No hay prisa

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Existe la respuesta inmediata, reactiva, aquella que ocurre sin conciencia ninguna. Es algo automático, fruto de mecanismos diversos inscriptos en el cuerpo y la mente. Y también existe lo que podríamos llamar “respuesta diferida”, en la cual entre el estímulo y la respuesta que damos transcurre un mayor espacio de tiempo. Lo que suele decirse “me he tomado un tiempo antes de responder”.

Este último caso presenta una mejor cualidad. Al haber más tiempo entre lo que ocurrió y lo que haremos ante ese acontecimiento, se hace posible un mayor conocimiento de todo lo que está implicado. La motivación propia, la de la otra persona, la circunstancia en la que se está dando todo ello y, al recordar nuestro propósito vital o coyuntural, aplicar un comportamiento más adecuado a ese fin. En definitiva le quitamos un poco lo mecánico a lo que hacemos. Somos menos automáticos, menos reflejos; nuestra vida toma algo más de volumen, de cuerpo intencional. La coherencia surge como posibilidad.

Por lo general, nuestros automatismos nos conducen a conductas centradas en un “para mí” o en un aparente “para el otro”, cuando en verdad son también posesivas para el propio beneficio. Por eso, atender a la motivación que impulsa la acción es importante. Hacernos conscientes de lo que nos mueve. Suele ser algo molesto descubrir estas cosas porque desarma la imagen que nos hicimos de nuestra historia, de nosotros mismos y hasta de nuestro futuro.

Es similar a lo que sucede en las partidas de ajedrez. Mientras más tiempo nos tomamos entre movimiento y movimiento, más posibilidades aparecen de posibles jugadas. Nos hacemos conscientes de alternativas que no advertimos si jugamos apresurados. Por eso una recomendación que puede ser útil: Mientras más apurados nos descubramos, más deberíamos enlentecer nuestra conducta. Poner el freno de mano. Ansiedad y apresuramiento van de la mano, el uno expresa al otro.

El ansia que nos lleva a querer estar ya en el momento siguiente, en la próxima situación, a estar viviendo lo que no estamos viviendo ahora, repercute como prisa, agitación, inquietud mental y física. Al descubrirnos en esto, detenerse. Pausar la acción. Respirar suave y profundo, observar el entorno; aflojar toda la musculatura tensa, sobre todo la de rostro que tanto nos influye y reiniciar los movimientos atentos a la oración interior del corazón.

Si estoy apurado sé que no estoy percibiendo Su presencia. Si estoy presuroso estoy creyendo que las cosas dependen de mí y no de Él. Si me agito no descanso en Su providencia, me creo que conozco mejor las razones de las cosas y que conozco mejor que nadie lo que me conviene. Así, de prisa en prisa quedamos en la ignorancia y en la soledad que resulta de sentirnos desconectados de nuestra fuente, del amor infinito de Dios.

En este sentido entonces, la agitación, la ansiedad y el apresuramiento son excelentes señales y avisos que se nos brindan para rectificar la actitud desde la cual estamos viviendo. No criticarnos por esto, no juzgarnos ni sentirnos mal. Agradecer la indicación que nos llega desde la inquietud y poniendo un freno, rectificar. Un saludo fraterno, invocando el Santo Nombre de Jesús.

Textos propios del blog

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Inmunidad

Homilía del Padre José – Domingo 26 de Julio

Extracto de la 5° Clase de Fenomenología

2 Comments on “No hay prisa

  1. Gracias Hermano Mario por este nuevo apunte.
    Uno se va dando cuenta de que manera tan inconsciente vivimos. Hay que hacer lo posible por mejorar en este aspecto, como en tantos otros.
    Tanto los vídeos que escuchamos de filocalia, como estos breves escritos conducen a lo mismo. Voy viendo un hilo conductor en todo que creo simplifica la vida espiritual, y lo resumiría con la palabra ATENCIÓN, que tantas veces de un modo u otro se nos recuerda y repite.
    Que Jesús, el Señor, nos conceda la gracia de estar atentos, vigilantes y que la Invocación de su santo Nombre nos sirva de báculo en este camino.
    Un saludo en Cristo

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    • Gracias María! Que bien lo has dicho. “En la atención yace el poder de resistir todo lo que pueda venir”, decía Nicéforo, el monje. Es la herramienta indispensable junto con el deseo de unión con Dios. Atención y deseo de Dios… nada más se precisa. Un abrazo fraterno María, Cristo te cuide.

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