Habitación central

–          Yo tengo en un rincón, agazapado el espanto. Es un espanto intenso, crispado, peligroso si lo molestan, de tanto miedo que tiene. Tiene las facciones demacradas de tanto penar y los ojos irritados por la falta de sueño. Me lo imagino azul o celeste vibrátil, con escamas y cola larga, quizás porque es un espanto de otro mundo.

–          Y ¿qué hace ese espanto ahí? ¿Qué fin tiene? ¿Qué más me puedes decir de él?

–          Lo único que hace es temer. Permanece gélido, en el miedo. Por cierto, a veces dormita, e incluso se distiende un poco, en raras ocasiones. Está solo, aunque tiene un fuerte vínculo con alguien que vive en la otra esquina de la habitación, el Monje. El espanto suele fortalecerlo, le da de comer al Monje.

–          ¿Qué clase de relación tienen?

–          Es práctica. No son amigos. Cuando el espanto no se aguanta más vivir espantado, lo visita al Monje y rezan.  El Monje ora en solitario también y tiene otros vínculos y amistades en la casa; pero cuando lo visita el espanto surge todo su fervor. Vive entonces una devoción no mental sino visceral. Sus oraciones se alargan, totalmente sentidas, desde el hervor de la fe o fervor como le dicen habitualmente.

–          ¿O sea que el Monje se alegra de que el espanto le visite?

–          No creas. Le produce una intensidad en los sentimientos con la cual no es fácil vivir.  Es ambiguo lo que siente. En general, prefiere la visita de la ignorancia.

–          Espera, antes de que pasemos a ello, ¿Cómo le resulta al espanto la cosa? ¿Cómo queda luego de visitar al Monje?

–          Bueno, el espanto es espantoso. Nunca cesa de ser esencialmente espanto.  Sin embargo, al regresar a su rincón, descubre en su regazo algo de la esperanza que cuidadosa y elaboradamente trabaja el Monje. El espanto, al tener algo de esperanza, no desespera.

–          Entiendo. ¿Qué me decías de la ignorancia?

–          Que el Monje prefiere la visita de la ignorancia. Sus oraciones son entonces más silentes. Emotivas antes que abstractas. Cuando ambos se funden en estrecho abrazo, el Monje se sumerge en la nube del no saber. Lo inunda el arrobamiento de la infinitud y sus plegarias alcanzan lo ferviente por vía de la pequeñez.  Al sentirse pequeño e ignorante, vislumbra a veces, la cumbre de la mística. Es una actitud que lo lleva hacia la entrega.  La ignorancia y el Monje hacen hermosos retiros de abandono, de apertura al Dios desconocido, de elevación del espíritu.

–          Mira que interesante lo que me cuentas. Y decime, ¿Qué hace la ignorancia sola, cuando no visita al Monje?

–          Bueno, se inquieta y se confunde, no sabe qué hacer, pierde fuerza. Si la ignorancia pasa mucho tiempo sin visitar al Monje, termina sin quererlo, recibiendo la visita del espanto.

–          Este ambiente central, ¿es triangular o tiene otra geometría?

–          Bueno, la casa es sumamente grande, de muchos pisos y recovecos y tiene hasta sótanos y altillos. Pero lo que te cuento tiene que ver solo con esta sala de estar, en el centro de la casa, cuadrangular.

–          ¿Quién está en el cuarto vértice?

–          No hay nadie.

–          ¿No es extraño ese lugar sin ocupar?

–          Si, podría serlo, pero no tanto porque se desocupó hace poco.

–          ¿Quién estaba?

–          La soberbia.

–          ¿Cómo resultó que abandonó el lugar en habitación tan destacada?

–          La empezó a visitar el fracaso desde la habitación de abajo. Durante mucho tiempo lo hizo espaciadamente. Pero luego comenzó a presentarse más seguido y finalmente casi a diario.

–          ¿Y ella lo recibía?

–          Era reacia por naturaleza a socializar, sin embargo, él le prometía que nunca más volvería y esa ausencia futura la seducía.

–          ¿Y entonces?

–          Una mañana se instaló  con ella y se quedó en el rincón varios días. Pese a que discutían, él no se iba, parecía enamorado. Una tarde fría, cercana ya la noche, la presencia del visitante le resultó tan incómoda, que dejó el lugar. Fue algo sorpresivo pero no del todo incomprensible, porque si bien ambos eran capaces de violencia; el fracaso golpeaba en todo el cuerpo, tenía más pericia, dejaba molido a sus oponentes. Yo creo que ella, sabiéndolo, decidió no luchar.

–          Y él, ¿Por qué no ocupó su lugar? Estar en esta habitación implica cierto ascenso.

–          Quiso quedarse, pero no pensó que un fugaz encuentro con el espanto lo dejaría tieso. Fue un cruce casual, rápido, ambos de paso en el centro del salón. Pero no lo resistió, murió en el acto.

–          ¿Murió el fracaso?

–          No caben dudas; hasta hubo que llamar al arrepentimiento para que desinfectara porque empezó a largar olor.

–          ¡Ah!… ¿y no volvió, satisfecha, la soberbia?

–          Nadie sabe de ella, se ignora la sala donde se instaló o si continúa con vida. Por otra parte, no sé si alguien querría ocupar lugar tan trágico de modo permanente.

–          Bueno, pero tú a veces lo habitas.

–          Solo por un rato y para observar al Monje mientras reza. Eso me fortalece para mis recorridos.

–          ¿Cómo te haces llamar aquí?

–          Testigo.

maximo confesor
Icono de San Máximo, el Confesor



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