Puede que sea lo mismo, pero nunca es igual. Un abrazo grande suplicando el Don. Santo y feliz día.
La paz del corazón
«La incapacidad de concentración, de señorear nuestra propia atención, no es un acontecer, una realidad suscitada o instaurada por el hecho y el momento de meditar, sino la explicitación, la patencia de nuestro estado habitual de vivir. Es el estado que queda expuesto cuando nuestra atención ya no se diversifica, ni se exterioriza a través de nuestros sentidos, sino que se ilumina a sí misma, descubre el caos interior que cimienta sus actos y de los cuales -en viciosa circularidad-, este caos es su sedimento, su escombro…
El espejo de la oración nos revela que no vivimos solamente separados de nuestro propio fundamento, de nuestro corazón, sino enajenados hasta de nuestra propia vida. Nuestra existencia se desperdiga, se enreda en la maraña de distracciones que no nos permiten vivir a fondo nada de lo que hacemos.
Esta incapacidad de concentrarnos, de reposar, ese continuo di-vertirnos en mil pulsiones que nos despotencializan, ese continuo pendular de nuestra mente entre el pasado y el futuro, el recuerdo y el cálculo, es ya el primer fruto de nuestra meditación: el autoconocimiento, la constatación de nuestra alienación existencial…
El poder de nuestras sombras es permanecer sombras, no se trata de dialogar con ellas sino de exponerlas a la luz, no se trata de detenernos, de demorarnos en arrancar las cizañas sino de exponer su raíz a la luz, la luz del Nombre, del Nombre sanante y santificante…»
Fragmentos del capítulo IX «El abismamiento del Nombre» del libro «Kyrie Eleison» – Un método de meditación cristiana – de Hugo Mujica. Págs. 125 y 129 – Editorial Guadalquivir, Buenos Aires, 2008
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