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La paz del corazón
«En Marcos y en Mateo, el ángel conmina a las mujeres a que le digan a los discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis» (Mt 28,7). Los discípulos deben regresar a casa, a Galilea. No se reunirá con ellos en la ciudad santa de Jerusalén, sino allí donde se encuentran en casa, allí donde viven y trabajan, en medio de su rutina. Galilea era la tierra en la que convivían judíos y gentiles. Galilea no representa solamente la rutina, sino también el «pueblo mixto», la mezcla que compone nuestra vida. Galilea es nuestra vida.
En nosotros conviven judíos y gentiles. En nosotros se unen los cercanos a Dios y los alejados de Él, la fe y la incredulidad, el amor y el odio, la vida y la rigidez, la luz y la oscuridad. Y también convivimos con personas que buscan a Dios y con personas que no se preocupan por Dios, con personas a las que queremos y con otros con los que nos llevamos mal. En medio de esta mezcla veremos al Resucitado en nuestra Galilea. Eso es lo que el ángel nos promete.
Contempla hoy detenidamente la primavera que surge a tu alrededor y reconoce en ella la fuerza de la Resurrección. Mira el amor que también florece en tu vida. El Resucitado también va delante de ti. Ya está en tu vida, en tu Galilea. Sólo necesitas mantener los ojos atentos para descubrir al Resucitado en medio de la mezcla de tu vida. Cuando lo ves, tu Galilea se transforma, y es entonces cuando tiene lugar la Resurrección en medio de tu vida».
El libro «Celebrar la Pascua día a día» disponible haciendo clic aquí
La imagen que ilustra el post es
«Los discípulos Pedro y Juan corriendo al sepulcro en la mañana de la Resurrección»
de Eugène Burnand (1898). Original en el Musée d’Orsay
Aquí todo el tiempo Pascual
en la visión de Anselm Grün

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PEPA – El Evangelio promete vida eterna a quienes crean en el Hijo de Dios. En casi todas la religiones hablan de la dependencia de la criatura a Dios, de su sujeción a la providencia divina y de su necesidad de gracia y perdón.
En el Tercer capítulo del Evangelio de Juan, disfrutamos oyendo que «Dios amó tanto al mundo que entregó a su único Hijo para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna».
El próposito de enviar al Hijo es llevar a la raza humana a la vida divina – para que podamos relacionarnos con Dios como amigos. Vemos entonces que el amor sólo se completa cuando hay otro que puede recibir totalmente lo que el amante quiere dar.