La legión en mí

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… uno ha querido tantas cosas; tan contradictorias y orientadas en distintas direcciones. El endemoniado de Gerasa (San Marcos 5, 1-20), que tenía una multitud adentro muestra con claridad esta experiencia. Ser muchos… en realidad uno es solo uno, pero en lo superficial podemos identificarnos con los múltiples deseos y esto constituye la legión.

Se puede reconocer en la propia vida ese andar entre los sepulcros (cosas muertas, tonterías y deseos vanos); gritando y lastimándose con piedras (cayendo de bruces con fracasos diversos y quejándose inútilmente sin aprender de los errores); intentando sujetarse o amarrarse con cadenas (disciplinarse forzadamente, buscando no caer en las compulsiones pero sin poder cambiar nunca…)

Y hemos sentido muchas veces impulsos de acercarnos a Dios, de volvernos profundamente hacia lo sagrado y nos hemos puesto de rodillas buscando la presencia… pero la mente nos ha dicho: ¿Qué tengo yo que ver contigo Jesús, hijo del Dios altísimo? Y hemos rogado que no nos atormentara que nos dejara ir a pacer todavía con los cerdos (y volvimos al ruedo de dejarnos esclavizar por los espejismos, una y otra vez).

Hasta que tocamos fondo y de tan hondo el fondo asumimos la impotencia y en esa debilidad vinimos a encontrar la paz, el alivio y la firmeza de convicción y propósito (el que había tenido la legión estaba sentado, vestido y en su sano juicio). Y hasta es posible que nos pongamos a proclamar todo lo que Dios ha hecho por nosotros (empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él…)

Pero a uno no se le aparece Jesús por el camino… como en los versículos que usted cita.

No es cierto. Se te aparece a cada rato. Si estás atento ves los impulsos silentes del corazón; deseos de transformación profunda, de consagrarse a una causa que valga la pena; de no actuar sino en base a un mismo significado; anhelo de dejar salir al esencial que siempre hemos sido y que nos negamos a mostrar… ¿Cuántos acontecimientos en tu vida pueden ser vistos como la irrupción de lo sagrado que indicaba nuevos rumbos? Ah… pero solemos estar embotados de tanto divagar.

En ocasiones la voz del enemigo disfrazado de sentido común o la voz de la seguridad o la comodidad; tal vez ese cierto nihilismo de trasfondo que se viste de “no hay nada que hacer”. Al final lo que salvó al endemoniado de Gerasa fue reconocer a Dios en el camino y, aún protestando, ponerse a sus pies. Reconocer las indicaciones divinas en medio del cotidiano, eso nos basta. Deponer nuestra gorra de capitán y dejar de pretender, asumir el cultivo de nuestra parcela con esmero, cariño y fortaleza.

¿Cómo discernir correctamente ese rumbo con el cual uno debe unificarse?

Si el camino elegido te exalta demasiado, por ahí no es. Eso denota compensación. Si no da gusto, tampoco es. La dirección correcta se apoya en una serena alegría que se sacia en sí misma del propio caminar y permanece independiente de la meta misma. Es como tener un propósito unificado pero que es en el ahora vertical y no hacia un futuro al cual tendemos. Dicho de otra manera: Lo que se plasmaría en el proyecto a futuro, debes tenerlo en semilla ahora mismo en el corazón. Debe ya, de algún modo, vivir en ti.

No lo entiendo del todo a esto último.

Digo que ningún proyecto, objeto, persona, situación o lugar te dará la felicidad. En cambio el bienestar que halles en ti hoy puede acrecentarse en el porvenir. Lo primero es dejar de buscar fuera o en el futuro. Encuentra ahora el capital que ya tienes en tu espíritu.

Lo que dice me irrita mucho.

Continúa...

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El juego perfecto

5 Comments on “La legión en mí

  1. Yo me lanzaba hacia cosas hermosas,
    Que sin ti,
    Nada serían.
    Tú estabas, conmigo quedabas,
    Pero yo no, contigo no.
    Llamaste y clamaste,
    Rompiste mi sordera.
    Brillaste y resplandeciste.
    Fugaste mi ceguera.
    Tarde te amé,
    Hermosura tan antigua y tan nueva.
    Yo te buscaba afuera,
    Y Tú estabas dentro, muy dentro,
    Tan dentro de mí.
    Tarde te amé,
    Hermosura tan antigua y tan nueva.
    Yo te buscaba afuera,
    Y tú estabas dentro, muy dentro,
    Tan dentro de mí.
    Me retenían las cosas preciosas,
    Y que sin ti,
    Nada serían.
    Y Tú estabas, conmigo quedabas,
    Pero yo no, contigo no.
    Exhalaste perfume y lo he respirado.
    Gusté de tu sabor y hambriento he quedado.
    Tarde te amé,
    Hermosura tan antigua y tan nueva.
    Yo te buscaba afuera,
    Y Tú estabas dentro, muy dentro,
    Tan dentro de mí.
    Tarde te amé,
    Hermosura tan antigua y tan nueva.
    Yo te buscaba afuera,
    Y tú estabas dentro, muy dentro,
    Tan dentro de mí.
    Tarde te amé,
    Hermosura tan antigua y tan nueva.
    Yo te buscaba afuera,
    Y Tú estabas dentro, muy dentro,
    Tan dentro de mí.
    Tarde te amé,
    Hermosura tan antigua y tan nueva.
    Yo te buscaba afuera,
    Y tú estabas dentro, muy dentro,
    Tan dentro de mí.
    Me tocaste y abracé tu paz.
    Y suspiro por ti.
    Fuente: Musixmatch
    Autores de la canción: Pablo Manuel Martinez

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  2. Pingback: “Señor, ¿a quién iremos?…” | Vidas místicas

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