Hesiquía y compunción

– ¿Cómo se puede estar compungido y tener un corazón tranquilo al mismo tiempo?

La compunción, en general entendida como conciencia del propio pecado o de la propia debilidad y miseria; es un sentimiento que unido al arrepentimiento verdadero o “metanoia” deja al corazón tranquilo. Los monjes antiguos se referían a la paz derivada de la conciencia del perdón otorgado por Dios.

Examinemos algo la cuestión:

Cuando uno advierte el propio pecado cometido o mejor dicho, cuando uno se da cuenta del peso que este ha tenido sobre los demás o sobre uno mismo, sobreviene un dolor en el alma  que suele manifestarse como lágrimas abundantes. A medida que se llora, recrea la mente de un modo nuevo lo ocurrido, incrementándose más aún la conciencia de aquello equivocado y del daño producido. Esta experiencia conmociona, el cuerpo todo la vive contrayéndose, es de dolor intenso, es la herida de la culpa. Quién viera la escena desde fuera, ignorante de todo el proceso que está ocurriendo, diría que esa persona está desesperada.

Sin embargo ocurre lo contrario. En medio del dolor, empieza a surgir una sensación que algunos anacoretas llamaban “dulzura del corazón” y que está unida íntimamente a la conciencia del perdón. El arrepentimiento y el cambio de mente que se necesita para que este suceda vienen junto con la reconciliación. Dolerse por los pecados profundamente y proponerse no hacerlos más es un mismo acto. El perdón es el marco en que todo ello se produce.

¿Cómo podría producirse el dolor por lo hecho mal, sino hubiera la mente adoptado una postura nueva que le hace ver también de modo nuevo las acciones? El dolor es el cambio del corazón. Pensamos ahora de modo nuevo y sentimos también de otra manera. La voluntad para la acción se muestra también transformada.

No puede haber “Hesiquía” sin compunción previa. La paz del corazón no se instala sino hay cambio de vida. Debo perdonar a quién creo que me ha dañado y pedir perdón a quién he perjudicado. Y si esto no fuera posible en lo exterior por determinada circunstancia, ha de producirse en el interior.

Los monjes aconsejaban mantener siempre la compunción latente en el corazón porque esta es la que nos brinda la fuerza para bien actuar, o en todo caso, para no recaer en la misma falta.

Monje Nicéforo, hablaba de la necesidad de una vida apacible y en paz con todos para que la oración de Jesús pudiera ser continua en el corazón. La práctica de los consejos evangélicos, nos lleva rápidamente a una vida de sosiego aún en medio del mundo y de la actividad.

El corazón humano se tranquiliza cuando siente que está actuando como debe actuar y que en este nuevo actuar se está reparando aquello que se ha dañado. Esta reparación básica es sobre todo un cambio en la dirección de la propia vida.

Hay quién dice, que al meditar en la propia debilidad se padece luego en la vida diaria esta misma pero en forma de tristeza o falta de fuerza en la acción. Nada de eso. Es al contrario.

La conciencia de mi debilidad en cuanto que soy ser humano, me instala en la conciencia de la necesidad continua de la Presencia de Dios, como aquél que me asiste y me sostiene incluyendo en ello la propia vida.

– ¿Son los dos –  Hesiquía y compunción-  el producto, el logro de la Oración, o productos de nuestros esfuerzos?

El Salmo 126 en su primer versículo lo responde bien: “Si el Señor no construye la casa, en vano se esfuerzan los constructores”.

Pero claro, si el Señor construye la casa – es decir si nos asiste con su gracia –  el esfuerzo no es en vano y es también necesario; es nuestra tarea de ser copartícipes en la Creación.  Hesiquía y compunción son fruto de la acción mancomunada entre Gracia y voluntad.

El papel de la voluntad parece mínimo pero es imprescindible también. Lo definiría como un atreverse a ver la verdad interior de la propia vida y a vivir sin atenuantes el dolor resultante de esa visión. En cierto modo esto permite el paso de la Gracia que siempre fluye pero no fuerza su ingreso al corazón.

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