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La paz del corazón
Toda situación, cualquier circunstancia por difícil que sea, se transita con bien o con mayor facilidad si tenemos en cuenta que somos un proceso espiritual. No le vamos a encontrar la vuelta si nos concebimos como fenómeno material. O mejor dicho, a menos que nos demos cuenta de que todo es espíritu y que lo material es una de las caras con las que el ser se manifiesta.
Si te encuentras un palito pequeño, verde pero muy finito en el jardín, podrías tener el impulso de desecharlo, a menos que seas consciente de que es apenas el inicio del árbol frutal que tu mismo plantaste. Ese tallo débil y vulnerable lleva en sí la potencialidad de alimentarte por años con sabrosos frutos y de replicarse hasta resultar con el tiempo en un hermoso bosque de frutales.
Tendemos a identificarnos con la foto de lo que ocurre y olvidamos la película de la cual la foto es apenas un instante. Esto produce que ignoremos el argumento que se está desplegando, el «hacia donde» nos estamos dirigiendo. Todo lo que acontece tiene un sentido y cuando olvidamos ese sentido perdemos el criterio con el cual discernir nuestra acción correcta, nos volvemos confusos y dubitativos. Perdemos la fuerza espiritual que nos brinda estar alineados con Dios, la fuente de nuestra vida.
Por eso insistimos en que nuestra concepción de lo que es la vida humana resulta fundamental. Cuando nos vemos en la peregrinatio cordis los fenómenos nos impactan de modo diferente, los podemos situar en su contexto y favorecer con nuestra pequeña libertad la acción de esa gracia que siempre nos esta llamando para que regresemos al origen. Nuestra vida personal y colectiva son reflejo de un mundo espiritual, que no vemos debido al velo de nuestras divagaciones.
Por eso el asunto pareciera estar en descender al corazón silente que conecta lo terrestre con lo celeste o por mejor decir, que nos deja ver el reino de Dios ya vivo y presente entre nosotros…
Invitación llegada al blog:
Quizás un tipo especial de divagación, las de las preocupaciones, son las más difíciles de «poner en caja» según lo expuesto mas arriba. Cuando sufrimos o vemos sufrir, el dolor es la primera y más duradera reacción. Eso nos saca del centro, del corazón profundo. La importencia de modificar la situación magnifica la situación. El peregrinar hacia un corazón sangrante pareciera que solamente es posible con cara larga y entristecidos. Los salmos nos presentan allí una poderosa imagen: Dios como refugio. Una cueva donde ampararnos frente a una tormenta imposible de enfrentar. Quizás está imagen ayude a entender la preregrinatio en momentos de gran dureza y desazón. Dios siempre viene en auxilio de quien supo bajar los brazos, reconocer con humildad que uno cayó vencido y entró a ese refugio donde todo se espera de El, sin condiciones.