La epidemia del miedo

Sobre el Corona virus y el miedo a la muerte

Más que a la epidemia de coronavirus, debemos temer a la epidemia del miedo. Por mi parte, me niego a ceder al pánico colectivo y a someterme al principio de precaución que parece mover a las instituciones civiles.

Así que no tengo la intención de emitir instrucciones específicas para mi diócesis: ¿los cristianos dejarán de reunirse para rezar? ¿Renunciarán a tratar y a ayudar a sus semejantes? Aparte de las precauciones elementales que todos toman espontáneamente para no contaminar a otros cuando están enfermos, no resulta oportuno agregar más.

Deberíamos recordar que en situaciones mucho más serias, las de las grandes plagas, y cuando los medios sanitarios no eran los de hoy, las poblaciones cristianas se ilustraron con pasos de oración colectiva, así como por la ayuda a los enfermos, la asistencia a los moribundos y la sepultura de los fallecidos. En resumen, los discípulos de Cristo no se apartaron de Dios ni se escondieron de sus semejantes, sino todo lo contrario.

¿El pánico colectivo que estamos presenciando hoy no revela nuestra relación distorsionada con la realidad de la muerte? ¿No manifiesta la ansiedad que provoca la pérdida de Dios? Queremos ocultarnos que somos mortales y, al estar cerrados a la dimensión espiritual de nuestro ser, perdemos terreno. Disponiendo de técnicas cada vez más sofisticadas y más eficientes, pretendemos dominarlo todo y nos ocultamos que no somos los señores de la vida.

De paso, tengamos en cuenta que la coincidencia de esta epidemia con los debates sobre las leyes de bioética nos recuerda oportunamente nuestra fragilidad humana. Esta crisis global tiene al menos la ventaja de recordarnos que vivimos en una casa común, que todos somos vulnerables e interdependientes, y que es más urgente cooperar que cerrar nuestras fronteras.

Además, parece que todos hemos perdido la cabeza. En cualquier caso, vivimos en la mentira. ¿Por qué de repente enfocamos nuestra atención sólo en el coronavirus? ¿Por qué ocultarnos que cada año en Francia, la banal gripe estacional afecta a entre 2 y 6 millones de personas y causa alrededor de 8000 muertes? También parece que hemos eliminado de nuestra memoria colectiva el hecho de que el alcohol es responsable de 41000 muertes por año, y que se estima en 73000 las provocadas por el tabaco.

Lejos de mí, entonces, la idea de prescribir el cierre de iglesias, la supresión de misas, el abandono del gesto de paz durante la Eucaristía, la imposición de este o aquel modo de comunión considerado más higiénico (dicho esto, cada uno podrá hacer como quiera), porque una iglesia no es un lugar de riesgo, sino un lugar de salvación. Es un espacio donde acogemos al que es Vida, Jesucristo, y donde, a través de Él, con Él y en Él, aprendemos juntos a vivir. Una iglesia debe seguir siendo lo que es: un lugar de esperanza.

¿Deberíamos calafatear nuestras casas? ¿Deberíamos saquear el supermercado del barrio y acumular reservas para prepararnos para un asedio? ¡No! Porque un cristiano no teme a la muerte. Es consciente de que es mortal, pero sabe en quién ha puesto su confianza. Él cree en Jesús, que le afirma: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”(Juan 11, 25-26). Él se sabe habitado y animado por “el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos” (Romanos 8:11).

Además, un cristiano no se pertenece a sí mismo, su vida debe ofrecerse, porque sigue a Jesús, quien enseña: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y el Evangelio, la salvará ”(Marcos 8:35). Ciertamente, no se expone indebidamente, pero tampoco trata de preservarse. Siguiendo a su Maestro y Señor crucificado, el cristiano aprende a entregarse generosamente al servicio de sus hermanos más frágiles, con miras a la vida eterna.

Entonces, no cedamos ante la epidemia de miedo. No seamos muertos vivientes. Como diría el Papa Francisco: ¡no os dejéis robar la esperanza!

+ Pascal Roland, Obispo de Belley-Ars (Francia)

Enviado al blog por Hermano Gabriel de Santa María

Hermanas/os, cualquier comentario será bienvenido para intercambiar opiniones sobre este tema que suscita controversia

7° Clase del curso de Filocalía sobre “La custodia del intelecto”



5 Comments on “La epidemia del miedo

  1. La pandemia del pecado, del alejamiento de Dios y Su Llamada unísona.

    Saludos fraternos en Cristo, hermanos.
    Hoy, volviendo a visitar esta página, me recuerda que cada día que pasa, a través de todos los fallecimientos y sufrimientos, escucho más que Dios nos llama. Parece que esta “escucha” la hemos ensordecido con el sufrimiento, la solidaridad, la Constitución, la protección, etc…

    Hemos olvidado el sentido cristiano de que somos peregrinos, de que hay que desapegarse del mundo, que el que defienda su vida la perderá, de que todo sufrimiento no llega por que sí, sino para invitarnos a acompañar a Cristo y recordarnos nuestra Cruz, para nuestra revisión, perdón y expiación…
    Vivimos en una sociedad enferma, que refleja nuestra Alma, y entiendo que el mensaje es “Restauración”

    ¡Claro que esta situación nos lleva a ser solidarios, cómo no!, a dar las gracias a los sanitarios, a aprender de esta forzada reclusión y confinamiento, aprotegernos por nosotros y por los demás… Pero tristemente, me parece, que una vez pasada, aunque no todo sea igual que antes, se va a vivir con la misma ignorancia hacia Dios, o aún más algunos, con eso de “hay que vivir la vida que son cuatro días”

    Ese retiro o receso viene a ayudarnos, ese virus lleva un mensaje: “Volver a nacer” .

    Volver a nacer al Espíritu, después de tanta iniquidad con Dios, con nosotros mismos, los hermanos, el planeta, los animales y la tierra. Después de llevar una vida llena de distracciones, inconsciencia, televisiones, mundo virtual, estímulos externos y avidez incesante.

    Porque si no aprovechamos esta ocasión, esta pandemia de poco habrá servido. Se dice que en nuestra existencia cuando no aprendemos de una situación, ésta se repite, pues viene con su mensaje y propósito de cambio y enmienda. Así pues, revisando información, pude leer que en el año 1720 nos visitó la peste negra, en el 1820 el cólera, en 1920 la gripe llamada “española”, y este año 2020 el coronavirus Covid-19. Cada 100 años volvemos a entrar en esa puerta en la llamada de Dios al perdón y la expiación.
    Se deduce que lo de enmendarnos no nos gusta ni apetece. Después de todo esto, quizás será más de lo mismo. Nos quejaremos del virus, de los fallecimientos, del confinamiento, y entre risas y canciones, volveremos “por fin” a la vida “normal”. Lo digo tristemente.

    Bien, pues doy gracias a todo, a que podamos revisar y cuestionarnos “de dónde procede la felicidad, que no el placer” -como bien nos recuerda el hermano Mario con los Padres del Desierto, los cuales, no por casualidad, están entre nosotros diariamente en este tiempo de desierto, no sólo para escucharles o leerles, en mi humilde entender-. Y también para qué cambios en nuestra vida caótica, ávida y confundida nos pueden llevar a Dios y vivir en Él.

    M.Carmen Piña

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  2. Pingback: Homilía del Padre José | Fraternidad Monástica Virtual

  3. “vivimos en la mentira”
    Hoy más que nunca, en mi país. Una muestra es cómo se está manejando esta epidemia: para proteger la economía se está dejando desprotegida la sanidad y, principalmente, se está desprotegiendo al anciano y al débil.

    “¿Por qué de repente enfocamos nuestra atención sólo en el coronavirus? ¿Por qué ocultarnos que cada año en Francia, la banal gripe estacional afecta a entre 2 y 6 millones de personas y causa alrededor de 8000 muertes?”
    Para la gripe hay vacuna, y es estacional. Para el coronavirus no hay vacuna y, probablemente, no sea estacional, dada la variedad de climas por los que se está extendiendo.
    La gripe no es causa directa de muertes, no produce neumonía; el coronavirus sí es causa directa de muertes: produce neumonía (destrucción de los pulmones, para entendernos).

    “También parece que hemos eliminado de nuestra memoria colectiva el hecho de que el alcohol es responsable de 41000 muertes por año, y que se estima en 73000 las provocadas por el tabaco.”
    Añadiría las drogas y el hambre. De cualquier modo, esta reflexión no resta gravedad a la epidemia de coronavirus. Son problemas a los que, con la ayuda de Dios, el ser humano debe intentar buscar solución.

    “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.”

    (Hermanos, os aconsejo repasar la vida del Santo contemplativo Martín de Porres. Una inspiración en tiempos de plagas.)

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  4. La Fé en Cristo Salvador no se opone a la verdad científica, verdad? Por lo tanto no contradice a nuestra Fé y Amor al Señor el ser conscientes de los riesgos que hay en una determinada epidemia y usar los medios adecuados para frenarla.
    En mi experiencia, Dios ha contado y cuenta con el ser humano para hacer el bien, y, por tanto, también cuenta con su buen hacer sanitario para curar o prevenir las enfermedades.
    Dicho de otro modo: cuando es conveniente según su Sabiduría, Dios administra la curación del cuerpo a través de la atención del personal sanitario; muy pocas veces, excepcionalmente, lo hace de forma sobrenatural, a través de un milagro.

    En medio de esta epidemia, dejemos nuestra salud y vida terrenal en las manos de Dios, pero no caigamos en la insensatez de despreciar los medios de prevenirla que están a nuestro alcance y que son don de Dios, y de ponerlos a disposición de aquellos que no los poseen.

    Soy médico y, si viven en una población con casos positivos deberían seguir estos consejos para recibir una carga viral mínima de la que su cuerpo pueda defenderse:
    -Higiene frecuente de manos con agua y jabón, y después con alcohol de 70° o más dejándolo secar (sirven las colonias a granel baratas, los frascos de alcohol de 96°, las soluciones hidroalcoholicas, las toallitas con alcohol para el marisco…)
    -Gafas y una sencilla mascarilla quirúrgica (con un salvaslip pegado por dentro para aumentar la protección) en el exterior de la vivienda y, sobre todo, en cualquier espacio público cerrado: teatros, cines, tiendas, IGLESIAS, museos, autobuses, trenes, metro, aviones…
    -Evitar el contacto físico, TAMBIEN EN EL SALUDO DE LA PAZ EN MISA, para demostrar el cariño los allegados. Hay muchas alternativas.
    -Al entrar en el domicilio, limpiar con varios Kleenex mojados en alcohol los zapatos (también las suelas), la ropa que se lleva puesta, el bolso o complementos, las gafas y la mascarilla (sobre todo la parte externa y las gomitas, para poder reutilizarla y así compartir mascarillas nuevas con quien no las tiene) y tirar el salvaslip que se puso en la mascarilla ese día.
    -Mantener la casa limpia y ventilarla cada día (limpiar con lejía la cocina y el baño)
    -Mantener tapados todos los desagües de la casa, mantener cerrados lavavajillas, lavadora y WC
    -Alimentación equilibrada y reforzada en vitamina C (cítricos, kiwi, fresas…)
    -Buena higiene bucal terminando con un enjuague de clorhexidina, con el que se aprovecha para hacer gargarismos.

    Desafortunadamente, los gobernantes de mi país no han previsto el stock de mascarillas y, como no hay, han lanzado el mantra de que no son útiles para prevenir el contagio del coronavirus. ESTO ES COMPLETAMENTE FALSO.
    Tampoco se está educando a la gente en una higiene adecuada más allá del lavado de manos y toser en el codo. VERGONZOSO
    Tampoco se están fumigando los espacios públicos, cosa que sí se hizo en la mal llamada “gripe española”, hace más de un siglo. En esta epidemia se fumigaban TODOS LOS ESPACIOS PÚBLICOS (cines, teatros, estaciones…E IGLESIAS)

    Obviar los medios preventivos no es un acto de Fé, sino de superstición, de pensamiento mágico o de huida de la realidad. Nada de esto nos acerca a Dios.

    Rezo con vosotros: “Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador”🐬

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  5. Ciertamente, una cosa es tomar medidas necesarias y oportunas y otra vivir con el temor a la muerte de forma continua. Cristo nos ha enseñado a dar la vida por amor esto no es despreciar la vida, sino saber que estamos hechos para DIos y que el nos ama sin medida. Entonces vivo la preocupación por todo lo que pasa pero desde la paz que él me da.

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