconocer nuestra impotencia. Y esto que generalmente en nuestras vidas cotidianas no nos gusta mostrar, en cambio, ante la presencia de Dios nos supone una liberación, que forma parte de ese vaciamiento inherente al camino de la contemplación, en el que vaciamiento y plenitud son dos caras de la misma moneda.

2º En segundo lugar, quería recordar una enseñanza práctica de F. Jalics. Él nos recomienda que, al finalizar la meditación, dediquemos siempre unos minutos para realizar un examen de conciencia, no en un sentido moral, sino simplemente un detenernos a tomar conciencia de cómo ha ido nuestra meditación, para comprobar si realmente estuvimos allí para Dios. Y la prueba es muy sencilla ¿en qué consiste? Simplemente constatar esto: Si al finalizar la meditación experimento insatisfacción, frustración, cansancio. Esto es significativo de que busco algo para mí y que, por eso, al no encontrarlo siento malestar, insatisfacción.

En cambio, cuando puedo sentir que la meditación no “ha salido bien”, que no ha sido “satisfactoria”, y a pesar de ello
me siento contenta o simplemente tranquila. Esto es una señal de que este tiempo ha sido simplemente ofrecido a Dios. Entonces con este pequeño examen de conciencia, después de la meditación, vamos aprendiendo a darnos cuenta de cómo hemos estado orientados en la meditación, y poco a poco vamos aprendiendo a estar para Dios, a permanecer unidos a él como él está unido a nosotros.

3º En tercer lugar, y, por último, quería subrayar como este ir aprendiendo a estar sólo para Dios, muy valioso en sí mismo, tiene también una gran repercusión en nuestra vida cotidiana, y en nuestras relaciones con los demás, pues de alguna manera se va a reflejar en la manera de estar con los otros. Pues, en paralelo, y casi sin darnos cuenta, vamos aprendiendo a estar para el otro de una manera más limpia: el otro está ahora ahí en primer plano, le escuchamos realmente, poniendo entre paréntesis nuestros prejuicios y nuestros propios intereses. Empezamos a estar ante la presencia del otro como estamos ante la presencia de Dios.

Aunque también es cierto que esto lo hacemos “como podemos”, sí que es verdad, que una nueva conciencia del
otro se va despertando, lo que nos abre también a un nuevo modo de relación. En definitiva, la comprensión de la debilidad de nuestro yo es un gran regalo, que nos libera de la tentación que tuvo el mismo Pedro, el apóstol, cuando confiando en sus propias fuerzas, le aseguraba a Cristo que, aunque los demás le abandonaran el jamás le dejaría. Y luego, todos conocemos la historia de su traición y sus lágrimas ante la profunda y silenciosa mirada de Jesús, mirada comprensiva, compasiva y amorosa, que le lleva a Pedro a la compunción y a una conversión mucho más honda.

Fue un hecho real, pero también es un arquetipo en el que todos nos podemos ver reflejados. Pedro, a pesar de su ardor, de su fe, tuvo que ir hasta el fondo de sí mismo y descubrir su miedo. Eso también es una gran revelación para nosotros: podemos descubrir que tenemos grandes expectativas en nuestra relación con Jesús, en la Vida Nueva que él nos trae, pero nos cuesta más descubrir que también tenemos miedo. Tenemos miedo de amar como él nos ama, hasta entregar la vida.

Y esto en un momento dado nos puede llevar a negar lo mejor de nosotros mismos, nuestra propia capacidad de donación, de entrega. Teresa de Lisieux comprendió bien la causa de la debilidad de Pedro y nos da una clave para entenderle y también para aplicarla a nuestras vidas. El error de Pedro no fue la falta de afecto, sino el orgullo espiritual de creer que su voluntad humana (su «yo» o ego) bastaba para sostener la fidelidad al Amor Puro, en lugar de apoyarse humildemente en la gracia divina («si tú quieres»). Pedro traicionó porque creyó que con la fuerza de su «yo» (de su ego), jamás traicionaría al amor.

Si tan solo hubiera dicho: » Te quiero, pero no sé amar como Tú, no sé ser fiel, podría incluso abandonarte si otras fuerzas tiran de mí. Pero si tú quieres te seré fiel. Si tú quieres, te seguiré hasta el final. Si tú quieres, daré testimonio de esta presencia, de esta belleza, de esta grandeza que habita en las profundidades de mi ser”. Esta actitud vital y esta oración humilde y sincera es la que también nosotros necesitamos. Así pues, estando vigilantes, en Espíritu y en Verdad, estando atentos, para no caer en la tentación, como nos pide Jesús, digámosle con humildad y sencillez: “Si Tú quieres… permaneceré”.

Pilar de Mambré