San Basilio

SAN BASILIO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

San Basilio, aquel portentoso varón que mereció el epíteto de Grande, tan eminente en erudición y en sabiduría como adornado de todas las virtudes, nació en Cesárea de Capadocia hacia el año 328. Fue hijo de San Basilio y de Santa Emilia, nieto de Santa Macrina, hermano de San Gregorio Niceno, de San Pedro, obispo de Sebaste, y de Santa Macrina la Moza, á cuya gran santidad confesa­ba el mismo San Basilio haber debido, así él como sus hermanos, la resolución de abandonarlo todo y retirarse del mundo.

Habiendo nacido de padres tan virtuosos y en el seno de una fa­milia tan santa, fácilmente se deja discurrir el cuidado con que le criarían. Luego que supo hablar, dio claras muestras de su noble índole y de su apacible natural; sus preguntas, sus respuestas y, sus prontitudes dieron luego á conocer la penetración y la vivacidad de aquel prodigioso ingenio. Quiso encargarse de su primera educación su abuela Santa Macrina, y, viendo su padre los grandes talentos que descubría su hijo para adelantar en las ciencias, le aplicó sin perder tiempo á los estudios, en los que hizo Basilio tan rápidos pro­gresos que, habiendo aprendido cuanto había que aprender en las letras humanas, á los quince años le envió á la capital del imperio para que se dedicase á las facultades mayores, en las que hizo los mayores progresos.

No teniendo ya que adelantar en Constantinopla, determinó pasar á Atenas, emporio entonces de las ciencias, de la elocuencia y de las floridas letras de toda la Grecia, donde encontró á Gregorio de Nacianzo, que por el mismo fin había venido de Alejandría. Eran los dos, con corta diferencia, de una misma edad, de igual ingenio y de costumbres muy parecidas; circunstancias todas que estrecharon desde entonces aquella fina amistad que los unió indisolublemente hasta el último aliento.

Señalóse muy desde luego Basilio entre toda aquella república de sabios por su elocuencia y por su profunda erudición; y como su aplicación era tan grande, en breve tiempo fue ge­neralmente reconocido por uno de los hombres más sabios de su si­glo. Estaba muy versado en la historia; era eminente en la poesía; hablaba todas las lenguas sabias y poesía con perfección todas las ciencias.

Mientras el ingenio y la sabiduría de Basilio daban materia á la admiración y á los aplausos de Atenas, concurrió á estudiar en la misma Universidad Juliano, primo hermano del emperador Constan­cio, tan conocido después por el renombre de Apóstata. Movido de la gran reputación de Basilio y de Gregorio, solicitó su amistad; pero en su misma fisonomía descubrieron el monstruo que abrigaba el seno del imperio en aquel joven.

Acabados sus estudios en Atenas, regresó Basilio á Cesárea, acer­cándose ya á los veintisiete años de su edad. Ejercitó desde luego la abogacía, defendiendo algunos pleitos con tan universal aplauso, que andaba ya deliberando si se dedicaría á esta gloriosa profesión, consagrando sus estudios á la defensa de la justicia, cuando el Cielo se valió de su hermana mayor Santa Macrina para retirarle de las vanidades del mundo.

Hallábase esta santa doncella en compañía de su madre Santa Emilia, después de haber hecho á Dios el sacrificio de su virginidad; y, viendo que su hermano se dejaba llevar con algún exceso de los aplausos que le granjeaban su reputación y sus talentos, le habló un día con tanta eficacia y con tanta unción sobre la falsa brillantez de los aparentes bienes de esta vida, que desde aquel punto tomó la generosa resolución de volverlos las espaldas, y de anhelar únicamente por los inmutables y verdaderos de la eterna.

Convencido Basilio con las razones de su santa hermana, pero mucho más movido por el interior impulso de la divina gracia, no la dio otra respuesta que la que le salió á los ojos en un sosegado llanto. Entonces (dice el Santo en una de sus epístolas) desperté como de un profundo sueño, comencé á descubrir sin nubes la luz del Evangelio, y conocí por la primera vez la vanidad y la inanidad de la humana sabiduría. Resolvió, pues, no dedicarse al ejercicio de otra ciencia que á la de los santos, y partió en busca de modelos y de maestros á Egipto, á Palestina y á otras partes.

Cuando volvió á Cesárea, le ordenó luego de lector el obispo Dia­neo, temiendo que otra Iglesia se adelantase á apropiársele; pero no perdiendo por eso su inclinación á la soledad, se juntó con ciertos so­litarios, cuya vida parecía acercarse mucho á la que hacían los monjes de Egipto y del Oriente.

No faltaron algunos que le advirtieron cómo aquellos hombres estaban notados de sospechosos de arria­nismo; pero, viendo las bellas exterioridades de su afectada virtud, creyó que aquellos dichos eran efectos de la maledicencia y de la envidia, hasta que, habiéndolos tratado más de cerca, reconoció eran lobos carniceros cubiertos con piel de mansas ovejas; desde aquel punto se declaró enemigo mortal del arrianismo, cuyos par­ciales no tuvieron contrario más formidable.

Impelido siempre de su amor á la soledad, se retiró á un desierto de la provincia del Ponto, donde él solo practicó todas las grandes virtudes que había observado en los anacoretas de Egipto y de Pa­lestina.

Hiciéronse famosos los desiertos del Ponto con el retiro de Basilio, concurriendo de todas partes mucho número de personas para entre­garse á su gobierno. Dióles unas reglas en que se contenía la más elevada perfección; y fueron, por decirlo así, como la fuente universal donde bebieron las suyas los santos fundadores de las sagra­das familias.

Hicieron cuanto pudieron los vecinos de Neocesarea para llevar al Santo á aquella ciudad; pero no fue posible vencerle á que abandonase su retiro, hasta que le obligó á ello el celo y la caridad. Estos dos motivos le arrancaron de él, poniéndole en preci­sión de partir á Cesárea para hacer presente al obispo lo mucho que había escandalizado á la Iglesia firmando el famoso formulario de Rímini. Conoció el prelado que le habían engañado, y reparó el es­cándalo con su pública retractación.

Muerto el obispo de Cesárea, le sucedió Eusebio en aquella Silla; y, conociendo bien el extraordinario mérito de nuestro Santo, sin dar oídos á su humildad ni á su resistencia, le ordenó de presbítero, y luego le mandó que predicase en su iglesia. Aunque Basilio se halló precisado á dejar su amada soledad, no por eso perdió la inclinación al retiro, viviendo en medio de Cesárea como pudiera en el Ponto, en cuanto le permitían las funciones de su sagrado ministerio.

Entró en celos el obispo á vista de la universal estimación y de la general confianza que mereció á todos Basilio, y le dio no poco en qué me­recer. Tratábale con tanto desabrimiento, y aun con tanta indigni­dad, que faltó poco para que todos los buenos se amotinasen contra el prelado; y se hubiera introducido un cisma en la Iglesia de Ce­sárea á no haberle prevenido la prudencia de nuestro Santo, que se­cretamente huyó de la ciudad y se retiró á su desierto del Ponto. Si­guióle á él su amigo Gregorio de Nacianzo; pero, como la Iglesia de Cesárea no podía vivir sin Basilio, el mismo obispo Eusebio trabajó con San Gregorio para que restituyese á ella á su amigo; y éste no se hizo mucho de rogar, especialmente cuando llegó á entender que los arríanos triunfaban con su ausencia, prometiéndose echar por tierra la fe en Cesárea. Noticioso de su vuelta el emperador Valente, ciego fautor del arrianismo, hizo cuanto pudo para ganarle á nuestro Santo en favor de su partido; pero despreció sus promesas y se burló de sus amenazas.

Murió en este tiempo el obispo de Cesárea; luego comenzaron los arríanos á poner en movimiento cuantas máquinas y artificios pudie­ron discurrir para que recayese la futura elección en sujeto de su parcialidad, cundiendo el espíritu de división hasta en los mismo» católicos; pero pudo más el mérito que la maquinación, y salió electo Basilio. En vano se resistió, se escapó y se empeñó en ocultarse; fuéle preciso al fin rendirse á tan visible disposición de la Divina Providencia, y fue consagrado el día 14 de Junio de 370. Triunfó la religión católica luego que Basilio ocupó el trono epis­copal.

Vióse revivir en Cesárea el espíritu y el fervor de la primitiva Iglesia, pasando los fieles en ella muchas ve­ces desde media no­che hasta el medio día siguiente: ¡Y qué consuelo es pa­ra mí, escribe el Santo á un amigo suyo, verlos comul­gar á todos el miér­coles, el viernes, el sábado y el domin­go de cada semana! Ligado íntima mente con San Atanasio, con San Me­lecio, con todos los obispos santos del Oriente, pero sin­gularmente con la Silla Apostólica de Roma, declaró gue­rra mortal al arrianismo; hizo cuanto pudo, por reducir á los macedonianos, y fue el azote cruel de cuantos enemigos conspiraron contra la divinidad y contra la humanidad de Jesucristo.

Persiguióla con furor el emperador Valente, habiendo abrazado sin disimulo el arrianismo, y no se olvidó de Basilio en su cruel per­secución. Descubrió nuestro Santo la hipocresía y los errores de Eustaro, obispo de Sabaste; y animado éste de la venganza que le ins­piraba su misma confusión, determinó perderle, enconando contra. Basilio el ánimo del Emperador; hazaña que le costó poco esfuerzo.

Irritado el príncipe furiosamente contra él, partió á Cesárea, y, cuan­do estaba ya muy cerca de ella, despachó un oficial llamado Modes­to, con orden de intimar de su parte al obispo que, ó comunicase con los arríanos ó saliese desterrado de la ciudad. Entró en ella Modesto¡ con mucho estrépito, hizo llamar á San Basilio, y, sin respetar su dignidad ni su persona, le preguntó luego con grosera altanería: Dime, pobre hombre, ¿en qué piensas cuando no quieres obedecer al Emperador, á quien se rinde todo el mundo?—Pienso…, le iba á responder nuestro Santo con su natural gravedad, serenidad y compos­tura; pero, interrumpiéndole Modesto, añadió luego: Pensarás en que no eres de la religión del Emperador. Y bien, ¿qué motivo ten­drás para no serlo?—Porque Dios me lo prohíbe, respondió Basilio. ¿Pues por qué casta de hombres nos tienes á nosotros?, replicó el oficial.—Por unos hombres ilustres, según él mundo, dignos de nuestro respeto; pero que al fin no sois la regla de lo que debemos creer, res­pondió el obispo.—Irritado Modesto á vista de tan generosa constan­cia, le dijo enfurecido: Por lo menos, ya temerás experimentar los efectos de mi poder.¿Qué efectos?, respondió Basilio.—La confisca­ción, el destierro, los tormentos y aun la misma muerte, respondió el oficial.—Nada de eso habla conmigo, repuso el obispo; el que nada tiene, no teme la confiscación; salvo que necesites estos trapos viejos y algunos pocos de libros; á esto se reducen todos mis bienes. Destie­rro no le conozco, porque para mí todo el mundo lo es, no recono­ciendo otra patria que la Celestial; los tormentos poco daño pueden hacer á quien apenas tiene cuerpo para padecerlos: al primer golpe se acabarán todos para mí; la muerte no la temo como castigo, antes la deseo como gracia, pues me llevará cuanto antes á mi Dios, para quien únicamente vivo. Asombrado Modesto de aquel tesón, dijo al Santo: Hasta ahora, ningún hombre ha tenido valor para hablarme de esa manera.Será sin duda, respondió Basilio, porque hasta ahora no habrás tratado con algún obispo; que éstos, en semejantes ocasio­nes, no se explican de otro modo.A lo menos, replicó el oficial en tono más moderado, ya estimarás en algo tener en tu ciudad al Emperador; y, en conclusión, todo se reduce á quitar del símbolo la pa­labra consubstancial.— Yo estimaría mucho, repuso el Santo, ver al Emperador reconciliado con la Iglesia, y exento de todo error en la fe; y, por lo que toca al símbolo, no sólo no sufriré que se quite ni añada una sola palabra, pero ni aun toleraré que se altere la material colocación de las voces.En fin, concluyó Modesto, vete con Dios, y te doy toda esta noche para que lo pienses bien.Mañana seré el mismo que hoy, respondió Basilio. Despidióle el oficial con bastante urbanidad, y, partiendo enseguida á encontrarse con el Emperador, le dijo no había que esperar cosa alguna del obispo de Cesárea.

No pudo Valente disimular la grande estimación que hacía de aquella heroica virtud. Quiso concurrir á la iglesia el día de la Epi­fanía; dejóse ver en ella rodeado de sus guardias; quedó admirado cuando vio el concurso del innumerable pueblo, pero mucho más cuando notó el orden, la modestia y la majestad con que se celebraba a los divinos Oficios, á los cuales asistió y el sermón que predicó nuestro Santo. Hallóse presente á todo San Gregorio de Nacianzo quien asegura habló Basilio con tanta elevación, sobre las materias de la fe, que todos los asistentes quedaron como, extáticos, y todos fueron, testigos de la admiración del príncipe, que tributó grandes honores al Santo, le dio muchas y muy ricas posesiones para, sustentar á los pobres leprosos, y cesó de perseguir á los católicos; bien que duraron poco estas treguas de la persecución, porque los arríanos hicieron creer al Emperador que se interesaba el honor de su soberanía en obligar á Basilio á entrar en su comunión, tomando, por pretexto para desterrarle su constante y valerosa resistencia.

Expedido el decreto de destierro, estaba todo dispuesto para la ejecución, y pronto Basilio para partir, cuando de repente se halló asaltado de una ardiente y maligna calentura, que le puso á las puertas de la muerte el hijo del Emperador, llamado Galates, niño de pocos años, y la emperatriz su madre atormentada de vivísimos dolores. Recurrieron entonces a las oraciones del Santo, que ya es­taba para meterse en el coche y salir á su destierro, cuando recibió un recado muy respetuoso de Valente, rogándole pasase á ver á su hijo. Partió derecho á Palacio, y luego que entró en él se sintió el príncipe muy aliviado; pero Basilio protestó que no pediría á Dios por su vida sino con la precisa condición de que se le había de permitir instruir al príncipe en la religión católica, la que aceptó el Emperador, como lo testifica San Efrén. Entonces hizo oración San Basilio, y al punto quedó el niño enteramente sano; pero, olvidado después Valente de lo que había prometido, y engañado de los arrianos, dejó que le bautizase un obispo de esta secta, y, recayendo el príncipe en su enfermedad, murió dentro de pocos días.

Ni por eso abrió los ojos el Emperador para reconocer el origen de su desgra­cia; segunda vez resolvió desterrar á San Basilio. Tomó una pluma para firmar el decreto, y se le hizo pedazos entre las manos. Cogió otra segunda, y, negándole la tinta, jamás pudo formar una letra con ella; echó mano de la tercera, y, rompiéndose luego en muchos trozos, le comenzó á temblar la mano, llenándose de pavor. Hizo pe­dazos el papel, revocó la orden y dejó en paz á Basilio.

Fue testigo de tantos prodigios Modesto, prefecto del Pretorio, y, asombrado de ellos, se convirtió á la fe, siendo en adelante uno de los más firmes y más celosos católicos. No fue tan dichoso Eusebio vicario del mismo prefecto. Mandó sacar de la iglesia, á una viuda que se había refugiado a ella y oponiéndose á esto San Basilio, le hizo comparecer en su tribunal. Cuando le vio en él mandó que le quitasen la capa; alargóla luego el Santo, añadiendo estaba pronto á despojarse también de la túnica.

Ofendióse el vicario de esta no­ble intrepidez, teniéndola por insulto, y le amenazó con que le ha­ría castigar; desnudó Basilio parte del esqueleto de sus huesos, cu­biertos de la arrugada piel, diciéndole estaba aparejado para reci­birlos golpes. Cegóse Eusebio de cólera, y, arrebatado de ella, iba á precipitarse en los mayores excesos cuando le dieron noticia de que, sabedor el pueblo del tratamiento que hacía á su santo obispo, se había alborotado y tenía sitiado el palacio del mismo prefecto, re­suelto á tomar venganza. Lleno de pavor Eusebio, se arrojó á los pies de Basilio, pidiéndole perdón con la mayor humildad y rogándole apretadamente le sacase de aquel peligro. Compadecióse el San­to, sosegó el tumulto y salvó al prefecto la vida.

Dejándole ya en paz el Emperador y sus ministros, consagró al Señor esta quietud y el corto resto de sus débiles fuerzas corporales. En medio de las más laboriosas ocupaciones, nunca perdió de vista el estado religioso.

En todo estaba su vigilancia pastoral. Erigió en Sasimo un obispa­do, para el cual nombró á San Gregorio de Nacianzo; ejecutando lo mismo en otras ciudades de su provincia, á las que proveyó de santos y vigilantes pastores. Además del Compendio ó Suma de la Moral, nos dejó un Tratado del Espíritu Santo, la Obra de los seis días, el Tratado sobre algunos salmos, otro sobre Isaías, cinco li­bros contra la herejía de Eunomio, dos sobre el bautismo, uno de la virginidad, y diferentes Homilías sobre asuntos escogidos.

Acercábase el fin de la vida de nuestro Santo, cuando San Efrén, diácono de Edesa, en Mesopotámia, movido de su gran reputación, vino expresamente por conocerle, por tratarle y por oírle. Al primer sermón que le oyó, comenzó á deshacerse en alabanzas de San Basilio delante de todo el pueblo. Preguntóle el Santo la razón, y res­pondió: Porque, mientras tú estabas predicando, estaba yo viendo so­bre tus hombros una paloma de maravillosa blancura que te estaba inspirando todo lo que decías. Pocos días después de esta visita quiso el Señor premiar los trabajos de su siervo, cuya solicitud pasto­ral le acompañó hasta el último suspiro, pues poco antes de expirar impuso las manos sobre muchos de sus discípulos para proveer de ministros dignos á todas las iglesias que tenían falta de ellos.

En fin, lleno de merecimientos entregó el alma á su Criador el primer día del año de 378, siendo de solos cincuenta y uno de edad; llorado, no sólo de los buenos, sino hasta de los judíos y aun de los mismos pa­ganos. Toda su provincia le lloró como á su padre, y en toda la Igle­sia fue venerado por modelo de obispos católicos, por doctor de la verdad. Desde el mismo día en que murió comenzó á solemnizarse su fiesta, de manera que las honras fueron triunfos, y fueron genera­les. Pronunciaron su panegírico su hermano San Gregorio Niseno, San Anfiloquio, San Efrén y San Gregorio de Nacianzo. Dióse á su cuerpo sepultura en la iglesia catedral, ansiando todos por lograr alguna reliquia suya. Las familias religiosas le pueden justamente considerar como su primer patriarca, y la Iglesia universal le honra como á uno de sus más ilustres Santos Padres de la Iglesia.

P. Juan Croisset, S.J.

La Misa es en honor del Santo, y la oración la siguiente:

Suplicámoste, Señor, que oigáis las oraciones que os ofrecemos en la solemne fiesta de vuestro siervo y confesor San Basilio, librandonos de nuestros pecados por la intercesión y por los méritos del que te sirvió con tanta fidelidad. Por Nuestro Señor, etc.

La Epístola es de la segunda del apóstol San Pablo a Timoteo, cap. 1.

Carísimo: Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar á los vivos y á los muertos por su venida y por su Reino, que prediques la palabra; que instes á tiempo y fuera de tiempo; que reprendas, supliques, amenaces con toda paciencia y enseñanza. Porque vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, antes bien juntarán muchos maestros conformes á sus deseos, que les halaguen el oído, y no querrán oír la verdad, y se convertirán á las fábulas. Pero tú vela, tra­baja en todo, haz obras de evangelista, cumple con tu ministerio. Sé templado. Porque yo ya voy á ser sacrificado, y se acerca el tiempo de mi muerte. He pelea­do bien, he consumado mi carrera, y he guardado la fe, Por lo demás, tengo reser­vada la corona de justicia que me dará el Señor en aquel día, el justo Juez; y no sólo á mí, sino también á todos los que aman su venida.

REFLEXIONES

«Tiempo vendrá en que los hombres no podrán sufrir la doctrina sana, y, movidos de curiosidad, buscarán maestros sobre maestros que los hablen al gusto de su paladar, negando los oídos á la ver­dad y concediéndolos á las fábulas.» Pregunto: ¿no es éste un ver­dadero retrato de las costumbres de este desgraciado siglo? ¿En cuál otro se ha visto á los cristianos menos inclinados á sufrir que se les enseñe la doctrina sana y verdadera? Las más esenciales, las más terribles verdades de la religión, ó se intentan debilitar con vanas sutilezas, ó se les niega la entrada como á enemigas de la tranquili­dad y del reposo. Unos no las quieren oír porque los espantan, y otros no las quieren considerar porque los turban.

Jamás hubo tanta curiosidad como en este siglo; pero ¿qué curio­sidad? No ya una curiosidad respetuosa, dócil, inocente, sino una curiosidad fiera, arrogante, orgullosa, temeraria, indicio de un co­razón corrompido, de un entendimiento limitado y de una presun­ción sin límites. Aborrécese la verdad, porque se aborrece la virtud. Es la virtud una luz que incomoda mucho á los ojos achacosos; dis­gusta la claridad, porque representa á cada uno como es; ciérranse los oídos á la verdad, porque abate el orgullo, hace oposición á las pasiones y oprime furiosamente al amor propio. Oyense las fábulas de buena gana, porque el espíritu del mundo y nuestro propio espí­ritu está muy inclinado y es muy fecundo en ilusiones. ¿Por ventura el día de hoy nos alimentamos de otra cosa? ¿Sirve el Evangelio de regla á las costumbres de aquellos que se gobiernan por el espíritu del mundo? Pero ¿acaso tenemos otra regla? Cualquiera otra doctrina es error, es ilusión, es fábula, es delirio. ¡Ah, Señor, y cuántos mueren así!

El Evangelio es del cap. 14 de San Lucas, y el mismo que el dia 5.

MEDITACIÓN

De los pocos discípulos que tiene Jesucristo.     ■

Punto primero,—-Considera que no basta ser cristianos para ser verdaderos discípulos de Jesucristo. El bautismo nos constituye miembros de¡ su místico cuerpo, nos hace parte de su pueblo; pero solamente somos discípulos suyos vistiendo su librea, observando sus máximas y siguiendo sus ejemplos. Apenas hay verdad de nuestra religión más inculcada que ésta: repítela el Salvador casi á cada pagina del Evangelio. Pero ¿qué condiciones nos pide para admitirnos en su servicio? No hay cosa más expresa ni mas especificada: El que quiere venir en pos de Mí, y no aborrece á su padre, á su madre, á sus hermanos (aun esto es poco), y no se aborrece á sí mismo, no puede ser mi discípulo. Pero ¿bastará para serlo creer en Jesucristo y seguirle? De ningún modo. Muchas turbas creían en El y le seguían, pero se volvían á sus casas, con cuya ocasión dijo la senten­cia que acabamos de referir; añadiendo después, que además de re­nunciar todo aquello que más sé ama, y fuera de negarse á si mis­mo, si alguno no lleva también su cruz, no puede contarse en el nú­mero de sus discípulos. En otra parte dice: El que no lleva su cruz y me sigue, no es digno de Mí. Fácilmente se comprende lo que signifi­can estas condiciones: Aborrecer sus parientes, renunciar lo que más se ama, negarse á sí mismo, llevar la cruz y seguir á Jesucristo. No es menester grande ingenio para penetrar el sentido de estos orácu­los ; pero tampoco se necesita un ingenio peregrino para inferir de ellos que el número de los discípulos de Cristo debe ser muy limitado.

Punto segundo. — Considera que la doctrina de Jesucristo es igualmente especulativa y práctica; enseña lo que se ha de creer y muestra cómo se debe vivir. La fe regla el entendimiento, y los pre­ceptos el corazón. Es preciso creer, pero es indispensable vivir como se cree.

La señal (dice Jesucristo) por donde se conocerá que sois discípu­los míos, será si os amáis, unos á otros. No es menos rara el día de hoy esta señal que la precedente; y, sino, pregunto: ¿es en estos tiempos la caridad una virtud muy común entre los cristianos? ¿Qué significan si no esas antipatías, esas aversiones, esas diferencias en­tre las familias? ¿Qué significan esas venganzas, esas enemistades que reinan en todos los pueblos? No se ve hoy en todos ellos sino pleitos, disensiones y discordias. Ni aun en el claustro encuentra ape­nas seguro asilo la caridad.

La emulación, la envidia, el interés y la ambición siembran la discordia en todas partes. Cada cual se ama á sí mismo; pero ¿ama igualmente á sus hermanos? ¡Ah, que casi ya no se tiene por vicio la indiferencia ni aun la frialdad!

¿Adonde se fueron aquellos dichosos días, aquellos felices tiempos en que los fieles no tenían más que un alma y un corazón?

¿Será posible, Señor, que después de estos toques que me dais, des­pués de estas reflexiones con que me favorecéis, todavía no mude de conducta y no enmiende mi vida? Posible y muy posible sería; pero confío en vuestra piedad que, con vuestros poderosos auxilios, han de ser eficaces estas reflexiones, firmes mis resoluciones, y que desde este mismo punto comenzaré á ser vuestro verdadero discípulo, acreditándolo con la reforma general de mis costumbres.

JACULATORIAS

Padre mío, ya no soy digno de apellidarme hijo tuyo; tendréme por dichoso si me admites en el número de tus menores siervos.— Luc, 15.

Resuelto estoy, Señor, á ser vuestro humilde siervo: ilustrad mi entendimiento para conocer vuestra voluntad y para obedecerla.— Ps. 118.

PROPÓSITOS

1.    Ser verdadero discípulo de Cristo, es guardar la ley, no tener apego á los bienes criados, llevar su cruz, vivir según sus máximas y seguirle. Por estas señales ¿conoces muchos discípulos del Salva­dor? ¿Te conoces por ellas á ti mismo? ¡A cuántos que llevan su li­brea los desconocerá algún día! Se explicó más de una vez sobre éste punto con la mayor claridad. Ninguno puede ser verdadero dis­cípulo suyo, si no se niega á sí mismo, si no sigue las máximas del Evangelio, si no lleva su cruz todos los días. Dime si te conoces á ti mismo en este retrató de los verdaderos discípulos de Cristo. ¿No te has avergonzado alguna vez del Evangelio? ¿No antepones muchas de las máximas del mundo á la de tu divino Maestro? ¿No te corres tal vez de manifestarte por discípulo suyo en presencia de todo el mundo? Mira de aquí adelante con horror esta indecente vergüenza. Acuérdate de que el mismo Cristo desconocerá también por discípu­los suyos delante de su Padre Celestial á los que no le conocieren á El por su Maestro delante de los hombres.

2. Para arreglar toda tu conducta, consulta únicamente las máxi­mas de la religión, los ejemplos de los santos y el fervor de las al­mas virtuosas. Ten presente este motivo cuando aconsejes y cuando corrijas; en el examen de la noche no dejes de indagar siempre si pasaste el día como verdadero discípulo de Cristo, siendo éste el tí­tulo que más debes apreciar entre todos los de esta vida.

Fragmentos de la Regla

Basilian Sisters

Enseñanza de San Basilio sobre El Espiritu Santo

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