No importa que repitas esas cosas, pués ojalá pudiera recordarlas a cada instante. GRACIAS
La paz del corazón
El terreno era agreste, llegar ya era difícil por su lejanía de la ciudad y la caminata sobre piedras desiguales no hacía cómoda la caminata. Esto me obligaba a llevar pocas cosas y me angustiaba un poco. ¿Y si me aburría? ¿Y si necesitaba esto o aquello? Yo ya lo sentía mi maestro espiritual pero estábamos en una etapa donde no me confiaba enteramente, no era todavía para mí ese remanso de tranquilidad luminosa que tanto amé después.
A veces me molestaban mucho sus afirmaciones y me sentía raro y cuando ese ánimo me agarraba, por momentos temía estar junto a un loco. En todo caso, su pacífica y lúcida dicha se me contagiaba al poco rato. Si me resistía interiormente a la escucha la pasaba mal, en cambio cuando confiaba el mundo se transformaba. El mundo mental y también el otro, el de afuera. Las cosas cambiaban de color y había nitidez, la vida se hacía vivible y agradable.
Tuvo varias casitas o ermitas diferentes a lo largo de los años. En ocasiones le ordenaban volver al monasterio, de vez en cuando era la naturaleza la que lo obligaba a trasladarse un poco, y una que otra vez la salud y yo mismo lo intimábamos a ser razonable y a mejor situarse. En realidad “el razonable” era él y mi sentido común la verdadera demencia. Pero comprenderlo llevó tiempo y muchas caídas en cuenta.
Esta ermita que recuerdo y en donde conversamos de estas cosas me gustaba mucho. Era casi toda de piedra completada con algunos troncos muy gruesos. El techo era de chapas pero recubierto afuera de muchas hojas y ramas de pino y maderas varias y vaya a saber que más; esto la hacía más térmica y evitaba que cuando llovía las chapas hicieran ruido. La chimenea construida por él mismo, de pequeñas piedras cementadas, era el rincón necesario y ahí cerca nomás, en ángulo, los iconos…
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Cuánta realidad, cuánta riqueza. Gracias por tanto y por todo.
Fabulosa la vigilia.
Santo día.