El idioma de Dios

Me asombró siempre, desde que le conocí, ese estarse quieto tan tranquilo y sin esfuerzo en que habitualmente se encontraba. No le pasaba como a la mayoría de las personas; en él no había agitación corporal que denotara inquietud mental.

Las primeras veces me resultaba incómodo el silencio juntos. No movía las piernas, no se rascaba algún difuso picor en la cara, no se limpiaba la garganta con fingida carraspera, ni siquiera decía esas cosas mínimas de ocasión, como el “Así es… ” o “Que se le va a hacer…” a los que yo estaba acostumbrado en mi ambiente familiar.

Incluso, por lo general, la gente alterna la mirada entre distintos puntos de la habitación, una manera de estarse haciendo algo en medio de la nada, como si mediante esa actividad se evidenciara algún tipo de reflexión sesuda o interesante.

Pero con V. nada de esto sucedía. Era una presencia intensa pero silente. Su ánimo se sentía cordial y su persona emanaba una suave calidez propia de la gente buena. Su talante parecía decir -según mi personal traducción, claro está- “Todo es como debe ser ahora y todo irá mejor en el futuro”.

Así surgían gratas conversaciones y afloraban desde mi alma preguntas que ni había pensado momentos antes. El mismo estado de calma, hacía posible una lucidez en la que los problemas se aclaraban y mostraban en sí mismos la solución correcta.

Alguna vez lo había dicho de ese mismo modo: “Toda situación tiene escondida la solución. Lo que se necesita es mirar con la actitud de quien mira algo que sabe escrito en el idioma de Dios. Los acontecimientos son su revelación cotidiana para cada uno”.

“Esto se sabe sin pensar, ese idioma se interpreta con el corazón. Uno sabe en la intimidad del silencio interior… allí el significado de los hechos se nos revela sin forzamiento ni parcialidad”.

¿Cómo hacer para llegar a ese lugar donde uno ve claramente los significados? Recuerdo que le pregunté con palabras similares y algo impulsivamente.

Uno tiene que estar dispuesto a que Dios lo transforme por completo, si fuera el caso. Uno no puede entablar este diálogo hecho de sucesos sin apertura a la metanoia, a dejarse arrasar por la gracia si es lo que se precisa. Si uno quiere conservar sus parcelas de egoísmo, se le va a arruinar la quinta”.

Todavía no dimensiono cuanto me transformó mi relación con él y aunque ha pasado mucho tiempo ya, su imagen y el recuerdo de su voz me aparece más vivo que cosas ocurridas hace poco…

Continúa…

Texto propio del blog

3 Comments on “El idioma de Dios

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