No posesión

Cristo Salvador
Icono de Cristo Salvador por Rublev

Contaba un Padre que el abad Juan el Persa, por su mucha virtud, había alcanzado una profunda sencillez e inocencia. Vivía en Arabia, cerca de Egipto.

Un día pidió prestado un sólido y compró lino para trabajar. Vino un hermano y le suplicó: «Padre, dame un poco de lino para que me haga una túnica». Y se lo dio con alegría. Otro vino a pedirle otro poco de lino para hacerse un vestido y se lo dio también. Otros muchos vinieron a pedirle y a todos les daba con sencillez y alegría.

Más tarde se presentó el dueño del dinero que había recibido prestado, reclamando su moneda. Y le dijo el anciano: «Ahora te la traigo». Pero como no tenía nada que devolver, se fue al abad Jacobo, el ecónomo, para pedirle un sólido. Y por el camino encontró en el suelo un sólido, pero no lo tocó. Hizo oración y se volvió a su celda.

Y de nuevo volvió el hermano y empezó a enfadarse por causa del dinero prestado. Y le dijo: «Te lo devolveré». Se puso de nuevo en camino y encontró la moneda en el mismo sitio de antes, y de nuevo hizo oración y se volvió a su celda. Y de nuevo volvió a enfadarse el hermano, y el anciano le dijo: «Espera todavía una vez más y te traeré tu dinero».

Volvió al mismo sitio y encontró allí el sólido. Hizo oración y lo tomó. Y acudió al abad Jacobo y le dijo: «Padre, al venir hacia aquí, encontré esta moneda en el camino. Hazme la caridad de preguntar por los alrededores si alguno la ha perdido y si aparece dueño entrégaselo» El ecónomo anunció durante tres días el hallazgo pero nadie reclamó el sólido. Entonces Juan dijo al abad Jacobo: «Si nadie lo reclama se lo daré a aquel hermano porque se lo debo. Pues cuando venia a tu celda para que me prestases dinero para pagar mi deuda, lo encontré en el camino».

Y se admiró el abad Jacobo de que, agobiado por su deuda, al encontrar la moneda en el camino no la tomase al punto para devolverla a su acreedor. Pero todavía era más de admirar en él que si venia alguno y le pedía algo prestado, no se lo daba él mismo, sino que decía al hermano que le pedía: «Vete, y toma lo que te haga falta». Y cuando le devolvían lo que había prestado, decía: «Ponlo de nuevo en su sitio». Y si no le devolvía nada el que había recibido el préstamo, el anciano nunca se lo recordaba.

Un varón insigne vino de incógnito a Scitia trayendo dinero y pidió a un presbítero que lo repartiese entre los hermanos. El presbítero le dijo: «Los hermanos no lo necesitan». Como su insistencia resultase inútil puso la bolsa con las monedas de oro en la puerta de la iglesia. Y el presbítero dijo: «El que tenga necesidad que tome lo que estime conveniente». Pero nadie tocó el dinero, y algunos ni siquiera lo miraron. Y el anciano dijo al donante: «Dios ha aceptado tu ofrenda. Vete y da tu dinero a los pobres». Y el buen hombre se marchó muy edificado.

Un hermano preguntó a un anciano: «¿Me permites guardar dos monedas de oro para el cuidado de mis enfermedades?». El anciano vio que su deseo era guardarlas, y le dijo: «Bueno». Vuelto a su celda, el hermano se sintió intranquilo, y se preguntó: «¿Crees que el anciano dijo la verdad o no?». Y volvió de nuevo a la celda del anciano y arrepentido le rogaba insistentemente: «En el nombre del Señor, dime la verdad, pues estoy atribulado a causa de ese dinero». El anciano le respondió: «Te he dicho que lo guardaras porque he visto que ese era tu deseo. Sin embargo, no es bueno guardar más de lo que el cuerpo necesita. Si guardas esas dos piezas de oro, en ellas pones tu esperanza, y si las pierdes, Dios no se ocupará de ti. Depositemos en Dios nuestros cuidados, pues él cuida de nosotros».

de Sentencias de los Santos Padres

Extraído de Abandono.com


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